martes, 30 de enero de 2018

El atlas de Pernkopf. Lección de anatomía nazi


En un periodo de tiempo corto me he visto investigando y escribiendo sobre dos personas diametralmente opuestas, ambas inmersas en el horror, en ese periodo histórico que abarcaría la primera mitad de siglo XX, y más concretamente centrados (definitoriamente) en la Segunda Guerra Mundial. Ambos artículos han aparecido en la revista La Aventura de la historia. Por cuestiones de programación, han aparecido con varios meses de diferencia. Recupero en primero de ellos (con intención de colgar también el segundo, aparecido este mes de enero, dentro de unos días). Versa sobre el anatomista alemán Eduard Pernkopf, autor de uno de los libros de anatomía más controvertidos de la historia, de su vida y de las implicaciones que ésta y su obra se derivan para entender algo de lo que somos. El otro personaje es Varian Fry, periodista americano, en los antípodas humanas de Pernkopf, pero igualmente definitorio y necesario. Con respecto a Pernkopf y su obra, fue bastante turbador y duro investigar y leer sobre él; uno ha de tener cierta entereza para ver según qué cosas y leer otras, y aunque yo no presumo de ella, creo que he salido indemne, algo tocado como es lógico, pero con muchas conclusiones al respecto (que me valieron enormemente a la hora de afrontar la investigación de Varian Fry, por ejemplo). Al final del artículo he puesto dos links para, quien quiera, se descargue los dos primeros tomos del famoso Atlas. Aviso que, a la luz de lo que se sabe de ellos, su visión no es lo que se dice ligera.

Juan Miguel Contreras
La Aventura de la historiaISSN 1579-427X, Nº. 225, 2017págs. 24-27



 I.
El atlas anatómico de Pernkopf, el Topographische Anatomie des Menschen (Atlas de Anatomía y Topografía Aplicada Humana), iniciado en 1933 y concluido en 1960, es considerado una de las obras anatómicas más importantes de todos los tiempos, a la altura de De Humani Corporis Fabrica de Andreas Vesalius. Los cuerpos que diseccionó para ello, muy posiblemente, procedían de los campos de exterminio. En sus distintos volúmenes se incluyen más de 800 acuarelas hechas por un equipo de cuatro artistas, consideradas aun hoy como auténticas obras de arte a pesar de incluir muchas de ellas la esvástica en la firma de dos de sus autores. Pernkopf fue nombrado decano de la facultad de Medicina en 1938, y rector de la Universidad de Viena en 1943, gracias no sólo a sus credenciales académicas, sino también a su filiación política.
Puede resultar sorprendente que el aura maldita que desde su publicación ha perseguido a este atlas fuese obviada durante décadas, y que además, debido a su relevancia científica, haya sido utilizado por estudiantes, médicos e investigadores de todo el mundo, reimprimiéndose con normalidad en varios idiomas sin que eso supusiera ningún problema moral. Sin embargo, desde que a mediados de los años ochenta se constató el origen de la mayor parte de los cuerpos diseccionados, la controversia y los distintos puntos de vista que defienden o reprueban su uso no han hecho más que crecer.
Durante la década de 1990, gracias a diversos estudios, la visión sobre Eduard Pernkopf y su atlas cambió por completo. Ya no era posible ver su contenido sin tener en cuenta tanto su historia como la de su autor. Una serie de artículos y libros sobre la medicina durante el Tercer Reich sacaron a la luz la relevancia de Pernkopf y se empezó a cuestionar la idoneidad del uso de su atlas anatómico. En febrero de 1997, el Rector de la Universidad de Viena, Alfred Ebenbauer, anunció que había formado una comisión para investigar el asunto, y en octubre de 1998, emitió su informe final. Debido a que la mayor parte de los registros de la Universidad de Viena habían sido destruidos por los bombardeos aliados durante la guerra, el seguimiento de los orígenes de los 4.000 cuerpos adscritos al Instituto de Anatomía resultó difícil. Mediante el uso de los registros y restos conservados, la comisión pudo determinar que, además de varios centenares de fetos y cadáveres de niños procedentes del programa de “eutanasia” realizados en diversos institutos psiquiátricos, los cuerpos de al menos 1.377 personas ejecutadas acabaron en el Instituto. De éstos, sólo ocho pudieron ser identificados como judíos. De la gran mayoría de los 2.600 restantes no se pudo determinar su procedencia, así que se les catalogó como fallecidos por causas naturales. No se encontró ninguna indicación sobre víctimas provenientes de los campos de concentración.  Dos tercios de las ejecuciones fueron por razones políticas (“delitos de resistencia y alta traición”). El resto fueron ejecutados por delitos menores como el robo de carteras. Estos 1.377 cuerpos aparecían asignados a un anatomista concreto. Sorprendentemente, solo unos pocos de los ejecutados por delitos menores aparecían asignados a Pernkopf. Cuesta creer que, dada la meticulosidad y relevancia del trabajo encargado a Pernkopf, tan solo unos pocos de los 1.377 individuos que fueron asesinados entre 1938 y 1945 acabaran en la mesa de disección de Pernkopf. ¿Y qué pasaba con los otros 2.600 restantes que por falta de documentación fueron tenidos como fallecidos por causas naturales? A pesar de todo, nada parecía eximir de responsabilidad a Pernkopf, decano, rector y el anatomista más importante de dicho periodo.
Pero, ¿quién era Eduard Pernkopf? ¿Qué contenía y quién era esa persona al frente de la elaboración de tan relevante atlas anatómico, considerado una maravilla editorial, una obra de arte criminal y maldita, ilustrada vívidamente por los mejores pintores y acuarelistas comerciales de Austria cuando esta nación estaba bajo el influjo y yugo del Tercer Reich?

Eduard Pernkopf el 6 de abril de 1938, Facultad de Medicina de la Universidad de Viena

II.
Eduard Pernkopf nació en Rapottenstein en 1888, un pequeño pueblo al sur de Austria. Era hijo de un médico en ejercicio y el menor de tres hermanos. De niño mostró un gran interés en la música, pero al fallecer su padre en 1903, y con el fin de ayudar a su familia, decidió continuar la carrera paterna. Tras varios cursos preparatorios, se matriculó en la Escuela de Medicina de Viena en 1907. Allí se unió a una fraternidad estudiantil de marcado cariz nacionalista, Die Akademische Burschenschaft Allemania, fundada en 1815, la cual, durante el régimen nazi, pasó a ser en uno de los bastiones principales, ideológicamente hablando, de las tesis sobre eugenesia y supremacía racial. Tras titularse como médico en 1912, Pernkopf encontró trabajo como asistente en el Instituto Anatómico de Viena, cuyo director, Ferdinand Hochstetter, pasó a ser su tutor, enseñándole anatomía topográfica. Tras la I Guerra Mundial, donde se alistó como médico, Eduard se habilitó en anatomía en 1921, convirtiéndose en profesor extraordinario en 1926 y, en mayo de 1928, en profesor de anatomía en la Universidad de Viena. La habilidad de Pernkopf con el bisturí dejó impresionado a Hochstetter desde el momento que pudo verle diseccionando un cuerpo por primera vez. En pocos años fue capaz de descubrir capa por capa la epidermis de la cara, dejar al descubierto arterias con los vasos principales que las ramifican, o desollando con una precisión y maestría asombrosa, y sin lesionar, músculos, venas o cartílagos.
Pocos meses antes de su nombramiento como director del Instituto, Pernkopf ya había empezado a trabajar en un manual de laboratorio, una guía de disección del cuerpo humano que sirviera de apoyo para los estudiantes. Pernkopf había buscado textos y atlas para apoyar la tarea pedagógica que tenía asignada, pero ninguno lo satisfizo. Teniendo en cuenta sus ideas sobre eugenesia, raza y trascendencia vital del destino del pueblo alemán, lo que comenzó como un simple material de soporte para las clases, pronto adquirió nuevas dimensiones más ambiciosas.
La reputación que comenzaba a tener hizo que, a finales de 1933, la editorial Urban & Schwarzenberg le hiciese una oferta para publicar su proyecto. Dicho encargo colmaba sin duda el tamaño épico de los sueños de Pernkopf: un atlas anatómico completo en cuatro volúmenes, divididos en siete libros, editado lujosamente gracias a los avances tecnológicos en materia reprográfica que hacían posible la impresión a cuatro colores. El atlas reproduciría fielmente el palpitante, intrincado y viscoso interior del cuerpo humano gracias a las más de 800 láminas que contendría.


El oscuro objeto de deseo de Pernkopf transformó sus hábitos de vida. Se dice que Eduard era un hombre obsesivo: diariamente se levantaba a las cuatro de la mañana, dictaba notas que luego transcribía su mujer para sus clases, el atlas o sobre cuestiones administrativas y después se sumía con febril diligencia en su trabajo, al que dedicaba 14 horas al día, pues no siempre su bisturí era tan diestro y certero como su contumaz perfeccionismo, y los cuerpos perdían la viveza, textura y detalle que buscaba reproducir; también fumaba exactamente 15 cigarrillos diarios y leía con compulsión a Schopenhauer. Toda su rutina estaba llena de orden y manías inalterables. El consumo de Pervitin, una metanfetamina de uso masivo entre la población, afianzaba aún más su inalterable ánimo. Su vida giraba en torno a las ideas de disciplina y lealtad; disciplina para culminar la obra para la que pensaba había sido destinado y lealtad sin ambages al Partido nazi. Su sueño fue materializándose hasta adquirir magnitudes tan delirantes, colosales y desmesuradas como el régimen que le facilitó poder llevarlo a cabo.
Pernkopf organizó su atlas en cuatro regiones. Pecho, región pectoral y extremidades superiores; abdomen, región pélvica y extremidades inferiores; cuello y, por último, anatomía topográfica y estratigráfica de la cabeza. Con la firma del contrato de edición con Urban & Schwarzenberg, Pernkopf culminaba un año perfecto de cara a sus intereses, pues también en 1933, como ferviente creyente del nacionalsocialismo, se unió al NSDAP (algo que tuvo que hacer en secreto, pues las leyes austriacas lo prohibían en ese momento) y a la Sturmabteilung, o camisas pardas, un año más tarde.
Al igual que Pernkopf, los artistas contratados por él también eran miembros activos del Partido. El jefe de ilustradores era Erich Lepier (1898-1974), quien durante algún tiempo firmó sus pinturas con la esvástica (la edición inglesa, en dos volúmenes, de 1964 aún incluía dichas firmas). El equipo lo completaba Ludwig Schrott, Jr. (1906-1970), Karl Endtresser (1903-1978), cuyas dos “eses” de su apellido tenían una característica forma en su firma, y Franz Batke (1903-1983).
El primer volumen, que consta de dos libros, se publicó en 1937, y el segundo en 1941. Entre uno y otro se dio un acontecimiento que impulsó el, ya de por sí, la carrera de Eduard Pernkopf. El 2 de abril de 1938, menos de un mes después de la invasión de Austria por Hitler, fue nombrado decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Viena. El 6 de abril dio un discurso en el que exponía claramente su punto de vista político, acelerando así su ascenso a la primera posición en la Universidad. Ante un público receptivo y entusiasta, el mimado anatomista habló con vehemencia sobre la necesidad de “la higiene racial”, “la eliminación de lo defectuoso”, la esterilización y “el control de los matrimonios”, todo ello sustentado y justificado gracias al hombre “en quien la leyenda de la historia ha florecido”.
Una de sus primeras decisiones en el cargo fue expulsar de la facultad a todos los judíos y demás miembros indeseables por sus ideas políticas (en total, 153 de los 197 miembros; entre ellos, tres premios Nobel). La mayoría de ellos fueron deportados a campos de concentración como Theresienstadt y Dachau. Ocho aparecieron ahorcados en la parte trasera del instituto y existen indicios de que pudieron terminar como “modelos” para el atlas. En 1943 fue nombrado Rector Magnífico de la Universidad de Viena. Su ascenso no podría haber ocurrido sin la aprobación del Ministerio de Educación, controlado por el NSDAP, en Berlín.
Aunque nunca fue acusado de crímenes de guerra, fue detenido en agosto de 1945 y pasó casi tres años en un campo de prisioneros aliado cerca de Salzburgo. Tras su puesta en libertad, todo lo que había sustentado y dado sentido a su vida había desaparecido, o casi. Sin herramientas ni habilidades sociales para incorporarse a la vida pública, Pernkofp no pudo más que regresar a la Universidad de Viena, aunque despojado de todos sus títulos. Su intención era reanudar su trabajo y terminar el atlas. Se le asignó una sala en el departamento de Neurología y allí se reunió de nuevo con los ilustradores Batke, Endtresser, Schrott y Lepier. En estas condiciones, Pernkopf compiló y publicó el tercer volumen en 1952. Murió el 17 de abril de 1955 a causa de un derrame cerebral mientras trabajaba en el cuarto, que posteriormente terminaron Werner Platzer y Alexander Pickler, y fue publicado en 1960. Resulta tentador pensar que quizá a alguno de los dos se le pasó por la cabeza diseccionar al propio Pernkopf e incluirlo en su, horrores aparte, magnificente atlas, pero no existen pruebas de ello.
Después de todo, la pregunta final sigue siendo la misma, ¿debería seguir usándose o por el contrario debería prohibirse el Atlas de Pernkopf?

Tomo 1 en pdf: http://www.mediafire.com/file/c9xb5h6w9c1ej4x/pernkopf+tomo+1+by+gmolate.pdf

Tomo 2 en pdf: http://www.mediafire.com/file/z2spus27h7dhv8k/pernkopf+tomo+2+by+gmolate.pdf



lunes, 8 de enero de 2018

Confesiones de un amo de casa frustrado, capítulo 7



Hace varios días tenía muy claro cómo sería esta séptima confesión; ahora que empiezo a teclear no estoy tan seguro. Recuerdo cuando era niño y hacía cola para confesarme en la iglesia y repasaba las cosas que había hecho y que se podían considerar pecado, hasta que me aburrí de decir siempre las mismas. Faltar a mis padres, mentir un poco, discutir con mis amigos y tocarme. Había semanas en las que quitaba una y ponía otra. Al cabo de unos meses de haber hecho la primera comunión, aquel acto me empezó a parecer ridículo, aquel cura con olor a tabaco parecía aburrirse tanto como yo, además siempre me ponía la misma penitencia, resultando obvio que nunca arreglaría lo que no tiene arreglo (ser humano, mis pecados nunca han sido capitales) y puesto que con lo de arrepentirme ya tenía yo bastante sin que él me dijese nada, cuando se me pasó el desolado amor que le profesaba a una de las chicas del coro, dejé de ir a la iglesia, aunque nunca de "confesarme", evidentemente.


Y aquí sigo, dando vueltas mientras mi cabeza hace recuento para ver qué cuento. Este medio año que ha acabado ha sido extraño en cuanto a trabajo, saltando de una cosa a otra, organizando la intendencia de casa alrededor de mis esporádicos trabajos y el de mi mujer. Hace un mes que se me acabó mi último contrato, bibliotecario, y en uno de esos meses en lo que el ritmo de casa de acelera, diciembre, con el puente, el fin del trimestre escolar, la navidad, fin de año... mi inmersión en mi rol de amo de casa ha sido bastante completo.

La R.A.E. contempla el término "amo de casa"; no ayuda pero algo consuela. En absoluto me lamento de mi situación, al contrario, de demasiadas cosas me estoy dando cuenta. Mi situación me hace revivir la práctica totalidad de mi vida a la luz de mi vida actual. No la elegí, no la elegimos mi mujer y yo, pero nos hemos hecho a ella y, posiblemente, estamos vivos como pareja gracias a ello, con lo bueno y lo malo que eso puede tener. Quizá nos haga falta sentarnos a hablar de ello mirándonos a los ojos, pero tampoco eso es determinante ni da a entender nada negativo, sobre todo porque nos hace falta sentarnos a hablar de todo, nos falta sentarnos a hablar, nos falta sentarnos, nos falta... Nos falta que la vida no nos pase por encima mientras intentamos salvar los trastos, los nuestros y los que otros nos tiran a la cabeza. Mi rol, mi vida, mi hercúlea vida (nuestra heroica y proletaria vida) sería a veces más llevadera si no se viese juzgada por algún que otro indeseable, de esos que de cara a la galería son todo amor y understanding para con el mundo y luego resulta que te llaman vago porque no trabajas e incluso lo escriben a boli en el ascensor de tu casa... Yo, que hace unos años me intenté redimir abrazando a mi madre dándole las gracias porque sentí en mis ojeras, mi espalda, mi cabeza, mi estar al borde del ataque de nervios aquello que durante toda su vida ella había estado haciendo por nosotros, dejarse la vida por tener un hogar digno de ese nombre para mi padre, mis hermanas y para mí. Recuerdo muchas veces aquel apartamento donde íbamos dos semanas de vacaciones cuando éramos pequeños y escuchaba a mi madre lamentarse de que vaya mierda de vacaciones eran esas que íbamos a un apartamento sin lavadora, y ahí la tenías, lavando a mano bragas y calzoncillos mientras preparaba la comida, porque aunque era verano y andábamos medio en pelotas todo el día, algo ensuciábamos. Y así todo. Y también llamé a mi tía y le di las gracias, y hubiera llamado a Mari, una amiga de mi madre, y hubiera llamado y llamado... Pero para algunos soy un vago porque no encuentro trabajo, y me tengo que callar sobre la angina de pecho bajando una lavadora de un segundo el año pasado, me callo de aquel trabajo en la fábrica que me duró mes y medio, el tiempo que a quien suplía estuvo de baja, mis tres meses de rotatorios de la bolsa de auxiliar de biblioteca (a ojos de, un trabajo donde me toco las pelotas, claro), me callo de mis esporádicos artículos pagados muy de vez en cuando, me callo sobre esa pequeña colaboración en un programa de radio, me callo y no digo nada de mi discapacidad reconocida (y tan poco visible)... Solamente un detalle: La última entrada de este blog antes de estas palabras es de octubre de 2017, en un año con 10 entradas. Por eso me produce gracia decir que mi vida es escribir; pero lo que soy es escribir, lo que me define es arañar horas al sueño para garabatear palabras, para colarme en las rendijas de la vida y escribir sobre otras vidas, otros que no soy yo o que tal vez sean yo más aún de lo que yo mismo nunca podré llegar a ser. Sin embargo mi vida transcurre entre hacer desayunos, hacer camas, recoger, poner lavadoras, planchar, barrer, quitar el polvo, preocuparme de que el frigorífico esté medianamente lleno y la comida preparada para cuando todos vuelvan, del instituto, del colegio, del trabajo; mi vida es fregar, preparar meriendas, ayudar a hacer la tarea mientras llega la hora de las duchas, preparar la cena, recoger, acompañar a la cama, leer antes de dormir, arropar, besar y entonces, solo entonces, mirarme al espejo y ver cómo de mi cabeza salen en tromba todas esas miles de frases que no podré escribir nunca, por cansancio, por pereza, por derrota. Mi vida no es ni más ni menos que idéntica a la de otro montón de millones, y me siento contento con ello.


Del mismo modo, he de confesar que he llegado al punto perfecto, aquel en el que mi cabeza vive en la más pura de las ficciones. Durante todo el día mi cabeza crea historias, relatos, párrafos geniales, apuntes para novelas nuevas que nunca escribiré, artículos... No son ideas, no son borradores, no son diagramas de tramas, sino que son palabras, palabras, solo palabras creando frases. Durante el día me pierdo en narrar, mi cabeza se zambulle en frases que tejo plancha en mano, estirando sábanas, pochando cebolla o eligiendo plátanos mientras calculo cómo de verdes debo cogerlos teniendo en cuenta cuándo creo que se los vayan a comer. Ese tío cano medio calvo algo dejado que va por el  Mercadona mirando la fecha de caducidad de los yogures de coco resulta que igual está hilvanando en su cabeza una frase resultona que nadie leerá jamás, ni siquiera él mismo. Ese tío que sonríe feliz cuando a las dos sale su pequeño hijo del cole igual ha estado aguantándose las lágrimas media hora antes al escuchar una oferta laboral de una empresa dedicada a insertar discapacitados, o al leer una nueva carta de rechazo editorial, o la nueva lista de becas a Praga de la Unesco donde (de nuevo, por quinto año) su nombre no aparece, o igual viene del médico, que le ha dicho que su corazón ya no está para muchos trotes pero que la válvula aguanta bien. Da igual. La cosa va por otro lado, lo importante va por otro lado. Lo antropológico va por otro lado. Esto no va de alguien haciendo proselitismo barato del género masculino que ayuda en casa, no, ni siquiera es una hipócrita alabanza a las sumisas mujeres que históricamente han cuidado de su hogar. Esto va, simple y llanamente, de la perplejidad con la que nos enfrentamos a algo que debería ser normal pero que nos hacer creer que es malo, o la perplejidad con la que me enfrento, será mejor que hable en singular, perplejidad ante el hecho de haber asumido como natural una idea de la productividad y de la plusvalía relacionada solamente con el mercado laboral, olvidando el hecho de que somos seres que se relacionan, que crean vínculos y que se unen en reducidos grupos llamados familias, sean como sean, y que la argamasa que une esas familias (las formen quien las formen, siempre y cuando su unión haya sido libre, tengan pene y vagina, dos penes, cuatro pechos, dos vulvas o cuatro penes) son a su vez parte de la misma y que igual no, igual no es tan normal verse obligado a delegar los cuidados de sus miembros en otras personas ajenas a ese vínculo por culpa de un mercado laboral que dice que solamente dentro de él uno se puede realizar como persona. No recuerdo que mi madre se sintiese irrealizada mientras cuidaba de nosotros como una jabata o una diosa griega, igual un poco si cuando ya fuimos mayores y más independientes, pero tendría que preguntarle, y ella, de natural introvertida, me dijera qué le gustaría haber sido y no fue. Igual el problema es de un sistema que ha normalizado salarios de mierda que obligan a todos los miembros de un núcleo familiar en edad de trabajar a vender su fuerza de trabajo para afrontar los gastos generales para poder vivir, estudiar o lo que sea. Igual el problema no está en la reivindicación del matriarcado o del feminismo, o de la liberación laboral de la mujer (que también) pero a lo mejor el problema estriba en que no es la mujer, o la familia, la que tiene que adaptarse al sistema capitalista, sino que debería ser el capitalismo el que debería adaptarse (o deberíamos obligarlo a adaptarse) a la familia, al feminismo y al matriarcado. Pero, claro, si hay gente que piensa que hay algunas mujeres que no trabajan y viven como marquesas mientras su parejas se desloman, si encima eres hombre ya ni te cuento lo que eres. Ahora bien, esas apreciaciones nunca se las oirás a una mujer, al menos a ninguna mujer con dos dedos de frente (de mujer), pero sí a un hombre, sí lo oirás de tu vecino, del tendero, del informático, del alcalde, del ministro y de los medios de comunicación que dirigen hombres (y mujeres masculinizadas económicamente). No estoy orgulloso de ser lo que soy, no solo porque a veces esté cansado, porque piense que me podrían ayudar más o porque me gustaría tener algo de tiempo para mí (ir a la piscina una hora dos días a la semana, menudo lujo...), no; digo que no estoy orgulloso de ser un amo de casa simplemente porque estoy haciendo lo que tengo que hacer. Orgulloso estoy de mi mujer, que se deja la vida trabajando donde trabaja, de mi hijo que crece feliz y de mi hijastra que bastante tiene con lo que tiene (pubertad mediante). Yo me conformo con pelear como puedo con mi frustración literaria, con mi crisis de los cuarenta, mis fatigas, mi a veces lastimera queja por no haber sabido aprovechar las oportunidades que no supe ver, me conformo con mis contratitos laborales que crean más caos en casa que aumentan la cuenta corriente y que creo que son el hilo que aún me conecta con un mercado laboral empeñado en rechazar a mozalbetes tristes como yo. A menudo le digo a mi mujer que me salva saber que mi cuerpo no llegará a la edad de la jubilación, y que eso me libra de amargarme con el tema de mi tiempo cotizado; sé que a ella no le gusta oírlo, y que sufre con ello, pero es una de las maneras que tengo de conjurar mis achaques y poder encarar los malos vientos que nos acechan, y necesito vestir de sarcasmo a mi pena. De momento lo llevo bien, nunca me atreveré a decir que estoy mal; cansado sí, lo digo mucho, pero esa letanía ya forma parte de la larga estirpe de la que formo parte y de la que me queda tanto por aprender.  (Ejemplo de esto: aquí). He de darme prisa, los pequeños crecen muy deprisa y el tiempo vuela, sobre todo para aquellos que, como yo, han llegado relativamente tarde a la paternidad (en comparación con décadas pasadas).


Evidentemente podría hacer más: podría escribir más, podría leer más, podría hacer más ejercicio, podría dibujar más, podría hacer más manualidades, podría incluso aprender a tocar el piano, podría hacer mil cosas, pero no las hago por la misma razón por la que no hago más el amor con mi mujer, porque la vida, hoy, ahora, en estos momentos, mi vida es otra cosa y muchas, muchas variables tienen que confluir en el mismo punto para poder hacerlas. Mentiría si dijera que no deseo escribir más, mentiría si dijera que conseguir publicar dos novelas y un libro de relatos en 14 años no me parece pírrico, cuanto no penoso. Pienso que haber escrito en 20 años lo que he escrito me parece muy poco (eso si me atengo solamente a lo literario, dejaré para otro día los "otros" logros), pero es lo que hay, vivo donde vivo, alejado de donde se cuece la literatura y donde hay que estar para poder ser tenido en cuenta como aspirante. Sé que ya tengo una edad y muchas rarezas (que no son más que torpezas, principios enquistados por el tiempo), sé que me falta talento para poder llegar a escribir una novela que deslumbre venga de donde venga, pero poder hacer unas sabrosas lentejitas o planchar decentemente mientras canto a The Sonics me llena, hoy por hoy, más que dejarme literalmente la vida en trabajos alienantes pésimamente pagados o darle brillo a mis perfiles en redes sociales, y digo esto último porque una editorial "grande" ha estudiado dichos perfiles para llegar a la conclusión de que no soy lo que buscan y han tenido el cuajo de decírmelo por mail a la hora de rechazar mi último manuscrito.


Si hay alguien por ahí fuera al que aún le interese esta mierda de blog medio abandonado, pedirle disculpas por el desolador ritmo de confesiones de este "major Tom", amo de casa frustrado y frustrante, pero hago lo que puedo, Cinderella mía, que mira qué hora es y en cinco horas toca la alarma.

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