Mostrando entradas con la etiqueta Hrabal. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Hrabal. Mostrar todas las entradas

viernes, 6 de octubre de 2017

TRENES RIGUROSAMENTE VIGILADOS. Bohumil Hrabal

TRENES RIGUROSAMENTE VIGILADOS. Bohumil Hrabal. Editorial Seix Barral.
Reseña aparecida en el número 221 de la revista LA AVENTURA DE LA HISTORIA

Fotograma de la película basada en el libro de Hrabal, de Jiri Menzel


La vida de Hrabal impregna su obra y es a través de ella como uno puede acercarse a la vida, no ya la de Bohumil, sino de un siglo, el pasado, para encontrar e iluminar retazos de la propia; tal es la fuerza narrativa del escritor checo. La Editorial Seix Barral recupera con mimo esta ya clásica novela que nunca ha llegado a desaparecer del todo de las librerías de nuestro país. La obra de Bohumil Hrabal (1914-1997) refleja como pocas el heroísmo cotidiano del hombre, de cualquier hombre, común, gris, vital y monótono, sumido en el surrealista devenir de la vida. Sus libros, y este en particular, están repletos de gags y humor negro que rezuman sabiduría popular y preguntas siempre sin contestar.

Trenes rigurosamente vigilados (1965) es una novela construida a partir de un relato anterior, llamado “La leyenda de Caín”, de 1945, inspirado El extranjero de Albert Camus. Aquí, en lugar de un fratricidio, lo que se comete es un intento, frustrado, de suicidio. Durante esos 20 años, Hrabal dejó madurar esa historia. Mientras tanto, sus cuadernos se llenaron con historias y anécdotas de ambiente ferroviario, que escuchaba en las tabernas o que vivió él mismo (uno de los trabajos que desarrolló a lo largo de su vida y de los que en su obra da buena cuenta; además de ferroviario también fue metalúrgico, prensador de papel y tramoyista). En los sesenta retomo aquella historia y surgió este maravilloso libro, pequeño y divertidísimo (la primera mitad está repleta de disparatados malentendidos que esconden verdades tan terribles como livianas),  que gravita sobre un hecho trágico: la ocupación nazi de la antigua Checoslovaquia y cómo sus ciudadanos la vivieron con tan humanas contradicciones. La verdad como un desvelamiento que solo tiene fin cuando se toma partido y se asume el destino que ello conlleva. La burlona levedad de la vida de una pequeña estación mezclada con la tragedia más descarnada en unas páginas llenas de una belleza arrebatadora que siempre merecerán ser rescatadas.  

Juan Miguel Contreras.

lunes, 20 de enero de 2014

El hombre con el cubo de estiércol visita la Casa del Lector de Madrid

Lunes.

Removí el café y me senté tras encender la radio. Después de poner a Supertramp y a The Beatles, en Radio Andalucía Información, descubro que una dulce locutora está relatando la historia de las canalizaciones de agua desde las ciudades sumerias hasta la actualidad, monótonamente, saltando a través de los siglos como quien salta de un charco a otro sin importarle cuánto pueda salpicar. Tristeza y alegría a la vez, monotonía y sosiego. Cuando terminó: París, siglo XIX, y tras un segundo de silencio, comenzó a sonar "Wonderful World", de Sam Cooke, sin que la locutora lo anunciase. Tuberías en un mundo maravilloso. Levanté la cabeza del libro del libro que estaba leyendo (Nostalgia, Cartarescu), sonreí con ganas de soltar una carcajada pero no pude. Un francés con levita y mitones mea y entona a Sam Cooke mientras cultiva las razones objetivas de su chovinismo al ver cómo sus heces se van por el retrete comunitario que le acaban de instalar... Quise volver a la lectura, pero no pude. Vagabundeé por la casa y acabé sentado en el suelo. Acababa de amanecer. Todos dormían aún.... Me lamenté de no recordar la canción de Supertramp (¿"Crime of the century" tras hablar de las letrinas romanas?); la de The Beatles fue "The fool on the hill", y supongo que sería cuando hablaba del origen de la peste negra... Comienza un nuevo programa y no me gusta la música que ponen, así que elijo algo de la estantería y dejo que el saxo tenor de Ben Webster me mantenga un poco más en transito del bostezo a la rutina. Mientras, recuerdo el comienzo de la biografía de Hrabal escrito por Zgustová... Aún no lo he terminado... A la falta de tiempo se le añade que me siento con la intención de absorber cada palabra... Como un chiste malo contado en una cervecería de Praga, las pastillas y las altas horas en las que puedo coger el libro, hacen que la mitad de las veces me duerma a la tercera página... La mitad de las veces, la otra mitad no, y ahí es cuando empieza lo bueno...Hace un par de semanas recibí un correo de una amiga en el que me contaba que la editorial Galaxia Gutenberg va a reeditar este libro "Los frutos amargos del jardín de las delicias", así como a publicar un libro de Bohumil Hrabal que nunca había aparecido en castellano aún. También me comenta algo sobre un exposición en Madrid con motivo del centenario de su nacimiento. Enciendo el ordenador y busco la noticia en la página del Centro Checo... La encuentro: (http://madrid.czechcentres.cz/programa/event-details/100-aos-desde-el-nacimiento-de-bohumil-hrabal/). Recuerdo cómo se abre el libro de Zgustová y también recuerdo el fragmento de "La pequeña ciudad donde el tiempo se detuvo" sobre una mujer joven y hermosa, sobre unas cintas que recogen un pelo larguísimo, sobre una letrina, un vestido, unos nervios incontrolables ante la invitación de un guapo hombre para bailar... Tengo sobre la mesa el libro de Zgustová, el de Hrabal no, está en el dormitorio y no puedo entrar a buscarlo...Ya que dispongo de tiempo antes de que los niños se despierten, abro el abandonado blog y escribo...

Emma Srnova, CAT KING BOHUMIL HRABAL
1994

"Es el día primero de mayo, a principios de los años cincuenta. La pequeña ciudad de Nymburk -como todos los pueblos y todas las ciudades de esa parte del Europa que, unos años atrás, se convirtieron en comunistas- celebra la Fiesta del Trabajo. Los obreros de las fábricas, los empleados de las empresas estatales, endomingados, se han puesto en filas y marchan por las calles adornadas para la fiesta con flores de papel y banderitas checoslovacas y soviéticas. Los escolares y los estudiantes cierran la procesión, todos vestidos con los uniformes de la juventud comunista: camisas azules o blancas, pañuelos rojos de tres puntas atados al cuello,
La procesión pasa por la avenida principal, después gira a la derecha; y entonces, de repente, un extraño caos se introduce en el orden rígido de las filas, las muchedumbres susurran, señalan algo con el dedo, sonríen, los niños y estudiantes se tronchan de risa y dan saltos para ver mejor: de una bocacalle acaba de salir un hombre vestido con una camisa de cuadros, un mono y un casco de obrero; del extremo de un largo palo, que lleva apoyado en el hombro, cuelga un cubo que desprende un insoportable hedor a excrementos: el hombre está limpiando el pozo de la letrina y se lleva la porquería. Lentamente, el cubo procede al encuentro de los ciudadanos vestidos de fiesta, se balancea de un lado a a otro, y los participantes de la procesión se olvidan de agitar las banderitas y las flores de papel; con la boca abierta miran el cubo apestante y, mareados, se hurgan los bolsillos buscando un pañuelo. Como si estuviera solo en el mundo, el hombre con el cubo en lo alto da la vuelta a la esquina y se aleja, majestuosamente, llevando su carga al campo. Como se arrastra la cola del traje de un rey, un velo apestante sigue al hombre del cubo; su extraña sombra. Él también celebra su fiesta particular: limpiar la letrina y transportar los excrementos representa para él una especie de limosna filosófica; en ella, él es el sacerdote que rinde homenaje al ciclo de la vida, trajinando lo humano más allá de donde surgió. Un cubo tras otro lleva a los campos y, sin prisa, vierte ceremoniosamente su contenido sobre la tierra como abono. Se deleita ante la belleza de su rito anual y, en aquel instante, hasta la condición humana con sus metamorfosis le parece sublime."

sábado, 26 de octubre de 2013

Perkeo, la máquina de escribir atómica propiedad de Bohumil Hrabal

Por cuestiones diversas, últimamente estoy un poco descoordinado intentando mantener una mente sana en un cuerpo que no lo está tanto. Un nuevo cambio en la medicación ha hecho que, entre otros síntomas, ande un poco lento y a veces no piense con claridad (ayer me costó horrores encontrar la palabra "poncho" en una frase que quería decir). Lo pone en el prospecto, aunque me dicen que es transitorio, hasta que mi cuerpo se habitúe. A veces, cuando me siento torpe, intento ejercitarme repasando de memoria las distintas formaciones de Deep Purple o Thin Lizzy, los títulos de los libros de Bolaño, el índice de "La crítica de la Razón Pura" de Kant o pruebo a recordar al menos quince películas de Woody Allen. A veces no tengo suerte y me cabreo, mucho. Me repito que es transitorio, pero a veces tengo dudas... Cuando puedo, escribo, y parece que eso me desentumece un poco, sobre todo cuando llevo un rato y parece que mi cabeza empieza a funcionar como acostumbra, y si estoy valiente, pruebo a escribir cinco o seis frases largas subordinadas; aunque, como estos días estoy peor de todo, he optado por copiar fragmentos de libros; al principio pensaba que con leer bastaba, pero la mayor parte de las veces me acabo durmiendo (parezco el primo feo de la bella durmiente), así que tecleo fragmentos...  Reconozco que funciona, me gusta, entre buscar qué copiar y ponerme a ello, me siento menos abotargado...Copiando un fragmento de "Los frutos amargos del jardín de las cerezas", el libro biográfico de Hrabal escrito por Monika Zgustová, he recordado que mi amiga Andrea me regaló una vez un dibujo de una máquina de escribir idéntica a la que usaba Hrabal, la cual se ha convertido en símbolo de mi editorial fantasma...Si miro a un lado y veo la pila de libros por leer (y que el sopor farmacológico no me deja), puedo ver: Zamiatin, Leonid Yusefovich, Pilar Gómez Rodríguez, Sorel y Chaves Nogales... Me siento como un Bartleby escribiéndole cartas a Pierre Menard... "Querido Pierre, el fragmento del libro de Zgustová que te remito es una jodida maravilla, tanto en fondo como en forma... yo estoy bien, aunque entre unas cosas y otras parece que cada vez tengo menos ganas de nada.. En fin, espero que te guste... No tardes en contestar..."

Dibujo de Andrea Hauer
"Cuando brillaba el sol, salía los días de fiesta de su piso frío y húmedo en la periferia de Praga, con la máquina Perkeo en las manos; bajo el brazo se ponía un montón de papeles con el encabezamiento de la empresa Klofanda, donde había trabajado a finales de los cuarenta y de donde, tras la liquidación de la empresa, se llevó decenas de kilos de papel medio transparente; por la mañana se sentaba y escribía en el patio; por la tarde, cuando los edificios le tapaban el sol, se subía al tajado y escribía en su Perkeo "atómica" hasta que el sol se ponía detrás de la casita del lavadero; entonces trasladaba la silla que le servía de mesita al lugar donde quedaba el último rojo de sol y allí se quedaba hasta la puesta definitiva. Puesto que el tejado estaba inclinado, tuvo que cortar las patas de la silla donde colocaba la máquina y, además, las del taburete donde se sentaba. Primero las cortó tan mal que acentuó la inclinación aún más, después las cortó de tal manera que compensaban la inclinación hacia el otro lado, así que la máquina de escribir le resbalaba hacia el regazo, y sólo al tercer intento consiguió que su Perkeo atómica reposara horizontalmente.

Así, en el tejado del cobertizo, haciendo un ruido nada menospreciable con su máquina, cuyo chirrido se oía por todo el patio, Hrabal, con las piernas separadas entre las que sostenía la silla con la máquina, picaba furiosamente las teclas de aquella máquina minúscula; de vez en cuando alguna quedaba bloqueada, pero él la arrancaba brutalmente para lanzarse a escribir otra vez; depositaba sobre un montoncito las páginas escritas y como pisapapeles colocaba una piedra; enrollaba otra hoja y, ¡hala!, las teclas de la pequeña Perkeo, de esa máquina alemana, modernista, sin un solo signo diacrítico, tintineaban como en el desorden de una batalla cuerpo a cuerpo salta del tumulto ahora un brazo, ahora una pierna. Hrabal se calaba hasta los ojos un sombrero viejo y gastado para que el sol no le cegase; otras veces lo que quería era, precisamente, deslumbrarse con los rayos primaverales mientras escribía y entonces se ponía el sombrero en la nuca.

Escribía como vivía, y puesto que su vida no era exactamente un ejemplo de orden, su estilo también resultó despeinado, desordenado, y sus textos llenos de errores de mecanografía. En su antigua herrería en Líben solía tener siempre encima de la mesa la máquina y, a su alrededor, montones desordenados de páginas escritas, además de toda clase de medicamentos, una o dos botellas de cerveza vacías, un plato lleno de migas, y una silla cubierta de ropa desordenada. Sólo a veces limpiaba la mesa, la adornaba con un mantel blanco y unas flores para tener la impresión de orden. Dejaba sus textos a medio terminar a propósito porque quería que se parecieran a su vivienda y a su barrio donde habitaba, que se derruía, donde la pintura se caía y las paredes de desconchaban mostrando los ladrillos desnudos, aquel barrio donde, en cada patio, la basura salía de las bocas abiertas de los contenedores, que parecían monstruos legendarios. La literatura de Hrabal era la imagen viva de todo lo que le encantaba, de los patios de Praga llenos de restos olvidados de materiales viejos, de alambres, de tornillos, tubos y toda clase de desechos; sus textos intentaban parecerse a las viejas fábricas abandonadas con sus cristales rotos y las paredes llenas de inscripciones dibujadas con tiza blanca y espray negro"

Ed. destinolibro, pág 145-146

domingo, 29 de septiembre de 2013

Camas pequeñas y pijamas feos

La cama me viene un poco justa. He de dormir de lado y con las piernas encogidas. No tengo suero puesto, por lo que duermo bien, la vía no me molesta, a lo sumo estiro el brazo y listo. Ayer llovió cuando anochecía. Leí mucho, me leí el cómic de “Malas Ventas” de Alex Robinson. No me hicieron ninguna prueba, pasé el día el blanco en ese sentido. Es duro estar lejos de casa. Debería haber puesto esa frase entrecomillada, parece el verso de una canción de puro ñoña. El susto también ha pasado, hay un momento en el que uno deja de pensar, dobla su voluntad como se doblan los pantalones al meterlos en el armario pequeño en la esquina de la habitación y se deja hacer. Sé lo que me pasa y sé cuál es el fin. Lo que me da miedo es el trayecto, y sobre todo qué médico se erige como “decididor” de mi paso por aquí. No debería estar aquí. No lo digo porque no lo merezca o porque haga gala de una mortificación sensiblera, no; lo digo porque es fin de semana y no me han hecho ninguna prueba y, además, yo me encuentro bien (normal en mi peculiaridad, como antes de venir por urgencias).


Veo pasar por la puerta una paciente, de unos cincuenta años; lleva en la cabeza un pañuelo de un azul más oscuro que el pijama que parece sacado de una película de los años veinte, con una extraña forma, como anudado por delante elegantemente. Sus zapatillas son rosa con lentejuelitas azules y verdes. Extraño sitio este para engalanarse. Ha amanecido bonito, entra el sol por la ventana y se escucha el ruido de una fuente en el patio interior del hospital. Me gustaría poder vestirme e ir a buscar a mi hijo para dar un paseo junto a él y su madre. Las auxiliares hablan mientras cambian las sábanas de mi cama y lavan a Trinidad (mi compañero de habitación, un campesino de 84 años con los pulmones machacados) sobre una paciente un par de habitaciones más allá, dicen que está loca, que no quiere tener a nadie más en su habitación, que le molesta la gente. Dicen que su hijo también está ingresado, en la habitación frente a la suya, y que es igual. La alta alcurnia y las ínfulas tampoco casan bien en este sitio. me ha dado por escuchar "Planet Waves" de Dylan con The Band. Me paro constantemente en "Forever young" y me acuerdo mucho de Pavel. Nunca había dormido lejos de él en su año y medio de vida. No tengo ganas de afeitarme. A ratos leo un libro que he tardado 14 años en conseguir. “Los frutos amargos del jardín de las delicias” de Monika Zgustová, una biografía de Bohumil Hrabal que editó destino en 1997 y que ni en mis años de librero pude conseguir. Hace dos semanas me saltó un aviso en mi correo, que aparecía en Iberlibro y, claro, lo compré inmediatamente; además era mi cumpleaños. Es un libro precioso, más allá de lo que yo pueda amar y admirar al personaje y a la persona Bohumil; es un libro maravillosamente escrito (imita, sin chirriar, el estilo barroco y desbocado de Hrabal) y reproduce muchos de los textos que escribió durante toda su vida, sobre todo sus primeros poemas, sus primeras intentonas. Evoca perfectamente la idea que uno (yo) se ha hecho a lo largo de los años sobre él, y la sensación de perpetua ternura y melancolía hacia su vida y sobre todo hacia la manera en la que vivió, es continua. Leo como a sorbos, como si el libro fuese una trampilla por la que meto la cabeza y me saca de aquí; como todo lo relacionado con medicinas, agujas y artilugios galénicos, la evasión es breve, no puede alargarse mucho. Me acaban de tomar la tensión. Un asco. Y eso que me acabo de levantar. Es una pelea de la que ya ando algo aburrido, esta que tenemos mi corazón y yo. Es como si tuviera un gigante bobo dentro del pecho, como Hodor de “Juego de Tronos”, es un buenazo, pero el cabrón me está destrozando y su empecinada desmesura va a acabar conmigo como me despiste. “Corazón de perro”, como el libro de Bulgakov, no casamos bien pero algo nos debemos de querer cuando la mayor parte del tiempo intentamos mantener vigente el tratado de no agresión que firmamos desde la niñez y unas fiebres reumáticas nos enemistaron para siempre.

El nuevo libro está totalmente preparado, el proyecto elaborado y enviado a los gestores de la página de Verkami, a la espera únicamente de su aprobación definitiva. Lo único que falta por mi parte es concretar con ellos la fecha del “lanzamiento” de la propuesta. Después de eso, tendré 40 días para intentar conseguir la cantidad necesaria para poder publicar el libro, que para más recochineo se titulará “Cardiopatías”. Es un título que ya lleva puesto siete años, y ya me puede dar otro amago y/o angina o como sea que llamen a esta guerra privada, que no lo cambio.


Robo la conexión del móvil de alguien para poder dar señales de vida en este mundo irreal, esta otra ventanita que, al igual que el libro sobre Hrabal, me saca un poco de aquí… Siento si hay faltas, erratas o incongruencias…

miércoles, 18 de enero de 2012

Libros como cuervos sobrevolando tu cabeza. La Armonía celestial de Péter Esterházy.


A veces parece que hay autores que te buscan; sin saber cómo, van apareciendo alrededor tuyo libros de un autor, y al final te ves abocado a leerlo, y en buena hora, y piensas cómo no lo habías hecho antes, pero tampoco te mortificas mucho ni te culpas de tu ignorancia; sin llegar al punto en el que das por bueno lo que literariamente vas encontrando, te sumerges en la lectura sin importante un cojón qué se cueza, qué nueva casta de escritores pugne a empujones por sacar su cabeza por encima de otros (darse una vuelta por blogs literarios a veces da mucha grima, por no decir asco, repletos de pagados de sí mismos con ganas de autobombo; vivan los blogs rockeros...). Peter Esterházy ha ejercido su derecho al acoso y derribo y ahora me tiene en vilo.

De vez en cuando reviso los libros disponibles de Bohumil Hrabal, sabiendo que nada nuevo encontraré (Topo dixit), pero aún así yo insisto, no vaya a ser... En los listados siempre aparecia un libro llamado "El libro de Hrabal" de Peter Esterházy, y yo que buscaba (y busco) "Los frutos amargos del jardín de las delicias" de Monika Zgustová (biografía de aquél) no he dado con él, y el préstamo interbibliotecario no me vale porque en la red de bibliotecas tampoco está. El caso es que un mes antes de dejar de ser librero, me pedí el libro de Esterházy "sobre" Hrabal, y digo "sobre" porque su presencia en la novela es referencial: un escritor sin dinero escribe cartas con su mujer a un Hrabal imaginario mientras dan cuenta de sus penurias y las de su país (Hungría). Lo he empezado varias veces, pero es de esos libros que requieren toda su atención, y desde que dejé la librería he dispuesto de todo menos de tranquilidad y sosiego para tirarme un día completo leyendo (los lunes al sol no son tan plácidos como dicen...). Uno de sus libros se llama "Una mujer"; lo vi en la Librería Pasajes, pero acabé comprando "El libro de Nonelle" pensando que recordaba haberlo visto en la biblioteca. Y la editorial Acantilado ha sacado un par de títulos de él (me siguen llegando boletines de editoriales...). Y "Pequeña pornografía rusa" debería haberla comprado cuando seguía disponible y la vi en Méndez.

Me he mantenido lejos del remolino sin saber por qué, sobre todo cuando me he dejado llevar por otros remolinos literarios tanto o más absorventes; pero Esterházy nada. Luego encontré en la biblioteca un par de títulos de él, que me traje a casa, pero que leí a vuela pluma, abriéndolo al azar, como un juego, como si me resistiese a leerlo. Las montañas altas a veces dan miedo. Danilo Kis, Mircea Cartarescu y Peter Esterházy forman el power trio de autores que me rondan y a los cuales me resisto sin motivo, como si sonase el teléfono y supieses que te llama Tom Petty o Anita Blonde y no te atrevieses a cogerlo por un temor visceral a no estar a la altura. Un jueves devolví los libros de Esterházy y seguí a lo mío, perplejo ante las barrabasadas de Olmos y más perplejo aún ante lo que mi vida diaria me deparaba y que aún no sé conjugar para escribirlo aquí. Al día siguiente salimos de viaje.

Cuando llegamos a la casa rural, se dio cuenta de que tuve el impulso de sentarme frente a la pared repleta de libros del hall y por el que irremediablemente había que pasar para ir a las habitaciones, pero ni ella dijo nada ni yo me paré. Un regalo es un regalo, y acostumbrado como estoy esforzándome porque la revolución me pille elegante, por las mismas razones también la pobreza, así que con un latente sentimiento de no merecer, al anochecer salí de la habitación con la excusa de prepararme un té para admirar la biblioteca de aquella casa rural propiedad de una excesiva pareja germano-hispana. Y allí estaba, claro, el escritor húngaro, entre libros en alemán, revistas de arte, la colección completa de Superhumor, Verne, Stevenson, preciosos libros de mapas y guias de Lonely Planet. Armonía Celestial, el nombre del libro era, y es, ese. Cogí varios ejemplares y volví a la habitación. Me miró al entrar y sonrió. El albornoz le quedaba perfecto, y justo antes de sentarse en la cama se le calló el cinturón; yo llevaba puesto uno igual, blanco y un tanto áspero, como suelen serlo por el uso continuado de lejía y cloro de las lavanderías. "No se te ocurrirá", dijo. No, claro, respondí. "Mañana por la mañana los dejas donde estaban", insistió. Él ha dicho que podemos coger los que queramos si queremos leer algo. "¿Y en un día vas a leerte dos revistas de esas (Ars Magazine, algo así como la playmate suprema de las revistas de arte, nota...) y cuatro libros, aparte de los dos que te has traído de casa?". Tienen la colección del Superhumor, contesté mientras pensaba que uno nunca sabe cuándo va a encontrar un ratito para leer. "Tú ya sabes a qué me refiero, mañana las dejas donde estaban...". No supe qué contestar... Qué calor hace con la chimenea, yo ya no sé qué quitarme, murmuré...

Más tarde abrí al azar el libro de Peter Esterházy, página setenta (70), edición de Galaxia Gutenberg, tapa dura con sobrecubierta, leí: 52. "Mi querido padre pensaba en mi querida madre en muchas ocasiones. Por ejemplo, al cortar una rebanada de pan. al quemar el puente de Eszék. Al iniciar el proceso judicial contra los directivos de Banco Agrario. Al hacer frente, un jueves y delante de su casa, al ataque de unos desconocidos armados con bates de béisbol. Al constatar que este país se había gastado un montón de dinero en reestructuraciones de todo tipo, pero que se olvidaron de reestructurar algo, el pueblo, y que hasta que eso no ocurriera , no habría paz social. Al volcarse definitivamente, durante los años inmediatamente anteriores a la Revolución Francesa, hacia el clasicismo. al perder su estilo el virtuosismo que solía tener (por decirlo con pocas palabras). Al preguntar por dónde navegaban los barcos húngaros. Al escuchar las predicciones del hombre del tiempo. Tenía mi querido padre un enorme escritorio desprovisto de estructura superior y compuesto de una tabla lisa, un escritorio del barroco tardío que se popularizó a finales del siglo XVIII, y sentado a ese escritorio arreglaba los asuntos del Estado y a la vez pensaba en mi querida madre. Sentado a su escritorio pensó en mi madre e imaginó qué ocurriría si ella se metía debajo del escritorio, en silencio, sin saludarlo siquiera, y como una perrita con su cabeza, con su cabezota, separaba las rodillas de mi querido padre, sus muslos -mientras, encima del escritorio, éste transformaba los asuntos del Imperio, cambiaba destinos, corregía frases y echaba un vistazo a la correspondencia del día-, etcétera, sin usar las manos, simplemente con los dientes, con la nariz o con el mentón, por no entrar en más detalles, y llegaba hasta los límites de lo imaginable (mi querida madre), pero sin excitarlo hasta el paroxismo, manteniéndolo en el mismo fogoso estado, manteniéndolo así, recordándole a mi querido padre si existencia todo el santo día. (Todo el santo día: incluso cuando mi padre acusaba a la dirección de la joven troupe del nuevo teatro -de Kecskemét- de ocuparse de la cría de ocas y de despreciar al público de provincias, aunque muchos representantes renombrados de la profesión los defendieran. Y como para no perder tiempo mi padre comía sentado a su escritorio, proporcionaría, a modo de descanso, algún que otro bocado a la que estaba debajo del escritorio. ¡Prohibido hablar o tocar!) "Querido mío, usted es un pervertido", constató mi madre tristemente tras escuchar los planes que él tenía en mente para ese día. Sin embargo, mi padre siguió argumentando, hasta que..., ¡milagro!, mi padre llegó a cambiar a tal punto las dimensiones sensuales de mi madre que ésta traspasó los límites (del escritorio, ja-ja-ja), así que mi padre se vio obligado a llamarle la atención, aunque en tono de broma, y a recordarle que al fin y al cabo mi madre era una madre de familia católica con cuatro hijos. "¿Verdad?" "Claro que sí, corazón mío", respondió mi madre, asintiendo con la cabeza pero sin echarse atrás. El genio ya había salido de la botella."

Al final dejé el libro en el mismo lugar, del cual, por el marco de polvo fino, nadie había sacado del allí en algún tiempo. Va a resultar que soy un caballero después de todo. Me sumergí en la luz de invierno, del descanso del guerrero, me convertí yo mismo en el descanso de alquien que no soy yo pero me quiere a su lado, dejé pasar las horas, miré el fuego consumiéndose como si buscase una señal de lo que debo hacer, tuve baños de sol y sueños sin luna, desayunos con dibujos en hojas amarillentas y cenas sin lapiceros, paseos con rodeos y baños sin sobre. Creía que el libro estaba descatalogado y al subirme en el coche el domingo para regresar a casa lamenté no ser un simple ladrón y sí un vulgar hombre. A los dos días decidí probar suerte en la red y lo encontré en perfecto estado (según web) en una librería de segunda mano en Mallorca a un precio que al propio Esterházy le hubiera provocado sonrojo y asombro, me armé del valor y del empuje moral que me faltó días atrás y lo pedí. Llegó en mejor estado del que yo esperaba, y mientras uno de mis mejores amigos espera que me lea de una vez Lulú de Mircea Cartarescu (¿porqué no lo han llamado "Travesti" como el original rumano?) y le llame para hacer el party line literario del mes, estoy knockeado con la prosa del jodido Peter. Tenía miedo al tornado y ahora estoy como Totó, disparado hacia un Oz llamado Hungría de la mano de la familia de los Esterházy, siglos atrás, siglos adelante, 830 páginas. La escucha mientras tecleo todo esto del disco "The king is dead" de The Decemberist tendrá mucho que ver en el caos y el sentimentalismo de todo lo tecleado hasta ahora, pido disculpas por ello. Libros que te desarman, que te ponen en los labios la pregunta de quién eres tú, de dónde vienes... ¿Armonía Celestial? Igual sí...


jueves, 10 de noviembre de 2011

La parte de un momento son los diez próximos minutos, una vida. Jiří Menzel

Conocí el cine de Jiří Menzel como se conoce determinado tipo de cine cuando tus libros de cabecera no son los de Truffaut o los de la Editorial Plot (que están, pero no en la cabecera), es decir, conocí su cine por las adaptaciones que de los libros y los relatos de Bohumil Hrabal, más concretamente por la oscarizada película "Trenes rigurosamente vigilados", basada en el libro del mismo nombre, Menzel ha hecho. A partir de ahí, a lo largo del tiempo he intentado ver el trabajo conjunto que realizaron y sus películas independientes de la sombra de Hrabal (al menos las que están subtituladas, el checo no es un idioma fácil precisamente).

Según la página http://www.czech.cz: "Director de cine y de teatro, actor, titulado por la Escuela Superior de Cine (FAMU, en checo) y representante de la "nueva ola" checa y uno de los más importantes cineastas checos. La mayor parte de sus películas son adaptaciones de obras literarias . Sobre todo ha llevado a la pantalla obras de Bohumil Hrabal y de Vladislav Vančura.  Es precisamente una adaptación de la novela de Bohumil Hrabal la película por la que consiguió un Oscar: Trenes rigurosamente vigilados. También ha actuado en numerosas películas, siendo su papel más interesante el de la cinta "Jugarse la manzana" (Hra o jablko, en checo), de Vera Chytilová o en "El crematorio de cadáveres", de Juraj Herz. Lo mismo que en el caso de Chytilivá, Forman y en el de muchos más, al principio de los años setenta se le prohibió hacer cine. Después, en la década de los ochenta, filmó una serie de espléndidas comedias (Vesničkomá středisková "Mi dulce pueblecito" obtuvo la nominación al Oscar). Últimamente se dedica a la dirección teatral".


Tres cosas. Una: Si alguien quiere saber mi opinión, una de las películas más hermosas que he visto en mi vida ha sido "Alondras en el alambre", filmada durante el invierno previo a la primavera de Praga del 68, con guión de Menzel y Hrabal y basada en relatos de éste ultimo, aunque su prohibición y las visicitudes derivadas de ello hicieron que no se pudiera ver hasta 1989. La empresa Intermedio (http://www.intermedio.net/web/), dedicada a rescatar joyas del cine no americano, la tiene comercializada, y comparando lo que da el visionado de esa película con lo que cuesta, es un regalo. Dos: Ver "Yo serví al rey de Inglaterra" es un deleite. Dos punto uno: Esto creo que ya lo he dicho antes más de una vez. Dos punto dos: Pido disculpas por ello. Tres: Esta semana, por pura casualidad ratoníl (ir de un lado a otro de la web, pinchando links y acabando donde menos te lo esperas sin saber realmente por qué) di con un corto de Menzel. Lo ví porque era de Menzel, claro, y me encontré con los diez minutos  que más embobado me han dejado y sobre los que más vueltas he dado en los últimos meses. Hay que tener en cuenta que soy un flojo, y según el día no hay dios que me aguante (y otros no hay perrito desvalido que me conmueva). Buscando qué era lo que había visto (porque necesitaba hacerme con ello físicamente) encontré que era  el corto con el que Jiri Menzel participó en el proyecto "Los diez próximos minutos" (Ten Minutes Older, 2002), llamado Okamžik (One moment), y en él Menzel realiza un homenaje a su actor preferido, Rudolf Hrušínský. Si es un homenaje, es el más bonito que he visto nunca; si es la historia de una vida, es la historia más reconfortante que he visto; si esto es parte de lo que es el cine, me quedo con esta parte y al resto que le den; una cosa es cierta, es una obra de arte, y es una puta maravilla.


¿De qué nos salvará la belleza? ¿Acaso debe salvarnos de algo? ¿Hacer soportable la vulgaridad de la vida es salvarnos de ella? ¿La belleza es algo más que disfrute estético y quedarse en eso sólo nos vuelve viejos? Quizá contestar a lo último que sí, nos salva de muchas cosas.


sábado, 5 de noviembre de 2011

Poner margaritas en el vientre de una mujer....


Llueve. Repaso con los ojos y las manos los libros repartidos por las estanterías, sin orden... o con el mismo orden con el que abro y leo de nuevo... No sólo recuerdo un tiempo pasado, cuando leía con avidez a Bohumil, sino también lo que me pasaba en ese tiempo. Recuerdo a la vez la película de Jiri Menzel, las imágenes son de ella. Volver para encontrarse es lo mismo que releer para recordarse...

“[...] estaba tendido desnudo y miraba el techo, la rubia acostada a mi lado, miraba igualmente el techo, y de buenas a primeras me levanté y saqué del florero una peonía y quitándole los pétalos, cubrí el vientre de la señorita, todo él, aquello era tan hermoso que me sorprendí y la señorita se levantaba y miraba también su propio vientre, pero las peonías se caían, así que la volví a acostar tiernamente, para que quedase tendida, y fui a coger un espejo colgado de una escarpia y lo puse de tal manera que la señorita pudiese ver qué hermoso era su vientre decorado con los pétalos de peonías, le dije que sería hermoso, que siempre que viniese y hubiera flores a mano, le cubriría la tripita con ellas, y ella dijo que esto aún no le había sucedido nunca, semejante honor a su belleza, y me dijo también que se había enamorado de mí por aquellas flores y yo le dije que sería hermoso que, cuando en Navidades cortase ramitas de abeto, le cubriese la tripita con aquellas ramitas, y ella dijo que sería más hermoso si le decorase el vientre con muérdago, pero que lo mejor de todo sería, y esto lo tenía que encargar, que hubiese un espejo colgado desde el techo justo sobre el canapé, para que nos viésemos acostados, sobre todo ella, para que pudiera contemplar qué hermosa es cuando está desnuda con la corona de flores en torno al conejito, corona de flores que variaría según las estaciones del año y las flores típicas de cada mes, qué hermoso sería cuando más adelante la cubriera con margaritas y lagrimitas de la Virgen María, crisantemos y dalias y también con hojas de colores otoñales… y entonces yo me levanté y la abracé y me sentía grande [...] comprendí que con dinero no sólo puede adquirirse una bella muchacha, sino que con dinero también es posible comprar poesía.” (Yo que he servido al rey de Inglaterra, pág 24-25…) Bohumil Hrabal. Ediciones Destino, 1996.


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...