


En esas he estado, dándole vueltas a la cabeza mientras dejaba en barbecho el blog un tiempo relativamente corto pero a la vez muy largo para mis humos. Hasta que apareció la casualidad. No sé nada de la casualidad, sólo recuerdo fragmentos de cosas que me pasan y los junto esperando algo, un sentido, un empujón o una puerta que abrir. En uno de esos espacios temporales que le robo a las obligaciones diarias apareció Lawrence Block. ¿Que quién es Lawrence Block? Un escritor, claro. Un escritor que no está de moda, un escritor olvidado por el mundo editorial español, un escritor de novela negra que hoy por hoy sólo descubren aquellos que miran los viejos libros de las estanterías de sus padres si estos alguna vez compraron novela negra, los que se alimentan de ediciones baratas en casetas de segunda mano o los que pasean por los pasillos de las bibliotecas públicas como adictos en plena desintoxicación que por hacerse los valientes se van al barrio de los dealers y cuando se quieren dar cuenta están aspirando un chino en una esquina. ¿Qué dónde estaba yo? Pues teniendo en cuenta que la colección bibliográfica de mis padres siempre ha sido tan escasa como aburrida, y que en Manzanares no hay casetas de libros usados, pues estaba en la biblioteca pública.


Siempre que subo las escaleras miro sin ver las estanterías camino de la sala de lectura, dispuesto a estudiar enconadamente para convertirme de una vez en un hombre de provecho aunque hace tiempo que tengo asumido que soy el hombre desaprovechado que hoy por hoy no me queda más remedio que aceptar que, al igual que yo, somos casi todos los de mi generación. Mi cabeza reparó en que mis ojos habían leído un título, “El ladrón que leía a Spinoza”, de pasada… Eh, me dije… Espera… Volví sobre mis pasos y lo vi, una edición de bolsillo amarillenta y ajada escrita por un tal Lawrence Block. Un libro que comprobé había sido prestado 6 veces en 16 años (es una manía que tengo, mirar las veces que han sido prestados los libros que me gustan; 18-11-97, 27-11-97, 12-12-97, 25-12-97 (supongo que las cuatro de un lector muy muy perezoso), 3-2-98, 25-2-98 y después la nada...). Leí la sinopsis trasera: Un ladrón de guante blanco, Bernie Rhodenbarr, librero de profesión y ladrón a sueldo como “segundo trabajo” con el que redondear sus paupérrimos ingresos, se ve envuelto en un turbio asunto de coleccionismo numismático mientras le suceden todo tipo de perrerías y lee a Spinoza… Joder… Librero, ladrón, Spinoza… Pavlov hubiera sonreído si hubiese visto cómo se ponían a segregar mis glándulas salivales… Irresistible…Lo abro al azar y leo: (pág 30) “Dios sabe que no me enorgullezco de robar. Tendría un concepto más elevado de mí mismo si me ganara la vida en Barnegat Books. Nunca cubro los gastos con la librería, pero tal vez pudiera conseguirlo si me tomase la molestia de aprender a ser mejor empresario. El señor Litzauer pudo mantenerse durante años gracias a la librería antes de jubilarse, vendérmela a mí y trasladarse a San Petersburgo. Yo también debería mantenerme gracias a ella. Al fin y al cabo no vivo a cuerpo de rey. No me chuto caballo ni esnifo coca ni ando por ahí con la gente guapa. Tampoco me asocio con delincuentes conocidos como tiene el buen gusto de decirlo la junta que decide la concesión de la libertad condicional. No me gustan los delincuentes. No me gusta serlo yo. Pero me encanta robar.” Escalofríos, como rayos recorriendo mi espalda, uno tras otro… Priapismo cerebral seguido de un bombeo tímido directo a mi entrepierna… Me aguanté la risa como pude, esa carcajada trágica típica de los personajes de Aristófanes cuando se descubren a manos de los caprichos de los dioses. Miré a un lado y a otro buscando la sombra esquiva de ese dios de segunda B que se empeña en putearme. Saqué mi carné y me acerqué al mostrador como un autómata dispuesto a llevarme prestado ese libro. Leticia, la superbibliotecaria, me dijo que acababa de poner esa pequeña selección de novela negra ahí para ver si se movía algún que otro librito. Casi me arrodillo ante ella, lo juro. Antes de ponerme a estudiar para optar a un puesto en la bolsa de auxiliar de biblioteca en un pueblo cercano donde nos presentamos muchos, quizá demasiados, me conecté a Internet para buscar información sobre Lawrence Block. Comprobé que soy un ignorante, me avergoncé de mi abandonado oficio y leí que Block es un prolífico escritor de novela negra, que sus libros se dividen en bloques dependiendo del personaje principal, carismáticos perdedores todos ellos, gloriosos sosías herederos de la época dorada del género, y que Hollywood incluso ha adaptado alguna de sus obras (link wikipedia). Cuando por deformación miré lo que hay editado de él se me quedó cara de bobo. Nada… O casi nada, porque un libro disponible en RBA es como la nada más absoluta. ¿Señales para que pierda el miedo a leer en inglés de una vez y haga un pedido a Amazon junto con varios discos que quiero tener físicamente? ¿Señales de un modo de vida que se acaba, el del escritor de novela negra que teclea frenéticamente su Olivetti mientras entorna los ojos por las volutas de humo de un eterno pitillo aferrado a sus resecos labios e ignora las cartas de apremio del banco que el cartero le mete por debajo de la puerta, del escritor del que pasan todos los editores del mundo? ¿Nuevas señales para arruinarme otra vez convirtiéndome en editor de novelas pulp?

1. “A las cinco y media dejé el libro que estaba leyendo y empecé a echar a los clientes de la tienda. El libro era de Robert B. Parker, y su héroe era un detective privado llamado Spencer que compensaba el hecho de no tener nombre de pila comportándose con un insensato despliegue de actividad física. Cada dos capítulos te enterabas de que estaba haciendo footing por Boston, levantando pesas o buscando algún modo de sufrir un infarto o una hernia. Por el mero hecho de leer su historia ya empezaba a sentirme agotado.
Mis clientes no tardaron en marcharse; uno de ellos se detuvo a comprar un libro de poesía que yo había estado hojeando, pero el resto se evaporó como una delgada capa de escarcha en una mañana soleada. Metí en la tienda el mostrador de ofertas (“Todos los libros a cuarenta centavos. Tres por un dólar”), apagué las luces, salí, cerré la puerta, eché la llave, corrí las rejas plegables que protegían la entrada y las ventanas, les eche el cerrojo y dejé Barnegat Books preparada para la noche.
Mi librería estaba cerrada. Había llegado la hora de poner manos a la obra.”
Lawrence Block. “El ladrón que leía a Spinoza”
4 comentarios:
Que buen post has vuelto, hay que conseguir que publiquen los libros de L.Block en español o mejor publícalos tú. Un abrazo.
Hola, es el primer comentario que realizo en tu blog y es que lo descubrí hace bien poco. Siento que hayas tenido que dejar La Pecera y te deseo muchísima suerte en el futuro.
Agradecerte también el tiempo que tomas para escribir el blog y por realizar reseñas y comentarios tan naturales y cercanos, sobre todo el de "El Pentateuco de Isaac", el libro por el que encontré tu blog y que me ha parecido maravilloso.
En mi opinión es lo que da sentido a un blog, antes que nada porque cuando atacamos el pensamiento con la escritura nos aclaramos un poco, que bastante perdidos vamos, y en algunas ocasiones alguien recoge esas palabras.
Saludos y mucha suerte.Te guardo en "imprescindibles" entre "Favoritos".
Hola. Gracias por tu texto. Acabo de terminar de escuchar el audiolibro en inglés "The burglar who thought he was Bogart", protagonizado por el mismo personaje y pasé un rato buenísimo. Una historia interesante pero sobre todo bien contada, con ironía y humor muy fino. Lástima que no haya apenas nada publicado en español para que pueda recomendarlo a los amigos...
Los libros son la droga más dura que conozco. A mi también me gusta encontrarme con cositas nuevas: El asco. Horacio Castellanos Moya. Tusquets.
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