martes, 28 de febrero de 2017

Elena Bulgakova y el destino de "El Maestro y Margarita". Artículo perdido vol 3.


(Artículo que no ha encontrado publicación sobre Elena Sergeievna Nurenberg, tercera mujer de Mijail Bulgakov y responsable de la publicación de "El maestro y Margarita)


Uno.

En eso que se puede llamar intrahistoria de la literatura abundan los relatos sobre las sorprendentes peripecias por las que ahora podemos leer algunas novelas que, en muchos casos, son maravillas literarias más grandes que la vida. Algunas resultan comúnmente conocidas, como la de John Kennedy Toole, así como la rocambolesca aventura del manuscrito de Boris Pasternak sobre el Doctor Zhivago, con aviones y agentes secretos de por medio y que ya nadie sabe si es cierta o no. Algo de suerte, muchísima tenacidad por parte del depositario de dicha obra, una fe imposible de explicar sobre lo contenido en ese puñado de hojas, un azar tan cruel como certero y una enajenada veleidad dentro de la industria editorial son algunos de los ejes que explican que esas obras hayan acabado publicadas (y las que no lo acabaron siendo y con las que uno puede fantasear hasta la locura). Que hoy por hoy podamos leer una novela llamada El Maestro y Margarita, obra cumbre de la literatura universal, de la literatura rusa en general y de Mijail Bulgakov en particular, debería ser motivo de asombro constante cada vez que alguien, en cualquier parte del mundo, pasa una de las páginas de sus múltiples traducciones, subyugado por las maravillas que contiene. Y que esto sea así solamente tiene una responsable, una mujer llamada Elena Serguéievna, última mujer de Bulgakov. A ella le debemos no sólo haber sido la inspiración para el personaje inolvidable de Margarita, sino el apoyo constante y tenaz que hizo que Bulgakov pudiera escribir dicha novela, cuya redacción se convirtió casi en una pesadilla para Mijail, una pesadilla surrealista que daría para otra novela a tenor de todo lo que sucedió durante la misma y después.

Museo Bulgakov, Moscú
Dos.

Es gracias al diario que Elena Serguéievna escribió desde 1932 que podemos reconstruir la vida de Bulgakov durante sus últimos años, pues él dejó de escribir el suyo en 1926, cuando le fueron confiscados junto al manuscrito de Corazón de perro  por la OGPU (policía secreta pre-KGB). En lo sucesivo sus obras fueron, año tras año, sistemáticamente expulsadas de los escenarios de los teatros y de los periódicos. Son los años de penuria y aún sus vidas no se han unido. En 1930 escribe una desesperada carta al gobierno, donde pedía que le permitieran trabajar o, al menos, le dejaran salir del país. El 10 de abril, dos días después del suicidio de Maiakovski, con un revólver preparado en el cajón de su despacho, recibe la famosa llamada telefónica de Stalin, que alivió un poco sus penurias, ya que éste prometió atender personalmente su pedido. Animado pero a la vez lleno de terror, Bulgakov tira el revólver en el estanque del Monasterio de Novodévichi y quema gran parte de un primigenio manuscrito de El Maestro y Margarita, que Elena Serguéievna rescata del fuego. Después llegó el trabajo en calidad de director adjunto del Teatro de Arte de Moscú. En 1932 Mijail decide reescribir la novela de memoria pero, como no podía ser de otro modo, el original tema diabólico (la visita del diablo al Moscú soviético), se ve desbordado por el tema de la confrontación entre el artista y el poder, el amor que vive junto a Elena y la literatura como salvación.

Bulgakov, un mes antes de su muerte
En aquellos años es peligroso confiar los pensamientos incluso a las hojas de un diario íntimo. Elena Serguéievna decide arriesgarse y plasma en el suyo todo lo que les pasa. Además anota multitud de frases, reflexiones y acciones de la persona que tanto ama. Si el amor del Maestro hacia Margarita es narrado en su gran novela, evidentes trasuntos de Bulgakov y Elena, es en el diario de esta última donde encontramos plasmado el amor de Margarita hacia el Maestro: “Eran frecuentes los momentos negros, realmente terribles, no de tristeza, sino de horror ante la vida literaria infortunada; pero si alguien me dijera que nosotros, que yo tuve una vida trágica, respondería que no, ni por un segundo. Fue la vida más clara que puede uno elegir, la más feliz. No hubo mujer más feliz, como lo fui yo.”
Y entre todo, colándose por todas las rendijas, el miedo. Las noticias funestas se sucedían como un siniestro desfile: la fatídica muerte de Sergó Ordzhonikidze, la de su amigo Zamiatin en París, la muerte de Ilya Ilf: “Estamos absolutamente solos —escribe en su diario Elena Serguéievna —. Nuestra situación es espantosa.” El miedo y, al mismo tiempo, el indestructible deseo de vivir y amar, se refleja en cada línea de su diario. A menudo hacen reuniones donde leen fragmentos de esa novela alucinada y fabulosa, y las reacciones que obtienen les reafirman aún más en su empeño.

Las anotaciones sobre su día a día se suceden: 17 de octubre de 1934: En la tarde vino Ajmátova. La trajo Pilniak de Leningrado en su automóvil. Nos contó sobre la amarga suerte de Mandelstam. Hablamos de Pasternak. 8 de noviembre: Por la noche, estamos sentados entre nuestras desgracias. Misha me dictó la novela – la escena en el teatro. 29 de noviembre de 1934: Ayer, en la representación de Los Turbin, estuvieron Stalin, Kirov y Zhdánov. Fue lo que me dijeron en el teatro. Yanshin comentó que la función salió muy bien y que el secretario general aplaudió mucho al final del espectáculo. 10 de marzo: Otra vez donde Stanislavski. En la pequeña sala de ópera en la calle Leontievski. Stanislavski tomó por la manga del traje a Bulgákov y le dijo: “A usted hay que achantarlo”. Por lo visto le habían informado que Bulgákov se había enojado por su análisis ante los actores. Discutieron durante tres horas. 13 de mayo: Ensayo general de Iván Vasílevich, sin público… Hacia el final de la pieza, sin quitarse el abrigo, y con una gorra y un portafolio entre las manos, entró a la sala un fulano del Comité del Partido. De inmediato, la pieza fue prohibida.

En 1938 a Bulgakov le diagnostican nefroesclerosis hipertrófica, una enfermedad hereditaria de rápido desenlace. Poco a poco se fue quedando ciego y padeció de constantes dolores. Antes de ello le da tiempo a hacer una adaptación de El Quijote para el Bolshoi y coordinar su puesta en escena. A partir de ahí, el declive físico. Escribe y dicta, se aman y cuidan. Creyendo que su destino literario trasciende todo ese sufrimiento, llega 1940. Un pathos de deber se extiende durante sus últimos días. Extenuado, sigue dictándole a su esposa hasta que da por concluida la novela. El 10 de marzo de 1940, Elena alcanza a escribir: A las 16:39 murió Misha.

Tres.

Elena Serguéievna Nurenberg nació en 1893, en Riga (Letonia), en una familia descendiente de alemanes que se instalaron en Rusia en 1768, invitados por la Emperatriz Catalina Segunda. En 1918 se casó inesperadamente con Yuri Neelov, hijo de un famoso actor y ayudante del comandante del 18 ejército rojo Evgueni Alexandrovich Shilovski. Dos años después, en 1920, Elena abandona a Neelov y se casa con Shilovski. Tuvieron dos hijos, Eugueni (1921-1957) y Sergei (1926-1975).

Elena conoció a Mijail el 28 de febrero de 1929 durante una fiesta en casa de los pintores Moiseenko. Él, que en ese momento vivía solo, también había estado casado dos veces. Lo que sucedió después Bulgakov lo reflejó vivamente en su novela: “El amor nos asaltó como asalta un asesino en un callejón oscuro, dejándonos atravesados a ambos. Así atraviesa a uno un cuchillo o un relámpago.” Desde ese momento son conscientes de lo trágico de su situación, ella esposa de un gran jefe militar y madre de dos hijos, y Bulgakov, un escritor apenas conocido que vivía alquilado en un sótano y se ganaba la vida con trabajos provisionales. Elena relata en su autobiografía cómo, tras hablar Shilovski con Bulgakov en febrero de 1931, deciden no volver a verse. Promete a su marido que no aceptará ninguna carta de Bulgakov, ni saldrá sola a la calle ni contestará a sus llamadas de teléfono. La primera vez, después de veinte meses, que Elena salió sola a la calle, se encontraron. “No puedo vivir sin ti”, fue lo primero que le dijo Bulgakov. “Yo tampoco”, le contestó. Septiembre de 1932.

En octubre, un día después de firmar el divorcio con Shilovski, contrajeron matrimonio. Su hijo pequeño, Sergei, se va con ellos y Eugueni se queda con su padre, pero poco a poco crece su aprecio hacia Bulgakov y acaba pasando largas temporadas en aquel pequeño apartamento a pesar de las estrecheces. Elena escribe en su diario una frase de Mijail sin comentar nada más a continuación: “Todo el mundo estaba contra mí y yo estaba solo. Ahora estamos juntos y ya no le temo a nada.”



La mañana de su muerte, el escritor le confió a su esposa el manuscrito que escondían, diciéndole: “Te lo doy a ti, mi reina, mi estrella, el norte de mi vida terrenal”. Cinco días antes ella le había hecho el juramento sagrado de hacer lo posible para publicarla. Elena llevaba años protegiendo aquel único ejemplar de El Maestro y Margarita como el tesoro que sin duda es, mecanografíándola varias veces (manejaron hasta seis versiones). La imagen física de Margarita viene de ella: pelo oscuro, inmensos ojos verdes. Para él Elena es símbolo del amor y de la misericordia, y al mismo tiempo es símbolo de recuperación de la quietud tras haber vivido una vida llena de amarguras; es el reino de la Paz Eterna, es su Lazarillo y su justificación. “Disfruta de lo que nunca se te dio en vida, la calma (…) Dormirás con tu gorrito mugriento y eterno puesto, te dormirás con una sonrisa en los labios. El sueño te fortalecerá, empezarás a pensar sabiamente. Y nunca más te atreverás a echarme. Yo velaré tu sueño”. Así habla Margarita al Maestro al final de la novela, y Elena las apuntó al dictado de su marido enfermo semanas antes de morir.



Miail, Elena y el hijo mayor de ésta, Eugeni
Su primera “batalla” fue sobrevivir a la Segunda Guerra Mundial, inmersa en las dificilísimas condiciones de vida de los evacuados. Posteriormente, Elena hizo ingentes esfuerzos por publicar la obra de su marido, pero siempre chocaba con la negativa de las autoridades, para las que la obra de Bulgakov era ajena, poco comprensible y subversiva. Desesperada, incluso se atrevió a escribir una carta a Stalin: “…Al morir, Bulgakov me pidió escribirle a usted, confiando en que sabrá decidir si su obra tiene el derecho de llegar al lector…”. Nunca obtuvo respuesta.

A lo largo de esos años, Elena se gana la vida lo mejor que puede, revendiendo cosas y aceptando encargos como mecanógrafa y traductora del francés (novelas de Gustave Aimard, Julio Verne o André Maurois), Durante años El Maestro y Margarita circuló en copias (algo peligroso pues cada máquina de escribir estaba identificada), hasta que en los sesenta comenzaron a publicarse de nuevo sus textos gracias a los esfuerzos de Elena. El 7 de septiembre de 1962, en una carta de Elena dirigida al hermano de Mijail, Nikolai Bulgakov, escribió: "Estoy haciendo todo lo que puedo para que ni él, ni ninguna de sus líneas desaparezcan. Aún se sigue sin conocer su extraordinaria personalidad. Este es el propósito de mi vida. Se lo prometíi mucho antes de morir y creo que lo voy a conseguir." Ese mismo año apareció Apuntes de un joven doctor, en 1965 Dramas y comedias y, en la revista Nóvy Mir, la autobiográfica Novela teatral. En 1966 se publicó Prosa escogida. El Maestro y Margarita vio la luz, con un “retraso” de casi tres décadas y cien páginas menos, en 1966 en la revista Moskvá, (las omisiones aparecieron en samizdat) y Elena pudo deleitarse con el revuelo que causó, septuagenaria ya. Hasta el Archivo Estatal le compró todos los manuscritos que poseía para su mantenimiento y estudio. En 1967, la editorial Posev de Fráncfort la publicó completa, y no fue hasta tres años después de la muerte de Elena que apareció completa en ruso, en 1973.

Conmueve pensar que, sin Elena Serguéievna Bulgakova, ese manuscrito hubiese ardido y se habría perdido para siempre.


Anna Kovalchuk como Margarita en la adaptación de Vladimir Bortko
Coda:
En 2016 Moscú celebró el 125 aniversario del nacimiento del escritor con más de 400 eventos. En la casa donde estaba su apartamento está hoy un museo con su nombre. En los Estanques del Patriarca hay proyectado un monumento a Bulgakov, aunque ya hay varios murales pintados en diversos edificios, así como rutas a los lugares de la novela. También puedes tomar algo en el Café Margarita (en Malaya Bronnaya Ulitsa, 28) que rinde homenaje a Elena Serguéievna. Se han escrito óperas sobre ella y multitud de obras de teatro. Mick Jagger escribió la letra de Sympathy for the devil después de que Marianne Faithfull le regalase el libro en 1968. A Patti Smith le impactó tanto su lectura que escribió su disco de 2012, Banga, inspirado en él. La canción Pilate, de Pear Jam, así como Love and Destroy, de Franz Ferdinand, también deben su composición a Bulgakov. En 1970, los estudios cinematográficos Mosfilm adaptan la novela de Bulgakov La guardia blanca, titulada La huida, una superproducción de tres horas considerada una de las obras maestras del cine soviético, dirigida por Alexander Alov y Vladimir Aunov. Desde 1972 se han realizado al menos cinco largometrajes basados en El Maestro y Margarita, y llevan años especulando con una versión con John Malkovich en el papel del Maestro. En 2005 Vladimir Brotko realizó una espectacular y fabulosa serie de diez capítulos que, hasta la fecha, es la más fiel al libro.


martes, 17 de enero de 2017

Reseña de "La muñeca rusa" en el blog Readings in the North


Hace varios meses, la amable Isa Martínez publicó en su blog una reseña de "La muñeca rusa"... Esta es:

http://itissochic.weebly.com/b/la-muneca-rusa-de-juan-miguel-contreras#comments




"¿Qué piensa un hombre que contempla la Tierra desde el espacio, donde va a morir sin regresar? Nunca podremos saberlo, sin embargo, la historia no se detiene, e Irina Belokoneva, hija de ese cosmonauta perdido entre la Luna y la Tierra, es parte de ella.

Esta historia arranca con la entrada en 1968 de las fuerzas del Pacto de Varsovia en Praga. En un psiquiátrico de la ciudad, son testigos de ella el celador Milos Meisner e Irina. Ella ha ido a parar allí porque cuenta la extraña historia de su padre, un cosmonauta abandonado a su triste suerte en el limbo espacial; un relato que nadie puede ni quiere creer, salvo Milos Meisner."


En esta novela tenemos tres claros protagonistas, que en un principio podemos pensar que no tienen nada que ver. Pero después de terminar el libro te das cuenta de que tienen algo en común, la soledad. 

Milos Meiner es un escultor checo que ha viajado por diferentes lugares y ha vivido mucho. Praga, París y Almería han sido algunos de sus destinos. Vemos como vive la Primavera de Praga, vemos como acaba en un pueblo poco conocido de Almería. Milos es el hilo que une todas las historias de esta novela. Irina es una chica y es la hija de un cosmonauta perdido entre la Luna y la Tierra. Conocemos su historia gracias a que Milos se la cuenta al tercer protagonista. Este tercer protagonista es un librero, tiene su pequeña librería en ese pueblo poco conocido de Almería. Y vemos como intenta seguir adelante gracias a lo que vende a los turistas o a ciertos clientes fijos.

Milos es un artista solitario, Irina es una chica solitaria e incomprendida y el librero es un vendedor solitario. Por eso digo que tienen mucho en común, ya que los tres saben lo que es la soledad y los tres la viven de diferente forma. 

Comencé esta novela pensando que se centraría en la historia de ese cosmonauta perdido y no ha sido así. Menuda sorpresa al toparme con tres historias diferentes pero muy bien hiladas. Sin duda lo que más me gustó fue conocer la historia de Milos y su relación con el escritor Bohumil Hrabal. También resulta muy interesante conocer la historia del librero, de la enfermedad que tiene y la historia de su librería. Y por supuesto, la historia de Irina que te mantiene intrigada a lo largo de todas las páginas de la novela.

La muñeca rusa consigue que reflexiones desde sus primeras páginas. Te hace reflexionar sobre el tema del cosmonauta perdido, ¿cuántos habrá perdidos por el espacio y que ni siquiera nos enteramos? También hace que reflexiones sobre la vida y como en los momentos difíciles puedes encontrar a un gran apoyo. Milos fue un apoyo para Irina cuando llegó al psiquiátrico, el librero fue un apoyo para Milos cuando llegó a España. Personas que tienen sus propios problemas pero que no por eso te dan la espalda, todo lo contrario: están ahí para escucharte y para ayudarte en todo lo que puedan. 


Ha sido una novela diferente, con un punto de partida muy interesante (un cosmonauta desparecido en el espacio del que no se tiene conocimiento). Una novela con unos protagonistas muy interesantes a los que llegas a coger cariño. 

Al principio me costó un poco meterme en la historia, los nombres me tenían un poco despistada y me hice un poco de lío. Aunque tengo que reconocer que para mi fue una grata sorpresa encontrar en la primera página ya a un escritor, Bohumil Hrabal. Ese es otro detalle que me gustó mucho, el libro está cargado de referencias (tenéis aquí la entrada donde os enseño todo lo que me he apuntado). 


Una novela interesante que nos da a conocer a tres personajes y sus tres historias. Una novela que te hace reflexionar y que te hace cogerle cariño a los protagonistas. Una novela cargada de referencias tanto a libros y autores como a películas. La única pega fue que al principio me resultaron un poco confusos los nombres.

viernes, 13 de enero de 2017

Cinco contra uno (rescates). Un puñado de discos que me marcaron y que aún hoy sigo escuchando

Hace varios meses me escribió un amigo (desconocido apreciado y seguido de las redes sociales) para decirme que había escrito una reseña sobre mi novela "La muñeca rusa" y que un magazine digital la iba a publicar. Alex (que así se llama) y yo nos escribimos a menudo. Siempre con cierta educación y distancia, pero también a menudo con una extraña cercanía. Me hizo mucha ilusión, por supuesto, sobre todo porque me interesa muchísimo lo que Alex tenga que decir sobre la historia de Irina y Milos y lo que eso me haga repensar a mí sobre la misma. Me dijo que al director de dicho magazine le interesaría un breve escrito mío sobre una sección que tienen titulada "Cinco contra uno", es decir, cinco discos que te hayan marcado y un "díscolo" que te haya defraudado o  al que le tengas cierta tirria. Dije que sí, por supuesto. Estas cosas me hacen mucha ilusión y me las suelo tomar muy en serio. Además, tampoco quería defraudar a Alex, así que me puse. Se lo envié y me dijo que gustó. Como sé que los ritmos de edición en estas cosas son muy lentos, no quise pecar de impaciente y, puesto que la novela ha pasado, no ya sin hacer mucho ruido, sino sin hacer casi ninguno, y mi editorial, aunque heroica y voluntariosa como ninguna, no es importante (dentro de ciertos esquemas), sabía que igual la reseña y este artículo no salían. Bueno, han pasado seis meses y me he vuelto a encontrar el archivo de mis "cinco contra uno" mientras ordenaba una carpeta con textos y me ha dado penilla. Y digo penilla porque me lo pensé mucho y a la vez disfrute mucho escribiéndolo, así que lo rescato. Aún no sé cómo era la critica de Alex, y me he cansado de mirar la página del magazine como un histérico obsesivo o un niño aburrido en el asiento de atrás de un coche. Son cinco y uno, con su historia personal; seguramente si lo escribiera hoy serían otros cinco y uno distintos, o quizá no, quién sabe....



Cinco contra uno

The Cult. Electric.
Pongámonos en situación: Mediada la década de los ochenta. Un pueblo en el páramo manchego donde al kiosko, a lo sumo, llega, si llega, la revista Metal Hammer y la Superpop, y donde los jueves estaciona una furgoneta en el mercadillo municipal con vinilos y casetes de todo tipo (tirando a serie media). Durante meses ahorro lo que me da mi padre por currar en la lavandería y la propina de mi abuela los domingos para, aprovechando las dos semanas de vacaciones en un apartamento enano en la playa a finales de julio, cuando vamos a hacer la compra a un megahipermercado cerca de Alicante en primer día, visitar la sección de discos y gastarme toda la hucha. Verano del ’88. A punto de los catorce. Llevo una lista pero casi nunca encuentro lo que busco, así que tiro de oídas y me fio del orden en el que está colocado. Así descubro a Fleetwood Mac, Vanilla Fudge, Sleepy LaBeef, Love… The Cult me suenan, de la radio quizá, no lo sé, pero esa portada es magnética. La carpeta desplegable hace que aumente mi fascinación. Ahí están Astbury, Duffy, Stewart y Warner mirándome amenazantes y altivos. Leo por primera vez el nombre de Rick Rubin. Lo compro sin dudarlo un instante. He de esperar quince días para escucharlo porque allí no hay tocadiscos (no hay ni lavadora). Cuando al final lo hago, después de horas viendo esas fotos, sonrío como un idiota. Citar alguna canción es inútil. Quiero una guitarra y la quiero ya. Un disco que se abre con “Wild Flower” no puede ser malo. Un disco cuya cara A termina con “Bad Fun”, le das la vuelta y arranca la B con “King Contrary Man” pasa a convertirse en la coz que tu corazón necesita. “Love Removal Machine” del tirón y el “Born to be wild” más bruto y machacón que nunca he escuchado. Al llegar “Outlaw” estoy agotado… Pero aún está “Memphis Hip Shake”… Me arrastro como la canción… Termina y lo pongo de nuevo… Por un instante me siento invencible. Ese disco es sin duda lo que anuncia, eléctrico, y el nombre del grupo pasa a convertirse en mi culto; hasta hoy, cuando escucho Hidden City y me siguen emocionando igual.


091. El baile de la desesperación
Ahora que han resucitado y la justicia poética por una vez cumple lo que pregona, es de ley decir que este disco es fundamental. “La vida qué mala es”, “Este es nuestro tiempo”, “San Martín”, tres canciones para dejar claro que fueron únicos y que lo siguen siendo. Sólo ellos han igualado semejante trío inicial en sus dos discos posteriores. “Corazón Malherido” duele, y José Antonio canta como el puto amo una letra de Lapido que toma un lugar común y lo convierte en particular, sólo para ti. “La canción del espantapájaros”, la cual han desnudado en directo incidiendo en su cara dramática, siempre me ha gustado sin embargo más en esta versión, tan pop, tan resultona, tan jodida en el fondo. Es la virtud del rock, cantar las cosas más jodidas sobre una lozana base musical para conjurar los golpes de la vida. Las cinco canciones que quedan son una fuente y una declaración en sí mismas. “El baile de la desesperación”, “El lado oscuro de las cosas”, “Un camino equivocado”, “Un día cualquiera” y “Atrás”. Las guitarras por fin rujen como los Cero querían después de tantos años. Una producción algo deficiente (en comparación a lo que vino después) no borra la urgencia de unas canciones gloriosas en sí mismas. Los Cero demostraron que, lamentablemente, en este país, sólo era posible una retirada con la cabeza alta antes de perderla (en el olvido o el cheque). Sé que Tormentas Imaginarias es mejor, pero a mí me ganaron para siempre con este. Que los dioses salven a los Cero.


The Doors. L.A Woman.
Podía haber puesto cualquiera de la banda de Jim Morrison, pero he optado por el último. Con la misma estructura que su debut, cada cara del disco se cierra con una canción larga. Desde su inicio con la tremenda “The Changeling”, Morrison canta como nunca, su voz de barítono se ha endurecido por los excesos, convirtiéndose en un arma evocadora y punzante. “Love her madly” es una manzana envenenada, y “Been down so Long”, nada más empezar, te parte por la mitad. El bajo de Jerry Scheff da libertad a Manzarek para jugar con las canciones y a la vez seguir haciendo que su teclado sea la base de las mismas. Robbie está excelso, se gusta, y se nota. Desmore está elegante y deja de nuevo claro que no es un batería de rock de montón, sino un músico de jazz que toca rock, o un músico de rock que quiere tocar jazz, da igual. “Cars hiss by my window” es una vacilada sublime. “L.A. woman” vale toda una carrera: oda decadente que sirve de despedida a una ciudad bajo un manto rabioso y energizante de un grupo de instrumentistas en estado de gracia. “L’America” abre la cara B descolocando, psicodelia que no quiere dejar de tener sabor a blues. “Hyacinth house” tiene una letra gloriosa y premonitoria, y para mí es una de sus canciones más bonitas. La versión del tema de John Lee Hooker (“Crawling King Snake”) destierra una vez más todo rastro de vender a Jim como un Adonis pop. “The Wasp” es amarga porque deja entrever nuevos caminos por transitar de una banda que se estaba despidiendo sin querer ser consciente de ello (dicho tema es la base para “An American Prayer”). El cierre con “Riders on the Storm”, vista a través del famoso juicio de Miami (y lo que supuso no sólo para la historia del grupo sino como siniestra clausura de una década llena de acontecimientos históricos determinantes), es la canción perfecta, simple y llanamente es así, con Morrison relatándonos el porqué de todo lo que ha hecho y qué es lo que realmente han sido, ofreciéndonos una maravillosa letanía respaldado como nunca (y como siempre) por Ray, Robbie y John.


Jethro Tull. Thick as a Brick.
Más de media vida (mía) llevo escuchando este disco y no me canso ni un segundo. Sólo por eso merece figurar aquí. Ian Anderson, uno de los frontman definitivos, intentó un cuádruple salto mortal impulsado por la retranca de Monty Python y parió una maravilla que merece veinte años de escuchas y veinte más que le dedicaré. Presentación, idea, cover art, composición, ejecución, lírica, arreglos, todo es perfecto en este disco. El álbum total. Lo tomas o lo dejas. Obligatorio tenerlo en vinilo, ese es su mundo y su sentido. Las capas y los niveles en los que se mueve siguen siendo un misterio para mí. Siempre pienso que es más de lo que aparenta o capto. ¿Una broma, una genialidad, una boutade suprema? Para mí una de las cimas artísticas del siglo pasado. Y comercialmente encima les salió bien, lo cual nos obliga a mirar esos años con indudable nostalgia y sorpresa. Un disco de más de cuarenta minutos con una sola composición dividida en dos partes basado en un supuesto poema de un niño y envuelto en un ficticio periódico lleno de noticias brillantes, pasatiempos, horóscopo y obituarios incluidos. La letra es una maravilla críptica, tan desvergonzada como lúcida a la vez… “Really don´t mind if you sit this one out… My words but a whisper… your deafness a shout…”. Un grupo en estado de gracia remata todo. Martin Barre, John Evans, Jeffrey Hammond-Hammond y Barriemore Barlow respaldando a Anderson e impulsándolo todo bajo una mezcla de estilos y referencias apabullantes, sin respiro, sin un paso en falso, rematando la jugada los arreglos y dirección de un indispensable y digno de estudio (vital y musical) David Palmer. Lo siento, no puedo ser objetivo, amo este disco; he escrito centenares de páginas escuchándolo y dejándome llevar.


The Jayhawks. Tomorrow the green Grass.
Compré este disco después de escuchar “Blue” en “De 4 a 3”, de Paco Pérez Bryan en Radio 3, en 1995. Olson y Louris tocando el cielo. Nunca me arrepentiré. “I’d run away”, “Miss Williams guitar”, la preciosísima “Two Hearts”, “Real Light”, “Over my Shoulder”… Para cuando llega “Bad Time” ya estás sobre aviso, pero eso no te evita el subidón. Es increíble cómo esas voces se empastan y armonizan de ese modo, cómo la guitarra acústica se enreda con la electricidad de una Gibson SG, cómo tocan la fibra sin parecer pretenderlo. Y encima es una versión. La cara B sigue la estela, y cuando la calma parece haberse instalado con “Red Song”, como si el disco fuese a terminar con esa mirada crepuscular al desierto, llega la subida de “Ten Little Kids”. Big Star, CSNY, The Byrds, Gram Parsons… todo junto sonando con personalidad propia. Este disco me salvó la vida una noche de 2002 en un hospital en obras, lleno de cables y partido por la mitad. Me lo había grabado en una cinta en casa para escucharlo allí porque sabía que lo iba a necesitar. Aún usaba walkman. Cuando me fui de aquel lugar se lo regalé a una enfermera de la planta. “I could take a little hint from you, and I’d run away”.

Contra UNO.
Uriah Heep. Abominog

He estado tentado a entrar a saco y recordar lo estafado que me sentí cuando en su día compré “Usar y Tirar” de M-Clan o el primero de Los Planetas (y último para mí, su rollo no va conmigo), pero no. También he pensado en intentar explicar mi frustración ante los últimos discos a medio gas de Gov´t Mule o la complacencia del camello de Wilco. Tampoco quería hacer leña del árbol caído del madelman Lenny Kravitz (tremendo tocomocho). En tiempos tan fugaces como los de ahora es normal que haya bajones en las carreras de grupos longevos (lo que hizo Bowie en cinco años, del 69 al 74, o Janis Joplin en tres, no lo volveremos a ver jamás, pero tampoco podemos pedirle a grupos actuales que ya llevan quince o veinte años, el mismo ardor guerrero de sus primeros años). Así que tiro de disco con trampa…y termino como empecé. Pongámonos en situación: Mediada la década de los ochenta. Un pueblo en el páramo manchego donde al kiosko, a lo sumo, llega, si llega, la revista Metal Hammer y la Superpop, y donde los jueves estaciona una furgoneta en el mercadillo municipal con vinilos y casetes de todo tipo (tirando a serie media). Sin saber quién me había suscrito, a mi casa llegaba el boletín del Discoplay. Empiezo a crear mi discoteca lo mejor que puedo, a base de oídas, intuición y casetes grabadas en el patio del colegio. Tiro de primeras impresiones con las portadas del BID. La de Uriah Heep con Abominog me llama la atención mes tras mes, pero me da miedo, literalmente, y lo voy dejando. Me espero el infierno tras ese diablo rabioso. Mi vecino del tercero me pasa Ride the Lighting de Metallica y Holy Diver de Dio. Mi mundo se llena de tachuelas; los logos de Maiden, Overkill, Raven o Anthrax son cincelados en mi carpeta estudiantil. Ahorro un poco y me pido por fin el de Uriah Heep… Llega a casa, lo pincho y… efectivamente, el pinchazo fue antológico. Teclados de la época y melodías almibaradas no me dejan apreciar las virtudes que esconden sus surcos. Maldigo cada peseta invertida, miro esa carpeta diabólica y no entiendo nada… Llega la tercera canción (“On the Rebound”) y me rindo definitivamente; no debería, pero la juventud es vehemente y yo creo querer otra cosa. Levanto la aguja y lo guardo entre maldiciones gitanas. Ese fue mi primer desencanto de muchos, y si lo rememoro es porque, curiosamente, ahora es un disco que me encanta y escucho bastante, incluso más que sus magnas obras de los setenta. Igual soy yo, que me he enmoñado a pasos agigantados, pero este es uno de los casos en los que la espera y la paciencia han tenido su recompensa. “Too scared to run”, “Chasing shadows” o “Think it over” me parecen temazos. El trabajo vocal de Peter Goalby es digno de mención, en la estela del enorme Lou Gramm. Mierda, echo en falta cantantes así. El regreso a Uriah Heep de Lee Kerslake, trayéndose de paso a un inmenso Bob Daisley, tras su aventura con Ozzy (y menuda aventura), recargó las pilas del eterno Mick Box. Ya lo dijo Willie Dixon, nunca juzgues un libro por su portada… 

martes, 27 de diciembre de 2016

Booker Little, demasiado, pero demasiado pronto. Artículo en Drugstore Magazine

Me han publicado un artículo sobre el trompetista de jazz Booker Little en Drugstore Magazine. Cosas así le animan a uno a seguir... Es tanto lo que me ha dado Booker que, el hecho de que lo hayan publicado ahí, me ha alegrado más por él que por mí (lo cual dice el grado de importancia que tiene este músico para mí). Lo descubrí por pura casualidad, como se descubren algunas cosas que pasan a ser imprescindibles. En una imprenta que había al lado del instituto donde iba a menudo a hacer fotocopias de apuntes de clases que me saltaba o no prestaba demasiada atención, apareció un día un par de cajas con varios vinilos en venta. Descubrí entonces que a veces prefería quedarme sin bocadillo (que comprábamos en plan kit de subsistencia en un pequeño ultramarinos, una barra y fiambre entre dos) para juntar suficiente para un disco. Recuerdo lo que pude comprarme como lo que no pude (el Salisbury de Uriah Heep se me escapó... una semana ahorrando y cuando fui a por él, ya no estaba)... No sé de dónde sacó los discos el dueo, pero no reponía, así que la dos cajas pasaron a ser una y ésta fue menguando hasta desaparecer. No sé quién más compraba esos vinilos, pero se llevó algunas joyas.. Por mi parte descubrí (guiándome por la portada...) a Wishbone Ash, los nuevaoleros The Nuns, Ten Years After, a Jackson Browne (The Pretender), y varios discos de jazz del sello Affinity, de austera carátula negra, como Wes Montgomery o Ben Webster... y, magia, el disco de Frank Strozier y Booker Little, Waltz of the Demons, que es una maravilla y que fue el que puso a Little en mi vida...

Dejo el link y reproduzco el artículo...

http://drugstoremag.es/2016/12/booker-little-demasiado-pero-demasiado-pronto/



Celebrar el aniversario de un disco de jazz puede resultar un gesto gratuito, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de grabaciones englobadas en este estilo a las que se les puede añadir el adjetivo de “imprescindible” o “clásico” (palabra que de lleno te mete en un jardín poco claro). Sin embargo hay discos de jazz, y músicos, que bien merecen un rescate, y entre todos aquellos que podrían englobar esa hipotética lista, pocos con más merecimiento que Booker Little y su disco Out Front, del cual hace unos meses se cumplieron 55 años de grabación.


I.
Booker Little fue un compositor y trompetista que desarrolló su breve carrera profesional en Nueva York durante 1958 y 1961. Tres años. Quizá su fallecimiento a causa de una enfermedad renal, una muerte trágica pero no muy romántica para los estándares populares jazzísticos, a la edad de 23 años, sea la causa que le haya impedido, de algún modo, adquirir la importancia que sin duda merecía a tenor de lo que dejó grabado en poco más de 36 meses, y específicamente, por lo que muestra un trabajo como Out Front, que el crítico y periodista Juan Claudio Cifuentes definió una vez como “el disco de la gran incógnita”.

Booker Little como trompetista tenía un sonido melancólico cristalino, destacando técnicamente por una articulación crujiente y profunda. Era capaz de elaborar desarrollos tonales maravillosamente orgánicos y lógicos, huyendo de los convencionalismos melódicos y rítmicos del hard-bop imperante por entonces, sobre todo en la acentuación, rompiendo además con el diatonicismo del blues. Little enfocó su atención sobre las relaciones entre intervalos melódicos tonales, basados en una extensión abierta armónica colindante con la disonancia. Su manera de tocar era angular, con amplios saltos y apuntes inesperadamente largos en medio de frases. Dotado con el oído de un mago, Booker Little poseía un lirismo innato y la consistencia firme que otorga el dominio total de la trompeta. Dueño de una técnica impecable así como poseedor de una facilidad asombrosa para crear efectos dramáticos, puede ser considerado como el gran olvidado y a la vez el gran comodín para los entendidos; sin embargo, su importancia y legado están aún pendientes de ser reivindicados como merecen.

Booker Little nació un 2 de abril de 1938 en Memphis y falleció el 5 de octubre de 1961 en Nueva York, víctima de una uremia. Era el cuarto hijo de una humilde familia trabajadora con una fuerte inclinación musical; su padre, portero de hotel, había aprendido a tocar el trombón de manera autodidacta, y su madre tocaba el piano en la parroquia. Tras probar con el trombón y el clarinete, se decanta por la trompeta y, ya en el instituto, comienza a tocar en hoteles y clubes. El 1954, con 16 años, se traslada al Conservatorio de Chicago. Allí perfecciona su maestría en trompeta e inicia estudios de composición, teoría musical y orquestación. Durante su segundo año en Chicago, compartirá habitación con Sonny Rollins, quien le presentará a Max Roach, convirtiéndose desde ese momento en su más íntimo e importante valedor.  

Tras graduarse en 1958, Roach lo reclama para su grupo (algo que intentó tras el fallecimiento en 1956 en accidente de coche de Clifford Brown -26 años- pero prefirió terminar sus estudios, por lo que, tras el paso de Kenny Dorham por su quinteto, volvió a intentarlo) y se traslada a NY. Allí se codea con Coltrane en el Five Spot Café. Estrecha amistad con nuevos músicos y se le empieza a conocer como un versátil e interesante trompetista influenciado fuertemente por Fats Navarro, el citado Clifford Brown y el inevitable Miles Davis. Graba sus dos primeros trabajos como líder y es invitado a participar en sesiones de grabación (brillantísimo su trabajo junto a Frank Strozier).

Booker en el Five Spot, NYC, 16 de Julio de 1961

1960 resulta determinante para él; es el año de su encuentro en el estudio con John Coltrane y Eric Dolphy. Junto a este último, Booker Little comenzará su ruptura con la estética post-bebop y hard-bop predominantes para acercarse a algo que se empieza a intuir como auténticamente revolucionario. La música que comienza a crear es audaz (métricas inhabituales, armonías complejas...) y el trompetista utiliza a veces los recursos de la politonalidad pero sin abandonarse a la atonalidad de lo que será posteriormente el corpus duro del free jazz. En septiembre participa en la grabación del disco manifiesto de Max Roach, We insist! Freedom now suite. Este disco, en el cual participan Abbey Lincoln y el veterano Coleman Hawkins, es un homenaje a la historia de los afroamericanos y un apoyo para el movimiento de los derechos civiles en Estados Unidos.

El 21 de diciembre de ese año será cuando Eric Dolphy y Booker Little graben, co-liderando por fin un quinteto, lo que es toda una obra maestra: Far Cry. Rompen definitivamente con el hard-bop convencional y se sitúan en un camino nuevo y a la vez distinto del post-bop de su amigo Max Roach. El discurso, sin ser puramente “free”, es abiertamente experimental y libertario. Su sociedad con Dolphy sin duda estaba a punto de dar frutos importantísimos. Ellos eran compañeros ideales, completamente distintos en el estilo instrumental, pero claramente trabajando sobre la misma longitud de onda musical e intelectual.




II. Out Front
Registrado durante dos sesiones en la primavera de 1961 y producidas por el crítico Nat Hentoff, en Out Front Booker Little se hace acompañar de Eric Dolphy a la flauta, clarinete y saxo alto, Julian Priester al trombón, Ron Carter y Art Davis (según el tema) al contrabajo, Don Friedman al piano y su íntimo amigo Max Roach a la batería, quien no ceja en apoyarle para dar forma a su visión musical. Entre los numerosos factores que contribuyen a hacer de éste un álbum clásico, destaca principalmente la capacidad compositiva de Booker Little, impecable y llena de melodías brillantes, enérgicas y altamente evocadoras. Tanto por la fecha de su grabación como por lo contenido en ella, Out Front puede ser considerado el disco de la gran incógnita, que no es otra que saber qué camino hubiera tomado el jazz de haber continuado por lo ahí expuesto en lugar del beligerante free atonal en los convulsos años 60. Ninguna aproximación crítica en este sentido debería omitir la importancia de las carreras tan desgarradoramente cortas de Little y Dolphy.

Fuese cual fuese el lugar al cual el jazz se habría de dirigir en aquellos turbulentos y estimulantes años, Booker Little sabía que tenía que formar parte de ello. Nunca sabremos lo que podría haber alcanzado de no haber fallecido tan pronto, pero tanto éste como los otros tres álbumes que dejó grabados bajo su propio nombre, rebosan una claridad asombrosa en su concepción musical así como manifiestan un talento gigantesco para explotar los recursos instrumentales de los que dispone (composiciones e interpretaciones por y para quintetos).



Out Front es un disco diferente ideado por un músico, nunca está de más volver a recordarlo, de apenas 23 años. Out front, puede traducirse como “al frente”, “en primera fila”. Se grabó en dos sesiones, el 17 de marzo y el 4 de abril de 1961, curiosamente pocas semanas antes del celebérrimo concierto de Miles Davis en el Carnegie Hall, donde estampó el marchamo mitológico del jazz modal. Pero Booker Little, teniendo en cuenta esto, quería ir más allá. Out Front es un disco único, con mucho swing pero de formas nuevas; algunas de sus composiciones contienen ritmos deliberadamente lentos, lo cual permite que un magnífico Little desarrolle su concepción melódica a lo largo de sucintas improvisaciones, riquísimas armónicamente, tanto suyas como de Dolphy y el trombonista Julian Priester. No es un disco fácil, pero su escucha es muy agradable. Desde entonces no se ha vuelto a oír algo similar. Saliéndose de todo lo imperante, Booker busca melodías y estructuras originales, llenas de armonía y disonancias, esto es, abre vías al jazz que ensanchen su arco emocional y compositivo.

El disco comienza con “We speak”: Tras unas armonías diversificadas en alternancia de tensión creciente, se pasa a un momento de libertad absoluta hasta su resolución, dejando un rastro de acordes para que los músicos improvisen holgadamente. Max Roach aquí toca timbales sinfónicos, enmarcando una composición ejecutada con brillantez que ya vale por sí sola para tildar este disco de clásico. Le sigue “Strength and sanity”. Fuerza y salud. Una melodía con numerosas variaciones de arreglos disonantes y consonantes va creando un contraste emocional para resaltar la lucha entre la templanza y la debilidad. Abre el tema Don Friedman al piano hasta que Booker plantea delicadamente la melodía inicial armonizando con un delicado Dolphy (alternando el saxo alto con la flauta) hasta casi romperla, cosa que resuelve la entrada de Roach acentuando con los timbales hasta que Little repite la melodía, esta vez con más fuerza, dejando que los silencios tensen la emoción latente y dejen espacio para que el trompetista ejecute libremente variaciones sobre la melodía principal, invitando al resto del grupo a unirse solapadamente, poniendo sobre la mesa tal cantidad de ecos (latinos, urbanos, de raigambre blues) que dejan claro el que debería haber sido el destino de Booker Little como figura de primer orden en la historia del jazz, plagada de sobra de músicos caídos en la cumbre de su desarrollo artístico. Al acabar el tema uno repara en que fue grabado hace más de cincuenta años y la admiración crece, al igual que esa reincidente pregunta de qué hubiese pasado de haber vivido más años. El sonido de su trompeta en este tema es de una pureza que duele.

Sigue “Quiet please”; con un prólogo tipo balada, de golpe surge una explosión de actividad que vuelve a la calma y de nuevo vuelve a explotar, permitiendo que las improvisaciones vuelen alto, brillantísimas, con un Little que da muestras de nuevo de la pureza de su timbre y su vibrato, así como de su desbordante inventiva para llevar al límite la melodía, retorciendo y exprimiendo las posibilidades de la misma hasta dejarla en bandeja para que el pianista la recoja, atempere el tema y el trombón de Priester apunte detalles luminosos hasta que Eric Dolphy le de nuevos bríos y culmine con maestría iconoclasta hasta la resolución final.

“Mi propia opinión sobre la dirección en la cual debe ir el jazz es que debería haber mucha menos tensión sobre el exhibicionismo técnico y hacer más hincapié sobre el contenido emocional, sobre lo que podría ser la humanidad en la música y la libertad para ver adónde quieres llegar.” Así describió Booker Little su concepción armónica en una entrevista con Robert Levin  en 1961, meses antes de su muerte, para la mítica revista Metronome. En ella también añadió: “No puedo pensar en términos de apuntes incorrectos, de hecho, no considero ninguna nota como equivocada. Se trata de saber integrar y resolver esos apuntes. Puedes insistir en que esas notas están equivocadas, pero yo considero que eso es pensar de manera convencional, técnicamente, olvidándonos de la emoción. Y no entiendo cómo alguien puede pensar que es erróneo intentar llegar a emociones alcanzadas o expresadas fuera del modo convencional diatónico... Pienso que el aspecto emocional de la música es el más importante. Muchos músicos, y yo he sido culpable de esto también, han puesto demasiado acento en el aspecto técnico, algo fomentado desde las academias musicales. Sin embargo estoy interesado en la idea de sonidos contra sonidos y también estoy interesado en la idea de libertad. No le quiero decir a un músico cuántos compases tiene para improvisar. Lo que le quiero decir es sopla un rato, intenta construir una historia y resuélvela."

Que Out Front es un disco que juega constantemente con la métrica se aprecia perfectamente en “Moods in free time”. El combo al completo va a pasar, rítmicamente, del 3x4 (tempo de vals) al 4x4 (swing), luego al 5x4, para terminar de nuevo en un tempo de vals, pero esta vez de 6x4. Solos de trompeta absolutamente increíbles que te van llevando emocionalmente hasta que Eric Dolphy, ahora con el saxo alto, rompa todos los esquemas y Max Roach, sobre todo con los timbales, demuestre por qué era, si no el mejor, sí uno de los mejores baterías del momento.

El siguiente tema está dedicado al productor del disco, el escritor Nat Hentoff. “Man of words” describe (no hay otra palabra) musicalmente lo que es escribir. Control, sonido, ritmo, narración, búsqueda… Man of words. Ensayo sobre el proceso creativo al igual que la composición que la sigue, “Hazy Blues”. Del mismo modo que el anterior tema describe el proceso creativo del escritor, en este lo hace desde el punto de vista del pintor enfrentándose al lienzo. Un tempo de 5x4 que fluctúa de principio a fin, como la impronta del pintor en pugna con su propia creatividad e intención. Cierra el álbum una delicada y envenenada “A New Day”, aparentemente muy ortodoxa en sus primeros dos minutos hasta que Roach y Little rompen de golpe el tema, quedándose solos en una conversación impresionista llena de viveza, hasta que la trompeta desaparece y Max dispone de tiempo para improvisar. La llegada del resto del quinteto devuelve el tema a su cauce inicial, en una polifonía brillante, resuelta con cierta rudeza, quizá por la falta de espacio en la cinta de grabación, por haber acabado el tiempo de estudio o por la asquerosa sombra de la muerte, que siempre llega sin avisar… y da lugar a un nuevo día…

Quizá para entender en su totalidad las razones de su “olvido” haya que tener en cuenta el hecho de que Booker Little no grabó como líder en una compañía con el respetable marchamo de Impulse o Blue note (salvo su primer disco de 1958, que sí lo licenció Blue Note, pero lamentablemente no es su obra mayor), sino que se movió en compañías pequeñas como Candid y Bethlehem, cuyos catálogos han sido adsorbidos y revendidos a lo largo de los años por compañías más grandes. También hay que tener en cuenta que Out Front no se ha reeditado en cd hasta el 2015, teniendo que luchar por su relevancia y legado en el mercado de segunda mano y las referencias críticas inevitables al hilo de estudios más profundos y por tanto minoritarios.

A pesar de todo lo dicho, éstos solamente fueron los primeros pasos; desgraciadamente Booker Little no pudo dejarnos su mensaje completo. Gracias a él aparecieron Jackie McLean, Joe Henderson, Andrew Hill o el Speak no Evil de Wayne Shorter. El jazz en los sesenta, en lugar de irse por los caminos que comenzaba a desbrozar la trompeta y composiciones de Little, derivó al free marciano, pura reivindicación extirpada de lo meramente musical. Cuando grabó este disco Booker ya estaba muy enfermo, lo cual resulta aún más impresionante. Una carrera tan breve y a la vez tan segura en su búsqueda de nuevas armonías, llena de disonancias elegantes.


Aún tuvo tiempo de grabar, en agosto y septiembre, otro disco, titulado dolorosamente Victory and Sorrow. Este álbum — reeditado bajo el título Booker Little and Friends— saldrá a título póstumo. El 5 de octubre de 1961 muere de una crisis de uremia a la edad de 23 años. Estaba casado y tenía cuatro hijos. Con su talento colosal alimentado con fruición y el convencimiento de estar delante de un futuro brillante, antes de sucumbir a la enfermedad, Booker Little nos dejó con más para pensar que muchos músicos en toda una vida.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Confesiones de un amo de casa frustrado, capítulo 4.

 

Necesito escribir algo. O quizá debería decir que necesito "escupir" algo aquí, sin pensar ni corregir, que la psicóloga me sale muy cara. Bueno, tampoco dramaticemos. Necesito escribir, ya está. Hay cosas peores. Si este blog necesita un hilo conductor, me temo entonces que me he equivocado. No puede haberlo. ¿Qué he de hacer, contar todo lo que me ha pasado desde la última vez que me confesé (cap 1, 2 y 3)? Joder, va a ser que no. Acabé mi trabajo de bibliotecario eventual, comencé otro recogiendo muebles viejos y llevándolos a una planta de reciclaje que casi acaba conmigo (la prótesis de corazón, el aneurisma y mis cuarenta y dos ganaron la partida). El sueldo era ridículamente insultante. Mi compañero de camión era un ser encantador llamado Demetrio; él sí que tenía la vida destrozada: ruina económica, abandonado, intentos de suicidio, depresión, ingresos, medicado hasta las trancas. Cuando le dije que tenía que dejarlo y me miró triste y me dijo que le venía bien trabajar conmigo, como a veces se hablan los hombres rotos, queriendo un abrazo, necesitando una mano en el hombro pero sin poder hacerlo, casi me echo a llorar. Sentirse miserable es incompatible con seguir vivo, y de eso se trata en mi caso. Bajar dos tresillos y un frigorífico de un segundo sin ascensor me pusieron al borde del colapso, y mi pequeño Pavel me necesita entero, o yo necesito estar entero a su lado, que no es exáctamente lo mismo. Esos pocos días cargando y descargando cocinas desmontadas, somieres, armarios, frigoríficos, en definitiva, mierda, por un salario miserable me jodieron el subsidio que me correspondía por lo de los dos seis meses a saltos en dos años de  la biblioteca, pues si lo pido, la cantidad se calcula con la nómina del último contrato. El de la oficina me miró con cara de, "tú verás, pero si lo pides ahora, lo pierdes todo". Así que lo guardo. Tampoco tengo muchas esperanzas de encontrar algo pronto (por eso cogí lo de los muebles). 

Ayer me llamaron de la misma empresa para ofrecerme un puesto en otra planta de reciclaje a una hora en coche de mi casa (dos en total), en Titulcia, con el mismo sueldo de mierda, y la mujer que me llamó se enfadó porque le dije que no, que físicamente no puedo y que en esas condiciones, por ese dinero, como que no. Pues se enfadó, soltándome eso de "pero si es trabajo... no tendrás tantas ganas de trabajar entonces...". Hija de puta. 

La cosa va así. 
Empresas, básicamente ayuntamientos o empresas públicas, se ponen en contacto con otra que tiene un listado de personas con discapacidad para contratarlas, es decir, subcontrata de subcontrata, una empresa de trabajo temporal pero con "cariz" social, que así la cosa de explotar no resulta tan evidente. La empresa primera (el ayuntamiento) cierra un presupuesto con la que tiene a los discapacitados y ésta los pone a trabajar. Por el camino vuelan las ayudas sociales a la contratación de colectivos desfavorecidos (que se las queda la subcontrata) más una parte de cada sueldo. En el papel suena muy bien e incluso puede resultar legal; palabras como inserción suenan de un lado y otro; políticos que sacan pecho por su labor gastando dinero público sin ningún tipo de control y el empresario subcontratante que gana dinero sin hacer prácticamente nada. Sobre el terreno tienes a gente con un arco de discapacidades amplio (desde sordos, cardiópatas o personas sin varias falanges hasta discapacitados intelectuales y personas con serios problemas psíquicos medicados de tal manera que están cognitivamente desactivados) haciendo trabajos de muy distinta índole (barriendo, podando o en cadenas de reciclaje de hierro sin controles de seguridad) por cuatro euros. Sin embargo seis de los diez destinados se han quedado por el camino de forma legal. ¿Que tu discapacidad no te permite desempeñar lo que te ofrecen? No te preocupes, en el contrato te ponemos como conductor para que la Seguridad Social no te diga nada, pero ya verás como luego no es tan complicado y lo haces bien, que al no ser un trabajo cualificado está tirao. Si por algún casual te da un infarto o tienes un accidente resultará que es que, vaya, pobrecito, no estabas bien de salud y tampoco eras muy espabilao. Aún funciona la condescendiente identificación entre discapacitado y "tontito", y utilizo "tontito" porque así nos llamó una amable mujer cuando llamamos a su puerta para llevarnos un frigorífico viejo y nos contestó "ah, qué bien, el ayuntamiento ha vuelto a poner en marcha lo delos tontitos",, así, tal cual... Normalmente todo el mundo se refiere a nosotros como minusválidos y no como discapacitados, y la cosa tiene las connotaciones que tiene. Si como, en mi caso, por fuera no se te nota nada, entonces es que o eres "tontito" o un caradura que exagera lo que tiene. 

Luego pasa que, después de llenar la furgoneta de muebles viejos, sucios y malolientes, la amable anciana dueña de la casa donde has ido a deslomarte quiere darte un par de euros de propina para un café y tu le dices que no aceptas propinas por tu trabajo y te mira con cara de no entender nada sin dejar de sonreír, como si le dieras pena. Eso sí, la vieja aprovechará que tu compañero tiene el umbral del espabilo bastante mermado para meterle las monedas en el bolsillo y repetirte "así os tomáis algo, hombre". Mientras os pasan cosas así, en tres días tú y Demetrio cargaréis y descargaréis (porque cada vez que vais a la planta de reciclaje os pesan el camión a la entrada y a la salida) casi tres toneladas de trastos, a la par que el concejal llamará al jefe de personal de la subcontrata de "tontitos" para felicitarle y decirle que le han llamado vecinos sorprendidos de lo eficiente y amable que es el nuevo  servicio municipal que, por la crisis, llevaba casi un año paralizado. Se felicitan por lo bien que lo han hecho; uno cuenta votos y el otro dinero que se queda por el camino y acaba en su bolsillo. 

Y tú llegas a casa y tu mujer, preocupadísima por tí, te mira un moratón en la rodilla por un golpe que no recuerdas haberte dado y te pide que te tomes una cafinitrina porque dices que te duele el cuello. Y que lo dejes, te repite que lo dejes, que no merece la pena y que lo importante, a pesar de todo, está ahora ahí, delante de tus ojos. Miras al pequeño Pavel y te metes la pastilla debajo de la lengua, te duchas, juegas con él, planchas, recoges, le das de cenar, lo acuestas y te duermes con él sin querer. Finalmente ves lo que ganas y muy educadamente, aún con el dolor de una desecada aorta dilatada por un (esperas) controlado aneurisma, explicas a uno de los gerentes que no puedes seguir. Como parece que no suele estar acostumbrado a empleados que puedan hilar más de tres frases subordinadas seguidas (la puta medicación), la condescendencia se torna amabilidad y comprensión y las palabras bonitas sobrevuelan el despacho y te cuentan lo de la llamada del concejal, los presupuestos cerrados que posiblemente se renueven en enero (debido a esa llamada del concejal tan satisfecho con lo contentos que están los vecinos que le han llamado porque tú resulta que, milagro, haces tu trabajo sin gilipolleces porque, coño, es que no hay más, quiero decir, es físico, es brutal, es uno, dos, tres, es sudar y parar un segundo y levantar el rostro para que el sol de un otoño frío te de algo de calor mientras obvias el olor de los colchones húmedos que estás descargando en la cinta -¿lo deberías hacer tú? ¿necesitas mascarilla? No lo sabes porque allí no hay nadie y tu supervisor te acaba de llamar para saber dónde estáis, que a los "tontitos" hay que vigilarles porque tienden a despistarse y no enterarse-). Y cuando le explicas al gerente que físicamente no puedes seguir, él te dice que no sabe cómo te han ofrecido ese puesto con lo que tienes (¿te "han ofrecido"? Si fue él...) y que no te preocupes que actualizarán tu ficha médica y tu currículo (desde hace meses ya lo tienen, al menos el historial médico actualizado sí) para que no vuelva a pasar. Pero vuelve a pasar, una semana más tarde te vuelven a llamar, para otra planta de reciclaje, de hierro, porque necesitan con urgencia gente para cubrir vacaciones pero que posiblemente te contraten fijo si lo haces bien. Y dices no, claro, que has ido al médico y te ha recordado que tu glorioso, ajado y trotón corazón se está tornando uva pasa de York y que debes cuidarte. Y esa mujer que te ha llamado, que dice ser jefa de personal, se enfada y te dice "tú verás, pero es trabajo"... ¿Y el sueldo?, preguntas. 500 brutos, dice, de dos a diez de la noche a una hora de tu casa, tres días a la semana. Y en tu cabeza te preguntas por qué eres tan educado y no le dices lo que piensas realmente. Pero ella se enfada y tu, que sabes que, aparte de alguna fábrica de queso y navajas, también llevan el personal de varios museos y alguna que otra bolsa de empleo municipal, callas porque si no lo haces no te volverán a llamar. Hasta que cuelgas, o el teléfono deja de emitir sonido alguno, ese sonido de voz femenina estándar, de locutora de radio fórmula o de comercial de telefonía, que comenzó tan amable, luego se volvió algo zalamera y acabó tornándose desagradable. Y te encuentras en casa, con tu mujer durmiendo porque hace un rato ha vuelto de su turno de noche y venía reventada porque en urgencias han tenido "una mala noche", con un par de abuelitos que venían muy malos y no han podido sacar adelante y un hombre de cincuenta con un aneurisma abdominal que se ha muerto por el camino, cuando corriendo lo han estabilizado y mandado en ambulancia a otro hospital a 100 km para un cateterismo, y ella te ha contado eso diciéndote, pero ya está es mi trabajo, sólo necesito dormir y descansar, y tú estás en la cocina, con el teléfono en la mano, con los desayunos a medio recoger, la mayor que se ha dejado olvidado el plátano del almuerzo, las albóndigas que sacaste anoche el congelador para la comida de hoy, y piensas "necesito un café", y también "tengo frío", y también "he de hacer las camas", y "he de terminar el artículo de la revista de historia que me encargó Óscar, que es para febrero pero necesita ya, no seas remolón, que son 30 euros por cada 300 palabras", y también "he de responder a la editorial de Barcelona que ayer me decía que había encargado un informe externo para tomar una decisión final acerca de la novela nueva", y te ríes recordando el episodio de "Juan y Tolola" que has visto con tu hijo en tu regazo mientras se tomaba la leche con cacao y la loncha de mortadela con aceitunas porque la mezcla le gusta, y vas a por el ordenador y te sientas y escribes esta mierda que no vale para nada y que hace que pierdas media mañana y ahora tengas que correr... la vida era esto, que decía el poeta... y no hay más... y tu gato maúlla a tu lado, bajo el sol que entra por la ventana, y piensas que deberías haberle llamado Molotov, y no Milos... 

viernes, 7 de octubre de 2016

Reseña de "La muñeca rusa" en Libros Prohibidos.

La muñeca rusa

Photo by Viktor Franko
Año: 2016
Editorial: Baile del Sol
Género: Novela
Valoración: Está bien
Llevo muchas semanas sin hacer una reseña. Tal vez sea ese el motivo por el que me está costando tanto arrancar con el título del que hablo hoy, La muñeca rusa, o tal vez no; es posible que este libro sea uno de esos especialmente complicados. Voy a inclinarme por la segunda opción.
Unos meses antes de que las fuerzas del Pacto de Varsovia invadiesen Praga (1968), una chica rusa llamada Irina llegó a un hospital psiquiátrico. Contaba la historia de que su padre fue un cosmonauta lanzado al espacio en una misión fallida por alcanzar la luna en 1962. Milos, un funcionario del hospital en esos momentos, cuenta esa historia muchos años después durante su estancia en Almarga, Almería. Una historia que le cambió la vida incluso más que la propia invasión de su país.
La muñeca rusa no es un libro de viajes en sí, pero relata un viaje compuesto de otros viajes. La llegada de Irina a Praga desde distintos sanatorios rusos, la huída de Milos de la represión soviética, el vuelo frustrado hacia la luna de ese cosmonauta perdido. No en vano, el autor se refiere a Ulises y La Odisea en distintas ocasiones, en el mejor símil posible, y todo un homenaje a esta obra fundamental de la literatura. Esto nos deja entrever visos de una novela valiente y ambiciosa que, sin embargo, no termina de cumplir con las expectativas creadas, sobre todo a raíz de los primeros capítulos.
De escritura elegante pero intermitente, que intercala pasajes de gran belleza con otros menos inspirados, La muñeca rusa plantea una historia de gran fuerza e interés en sus 4 primeros capítulos. Ahí queda reflejada la inverosímil (y a la vez totalmente creíble) historia del cosmonauta perdido en el espacio, de la chica rusa esquizofrénica, del celador checo que luego se convierte en un escultor reconocido, y del librero almeriense con problemas de salud. El problema viene cuando, a partir de esa vibrante introducción, el texto comienza a dar vueltas sobre sí mismo, volviendo una y otra vez a las historias planteadas sin profundizar en las mismas, sin avanzar. A mitad del libro, el lector se encuentra con la misma información que tenía al principio. Muy poco más. Por suerte, ya metidos en la segunda mitad, las historias se deciden a avanzar y abandonan este bucle.
Por otro lado, los grandes aciertos de la novela, las historias de los dos rusos, se quedan en un segundo plano para darle mayor relevancia a Milos (el escultor checo) y el librero de Almarga. Ninguno de los dos consigue calar hondo en el lector, ya sea por lo tópico del primero o por la ausencia de carisma (o interés) del segundo. Tal vez esa fuera la intención del autor desde el principio, más interesado en contar una historia cercana que un relato maravilloso más propio de la ciencia ficción. Sin embargo, la posibilidad de conocer más sobre un astronauta ruso perdido en el espacio (cuyo recuerdo es literalmente borrado), y la deriva de su hija por los centros psiquiátricos soviéticos, es demasiado potente y, en mi opinión, engulle al resto. No importa cuánto se torture Milos por lo que hizo, no hizo o dejó de hacer, así como tampoco sirve lo famoso que fuera el padre biológico del librero; siempre quedan empequeñecidos por los acontecimientos que les preceden.
De cualquier forma, La muñeca rusa es una novela llena de texturas, rica en matices, de la que se pueden sacar numerosas lecturas. Invita a leer de forma pausada, incluso a releer con detenimiento esos acertados pasajes que pueblan sus apenas 176 páginas.
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