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martes, 22 de mayo de 2012

Samizdat. Por qué voy a autopublicarme, cap. 3

A veces hablo con mi amigos de abrir una editorial. Sabemos que es como proponer abrir un templo dedicado a Ceres, instaurar un club de esgrima o hacer el Charlie Runkel en despachos privados, esto es, reconforta, pero es inútil.
He encontrado el camino del medio. Samizdat
Samizdat (auto-publicado, en ruso самиздат) era una práctica en tiempos de la Unión Soviética destinada a evitar la censura impuesta por los gobiernos de los partidos comunistas en los países del Bloque oriental. Mediante esta práctica, individuos y grupos de personas copiaban y distribuían clandestinamente libros y otros bienes culturales que habían sido proscritos por el gobierno. La idea era hacer unas pocas copias cada vez y que cada persona que tuviese acceso a un medio de copiado hiciera más copias.
El término fue acuñado por analogía con los nombres de editoriales soviéticas, como Politizdat (abreviatura de Politicheskoe izdatelstvo, Политиздат, Государственное издательство политической литературы, Editorial Estatal de Literatura Política), Detizdat (literatura para niños), etc.



Etimológicamente, la palabra "samizdat" se compone de "sam" (сам, "a sí mismo") e "izdat" (издательство, izdatel'stvo, "editor"). En esencia, las copias de texto samizdat, como la novela de Mijaíl Bulgakov "El Maestro y Margarita", pasaban de una persona a otra como en una suerte de biblioteca clandestina ambulante. Las técnicas utilizadas para reimprimir literatura y propaganda incluían el uso del papel de calco, tanto a mano como con máquina de escribir y la impresión de libros en imprentas semiprofesionales. Antes de la Glasnost, esta práctica era peligrosa, ya que tanto copiadoras, como imprentas e incluso máquinas de escribir de las oficinas estaban de un modo u otro bajo el control del KGB. En Polonia, la República Checa, Eslovaquia y Hungría durante las décadas de 1970 y 1980, varios libros (a veces de más de 500 páginas) fueron impresos en cantidades que llegaron a exceder los 12.000 ejemplares. Hrabal, nuestro opositor a los estalinistas, no sé si desde la derecha o desde la izquierda, promovió toda su obra por este método.

En un correo de un amigo, leo: "Como la editorial samizdat ya existe, entonces yo propongo La Internacional Samizdat. Besos. Loïc"
En un libro de Fresán que estoy releyendo estos días, veo: "No recuerdo quién dijo que los libros nunca se terminan sino que, simplemente, se publican. En cualquier caso -sea quien haya sido- tenía toda la razón del mundo y del universo: difícil determinar el final de la escritura y -para bien o para mal- las fechas del editor o la fatiga de materiales del autor obligan, sí, a gemir o aullar un The End, y a otra cosa. Y, de ser posible, seguir el consejo del siempre sabio y atendible Bob Dylan: "Don´t look back"..." Jardines de Kensington.

Al no tener editor ni posibilidad, la cosa resulta curiosa en el caso de la novela de Milos Meisner. Posiblemente, la escritura sea la única manifestación "artística" (sean benévolos por una vez y admitan al capitán Cousteau como animal acuático...) en la que está peor vista la autoedición, tal vez porque presupone una arrogancia al que viene siendo el llamado "autor" que, por lo que sea, molesta. La música (ese referente vital para unos pocos) hace tiempo que se sacudió el polvo de ese prejuicio. Cualquiera puede fundar una pequeña discográfica y sacar su música y la de quien quiera. Bien es cierto que es inmediatamente más disfrutable que (en el caso que nos ocupa) la escritura, ocupación ésta que, afortunadamente, necesita de una suspensión del tiempo más o menos importante (¿por eso ponen música de fondo en los grandes almacenes y no a un tío leyendo "Crimen y castigo"?). Y si la música se disfruta "antes", se la puede enjuiciar "antes". Con el teatro igual, 4 pueden fundar una compañía y montar una obra. Una película, lo mismo. Que pintas o haces fotos, buscas un sitio donde exponer y listo. En todos los casos no podrás evitar que alguien te mire condescendientemente, pero en el caso de la narrativa, las miradas se multiplicaran. Lo sé porque lo he hecho. Cuando era librero, era entrar alguien ofreciéndome dejar sus libros autopublicados en depósito en la librería y algo dentro de mí se ponía en guardia. Nunca dije que no a nadie, pero reconozco que pocas veces leí algo sin reservas, o al menos sin las reservas con las que abro un libro "editado". Toda esta cháchara de diván de psicoanalista viene a lo que viene. En los primeros años de la Revolución Rusa, existió en Moscú una librería llamada "librería de los escritores"; allí se juntaban escritores que vendían sus ejemplares mecanografiados o copiados editados por ellos mismos. Duró poco, como duran estas cosas donde la verdadera libertad campa a sus anchas (Ed. Sexto piso. La librería de los Escritores).
Realmente este post debería haberse terminado tras la cita de Fresán. Todo lo demás hasta ahora ha sido lloriquear un poco, las cosas como son. Estoy revisando la maqueta que me ha enviado Iván. Ya queda menos. No será un samizdat, pues nadie me ha censurado, pero algo de eso tendrá, solo aspiro a que lean la historia de Milos unos pocos. Podría colgar la novela entera en un blog, darle la vuelta y publicar las entradas desde el último al primer capítulo, dejando el blog inactivo y hecho de un solo golpe, pero aún creo en el papel, en el libro, en eso que uno se lleva al váter o en la cestita de la bici, que uno abre sentado en una terraza al sol o bajo un árbol, en un metro atestado o en un bus de línea, y lo hace sin mirar la batería del libro, a lo sumo mirará el reloj para saber cuánto tiempo puede robarle al tiempo, pero sintiendo el tacto de algo vivo entre las manos, no plástico. A mí me gusta eso, y que lo haga alguien con un libro mío es algo que quiero vivir antes de palmarla, y para eso, como dice Fresán, hay que terminar de escribir y, sí, es cierto, para terminar un libro hay que publicarlo, en los cajones no hay novelas inéditas, hay novelas no terminadas... Si merecía la pena el esfuerzo, eso ya no puedo decirlo yo; a lo sumo puedo escudarme diciendo que hay millones de libros mejores, pero también alguno peor. Como dice mi amiga Amalia, "no cagándola, todo es cuestión de empatía".

martes, 15 de noviembre de 2011

Juliet, desnuda. Nick Hornby


"Porque —más allá de las variantes en sus tramas— las ficciones de Nick Hornby (Londres, 1957) siempre silban una misma aria: la de frágiles machos golpeados por el correr de los años y acariciados por la permanencia de sus pasiones adolescentes." Rodrigo Fresán.

Hace ya bastantes meses, apareció publicado por Anagrama "Juliet, desnuda", del autor inglés Nick Hornby. Lo salvé de la quema de la librería y se vino conmigo a casa junto con otros tantos libros. La acumulación momentanea me bloqueó un poco y fue la lectura de la crítica que hizo Rodrigo Fresán de la novela en Radar, lo que me animó a rescatarlo de la estantería. Una vez acabado, me pregunto muchas cosas. ¿Está bien? Si, pero... ¿Está mal? En absoluto, pero... Hornby es uno de esos referentes en cuanto "cirujano del espejo que algunos somos", y bastante clarificador además; sabe qué resortes tocar, humaniza sentimientos que podrían dar lugar a soporíferas parrafadas con sobrada soltura y escribe novelas muy entretenidas. Lo de cirujano lo he dicho a propósito. Está claro que no es un gran escritor, pero es un buen novelista.Y sobre todo, trata temas que me tocan de cerca (salvo el futbol, sorry). Como dice Fresán; "Las novelas de Nick Hornby (que, también, son novelas con Nick Hornby, ya que giran una y otra vez alrededor del universo de un autor que ya es casi protagonista subliminal de sus ficciones) tienen algo en común. Unas y otras se disfrutan como placeres más o menos culposos, como entretenimientos menos o más inocentes, como productos bien hechos y eficientes que, desde el principio, asumen el desafío y cumplen la promesa de hacer pasar un buen rato con historias agridulces que, además, ennoblecen un poco a la siempre bastarda condición del best seller". 

Comenzar Juliet, desnuda, y ver cómo en las primeras cien páginas Hornby disecciona brutalmente la vida de un fanático rockero, pasando por la parodia (cómo va a visitar el cutre aseo del cutre bar donde su músico preferido tocó por última vez, intentando saber -o simplemente estar allí- qué pasó), hasta el patetismo (cómo discuten en un foro exclusivamente dedicado a ese músico y cómo hace girar su día a día por lo que ahí se dice), uf, amigo, eso hace pupa, pero como también sueltas alguna que otra sonrisa, pues como que intentas pensar que eso que lees es una especie de espejo deforme, combado a propósito... pero igual no... ¿De qué va, entonces, Juliet, desnuda? Fresán lo explica: "Así, el castigado Peter Pan de turno en Juliet, desnuda es Duncan, residente en un deprimente pueblo costero del norte de Inglaterra, adicto a Internet, novio casi inercial por quince años de la sufrida Annie, pero en realidad respondiendo a una única pasión que ventila día a día desde su blog: el saberlo y poseerlo todo sobre el legendario songwriter Tucker Crowe. Responsable de un álbum antológico —Juliet, de 1986, especie de Blood on the Tracks dylaniano, canciones de amor/ desamor desesperadas por obra y desgracia de la fatal modelo Julie Beatty— Crowe ha desaparecido en acción, nadie sabe dónde está, muchos lo buscan y algunos registran imposibles avistamientos en la red. Lo cierto es que Crowe vegeta hace años en una granja de Pensylvania y, de pronto, autoriza el relanzamiento de su clásico de culto en su versión “desnuda” —incluyendo sus demos acústicos— como Juliet, desnuda. Sus fans —Duncan incluido— experimentan entonces ese ambiguo éxtasis que se siente ante el fin de una era que ayudaron a fundar desde sus computadoras. Y todos son felizmente infelices o infelizmente felices hasta que algo imprevisible ocurre."
Se puede decir que, hasta ahí, sería la primera parte, quizá la más disfrutable para el melómano lector, plagado de referentes comunes, ideas sobre el rock y el momento actual (sobre cómo se escucha, lanzando dardos a los fetichistas del vinilo, él, que escribió un libro sobre una tienda de discos...), sobre el arte de escribir canciones, pero no sobre el compositor, sino sobre cómo esa canción influye en alguien cualquiera cuya vida gira, y si no gira sólo sobre eso, sí está repleta, de música. yo me imaginaba una especie de Ryan Adams si Ryan Adams hubiese desaparecido después de Heartbreaker si hubiese grabado Heartbreaker después de Gold... Y entre medias las relaciones, sociales y sentimentales, desde un punto de vista casi de entomólogo: "Escuchó el álbum entero otras dos veces sentado en el banco, y luego echó a andar hacia casa oyéndolo por tercera vez. Una precisión sobre el gran arte: te hace amar más a la gente, perdonarle sus pequeñas transgresiones" (pág 47). En este caso, Duncan comparte su vida con alguien que entiende su pasión, porque Juliet, desnuda, va de eso, al menos al principio, de pasión sobre la música; pasión que tiene su contrapunto en una relación rutinaria, tal vez demasiado rutinaria, triste incluso y, sobre todo, llena de un patetismo constumbrista que parece estar siempre a punto de verse quebrado pero, cuando lo piensas, han pasado años.

Quince años después, sigues pensando lo mismo...
Sin embargo, la salida de ese disco de alguna manera provocará el distanciamiento definitivo de Duncan y Annie... y (Fresán again) "Tucker entabla contacto vía email con Annie luego de que ésta suba a la red una tan intensa como desapasionada crítica de Juliet, desnuda. Y se hace realidad la fantasía más inconfesable de todo fan: el que tu héroe se enamore de tu chica y salga de su retiro para reclamarla. Lo que sigue es el típico, pero no por eso menos regocijante, minué marca de la casa. Otra comedia de (malas) costumbres con reverencias, desencuentros, risas y lágrimas entre los anónimos enchufados y la celebridad unplugged hasta alcanzar la inesperada certeza que, para sus perseguidores, un hombre de cerca es tanto menos interesante que un mito de lejos." Y es en esa parte cuando entra lo que quizá hace que la travesía sea complicada; me refiero al tema de la paternidad/maternidad y la resolución del conflicto de qué hacer con tu vida cuando, oh, estás más cerca de los cuarenta que de los treinta pero sigues aplazando cosas porque te comportas como si aún no hubieras llegado a los veinticinco y crees que eso que aplazas es de gente que transita por vías muertas cuando realmente nada de todo eso que crees sea cierto. Y Hornby, aunque hace lo que mejor sabe hacer, convertir su pluma en un bisturí, en esta novela tal vez hace que lo que quede de novela sea un tanto arduo y tedioso (salvo que seas de los que tienes tiempo de sobra y eres capaz de leerte 350 páginas en una tarde, lo cual es una ventaja). Nick, como es listo, y mucho, quiere que tu, que sigues comprando discos (aunque sea en amazon) y libros, y que amas el cine clásico, y que tienes una novia que te tolera tus manías musicales, y que ya cumpliste los treinta hace algo, sigas leyendo sin tener la sensación de estar leyendo un best seller ramplón y hueco estilo Britget Jones, poniendo las cosas a funcionar de manera peculiar. El rockero tiene hijos, muchos, pero ni los conoce ni sabe si quiere conocerlos (salvo al último, al pequeño Jackson, el niño que le tiene anclado y centrado en su retiro por muy mal que Crowe gestione lo que es el día); y Annie no los tiene pero querría tenerlos (y también está Duncan que, posiblemente, ni sepa si los quiere tener o no). Y todo se enrolla y lees y piensas que mejor que Hugh Grant que repita papel John Cusak y hay partes que parecen forzadas y poco creíbles (que igual funcionan de puta madre en película, pero aquí no lo acabas de ver) y todo rodeado de mediocridad, de la que duele, pero mediocridad especial, de la que parece exclusiva pero que no lo es tanto, y ves que queda genial la incursión de mails en el texto, con su estilo aparentemente poco literario, y entradas de la wikipedia, y nombres de discos, y estilos que identificas como el northern soul y el americana, y todo ese peterpanismo al que todos se abrazan como tabla de salvación, aunque la verdadera tabla de salvación sea un niño llamado Jackson, hijo de un ex-estrella del rock que no sabe que su padre fue tal cosa, pero un padre sólo es un padre porque alguien le llama así mientras el juego de espejos entra en escena... Si tuviera que resumir este libro en una frase, diría que es un libro sobre la paternidad (la de verdad, no la moñas), sobre el amor a la música (la de verdad, no la dirigida por moñas) y sobre amar a otra persona cuando nunca se ha sabido amar (amar de verdad, no hacer el moñas)... No es una mala idea para un libro, no, y Juliet, desnuda no da en el centro de la diana pero está cerca... Tal vez (y aquí difiero de Fresán, y que el pope me perdone) no sea esta la mejor novela de Hornby, sobre todo porque no logra remontar un comienzo brutal, pero también es la más dura, la que más pone de manifiesto la absurda vacuidad del paso del tiempo cuando no se sabe cómo incorporar ese devenir a un modo de vida (un ocio que para muchos es una parte importante de sus vidas) que lleva muy mal la incipiente calvicie, las canas, la arrugas, y la cima sexual en evidente decadencia, amén de que cada vez es más difícil rodearse físicamente de gente afín en gustos y valores. Hornby se pregunta ¿internet es realmente una solución o una herramienta para alargar un poco más ese reino de nunca jamás?

He citado varias veces a Rodrigo Fresán (http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-4064-2010-11-21.html), pero la crítica que me ha gustado de verdad es la de Kiko Amat (http://www.kikoamat.com/web/2011/02/libro-del-mes-enero-2011-nick-hornby-juliet-desnuda/)


miércoles, 25 de agosto de 2010

Apuntes para las memorias de un ladrón de libros

Lo que escribe Rodrigo Fresán últimamente en el diario "el Público" no es nada comparado con sus artículos en en diario argentino Página 12, digo esto porque a veces, cuando la tienda está vacía y no tengo cajas que sacar ni facturas que revisar ni pedidos que hacer ni nada, me acuerdo de los artículos de Fresán en Página 12 y me sumerjo de pleno. Los artículos de Público son divertimentos de un Rodrigo Fresán que escribe como si lo hiciera desde un futuro lejano o no tanto, y lanza hipótesis, chascarrillos, visiones... y por los comentarios de la gente se nota que más de un despistado no sabe cómo tomárselos. Los de página 12 son otra cosa. Me hice una cuenta de correo solamente para leer esos artículos; evidentemente no soy tan kamikaze como para empaparme además de la vida social, política y cultural de Argentina, aunque quizá debería, pero no, no me veo llegando al colapso mental leyendo diarios del mundo. Y antes de irme por las ramas, paro aquí, corto y pego, y dejo un estupendo artículo de Fresan escrito el pasado 4 de julio, llamadme vago si quereis, tendréis razón, por una vez serán verdad las dos cosas.

Página 12. Rodrigo Fresán. Apuntes para las memorias de un ladrón de libros

UNO Hubo un tiempo en que no pasaba día en que yo no robara un libro. No era que me faltara dinero; pero no hay dinero suficiente para poseer todos los libros que uno necesita leer o, simplemente, mirar, sostener, acariciar, saber que se los tiene, que son nuestros porque ya no son de ellos.

DOS Y, sí, había algo de Robin Hood en eso de robar libros en las librerías de Buenos Aires, la ciudad en la que nací y aprendí a leer.

Insisto, ya lo dije: yo era hijo de padres de clase media-alta. Cultos y reconocidos en sus respectivos oficios. Padres que me regalaban libros para mis cumpleaños y no dudaban en darme dinero para comprar libros. Pero, claro, dentro de un esquema à la Bosque de Sherwood, mi biblioteca era tan pequeña y humilde si se la comparaba con los ricos y abundantes estantes de las librerías.

Y el otro día leí que “el robar libros es la forma más egoísta del robo”.

No estoy de acuerdo.

Robar libros es, en realidad, una forma deportiva de la literatura. Cuando escribimos o leemos estamos sentados o acostados, casi inmóviles. Cuando robamos libros, en cambio, el músculo de nuestro cerebro actúa en perfecta comunión con los músculos de nuestro cuerpo. Cuando se roban libros, uno piensa y actúa y, de algún modo, uno lee y escribe.

Cuando se roban libros, uno es persona y personaje.

TRES Y abundan los casos de ladrones de libros de ficción yendo desde Las aventuras de Augie March de Saul Bellow a Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. Y he perdido la cuenta de los lectores malditos que se roban el Necronomicon y sucumben a su lectura en los horrores de H. P. Lovecraft. Existen, también, variedades del asunto más sofisticadas, como la que practicó Joe Orton cuando sacaba libros de las bibliotecas públicas, alteraba portadas y blurbs y los devolvía cambiados para siempre.

Y aun así, todas estas hazañas de personajes o personas siempre se nos antojan pálidas e inferiores a las nuestras. Porque es imposible que otros –aunque estén mejor escritos y descritos– sientan la intransferible intensidad de lo que siente uno en los momentos previos a robar un libro, en el instante preciso en que lo roba, en el extático minuto después, cuando uno descubre, una vez más, que ha salido de allí y se ha salido con la suya sin ser descubierto.

CUATRO La edad dorada de mi carrera como ladrón de libros tuvo lugar entre los años 1980 y 1985. No existían todavía los controles electrónicos ni los listados informatizados. Todo era unplugged artesanal, verdaderamente artístico.

Y –no me pregunten cómo, no tengo explicación– luego de entrar a la inminente escena del crimen y de seleccionar a mi inmediata víctima, yo sentía casi físicamente cómo era envuelto por una suerte de aura o de halo que me volvía invisible para los empleados de la librería. Algo fuera de este mundo que me capacitaba para hacer lo que quisiera, para llevarme lo que más deseaba. No importaba el tamaño del libro o su valor. Ese libro estaba allí para ser mío, para ser raptado por el más amoroso de los captores, para salir de allí y entrar a mi habitación. Para que sólo lo tocaran mis manos.

En algún momento –por acto reflejo o mecanismo de defensa, uno tiende a reglamentar a los milagros con la esperanza de así poder convocarlos a voluntad– me dije que yo era un elegido, sí, pero que no debía malgastar o degradar mi don robando libros que no me fueran a servir o que no me resultaran indispensables para convertirme en el escritor que yo quería ser.

Y, por supuesto, enseguida me dije a mí mismo que todo libro me era indispensable y, por lo tanto, digno del honor de ser robado.

CINCO Así, fui acumulando hazañas que hoy recuerdo con la melancolía y admiración que se dedica a ciertas estampas y postales de nuestra juventud.

Así, robé a la vista de todos un voluminoso hardcover de la biografía de James Joyce firmada por Richard Ellmann.

Y así, una mañana perfecta de invierno, desafié a quien por entonces era un buen amigo y rival, a otro consumado ladrón de libros, al reto definitivo.

El y yo nos situamos en uno de los extremos de la Avenida Corrientes de Buenos Aires, famosa por la cantidad de librerías que albergaba y que, creo, escribo esto tan lejos de allí, sigue albergando. Y nos propusimos –cada uno de nosotros situados en una de las márgenes de la avenida, escogida previamente luego de arrojar una moneda al aire– robar los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. En orden de publicación.

Debo decir que yo lo conseguí y él no y que nuestra amistad nunca volvió a ser la misma.

SEIS Con el tiempo, claro, fui desarrollando ciertas técnicas más sofisticadas que el simple y físico ocultamiento bajo el abrigo. La que mejor resultado me dio era la de escoger el libro a robar, irme a un rincón poco frecuentado de la librería, dedicármelo a mí mismo y luego acercarme a cualquiera de los empleados, mostrarle el libro que alguien me había “regalado”, preguntarles si tenían otro ejemplar, averiguar el precio, suspirar un “Es muy caro; mejor le presto el mío” y salir de allí con mi copia de las Collected Stories de Francis Scott Fitzgerald (la categoría Collected o Complete es tan robable) súbitamente legalizado y de mi propiedad. A veces, cuando el libro a robar era de un autor próximo y vivo, yo no dudaba en autodedicármelo con palabras emocionadas y agradecidas.

SIETE Y, por supuesto, hubo más de una ocasión en que algo salía mal, en que la protección del escudo dorado se desvanecía a último momento y uno se veía obligado a correr, calle abajo, perseguido por algún librero.

Recuerdo que yo huía con La naranja mecánica en el bolsillo interior de mi chaqueta, y doblé una esquina, y arrojé un billete sobre un mostrador, y entré a un cine donde se proyectaba Los cazadores del arca perdida.

Ya la había visto varias veces, me la sabía de memoria, ya había comenzado esa sesión; pero había algo justiciero y poético en la idea de que un consumado ladrón de tesoros arqueológicos diera refugio a un joven ladrón de libros, pensé entonces, pienso ahora.

OCHO Ahora, en perspectiva, nada me cuesta considerar a ese episodio Burgess/Spielberg como el principio del fin.

Continué robando libros por un tiempo. Pero ya no experimentaba el mismo placer de antes. Me sentía más inseguro. Sin ganas.

Al poco tiempo publiqué mi primera colección de cuentos y así llegó ese momento epifánico en el que –en una feria del libro, en uno de esos virtuales estadios olímpicos para ladrones de libros– contemplé cómo un joven robaba uno de mis libros y, después, me lo ofrecía para que se lo dedicara. “Para X, quien me ha regalado la inmensa felicidad de ver cómo se robaba para leer el libro que yo escribí”, puse en la primera página.

El joven leyó la dedicatoria y me sonrió con una mezcla de orgullo y vergüenza. Más orgullo que vergüenza.

Supe entonces que yo ya había pasado, sin pasaje de vuelta, al otro lado del asunto. Y que –como el drugo Alex al final de La naranja mecánica– yo, completa, desgraciada e irreversiblemente, “estaba curado”.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-3902-2010-07-04.html

domingo, 22 de agosto de 2010

Di Pamplona... o "Quitándome el pan de la boca, vol. I"

Terminé de leer y cerré el libro. Estaba sentado en el centro del pequeño patio tras la Pecera, con bochorno y en "desabillé", en una vetusta e increíblemente cómoda silla de mimbre. Inmeditamente después pensé que arriba solamente me queda la cama y cuatro trastos, y que qué iba a leer yo esta noche si todos mis libros están donde deben estar, pero lejos en ese preciso instante de mí, porque esta noche tengo que quedarme aquí, solo y acalorado, pero al menos que no me quede sin lectura para acompañar mis epilépticos bailes nocturnos al son de los discos de Los Coronas. Cinco segundos que han pasado como cincuenta para reparar en que la librería estaba frente a mí, tras la ventana de rejas, que sólo tenía que entrar por la puertecita de la trastienda y que podía coger lo que me apeteciera. Ya, pero hoy es domingo, y está cerrado. Sí, pero tu eres el dueño. Bueno, tanto como el dueño... ¿Eres el dueño, si o no? Sí, vale, yo soy el dueño, pero estoy en bañador con los pies metidos en un cubo de agua y con el sombrero de paja puesto porque el de ala ancha no lo he encontrado, no puedo entrar de esta guisa a la tienda... Anda, tira y déjate...
Aún así no he podido evitar sentirme como un vulgar ladrón disfrazado de dominguero buscando algo para leer, medio a oscuras, en bañador y descalzo, y cogiendo más libros de los que serían razonables...
Luego me quejo de que la librería está medio vacía...
Aunque sé que es hora de Fresán... Pero he cogido muchos más... Prometo devolver a su sitio los que esta noche no pasen la criba de la bañera... Cuando leo a Fresán me entran ganas de coger un boli... y clavármelo en el corazón para no escribir nunca más... Pero prefiero quedarme con la sensación de que solamente podría leerle a él, porque cuando leo a Fresán me cuesta coger otro libro después... pero aún no he decidido, ni he empezado nada, ni siquiera he abierto "El fondo del cielo"...
Y para rematar, mi cabeza que no para... Qué jodidos son los domingos a veces... Mejor me voy a dar un rulo con la bici, que con el monopatín tengo mucho peligro...

miércoles, 28 de abril de 2010

Mantra, de nuevo


“Cuando empezamos a leer, nuestra relación con los libros pasa por la identificación con el personaje. Así, los lectores primitivos necesitan entrar ahí (no es casual que los libros tengan el mismo mecanismo y aspecto formal que los de una puerta) para unirse a la aventura. Con el correr de los años, el lector deja de identificarse con los héroes de ficción para identificarse con la realidad del escritor. El cómo se cuenta una historia acaba imponiéndose por encima de la historia misma. No estoy seguro, entonces, de que los lectores evolucionen. Pienso que, tal vez acaban perdiendo algo por el camino, lo más importante: la posibilidad de ser uno con el héroe, de combatir y vencer a su lado”.
Rodrigo Fresán, “Mantra”, pag 31.

Fresán suele ser preciso, suele ser abrumador, suele ser narcóticamente revelador, como un paseo al borde del abismo, exultante y suicida, a punto del knock out y dispuesto a despegar en una nave espacial. Ayer en la piscina cubierta vi un ejemplar de “El guardián entre el centeno” en el mostrador de entrada. También había otro de “Crepúsculo”. No quiero pecar de prejuicioso o listillo, pero podría adivinar cuál de las dos chicas que están a esa hora, y que en el momento que yo salía estaban en la puerta, al sol, fumando, está leyendo uno u otro. (“Lo que ha hecho -o deshecho, con pésima prosa- Meyer es trasladar el imaginario de Shakespeare, Austen y las hermanas Brontë a un contexto de High School Musical con vampiros diurnos, guapísimos, sin dentaduras afiladas, conservadores más que bien conservados y muy respetuosos de los ritos matrimoniales.” Fresán de nuevo, extraído de un artículo de internet)

Más adelante, de nuevo en Mantra, Roberto Bolaño aparece veladamente como tutor del joven Martin Mantra, el cual no recuerda si el nombre del tutor era Roberto o Arturo, y recita dos poemas. Uno de ellos dice:

En la sala de lecturas del infierno
En el club de los aficionados a la ciencia-ficción
En los patios escarchados
En los dormitorios de tránsito
En los caminos de hielo
Cuando ya todo parce más claro

Y cada instante es mejor y menos importante
Con un cigarrilo en la boca y con miedo
A veces los ojos verdes
Y veintiséis años

Un servidor.

Inevitablemente, uno se pregunta si el poema será realmente de Bolaño. Nada cuesta imaginar que es un poema de servilleta, escrito velozmente en una noche de conversación entre los autores, en Blanes, en la terraza de un bar próximo a Sonora, en el patio de atrás de La Pecera, mientras yo escribo esto, ellos dos, Fresán y Bolaño, toman algo sentados en una vieja alfombra, apoyados en la pared, al sol, como dos lagartijas, como dos saurios, como dos gatos o dos perros insomnes, escribiendo poemas en hojas que me piden con voz amable a través de la ventana. Si giro la cabeza los veré. Tal vez me sonrían…
Cada instante es mejor y menos importante

Acabo de sentirme viejo...

martes, 13 de abril de 2010

Las cosas de mi mochila



Llueve. 13 de abril. Estos cámbios de tiempo (de temperatura, de presión, de isobaras y de céfiro ánimo) me tienen frito (qué viejo me estoy haciendo) me suenan todos los huesos y me duelen algunos de los puntos de la pierna y el pecho ("pobrecito"). Hoy he recibido noticias inesperadas de un escritor admirado y me he puesto contento.
La pecera sigue medio llena de libros, con los anzuelos puestos aunque hay pocos peces dispuestos a poner en suspenso sus vidas y vivir en otras; claro que hay de todo y a veces bastante tiene uno con lo que tiene, pero la pecera hace aguas y, para qué negarlo, estoy preocupado. Pagos del primer trimestre de Hacienda, autónomo de "mírame y no me toques que no me puedo pillar la baja", grafómano somnoliento (¿dije que por fin acabé "La muñeca rusa"?), opositor de baratillo y váter, café adicto (descafeninado de máquina, que ya sé que no vale pero es que soy muy impresionable, a la par que autosugestionable) me jode sentir que apenas leo.

A Rodrigo Fresán, a Pascal Quignard (que los dioses bendigan a este hombre)y a Eduardo Halfón, de momento, los he dejado aparcados (que no apartados), absolutamente genial pero, quizá para mí en estos momentos, abrumadores y agotadores. Sostengo el ánimo con "Los Trapos sucios" de Mötley Crüe y "Las aventuras de Huckleberry Finn", pero el estudio me tiene frito y hago lo que puedo como librero. Así que para mis humos, leer, lo que se dice leer, pues poco, la verdad. Lo que me he dado cuenta que sí hago es pasear libros, van y vienen conmigo, algunos más pesados que otros, como si ingenuamente pensase que me van a entrar las ganas en cualquier momento y hubiese de estar preparado; bueno, las ganas tal vez no, sino el momento (algo así como si de un bucle picassiano se tratase y la frase "si la inspiración viene, que me coja trabajando" se hubiera convertido en "si puedo leer que tenga un libro cerca") aunque la espalda se resienta. Vaya en bici, andando o en perdigón, la mochila no la suelto, y los libros van y vienen de acá para allá con el consiguiente mareo literario, las lecturas fragmentadas y las tramas cruzadas, como "picar entre horas", que eso no es comer ni es ná y además es malo. A veces hecho de menos la línea 6 de metro de Madrid, como cuando me sentaba sin prisa volviendo de casa de mis tíos y leía sin culpa ni prisa, y hasta me pasaba de parada y pensaba, "bah, como es circular, ya llegaré de nuevo", en vez de bajarme y coger el metro en sentido contrario.

Pedro, un cliente de esos que todo librero quiere tener (no por lo que compra sino por lo que lee o ha leido y por cómo es) me ha traido un libro que está agotado, que sabe que yo quería leer y que, casualmente (o no, pues él fue librero en los ochenta) tenía. "La Enciclopedia de los muertos" de Danilo Kis. Lo he empezado, claro, y me ha dejado como todo lo que he leído de Kis (me ahorraré epítetos para no parecer un moñas) pero por ahora descansa en la mochila y va de aquí para allá conmigo con tan sólo 34 páginas leidas. También ocupa mi bolsa (y destroza mi espalda) los cuentos completos de Antonio di Benedetto, autor del que no he leído nada y sobre el que he leido cosas buenas (si Bolaño dice que es uno de los mejores habrá que hacerle caso) y "Escrito en el cuerpo" de Janette Winterson (este es pequeñito pero hay que tenerlo muy en cuenta) y alguno más, aparte de cuadernos emborronados, bolígrafos, facturas por archivar (la pecera es un caos), cd´s (el último de Wilco entre otros), papeles (entradas de cine, tickets del mercadona, notas varias...) pastillas de sintron y un tampón (creo que Celia lo metió allí el cuando fuimos de viaje y, claro, si no me lo pide pues no me acuerdo que tengo eso ahí -¿algo parecido a la idea picassiana de los libros?-).


Ocho libros son muchos para una mochila tan vieja.
Me gusta escuchar últimamente a The Avett Brothers (mientras escribo esto suenan en La Pecera); "Emotionalism", el glorioso "A Carolina Jubilee" y el imprescindible "I and Love And You" me acompañan a todos lados, aunque ahora mismo alzo la vista y Thelonius Monk me mira desde la carátula de un disco -una de las mejores carátulas de la historia, por cierto- y no sé qué me quiere decir (está al lado de Parzival y unos escritos de Satie, ¿significará eso algo también?) Seguramente no. Qué cojones, voy a poner mi composición preferida de Celedonio Monje, los peces de La Pecera lo merecen...
Solamente quería escribir algo.

martes, 28 de abril de 2009

Saltar por los aires

Rodrigo Fresán. Historia con monstruos (Dentro del libro de relatos "La velocidad de las cosas" Ed. Random House)

"Hay algo en las mujeres disfuncionales que las vuelve irresistibles, pensó él y no fue más lejos. No llegó a pensar -o prefirió no hacerlo- que ese algo es, justamente, la capacidad que ellas tienen de destruir a los hombres sin sentirse responsables de los efectos de esa destrucción. Inútiles para casi todo, esas mujeres mecánicas descubren un oficio secreto en el que son insuperables y se lanzan a su práctica con perfecto entusiasmo y dedicación. Las mejores -las verdaderas artistas de la cuestión- son las que funcionan como el bien aceitado detonador de un apocalipsis que ya anidaba dentro de hombres que las eligieron para que ellas les regalasen la oportunidad de romperse en pedazos imposibles de volver a unir, las que saben que su locura consiste en volver locos a los otros mientras ellas parecen cada vez más perfectamente cuerdas. La locura como virus de alto contagio. Eso fue lo que le pasó a él. Se fueron del cine mientras Kirk era teletransportado hacia el planeta Urkh-24 y el público gritaba entusiasmado. Un falso mister Spock y un falso guerrero Klingon luchaban a muerte en el pasillo del cine cubierto de envoltorios de chocolate y baldes vacíos de popcorn. Fueron a su hotel y al de ella, que, como correspondía a los verdaderos caprichos del destino, era el mismo y no recuerda de quién era el cuarto al que entraron esa noche pero sí que se demoraron un par de días en volver a salir. Flotaron ahí dentro, gravedad creo, en una habitación lujosamente absurda y blanca, muebles franceses estilo Luis XVI. Un lugar donde evolucionar y ser mejores porque -no sabía nada del amor ni de sus dobles filos- él siempre había pensado que el amor no podía ser algo malo. Recuerda que empezó a desvestirla y, otra vez, el poder avasallador de las casualidades y el espanto telepático de una idea compartida (más que el supuesto y un tanto sobrevalorado milagro de un orgasmo simultáneo) lo arrasó para siempre. El implacable poder de las locas invisibles."
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