Es extraño escribir en hoteles (al menos para mí, que los frecuento tan poco en esta época de mi vida), es extraño encontrar aquí esa llamada paz que se le presupone al acto de garabatear conscientemente en un lugar de paso donde cuerpos, y digamos la palabra errante, descansan, buscan fonda transitaria y fugaz, se aman, se odian, se distancian o se perdonan, se van, se piensan, todo ello con la vista puesta en un hipotético regreso proyectado entre ese trayecto en el que se habita. Uno escribe en os hoteles como un escriba en un monasterio, sabiendo que nada le pertenece, que todo se hace por algo ajeno a nosotros, que sólo somos cajas de resonancia, trozos oxidados de cobre (si es que el cobre se oxida, que ahora que lo pienso creo que no, o sí, me temo que todo se oxida), antenas amorfas retransmitiendo una historia que nos atraviesa sin mirarnos siquiera. Uno escribe en las habitaciones de hotel sabiendo que nada se posee salvo lo que podemos aprehender con la mirada, es decir, nada, y si uno se rinde y doblega al tiempo y se sienta a escribir es porque busca de alguna forma cuantificar sus sentidos, ampliar su torpe radio de acción, queriendo encontrar una posible respuesta al sinsentido brutal de ir de un lugar a otro por placer, por trabajo, por necesidad... Viajamos, nos movemos para buscar reposo y, desde lejos, volver a mirarnos. Curioso. Todo vano espejismo burgués, personaje sobreactuado desenvainando un lápiz (o tecleando un Ipad, un blackberry, una tableta sin personalidad, un portátil plagado de pegatinas en su tapa como si fuese la proyección en el siglo XXI de las rectangulares maletas de correas o los baúles también plagados de pegatinas dando fe de las escalas y los trayectos que veíamos de pequeños en películas en blanco y negro y con las que soñábamos surcar el mundo haciendo la revolución o simplemente tomando té en un hotel colonial vestidos de lino y adornados de sombreros de paja), intentando captar aunque sea las razones que nos han traído a este hotel y no a otro en otro lugar, como si esas razones pudiesen decir algo esencial de nosotros mismos.
Todo esto está escrito en un hotel, en un cuaderno trastabillado que transcribo por las noches en el ordenador por eso de ejercitar la mano y el laberinto de mi cerebro, en mitad del campo, en plena sierra conquense. Afuera llueve. En una de las vigas de madera del porche acristalado donde sentado en una silla que cojea levemente escribo esto, hay un nido de golondrinas. Gorriones nerviosos picotean las migas de pan de mi desayuno, aventurándose entre mis pies como soldados kamikazes; si cierro los ojos puedo imaginar sus pequeños corazones acelerados presos de la adrenalina, la necesidad y la temeridad desconfiada. Intento parar todo a mi alrededor, hago una pausa antes de seguir y no, no encuentro nada diferente.
Joseph Brodsky. Marca de agua. Ed. Siruela, pág 24-25
Hoy, por supuesto, todo esto ya no se puede ni pensar, ya que los muy listos cierran a cal y canto las dos terceras partes del estos pequeños establecimientos durante el invierno; y la tercera parte restante mantiene durante todo el año esas tarifas que te crujen. Si tienes suerte, puede que encuentres un apartamento, aunque, por supuesto, éste se presenta con el gusto personal del propietario en materia de cuadros, sillas, cortinas, y dota a tu rostro, reflejado en el espejo del cuarto de baño, de un aire de ilegalidad; en resumen, de eso de lo que precisamente te querías desembarazar: de tí mismo. Aún así, el invierno es una estación abstracta; sus colores son tenues, incluso en Italia, y sólo con el frío y la breve luz del día son intensos. Estas cosas entrenan a la vista en el exterior con mucha más intensidad de la que te permite una bombilla eléctrica sobre tus propios rasgos durante la noche. Si esta estación no calma tus nervios precisamente, sí los subordina a tus instintos; la belleza a bajas temperatura es belleza."
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