


¿Por qué había abandonado Rusia? Se podría calificar a Tunda de inmoral y falto de carácter. Los hombres que tienen un camino claro y un fin moral, como las personas que tienen una ambición, son completamente distintos a mi amigo Tunda.
Mi amigo era el prototipo del carácter imprevisible. Era tan imprevisible que ni siquiera se le podía tachar de egoísta.
No se esforzaba por conseguir lo que suele llamarse el interés personal. Las consideraciones egoístas le eran tan extrañas como los escrúpulos morales. Si fuera absolutamente imprescindible caracterizarlo por algún atributo, diría que su propiedad más clara era el deseo de libertad. Era tan capaz de desaprovechar las ventajas como de evitar los inconvenientes. La mayor parte de las cosas las hacía según su humor; y el resto, por convencimiento, es decir: todo lo hacía por necesidad. Tenía más fuerza vital de la que la revolución necesitaba en ese momento. Tenía más independencia de la que puede precisar una teoría que trata de adaptarse a la vida. En el fondo era un europeo, un "individualista", como dice la gente culta. Para vivir plenamente necesitaba situaciones complicadas. Necesitaba la atmósfera de mentiras intrincadas, falsos ideales, salud aparente, firme podredumbre, fantasmas pintados de rojo, las atmósfera de los cementerios que tienen aspecto de salones de baile, o de fábricas o de palacios, o de escuelas, o de salones. Necesitaba la cercanía de los rascacielos cuya desaparición se presiente, pero cuya existencia está asegurada por siglos.
Era un "hombre moderno".
(...)
Reconozco que después de leer la carta de Tunda se me ocurrieron todas estas preguntas, pero no la más inmediata, ¿cómo ayudar a Tunda? Yo sabía que era el tipo de persona para quien la amada seguridad material no significaba nada. No tenía nunca miedo a sucumbir. Nunca tuvo miedo al hambre, que hoy determina casi todas las acciones de los hombres. Posee una especial capacidad para la vida. Conozco un par de personas de este tipo. Viven como peces en el agua: siempre a la caza de su presa, y sin miedo a la caída. Son inmunes a la riqueza y a la miseria. No acusan las privaciones. Por eso están dotados de una dureza de corazón que no les permite sentir los pesares íntimos de los demás. Son los mayores enemigos de la caridad y de la tan cacareada consciencia moral. Son, pues, enemigos natos de la sociedad.
Hasta una semana después no pensé en ayudar a Tunda. Le envié un traje."
Mi amigo era el prototipo del carácter imprevisible. Era tan imprevisible que ni siquiera se le podía tachar de egoísta.
No se esforzaba por conseguir lo que suele llamarse el interés personal. Las consideraciones egoístas le eran tan extrañas como los escrúpulos morales. Si fuera absolutamente imprescindible caracterizarlo por algún atributo, diría que su propiedad más clara era el deseo de libertad. Era tan capaz de desaprovechar las ventajas como de evitar los inconvenientes. La mayor parte de las cosas las hacía según su humor; y el resto, por convencimiento, es decir: todo lo hacía por necesidad. Tenía más fuerza vital de la que la revolución necesitaba en ese momento. Tenía más independencia de la que puede precisar una teoría que trata de adaptarse a la vida. En el fondo era un europeo, un "individualista", como dice la gente culta. Para vivir plenamente necesitaba situaciones complicadas. Necesitaba la atmósfera de mentiras intrincadas, falsos ideales, salud aparente, firme podredumbre, fantasmas pintados de rojo, las atmósfera de los cementerios que tienen aspecto de salones de baile, o de fábricas o de palacios, o de escuelas, o de salones. Necesitaba la cercanía de los rascacielos cuya desaparición se presiente, pero cuya existencia está asegurada por siglos.
Era un "hombre moderno".
(...)
Reconozco que después de leer la carta de Tunda se me ocurrieron todas estas preguntas, pero no la más inmediata, ¿cómo ayudar a Tunda? Yo sabía que era el tipo de persona para quien la amada seguridad material no significaba nada. No tenía nunca miedo a sucumbir. Nunca tuvo miedo al hambre, que hoy determina casi todas las acciones de los hombres. Posee una especial capacidad para la vida. Conozco un par de personas de este tipo. Viven como peces en el agua: siempre a la caza de su presa, y sin miedo a la caída. Son inmunes a la riqueza y a la miseria. No acusan las privaciones. Por eso están dotados de una dureza de corazón que no les permite sentir los pesares íntimos de los demás. Son los mayores enemigos de la caridad y de la tan cacareada consciencia moral. Son, pues, enemigos natos de la sociedad.
Hasta una semana después no pensé en ayudar a Tunda. Le envié un traje."
Fuga sin fin, Joseph Roth. Ed. Acantilado...
Y por trece euros... http://www.acantilado.es/personas/joseph-roth-516.htm
1 comentario:
Siempre es un placer leerte ,pero de todo lo que escribes mis preferidos son las recomendaciones literarias como esta.Saludos.
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