viernes, 18 de febrero de 2011

Sábanas sucias y libros mojados

A veces me pregunto si he de guardarme material para seguir alimentando mis esperanzas en articular algo que tenga cabida en el mundo Gutenberg, llamémosle, novela, relato, ya sea aliñado con nocilla, con pan y chocolate o de decimonónico esqueleto, da igual, o por el contrario con escribir aquí lo que sea a modo de extractos de un diario torpe y sin futuro, a medio cocinar, me vale, porque, en el fondo, uno tiene que cuidarse.

The White Cosmonaut. Jeremy Geddes. 2009,
 y portada ideal de "La muñeca rusa" si alguien la quisiera
Estos días recojo ropa sucia (sábanas, toallas y edredones) en un club de carretera para la lavandería. A la vuelta de cargar la ropa sucia de un hotel de construcción setentera (ladrillo rojo, líneas rectas, láminas de hierro horizontal en las ventanas, madera como zócalos, olor a polvo perenne entre el parquet oscurecido por los zapatos y el agua con amoniaco) paro en el club (el único que queda de los seis que llegaron a estar abiertos en un trayecto de 25 kms) y recojo los cuatro o cinco sacos de ropa sucia que me dejan en una explanada trasera donde dan las ventanas de las habitaciones privadas de las chicas. Mi padre está de baja, así que, antes de abrir la librería, le hago la ruta, cargando y descargando paquetes de ropa. De niño fantaseaba con la idea de escribir las historias que me inventaba sobre la gente mientras en el taller limpiaba kilos y kilos de ropa. Luego leí a Hrabal ("La pequeña ciudad donde el tiempo se detuvo" y "Personajes en un paisaje de infancia") y se me pasó. Antes, cuando era niño, en el taller había una caldera de carbón que era la fuente y el eje de todos mis terrores nocturnos. También eran los años en los que la gente teñía y cuidaba su ropa (no había obsolescencia programada aún en la España de los setenta y principios de los ochenta). Cuando moría alguien no era raro que al día siguiente la viuda llevara toda su ropa (incluso las bragas) para teñirlas de negro. En las paredes del taller había diez enormes cubetas de cobre de distinto color en las que como un druida (un druida pequeño con corte de pelo a lo Ringo Star y jerseys de lana con renos y copos de nieve) removía la ropa con un palo curvado por el calor y tiznado por el uso. Eso fue hace mucho. También había una lavadora enorme que no centrifugaba y con la que me peleaba, como en esas películas de Ed Wood donde un actor mediocre hace que lucha con un monstruo inerte de trapo moviéndose espasmódicamente, con edredones y vestidos de novia al escurrirlos cuando los sacaba del tambor, antes de meterlos en una centrifugadora sin freno pre-guerra-civil en la que me tenía que sentar encima para poder pararla antes de que la velocidad hiciera que se convirtiera en un monstruo desbocado y rompiese los enormes tornillos que la sujetaban al suelo (y ahí sigue, setenta años después). He limpiado al menos todos los vestidos de novia de un par de generaciones y por cómo estaban los vestidos antes de ponerme con ellos era capaz de saber qué tipo de banquete había sido. En esa época todos mis libros estaban acartonados, porque se me mojaban cuando leía entre colada y colada mientras escuchaba cintas recopilatorias con la música que comenzaba a gustarme y que intercambiábamos en los recreos del colegio o del instituto. En verano, en ese corto espacio de tiempo marcado por el ritmo del tambor de la enorme lavadora, me subía a la terraza desconchada a leer en una hamaca que ponía entre los edredones colgados, como en el principio de "La forja de un rebelde", aunque yo eso no lo sabía y lo hacía simplemente porque se estaba fresquito, pues no fue hasta bastante años más tarde que leí  el libro de Barea.  A veces perdía el sentido del tiempo y cuando me daba cuenta, la lavadora ya hacía rato que había parado. Recuerdo una vez que en invierno me olvidé de cerrar la llave del agua caliente y me quedé dormido sobre la lavadora, al calor de la chapa, y se inundó el taller. Antes de la reforma el taller era un lugar mágico, infame, frío y decadente, pero mágico. Después despareció la caldera de carbón y las cubetas de cobre de teñir y el taller se quedó en vulgar, más cómodo, eso sí, pero un sitio sólo para trabajar. 

The Red Cosmonaut. Jeremy Geddes. 2009
Ahora, varios años después, vuelvo a trabajar allí porque necesitan que eche una mano, pero ya apenas hay vestidos de novia, hay pocos edredones (aún no es la época) y en su mayoría lo que lavo son toallas, sábanas, manteles y servilletas y, entre todo eso,  la ropa de cama de un club de carretera, aunque no por mucho tiempo, este mes es el último. Estos últimos meses hay el doble de sacos de los que era habitual y el "gerente" del club pretende que se le cobre lo mismo que antes. Ante la negativa de mi padre a rebajar a menos de sesenta céntimos el kilo, le han dicho que lo harán las chicas a partir del mes que viene. Parece ser que la crisis le viene bien al negocio del sexo, aunque me pregunto si a las chicas les pagarán lo mismo a pesar de tener más clientes. No me gusta ir a recoger ropa allí, no por el olor o por el aire triste y espeso que flota a esa hora de la mañana, sino por... no sé porqué, pero no me gusta. Nunca me cruzo con nadie. Paro la furgoneta frente a unas portadas rojas, miro a la cámara de seguridad cuando pulso el timbre sordo, me abren, entro, dejo los paquetes con la ropa limpia, recojo los sacos de plástico negro con un olor indescriptible, mezcla de colonia agria, tabaco, alcohol, maquillaje y sudor, doy la vuelta despacio (la furgoneta no tiene dirección asistida y el patio es relativamente pequeño) y salgo del mismo modo que entré. A veces hay alguna chica, con gafas de sol y hombros derrotados, sentada a la entrada de una de las habitaciones, hablando por el móvil, imagino que contando brutales mentiras piadosas a alguien a cientos de kilómetros de ese lugar  triste y mediocre, anclado al lado de la autovía entre dos pueblos llenos de gente triste y mediocre. Una vez alguien me dijo, como si  me contestase a una pregunta que nunca hice, que allí tienen una especie de economato, y una peluquería  y una tienda de ropa, y que incluso tienen una pequeña piscina con césped y que cada una tiene una especie de habitación individual donde viven durante el día. Cuando terminó de decirlo, me miró sonriendo, como si con esa sonrisa rubricara el acta que daría fe de que allí se está francamente bien. Yo alcancé a mascullar, sí, seguro que aquí se vive de puta madre, y la sonrisa con la que me miraba se convirtió en mueca, aún no sé si ofensiva u ofendida.

Adrift. Jeremy Geddes. 2010
No conozco la historia de ninguna de ellas porque nunca he hablado con ninguna de ellas, pero seguro que supera la imaginación de cualquiera. Conozco la historia del "gerente", antiguo guardia civil reconvertido a vendedor de joyas antes de acabar contratado por los dueños del club. Imagino que sabrían de él por sus regulares visitas para venderles joyas a las chicas y vieron en él al candidato perfecto para el puesto. Los lupanares son lugares recurrentes en la literatura porque atesoran la bajeza humana, la confusión, el delirio y la ruindad, la heroicidad impotente ante un porvenir amputado al que todo el mundo se niega a renunciar. Al menos eso me gusta creer. Por otro lado, me avergüenza escribir estas cosas, como si pudiese saber yo cualquier cosa de algo que, por definición, es imposible saber. Estos días soporto menos ir y lo hago lo más rápido que puedo. Hay unos carteles enormes a ambos lados del parkin (elegantemente oculto a la vista del tráfico con chapa verde) que anuncian un 50% de descuento de lunes a jueves (no dice en qué) y una segunda copa gratis los fines de semana. Cada vez que paro no puedo evitar leerlo, y me pregunto si pensar en escribir todo esto vale para algo.

jueves, 17 de febrero de 2011

Ilustrado erotismo autoinfundado a modo de primera carta de despido

Mientras continuo sumido en esta especie de mediocre novela, o diario deslabazado, sobre un librero a un mes de cerrar su librería, la falta de tiempo hace que no escriba lo que se debe, o supongo, o espero, escribir. En estas últimas semanas de epitafios lanzados al vacío, subido a un trampolín roído como un ciego al que no le han asegurado que allá abajo haya agua suficiente, acumulo falta de sueño y añado kilómetros a las ya infladas cantidades de deudas y sacástica ironía para conmigo mismo. Busco algo que leer que me sirva de despedida, es decir, algo que me haga olvidar lo inevitable y que a la vez no me haga sentir tan desprotegido como a veces me siento. En estos días ejerzo de pluriempleado, la familia requiere arrimar el hombro, lo cual no es malo, aunque los motivos sí lo sean, así el cansancio hace acto de presencia y aplaca el estrés. Leer, leer, lo que se dice leer, no es que lea poco, sino que habría de confesar que lo que leo es a todas luces desordenado y sin visos de terminar nada; como ando de acá para allá, en cada lugar donde planto el culo durante esos cinco minutos que intento reservarme entre una cosa y otra tengo un libro empezado; me avergüenza enumerarlos, me crecen como setas y he de organizarme. Sin embargo en la mochila he decidido meter uno, un libro al que he de rendirle pleitesia y honores, escondiéndome y pidiendo al mundo un poco de calma, que me quiero sentar a leerlo como merece, sentado al sol, descalzo y con una taza de café al lado. "Memorias de un librero pornógrafo" de Armand Coppens, ese es el libro con el que me gustaría despedirme del oficio. Ya diré algo si se tercia y me dejan.

 
Por inercia sigo mirando catálogos, páginas web de editoriales, boletines de novedades; y me sigo haciendo mis listas de pedidos como si nada fuese a cambiar. Luego reparo en que todo va a cambiar, y opto por compensar saldos a favor y en contra con distribuidores con cosas que pienso que me pueden interesar a mí o a los dos o tres clientes sin fisuras que irremediablemente siguen viniendo. De todos modos, para no perder la cabeza, hoy he acabado en la página web de Taschen, mirando libros que sé que no puedo pedir para La Pecera, nunca nadie se interesó por ellos aquí y, salvo al principio, nunca más volví a traer. Es innegable que es una editorial exquisita; onanista, esteticista y tan necesaria como el último libro de Paul Auster, como el último disco de AC/DC o como comprar en la charcutería, en vez de la paletilla sosa y llena de nervios que sueles comprar porque no te llega para más, un poquito de jamón de pata negra, quiero decir, que no vale para nada porque puedes pasar sin ello, pero reconforta.

                                                              





Y si uno es de los que piensa que cuál es el sentido de libros así, entonces de estos dos de abajo ni hablamos...

Las editoriales españolas no hacen estas cosas para presentar un libro (y Lunwerg debería tomar nota, por ejemplo): TASCHEN Books: The Big Book of Breast

jueves, 10 de febrero de 2011

Soñando con Glenn Gould

Esta noche he soñado con Glenn Gould, por tanto podría decirse que soy feliz, al menos hoy mientras recuerdo el sueño donde Glenn tocaba para mí. Me reconforta Glenn Gould tocando el piano, me emociona tanto como un chuletón poco hecho a un wookie hambriento (viva la cultura pop)... Me destroza verle sentado en esa raquítica silla vieja tocando el piano como si el mundo se fuera a terminar en cuanto él levante las manos del teclado. Extrapolo mi mitomanía rock a la música "clásica", interesándome por intérpretes y por  compositores como si estuviese hablando de Neil Young o Bon Scott. Glenn Gould, Rachmaninov, Anne Sophie Mutter... Aunque para biografías y filias, la de los músicos de jazz, el gran arte del siglo XX donde más perdedores vieron su genialidad truncada, alcanzando una gloria de alcantarilla sin que a nadie le importara una mierda. Cuando pienso en el concepto de poeta que defiende Bolaño, sobre todo en "Los detectives salvajes", a veces acabo acordándome de Bud Powell, Art Tatum, Bird, Billie y mi favorito, Mingus...  sin contar con que la mayor parte de las veces acabo con mi autoestima por los suelos...
 

Pero hablaba de Glenn Gould. Conozco melómanos imponentes que le ponen pegas a Glenn, el pobre ya no está de moda, su imagen desmesurada y epatante no casa en estos tiempos donde todo es políticamente correcto hasta la naúsea y parece que se le tiende a ver como alguien pistoresco pero sin ese halo de genialidad que sí tenía en vida, pero al leer "El  malogrado" de Bernhard, "Vida y arte de Glenn Gould" de Kevin Mazzana o "Conversaciones con Glenn Gould" de Jonhattan Cott (consideradas las mejores entrevistas nunca hechas a Gould, todas telefónicas y a horas intempestivas) y al ver videos de él, hace que se me caiga el mundo al suelo y anhele tener un familar como él, un tío loco que se bebe la vida a borbotones  y que te enseña lo que es importante sin articular palabra. A veces Gould me recuerda a mi tío abuelo Antonio Iniesta, y a mis tardes sentado en una butaca mirándole pintar (incluso se parecían físicamente). Dos días después de ver la película "Rojo" de Kieslowski, una amiga me dio una cinta de casete con las Variaciones Goldberg de Gould. Hay una escena en la película en la que Irene Jacob está en una tienda de discos escuchando dicha grabación, la escena apenas dura un minuto, pero es suficiente, tanto como para caer rendido ante la Jacob como para saber que tienes la necesidad de conocer mejor a ese pianista. Eso fue en 1994, en el final de "la edad oscura", sin internet ni móviles, donde  interesarse por algo tenía un componente casi de aventura, visto retrospectivamente, la información la encontrabas a cuenta gotas, y sobre todo, preguntando a gente que sabía, y mientras tanto tu desgranabas poco a poco lo que poseías, dilatando un tiempo que hoy por hoy seríamos incapaces de administrar sin crearnos ansiedad. Por eso me gusta tanto rastrear por youtube y encontrar cosas que en la vida hubiese podido ver, aunque en una balanza no sepa con qué edad quedarme... Recuerdo ir con mi walkman por el Madrid de los austrias con Glenn a todo trapo, sonriendo como un bobo cada vez que sobre las notas se adivinaba su incontenible canturreo. Excéntrico y desmesurado, encantador y educado, frío y socarrón, se presentaba a los conciertos con mitones, abrigo y bufanda, hiciera el calor que hiciera; sumergía durante 20 minutos los antebrazos en agua caliente antes de un concierto y siempre utilizó la misma silla desvencijada de madera con respaldo y casi sin asiento, con las patas recortadas, lo que hacía que su cabeza quedara casi a la altura del teclado. Odiaba los formalismos y el academicismo y fanfarroneaba de poder enseñar a tocar el piano sólo por el tacto a cualquiera. Apenas ensayaba, se aprendía la partitura y a lo sumo probaba si sus manos podían hacer algún pasaje en apariencia complicado, o al menos eso decía en anguna de las entrevistas con Cott, pero con Gould uno nunca sabe si estaba en serio o simplemente jugando. Se dice que tenía el síndrome de Asperger (ese cajón desastre para explicar lo inexplicable). Le gustaba disfrazarse o sería mejor decir que le gustaba dar rienda suelta a sus alter-egos, como el musicólogo alemán “Karlheinz Klopweisser”, el director inglés “Sir Nigel Twitt-Thornwaite” o el crítico americano “Theodore Slutz”; en 1964 decidió no volver a dar conciertos. Aún me queda por ver "Glenn Gould Hereafter" documental sobre su persona, pero de momento en La Pecera me conformo con perder la mañana "viéndole" tocar...
Si alguien tiene a bien regalarme esto prometo amistad eterna...

Watch the full episode. See more American Masters.

martes, 8 de febrero de 2011

Olores en la biblioteca...

Hoy estoy rapaz y vago, lector y amuermado, ojeroso y latrocinante, es decir, que robo a caballo famélico con alevosía y premeditación, aunque citando la fuente. "Olores en la biblioteca" es un artículo extraido del diario argentino Página12., escrito por  Javier E. Núñez, hace mucho tiempo, pero da igual, "El agente confidencial"  de Greene también se escribió hace mucho tiempo y no por eso no hay que leerlo. Una delicia de artículo. Será que como estoy rescatando libros de la Pecera que estaban como estatuas de sal escondidos en las estanterías bajo el título privado de "fondo que toda librería tiene que tener" y que ahora, metidos en cajas, responden a "libros que he de tener en casa" me ha gustado releer este artículo. Mi santa me mira a veces, y no dice nada, pero creo que sé lo que piensa, piensa que "espero que un día coloque bien los libros y deje de verlos por el dormitorio, el pasillo, el baño, apilados, como invasores silenciosos... ay, cuando traiga los vinilos que dice que se tiene que traer no sé que será de mí..."; eso creo que piensa, al menos yo lo pensaría, y como le diga que los pienso colocar por olores igual llego un día y me encuentro que ha cambiado la cerradura...

"Hay bibliotecas caóticas: la mía es una de esas. Los libros parecen dispuestos al azar o respetando leyes ilógicas como el orden cronológico de su compra o el momento en que fueron rescatados de esos rincones de la casa donde los suelo abandonar. Existe, sin embargo, un orden secreto que nunca antes confesé. Están acomodados, si me permiten la expresión, odoríficamente.
Es simple. En algún momento de mi vida empecé a percibir olores en los libros. No el olor habitual y uniforme de un libro nuevo sino otros, variados, subjetivos y complejos. Lo noté con Obra completa de José Pedroni, una edición de 1969 de la editorial de la Biblioteca Vigil. Durante el primer embarazo de mi mujer leí una poesía cuyos versos iniciales decían así: "Haz con tus propias manos/ la cuna de tu hijo./ Que tu mujer te vea/ cortar el paraíso."
Un par de días después volví por el mismo libro. Percibí un olor extraño, atípico, que se hacía más fuerte en el estante del volumen de Pedroni. Abrirlo fue asomarme a un bosque insospechado. Olía a madera fresca, recién cortada; el perfume que escapa del tajo que deja un hachazo en un árbol erguido.
Por un instante creí que esta rara cualidad se restringía al libro de Pedroni. Pronto comprobé que estaba equivocado: cada uno tenía su olor, uno que acaso había estado siempre y se había hecho evidente en ese momento o, quizás, uno nuevo que se le había impregnado en ese momento por algún fenómeno inexplicable. Sólo más tarde, con el paso del tiempo y un examen profundo de cada libro, entendí que los olores se vinculaban a un recuerdo o impresión que me había dejado ese libro. Ese prodigio no era intrínseco de los libros, sino producto de mi percepción. Los reordené a todos. Hasta entonces había mantenido una clasificación rigurosa: autores argentinos en los dos estantes de arriba; latinoamericanos en el siguiente; poesía en el primero de la izquierda. Los libros de cuentos ocupaban tres estantes: los dos primeros ordenados alfabéticamente por autor, el último con antologías temáticas. Etcétera. Cada cual tendrá su forma de ordenarlos; muchos, alguna como ésta.
Pero a partir de ese día tuve que inventar una nueva clasificación. Una más arbitraria, confusa, insondable para los amigos o visitas que tratan de llevarse algo prestado: ordené mis libros por olores. Así, un libro de Paul Auster puede acabar junto a uno de Borges porque ambos comparten cierto olor a musgo, tierra húmeda y a piedra, como de interior de laberinto, y otro del mismo autor ocupar el extremo opuesto de la biblioteca. La noche del oráculo, por ejemplo: está en el rincón de abajo, junto a libros con olores a escritorio lustrado, goma, papel y tinta. Como una gran paleta de colores, mi biblioteca tiene familias de aromas, intensidades y gradación. Hay secciones de río, sauce, barro o pescado; de asado y pasto fresco; de pólvora y sangre; de mate y fogón.
Es, ciertamente, una categorización compleja. Hay libros que tienen más de una serie de olores "esto es muy común en los libros de cuentos o de poesía", pero siempre hay un conjunto en particular que es más perceptible que los demás. Hay un libro de Cortázar, por ejemplo, con olor a arroz con leche, ceritas y caracoles pero también a humedad, a telaraña y sudor. Lo ubiqué en la categoría de la última gama, porque era la más fuerte de las dos. Es complejo y a la vez simple. Describirlo, explicarlo, es una empresa inútil. Pero basta con ir a mi biblioteca, cerrar los ojos y dejar que los aromas me guíen para que cada cosa cuadre en su lugar.
No voy a negar que este método presenta algunos inconvenientes. Buscar un libro específico lleva algo más de tiempo. Cuando viene mi hermano, por ejemplo, y me pregunta a los gritos si tengo algo de Bradbury mientras preparo el mate en la cocina: "Hay uno entre los que tienen olor a plástico, hierro y lavanda. Ojo, no te confundas con los que huelen a óxido y tierra seca, nada que ver".
De más está decir que no lo encuentra: tengo que ir yo, acariciar cada lomo con la yema de los dedos mientras distingo los olores, hasta llegar a la sección buscada. Es mucho más fácil, en cambio, buscar libros que abandoné por la mitad -son los que tienen olor rancio, como a yerba de ayer- o los que todavía no leí. Esos están arriba de todo porque "todavía" no poseen ningún olor que los clasifique.
Pero existe una ventaja. Los libros que leo en el momento nunca están en la biblioteca, sino a mano. A la biblioteca me lleva la relectura. Es raro que busque un libro para revisar alguna cita: para eso está San Google. Puede que recuerde un cuento o un libro por un suceso particular y decida releerlo. Pero, en general, la visita a la biblioteca obedece a un estado de ánimo repentino, a la necesidad imperiosa de leer cualquier cosa, al insomnio, al aburrimiento, a las ganas de ir al baño. Y entonces, con esa sensación incierta, nunca sé qué elegir. Ahora, con esta clasificación que puede parecer absurda, el tema es mucho más simple: cierro los ojos y huelo. Siempre hay un aroma que tienta, que seduce. Ese es el indicado.
Por eso mantengo este caos aparente. Sé que no soy el único. A veces, cuando pido un libro prestado, no me sorprende ver a alguien cerrar los ojos frente a su biblioteca para encontrarlo. Nunca pregunto a qué huele: prefiero descubrirlo. Pero, secretamente, nos reconocemos como miembros de una misma legión.
Ahora, ustedes también lo saben. Y puede que la próxima vez que visiten a un amigo no se sorprendan al ver cómo encuentra, en una pila anárquica de libros, la novela que le prestaron. Incluso puede ser que al recibirla la abran, se lleven las hojas a la nariz y los sacuda un olor familiar e inconfundible, como si siempre hubiese estado ahí. Después solo será mirarse el uno al otro, y compartir en silencio esa complicidad.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-24790-2010-08-09.html 

lunes, 7 de febrero de 2011

Milos Meisner sigue enviándome cartas...



Pasa el tiempo y sigo recibiendo cartas de Milos Meisner. Espero que esté donde esté, se encuentre bien...

"Últimamente siento que los fantasmas me envían telegramas sin acuse de recibo que leo y que me sacan del mundo vulgar  para recordarme que soy solamente una historia que contar, una miserable imagen fugaz en la retina de un taxista que cruza la ciudad demasiado rápido y que apenas repara en mí andando hacia ningún sitio, que por mucho que me empeñe en llamarlo hogar, no creo que llegue a encontrar nunca; fantasmas enviando telegramas sordos...
Me desprendo de fotografías viejas de cuando era joven, no me reconozco, me cuesta recordar cuándo, dónde y porqué; te envío una, librero, para que añadas a tu colección de fotografías de lectores... Hasta pronto. M."

lunes, 31 de enero de 2011

El suave desfile de las noches en vela rodeado de peces mudos

Abro la tienda, enciendo el ordenador; mientras se cargan los programas, barro, me hago un té, elijo el disco que quiero que suene hoy lunes el primero, abro el blog y sin pensarlo mucho pincho en Nueva entrada. Suenan Wilco con Billy Bragg y, mientras tecleo, pienso que me quedan dos meses exactos de ser librero. En abril ya no seré librero. Hay muchas cosas que arreglar y entre todas ellas a veces se cuela la pregunta de qué haré con este blog. Qué mejor para escribir que voy a dejar de ser librero (y autónomo) que hacerlo mientras escuchas una canción que se llama "California Stars" pero lo malo de escuchar canciones así es que al final hacen que no puedas escribir. Parar de teclear y poner cara de tonto es lo único que se puede hacer escuchando algo así, y soñar, aunque uno odie esta palabra, por hueca, torpe y por ser el comodín de los lugares comunes. I'd like to rest my heavy head tonight, on a bed of California stars... I'd like to lay my weary bones tonight, on a bed of California stars. I'd love to feel your hand touching mine and tell me why I must keep working on. Yes, I'd give my life to lay my head tonight on a bed of California stars... I'd like to dream my troubles all away on a bed of California stars. Jump up from my starbed and make another day underneath my California stars. They hang like grapes on vines that shine. Woody Guthrie... Wilco poniendo música a letras de Woody... Descansar mi pesada cabeza en una cama de estrellas californianas...



Tarjeta de visita de un librero diletante
La librería cambia de dueño. Ser librero es un estado de ánimo (y ser librero en NY debe ser la pera entonces). Tengo dos meses para decidir qué hago con esta página, este blog, este cajón desastre totalmente impúdico que poco a poco ha ido recluyendo en un ostracismo alienante a mi libreta y mis lapiceros, que apenas salen ya de mi mochila. Seguramente recuperaré el arte de escribir a mano cuando deje de estar tanto tiempo frente al ordenador porque ya no venga a abrir la tienda que pinté yo solo, cuyas paredes cubrí de estanterías yo solo, cuyo luminoso ayudé a poner tomando a Herman Munster como santo patrón y a Moby Dick como mascota, cuando deje de venir a diario a esta librería que pronto dejará de ser mía. No me entusiasma la idea de cerrar el blog, no porque tenga como título el mismo que un negocio del cual dejaré de ser dueño, lo cual entiendo hasta cierto punto (hasta el punto de la cifra del traspaso acordado tras el regateo feroz), sino porque siempre he separado muy bien el blog de la librería, tomando como narrador/autor a un librero que es mitad sosias mitad némesis de mí mismo, jugando al despiste y escribiendo tomando como excusa la librería, no haciendo del blog un vehículo de publicidad de la misma. Mi error fue llamarla igual, pero es que al principio pensé que la librería La Pecera era yo, y yo era la Pecera, pero no, y ahora tenemos un problema, meramente nominal, pero problema al fin y al cabo.  Tengo dos meses para decidirlo, no tengo prisa. Me tomé el rescate de mis batallitas por París de hace 5 años como un paréntesis para pensar cómo volver a escribir sabiendo que mi definición como librero tenía fecha de caducidad; ha pasado la semana y no sé qué hacer aún. Una cosa sé, me siento menos atado, menos precavido, más relajado, pero a la vez tengo cierta angustia por ver cómo corto el cordón umbilical que me une a la librería sin mandar a la mierda más de dos años de dietario voluble (y que Vila-Matas me perdone).

 
No me perdono haber olvidado por completo el vídeo que una amiga hizo de la librería cuando la librería no estaba más que en mi cabeza, un día que vino a visitarme desde Madrid y le enseñé el local vacío y lleno de polvo que acababa de alquilar. Días después me envió dicho vídeo que no reparé que hacía mientras yo subía persianas y hablaba sin parar sobre lo que quería hacer y me compraba ropa que me estaba grande, cuando no sabía lo que suponía eso de ser trabajador autónomo y repetía la gracieta de que ésta era la única manera que tenía de ganarme la vida con la literatura, aunque fuese con la de otros, como si fuese una genialidad cuando en el fondo, y siendo benévolo, era hacer una victoria de lo que yo creía que era una derrota. Y de esa victoria o de esa derrota he vivido cuatro años y medio. Ahora he vuelto a ver el video; cuando ayer recordaba cómo era el local antes de que los libros lo inundaran lo recordé; Andrea lo hizo a principios de agosto del 2006. Empiezo a pensar que echaré mucho más de menos de lo que creo eso de ser librero y dueño de tu propia librería, pero sé que es la única salida para seguir...

domingo, 30 de enero de 2011

Aquel lejano viaje a parìs del 2006... VI parte, y última

Madrid, 30 de enero de 2006.
 Bonjur queridísimos parientes:
Ya estoy de vuelta sano y salvo en Carpetovetónia. En mi última misiva finalizaba mi relato de manera un tanto brusca, acto que debéis disculpar debido no sólo a cierto cansancio acumulado sino también al hecho de que Cristina y Gaél me esperaban hambrientos y atentos para cenar y no era cuestión de hacerlos esperar.


 
He de confesar que el viaje ha finalizado de manera muy grata para el que aquí os habla (con dos años sin vacaciones, grato hubiese sido ir hasta mojarme los pinreles en Ruidera) sobre todo porque ayer, después de esa cena a la que mis anfitriones me requerían, salimos a tomar y a ver París (Montmatre) por la nuit. Todo comenzó cuando nos estábamos poniendo un poco mohínos después de tan opíparo banquete que prepararon mientras yo os escribía. Cristina había trabajado a destajo durante toda la semana y apenas la habíamos visto pero decía que por lo mismo necesitaba salir; Gaél, que había vuelto del día anterior ensayando con sus colegas en la campiña, secundó la moción con su habitual amabilidad, y yo pues, ya sabéis, aunque me seguía doliendo el pie (creo que del tropezón del otro día), no estoy todos los días en Paris; así que nos calzamos las chirucas, los gorros, los guantes, las orejeras, los chalecos reflectantes, las ruedas de repuesto y los martillos pilones y cual pandilla de enanitos salimos por ahí (siendo exactos dos enanitos y Blancanieves, elegid vosotros los enanitos que podíamos ser cada uno, yo no me atrevo). 

Para gran solaz del que aquí os habla, me llevaron, pues estaba al lado, al café donde grabaron la peli de Amelíe y que, lejos de estar lleno de turistas y gente cool (o eso me temía yo, a veces me sale una vena prejuiciosa que doy miedo, la verdad), es un sitio muy agradable y merece la pena ir, tiene un punto cutre, de verdad, que me encantó. Pedimos vino caliente, que para el frío que hacía nos sentó de maravilla (se nos fue de golpe todo el amohinamiento) y para quien no lo sepa (yo no lo sabía) el vino caliente es eso precisamente pero con un vino previamente macerado con su poquito azúcar, su canela y unas rodajas de naranja o limón (vamos, casi como nuestra sangría de toda la vida pero un poco más fino y caliente), ideal para cualquier afección respiratoria y del ánima. Una vez perfectamente acoplados allí, con el vino caliente entre las manos y sentados en el mismo sitio de “el loco de la grabadora”, coge Cristina y me suelta que en el barrio vive Audrey Tautou y que la suelen ver mucho; “comorr” dije sacando el Chiquito que todos llevamos dentro, sí, dice ella y también Irene Jacob vive por aquí ("Adiós muchachos, “Rojo”, “La doble vida de Verónica”...) pero es un retaco cabezón (ya le salió la vena prejuiciosa femenina también a ella, pensé) y Emmanuel Beard, dijo también (me estaba mantando) pero está superoperada, y yo para por favor, para, el desfribiliador, en la mochila, cógelo... así que, ala, nerviosito ya para toda la noche; para que luego me meta yo con las fans del Bisbal (bueno, yo soy un poco más comedido, no?, aunque nunca lo sabremos porque no vi a ninguna para comprobar mi reacción) Yo, con la excusa de los nervios, aproveché para ir a los servicios y eran como la película (y vi los dos, pero porque me equivoqué, y eso que había cartelitos, a saber en quién o qué estaría pensando) y no sé cómo ni por qué acabé orinando en ambos (¿estaré ya de la próstata?). En el servicio de mujeres me saqué del bolsillo el último cuaderno que había escrito (un moleskine negro cosido finito y un tanto maltratado) y lo escondí detrás de la cisterna. Adiòs, palabritas de amor inútiles, nunca os sacaré plusvalía ni harán que ninguna dama caiga rendida a mis pies pero aquí estareis mejor, que es donde debeis estar realmente, tras la cisterna de un vater, dije a modo de despedida mientras tocaban a la puerta...

Al salir de allí llovía un poco pero inspirados por el espíritu aventurero del ínclito Miguel de la Cuadra Salcedo (pero lamentablemente más feos que nuestro Indiana Jones patrio) nos pusimos a subir y a bajar cuestas por Montmatre como locos pues Cristina quería ver la tienda del señor Colignon (el frutero de Amelíe) que también está por allí y no recordaba dónde estaba exactamente. La encontramos pronto, es una tienda tipo chinos que no cierra nunca regentada por unos musulmanes y, la verdad, tiene algo de mágica (un diez para el director artístico) allí, en una esquina perdida bajo la ocre luz del dos bombillas baratas, con el cartel “Fruterie Colignon” coronando un toldo verde oscuro que parece recién sacado de una ilustración de cuento infantil, me juré un par de cosas que quedan en secreto entre mi corazón y mi cabeza. Después pateamos las calles adoquinadas cual Dorothy acompañada de el hombre de paja y el de hojalata (el León y Totó se fueron a olisquearse el culo, estaban en celo) y sin saber cómo topamos con la casa de Satie (sin saber cómo yo, que ellos sabían muy bien por dónde íbamos) y le rendimos pleitesía como merece y parece ser que es costumbre, y es escribiendo algo en un papel y dejándolo pegado en la pared. La noche era preciosa y en ese momento lamenté no haber hecho el viaje acompañado (algo que he lamentado todo el viaje pero en ese momento especialemente); en fin, otra vez será.

Dejamos atras los cuentos infantiles y las películas tiernamente ñoñas y nos tomarnos una (yo dos, que me entró mucha sed) cerveza blanca (rápidamente: es como la clara de limón de aquí pero sin tanto gas y de barril) en un bar (Le Rendevouz des Amis o algo así, el encuentro de los amigos, o la quedada de los amigos) que por su estética y su gente me hizo comprender y ver de golpe a Toulouse Lautrec (había una anciana elegante con un sombrero enorme que miraba como coqueteando a todo el mundo a la vez que con su mano izquierda jugueteaba con su dentadura y con la izquierda sujetaba un cigarrillo apagado, había dos amigos hablando acaloradamente frente a una botella casi vacía de vino, había un hombre que era como Punset pero en decadente y sin afeitar intentado ligarse a una veinteañera con pinta de nínfula que estaba sentada frente a él, había...). Finalmente terminamos la noche viendo bajo un reconfortante chaparrón de nuevo la casa de Erik Satie y visitando el busto de Dalida (la que cantaba eso de “Parole, parole, parole”). Yo me asusté cuando vi dicho busto, era de noche, llovía, giré la cabeza y dije, coño, Rocío Jurado, pero no, era Dalida... Gaél, en un extraordinario ataque de inspiración (y eso que habla poco), instauró a partir de esa noche el ritual de pedir un deseo mientras se posan las manos morosamente en las tetas del busto de Dalida. Debido al volumen de dichos pechos no tuvimos más remedio que pedir varios deseos. Cristina fue la que pidió más deseos (yo me conformé con dos, soy así, no porque me entrara un comedimiento candoroso ante el tamaño de tan generoso y maternal busto, sino porque en ese momento sólo se me ocurrieron dos, uno por seno), pero Gaél mientras ya nos marchábamos calle abajo le dijo a Cristina que esperaba que hubiese pedido estar con él toda la vida y la pobre echo a correr cuesta arriba a tocar de nuevo esos magníficos (y espero que magnánimos) pechos mientras Gaél me decía al oído “sabía que se le había olvidado eso”. Un hombre entrañable, sí señor; cuando me dijo eso al oído casi voy  también de vuelta a tocarle las tetas a Dalida y pedirle que yo también... No dudéis en buscar, queridos parientes, el busto de Dalida en Montmatre, ni tampoco dudéis en pedirle un deseo y, sobre todo, no os avergoncéis si al pensar qué pedir os entran unas ganas incontenibles de tocar esos preciosos y brillantes pechos de bronce.
Después llegamos a casa y dormimos como benditos.
Y ya está, ya va siendo hora de terminar esta pesada crónica, aunque al hacerlo ya no esté en París sino en Madrid, con la maleta sin deshacer del todo pero con el Sena aún en la retina. No os olvidéis de este, vuestro devoto y diletante tío-abuelo Jean Michele.


Cuidaros mucho y hasta pronto.

viernes, 28 de enero de 2011

Aquel lejano viaje a París del 2006... V parte

Parìs, 28 de enero de 2006.

Queridìsimos parientes, aquì vuestro tìo-abuelo con su ùltima crònica desde la ciudad de la luz (del amor me temo que para la pròxima vez). Estoy cansado y me duele un pie, el derecho màs concretamente; Por cuà? Cesc que sè? El tropezón de ayer, me temo, monsieur Bonaparte.
 
Ayer fue un dìa movidito, queridos, se me pasò volando; fui al museo Rodin, que està de un decadente preocupante. Parece la casa de la familia Munster,  los suelos chirrian, las paredes se descascarillan y un Balzac de escayola pequegnito que està por ahì en una urna tiene telaragnas; como soy incorregible me dio por pasear por los jardines del museo pues està plagado de estatuas y casi fenezco por congelaciòn, pero le echè un par (pequegnitos y duros por el frìo) y por ahì que estuve. Luego Cristina me djo que habìan dicho en la radio que habìa sido el dìa màs frìo de lo que llevamos de invierno en Parìs y todo me cuadrò. Asì que ya lo sabeis, salvo que vengais con un/una churri que os caliente los pinreles por la noche y se os cuelgue del brazo todo el dìa, venir en otra època (a partir de Abril, como dice la canciòn). Despuès de eso pateè las calles de nuevo inasequible a la rasca por la rivera del Sena y tras un ardiente té en un agradable lugar donde intenté leer un rato, me pasè por el Crocojazz otra vez (a ver si seguìa ahì el vinilo de Underground de Monk) y el gabacho duegno de la tienda se alegrò de verme (bon jour mesiè, me espetò esa mezcla de Garci con bigote y Asterix con gafas al entrar por la puerta); y comenzamos con nuestro inglès vallekano: me dijo que le habìa preguntado a un amigo por bluesman espagnoles (de ahì que el dìa anterior yo le prometiese enviarle a los KO y a los 3000 Hombres, porque no se creìa que se hiciese buen blues en espagna; tambièn le dije "Gnaco Gogni" pero yo creo que se creìa que estaba de cogna porque me mirò con cara de "¿quièn?") y va el tìo y me suelta tan ancho que su amigo le ha hablado de un tal Javier Vargas. Amos anda, no me jodas; le espetè (me saliò del alma, oye) y le hizo muchisima gracia mi expresiòn (yo le dije que era "an usular spanish exprèsion" y dijo ah, como "no se què no se què (lo siento; lo he olvidado) y me dijo que le ensegnase otra expresión de esas y se me ocurriò, no sè por què, "vete a cagarla a parla" y entonces fue la hecatombe, casi se me muere de risa el gabacho (pa mì que iba un poco màs soplao que el otro dìa), expresiòn que para los franceses debe ser como un trabalenguas (dicen que si se les ocurre decir tres tristes tigres mueren fulminados). Al final, a lo que vamos que me lìo, no me comprè el disco (mi pauperrimidad es preocupante y el vinilo de Monk està a todas luces fuera de mis posibilidades, aunque seguro que me arrepentirè el resto de mis dìas de mi estùpida decisiòn).



Ya por la noche, Cristina me sacò a cenar (Gaêl no estaba, para ensayar con su grupo tiene que irse fuera de Paris y no iba a volver a dormir) a un sitio tipical francaise muy bonito bajo Montmatre, con mesitas con velas y garsones sorprendidos por mi nula capacidad de hablar frances, los cuales me ponìan cara de "vaya, acompagnado de tan bella dama y tan inùtil". El restaurante de llamaba Le Kokoliòn y era precioso (y no sòlo porque uno es sumamente impresionable). La cena, suculenta, estuvo bagnada con un vino cojonudo, culminada por una mus de chocolat que pa què (de rica) y aderezada por una discusiòn gorda en la mesa de al lado a la nuestra de una pareja (yo al principio pensè, què detalle, una performance tipical francaise por cuenta de la casa, pero no, iba en serio). El tìo era un chulo indecente de todas todas (muy grande ademàs) y menos mal que ella se levantò. le soltò no se què y, tiràndole la servilleta a la cara, se largò del restaurante, si no me hubiera tocado hacer de Cyrano y defender el honor de tan bella dama (que uno tenga que irse tan lejos para hacer segùn què cosas...). Èl se quedò con dos palmos y cuando reaccionò e intentò salir tras ella (con intenciòn de abofetearla, se le notaba en los ojos) uno de los camareros no le dejò salir (y olè por el garson; ese sì que le echò un par) hasta que considerò que ella ya le llevaba la ventaja suficiente como para no verle màs, y despuès, sin inmutarse y muy elegàntemente, le pasò su abrigo. Yo casi le aplaudo, de verdad.
Por lo demàs poco màs, el Louvre, la Opera, la tumba de Jim, el Sena otra vez, y yo que tengo un suegno que me muero.

Vuestro tìo-abuelo que os quiere se despide pidièndoos paciencia por la ùltima crònica que serà ya a la vuelta.
Besos y arrevoire

jueves, 27 de enero de 2011

Aquel lejano viaje a París del 2006... IV parte

Parìs, 27 de enero 2006.

Queridos parientes todos; aquì vuestro tìo-abuelo de nuevo. 

Tras un ligero golpe de duda (cual golpe de mar mevilliano o mirada aviesa del capitàn Kurtz vìa Marlon Brando) ayer no me atrevì a escribiros pero hoy me he dicho, que cogno, para una vez que estoy por estos lares, sacarè un ratillo...


Para los morbosos (que los hay, como en todas las buenas familias) deciros que Gaêl y yo el otro dìa no acabamos borrachos, si acaso un poco chispas (como la colonia) pero yo no le vi el lado malo pues el muy cabròn (del Gaêl) cogiò su guitarra y se lanzò a tocar unos blues con gran atino (yo le pedì unas seguidillas pero no pareciò entenderme) y sobre todo con gran sorpresa para este torpe corresponsal pues sabe tocar lo suyo, es màs, toca de putìsima madre, asì que no serè yo quien le ponga pegas a una balada estilo Reinhardt o al "See Here" de los maravillosos Taste del bueno de Rory Gallagher (que los dioses le tengan como merece) que el ìnclito del Gaêl se marcò no sòlo con gran atino sino que, por gnogno que parezca, sonò  màgico, mientras uno (yo) se sujetaba la manibula y los ojos se le ponìan brillosos de la emociòn, como a la Candy Candy (para mì que la muchacha no era demasiado emotiva sino un poco tendente a a tener multiorgàsmos espontáneos, dicho sea de paso).


Por la matineè salì a pasear yo solo, pero una llamada de Gaêl requirièndome para comer (a las 12:30 por dios, ¿què horario es ese?) me hizo volver (mapa en mano) a la mesòn tan bonita donde viven y me alojan. Despuès recogimos a Cristina en su curre y fuimos a comer a un coreano (je, vas a parìs a comer a un coreano, lo sè... pero despuès del aprecio que le he cogido a Gaèl no le iba a decir nada). Apuntad, un coreano al lado de los canales que salen en Amelie (no hay muchos, asì que no hay pèrdida), buenìsimo. Màs tarde comprobè la virtudes de tanta especie exòtica en la comida pues tuve un agradable infiernillo bullèndome por dentro toda la tarde -no, no eran gases ni la llamada de la fe- el cual me mantuvo calentito toda la tarde. 

Aquì tengo que hacer un breve inciso para relataros mi enèsima rotura de cuore (y van...): Todo ocurriò bajo la cortante y gèlida brisilla parisina (avant la letre) de enero, cuando despuès de comer nos encontramos con una compagnera de trabajo de Cristina que, evidentemente, tambièn volvìa al trabajo (adonde nos dirigìamos a dejarla sana y salva); la susodicha le dijo a Cristina que le llevaba su libro favorito, ese que le habìa prometido dejarle, y que despuès de mucho perdìrselo Cristina, por fìn se lo llevaba. A mì me sonriò, que es lo que hacen las francesas educadas cuando conocen a un humanoide con cara de bobo y con coloretes tras comer una comida abundantemente condimentada y me sonriò, con lo cual ya se otorgaba ventaja sobre mì; yo, ingenuo, tambièn sonreì, sin saber aùn que la muy traidora lo que le llevaba era el libro de Hrabal, "Una soledad demasiado ruidosa", de mi querido Bohumil Hrabal... Los que me conocen ya sabràn el resto, y los que no pues deciros que es muy facil, atribuì mi acaloramiento repentino (màs aùn, no debì pedir bulgogi) a la comida coreana, me caguè en la mismìsima madre del arquitecto de la torre de Babel por no poder articular palabra (como que hubiese podido articular algo ante semejante bellezòn bretòn... ya...), no sin antes basfemar largamente acordàndome de los preciosos genes de la merè de la susodicha, y me despedì de ella como el buen caballero que a veces soy sin atreverme,eso sì, a mirarla a los ojos; pero ya sabeis que cuando un sentido falla, siempre hay otro que lo suple, lo cual fue el ùltimo clavo de mi ataud, pues al darle los dos besos de rigor pude apreciar un profundo y agradable perfume que presiento que cada vez que vuelva a abrir un libro de Hrabal volverè a sentir en mi delicada pituitaria  como si fuese ayer y estuviese en un canal en Parìs recièn almorzado junto a una parisien guapa a rabiar que para colmo lleva bajo el brazo uno de mis libros preferidos (y ahora ve y rìete tu de la madalena del Proust, chulo).

¿Que què hice despuès? Y yo que sè, ¿importa acaso? 
Ah, oui, sì, sì, sì... paseando camino del museo Picasso, ya solo y abandonado (mis hospitalarios amigos se habìan ido a trabajar) me crucè con... Patti Smith!!! Cogno..., sì, eso dije yo, cogno, no puede ser, pero sì que era, lo juro por los churumbeles que tal vez tenga (¿hablaràn francès y se reiràn del estùpido de su padre cuando su madre les cuente la sonrisa de idiota que tenìa en una calle de Parìs que, por mucho que èl insista, ni sonaban violines ni su cara de estùpido respondìa a lo que le estaba repitiendo una sabrosa comida coreana? -curioso que el amor de sopetòn y repentino se parezca tanto al bullir estomacal tras una comida coreana-). Yo miraba y miraba a la que creìa que era Patty, esperando el semaforo en verde (y ella en frente, claro) y cuando me lanzò una mueca picarona me dije, date, sì que es ella (tambièn puede ser que no fuera ella y que hubiera ligao, pero pa mì que no). Fijo que era ella, ala, la Patti en Paris; corretando como yo en plan turista, lo que es la vida, y la mitomanía...

A eso de las 5 comenzò a nevar pero lejos de amilanarme por los caràmbanos que sentìa formarse en los pelillos de mis piernas, me calzè el discman, puse "A Love Supreme" de Coltrane a toda pastilla (a toda lengüeta tal vez) y apretè el paso dispuesto a comerme el mundo (comenzando por Parìs, que por eso estaba ya allì) pero lo que me comì fue un bordillo en el cruce de rue de Lobau con rue de Rivolì (en tò el centro, vamos) y a trompicones parè el tràfico, obligando a algunos coches a tocar el clàxon, que es algo que no suelen hacer los franceses, y un motorista se cagò en mi madre, o bien me mandò a la mierda, no sè bien (es que confundo merè con merdè, por eso yo he optado por decir sòlo mercì, el resto en inglès de vallekas, que he descubierto que es el que hablan aquì tambièn). Avergonzado, y sano y salvo,  me santigüe varias veces y me resguardè del chaparròn y optè por volver a hacer la tècnica del sueco (socorrida como pocas). Despuès tomè tè au lait en un sitio precioso y encontrè una tienda de discos (Crocojazz) que era todo un digno lugar con 4 gabachos maduritos que bebìan cerveza y fumaban mientras el dependiente (el gabacho màs ruidoso) ponìa un blues tras otro. Los cuatro vinilos y el CD que me comprè por 25 euros no tienen precio y uno de los gabachos (el duegno, deduje) me preguntò que de dònde era yo, y comenzamos a hablar (inglès arapajoe de vallekas, claro) y una cosa llevò a otra y... total, que me ha hecho prometerle que cuando vuelva a espagna le voy a enviar los cd`s de Los reyes del KO y los 3000 hombres (a cambio, me regalò un vinilo de Clifford Brown -lo tenìa a dos euros tampoco os penseis que el tìo se luciò, sobre todo porque se dio cuenta de que estuve largo rato mirando el Underground de Thelonius Monk que costaba 30 € y no dijo ni mù de rebajàrmelo).

Al llegar a casa Gaêl me esperaba con un chatò del 98 y los Who... Què tìo, oye, màs salao...

Ya no os quiero aburrir màs; ruego, queridos parientes, me dispenseis y disculpeis ya que, como no ejercito durante el dìa el sano ejercicio de compartir ni contar lo que hago (tipo el chiste de la isla desierta del naùfrago y la Schiffer), pues abuso de vuestra hospitalidad en cuanto me dan un ordenador con conexiòn a internet. Àla, me voy a zascandilear por ahì, que en desde que he llegado, apenas he visto a Cristina (màldito trabajo) y me quiere sacar a cenar por ahì. Vuestro tio-abuelo no os olvida. Alors. Arrevoire 

miércoles, 26 de enero de 2011

Aquel lejano viaje a Paris del 2006... III parte

Parìs, 26 de enero de 2006.

Queridos parientes, aquì vuestro tìo-abuelo de nuevo.

Lo primero; Hace un frìo de cojones en la france!!!!!
Pero todo bien, mi acercamiento con (a, hacia,entre...) los gabachos va viento en popa, de hecho en este instante nos acabamos de beber una botella de un vino cojonudo mi benefactor parisien Gaêl y yo, y le acabo de oir descorchar la segunda, asì que.... oui, viva la france... y no salgo a la calle adoquín en mano a pecho descubierto porque hace mucho frìo y porque Delacloix no me hubiese aceptado ni como modelo de valerosa turgencia y ojos enfurecidos.
Aquì estamos, Gaêl y moi, hablando en inglès (no os engagneis, tenemos el mismo cutre-nivel, pero aùn asì, en plan Gerònimo, es sumamente divertido) con el socorro de un diccionario espagnol-francè que tienen aquì en la mesòn cortesìa de Cristina... Asì que, en fin, salud, otra copita.... 
...silben una canción, imagìnense unos comerciales, hagan algo para que parezca que pasan un par de minutos, ayuden un poco... mon dieu...

Hoy he andado como un endemoniado, estoy muerto y temo amanecer magnana con las piernas màs duras que la Tina Turner, lo cual, dicho sea de paso, nunca viene mal. Vi la puerta del infierno de Rodin en el Museo de Orsay y casi me da un pasmo; afortunadamente, me repuse a tiempo y salì de allì con vida, la justa como para enamorarme por trigèsima quinta vez de otra francesa de caìda de ojos fulminante de necesidad, tras lo cual caì en la calzada, fui rodando pont des arts abajo y me zambullì en el Sena tan pancho, emergiendo finalmente frente a Notre Dame, y como allì ya estàn acostumbrados a ver emerger a gente de todo tipo (espagnoles inclusive) entre otras cosas por lo del jorobado y algùn que otro gabacho disoluto, pues no me han hecho ni caso. Acto seguido comenzò a llover, pero como yo ya estaba como una sopa me dio un poco igual, no asì a la sengorita de la inmensamente preciosa libreria "Shakespeare and co" (uno de los diez lugares de peregrinaciòn obligada para cualquier librero que se precie, aunque sea como mua que es el ùltimo mono en la Librerìa Internacional Pasajes, y si me pichas para cualquier persona humana con sentimientos humanos, y no sòlo porque sale en "Before Sunset", ("Antes del atardecer" en castellano, en francès no me preguntèis no lo sè) y Julie Delpy estuvo allì -y siempre puede volver a ver si un gilipollas espagnol anda haciendo el idèm por allì) sino porque es una librerìa bonita de verdad; tiene libros en varios idiomas -como donde yo trabajo-, en ruso, inglès, alemàn, fracaise (por supuesto) y espagnol -no os hagais ilusiones de encontrar algo que merezca la pena en el idioma de cervantes (ay, si levantara la cabeza), no tienen nà, acaso un libro leìdo de la biografia de Luis de Villalonga y uno de no sè què que no comprè-, y aunque puedan ponèrsele (maldito chatò, què expresiones) pegas, se le perdonan todas; apuntad, "Shakespeare and Co", antes del Louvre, y tachad euro disni... He leìdo por ahí que en la parte de arriba hay una habitaciòn  que es el suegno de todo escritor (o escritor en ciernes, o pseudoescritor, o caradura o romàntico giliposhas simplemente) donde el duegno (propietario)  te deja pernoctar a cambio de unas horas de curre entre libros; yo no me he atrevido a decir nada porque, primero, bastante tiempo paso entre libros en Pasajes como para hacer de bohemio, segundo, ni soy bien parecido ni tengo talento y por ùltimo,  ya me cuesta lo suyo hacerme entender como para meterme en semejante berenjenal, sin contar que soy un cagao y un cobarde de mierda, amèn de un vergonzoso irrecuperable...



Despuès volvì a casa y compramos vino. Alà, Gaêl me dice que se acabò la botella, non dieu, nos vamos, magnana sigo.
Os quiere vuestro tìo-abuelo, adieu
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