martes, 19 de febrero de 2013

Paul no está muerto, pero sentó precedente. El último testamento de George Harrison



Como todo producto residual de la cultura pop postmoderna que soy (producto que lucha por quedarse solamente en moderno subproducto filo-rock, sobre todo por eso de la ilustración, la manufactura y los tres acordes...) tengo mis manías, y dentro de ellas a algunas las he convertido en juegos, como por ejemplo extrapolar la conocida leyenda urbana que asegura que Paul McCartney murió en un accidente de automóvil el 9 de noviembre de 1966, siendo reemplazado por un doble, a otros artistas. Por supuesto que no pienso que Macca muriera, de hecho conforme ha pasado el tiempo se ha convertido en mi Beatle preferido (es pérfido, genial, socarrón y empalagoso como nadie) y tanto el visionado del video "Caos and Creation in Abbey Road" como el cuarto de hora final del maravilloso documental "Sound City" me reafirman en mi creencia (algo por otro lado bastante asentado cada vez que escucho la cara B de Abbey Road, lo cual no deja de ser curioso, ya que me tiré hasta bien entrada la veintena despotricando contra él y idolatrando a John). Sin embargo, aunque Paul está muy vivo, desde hace años me gusta “jugar” a descubrir cadáveres andantes que se hacen pasar por otros, sosías de tapadillo y demás rufianes que seguramente sí que cumplan la leyenda urbana que le atribuimos a Sir Paul. Evidentemente ésta sea una manera de resguardar, no sólo la integridad perdida de esos artistas a los que doy por muertos y cuyos dobles se han encargado de arrastrar su legado y su honestidad por los suelos, sino también la mía, mi propia honestidad, mi propio constructo estético con el que interpreto el mundo, es decir, mi pasado, mis quince años, mi pasión por lo que un día crearon y que poco a poco me han hecho en gran medida ser lo que soy.

Podría enumerar la cantidad de artistas que doy por finados e intercambiados por farsantes sin talento (versión pop del Hombre Enmascarado, que por cierto me alucinaba de muy pequeño, y que en el fondo es lo que van a acabar haciendo Simons y Stanley), pero nombraré dos o tres más "conocidos", así me guardo mis filias y fobias privadas.


Por ejemplo, y sin rodeos: Joaquin Sabina está muerto, se suicidó una semana antes de que su discográfica editase “El hombre del traje gris”; y como ya existía el precedente de Macca, buscarle un doble que malograse todo de manera inversamente proporcional a conforme se iban abultando varias cuentas corrientes fue fácil. Lenny Kravitz también está muerto; de su deceso no creo tener que convencer a nadie (es imposible, pero literalmente imposible, que el Lenny que escribió “Mister Cab driver” sea el mismo que… bueno el mismo que haga lo que sea que hace ahora) aunque acerca de cuándo pudo ocurrir éste varía dependiendo de a quién le preguntes. Yo creo que murió por combustión espontánea debido a una sobredosis de ego, cuya mezcla con el abuso indiscriminado de robos indecentes al legado musical de otros, fue letal y el pobre cuerpo de Lenny no pudo más al bajarse del escenario del estadio de Dakota el 9 de noviembre de 1993, justo cuando su manager le comunicó que “Are you gonna go my way” era disco de oro; fue escuchar eso, y ponerse a arder...

Esos no son los ejemplos más significativos, pero son de los que me primero me salen siempre. Evidentemente, los tentáculos de esta teoría conspiratoria se ramifican enormemente, y depende del día, me lo creo más o no. A veces elaboro listas, rankings privados donde inserto a los que creo que son los fiambres más rentables del rock (o de la literatura); curiosamente, del lado patrio me salen muchos más.

Otro ejemplo paradigmático (los ingleses tienen  a Paul, nosotros a este, somos así de cutres...): Ramoncín. Aquí la chapuza adquiere visos surrealistas y cómicos absolutamente flagrantes, es decir, aquí el doble se creyó tanto el papel que se vio fagocitado por su personaje; esa rinoplastia, ese abandono sin remisión de cualquier tipo de talento, esa falta de vergüenza ajena…), pero admitámoslo (y aquí me dispongo a hacer una confesión de uno de mis “guilty pleassures”) los primeros discos de Ramoncín molan, y molan mucho; quizá en todos ellos la balanza entre mierda y brillo nunca esté suficientemente equilibrada, pero siempre se puede disfrutar de varias canciones realmente brillantes (y de una humanidad y enclave histórico sin parangón), siendo "Putney Bridge" mi preferida de calle. Ramoncín murió apuñalado por Pepe Risi a finales de 1984, tras la salida de “Ramoncinco” (se especula que quizá por una novia que éste le quitó a aquel, aunque también pudo ser que un indignado Pepe Risi lo matase por el título más ridículo del rock español y la incipiente egomanía del interfecto; “por mucho que fuese su quinto disco, eso no era de recibo” comentó en alguna ocasión el gran Pepe, con quién por cierto firmó la soberbia “La chica de la puerta 16”). Lo que pasó después es bien sabido: mezcla un cirujano plástico algo chapuzas que quiso mejorar el original, un doble al que se le subió el éxito a la cabeza (sobre todo envalentonado tras firmar dos discos muy decentes como fueron “La vida en el filo” y “Fe ciega”) y liarse con Ivonne Reyes, y se entiende el desecho de inmodestia tanto musical como humana... Pero en el fondo, en el caso de Ramón(cin) y de su doble, todo es demasiado humano... lo cual, dicho sea de paso, no le exime de nada...

Como digo, en el rock patrio (o en lo que ha sido la historia de la industria musical en España) hay casos a patadas, aunque también es cierto que no todo aquel que ha tirado su carrera por la borda vendiéndose al vil parné sea porque ha muerto y un doble le ha suplantado (aunque en mi cabeza siempre es así). A veces no estoy seguro de si el Joan Manuel Serrat es un doble del desaparecido original (en su caso, no sólo es sospechosa su impertinente insistencia en juntarse con el doble de Sabina, sino también engendros firmados con el director musical que se hace llamar Kitflus) y entra dentro de esta ilustre lista, aunque a veces tiendo a inclinarme positivamente. Sin embargo, un ejemplo que no admite dudas es el de Camilo Sesto. 

Muchas veces, mirando la estantería de los discos, me pregunto si realmente Andrés Calamaro murió de sobredosis o tal vez fue asesinado por un demente dispuesto a hacer justicia poética; pero en su caso habría que decir que el doble ha intentado mantener el ritmo de Andrés, no sólo en lo que a cansinez y aburrimiento se refiere, sino a perlitas condensadas en buenas canciones; por mi parte no sabría decir ninguna, ya que tras hacerme el machote y escucharme los 5 cds del “El salmón” seguidos en orden, me pasó lo que Obelix y la poción mágica, que no puedo tomarla, y ahora, lamentablemente, es oír la voz de Calamaro (o de su doble) y no sentir nada…. Nada… También existen ejemplos gloriosamente surrealistas de músicos a los que sus compañías quisieron asesinar y no pudieron, por lo que en venganza sacaron a los dobles que tenían preparados (es decir, les anularon sus citas con el cirujano plástico) y les editaron discos que hicieron que aquellos abandonaran sus carreras. El ejemplo más claro es el de Lichis, jefe y genio de La Cabra Mecánica (me parto el pecho –otra vez- con quien haga falta para defenderle) y que tras editar “Hotel Lichis” y sobrevivir al enésimo intento de asesinato por parte de su compañía en vista de su renuncia a cortarse los huevos y vender su alma al diablo, nadie sabe dónde anda, avergonzado sin duda por haber creado un subproducto no ya sonrojante sino directamente de suicidio en masa llamado Melendi (la culpa de todo la tiene la canción llamada “La lista de la compra”, agujero negro que en vez de fagocitar todo siendo un epítome glorioso de la rumba catalana, expulsa mierda a mansalva sin pudor una y otra vez).

Todas estas cosas conmigo no pasan...


En cuanto al mundo anglosajón (y una vez liberados de la pecaminosa atracción a ver doble de muertos más o menos gloriosos en el mundo patrio), la lista también es jugosa, aunque quizá no tan larga como se podría intuir. Aquí ya influye muy mucho mi nivel de aburrimiento, y hasta dónde quiera uno ver manos negras exprimiendo talentos ad infinitum. Sería fácil que yo sacase a colación a Elton John diciendo que realmente está muerto, sobre todo a raíz de la prueba irrefutable de “Nikita”, los implantes y la tenaz acumulación de grasa en el abdomen que no se quema ni con diez efebos entrempados (es lo que tiene embadurnarlos de miel) pero no, Sir Elton está muy vivo, e incluso intenta recuperar credibilidad (“Madman across the Water” es grande, brothers and sisters, muy grande) lo cual resulta sumamente siniestro por su parte porque es una persona que resulta bastante repulsiva (da coseja, admitámoslo) pero conoce tan bien los resortes emocionales de esto de rock hecho con un piano que descoloca, la verdad. Sé que el cupo de casos evidentes lo copa el citado Kravitz, y es que ya lo dije antes, alguien que ha retozado con Lisa Bonet no puede ser la misma persona que ahora hace videos como “Again”, “California” o el directamente causa de suicidio procesal “Where are we running” (lleno todo él de guiños al Lenny real que murió y al cual le faltan toneladas de ironía y humor para llegar a ser un video musical soportable, pensando uno mientras lo ve que sería menos doloroso estar asistiendo a semejante espectáculo si así fuese). De todos modos, no sé por qué me centro en el pobre doble de Kravitz si hace eones que no lo escucho (quizá porque sus dos primeros discos acabaron rallados en mi equipo de tanto oírlos… y verle ahora, duele...). No todo son artistas a los que he dejado de prestar atención, estoy seguro que lo de Luis Miguel también es un doble (aunque en su caso el original Luismi está vivo, gordo y calvo en su mansión de Valparaíso, y tiene a ese doble (que yo creo que es un robot biónico) suplantándole; lo de Steven Tyler no, lamentablemente no está muerto (con lo que se ha llegado a meter ese hombre, por dios) eso es así, cagada tras cagada, al igual que lo de Brian May, que ya me gustaría a mí que fuesen ejemplos obvios de explicar con un deceso involuntario y un doble sacado de la manga, pero no, la decadencia es así. 

Lo que comenzó siendo un salvoconducto hacia la salvaguarda de una supuesta integridad artística, queriendo justificar una banalización con una muerte (a quién quiero engañar, al único que quiero justificar es a mí mismo), ha acabado convirtiéndose en un juego privado al que me lanzo retozón de vez en cuando. Existe la versión sencilla y la elaborada. La sencilla consiste en decir nombres y responder “paul is dead” o “maldito parné”, algo así como el “truco o trato”, y la larga consiste en ver dónde, cómo, cuándo y porqué…

Claro que está todo esto, y luego está lo del pobre Terence Trent DÁrby…

Y ahora, el documental más delirantemente adictivo, naif, lisérgico y divertido del mundo…. Hay que ser un genio y un cachondo para hacer algo así… (aconsejo verlo antes de que lo borren; es la tercera vez que lo retiran... ¿Paul?)


lunes, 4 de febrero de 2013

"La muñeca rusa" en la revista Filosofía Hoy


Ha salido una reseña de "La muñeca rusa" en una revista, Filosofía Hoy, en su número de febrero, firmada por Pilar Gómez (libros pendientes de leer desde hoy... "La otra vida de Egon", editorial Gadir). No esperaba que sucediera algo así, quiero decir, que saliese reseñado un libro como éste en una publicación seria (hay blog serios, claro, pero el papel tiene un marchamo, un estatus diferente, no sé...) y además, ¡una página! ¡Entera! ¡Con pintura de Jeremy Geddes! Seguramente el director o el equipo de redacción no sean conscientes del paria editorial que soy, y ya no hablemos de La Internacional Samizdat como editorial, pero...

Sé que el blog se mueve poco últimamente. Razones hay muchas, y se pueden resumir en dos. Una, yo y mi día a día, pero sobre todo, yo. Y dos, la situación general del país. ¿Por qué digo esto último? Supongo que es tal la sensación de fin de ciclo, de ruina democrática, de desolación vital (lo que está pasando en la comunidad de Castilla la Mancha es infame, seguramente la disgregación (tanto en extensión física como en fragmentación social) tenga mucho que ver en cuanto a la aparente ausencia de fractura social, pero las barrabasadas neoliberales que están haciendo nos pasará factura mucho, muchos años, por no hablar del país....) hace que esté en un estado de perplejidad que provoca la total ausencia de interés por escribir algo, aunque sea sobre el último disco de The Cult, sobre mi obsesión de los últimos meses por Bill Evans, Sílvia Pérez Cruz, o sobre el redescubrimiento de una banda como The Hatters tras una limpieza parcial de la estantería de los discos. Por no hablar de libros... Al final las dos razones se junta en algo, que soy yo, y el marasmo emocional es tal que la alienación vital en la que estoy sumido cada día se está haciendo más insoportable. Total, algo que solucionar, y que parece que ánimo para hacerlo, hay... Por de pronto, he de acercarme a mi kioskero favorito y cuando le compre el Ruta 66, le he de pedir un ejemplar de la revista Filosofía Hoy, al menos para guardar esa hoja en la maleta donde estoy guardando cosas a Pavel...

Creo que si se guarda la imagen, se puede leer bien...



sábado, 19 de enero de 2013

En un perpetuo tsundoku...






He sacado los libros de la estantería, esos que leo juntos y revueltos, para ternerlos "a la vista" con la intención de ir dando cuenta de ellos. Al continuo apilamiento hay que añadir una relectura, la de Bulgakov, que está superando con creces el placer de la última vez, tanto que ahora no quiero acabarlo, y he dejado a Margarita volviendo a casa después del aquelarre y a Natasha volando sobre Nikolay Ivánovich convertido en cerdo por las callés de Moscú, preciosas a rabiar...

Ayer vendí un ebook de "La muñeca rusa", al administrador de una página fascinante que gracias a Voland que descubrí una vez publiqué la novela de Milos, pues si hubiese dando antes con ella posiblemente hubiera entrado en un agujero negro y no hubiera acabado nada. Rusadas...

Debido a mi pobreza sobrellevada, aprovecho las fiestas de cambio de año para pedir libros y algunos discos. Al ir a colocarlos, vi que alguno del año pasado lo tenía sin abrir, y recordé esa palabra japonesa que es un haiku infinito en sí mismo. Llevo haciendo tsundoku desde los quince años, fetichista impenitente de todo lo femenino, el vinilo y el papel encuadernado. Lo cual, sumado a una modesta biblioteca que heredé de mi tío-abuelo, me hace tener libros repartidos por varios lugares (casa de mis padres, cajas en la lavandería, casa...). Normalmente escribo en la mesa de la cocina (hoy también), que también heredé y que intenté restaurar yo mismo lo mejor que pude (sigue en pie...), sentado en una silla de bambú que fue de mi bisabuelo y que es comidísima. La espera de un espacio propio (ese cuarto propio que pedía Virginia Woolf) donde poder encerrarme a escribir mientras atrueno mi cabeza con guitarrazos hirientes o saxos sincopados, afortunadamente no cercena las ganas de teclear el portátil, aunque a veces no sea el mejor momento ni las condiciones sean positivas. La ausencia de tiempo para mí desde la llegada del enano y la imposibilidad de laburar, ha hecho más evidente la ridiculez de mi tsundoku, sobre todo de un tiempo a esta parte. Esa fábula de la hormiga y la cigarra, siendo la hormiga la mirada inquisitiva de mis libros por las paredes mientras yo hago la cigarra pedorreando tripitas. 

De nuevo, otra vez, el libro como objeto. El tiempo de vida de un libro es cada vez más breve, si no funciona su venta en los primeros meses, se devuelven la mayor parte de las copias, acabando apiladas en almacenes de editoriales y distribuidoras a la espera de ser finalmente destruidas. No hace falta haberse hecho librero y arruinarse después para saber eso. Ahora bien, saber que ese hecho hace que rápidamente sean descatalogados (y quedando así relegados a circular en el mercado del libro de segunda mano o a las bibliotecas) hace que uno necesite hacerse con algún ejemplar aunque sepas que tardarás mucho en leerlo. Tsundoku (つ んどく) es una palabra japonesa que se utiliza informalmente para referirse al acto de comprar libros y amontonarlos sin leerlos en pilas por la casa, en estantes, en el suelo o en mesitas de noche. A pesar de todo, uno sabe que hay libros que no podrá "rescatar", las fiestas de cambio de año en las que la gente se regala cosas pasan cada 12 meses y aunque de vez en cuando rapiñe y salve alguno, no llego... Vendo libros de Milos Meinser para salvar otros... No es tan así, pero casi... Me quedan 26 ejemplares en casa de "La muñeca rusa", mas otros 33 repartidos en 4 librerías y una lavandería. Dudo mucho que se agoten, pero contaba con eso. De todos modos, pienso como en el precioso vídeo de aquí abajo, al final, los libros, tarde o temprano, acaban saliendo de su sitio de la estantería y conocen mundo...

miércoles, 9 de enero de 2013

"En los antípodas del día". Gonzalo Aróstegui Lasarte

"Sé que no estoy en mi juicio y que me falta inspiración. Todo me saca de quicio ¡qué desilusión! Odio salir a la calle, hiede la televisión, el rocanroll es un arte ¡qué desilusión! Es sólo una canción y me siento mejor (bis) Soy compañero de nadie y viajo solo en mi vagón, no encuentro un soplo de aire ¡qué desilusión! Soy pregonero del negro y tengo en cama la opinión, sé que no existe el infierno ¡qué desilusión! Es sólo una canción y me siento mejor"

Antípoda es masculino. Se dice "los antípodas". No conozco a nadie que lo diga bien. Es dificil hablar de ciertos libros, uno no sabe por dónde empezar. Yo he acabado "En los antípodas del día" de Gonzalo Aróstegui Lasarte, dueño y señor de Ragged Glory y escritor meritorio a raíz del gancho al hígado que me tiene confundido un par de días después de haber cerrado su libro. He de evitar las referencias privadas, pues los espejos que entre las líneas iba encontrando me han metido más de lo aconsejable en la historia. Hay libros que son reales. Rara vez la literatura lo es. Pero este libro lo es. Es real, y creo que eso es lo mejor que puedo decir de él. Es real y es paradigmático, es mito y es historia, a la vez, y eso lo hace grande. Ahora empezaré con las referencias, por eso de explicarme. 

"Te tiras cinco años estudiando Filosofía en la universidad, asentando en tu espíritu la ferralla epistemológica que te forma, te informa y te conforma, y cuando llega la hora de aplicarle el hormigón, aquella no es capaz de aguantar la embestida para la que -según todos los cálculos estructurales- estaba preparada." (pág 225)

Que yo haya trabajado de teleoperador (http://elcaimansincopado.blogspot.com.es/2010/09/vis-vis-entre-patadas-al-balon-y_07.html), que yo haya estudiado filosofía, que yo haya tenido gloriosas borracheras con Edu, Iván, Loic, Ramón y Sergio, que yo... no importa... nada importa salvo lo que hay en este libro...
Si Fernando León de Aranoa o Benito Zambrano buscaran un guión potente, lo encontrarían en este libro (de hecho, deberían buscarlo en este libro). Pero debería adaptarlo Azcona con el propio Aróstegui para que no se perdiera nada. Azcona no se debería haber muerto nunca, como Berlanga, como nunca debería morirse Rosendo Mercado, pero ese es otro tema, o no... Si Nick Hornby viviese en Carabanchel y en vez de jugar a ser progre lo fuese de verdad, habría escrito algo parecido a esta novela. No quiero resumirla, no creo que lo hiciera bien. Pero hay historia, hay narración, hay trabajo, hay personajes, y aunque el libro esté narrado en primera persona, todos están dibujados, con trazo más o menos fuerte, pero con una precisión y belleza increíbles. A veces lees libros que parecen estar hechos a medida, pero tu no lo sabes, ni lo buscas, simplemente lees y lees, pasas páginas y ríes, asientes, lloras, sufres, te ves y ves, sobre todo ves. Ves lo que ha sido un trozo de nuestra historia que nadie cuenta ni quiere contar. Los ochenta tuvieron sus directores de cine, plagados de cierto costumbrismo acaramelado; también su literatura, su música (eso descontado); sólo hay que saber buscar. Los noventa también, pero en esa década parece que todo era demasiado cartón piedra, sobre todo en este país, España, tan dado a insultantes anuncios vomitivos de campofrío cuando las cosas van mal y a la vácua modernez de Fangoria cuando van bien. Me contradigo a mí mismo; sólo hay que saber buscar... No me gustó "Historias del Kronen", ni en papel ni en celuloide. La transición al nuevo siglo no tuvo, a mi entender, su cronista, o al menos no sin que apareciese barnizado con cierta pelusilla autocondescendiente. Y ahora llega Gonzalo Aróstegui y planta a un personaje, una foto, una polaroid, un retrato baconiano, con sangre, vísceras y empuje, un retrato de todos esos hijos de trabajadores que en 1998 vadeaban la veintena acercándose a la treintena, esa primera generación perdida, soberbiamente preparada, culta a su pesar, cínica y heroica, y lo llama Rafael Hernández, y lo rodea de gente llamada Celso, y Jaume pero podrían llamarse Iván Pérez, o Ramón Fernández, o Eduardo Navarro... Y los presenta como son, como soy, como somos, como fuimos y acaso seremos, y narra, a pesar de la primera persona, con una certeza desoladora; capítulos cortos dan paso a un gran capítulo donde el narrador (Aróstegui) hace fluir la historia con una soltura (a pesar de lo farragoso de un aspecto de la trama) asombrosa. Piensa en Holden Caufield y ponle las ropas de Max Estrella, hazle tener la apariencia y el bagaje de Josele Santiago y el regusto concienciado de un Bertold Brecht en pleno monólogo después de un concierto de Iggy Pop... Ese es Rafael Hernández, y "en los antípodas del día" su viaje al fin de la noche, una radiografía sublime de esa generación proletaria que fue a la universidad y que, con el año 2000 sobre sus cabezas, se encontraron con que su mundo había desaparecido, o sería más certero decir que se encontraron con que no había lugar para ellos en el mundo que creían habitar, y que no eran más que eso, proles, y que en vez de con 18 o 19 años, iban a sentir en sus carnes la explotación y la toma de conciencia de clase acercándose ya peligrosamente a la treintena. Su corazón de las tinieblas fue darse cuenta de que sus pilares: el rock, los libros, el amor, la familia, los amigos (la fraternidad), los bares, nada valía, nada permanecía, sino todo lo contrario, se desmoronaba en sus manos, quedando la lógica del explotador y el explotado, la bajeza del sálvese quien pueda, ese mundo neoliberal que por mucho que combatamos con guitarrazos, arrojo y dignidad, siempre nos pasa por encima. La noche, LA NOCHE, ese turno donde Rafa vive y se gana la vida, aparece entonces como esa venda que poco a poco cae de su cara y le deja ver dónde está, aunque él crea que el sueño y el cansancio sean el colchón que amortigua su amargura. Un día asumes lo que llevas tiempo intuyendo, que no hay solución. En "En los antípodas del día" uno se ríe, sonríe mejor, pero la mueca no desaparece; en la novela de Aróstegui, al igual que en la vida, en el día a día, uno espera el próximo concierto, la próxima quedada con los colegas, la próxima juerga para descargar un poco de peso, para poder seguir el relato hasta ese final que intuyes que el autor no edulcorará (sorry Hornby), porque este es un libro real, una apuesta tan ética como estética. La radiografía no sólo es en blanco y negro sino que tiene carne, tiene color y calor... Me encantó lo que dijo Lu en su blog sobre este libro. Lu siempre es increiblemente certera y cercana en sus opiniones, a veces leyendo el libro de Aróstegui, la veía en Raquel... "...plasma la realidad del trabajo precario y las increíbles tragaeras que muchas personas demuestran tener a la hora de mantener un puesto de trabajo que no es, ni mucho menos, el que deseaba conseguir cuando estudiaba. También recoge los frustrantes intentos de escribir una tesis sobre el nacionalismo y mantener las relaciones personales con amigos o con la pareja trabajando en horario nocturno, vamos, misión imposible. Pero bueno, aunque la realidad del protagonista sea así de jodida, tampoco es un libro para echarse a llorar. Hace tiempo, escuchando a David Trueba en una mesa redonda sobre guiones cinematográficos, tuve que darle la razón cuando se puso a "criticar" a Ken Loach. A ver, tampoco es que lo pusiera a parir, pero se quejaba del rollo victimista de sus personajes, de la continua tristeza, del énfasis puesto siempre en lo negativo y en lo dramático. Dijo algo así como que los parados también se ríen, toman cervezas y follan, sólo que Ken Loach no enseñaba eso en sus películas. Pues bien, en el libro de Gonzalo el protagonista tiene motivos para quejarse, pero se queja mojándose (como debe ser), y además se ríe, toma cervezas, va a conciertos y folla. Como la vida misma."

A pesar de lo que digan los suplementos culturales, lo blogs más cool y visitados, cercanos a los randomboys o a los círculos de poder, es enormemente reconfortante saber que se editan libros como el de Aróstegui Lasarte.


Dale al play, sube el volumen y canta; después llama tus amigos y sal a buscar este libro...


martes, 8 de enero de 2013

David Bowie ¿Dónde estamos ahora?

Supongo que no habrá despistados que no sepan lo de la vuelta de Bowie, anunciada el día de su 66 cumpleaños, por lo que el motivo de poner esta escueta nota e insertar su vídeo se debe simplemente a la intención de comenzar el archivo del 2013 con la cosa más dolorosamente hermosa que hoy he encontrado...


sábado, 29 de diciembre de 2012

Entrevista sincopada. El autor de "La muñeca rusa" se confiesa, o lo intenta, en la Librería Muga


¿Y si acabamos el año con una entrevista?

Boris me dice que no es mala idea, y Phil añade mientras le pasa un pitillo y aquel lo rechaza amablemente, que no importa que no esté muy prolífico últimamente, pero que ponga el link y además una foto de los discos que escuchamos últimamente cuendo nos sentamos a leer. Popota propone que copie alguna cita, a lo que Phil pone pegas, pero al final chasquea los dedos y suelta, ey, bro, you got a bad reputation but nobody give a break when your down on your luck... Boris soríe, y me parece que le guiña un ojo a Popota, aunque no sé qué querrá decirle. Popota alza una copa algo sucia que no sé de dónde la habrá sacado y recita en voz alta: - Todos mis intentos de reducir la novela a un párrafo que permitiera explicar lo que se va a encontrar el lector suelen acabar en una recopilación de frases cortas que tratan de captar las múltiples historias entrecruzadas. Si tuvieras que contar en una frase, en 140 caracteres por ejemplo, lo que hay en el interior de La muñeca rusa, ¿qué dirías? Boris recoge el guante y contesta imitándome, aunque su cerrado acento francés y su ímpetu interpretativo hace que no nos podamos aguantar la risa...: Un checo le cuenta a alguien la historia de su vida; que trabajó como celador en un psiquiátrico y que se enamoró de una interna que decía ser hija de un cosmonauta soviético desaparecido en una misión fallida a la luna en 1961, y que la entrada de las fuerzas del pacto de Varsovia en agosto del 68 en Praga fue el detonante de su huída hacia ninguna parte, como si su historia fuese un puzzle que no le pertenece, un juego de espejos entre el que habla, el que escucha y una luna con ojos azules y nombre ruso. Me he pasado de caracteres, ¿no?… Lo siento… 

No sé qué pensará Milos Meisner de todo esto, aunque presiento que no tardará en escribirme...

Si quieres leer el resto de la entrevista, pincha en la imagen....



lunes, 24 de diciembre de 2012

Presentación de "La muñeca rusa" en la Librería Muga. Un intento de crónica...


Andrés Sorel, un señor y un amigo, en Muga, demostrando que es el único que no tiene una imagen indefinida

Debería haber escrito esto ayer. Hay cosas que no hay que dejar, aunque las dejemos. El viernes 14 se presentó Milos, o su novela, en la librería Muga. ¿Por dónde empiezo? Todo serán apreciaciones subjetivas, que más que ser ésta una frase de perogrullo, tiene su aquel porque el responsable de la historia de Milos Meisner soy yo y, aunque quisiera, no podría ser ni un poquito objetivo.

El viernes cogí el tren temprano y llegué a Madrid a las doce y media. Como andaba nervioso, apenas pude leer en el trayecto, si acaso observar a los demás viajeros mientras escuchaba a Band of Horses. Un asiático leyendo las tragedias de Sófocles en la edición blanca de cátedra vestido con una camisa igual a la que yo había pensado ponerme pero que al final no me puse. Señoras mayores, alguna acompañada de su nieta. Casi todos entretenidos con sus móviles. Yo también, no lo negaré. Fue poner un pie en Madrid y necesitar escuchar el "Smile" de The Jayhawks, que es el disco que me apetece escuchar en Madrid cuando Madrid está gris y lluvioso. La mochila iba a tope, cargado con 25 muñecas rusas, un estuche rosa que le robé a mi hermana hace años (con tres lápices de colores (rojo, verde y morado), dos bolígrafos azules, una pluma reseca con la que me gustaba escribir, un sacapuntas, un borrados, un ticket de algo con la tinta medio borrada (creo que de una cafetería), media servilleta de papel doblada de mala manera con dos títulos de películas apuntadas, un pen sin capucha y una cajita con cartuchos de tinta marrón para la pluma reseca), mi libreta, un cepillo de dientes, un bote pequeño de pasta, un pastillero de Mazinger Z con dos pastillas de cada (seis) y un libro de Graham Greene. No hacía frío. El peso de la mochila me obligaba a andar más derecho que de costumbre, algo que pensé que igual me venía bien, por eso de la actitud y la amplitud de miras. Al llegar a Muga conocí a Pablo (afanado entre albaranes) y a Santiago, un argentino maravilloso que me enseñó la librería y con el que estuve hablando un buen rato, yo que soy de poco hablar, buscando (él) conocerme un poco (no en vano soy un escritor que ha (auto)publicado una novela en una editorial fantasma y la iba a presentar en su librería). El hecho de contar que yo había sido librero, nos introdujo en una conversación graciosa y gremial, sorprendiéndome gratamente la actitud positiva frente a un negocio que yo acabé detestando (ellos son seis, yo era uno, igual era eso...) y lo implicados que están en el barrio (Vallecas). Como me conozco y sabía lo que me iba a pasar, después de mirar un rato estanterías y comenzar a sufrir ante la sobreestimulación, saqué un papel que llevaba en el bolsillo y le pedí dos libros que buscaba desde hace tiempo (no buscaba porque no los encontrase, sino que buscaba poder tener algo de dinero para comprarlos, y qué mejor que dilapidar mi exigua fortuna en dos libros... en la librería que me ha invitado llevar a Milos a Madrid). Para mi sorpresa, Igor, uno de los jefes y con el que yo había ido escribiéndome los días anteriores, me los había apartado después de uno de mis correos, cuando le preguntaba si los tenían allí con la esperanza de que me dijera que no... Para mayor asombro, uno de ellos ("El orientalista" de Tom Reiss) es uno de los libros favoritos de Igor, y también de Santiago por lo que pude comprobar. El otro, "Nostalgia" de Mircea Cartarescu, era mi "regalo" personal para conmigo mismo por eso de estar allí. Mientras hablábamos había un tercer libro en mis manos, y Santiago dijo que me lo regalaba cuando me vio hacer el ademán de dejarlo en donde lo había cogido, a lo cual no me negué, claro, pero él insistió y yo soy fácil... lo sé... "M" de Juan Vilá, del cual hablé en una entrada no hace mucho. Me despedí de Santiago, encantado y encantador, y me pidió disculpas por la ausencia de Igor, inmerso en un atasco en un Madrid lluvioso y con huelga de transportes, al cual conocería y caería rendido por la tarde.


Cogí el cercanías de vuelta al centro, descargado de mis 25 libros, y mientras acariciaba y olía mis nuevas adquisiciones, comprendía por qué Iván dice a veces que mi libro no huele a tinta como los libros impresos en imprentas "clásicas", al haber sido hecho en una imprenta digital y que los de Impedimenta sí, y mucho. Cosas de la Samizdat moderna, me dije mientras sacaba la cara literalmente del libro ante la mirada extrañada y algo bizca de una chaparrita de boca arrebatadora, y me bajé en Recoletos para darme el gusto de salir frente a la Biblioteca Nacional y pasear un rato, callejeando hasta Alonso Martínez. Entré a la librería Pasajes con la tranquilidad que da saber que vas a saludar a una amiga y que no vas a comprar nada, y con cuatro horas por delante antes de mi cita con Sorel, me dediqué a ir de café en café, leyendo las primeras páginas de los libros que llevaba encima, demorando el trayecto de cafetería en cafetería, dejándome mojar por la llovizna y preguntándome cómo era posible que cuando vivía en esa ciudad mirara tan poco hacía arriba como ahora cuando voy de visita, de paso o de vuelta. Ventanas, cornisas, esquinas, lámparas que iluminan sillones ocultos tras cortinas blancas... algún que otro tropezón en la calle Fernando VI, algún que otro pié metido en un charco traicionero y profundo, alguna que otra sonrisa con la cabeza gacha y la mirada por encima de las gafas mojadas mientras me sumía en un sthendalazo con tacones y gabardina...

Me reuní con Andrés Sorel a las seis en la sede la la ACE ( http://www.acescritores.com/) y estuvimos hablando en la misma habitación donde murió Zorrilla (rodeado de su familia o de alguna meretriz, depende de a quién le preguntes), sobre pequeños hoteles en Almería donde poder perderse a escribir, sobre nietas e hijos, sobre cómo todo está a punto de irse al garete, sobre libros, pero sin decir nada de la novela  ("ya te diré todo lo que te tengo que decir en la presentación"). Después cogimos un taxi y nos dirigimos hacia Muga; mientras llovía y el tráfico denso nos hacía ir despacio, recuerdo que yo estaba tranquilo, supongo que oyéndole hablar de la última vez que vio a Vázquez Montalban en un aeropuerto (no sé si dijo un nombre asiático o Barajas), de sus dos hermanos, de la memoria, siempre la memoria... Y al llegar, Igor... fantástico librero y enorme persona... y gente, no sólo amigos, y viejas amigas que hacía años que no veía...


Sobrevolamos la librería con un poco de prisa, saludamos e intentamos (o intenté) parecer tranquilo... La sonrisa de Igor, de los amigos y la family tranquilizaba bastante. Y además estaban Pablo y su mamá... A partir de aquí la cosa se vuelve confusa, en el sentido de que no sé cómo contar algo que sé que tardaré bastante tiempo en digerir y asimilar emocionalmente. El porqué es lo que dijo Andrés Sorel acerca de la novela, todo lo que dijo. Que alguien a quien admiras diga que la lectura de la historia de Milos le ha impresionado y le ha hecho recordar muchas cosas (él estaba en Praga cuando entraron los tanques, vivió el exilio, regresó a Praga un año después de la invasión con Dolores Ibárruri, vio cosas, escribió cosas, estuvo en Moscú y conoció a disidentes que habían pasado por psiquiátricos...) No sé... Es muy muy difícil recordar (no por desmemoriado sino porque estaba sentado a su lado y a veces deseaba tocarle para comprobar que yo estaba allí, que ese libro que él tenía subrayado lo había escrito yo...). Comprendí cosas, sobre mí. Recuerdo que dijo que leer mi novela le había hecho daño porque le había hecho recordar. Habló de las cuatro soledades, y me alegró que se acordara de Alexi, y tuve como un fogonazo al descubrir que la decisión de sacar a la luz este libro me asemejaba a la hija del cosmonauta, o más concretamente a no ser como ella, pues la novela, la historia de Irina y Milos se estaba convirtiendo, rechazo tras rechazo, en ese cosmonauta perdido, orbitando alrededor de la tierra sin que nadie sepa nada, olvidado por todos y obligado a ser olvidado por unos pocos... y que ahí está eso tan egoísta y tan pecaminoso que es editarse, o publicarse a sí mismo, en querer salir de un pozo para seguir escribiendo historias. Sorel habló de la trama como puzzle, del desierto, se dijo la palabra literatura...
Yo no quería hablar, pero tuve que hacerlo, improvisé de mala manera, como un solo atropellado del nuevo en la banda de Duke, sobre todo porque después de haber oído lo que Sorel había dicho no quería leer lo que llevaba escrito. Busqué entre mis papeles una cita que crecía recordar haber leído en un libro de Sergei dovlatov ("Rusia es el único país en donde hasta el pasado es impredecible) y al desordenarlos ya no supe cuál era el primero (lo que tiene imprimir a doble página sin numerar).
Después de abrió un pequeño debate, breve pero con cosas en las que pensar (al menos yo)... Sueños perdidos, dueños históricos que seguramente haya que recuperar tarde o temprano... Alguien preguntó (creo que fue el propio Igor de Muga) y tuve que hablar como si fuese un escritor de verdad; se hablo también de la autoedición y de por qué un libro como el mío no había encontrado editor, y me sentí como si el pecado que hubiese cometido, allí se me estuviese perdonando
Hubo gente, unas veinte personas, más de las que yo pensaba. Vendímos algunos, firmé unos pocos, dibujé lunas y cohetes con un lápiz verde y trazo muy naif. La diferencia entre lo verosímil y lo verdadero, la Internacional Samizdat un poco menos fantasmal y por una noche como una editorial real, la conquista de la alegría como algo no tan lejano, y en esta última frase hablo de lo que hay dentro de la muñeca rusa. Gracias a Andrés y a la gente de Muga, y a todos lo que se acercaron a arroparme tal y como Bulgakov decía que se arropaba algunas noches gracias al capote de Gogol...





martes, 18 de diciembre de 2012

Fragmento del capítulo cinco de "La muñeca rusa", y palabras del gran Juan Almohada sobre algunos aspectos de la misma....


Fragmento del capítulo cinco de "La muñeca rusa", y palabras del gran Juan Almohada sobre algunos aspectos de la misma....

Pinchando AQUI

Milos Meisner en su última visita a casa...

martes, 11 de diciembre de 2012

La librería Muga anuncia la llegada de Milos Meisner mientras yo copio aquí la nota final de "La muñeca rusa"


En "esto" orbitó Yuri Gagarin alrededor de la tierra, y volvió para contarlo...

Desde la Librería Muga me avisan que han escrito algo sobre lo del viernes (esto), y me ha encantado el título: "Próximo alunizaje en Muga: La muñeca rusa". En él, Igor, el jefe de Muga, escribe unas cosas que me niego a copiar aquí, por pudor principalmente. Me pregunto si lo que ha escrito es una estrategia comercial, una boutade, filantropía, enternecedora amabilidad o simplemente impresiones sin la pausa suficiente; de todos modos, allí transcribe la nota final que escribí intentando explicar algo y a la vez hacer como los músicos en los discos, es decir, hacer públicos los agradecimientos. 

Como después de la presentación del viernes he decidido dejar de dar la brasa en este blog con la novela de Milos y ponerme en orden y volver a escribir sobre lo que me apetezca (algo que por otro lado estaba intentando con Jason Bonham y otros discos) o sobre las andanzas que mi alter-ego tenga a bien tener y narrar, voy a copiar también aquí esa nota final incluida en la novela, como una "despedida" a medias...


     

       "Esta historia ha estado mucho tiempo rondando mi cabeza. Luego una frase escrita por Rodrigo Fresán: “No recuerdo quién dijo que los libros nunca se terminan, sino que, simplemente, se publican”. Opté por darle la razón, básicamente porque el, llamémosle, olvidadizo despiste del que habitualmente hago gala, no me dejaba obviar el hecho de que había varios manuscritos cogiendo polvo (físico y digital) en varias carpetas. Asqueado (esa es la palabra) del eterno peregrinar de este manuscrito por un buen número de editoriales, encontré en la frase de Fresán la excusa y, en mi necesidad de crearme una tabla de salvación, la oportunidad para hacerlo. A veces escribir no es más que dejarse llevar por el “¿y si hubiese pasado…?”, que es un pensamiento recurrente que rige nuestra vida y que sólo sirve para intentar explicarnos las cosas, para martirizarnos con ellas o, simplemente, para hacer literatura. La Historia está llena de infinitas ramas podadas. Hacer literatura con eso, algunos lo llaman distopía, otros utopía, otros lo llaman ciencia ficción. Tal vez yo haya hecho un poco de todo, o quizá nada en realidad.

      Los troncos de los que surge la historia de Milos Meisner son evidentes. Uno es un periodo que siempre me ha llamado la atención y me ha atraído desde que comencé a leer a autores checos. El otro es la llamada carrera espacial, cuyos tentáculos puedo adivinar desde mi infancia. Como muchos, crecí sumido  en esa fiebre de películas de ciencia ficción que a finales de los setenta y primera mitad de los ochenta llenó las salas de cine (algunas que recuerdo vivamente, y no hablo sólo de la saga de Star Wars o E.T. –que nunca me gustó–, como Barbarella, Flash Gordon, La fuga de Logan, Enemigo mío, Juegos de guerra (con la ídem fría de fondo, aunque igual ahí no había naves espaciales y yo estoy confundido, pero ya que hablamos de Guerra Fría, cito Amanecer Rojo como cota del delirio cinéfilo distópico que en un cine de verano me hizo preguntarme millones de cosas como inicio de mi juego con la historia), Alien, el octavo pasajero(culpable, entre otras cosas, de que las camisetas interiores de tirantes tengan para mí un alto contenido erótico, amén de cagarme vivo con el dicho bicho), Blade Runner...), películas que, mezcladas con libros de Julio Verne (sí, un lugar común, pero mis inicios lectores son muy vulgares) señalan el punto de partida de mi obsesión por los cosmonautas y astronautas “perdidos”. 

       Respecto a la Primavera de Praga, lejos de entrar en lo que se pueda decir o no en la novela, pertenece a ese grupo de sucesos históricos que entran en la categoría de “oportunidades perdidas”. En cuanto a la carrera espacial, ahí ya entramos en terrenos más pantanosos y, tras lo aquí escrito, creo que es necesaria una explicación. Siempre me ha llamado la atención el hecho de que los soviéticos, después de 1962, entraran en una especie de agujero negro y fuesen los americanos, contra todo pronóstico, los que consiguiesen llevar al primer hombre a la Luna. Dejando de lado el hecho de que yo crea que Korolev era infinitamente mejor ingeniero que von Braun, y que su historia sea también infinitamente más humana y subyugante (esa atracción por los perdedores me pierde), hay en la parte rusa de la historia demasiados puntos sin aclarar. Cómo perdieron la ventaja que llevaban respecto a los americanos es una de ellas. Posiblemente la sucesión de errores técnicos lo explique, pero la duda es demasiado atractiva (como lo es pensar que fue Kubrick el que filmó en un estudio la supuesta llegada a la Luna de Neil Armstrong). Internet es un lugar infinito donde encontrar “información” al respecto. Yo tenía una historia y tenía un personaje (Milos Meisner)pero no sabía qué decir de él, ni cómo hacerlo. El big bang del que surgió todo esto fue encontrar el nombre de Alexi Belokonev. A Milos lo creé yo (o él me creó a mí para que yo le diese voz, quién sabe), pero Alexi no me pertenece, ni él ni su supuesto mensaje, que en la novela aparece transcrito varias veces “literalmente”. A ambos los encontré en la red (plagio o trampolín, cita o rap(sodia) que me hizo comenzar a escribir por fin…). No puedo poner la página en la que encontré su historia (tan delirante como “real”) porque fue en una página que ya no existe. Posiblemente si se teclea “Alexi Belokonev” en google, salga algo como lo que yo encontré. Yo no lo he vuelto a hacer para no perder el norte que me fijé. Copié el nombre y la supuesta retransmisión, así como el año y el nombre del compañero de Alexi y comencé a trabajar. Mi viaje a la Luna se lo debía a Milos y en él me apoyé. Después surgió Irina, me sustenté en Hrabal y Cyrano, y apareció un librero en un pequeño pueblo costero…      
  

    Este libro es el resultado de dos libros anteriores, de dos versiones anteriores fallidas, o debería decir que fui yo el que le falló a Irina y a Milos. Confundí muchas cosas y en vez de soltar lastre y dirigir el rumbo mientras me dejaba llevar, cargué la historia de cosas que no le pertenecían y todo acabó esparcido por el suelo, estrellado como una estrella errante que realmente era como un dedo de grande. Eso fue la primera vez. La segunda acabé flotando en el espacio, vagando y convirtiendo la historia en humo. Respecto a lo que haya conseguido esta tercera, me ahorro cualquier opinión al respecto. Quien haya llegado hasta aquí me juzgará como crea que debe, y eso estará bien, pues no quiero más. Lo que sí quiero decir es que, en todo este proceso, ha habido una serie de personas gracias a las cuales ha sido posible que pueda contar la historia de Milos (y con ello sentirme como un músico de rock escribiendo los créditos de su disco): La nave no se hubiera liberado de la atmósfera terrestre si en los mandos no hubieran estado Iván Pérez y Andrea Hauer (el corazón de Milos les pertenece, y un trozo del mío también). En el hangar me ha acompañado mucha gente, y sin ellas no hubiera encontrado las fuerzas para reconstruir esta Vostok a partir de los pedazos de las dos misiones fallidas anteriores. Mercedes (mi correctora jefe), Lorena (la primera que me obligó a creer en Milos), Araceli, Eduardo (mi Carl Vader Jung particular), Guadalupe (leer esta historia en el metro de Nueva York es una de las imágenes que justifican la historia de Milos), Ariel, Ramón, Charo, Pilar y Enrico, Loïc, Raúl Baena (esa gira por provincias con Buster no se olvida), Antonio Álvarez Pax (una furgo por Almería, él sintiendo su gran viaje y hablándome de él, yo soñando con el mío y encontrando el escenario final frente a una hoguera la noche de San Juan), Teo, Jeremy Geddes (por darme la visión de Alexi), la guitarra de Derek Trucks, el piano de Tigran Hamasyan, Wilco (los tanques rusos al ritmo de A ghost is born, Irina bailando con Reservations...), el visionado obsesivo de Alondras en el alambre, The Allman Brothers Band, David Bowie (por todo, no sólo por lo evidente, el mensaje espacial vía Swinging London del Mayor Tom, los héroes del muro, Ziggy, Ronson, Mott, los jóvenes americanos...), Tom Stoppard y su Rock ‘n’ roll (y montada por el Teatro Lliure)… y al final, mi familia, y en especial, Celia madre (mi Luna), Celia hija y Pablo, el gran responsable de todo esto…"

La muñeca rusa, Juan Miguel Contreras, Internacional Samizdat, 2012
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