
Mr Hyde habla desde la subjetividad más absoluta, así que le dejo ladrar un poco y luego el Doctor Jeckyll se correrá de gusto a gusto...
La escenografía no es que sea fea (que lo es), es que no funciona, es fallida y estorba. Ingeniosa, pero mal desarrollada. Es fría y crea una distancia infranqueable entre los actores y el público. Además, hay un monstruo en escena que se come a los demás. El monstruo se llama Lluís Marco y la obra se sustenta sobre él, y no sólo la mantiene en pié sino que la eleva a lo que el texto merece. Ana Otero está maravillosa, y el resto... bien. Max (Lluis Marco) y Eleanor (Ana Otero) se comen al resto de los actores cuando salen juntos, pero afortunadamente hacen que brillen los demás cuando comparten escenas con ellos; cuando no están ellos dos, están bien, tienen su momento pero... Creo que es un problema de dirección, de dirección de actores, pues es el director el que tiene que tirar y exigir (vale, y también de la jodida escenografía), pero ahí siempre toco callo, así que tampoco me voy a poner en plan tocahuevos. La primera parte está bien, más cerebral que teatral, más intelectual que sentimental (de sentimiento, no de sensiblero), pero la segunda ya es otra cosa. Ahí la obra vuela, y es ya el doctor Jeckyll quien habla.
Por eso quiero pensar que la elección de la canción "Jealous guy" y no de "Imagine" en la escena del muro de John Lennon en Praga responde a un sublime acto poético de dirección y no a solución B para no tirar de obviedades... (esa escena con Lennon cantando "I was dreaming of the pass" y hablando de que no quería herir a su amada, que sólo es un chico celoso, con Jan y el periodista inglés hablando de disidencia, me puso los pelos de punta)...

Va sobre Praga, sobre el verano del 68, sobre la historia del comunismo, sobre ideologías, sobre Sid Barret, sobre Safo, sobre el matrimonio, sobre el materialismo, sobre la poesía, sobre el rock, sobre discos, sobre los conciertos de rock, sobre la policia secreta, sobre la libertad. El texto es sencillamente fascinante. Stoppard es un puto genio en ese sentido. No es sobre lo que escribes, es cómo lo escribes, cómo escarbas y cómo sacas oro del lodo, cómo insinuas, cómo expones, cómo ofreces a los actores algo que va un poquito más allá de la mera declamación (aquí con resultados desiguales, pero cuando brillan, lo hacen de verdad).
Un viejo profesor comunista de Cambridge, Max Morrow, discute con un ex alumno suyo, Jan, que ha vuelto a Praga desde Inglaterra, sobre el sentido del comunismo, sobre su fracaso. Jan a su vez discute con su amigo Ferdinand sobre la mejor forma de derribar el axfisiante sistema (maravillosa la escena en la que Jan dice que el verdadero problema no son los disidentes, sino los que pasan, los descreidos, del mismo modo que a la inquisición le encantaban los herejes, y que lo que le asustaba a ésta de verdad no son los herejes, sino los paganos). Jan, que no firma manifiestos a favor de los encarcelados políticos, disfraza su miedo de desconfianza en la oposición oficial y dice que el propio sistema caerá ante la evolución de la sociedad; confía en el rock, en el pelo largo. La acción de Ferdinand y los suyos alcanzará el punto culminante en la Carta del 77, consecuencia de la detención del grupo rockero checo, The Plastic People of the Universe, por quien Jan se siente representado. El régimen encarcelará a unos y otros y su caída será fruto de todo eso y de mucho más, nunca hay una sola razón.

UNo piensa, si lo más subersivo dentro del comunismo es, según Jan, ignorarlo -estuve acordándome de Hrabal toda la obra-, ¿entonces lo es para el capitalismo repensar de esta manera el comunismo? No lo sé, yo sólo sé una cosa, que no me la perdería. La obra está en las naves de Matadero, en Madrid, hasta el 14 de marzo.
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