lunes, 16 de octubre de 2017

CEMENTERIO MILITAR DE CUACOS DE YUSTE

CEMENTERIO MILITAR DE CUACOS DE YUSTE: CUANDO LA MUERTE BORRA LAS HUELLAS Y A LA VEZ LUCHA CONTRA EL OLVIDO.
Artículo publicado en la revista La Aventura de la Historia, número: 219


1.
... os aviso, cuando a los grandes de este mundo les da por amaros, es que van a convertiros en carne de cañón...”
En ningún Cementerio Militar hay escrita esta frase de “Viaje al fin de la noche” de Louis Ferdinand Céline, aunque creo que no sería mala idea. Visitar un cementerio militar cuando no te une ningún vínculo familiar con nadie de los allí enterrados, es muy extraño, siempre. Sobre todo cuando los otros lazos casi se han desatado y no hay ni patria ni ideología ni religión que te conecte a esos cuerpos. Pero siempre queda algo, los muertos siempre dejan algo más, no solo un puñado de monedas a Caronte. Todos los cementerios guardan, por pequeña que sea, una porción de belleza y de verdad, que además suelen coincidir en la misma cosa. En la comarca de La Vera, al norte de la provincia de Cáceres, concretamente en Cuacos de Yuste, se encuentra el único cementerio militar alemán de toda España. En él se encuentran los restos de 180 soldados germanos, fallecidos durante la Primera y Segunda Guerras Mundiales en territorio español o cerca de sus costas.

En esa ladera de la sierra de Gredos, veintiséis olivos cobijan con su sombra una formación de cruces grisáceas exactamente iguales. Una imagen impactante: 180 sencillas cruces de granito oscuro, cuidadosamente alineadas. El cementerio consta aproximadamente de 3.850 metros cuadrados, con robles y alcornoques rodeando una capilla y el claro donde están enterrados esos militares caídos en época de guerra. Al lado de la carretera que sube al monasterio, una pequeña muralla y un igualmente pequeño aparcamiento adosado al arcén, da paso a un sendero que conduce hasta la capilla. En torno a ésta se encuentran, por un lado, los jardines y, del otro, tres patios funerarios y las tumbas. Al llegar a la puerta de la capilla, posiblemente uno se tope con Pedro, un amable rumano que dice vivir allí y que se ofrece como oficioso guía a quien lo desee. Muy cerca de él dormita un perro llamado Pablo. Viste un mono azul, sonríe constantemente y en sus ojos no hay ni rastro de locura, al contrario, son serenos y amistosos. Paseando por entre las tumbas uno se pregunta muchas cosas, y también en qué lugar dormirán Pedro y su perro, cómo serán las noches en aquel lugar, en mitad de una carretera algo escarpada de una sierra fecunda, acompañado de cruces de granito.

Grabadas en las cruces puede leerse el nombre del militar, su rango y el día de su fallecimiento. Bajo ellas se encuentran enterrados aviadores y marinos alemanes de la primera y segunda Guerra Mundial que llegaron a las costas y tierras españolas debido a naufragios o derribo de sus aviones; 26 militares de la Primera Guerra Mundial, 129 de la Segunda, la mayoría de ellos pertenecientes al Ejército del Aire (Luftwaffe) y a la Marina de Guerra (Kriegsmarine), 25 In Memorian (no contienen restos) y ocho de soldados desconocidos. No hay ningún otro símbolo más allá del silencio que envuelve el lugar.



2.
Después de la Gran Guerra, a finales de 1919, nació en Alemania la Comisión de Cementerios de Guerra Alemanes (Volksbund Deutsche Kriegsgräberfürsorge), una asociación no gubernamental cuyo objetivo era buscar, promover y conservar las tumbas de los militares fallecidos fuera de sus fronteras. Dicha entidad ha estado activa desde entonces, con un pequeño “paréntesis” durante la Segunda Guerra Mundial, manteniendo un total de 827 camposantos en 45 países. En 1954, recibió el encargo del Gobierno de la República Federal de Alemania de buscar en el extranjero las sepulturas de los soldados alemanes, no para repatriarlos, sino para reunificarlos, creando para ello cementerios propios en esos determinados países.

La Comisión adquirió en 1975 un terreno en el que finalmente se establecería el cementerio militar alemán, concretamente en el municipio de Cuacos de Yuste. El motivo de su ubicación hay que buscarlo en el monasterio donde el emperador Carlos de Austria o Habsburgo, conocido como Carlos I de España y V de Alemania, pasó sus últimos meses: En 1556 el emperador Carlos abdica, dejando sus reinos en manos de su hermano y su hijo e instalándose en la comarca de La Vera a fin de encontrar mejoría para la molesta enfermedad que le aquejaba (gota). Mientras se hospedaba en el castillo de Oropesa por cortesía de Fernando Álvarez de Toledo y Figueroa, mandó construir junto al Monasterio de Yuste una casa palacio, donde se hospedó desde febrero de 1557. Poco más de un año después fallecería víctima del paludismo, el 21 de septiembre de 1558. Ese es el motivo principal que explica porqué dicho cementerio se encuentra allí. Aunque en 1573 Felipe II trasladó los restos de Carlos V de Cuacos de Yuste al Panteón de los Reyes del Monasterio de El Escorial, siempre fue el deseo del emperador Carlos que sus restos descansasen allí. Resulta imposible imaginar el deseo último de los soldados alemanes que fueron trasladados a unas decenas de metros del monasterio, pero seguramente ninguno imaginó que pudiese ser aquel.

En junio de 1980 comenzaron las obras del cementerio. Al mismo tiempo, una joven empleada de la Embajada Alemana en España, llamada Gabriele Marianne Poppelreuter, iniciaba la búsqueda de las tumbas de todos los soldados alemanes que se hallaban distribuidas por el estado con el fin de trasladarlos al futuro cementerio. Tardó tres años en dar por finalizado su trabajo (recorriendo más de 15.000 kilómetros en ello). Los restos de los militares fueron introducidos en urnas precintadas y rotuladas que fueron almacenadas en una sala del Palacio del Monasterio hasta la finalización de las obras, pudieron ser inhumados. El cementerio se inauguró el 1 de junio de 1983 con una misa oficiada conjuntamente por un sacerdote protestante y el abad del Monasterio de Yuste. Una placa en la entrada del recinto explica su origen, señalando que los soldados “pertenecieron a tripulaciones de aviones, submarinos y otros navíos de la Armada hundidos. Algunos de ellos murieron en hospitales”. Ninguno de los enterrados en Cáceres perteneció a la Legión Cóndor que luchó en la Guerra Civil española. “Sus tumbas estaban repartidas por toda España, allí donde el mar los arrojó a tierra, donde cayeron sus aviones o donde murieron”.

Aunque el camposanto fue diseñado para albergar 186 tumbas, finalmente sólo fueron ocupadas 180 debido a problemas en las exhumaciones. 25 fosas no guardan cuerpo alguno, debido a que los mismos habían sido depositados en osarios comunes o se desconoce su destino. Son las cruces que llevan la inscripción In Memoriam. Tanto en unas como en otras tan solo aparece el nombre del fallecido, su ocupación en el momento de la muerte y la fecha de nacimiento y defunción, sin diferenciar rangos militares. Además, los soldados están agrupados con los de su mismo cuerpo de servicio y guerra en la que tomaron parte. También se colocaron ocho cruces pertenecientes a soldados cuya filiación se desconocía y en las que puede leerse la frase “Ein Unbekannter Deutscher Soldat” (Un soldado alemán desconocido).


3.
Cada año, el segundo domingo de noviembre, la Comisión de Cementerios de Guerra Alemanes organiza el Día de Luto Nacional (Volkstrauertag), en el cual se recuerda a todos estos soldados fallecidos dentro y fuera de sus fronteras, así como a los que en la actualidad se encuentran en misiones de paz o humanitarias.

En las últimas líneas de la placa conmemorativa del Cementerio Alemán de Cuacos de Yuste puede leerse: “Recordad a los muertos con profundo respeto y humildad”. Paradójicas palabras que siempre resultan certeras. Gran parte son muchachos que sólo contaban con 18 o 20 años.

martes, 10 de octubre de 2017

MADRID-MOSCÚ (Notas de viaje, 1933-1934). RAMON J. SENDER

MADRID-MOSCÚ (Notas de viaje, 1933-1934). RAMON J. SENDER. Ed. Fórcola
Reseña aparecida en el número 225 de la revista La aventura de la Historia. Julio 2017




Valiosísima reedición de estas crónicas de Sender, las cuales no habían vuelto a ver la luz desde 1934, cuando la editorial Pueyo las reunió; valiosas tanto por lo que en ellas se cuenta, la visita del escritor a la Unión Soviética invitado por la Internacional Comunista, como por el meritorio intento de la Editorial Fórcola de poner en valor la, parece, actualmente olvidada figura de Ramón J. Sender. El luminoso y justo prólogo de José-Carlos Mainer vale por sí solo la adquisición de este libro, recordando y profundizando en una biografía apasionante, contradictoria, vital, paradigmática, inspiradora y terrible. Perseguido por unos y por otros, su huida de España no pudo ser más dramática. Estas crónicas pertenecen por tanto a ese periodo donde todo podía pasar, las ideas parecían convulsionar continentes y el fin de las categorías que regían el mundo estaban a punto de estallar.

A raíz del triunfo de Hitler en 1933, se constituyó la Asociación de Amigos de la Unión Soviética. Un año antes Sender había publicado su cuarta novela, Siete domingos rojos, basada en la historia del movimiento anarquista español. Es en este contexto cuando la Komintern lo invita a visitar la URSS. Al año siguiente de su regreso, con Mr. Witt en el cantón, ganaría el Premio Nacional de Literatura.

Queda patente que Sender cae en el mismo juego de los soviéticos con los que se rodea: purga su mirada porque ha sido invitado por la Komintern y hace lo que se espera de él, dando cuenta de la maravilla y de los esfuerzos por conseguirla. Pero también escribe que en Polonia había oído decir que Stalin tenía mentalidad de limpiabotas. El propio Sender confesó en 1965 que fueron estas crónicas las que provocaron la campaña de desprestigio que casi le cuesta la vida durante la guerra civil, perseguido por los golpistas y, a la vez, sospechoso en el bando republicano de portar el virus trotskista tras su regreso. Algo que, todo sea dicho, se puede rastrear en estas notas a través de pequeñas frases escondidas, creando con el lector una especie de jugosa y bipolar lectura (todas las críticas a Stalin siempre escribe que se las cuentan otros). Aunque resulta obvio que es preciso contextualizar, el libro resulta apasionante porque refleja a la perfección todas las contradicciones en las que se debatían los revolucionarios de la época: Admirados por la industrialización y logros de la Revolución, corrieron el riesgo de cegarse y justificar las voces que se estremecían bajo todo ello. Sender da buena cuenta de ello en estas crónicas periodísticas (donde pretende únicamente informar) mientras narra sus peripecias (el simulacro sorpresa en Leningrado de un ataque con gas químico resulta tan brillante como cómico). La ineludible humanidad y apasionamiento histórico de Sender nos hace comprender por qué no ve, por qué no quiere ver, por qué cree que aquello de lo que intenta dar cuenta de manera estilísticamente tan brillante es condición ineludible para la construcción del hombre nuevo: Porque el camino hacia la concreción de dicho hombre no está exento de sangre. Sin embargo, hoy es fácil entender que aquello había derivado más en un Purgatorio que en un Paraíso, pero los ojos de Sender son otros y prejuzgarlos es el mayor error que uno puede cometer al acercarse a este libro brillante, ameno, fascinante y, también, inconsolable.

ficha del libro en la página de la editorial:
http://forcolaediciones.com/producto/madrid-moscu/


viernes, 6 de octubre de 2017

TRENES RIGUROSAMENTE VIGILADOS. Bohumil Hrabal

TRENES RIGUROSAMENTE VIGILADOS. Bohumil Hrabal. Editorial Seix Barral.
Reseña aparecida en el número 221 de la revista LA AVENTURA DE LA HISTORIA

Fotograma de la película basada en el libro de Hrabal, de Jiri Menzel


La vida de Hrabal impregna su obra y es a través de ella como uno puede acercarse a la vida, no ya la de Bohumil, sino de un siglo, el pasado, para encontrar e iluminar retazos de la propia; tal es la fuerza narrativa del escritor checo. La Editorial Seix Barral recupera con mimo esta ya clásica novela que nunca ha llegado a desaparecer del todo de las librerías de nuestro país. La obra de Bohumil Hrabal (1914-1997) refleja como pocas el heroísmo cotidiano del hombre, de cualquier hombre, común, gris, vital y monótono, sumido en el surrealista devenir de la vida. Sus libros, y este en particular, están repletos de gags y humor negro que rezuman sabiduría popular y preguntas siempre sin contestar.

Trenes rigurosamente vigilados (1965) es una novela construida a partir de un relato anterior, llamado “La leyenda de Caín”, de 1945, inspirado El extranjero de Albert Camus. Aquí, en lugar de un fratricidio, lo que se comete es un intento, frustrado, de suicidio. Durante esos 20 años, Hrabal dejó madurar esa historia. Mientras tanto, sus cuadernos se llenaron con historias y anécdotas de ambiente ferroviario, que escuchaba en las tabernas o que vivió él mismo (uno de los trabajos que desarrolló a lo largo de su vida y de los que en su obra da buena cuenta; además de ferroviario también fue metalúrgico, prensador de papel y tramoyista). En los sesenta retomo aquella historia y surgió este maravilloso libro, pequeño y divertidísimo (la primera mitad está repleta de disparatados malentendidos que esconden verdades tan terribles como livianas),  que gravita sobre un hecho trágico: la ocupación nazi de la antigua Checoslovaquia y cómo sus ciudadanos la vivieron con tan humanas contradicciones. La verdad como un desvelamiento que solo tiene fin cuando se toma partido y se asume el destino que ello conlleva. La burlona levedad de la vida de una pequeña estación mezclada con la tragedia más descarnada en unas páginas llenas de una belleza arrebatadora que siempre merecerán ser rescatadas.  

Juan Miguel Contreras.

jueves, 21 de septiembre de 2017

A propósito del libro "Aliméntame" de Roman Simić

Texto de la presentación del libro "Aliméntame" de Roman Simic, editado por Baile del Sol, 20 de septiembre de 2017 en la Librería Vergüenza Ajena, de Madrid.
Me propusieron participar, pero no pude ir, así que escribí este texto para que alguien allí lo leyera.




Buenas tardes:

He de empezar confesando algo: la tarde que leí el escueto mensaje de Inma Luna proponiéndome participar en la presentación de “Aliméntame”, literalmente, me puse malo. Nada el plan escatológico; simplemente me puse colorado hasta las orejas y tuve una serie de sudores fríos un tanto desagradables. Los que me conocen dicen que no sé mentir, o más exactamente dicen que salta a la vista cuando miento; me pongo rojo como un tomate y sudo como si estuviera al borde de un infarto. Mentir o avergonzarse, a saber qué fue primero.

Supongo que esa es una de las razones por las que escribo, porque puedo fabular lo que quiera sin que nadie se fije en cómo mi cuerpo reacciona a todo eso que mi cabeza crea. No siempre es así, la mayoría de las veces cuando escribo  logro controlarlo, pero la vida es otra cosa. Sin embargo a veces lo paso mal, pero es poco el peaje y siempre me gusto a mí mismo cuando consigo llegar al final, sea este cual sea: punto y final, the end, continuará, capítulo, artículo, relato o primer acto, pues hay una certeza terrible en el hecho de escribir, una certeza que todos olvidamos o fingimos haber olvidado, y es que un texto nunca se acaba, ni por parte del que lo escribe, que podía pasarse la vida corrigiéndolo si pudiera o le dejaran, ni por parte del que lo lee, ya que es bien sabido que no hay dos personas que lean de igual modo el mismo texto. Mi Anna Karenina no se parece a la de nadie más, y no es porque yo sea especialmente desgraciado, sino porque es solamente mía. Mi Kolja, el inmenso personaje del relato de Roman Simic, “El hombre con bragas de mujer”, tiene la cara de mi otorrino; una vez le vi reír mientras le contaba mis últimos dolores de oído y pensé: “así reiría Kolja si yo fuese Bruno”. Y el hospital donde ambos fabulan sobre la historia de los muertos que estudian, se parece mucho al hospital 12 de Octubre en 2002, cuando estaba en obras y de los techos colgaban cables, apestaba a lejía y yeso y metían a los pacientes de cardiología en la planta de geriatría.

De todo esto que acabo de decir quédense solamente con una cosa: que fue leer que Inma Luna me proponía presentar el libro de Roman Simic y que me puse a sudar mientras la piel de mi rosto se incendiaba. Normalmente una persona reacciona de este modo cuando siente vergüenza por algo o de algo, vergüenza de algo propio, por algo que está dentro de nosotros y que nos incomoda. A mí lo que me incomodó de la propuesta de presentar este libro no fue que esté enamorado de la literatura de Roman Simic y que Inma Luna pensase en mí para hacerlo; lo que me incomodó fue yo mismo, y sentir inmediatamente, de manera física, que lo que podría decir sobre “Aliméntame”, podría decirlo cualquier otra persona mucho mejor y que, vaya, igual no merecía, ni merezco tanta suerte.

Realmente el verdadero dilema es que hablar de “Aliméntame” me obliga a pensar, a dejar de ser algo así como un fan más o menos entusiasta, un lector anónimo, viéndome forzado a tener que descubrir los resortes de su literatura. Hablar de “Aliméntame” me obliga a articular lo que puedo sentir al leerlo para explicarlo razonadamente y que, además, alguno de los que están escuchando estas palabras, sientan la necesidad no solo de comprar este libro, sino de leerlo con avidez. El problema es que hay cosas que no se pueden razonar, o al menos yo no sé. ¿Por qué me acelera el pulso la música de Coltrane o de Iron Maiden, por qué me hace llorar la pintura de Pavel Filónov, por qué me sonrojo cuando veo a Julie Christie interpretando a Lara en Doctor Zhivago, por qué no puedo dormir cuando leo a Bulgakov o a Miljenko Jergovic? No lo sé. Pero me pasa. Me gusta responder del mismo modo cuando algo me interpela visceralmente. Dejando de lado el tema de “la otra mejilla”, me gusta responder con pasión a la pasión, me gusta responder al trabajo con trabajo, y también me gusta responder con desdén al desdén. Siempre hay excepciones, claro, pero reacciono así. Y la literatura va de eso, de interpelar al lector contándole una historia de la mejor manera que uno sea capaz esperando una reacción. Empatía de alto espectro, podríamos llamarlo, no es algo que uno deba aplicar a todos los aspectos de la vida, pero tampoco está mal cuando hablamos de arte.

Salta a la vista cuando un escritor te mira a los ojos y te reta, cuando se ha dejado un trozo de su vida por contar la de alguien que no existe, o que no existe al menos en teoría; se nota cuando el talento de un escritor ha conseguido salir y te lo ha dejado a la vista en un párrafo genial. Y también al revés: uno con el tiempo puede saber cuándo le dan gato por liebre. Como dice Rafael Reig, lo que más me molesta en la literatura es cuando me intentan vender como jamón de pata negra lo que no es más que mortadela. Entonces, ¿por qué creo que la literatura de Roman Simic objetivamente es muy buena y, personalmente, considero que me partió por la mitad cuando lo leí por primera vez? Intentaré articular una pequeña explicación.

“Aliméntame”, el libro, tiene la embaucadora verborrea fabulosa que oculta lo que de verdad merece ser contado pero nunca se dice. Relatos como “Objetos que se hunden” o “Telefonía”  son pequeñas estampas que te reconcilian con la literatura y echan el freno a la fugacidad con la que nos obligan a vivir la vida. Relatos cortos que tienen el mismo peso que otros más largos, como “De todas las cosas increíbles”, donde Strajcer, La cubana, Neda o Lada son las imprescindibles teselas de un mosaico terriblemente hermoso. Leer a Roman Simic te sumerge en una especie de ebriedad literaria y sí, deja resaca, pero no es la dolorosa y típica resaca de la mediana edad, sino la de los veinte años, cuando los libros resultaban tan vitales e imprescindibles como los amigos o unos hombros desnudos iluminados por una persiana a medio cerrar.

Curiosamente yo no estoy aquí hoy, frente a ustedes, y la mayoría de los presentes pensará que ese es el motivo por el que he empezado mi presentación de ese modo, porque la timidez me resulta patológica y me hace no estar donde debería, pero no es así. No estoy aquí porque no he podido. Nada me hubiera gustado más que hablar con Inma Luna, conocer a Lucía Sesma y poder estrechar la mano de Roman Simic y balbucear un torpe “gracias”, aunque solamente fuese para poder decirle a mi hijo, dentro de diez años, mientras le doy uno de sus libros recomendándoselo, que una vez le conocí y hablé un rato con él, no solo porque en "Aliméntame" sobrevuela la idea de la paternidad, sino porque, desde que nació mi hijo, he asumido una nueva categoría en eso de valorar los libros que leo en "libros que le recomendaría, o me gustaría que leyera mi hijo llegado el momento" y los que no. 

Lamentáblemente, no estoy aquí por obligaciones laborales, que son las peores obligaciones a las que uno puede sentirse atado; de hecho la únicas obligaciones que deberían existir son las obligaciones morales, eso que Kant llamó el imperativo categórico; el resto de las obligaciones son una mierda, pero la vida es así, dicen. ¿Y cómo es la vida? Pues en estos momentos pienso que la vida es como la cuenta Roman Simic. Seguramente ese debería ser el argumento que tendría que esgrimir para invitarles a leer el libro que hoy presentamos. ¿Por qué leer este libro? Porque cuenta cómo es la vida, hoy, en Europa, con nuestro pasado, quizá no común pero sí compartido, con todo lo que merece ser salvado o expurgado como humano, y lo hace de una manera que es menos habitual de lo que parece, pues si hay algo en los libros de Roman Simic que no resulta habitual es precisamente el brillo en el lodo, tanto en la forma como en el fondo, la maravilla en la medianía, la perla en el tumulto. Escribe como yo sueño con escribir.

En el relato que da título a este libro, Roman cuenta cómo un padre le dice a su hija de 13 años cuando la encuentra intentando dibujar unas peras sobre una manzana, o una manzana sobre una peras: “Inténtalo… No dibujes lo que es importante para ti. Dibújalo todo menos eso.”
Así veo yo su literatura, y por extensión, la demás.
 
Artists Boris Bare and Dominik Vukovć with the Gulliver model Hrvoje Zalukar. Zagreb.



En “La rendición de Breda”, el cuadro de Velázquez también conocido como “La Lanzas”, se supone que lo importante es la entrega de las llaves de la ciudad por parte de Justino de Nassau al general Spínola; sin embargo uno no puede dejar de ver también al personaje de la derecha, con pechera blanca, que parece que se acaba de sacar un moco, o el magnífico trasero del caballo que realmente preside la escena, o mirar a esos personajes aparentemente secundarios que nos miran o están perdidos dentro de sí mismos, o contar las 34 lanzas que intentan desviar la atención del humo de la contienda tras la cual yacen cientos de cuerpos ensangrentados. Es el truco del vacío. Es un truco sencillo, pero precisamente por eso hay pocos que saben hacerlo bien. He puesto un ejemplo demasiado obvio para explicar algo igual de obvio, pero no quiero que piensen que Roman Simic escribe humanamente épico, lleno de trampas y lugares comunes, al contrario; su escritura tiene poco que ver con las grandes gestas, pero aún así no olvida que la escena, que lo que está contando, es la misma: está la silenciosa presencia de la guerra o su recuerdo latente, está el desmembramiento que genera, pero todo está lleno de gente, de personas que quieren saber dónde están y porqué. Para entender cómo se siente Helena, la protagonista del relato “Aliméntame”, hay que leer todo lo que la rodea, su pasado y su presente, en un relato que es como los destellos de flash de te ciegan durante un instante antes de que puedas ver la foto, una foto que se resuelve, tanto en este relato como en el cuadro de don Diego, en unas manos que se buscan, ofreciendo consuelo, ayuda o rendición.



Y como ese relato, los demás. El segundo párrafo del relato que abre el libro, titulado “Zorros”, se lee: “En otoño de 1991 yo salía del cuartel del JNA en el sur de Serbia, tú alargabas a la fuerza tus vacaciones de verano en una isla del Adriático y tu padre desaparecía en Vukovar”. He ahí la maravilla.
La pirueta final de todo es cuando descubres que lo importante tienes que descubrirlo tú, pues Roman Simic no lo ha escrito en ningún lado; eso sí, te ha dejado una montaña de miguitas esparcidas al tu alrededor, pero resolver el puzle es cosa tuya. Él bastante ha hecho con  escribir como escribe, dejándote en el rostro la sonrisa del boxeador a punto de caer noqueado sobre la lona, no entendiendo nada pero comprendiéndolo todo. Como le dice Helena a su padre muchos años después de que le desvelara el truco del vacío, viéndole perdido en el bullicio de un aeropuerto: “El truco está en leer los letreros. Lees. Sigues.”

 
Lucía Sesma y Roman Simic en un momento de la presentación.


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lunes, 7 de agosto de 2017

Reedición de "Cardiopatías" por la Editorial Baile del Sol



Esto que voy a decir es mentira, aunque como en toda mentira, algo de verdad hay en ello, y es que, a veces, pienso que dejé de hacer reseñas de los libros que leo en este blog a raíz de comenzar a leer con mayor regularidad a autores con los que comparto editorial. En alguna de esas lecturas, quizá Roman Simic, quizá Ana Esteban, quizá Markéta Pilátová, me dije a mi mismo que no sonaría muy creíble si me descolgaba con una reseña elogiosa de la que es mi editorial en estos momentos. Eso, unido a todo lo demás que uno pueda imaginar de rutinas y vida privada no exenta de problemas, dieron al traste con la "regularidad" y las reseñas en el blog. En su momento hice una reseña de "En los antípodas del día", antes siquiera de soñar con formar parte yo también de la editorial Baile del Sol, por lo que me sigo reafirmando en lo que dije en su momento sobre ella sin que caiga sobre mí ninguna sombra de duda acerca de mi sinceridad. Y sí, en este tiempo he simultaneado libros de mi editorial en mi menú habitual de lecturas deslavazadas, por lo que me asombra cada vez más formar parte de su catálogo, pues cómo si no explicar que uno comparte editorial con (o tengo libros firmados por mí junto a libros firmados por) el citado Roman Simic (si "De qué nos enamoramos" me deslumbró, "Aliméntame" ni lo cuento), David Albahari o Ivica Prtenjaca ("Qué bien, qué bonito" es tan envenenado como aparentemente liviano)... Luego están "Stoner", claro, qué más puede decir uno de "Stoner" más que insistir en que se lea, se relea, se regale, se compre de nuevo, se mime, se admire, y se piense que el mundo es menos feo con un libro así disponible por ahí, sino que también están Pablo Escudero ("Beber durante el embarazo" es una auténtica joya literaria, como lo podría ser la más que recomendable novela "Mil dolores pequeños" de haber sido calibrada con un poquito más de certezas y con un editor de esos que salen en la pelis y que dicen que antes existían pero que ya es imposible, vamos, de esos que discuten y enmiendan al autor y le obligan a sacar más de lo que el propio autor creía poder sacar, en los tiempos en los que la literatura parecía tener alguna relevancia social y en a que merecía la pena invertir tiempo y dinero), y Pérez Vega, y Yolanda Delgado Bautista ("Puro cuento", su título lo dice todo). Ahora estoy con José L. Scarpelli ("Palimpsesto"). Tampoco me veá con la salvedad moral de poder reseñar libremente "Mi vida con Potlach" de Inma Luna... ¿Daños colaterales? Que tampoco he dicho ni mu de libros que me han gustado y con lo que ni por asomo comparto editorial (y por soñar no ha sido). Pero yo venía aquí a hablar, además de mi editorial y de lo que supone para mí formar parte de ella a pesar del vacío mediático (no por mis libros, sino por lo de los que he citado),  de mi libro... venía a hablar de mi libro... 

Tras la publicación de "La muñeca rusa" por parte de Baile del Sol, hecho que salvó mi vida (literaria o no, allá cada uno con su propensión a creer exageraciones) y me hizo sentirme con la fuerza suficiente para terminar una nueva novela (y comenzar inmediatamente, en mi cabeza, a germinar dos más), me propusieron publicar también "Cardiopatías", ese libro de relatos que saqué con un crowfunding. Ese hecho tuvo el mismo significado para mí, no solo me sacaban de la cloacas literarias, sino que me permitían tener un pasado que, de alguna manera, me dibujara o definiera. "Cardiopatías", sus nueve cuentos, son el mosaico literario de ese periodo entre "Cuando acabe el invierno" y "La muñeca rusa", es decir, lo que escribí y no tiré (más importante lo segundo que lo primero) durante siete años, en medio hubo dos relaciones sentimentales fallidas, una enfermedad con su decadencia y su posterior recomposición vital, perder un mundo y no saber encajar en el que me encontré (el de todos), tomar caminos acertados y fallidos, escribir, tirar, escribir, tirar, tirar, tirar, tirar, leer y pelear encarnizadamente, con sangre, vísceras y locura, con el sentimiento de querer ser escritor y no saber ni lo que eso realmente significaba ni si yo, un desclasado lumpen tan arrogante como patético, merecía sentirme uno, vertebrando mi vida a través de la literatura. Luego tuvo que llegar la ruina económica y el amor, pero sobre todo tuvo que llegar mi hijo para descubrir que la columna que me sostiene es únicamente él, para descubrir que ya era demasiado viejo para todo pero que por suerte había aprendido a mantener a raya el deterioro físico lo suficiente como para sentirme con tiempo para cualquier sueño que hubiera podido salvar a estas alturas de la historia. De eso dan cuenta los relatos de "Cardiopatías", subtitulado para esta reedición como "Relatos de insumisión y dudas", por eso de facilitar su búsqueda en google y por ponerle un sello, como un pasaporte que de cuenta de un viaje que de alguna manera terminó. Que, además de salir en la editorial que sale, "Cardiopatías" contenga un emocionante prólogo escrito por Pilar Rodríguez, hace que la sensación sea infinitamente grata. Y ahí está de nuevo, con precioso y definitorio dibujo en la portada de Inma Luna (gracias infinitas) y los originales dibujos de Andrea Hauer en su interior, reviviendo gracias a Baile del Sol ejerciendo de desfibrilador literario y a los que nunca les podré agradecer suficiente todo lo que han hecho.





jueves, 22 de junio de 2017

Confesiones de un amo de casa frustrado, capítulo 6




Sentirme un esclavo. Ser yo solo a veces. Y que esos momentos me devuelvan el rostro que no quiero ver, la traición de la desidia. Trabajo en un fábrica. No será por mucho tiempo. Cubro una larga baja por enfermedad. No pude decir que no. Nada apuntaba a que la elección fuese la errónea. Pero lo fue. En la entrevista previa no me dijeron realmente ni en qué consistía el trabajo, ni el sueldo ni el horario. Lo que me contaron poco se corresponde con lo que he de hacer. La vida son relaciones de poder. La literatura, la que de verdad importa, solo puede tratar sobre relaciones de poder. No hay más. El resto es mentira. Existen infinitas maneras de representar las relaciones de poder; aunque pueda parecer extraño, así es. Si detrás de cualquier trama no existe el pulso violento del combate contra, por o entre el poder, entonces es literatura fallida, falsificación de la vida, aunque la trama verse sobre visitantes de Urano, las Saturnales romanas o la vecina del segundo. Y la vida está ahí para recordar(me) eso. Constantemente. Y también constantemente lo olvido; he ahí la contradicción de mi vida. Trabajo en una fábrica. parte de mi sueldo se lo queda otra empresa, a la que la gerencia de la fábrica paga para que yo trabaje por un sueldo miserable. Vendo tiempo de mi vida por un puñado de dinero que apenas solucionará nada porque resulta risible. El horario es igualmente infame. Por el camino se quedó aquello de los derechos laborales, vaya uno a saber dónde. 20 horas en dos días, 14 de ellas seguidas sin apoyo de ningún compañero. Si hay mucho trabajo, me las veo y me las deseo para poder ir a mear. Si como algo es furtivamente. Los compañeros son buenos. Eso nos salva. No sé si a ellos de la misma manera que la que yo siento que me salvan a mí, espero que sí. Me salvan, pero no me redimen. Nadie puede salvo mi hijo. Quizá por eso es la primera vez que no abandono. Perdón, he utilizado un verbo a propósito para dar pena. Abandonar. Realmente no abandonaría. Nunca he abandonado, uno no puede abandonarse  a sí mismo. He dejado trabajos antes por mucho menos para no olvidarme de mí mismo, para decir "no", para poder regresar a casa (esa es mi suerte, mi milagro, el privilegio, que siempre he tenido un hogar al que regresar, ya hayan sido mis padres, mi pareja, mis ahorros, una habitación de hospital, la vivienda que tuviese alquilada -o la habitación de una-). ¿Esta vez es diferente? Supongo que sí. Me enfrento a un trabajo alienante, donde me explotan física y mentalmente, donde parte de mi sueldo se queda en una empresa que vende esclavitud a través de la palabra integración. No digo que no porque no soy yo solo y es pasta. Me consuelo con la esperanza de otro trabajo esporádico sin intermediarios y con sueldo decente que ha de llegar porque cada año llega, al menos durante tres meses. Tengo casi 43 años. La precariedad laboral es un estado que alimenta mi cinismo, nada más. El reverso es el trabajo en casa, los meses que ejerzo de puntal de la intendencia de mi hogar. El otro día, a punto de tirar la toalla en la fábrica me dije a mi mismo una frase: "soy feliz cuidando de mis hijos y mi mujer, soy feliz haciéndoles la comida, teniendo limpia la casa, su ropa planchada, estando ahí a la entrada y la salida del colegio, ayudando a hacer deberes, lamentándome por ser una fregona, una chacha, el último mono, soy feliz siendo eso, y no esto, no en esta fábrica donde el miedo sobrevuela y la tensión a veces ahoga". Y seguí. Al igual que seguiré los 7 días seguidos que me tocan de nuevo, y luego, y luego... y ya... Porque hay un "se acabó" no muy lejos.

He de admitir que no soy ningún héroe, al contrario, si escribo esto es precisamente porque no lo soy. Nadie me desprecia tanto como yo mismo. Señalo la herida pero lo hago in perder de vista la salida. Lamento mi situación, pero en la puerta siempre tengo el coche esperándome con el motor en marcha. Lo cual no quita para que en mi cabeza se dibuje un estado de cosas infame. Gente que lucha por ganarse la vida sabiendo que la estafa es cada vez mayor, que la especulación desbocada propiciará que el fin sea no solo terrible sino inminente. La paradoja está en la resignación de los trabajadores, pues no otra cosa mantiene el orden, dilatando ese fin que parece que llega pero nunca aparece, y nunca aparece, y nunca aparece, entre otras cosas porque todos somos reemplazables, y con cada nuevo reemplazo la resignación de renueva, y así la máquina sigue funcionando. De igual modo estos días se me ha hecho evidente algo, una nimiedad, y es que, mientras los trabajadores de la fábrica de más de 45 tienen un marcado sentimiento de clase, los menores de 30 no muestran ni rastro de eso. Todos se quejan igual, pero los jóvenes con un cinismo chocante sin el más mínimo rastro de reivindicación. Claro que tampoco les culpo, los mayores, con toa su razón de clase han conseguido más bien poco, es más, en esta fábrica en particular, las sardónicas risas de los jefes resuenan constantemente incluso sin que ellos estén por ahí. ¿Y los que estamos entre esa franja, entre los 30 y los 45? Supongo que bastante tenemos con sobrellevar la desolación de habernos creído que nos merecíamos otra cosa, que era casi natural que nuestra valía y formación nos reportase un futuro mejor. Y mira... Deberían arder tantas cosas que no arden. Comenzando por algunos corazones que merecen ser inflamados de ese modo y terminando por algunas edificaciones ... Joder, qué pena, parece que he vuelto a ver "Germinal", y no...

Tengo la sensación de que hacía siglos que no escribía. Tampoco leo mucho, la verdad. Estoy muy cansado, y el poco tiempo del que dispongo dormito. A lo sumo me permito fantasear; me agarro a esas cuatro cosas extraordinarias (un artículo en una revista, un correo electrónico que demoro en acabar yéndome un poco por las ramas, bordeando el límite de las normas de cortesía, y soñando, sobre todo soñando) y espero que el despertador haga girar la rueda de nuevo. Apunto mentalmente cosas para la nueva novela sin tener la certeza de que alguna vez pueda escribirlas (porque las olvide). Del manuscrito que envié a esas dos grandes editoriales no sé nada. Tampoco espero una respuesta inminente. Quizá, y ese es un pensamiento alimentado por el fueguito del orgullo, la autoedite. Lo curioso es que es algo que hoy por hoy me da igual. Me gustaría que cambiaran cosas, pero ya tengo edad para aceptar que posiblemente nunca suceda nada. Antes de todo esto di un pequeño taller de escritura a un puñado de gente que resultó ser maravillosa (los 9 que quedaron de los 16 que empezaron). Tras dos sesiones titubeantes y caóticas por mi parte, conseguí urdir 4 clases medianamente buenas, lo cual me llenó de alegría. Y que alguno de los 9 me lo dijera por privado más aún. Pero así son las cosas, efímeras y fugaces. Ni sé cuándo me van a pagar, y la cantidad roza lo ridículo, amén de los quebraderos de cabeza para poder cobrar sin que el fisco me pegue el susto (que está por ver si no es así al final). Pero, como digo, eso fue hace un mes, y ahora estoy "al" otro lado, y por suerte que estoy "en" otro lado, aunque esta vez haya caído en un antro alienante y explotador. Desde luego que la posesión de los medios de producción es la clave. Poder, relaciones de poder; establecer determinado movimiento en el engranaje social como para que la libertad de una de las partes sea casi inexistente y así ejercer coercitivamente el dominio suficiente para el mantenimiento de la estratificación social. Comprar y vender. Comprar(se) y vender(se). Ya no están de moda los escritores currantes tipo Monteagudo, ni los misteriosos salidos de dios sabe dónde tipo Carrasco; los apocalípticamente lumpen como Marta Sanz o Pablo Guitiérrez ya están asentados y ahí siguen (y gracias)... para qué seguir, no era mi intención acabar haciendo una lista (malditas listas, ¿verdad, don Ricardo, añoradísimo Ricardo Piglia?), todo está hipercompartimentado (reflejo inevitable de las clases sociales en las que nos movemos) y, ahora que he encontrado mi humilde nicho, mi pequeña editorial, tal vez debería cuidarla, aunque haya elegido escribir novela, y no cuentos, ni relatos breves, ni poesía, es decir aunque haya elegido la maratón, la carrera de fondo sin meta en ningún lado y no la carrera más o menos larga pero que resulta más fácil encajar en la vida diaria. Pero uno ha sido igual de suicida toda su vida, y no estoy por cambiar a estas alturas del partido.

El pequeño Pavel con sus candorosos cinco años dice que con lo que gane compremos una máquina de replicar, para poder así hacer una copia de papá y mamá, y que vayan nuestras copias a trabajar mientras nos quedamos cuidando de él. "Ojalá fuese todo así de fácil", alcanzo a contestar. Esta noche es su madre la que está de turno de noches. Me resulta admirable comprobar cómo hemos conseguido cuadrar nuestros turnos para que el estropicio familiar sea el menor posible. En cuanto acabe de escribir esto, me llevaré al pequeñajo a la cama para dormir con él. Sus pequeños ronquidos de osezno son la única frivolidad ñoña que me puedo permitir en estos momentos. También he de recordar sacar del congelador algo de comida para mañana. Ensalada de pasta y pechugas a la plancha. Y hablando de plancha...

jueves, 2 de marzo de 2017

Confesiones de un amo de casa frustrado, capítulo 5


Hoy voy a hacer un guiso. Es relativamente rápido y necesito cinco minutos para escribir algo. La lavadora puede esperar un día más, y la ropa acumulada que espera esa última colada para por fin ponerme con la plancha, también. El guiso será libre. Un sofrito lento durante 20 minutos al que añadiré pavo, coliflor, guisantes, zanahoria, judía plana, patata y quizá habas. Rehogar un poco todo y tapar. Olla rápida quince minutos y listo. La mopa y la escoba me esperan en un rincón, les repito que necesito sentarme a teclear un rato. Acabo de montar dos jardineras para la terraza.. Si miro alrededor y veo cómo dejaron ayer el salón el niño y la niña dejaría de teclear y me cagaría en su padre (que soy yo de uno y no de la otra), así que hago como si el desorden hubiera desaparecido por un instante. La casa se está aireando, así que en breve iré a cerrar ventanas y me tomaré el ansiado café. Nos hemos ido pasando los virus de unos a otros y por fin han llegado a mí. Congestión, tos y abortagamiento son mi estado natural para hoy; ayer ya lo fue. El médico me ha dicho que deje las pastillas de la tensión de momento y, que si sigue el dolor punzante entre los ojos, me mandará al oculista. Quería mandarme al neurólogo, pero le dije que no porque la última vez que fui querían hacerme una resonancia magnética y con la válvula del corazón no pueden. 120-88 de tensión y 68 de frecuencia tenía hace diez minutos. En orden, al menos para mí. Anoche, como me dolía la cabeza, tras acostarse todos me puse a releer el último manuscrito. Hacía diez meses que no abría el archivo. Durante todo ese tiempo se han ido sucediendo las cartas de rechazo por parte de distintas editoriales. Bueno, esto habría que puntualizarlo, porque solo han dicho que no 5, el resto guarda silencio, incluso la "mía". La última negativa fue diferente, porque vino acompañada de una larga carta personal, muy distinta a las habituales, modélicas y frías. Esta última negativa ha sido de una editorial que es relativamente importante (para mí es muy importante). Durante meses hemos tenido un intercambio de cartas sobre el manuscrito; cartas que mentiría si dijera que no alimentaban ciertos sueños y fantasías. Pero han dicho que no. Aducen que necesitaría un trabajo de corrección y edición enorme. Aducen que al final naufraga y se desprende de todo ello el problema principal, que para alguien tan anónimo como yo (literariamente hablando en este caso, en lo demás se sobreentiende que también)  sería un suicidio comercial dedicarme ese tiempo, por muy buenas cosas que puedan intuirse del manuscrito (que dicen que algo de eso hay) y no merece la pena el esfuerzo.  Mis lamentos iniciales se volcaron en ese "no es suficiente". Más de seis meses de espera sobre aviso me hicieron creer que quizá esta vez por fin fuese a conseguir algo distinto a lo habitual. Sin embargo al final todo ha sido lo previsible. "No es suficiente". Ese fue mi primer resumen. Es una aseveración extraña, porque realmente sé que NUNCA va a ser suficiente. La escala con la que he encontrado que se miden esos manuscritos que de vez en cuando cometo la arrogante ingenuidad de mandar por ahí son: Silencio administrativo, no encaja en nuestra linea editorial, regular lo sentimos, bien pero no, muy bien pero tenemos cerrada la programación a dos años vista y está muy bien pero no es suficiente. Nunca sí. (Baile del Sol no cuenta, baile del sol es distinta, baile del sol no merece ser medida en esos términos, baile del sol va tan por libre que son guerrilleros de verdad, tan heroicos como menesterosos). Es consolador pensar eso y quedarse ahí. Durante unos día lo fue. Porca miseria, maldita sea mi suerte, per qué, per qué, oh dioses, ¿por qué exigís una excelencia prístina a este vulgar desconocido cuando no dudáis en ofrecer ayuda y levedad a tanta bazofia? No hace falta responder. Lo sé. Por mi huevo de oro nadie da un duro. Para colmo, el artículo de Elena Bulgakova y "El maestro y Margarita" tampoco lo quería nadie, ni La aventura de la Historia, ni Drugstore ni nadie. Hace una semana tenía todos los boletos para sacar la bandera del malditismo y envolverme en ella, arrogante y descarado, y lamerme las heridas creyéndome un maldito Tolstoi. Sin embargo en la carta había más, y la releí despacio. Era personal y amable. Me invitaba a revisarla a fondo, sobre todo la última parte (pero no me invitaban a volverla a mandar si lo hacía, en literatura no hay exámenes de recuperación o de subir nota).


Ayer, como dije, después de un día agotador en casa (si eres de los que piensan que ser proletaria "ama de casa" -denigrante palabra, pero para entendernos me vale- no es un trabajo duro y ninguneado, deja de leer inmediatamente y que te jodan), abrí el manuscrito y me fui directamente a la última parte. Entre las décimas de fiebre, la tos y los mocos, al principio no distinguí el azoramiento, la vergüenza, las ganas de desaparecer. Tenían toda la razón, la novela naufraga al llegar ahí, pero no de manera torpe, sino de manera punitiva. No me consoló el hecho de no tener editor, agente o corrector que me ayude, de batallar a solas y a ciegas con una historia que se fue a las 600 páginas. Esta vez no... ¿Tolstoi yo? A la horca me deberían mandar por penar algo semejante. Había cometido un error garrafal, el error de correr, dar cosas por sentadas, añadir páginas insustanciales por el mero hecho de gustarme el estilo que había adoptado pero que no decían absolutamente nada y saltaba a la vista que la historia que tanto trabajo me había costado armar y mantener a flote, se me había desmenuzado entre los dedos. Casi 200 páginas así...  Como no tengo editor, ni agente ni corrector, tampoco tenía a nadie a quien llamar y pedir perdón entre lágrimas (que las hubo), aunque fuesen las dos de la mañana. De nuevo me encontraba solo en el descampado sin haber sido elegido por ningún equipo para jugar con ellos. Que me dijeran que no jugaba nada mal, no ayudaba, ni antes ni ahora, porque el caso es que no tengo equipo. Para empezar, ayer volaron sin dejar rastro casi 30 páginas. Por suerte, tuve la lucidez necesaria para parar a las 3:30, porque igual de las 610 páginas iniciales hubiesen quedado 200 y ahora no tendría manera de recuperar nada. Años de trabajo que han podido quedar en nada. Años de trabajo que demandan más trabajo, y a los que luego se ha de sumar, de nuevo, la espera, las cartas de presentación, la respuestas de rechazo... Eso si no hay ninguna editorial incauta que diga que sí (estoy pensando en la única que a día de hoy me ha dicho que sí). Me puedo poner en tres años más hasta que se publique (si se publica); me puedo poner en el resto de mi vida si sigo corrigiendo. Y hay una nueva historia emborronándose por ahí. ¿Por qué no me vale con el abrazo de mi hijo al salir del colegio, con su pulgar en alto cuando le pregunta cómo me ha salido la comida y tiene los carrillos llenos, por qué no me vale con lo que tengo, que sin duda es suficiente? Miento, claro que me vale, hoy por hoy me moriría si no tuviera eso, si no me sintiese vivo por dentro viendo a mi hijo correr y jugar. Supongo que mi mujer me quiere por lo que soy, y sin estas palabras yo no sería quien soy, aunque no ayuda a tener la casa tan ordenada como sería deseable ni a dejar de sudar y maldecir cuando viene la factura de la luz ni cuando el médico dice que me cuide. Lo sé, tengo lo que me merezco. Busco un par de fotos que digan algo para insertar y me voy a por la escoba... Mierda, el café se me ha quedado helado.

"Pablo corriendo", foto de Mercedes Fernández. Merferri.

martes, 28 de febrero de 2017

Elena Bulgakova y el destino de "El Maestro y Margarita". Artículo perdido vol 3.


(Artículo que no ha encontrado publicación sobre Elena Sergeievna Nurenberg, tercera mujer de Mijail Bulgakov y responsable de la publicación de "El maestro y Margarita)


Uno.

En eso que se puede llamar intrahistoria de la literatura abundan los relatos sobre las sorprendentes peripecias por las que ahora podemos leer algunas novelas que, en muchos casos, son maravillas literarias más grandes que la vida. Algunas resultan comúnmente conocidas, como la de John Kennedy Toole, así como la rocambolesca aventura del manuscrito de Boris Pasternak sobre el Doctor Zhivago, con aviones y agentes secretos de por medio y que ya nadie sabe si es cierta o no. Algo de suerte, muchísima tenacidad por parte del depositario de dicha obra, una fe imposible de explicar sobre lo contenido en ese puñado de hojas, un azar tan cruel como certero y una enajenada veleidad dentro de la industria editorial son algunos de los ejes que explican que esas obras hayan acabado publicadas (y las que no lo acabaron siendo y con las que uno puede fantasear hasta la locura). Que hoy por hoy podamos leer una novela llamada El Maestro y Margarita, obra cumbre de la literatura universal, de la literatura rusa en general y de Mijail Bulgakov en particular, debería ser motivo de asombro constante cada vez que alguien, en cualquier parte del mundo, pasa una de las páginas de sus múltiples traducciones, subyugado por las maravillas que contiene. Y que esto sea así solamente tiene una responsable, una mujer llamada Elena Serguéievna, última mujer de Bulgakov. A ella le debemos no sólo haber sido la inspiración para el personaje inolvidable de Margarita, sino el apoyo constante y tenaz que hizo que Bulgakov pudiera escribir dicha novela, cuya redacción se convirtió casi en una pesadilla para Mijail, una pesadilla surrealista que daría para otra novela a tenor de todo lo que sucedió durante la misma y después.

Museo Bulgakov, Moscú
Dos.

Es gracias al diario que Elena Serguéievna escribió desde 1932 que podemos reconstruir la vida de Bulgakov durante sus últimos años, pues él dejó de escribir el suyo en 1926, cuando le fueron confiscados junto al manuscrito de Corazón de perro  por la OGPU (policía secreta pre-KGB). En lo sucesivo sus obras fueron, año tras año, sistemáticamente expulsadas de los escenarios de los teatros y de los periódicos. Son los años de penuria y aún sus vidas no se han unido. En 1930 escribe una desesperada carta al gobierno, donde pedía que le permitieran trabajar o, al menos, le dejaran salir del país. El 10 de abril, dos días después del suicidio de Maiakovski, con un revólver preparado en el cajón de su despacho, recibe la famosa llamada telefónica de Stalin, que alivió un poco sus penurias, ya que éste prometió atender personalmente su pedido. Animado pero a la vez lleno de terror, Bulgakov tira el revólver en el estanque del Monasterio de Novodévichi y quema gran parte de un primigenio manuscrito de El Maestro y Margarita, que Elena Serguéievna rescata del fuego. Después llegó el trabajo en calidad de director adjunto del Teatro de Arte de Moscú. En 1932 Mijail decide reescribir la novela de memoria pero, como no podía ser de otro modo, el original tema diabólico (la visita del diablo al Moscú soviético), se ve desbordado por el tema de la confrontación entre el artista y el poder, el amor que vive junto a Elena y la literatura como salvación.


Bulgakov, un mes antes de su muerte
En aquellos años es peligroso confiar los pensamientos incluso a las hojas de un diario íntimo. Elena Serguéievna decide arriesgarse y plasma en el suyo todo lo que les pasa. Además anota multitud de frases, reflexiones y acciones de la persona que tanto ama. Si el amor del Maestro hacia Margarita es narrado en su gran novela, evidentes trasuntos de Bulgakov y Elena, es en el diario de esta última donde encontramos plasmado el amor de Margarita hacia el Maestro: “Eran frecuentes los momentos negros, realmente terribles, no de tristeza, sino de horror ante la vida literaria infortunada; pero si alguien me dijera que nosotros, que yo tuve una vida trágica, respondería que no, ni por un segundo. Fue la vida más clara que puede uno elegir, la más feliz. No hubo mujer más feliz, como lo fui yo.”
Y entre todo, colándose por todas las rendijas, el miedo. Las noticias funestas se sucedían como un siniestro desfile: la fatídica muerte de Sergó Ordzhonikidze, la de su amigo Zamiatin en París, la muerte de Ilya Ilf: “Estamos absolutamente solos —escribe en su diario Elena Serguéievna —. Nuestra situación es espantosa.” El miedo y, al mismo tiempo, el indestructible deseo de vivir y amar, se refleja en cada línea de su diario. A menudo hacen reuniones donde leen fragmentos de esa novela alucinada y fabulosa, y las reacciones que obtienen les reafirman aún más en su empeño.

Las anotaciones sobre su día a día se suceden: 17 de octubre de 1934: En la tarde vino Ajmátova. La trajo Pilniak de Leningrado en su automóvil. Nos contó sobre la amarga suerte de Mandelstam. Hablamos de Pasternak. 8 de noviembre: Por la noche, estamos sentados entre nuestras desgracias. Misha me dictó la novela – la escena en el teatro. 29 de noviembre de 1934: Ayer, en la representación de Los Turbin, estuvieron Stalin, Kirov y Zhdánov. Fue lo que me dijeron en el teatro. Yanshin comentó que la función salió muy bien y que el secretario general aplaudió mucho al final del espectáculo. 10 de marzo: Otra vez donde Stanislavski. En la pequeña sala de ópera en la calle Leontievski. Stanislavski tomó por la manga del traje a Bulgákov y le dijo: “A usted hay que achantarlo”. Por lo visto le habían informado que Bulgákov se había enojado por su análisis ante los actores. Discutieron durante tres horas. 13 de mayo: Ensayo general de Iván Vasílevich, sin público… Hacia el final de la pieza, sin quitarse el abrigo, y con una gorra y un portafolio entre las manos, entró a la sala un fulano del Comité del Partido. De inmediato, la pieza fue prohibida.

En 1938 a Bulgakov le diagnostican nefroesclerosis hipertrófica, una enfermedad hereditaria de rápido desenlace. Poco a poco se fue quedando ciego y padeció de constantes dolores. Antes de ello le da tiempo a hacer una adaptación de El Quijote para el Bolshoi y coordinar su puesta en escena. A partir de ahí, el declive físico. Escribe y dicta, se aman y cuidan. Creyendo que su destino literario trasciende todo ese sufrimiento, llega 1940. Un pathos de deber se extiende durante sus últimos días. Extenuado, sigue dictándole a su esposa hasta que da por concluida la novela. El 10 de marzo de 1940, Elena alcanza a escribir: A las 16:39 murió Misha.

Tres.

Elena Serguéievna Nurenberg nació en 1893, en Riga (Letonia), en una familia descendiente de alemanes que se instalaron en Rusia en 1768, invitados por la Emperatriz Catalina Segunda. En 1918 se casó inesperadamente con Yuri Neelov, hijo de un famoso actor y ayudante del comandante del 18 ejército rojo Evgueni Alexandrovich Shilovski. Dos años después, en 1920, Elena abandona a Neelov y se casa con Shilovski. Tuvieron dos hijos, Eugueni (1921-1957) y Sergei (1926-1975).

Elena conoció a Mijail el 28 de febrero de 1929 durante una fiesta en casa de los pintores Moiseenko. Él, que en ese momento vivía solo, también había estado casado dos veces. Lo que sucedió después Bulgakov lo reflejó vivamente en su novela: “El amor nos asaltó como asalta un asesino en un callejón oscuro, dejándonos atravesados a ambos. Así atraviesa a uno un cuchillo o un relámpago.” Desde ese momento son conscientes de lo trágico de su situación, ella esposa de un gran jefe militar y madre de dos hijos, y Bulgakov, un escritor apenas conocido que vivía alquilado en un sótano y se ganaba la vida con trabajos provisionales. Elena relata en su autobiografía cómo, tras hablar Shilovski con Bulgakov en febrero de 1931, deciden no volver a verse. Promete a su marido que no aceptará ninguna carta de Bulgakov, ni saldrá sola a la calle ni contestará a sus llamadas de teléfono. La primera vez, después de veinte meses, que Elena salió sola a la calle, se encontraron. “No puedo vivir sin ti”, fue lo primero que le dijo Bulgakov. “Yo tampoco”, le contestó. Septiembre de 1932.

En octubre, un día después de firmar el divorcio con Shilovski, contrajeron matrimonio. Su hijo pequeño, Sergei, se va con ellos y Eugueni se queda con su padre, pero poco a poco crece su aprecio hacia Bulgakov y acaba pasando largas temporadas en aquel pequeño apartamento a pesar de las estrecheces. Elena escribe en su diario una frase de Mijail sin comentar nada más a continuación: “Todo el mundo estaba contra mí y yo estaba solo. Ahora estamos juntos y ya no le temo a nada.”




La mañana de su muerte, el escritor le confió a su esposa el manuscrito que escondían, diciéndole: “Te lo doy a ti, mi reina, mi estrella, el norte de mi vida terrenal”. Cinco días antes ella le había hecho el juramento sagrado de hacer lo posible para publicarla. Elena llevaba años protegiendo aquel único ejemplar de El Maestro y Margarita como el tesoro que sin duda es, mecanografíándola varias veces (manejaron hasta seis versiones). La imagen física de Margarita viene de ella: pelo oscuro, inmensos ojos verdes. Para él Elena es símbolo del amor y de la misericordia, y al mismo tiempo es símbolo de recuperación de la quietud tras haber vivido una vida llena de amarguras; es el reino de la Paz Eterna, es su Lazarillo y su justificación. “Disfruta de lo que nunca se te dio en vida, la calma (…) Dormirás con tu gorrito mugriento y eterno puesto, te dormirás con una sonrisa en los labios. El sueño te fortalecerá, empezarás a pensar sabiamente. Y nunca más te atreverás a echarme. Yo velaré tu sueño”. Así habla Margarita al Maestro al final de la novela, y Elena las apuntó al dictado de su marido enfermo semanas antes de morir.



Miail, Elena y el hijo mayor de ésta, Eugeni
Su primera “batalla” fue sobrevivir a la Segunda Guerra Mundial, inmersa en las dificilísimas condiciones de vida de los evacuados. Posteriormente, Elena hizo ingentes esfuerzos por publicar la obra de su marido, pero siempre chocaba con la negativa de las autoridades, para las que la obra de Bulgakov era ajena, poco comprensible y subversiva. Desesperada, incluso se atrevió a escribir una carta a Stalin: “…Al morir, Bulgakov me pidió escribirle a usted, confiando en que sabrá decidir si su obra tiene el derecho de llegar al lector…”. Nunca obtuvo respuesta.

A lo largo de esos años, Elena se gana la vida lo mejor que puede, revendiendo cosas y aceptando encargos como mecanógrafa y traductora del francés (novelas de Gustave Aimard, Julio Verne o André Maurois), Durante años El Maestro y Margarita circuló en copias (algo peligroso pues cada máquina de escribir estaba identificada), hasta que en los sesenta comenzaron a publicarse de nuevo sus textos gracias a los esfuerzos de Elena. El 7 de septiembre de 1962, en una carta de Elena dirigida al hermano de Mijail, Nikolai Bulgakov, escribió: "Estoy haciendo todo lo que puedo para que ni él, ni ninguna de sus líneas desaparezcan. Aún se sigue sin conocer su extraordinaria personalidad. Este es el propósito de mi vida. Se lo prometíi mucho antes de morir y creo que lo voy a conseguir." Ese mismo año apareció Apuntes de un joven doctor, en 1965 Dramas y comedias y, en la revista Nóvy Mir, la autobiográfica Novela teatral. En 1966 se publicó Prosa escogida. El Maestro y Margarita vio la luz, con un “retraso” de casi tres décadas y cien páginas menos, en 1966 en la revista Moskvá, (las omisiones aparecieron en samizdat) y Elena pudo deleitarse con el revuelo que causó, septuagenaria ya. Hasta el Archivo Estatal le compró todos los manuscritos que poseía para su mantenimiento y estudio. En 1967, la editorial Posev de Fráncfort la publicó completa, y no fue hasta tres años después de la muerte de Elena que apareció completa en ruso, en 1973.

Conmueve pensar que, sin Elena Serguéievna Bulgakova, ese manuscrito hubiese ardido y se habría perdido para siempre.


Anna Kovalchuk como Margarita en la adaptación de Vladimir Bortko
Coda:
La editorial Nevsky publicó la que se considera la versión definitiva de la novela de Bulgakov, en una edición primorosamente traducida por Marta Rebon, que descabalga a la de Debate en tapa dura de mi corazón (http://edicionesnevsky.com/collections/nevsky/products/el-maestro-y-margarita). En otro orden de cosas, en 2016 Moscú celebró el 125 aniversario del nacimiento del escritor con más de 400 eventos. En la casa donde estaba su apartamento está hoy un museo con su nombre. En los Estanques del Patriarca hay proyectado un monumento a Bulgakov, aunque ya hay varios murales pintados en diversos edificios, así como rutas a los lugares de la novela. También puedes tomar algo en el Café Margarita (en Malaya Bronnaya Ulitsa, 28) que rinde homenaje a Elena Serguéievna. Se han escrito óperas sobre ella y multitud de obras de teatro. Mick Jagger escribió la letra de Sympathy for the devil después de que Marianne Faithfull le regalase el libro en 1968. A Patti Smith le impactó tanto su lectura que escribió su disco de 2012, Banga, inspirado en él. La canción Pilate, de Pear Jam, así como Love and Destroy, de Franz Ferdinand, también deben su composición a Bulgakov. En 1970, los estudios cinematográficos Mosfilm adaptan la novela de Bulgakov La guardia blanca, titulada La huida, una superproducción de tres horas considerada una de las obras maestras del cine soviético, dirigida por Alexander Alov y Vladimir Aunov. Desde 1972 se han realizado al menos cinco largometrajes basados en El Maestro y Margarita, y llevan años especulando con una versión con John Malkovich en el papel del Maestro. En 2005 Vladimir Brotko realizó una espectacular y fabulosa serie de diez capítulos que, hasta la fecha, es la más fiel al libro.


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