lunes, 20 de agosto de 2018

20 de agosto 1968.50 años del fin de la Primavera de Praga. La muñeca rusa


Hoy hace 50 años de la entrada de los tanques soviéticos en Checoslovaquia.

LA MUÑECA RUSA.
CAPÍTULO 1.
Josef Koudelka, 1968
 


La noche en la que el ejército soviético entró en Checoslovaquia, Milos Meisner interpretaría el ruido de los tanques por las calles de Praga como la gran y estúpida ironía que definiría el resto de su vida a partir de ese momento. Le asaltó entonces el deseo angustioso de escapar de su pequeño piso de la calle Na Hrázi, del hospital psiquiátrico donde trabajaba como celador, de salir de Praga, de abandonar Checoslovaquia, de exiliarse de su vida, como si esa fuga pudiese darle la calma y el consuelo que, desde hacía varios años, creía necesitar. Se asomó despacio por la ventana y vio un tanque en su propia calle. Inmediatamente pensó en Irina, y el miedo que le asaltó hizo que volviera a oír en su cabeza las risas incontenibles de su amigo Pavel Sisak y del escritor Bohumil Hrabal cuando, un par de días antes, les contaba que se sentía culpable porque se había enamorado de una paciente rusa del hospital que decía ser hija de un cosmonauta ucraniano perdido en el espacio cuya vida había sido borrada por las autoridades soviéticas. Echaba de menos aquellas risas, la de Pavel como la de un grajo luminoso, la de Bohumil como la del hermano mayor que sabe cosas que nosotros nunca podremos saber. Se vio de nuevo rodeado de ellos; los tres ebrios, felices y asustados; él mirándoles y descubriendo en sus miradas ese fuego de los que no tienen miedo a nada y a la vez están aterrados por todo.
Estamos en 1968 y, por extraño que parezca, casi nadie imaginaba que la invasión de Checoslovaquia por parte de las fuerzas del Pacto de Varsovia realmente iba a ocurrir. Hacía más de un año que Irina Belokoneva había aparecido en el hospital mental de Praga y nueve meses desde que se habían iniciado las reformas democráticas de Dubček. La noche del 20 de agosto de 1968 se oyeron las explosiones de algunos obuses fortuitos a lo lejos, como si la brutalidad y la represión que se avecinaban quisieran entrar llamando a la puerta a pesar de no estar invitadas, tamborileando sobre el ruido de tanques, anunciando que, por muy cruel, injusto y desolador que pareciese, todo estaba a punto de terminar. 
Josef Koudelka, 1968
El día que entraron los tanques en Praga, Milos salió del hospital psiquiátrico Bohnice sintiéndose distinto, intentando no sucumbir al escepticismo, obligándose a creer en Irina, en la historia que Irina le contaba una y otra vez como una salmodia liberadora. Atardecía, las noches comenzaban a ser frescas y decidió caminar. Durante casi un año venía oyendo esa extraña historia, pero aquel día no pudo evitar sonreír sarcásticamente mientras la escuchaba, creyendo ver en todo aquello un ceniciento paralelismo hacia lo que se estaba viviendo en Checoslovaquia. Por todos lados se hablaba de reformas democráticas, se organizaban asambleas en cada barrio, en cada calle, en cada bloque; se hablaba de la abolición de la censura, de las libertades recuperadas, de todo por conseguir tras tantos años grises vividos con sorna y resignación. Sin embargo ese día sentía algo distinto, como si al alejarse de aquel sanatorio, de ese edificio mezquino y trovo, también se alejase de Irina más allá de lo puramente físico, como si la locura que él ayudaba a sobrellevar a los pacientes de aquel lugar, la fuese esparciendo por todos lados conforme entraba a Praga, dejándola entre los árboles, entre los estudiantes, las mujeres, los obreros, entre la gente que iba o volvía de las asambleas, de los restaurantes, de los bailes, de los centros culturales; desmenuzaba aquella cruel locura en la que trabajaba y la veía volverse invisible, igual que ondas de radio, rodeándolo todo como el papel de regalo de un porvenir sin la férrea sombra soviética. Pero el sonido de los obuses le hizo desear estar con ella. Aquel miedo, aquel ocultarse en una casa a oscuras, se tiñó de pronto de reservas, de escudos protectores, de cínicos prejuicios, convirtiéndolo en una especie de actor mediocre perdido en una escena clave que no sabe continuar sin leer el guión. Sentía que las explosiones le alejaban de ella, alimentando sospechas ante la  rocambolesca historia de Irina, viendo perecer la historia de su pueblo, vertiendo toda aquella marea a través de sus manos como un pez robusto y lunático. Durante meses había buscado por todos los medios sacar a Irina de ese sueño que la atormentaba, separarla de la Luna, de esa Luna que la había vuelto loca. Ahora, asomado imprudentemente a la ventana de su pequeño piso, lamentó comprobar que el destino de los checoslovacos estuviese ligado obligatoriamente al de los soviéticos. Una voz le inquirió desde abajo. Un kalashnikov apuntaba hacia su ventana. Asustado de verdad por primera vez, se agazapó y corrió las cortinas. Blasfemó con rabia y se maldijo a sí mismo por sentirse responsable del destino de Irina Belokoneva.

Josef Koudelka, 1968

Cuando por fin el cansancio empezó a vencerle, se quitó cuidadosamente la ropa. Al contemplarse desnudo en el reflejo del espejo del armario de su dormitorio, Milos se sintió de nuevo cerca de ella ignorando los miedos y las reservas. Al meterse al fin en la cama, buscó reírse de sí mismo, queriendo explotar como un abanico de amenazas, pero no lo consiguió. Sin embargo, en su cabeza surgió una pregunta: ¿Cómo es posible que me haya enamorado de una paciente diagnosticada de esquizofrenia paranoide que dice ser hija de un cosmonauta ruso desaparecido en el espacio tras un fracasado viaje a la Luna? ¿Cómo es posible que dude de la locura de una locuaz esquizofrénica ocasional, de una trovadora desquiciante martirizada por el recuerdo de un padre que imagina muerto, flotando inerte en el espacio, en una paradigmática imagen recurrente de película de ciencia ficción?
A pesar de todo eso, aquella noche Milos durmió plácidamente. Soñó con Irina, con cosmonautas, con caballos, con la cara oculta de la Luna y con el mar, un mar que nunca había tenido la posibilidad de ver y que creía necesitar. Soñó que escapaba, que se marchaba pero no se perdía, que amaba pero no amaba, que pisaba la Luna sin billete de vuelta y que respiraba extrañamente tranquilo bajo la escafandra de un planeta mutilado como un pez sin futuro, tal vez su país.
Todo esto yo lo sé porque Milos me lo ha contado un millón de veces, sentado en esta silla, frente a las estanterías de la sección de Literatura Hispanoamericana en una pequeña y ridícula librería de un pequeño y ridículo pueblo de la costa almeriense llamado Almarga. Hace muchos años de todo aquello y, por una razón que todavía desconozco, este lugar es el final de su viaje. Tal vez por eso haya decidido contarme su historia, una historia que en el fondo intuyo que ni es sobre él ni tampoco es suya. Lleva viviendo aquí dos años y aún tiene en su casa una maleta sin deshacer. Las veces que le he preguntado qué es lo que guarda ahí siempre me ha contestado lo mismo, ahí llevo lo único que me llevaría si tuviera que irme a otro lugar; el porqué la tengo hecha, o por qué no la he deshecho aún, es algo que vosotros nunca podríais entender del todo. ¿Quiénes?, pregunto. Y él responde, vosotros, mirándome como si le hubieran hecho la pregunta más tonta del mundo. Así que nunca vuelvo a insistir. Es entonces cuando Milos Meisner me sonríe, alza una de sus cejas y balancea levemente la cabeza, sumergiéndose de nuevo en todo aquello que lo atormenta y a la vez sé que le mantiene vivo.


lunes, 12 de marzo de 2018

WILL HOGE, MADRID, 9 de marzo de 2018, The Secret Club.


WILL HOGE, MADRID, 9 de marzo de 2018
The Secret Club.

La esperada y ansiada visita a Madrid de uno de los songwriters fundamentales para entender los derroteros del rock de raíz americana de lo que va de siglo se saldó con un concierto de los que se quedan en la memoria, reafirmando que, cuando se tiene algo que contar y se sabe cómo, el talento siempre sabe qué teclas tocar para emocionar y espolear sueños y certezas. Por mi parte, no sólo no me arrepiento lo más mínimo del palizón de kilómetros que, a última hora, puede hacer, sino que a la salida del bolo de Will Hoge pude orgulloso hacer otra muesca más a esa efímera e íntima lista de conciertos definitorios. La carrera de Hoge ya es lo suficientemente larga como para ser vista y diseccionada con profundidad, y desde que debutara con un impetuoso puñado de canciones tan urgentes como vivas en 2001 (“Carrousel) hasta el emotivo y salvífico “Anchors” de este 2018, Will Hoge se ha labrado una carrera y una reputación envidiable que cualquier aficionado a la música de raíces puede considerar, sin miedo a exagerar, como imprescindible. El repertorio del concierto que dio el pasado viernes 9 de marzo en Madrid en The Secret Club (que los dioses bendigan a Medias Puri) tuvo su grueso en sus dos últimos discos (“Small Town Dreams” y el citado “Anchors”), apuntalándolo con gemas sueltas de sus otros ocho trabajos de estudio anteriores.


Will Hoge y su banda subieron al escenario y comenzaron con The Reckoning, la agridulce y emotiva canción que abre su último trabajo (“hay algunas semillas que siembras y nunca crecen…” canta en ese alegato inquebrantable a perseverar (o no) en tiempos difíciles). Will solo tuvo que abrir la boca y dejar que su privilegiada garganta obrara el milagro, tal y como estos deben hacer, poco a poco, sin apabullar gratuitamente, dejando que la música recorriese el local y nos envolviera casi sin darnos cuenta. El ritmo fue reptando venenoso con “The last Thing I need”, de Small Town Dreams (disco que remarca su impronta en eso que los americanos llaman Heartland Rock). Tema en el que es precisamente su voz la que casi al final sube el ritmo, dejándonos listos para, a la voz de tres, rematar la jugada con el vigoroso “Better Off Now”, única mirada a su primera época, aquella que podríamos definir como pre-accidente de moto (sus cuatro primeros discos). Pelotazo rockero este “Better off Now” de su segundo y olvidado disco (del que él mismo reniega a causa de una yerma producción mainstream). “Still a Southern Man” y “(This ain´t) a Original Sin” mantuvieron el acelerador a tono (lírica y musicalmente) con sonrisas de complicidad entre la banda y dejando claro que aquello podía ser incluso memorable. Que tras eso se sentase al piano para la preciosa “Cold night in Santa Fe” resulto tan natural como darle las gracias a quien nos roba la cartera y de paso el corazón.  Fue durante esta y la siguiente “Little Bitty Dreams” cuando volví a pensar lo que muchas veces he pensado al intentar explicar la voz de Will Hoge a algún amigo que no lo conoce (Es como escuchar a Elvis Costello intentando imitar a Otis Redding y consiguiéndolo). Para aquel entonces ya quedaba claro que el proyecto de Will Hoge es el de contar historias tan comunes como vitales, en las que gente como cualquiera de nosotros, puede verse reflejado: días duros, sentimientos encontrados, trabajos alienantes, deseo de liberarse con pequeñas cosas, un guitarrazo, una cerveza compartida, un futuro incierto, una indignación frente al poder político tan resentida como lacerante, el amor de los nuestros y una revisión del pasado que espolea para seguir adelante. De eso canta Will Hoge mientras esboza una leve sonrisa y canta unos imbatibles estribillos.

autora Cayetana Álvarez

A partir de ahí llegó el abandono, la cosa rodaba (y de qué manera), por lo que no había más que dejarse llevar. Justo delante de mí, en primera fila, estaba la artista Cayetana Álvarez pintando in situ a la banda a través de las canciones (que descubrí gracias al libro de Joserra Rodrigo y que me parece admirable). La gente se mostraba respetuosamente callada cuando la canción lo pedía (los “bravo”, “eres grande, colega”, “mierda, qué bueno eres” que se oían espontáneos al terminar alguna de las canciones sonaban sinceras y más de uno sonreía al haber querido gritarlas también). “Anchors”, “Growing up Around Here” se alternaban oxigenadas para dejar paso a la vacilona (por lo agrio e irónico de su letra) “Desperate Times”. “Too late too son” volvía a dejarte desnudo y sonriente, casi tanto como a él, con toda la sala en el bolsillo. Con “Goddamn California” hizo uno de sus speeches introductorios, sobre el porqué de la canción, cuando, tentado por cantos de sirena y marketing, lejos de su familia y sus amigos, se preguntaba si merecía la pena el mercadeo y descubría que no, volviendo a tener que reinventarse vitalmente, siempre con la guitarra cerca para escribirlo, siempre consiguiendo hacerte sentir cómplice.


Enfrentaba la recta final con una de sus mejores canciones, la irresistible “Even If it breaks your Heart”, cerrando la comunión que poco a poco había ido creando alrededor. Con “A Little Bit of Rush”, una de las joyas de su último disco, convenció al más reticente (si es que aún quedaba alguien) y, lanzado a otro de sus cómplices y ágiles speeches, se despidió con ese homenaje nada velado pero irrefrenablemente gozoso a The Clash, “Ring of Fire”, al compromiso de Hank Williams y Johnny Cash y a su queridísimo Franklin, cerca de Nashville, Tennesse, que es “Till I Do It Again”.

fotografía del instagram de monticola_solitarius
Regresó para el bis con “Middle of América”, sincerándose al terminarla por la respuesta que esta canción había tenido en general, y esta noche en particular, fuera de su país. Debe ser por eso de la clase (obrera), que abunda, por muy difuminada que esté. Terminó el concierto con las dos canciones que cierran “Anchors” en una apuesta que solo él y su banda sabían ganadora, pues dieron la clave de lo que fue esa noche. Acabar un concierto con dos canciones nuevas, y conseguir subir aún más el grado de entrega y emoción es algo al alcance de muy pocos, y a mí, escribiendo esto, más me asombra y celebro haberlo podido ver. Si con la exultante “Young as We Will Ever Be” apareció de golpe el Will Hoge del maravilloso disco en directo autoeditado (during the Before and After del ya lejano 2004) con el que lo conocí en lo benditos días en los que uno se zambullía en myspace en busca de tesoros musicales desconocidos y le compraba casi a ciegas un puñado de discos a un cantante de Nashville y éstos te llegaban tres semanas después con una nota de agradecimiento incluida y al ponerlo sabías que sus canciones te iban a acompañar durante mucho tiempo pero no llegabas a imaginar que casi quince años después te siguiera emocionando del mismo modo.

Que el concierto terminase con “17”, una canción donde late el mismo espíritu terapeútico que el “Caravan” de Van Morrison, con Will Hoge cantando a capella la mitad de la canción al borde del escenario, fue un regalo demasiado bonito, tanto como para saber que una noche así le valdrá a más de uno como refugio para días oscuros donde buscar las ganas y los sueños que tan fácilmente creemos perdidos.





jueves, 1 de marzo de 2018

Varian Fry, vida y muerte de un hombre honesto

Introducción: A finales de enero colgué un artículo sobre Eduard Pernkopf, escrito para la revista La Aventura de la Historia (Pernkopf). En la introducción contaba que en un corto periodo de tiempo me había visto documentándome sobre dos personajes opuestos, definitorios de unos años determinantes. Desde que escribí sobre ellos pienso mucho en sus vidas, en lo que fueron y lo que representan, en cómo durante sus años claves influyeron a tanta gente, directa e indirectamente, y, sobre todo, lo que significa la manera en la que murieron. Esta que sigue es la vida de Varian Fry, escrita todo lo mejor que pude (sobre todo debido a las limitaciones del encargo, número de palabras). A sus pies, admirado Varian. 

La Aventura de la Historia, Año 20 nº 231. Enero de 2018. Depósito legal: M-4597-2012.


“LOS ALEMANES IBAN DE GRIS, TÚ IBAS DE AZUL”. 
BREVE HISTORIA DE VARIAN FRY
por Juan Miguel Contreras


Cuando el 13 de septiembre de 1967 murió a los 59 años un hombre llamado Varian Fry, la onda expansiva de tan luctuoso hecho apenas transcendió los muros de su humilde casa de Redding, el pequeño pueblo de Connecticut donde había vivido sus últimos años. Pocos lamentaron públicamente su pérdida. Claro que, ¿quién había sido ese hombre, qué es lo que había hecho para poder censurar la ausencia de conmoción por su fallecimiento? Posiblemente sean muchos los sentimientos, ideas, novelas, ensayos y vidas las que, sin la idealista determinación de Varian Fry, se hubieran perdido: fue él quien ayudó a más de 2.000 personas a abandonar Francia durante la ocupación nazi, incluyendo a líderes políticos, culturales y laborales como Hannah Arendt, Marc Chagall, Wanda Landowska, Max Ernst, André Breton, Arthur Koestler, Alma Mahler o Leon Feuchtwanger.

La fulminante ocupación de Francia por los ejércitos de Hitler de alguna manera también colapsó a los Estados Unidos y Gran Bretaña, empeñados en mirar hacia otra parte. En medio de un debate público que amenazaba con fracturar a la sociedad estadounidense, surgieron voces que mostraron su preocupación por los refugiados en Europa, tal y como anteriormente la guerra civil española había provocado. El foco se centró en el artículo 19 del Armisticio Franco-Alemán, donde se decía que cualquier ciudadano debía ser entregado a las autoridades nazis si así era demandado.

En 1940, un grupo de ciudadanos se reunió en Nueva York y organizó el Comité de Rescate de Emergencia (ERC) para ayudar a los judíos y no judíos disidentes desplazados por la guerra. Varian Fry, un joven editor de la Asociación de Política Exterior de Headline Books y uno de sus fundadores, se ofreció voluntario para viajar a Francia y brindar ayuda y asesoramiento a refugiados antifascistas.

Hijo único de un conservador liberal protestante de Wall Street, nació en la ciudad de Nueva York el 15 de octubre de 1907, y fue criado en el suburbio de Ridgewood, Nueva Jersey. Su madre había sido maestra de escuela pública y le hizo un gran lector.  Siendo universitario en Harvard fundó la revista literaria Hound & Horn, donde defendió a autores prohibidos por entonces como Joyce o Henry Miller, y llegó a ser expulsado durante varios meses antes de graduarse en 1931. Su gama de estudios fue amplia, con especial énfasis en los clásicos de Grecia y Roma. Un viaje a Alemania en 1935 lo convirtió en un ardiente anti-nazi. No fue hasta 1940 cuando se presentó la oportunidad de hacer algo concreto más allá de denunciar la situación. “Recordaba lo que había visto en Alemania. Sabía lo que les pasaría a los refugiados si la Gestapo se apoderara de ellos. Era mi deber ayudarles”. Tenía 32 años. 

Gracias a la intermediación de Eleanor Roosevelt, el Departamento de Estado de los EEUU hizo una excepción en su restrictiva política de visados, proveyendo de permisos de entrada a un número limitado de doscientos refugiados. La paradoja estribaba en el hecho de que el ERC era una asociación no gubernamental financiada de manera privada, pues la diplomacia aún imponía la neutralidad. La indolencia respecto de la barbarie nazi se mantuvo hasta Pearl Harbor, lo cual no se entiende sin tener en cuenta la polarización de la opinión pública, las alabanzas que su aliado Winston Churchill prodigó a Hitler en 1938 (de las que aún no se había retractado) y, sobre todo, por los negocios del régimen nazi con grandes industriales norteamericanos, al que suministraban armas y materias primas a través de Suiza.

Así pues, Fry viajó en calidad de periodista, sin que se supiera nada del encargo de ayudar a intelectuales y figuras de renombre varados en Francia. Su función era llegar a Marsella y hallar la manera de sacarlos de allí antes de que los alemanes los reclamasen. Su misión, por tanto, no era meramente humanitaria, sino también incómodamente elitista, sin embargo no eran tiempos para remilgos. Aún así, Fry, cuyo conocimiento del espionaje provenía únicamente de las películas, se encontró protagonizando una historia brutalmente heroica. Su valiosísimo libro, “La lista negra”, publicado en España por la editorial Confluencias, resulta totalmente imprescindible, no sólo para comprender lo que hizo, sino también para entender el espíritu y los valores que gran parte de esa generación de entreguerras poseyó y la guerra sepultó. 

Llegó a Marsella a principios de agosto de 1940, con 3.000 dólares ocultos bajo la ropa, una maleta con ropa y una lista de 200 refugiados en peligro. Esperaba permanecer un mes, pero rápidamente se dio cuenta de que la situación era dramática y su trabajo mucho más complicado de lo que había imaginado. Los que huían del Tercer Reich eran miles, y las autoridades francesas cooperaban con los alemanes al negarse a expedir visas de salida.  

Durante las primeras semanas se estableció en el hotel Splendide, pero los rumores de su llegada se extendieron tan rápidamente que su plan inicial se desbarató al momento: los refugiados pagaban altas sumas en el mercado negro solo por conseguir su dirección. Pronto descubrió que el consulado norteamericano no iba a ayudarlo y que tendría que trabajar de modo independiente. Fry decidió actuar libremente rodeándose de un grupo reducido al que denominaron el Centro Americano de Socorro (Centre Americain de Secours). El trasiego de personas en su cuarto del hotel Splendide era tal (entrevistaban entre 60 y 70 personas por día) que resultaba imposible mantener su coartada de periodista.

Uno de los pasaportes de la red de Fry

Cada uno de los más cercanos colaboradores de Fry merecería artículos aparte: El falsificador de pasaportes y visados Bill Freier, llamado artísticamente Bill Spira, deportado a Polonia en 1942 y que logró sobrevivir a varios campos; la estudiante de arte y arquitectura de la Sorbona Miriam Davenport; la “pasadora de fronteras” Lisa Fittko; la rica heredera de vida novelesca Mary Jane Gold; el actor, activista y soldado de la Royal Air Force Charles Fawcett o el periodista y musicólogo Charles Wolff, que acabaría torturado y asesinado por la Milicia fascista en Toulouse, fueron algunos de ellos.

Aunque no tenía experiencia en el trabajo clandestino, Fry organizó y puso en marcha una compleja operación. Una vez que los doscientos visados norteamericanos se agotaron, intentó obtener visas de otros países; falsificaron documentos e hicieron transacciones en el mercado negro; algunos refugiados fueron enviados clandestinamente en barcos de guerra hacia el norte de África disfrazados de soldados desmovilizados; otros fueron sacados de Francia por la frontera con España. Sus actividades alcanzaron unas dimensiones tan significativas que se volvió imposible seguir manteniéndolas en secreto. La Policía francesa emprendió acciones contra él y, tanto la embajada norteamericana en Vichy como el consulado en Marsella, le negaron todo tipo de ayuda. La policía allanó sus oficinas y lo detuvo en varias ocasiones. En diciembre de 1940 fue retenido en un barco-prisión en el puerto de Marsella. Vencido su pasaporte y dispuesto a continuar su labor hasta que fuese expulsado, fue entonces cuando alquiló la villa de Air-Bel, a las afueras de Marsella. Por aquella mítica casa recalarían personajes como André Breton, Max Ernst, Victor Serge y decenas de refugiados de la élite cultural de entonces. Para la mayoría de ellos, cualquier paso en falso podía significar la detención, la deportación o la muerte. Y aunque tanto él como sus colaboradores pasaron por grandes sacrificios personales (hambre, frío, sueño, amenazas, presión) no fueron pocos los momentos de distendida felicidad y confraternización.

Fry con André Breton, André Masson y la esposa de Breton, Jacqueline
Por seguridad, Fry destruía la mayor parte de sus papeles cada noche, pero para mayo de 1941, de acuerdo con sus estimaciones, habían atendido unos 15.000 casos. De ellos, aproximadamente 4.000 personas recibieron asistencia y visados y 1.000 habían sido sacadas clandestinamente de Francia por diversas vías. En agosto del 41 Fry fue arrestado por la policía francesa, dándole un plazo de una hora para recoger sus pertenencias antes de acompañarle en tren hasta la frontera española. Se le dijo que su salida forzosa había sido ordenada por el Ministerio del Interior francés en coordinación con la embajada estadounidense.

Fue expulsado por el gobierno francés de Vichy como “extranjero indeseable” por proteger a judíos y anti-nazis. Fry describiría luego su partida: “Era un día gris y lluvioso cuando abordé el tren. Miré por las ventanillas e innumerables imágenes se acumulaban en mi mente. Pensé en los rostros de los miles de refugiados que había enviado afuera de Francia, y los de miles más que había tenido que dejar tras de mí”. De regreso a Nueva York, contó su historia y trató de advertir sobre la inminente masacre de los judíos y disidentes, pero hasta el ataque a Pearl Harbor en diciembre, el gobierno no hizo nada.
Su vida entró en declive. Nada podría igualar la misión llevada a cabo en Francia. “Las experiencias de 10, 15 e incluso 20 años han sido comprimidas en una”, escribió. Incapaz de maneja la rutina y rechazado por el ejército a causa de una úlcera estomacal, Fry pasó de un trabajo a otro, desde el periodismo hasta la edición de revistas, la producción de películas y finalmente la enseñanza secundaria. Investigado por el FBI, numerosos amigos comenzaron a evitarle. El 13 de septiembre de 1967, la Policía Estatal de Connecticut encontró a Fry en la cama, muerto a causa de una hemorragia cerebral. Pocos meses antes, veintiséis años después de ser expulsado, el gobierno francés le galardonó con la Orden de Caballero de la Legión de Honor.

Es lógico que Varian Fry genere en nosotros una historia distorsionada y hasta cierto punto romántica, con exiliados desesperados, nazis amenazadores, contrabandistas, gendarmes de dudosa catadura moral, documentos falsificados y fugas a medianoche a través de las montañas, casi como si fuese el guión de alguna vieja película de Hollywood. Quizá lo único que falte sea Peter Lorre. Pero a cambio tenemos a Marcel Duchamp y un puñado de maravillosos surrealistas. Más que Bogart, uno casi espera la aparición de Groucho Marx. Pero el que estaba ahí era Varian Fry, afortunadamente.


LA LISTA NEGRA. VARIAN FRY. http://www.editorialconfluencias.com/la-lista-negra/

sábado, 3 de febrero de 2018

Reseña de "Cardiopatías. Relatos de insumisión y dudas" en Las Inquilinas de Netherfield

Reseña aparecida en el blog LAS INQUILINAS DE NETHERFIELD. http://inquilinasnetherfield.blogspot.com.es/2018/01/resena-by-mb-cardiopatias-juan-miguel-contreras.html (P.d. El giro del final, del plural al singular , es abrumador). Gracias


RESEÑA (by MB) ::: CARDIOPATÍAS - Juan Miguel Contreras




Título original: Cardiopatías. Relatos de insumisión y dudas
Autor: Juan Miguel Contreras 
Editorial: Baile del Sol
Prólogo: Pilar Gómez Rodríguez
Páginas: 174
Fecha esta edición: 2017 
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: 10 euros
Ilustración de cubierta: Inma Luna
Ilustraciones interiores: Hauer Guzmán
¿Dónde van a parar los recuerdos guardados en bolsas de basura, dónde todo aquello que no pudimos decir, las historias rotas, las carreteras magulladas, lo que queda por escribir y tememos no conseguir siquiera esbozar?  Estos nueve relatos aquí incluidos, fueron escritos entre 1998 y 2006. Su autor los reunió después de perderlo casi todo y verse obligado a empezar de nuevo. Se trata de historias que no fingen su extrañeza ante un mundo del que intentan dar cuenta, llenas de homenajes literarios, donde el recuerdo de una adolescencia diletante se mezcla con otras historias, más o menos amables, sobre amigos devastados y amores imposibles. También tienen cabida relatos históricos de una memoria aún ignorada, andanzas de músicos y directores de cine, teatrales periodistas y enfermos sin redención posible. Cardiopatías es un mosaico narrativo que dibuja unas vidas siempre en cambio y siempre frágiles. Unas vidas que resuenan en el violín de una niña que echaba de menos a su familia, que fue cuando empezó realmente todo.

Estos relatos no ocultan las lecturas de su autor y sus vivencias (pequeños pueblos españoles, los intentos de escribir) y giran alrededor de un cuento llamado "Imposible Penélope" que no es un cuento y no narra un hecho sucedido en el pasado: es la tragedia de este país y de sus habitantes sucediendo aquí y ahora, otra vez y como desde hace décadas. 
El Quijote fue el primer libro con el que sentí y percibí esa sensación tanto de realidad como de conexión cuando el personaje se independiza de su autor y traspasa la ficción para convertirse en alguien que existe fuera incluso de su propia historia. Este sentimiento es la génesis de mi pasión por la lectura, la columna vertebral que alimenta mi ansia lectora.

Un libro es el producto de una mente creadora, y cuando lo definimos como más o menos bueno, en mi caso, además de otras circunstancias o elementos como podrían ser las tramas, ambientaciones, descripciones, etc... considero que lo más importante siempre es el personaje, y la primera pregunta que me hago cuando un libro cae en mis manos es si el autor habrá sido capaz de forjar e investir a sus personajes, otorgándoles las cualidades y apariencias necesarias para que se presenten ante el lector con la dignidad suficiente para recalar en su mente. Y si hay suerte (porque no sucede todas las veces ni con todos los libros), esos personajes podrán salir de su historia y de sus hojas encorsetadas para quedarse en la memoria, y ser percibidos como algo real cuando la conciencia o inconsciencia nos los recuerda de alguna manera.

Juan Miguel Contreras es uno de esos pocos autores que sabe insuflarles alma a sus personajes. Ya lo hizo en La muñeca rusa, con Milos Meisner e Irina Belokoneva (que ya forman parte de mi realidad), y en Cardiopatíasencontramos todas las semillas que pululan el universo tan particular del autor.

En este libro nos ofrece una recopilación de nueve relatos distintos, diversos y diferentes. Elijo todos estos adjetivos porque en él descubrimos relatos de todo tipo, pero unidos y encofrados en un mismo y enfermo corazón. Juan Miguel Contreras construye a partir de las enfermedades de corazón (esas cardiopatías) el esqueleto de su libro, encuadrando los relatos con dichas enfermedades. 

Esta es una manera como cualquier otra de enlazar los relatos pues, en mi humilde opinión, el verdadero hilo conductor del libro, lo que lo hilvana y lo une, es la coherencia de todos sus personajes. Estos nos cuentan diferentes historias ambientadas en épocas dispares, pero todos al final, de alguna manera, las sobrepasan. Con eso no quiero decir que el relato sea insuficiente, que conste, pues Cardiopatias no necesita más ni menos; el autor, en su destreza, ha sabido utilizar las palabras necesarias para concretar y delimitar todas las tramas. Si las ampliáramos se perdería la esencia de los propios relatos, pues una cosa es que los personajes se salgan de la historia porque son capaces de independizarse para recalar en nuestra memoria, y otra es que terminemos una historia para empezar otra en ella misma (no sé si me explico).

grosso modoCardiopatías es lo que es; una recopilación de relatos, y no necesita más. Los personajes nos transmiten y nos dicen todo en sus respectivas argumentaciones, y si pasaran a una novela hablaríamos de otros personajes con otras historias.

Así, al leerlos puede parecernos que somos unos extras de la película Con faldas y a lo loco de Billy Wilder, o, por lo que a mí respecta, que me traslado a las puertas del pub junto a mis no tan viejos colegas (qué tiempos aquellos). Con cada uno de estos relatos se nos despiertan sentimientos y se renuevan sensaciones un tanto olvidadas, pero todos, de alguna manera, consiguen tocar esa fibra invisible que denominamos como sensible. 

Conforme saboreamos los finales partidos, en los que esos personajes demuestran el coraje suficiente para dejar atrás lo que no puede seguir adelante (y dar carpetazo y recomponer, mejor o peor, sus vidas), vemos que nuestro autor es un gran artesano en la fabricación de historias gracias a los diferentes registros que abarca, ya sea género histórico, novela negra o intimista... en este último caso en sentido figurado y también en el literal más escatológico, pues no quiero pensar cómo quedó la toilet del señor Ramón Navarro.

De todos los personajes, Maika, de La ciudad trenzada, es la que más me ha calado, quizás porque las dos coleccionamos momentos y personas particulares. Al final he descubierto que estoy unida con el hilo rojo del destino a este tipo de personajes que solo tú,Juan Miguel, eres capaz de engendrar. La verdad es que he disfrutado de cada uno de tus relatos. Toda esa rica narrativa, enriquecida con la extensa cultura que se aprecia en cada una de tus descripciones, lejos de parecerme complicada en realidad facilita en todo momento la lectura, pues tu saber hacer lo transforma todo en sencillez y agilidad.


ENLACE AL CUESTIONARIO PROUST-NETHERFIELD DEL AUTOR
http://inquilinasnetherfield.blogspot.com.es/2017/12/cuando-proust-visito-netherfield-1-juan-miguel-contreras.html


Juan Miguel Contreras nació en Madrid en 1974, aunque creció en un pueblo de la provincia de Ciudad Real, Manzanares. Actualmente reside en Alcázar de San Juan. Licenciado en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. En 1998 recibió el primer premio del certamen de relatos Villa de Torralba con el cuento La ciudad trenzada. En 2004 publicó la novela Cuando acabe el invierno en la editorial Biblioteca de Autores Manchegos (BAM). En 2007 quedó finalista del concurso de relatos de la Revista Eñe, Cosecha Ñ, con el cuento titulado Sobre hojas de humo
Entre el 2000 y el 2005 fue director y programador del Festival Internacional de Teatro Lazarillo, en Manzanares. Durante los primeros años del siglo XXI ha sido tramoyista y librero en Madrid; en 2006 abrió su propia librería, La Pecera, en Manzanares, hasta que la dejó en otras manos en 2011. En 2012 creó la editorial fantasma La Internazional Samizdat, donde publicó la primera edición del libro de relatos Cardiopatíasasí como una primigenia versión de La muñeca rusa. Las dos obras están publicadas actualmente con la editorial Baile del Sol.

martes, 30 de enero de 2018

El atlas de Pernkopf. Lección de anatomía nazi


En un periodo de tiempo corto me he visto investigando y escribiendo sobre dos personas diametralmente opuestas, ambas inmersas en el horror, en ese periodo histórico que abarcaría la primera mitad de siglo XX, y más concretamente centrados (definitoriamente) en la Segunda Guerra Mundial. Ambos artículos han aparecido en la revista La Aventura de la historia. Por cuestiones de programación, han aparecido con varios meses de diferencia. Recupero en primero de ellos (con intención de colgar también el segundo, aparecido este mes de enero, dentro de unos días). Versa sobre el anatomista alemán Eduard Pernkopf, autor de uno de los libros de anatomía más controvertidos de la historia, de su vida y de las implicaciones que ésta y su obra se derivan para entender algo de lo que somos. El otro personaje es Varian Fry, periodista americano, en los antípodas humanas de Pernkopf, pero igualmente definitorio y necesario. Con respecto a Pernkopf y su obra, fue bastante turbador y duro investigar y leer sobre él; uno ha de tener cierta entereza para ver según qué cosas y leer otras, y aunque yo no presumo de ella, creo que he salido indemne, algo tocado como es lógico, pero con muchas conclusiones al respecto (que me valieron enormemente a la hora de afrontar la investigación de Varian Fry, por ejemplo). Al final del artículo he puesto dos links para, quien quiera, se descargue los dos primeros tomos del famoso Atlas. Aviso que, a la luz de lo que se sabe de ellos, su visión no es lo que se dice ligera.

Juan Miguel Contreras
La Aventura de la historiaISSN 1579-427X, Nº. 225, 2017págs. 24-27



 I.
El atlas anatómico de Pernkopf, el Topographische Anatomie des Menschen (Atlas de Anatomía y Topografía Aplicada Humana), iniciado en 1933 y concluido en 1960, es considerado una de las obras anatómicas más importantes de todos los tiempos, a la altura de De Humani Corporis Fabrica de Andreas Vesalius. Los cuerpos que diseccionó para ello, muy posiblemente, procedían de los campos de exterminio. En sus distintos volúmenes se incluyen más de 800 acuarelas hechas por un equipo de cuatro artistas, consideradas aun hoy como auténticas obras de arte a pesar de incluir muchas de ellas la esvástica en la firma de dos de sus autores. Pernkopf fue nombrado decano de la facultad de Medicina en 1938, y rector de la Universidad de Viena en 1943, gracias no sólo a sus credenciales académicas, sino también a su filiación política.
Puede resultar sorprendente que el aura maldita que desde su publicación ha perseguido a este atlas fuese obviada durante décadas, y que además, debido a su relevancia científica, haya sido utilizado por estudiantes, médicos e investigadores de todo el mundo, reimprimiéndose con normalidad en varios idiomas sin que eso supusiera ningún problema moral. Sin embargo, desde que a mediados de los años ochenta se constató el origen de la mayor parte de los cuerpos diseccionados, la controversia y los distintos puntos de vista que defienden o reprueban su uso no han hecho más que crecer.
Durante la década de 1990, gracias a diversos estudios, la visión sobre Eduard Pernkopf y su atlas cambió por completo. Ya no era posible ver su contenido sin tener en cuenta tanto su historia como la de su autor. Una serie de artículos y libros sobre la medicina durante el Tercer Reich sacaron a la luz la relevancia de Pernkopf y se empezó a cuestionar la idoneidad del uso de su atlas anatómico. En febrero de 1997, el Rector de la Universidad de Viena, Alfred Ebenbauer, anunció que había formado una comisión para investigar el asunto, y en octubre de 1998, emitió su informe final. Debido a que la mayor parte de los registros de la Universidad de Viena habían sido destruidos por los bombardeos aliados durante la guerra, el seguimiento de los orígenes de los 4.000 cuerpos adscritos al Instituto de Anatomía resultó difícil. Mediante el uso de los registros y restos conservados, la comisión pudo determinar que, además de varios centenares de fetos y cadáveres de niños procedentes del programa de “eutanasia” realizados en diversos institutos psiquiátricos, los cuerpos de al menos 1.377 personas ejecutadas acabaron en el Instituto. De éstos, sólo ocho pudieron ser identificados como judíos. De la gran mayoría de los 2.600 restantes no se pudo determinar su procedencia, así que se les catalogó como fallecidos por causas naturales. No se encontró ninguna indicación sobre víctimas provenientes de los campos de concentración.  Dos tercios de las ejecuciones fueron por razones políticas (“delitos de resistencia y alta traición”). El resto fueron ejecutados por delitos menores como el robo de carteras. Estos 1.377 cuerpos aparecían asignados a un anatomista concreto. Sorprendentemente, solo unos pocos de los ejecutados por delitos menores aparecían asignados a Pernkopf. Cuesta creer que, dada la meticulosidad y relevancia del trabajo encargado a Pernkopf, tan solo unos pocos de los 1.377 individuos que fueron asesinados entre 1938 y 1945 acabaran en la mesa de disección de Pernkopf. ¿Y qué pasaba con los otros 2.600 restantes que por falta de documentación fueron tenidos como fallecidos por causas naturales? A pesar de todo, nada parecía eximir de responsabilidad a Pernkopf, decano, rector y el anatomista más importante de dicho periodo.
Pero, ¿quién era Eduard Pernkopf? ¿Qué contenía y quién era esa persona al frente de la elaboración de tan relevante atlas anatómico, considerado una maravilla editorial, una obra de arte criminal y maldita, ilustrada vívidamente por los mejores pintores y acuarelistas comerciales de Austria cuando esta nación estaba bajo el influjo y yugo del Tercer Reich?

Eduard Pernkopf el 6 de abril de 1938, Facultad de Medicina de la Universidad de Viena

II.
Eduard Pernkopf nació en Rapottenstein en 1888, un pequeño pueblo al sur de Austria. Era hijo de un médico en ejercicio y el menor de tres hermanos. De niño mostró un gran interés en la música, pero al fallecer su padre en 1903, y con el fin de ayudar a su familia, decidió continuar la carrera paterna. Tras varios cursos preparatorios, se matriculó en la Escuela de Medicina de Viena en 1907. Allí se unió a una fraternidad estudiantil de marcado cariz nacionalista, Die Akademische Burschenschaft Allemania, fundada en 1815, la cual, durante el régimen nazi, pasó a ser en uno de los bastiones principales, ideológicamente hablando, de las tesis sobre eugenesia y supremacía racial. Tras titularse como médico en 1912, Pernkopf encontró trabajo como asistente en el Instituto Anatómico de Viena, cuyo director, Ferdinand Hochstetter, pasó a ser su tutor, enseñándole anatomía topográfica. Tras la I Guerra Mundial, donde se alistó como médico, Eduard se habilitó en anatomía en 1921, convirtiéndose en profesor extraordinario en 1926 y, en mayo de 1928, en profesor de anatomía en la Universidad de Viena. La habilidad de Pernkopf con el bisturí dejó impresionado a Hochstetter desde el momento que pudo verle diseccionando un cuerpo por primera vez. En pocos años fue capaz de descubrir capa por capa la epidermis de la cara, dejar al descubierto arterias con los vasos principales que las ramifican, o desollando con una precisión y maestría asombrosa, y sin lesionar, músculos, venas o cartílagos.
Pocos meses antes de su nombramiento como director del Instituto, Pernkopf ya había empezado a trabajar en un manual de laboratorio, una guía de disección del cuerpo humano que sirviera de apoyo para los estudiantes. Pernkopf había buscado textos y atlas para apoyar la tarea pedagógica que tenía asignada, pero ninguno lo satisfizo. Teniendo en cuenta sus ideas sobre eugenesia, raza y trascendencia vital del destino del pueblo alemán, lo que comenzó como un simple material de soporte para las clases, pronto adquirió nuevas dimensiones más ambiciosas.
La reputación que comenzaba a tener hizo que, a finales de 1933, la editorial Urban & Schwarzenberg le hiciese una oferta para publicar su proyecto. Dicho encargo colmaba sin duda el tamaño épico de los sueños de Pernkopf: un atlas anatómico completo en cuatro volúmenes, divididos en siete libros, editado lujosamente gracias a los avances tecnológicos en materia reprográfica que hacían posible la impresión a cuatro colores. El atlas reproduciría fielmente el palpitante, intrincado y viscoso interior del cuerpo humano gracias a las más de 800 láminas que contendría.


El oscuro objeto de deseo de Pernkopf transformó sus hábitos de vida. Se dice que Eduard era un hombre obsesivo: diariamente se levantaba a las cuatro de la mañana, dictaba notas que luego transcribía su mujer para sus clases, el atlas o sobre cuestiones administrativas y después se sumía con febril diligencia en su trabajo, al que dedicaba 14 horas al día, pues no siempre su bisturí era tan diestro y certero como su contumaz perfeccionismo, y los cuerpos perdían la viveza, textura y detalle que buscaba reproducir; también fumaba exactamente 15 cigarrillos diarios y leía con compulsión a Schopenhauer. Toda su rutina estaba llena de orden y manías inalterables. El consumo de Pervitin, una metanfetamina de uso masivo entre la población, afianzaba aún más su inalterable ánimo. Su vida giraba en torno a las ideas de disciplina y lealtad; disciplina para culminar la obra para la que pensaba había sido destinado y lealtad sin ambages al Partido nazi. Su sueño fue materializándose hasta adquirir magnitudes tan delirantes, colosales y desmesuradas como el régimen que le facilitó poder llevarlo a cabo.
Pernkopf organizó su atlas en cuatro regiones. Pecho, región pectoral y extremidades superiores; abdomen, región pélvica y extremidades inferiores; cuello y, por último, anatomía topográfica y estratigráfica de la cabeza. Con la firma del contrato de edición con Urban & Schwarzenberg, Pernkopf culminaba un año perfecto de cara a sus intereses, pues también en 1933, como ferviente creyente del nacionalsocialismo, se unió al NSDAP (algo que tuvo que hacer en secreto, pues las leyes austriacas lo prohibían en ese momento) y a la Sturmabteilung, o camisas pardas, un año más tarde.
Al igual que Pernkopf, los artistas contratados por él también eran miembros activos del Partido. El jefe de ilustradores era Erich Lepier (1898-1974), quien durante algún tiempo firmó sus pinturas con la esvástica (la edición inglesa, en dos volúmenes, de 1964 aún incluía dichas firmas). El equipo lo completaba Ludwig Schrott, Jr. (1906-1970), Karl Endtresser (1903-1978), cuyas dos “eses” de su apellido tenían una característica forma en su firma, y Franz Batke (1903-1983).
El primer volumen, que consta de dos libros, se publicó en 1937, y el segundo en 1941. Entre uno y otro se dio un acontecimiento que impulsó el, ya de por sí, la carrera de Eduard Pernkopf. El 2 de abril de 1938, menos de un mes después de la invasión de Austria por Hitler, fue nombrado decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Viena. El 6 de abril dio un discurso en el que exponía claramente su punto de vista político, acelerando así su ascenso a la primera posición en la Universidad. Ante un público receptivo y entusiasta, el mimado anatomista habló con vehemencia sobre la necesidad de “la higiene racial”, “la eliminación de lo defectuoso”, la esterilización y “el control de los matrimonios”, todo ello sustentado y justificado gracias al hombre “en quien la leyenda de la historia ha florecido”.
Una de sus primeras decisiones en el cargo fue expulsar de la facultad a todos los judíos y demás miembros indeseables por sus ideas políticas (en total, 153 de los 197 miembros; entre ellos, tres premios Nobel). La mayoría de ellos fueron deportados a campos de concentración como Theresienstadt y Dachau. Ocho aparecieron ahorcados en la parte trasera del instituto y existen indicios de que pudieron terminar como “modelos” para el atlas. En 1943 fue nombrado Rector Magnífico de la Universidad de Viena. Su ascenso no podría haber ocurrido sin la aprobación del Ministerio de Educación, controlado por el NSDAP, en Berlín.
Aunque nunca fue acusado de crímenes de guerra, fue detenido en agosto de 1945 y pasó casi tres años en un campo de prisioneros aliado cerca de Salzburgo. Tras su puesta en libertad, todo lo que había sustentado y dado sentido a su vida había desaparecido, o casi. Sin herramientas ni habilidades sociales para incorporarse a la vida pública, Pernkofp no pudo más que regresar a la Universidad de Viena, aunque despojado de todos sus títulos. Su intención era reanudar su trabajo y terminar el atlas. Se le asignó una sala en el departamento de Neurología y allí se reunió de nuevo con los ilustradores Batke, Endtresser, Schrott y Lepier. En estas condiciones, Pernkopf compiló y publicó el tercer volumen en 1952. Murió el 17 de abril de 1955 a causa de un derrame cerebral mientras trabajaba en el cuarto, que posteriormente terminaron Werner Platzer y Alexander Pickler, y fue publicado en 1960. Resulta tentador pensar que quizá a alguno de los dos se le pasó por la cabeza diseccionar al propio Pernkopf e incluirlo en su, horrores aparte, magnificente atlas, pero no existen pruebas de ello.
Después de todo, la pregunta final sigue siendo la misma, ¿debería seguir usándose o por el contrario debería prohibirse el Atlas de Pernkopf?

Tomo 1 en pdf: http://www.mediafire.com/file/c9xb5h6w9c1ej4x/pernkopf+tomo+1+by+gmolate.pdf

Tomo 2 en pdf: http://www.mediafire.com/file/z2spus27h7dhv8k/pernkopf+tomo+2+by+gmolate.pdf



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