jueves, 22 de junio de 2017

Confesiones de un amo de casa frustrado, capítulo 6




Sentirme un esclavo. Ser yo solo a veces. Y que esos momentos me devuelvan el rostro que no quiero ver, la traición de la desidia. Trabajo en un fábrica. No será por mucho tiempo. Cubro una larga baja por enfermedad. No pude decir que no. Nada apuntaba a que la elección fuese la errónea. Pero lo fue. En la entrevista previa no me dijeron realmente ni en qué consistía el trabajo, ni el sueldo ni el horario. Lo que me contaron poco se corresponde con lo que he de hacer. La vida son relaciones de poder. La literatura, la que de verdad importa, solo puede tratar sobre relaciones de poder. No hay más. El resto es mentira. Existen infinitas maneras de representar las relaciones de poder; aunque pueda parecer extraño, así es. Si detrás de cualquier trama no existe el pulso violento del combate contra, por o entre el poder, entonces es literatura fallida, falsificación de la vida, aunque la trama verse sobre visitantes de Urano, las Saturnales romanas o la vecina del segundo. Y la vida está ahí para recordar(me) eso. Constantemente. Y también constantemente lo olvido; he ahí la contradicción de mi vida. Trabajo en una fábrica. parte de mi sueldo se lo queda otra empresa, a la que la gerencia de la fábrica paga para que yo trabaje por un sueldo miserable. Vendo tiempo de mi vida por un puñado de dinero que apenas solucionará nada porque resulta risible. El horario es igualmente infame. Por el camino se quedó aquello de los derechos laborales, vaya uno a saber dónde. 20 horas en dos días, 14 de ellas seguidas sin apoyo de ningún compañero. Si hay mucho trabajo, me las veo y me las deseo para poder ir a mear. Si como algo es furtivamente. Los compañeros son buenos. Eso nos salva. No sé si a ellos de la misma manera que la que yo siento que me salvan a mí, espero que sí. Me salvan, pero no me redimen. Nadie puede salvo mi hijo. Quizá por eso es la primera vez que no abandono. Perdón, he utilizado un verbo a propósito para dar pena. Abandonar. Realmente no abandonaría. Nunca he abandonado, uno no puede abandonarse  a sí mismo. He dejado trabajos antes por mucho menos para no olvidarme de mí mismo, para decir "no", para poder regresar a casa (esa es mi suerte, mi milagro, el privilegio, que siempre he tenido un hogar al que regresar, ya hayan sido mis padres, mi pareja, mis ahorros, una habitación de hospital, la vivienda que tuviese alquilada -o la habitación de una-). ¿Esta vez es diferente? Supongo que sí. Me enfrento a un trabajo alienante, donde me explotan física y mentalmente, donde parte de mi sueldo se queda en una empresa que vende esclavitud a través de la palabra integración. No digo que no porque no soy yo solo y es pasta. Me consuelo con la esperanza de otro trabajo esporádico sin intermediarios y con sueldo decente que ha de llegar porque cada año llega, al menos durante tres meses. Tengo casi 43 años. La precariedad laboral es un estado que alimenta mi cinismo, nada más. El reverso es el trabajo en casa, los meses que ejerzo de puntal de la intendencia de mi hogar. El otro día, a punto de tirar la toalla en la fábrica me dije a mi mismo una frase: "soy feliz cuidando de mis hijos y mi mujer, soy feliz haciéndoles la comida, teniendo limpia la casa, su ropa planchada, estando ahí a la entrada y la salida del colegio, ayudando a hacer deberes, lamentándome por ser una fregona, una chacha, el último mono, soy feliz siendo eso, y no esto, no en esta fábrica donde el miedo sobrevuela y la tensión a veces ahoga". Y seguí. Al igual que seguiré los 7 días seguidos que me tocan de nuevo, y luego, y luego... y ya... Porque hay un "se acabó" no muy lejos.

He de admitir que no soy ningún héroe, al contrario, si escribo esto es precisamente porque no lo soy. Nadie me desprecia tanto como yo mismo. Señalo la herida pero lo hago in perder de vista la salida. Lamento mi situación, pero en la puerta siempre tengo el coche esperándome con el motor en marcha. Lo cual no quita para que en mi cabeza se dibuje un estado de cosas infame. Gente que lucha por ganarse la vida sabiendo que la estafa es cada vez mayor, que la especulación desbocada propiciará que el fin sea no solo terrible sino inminente. La paradoja está en la resignación de los trabajadores, pues no otra cosa mantiene el orden, dilatando ese fin que parece que llega pero nunca aparece, y nunca aparece, y nunca aparece, entre otras cosas porque todos somos reemplazables, y con cada nuevo reemplazo la resignación de renueva, y así la máquina sigue funcionando. De igual modo estos días se me ha hecho evidente algo, una nimiedad, y es que, mientras los trabajadores de la fábrica de más de 45 tienen un marcado sentimiento de clase, los menores de 30 no muestran ni rastro de eso. Todos se quejan igual, pero los jóvenes con un cinismo chocante sin el más mínimo rastro de reivindicación. Claro que tampoco les culpo, los mayores, con toa su razón de clase han conseguido más bien poco, es más, en esta fábrica en particular, las sardónicas risas de los jefes resuenan constantemente incluso sin que ellos estén por ahí. ¿Y los que estamos entre esa franja, entre los 30 y los 45? Supongo que bastante tenemos con sobrellevar la desolación de habernos creído que nos merecíamos otra cosa, que era casi natural que nuestra valía y formación nos reportase un futuro mejor. Y mira... Deberían arder tantas cosas que no arden. Comenzando por algunos corazones que merecen ser inflamados de ese modo y terminando por algunas edificaciones ... Joder, qué pena, parece que he vuelto a ver "Germinal", y no...

Tengo la sensación de que hacía siglos que no escribía. Tampoco leo mucho, la verdad. Estoy muy cansado, y el poco tiempo del que dispongo dormito. A lo sumo me permito fantasear; me agarro a esas cuatro cosas extraordinarias (un artículo en una revista, un correo electrónico que demoro en acabar yéndome un poco por las ramas, bordeando el límite de las normas de cortesía, y soñando, sobre todo soñando) y espero que el despertador haga girar la rueda de nuevo. Apunto mentalmente cosas para la nueva novela sin tener la certeza de que alguna vez pueda escribirlas (porque las olvide). Del manuscrito que envié a esas dos grandes editoriales no sé nada. Tampoco espero una respuesta inminente. Quizá, y ese es un pensamiento alimentado por el fueguito del orgullo, la autoedite. Lo curioso es que es algo que hoy por hoy me da igual. Me gustaría que cambiaran cosas, pero ya tengo edad para aceptar que posiblemente nunca suceda nada. Antes de todo esto di un pequeño taller de escritura a un puñado de gente que resultó ser maravillosa (los 9 que quedaron de los 16 que empezaron). Tras dos sesiones titubeantes y caóticas por mi parte, conseguí urdir 4 clases medianamente buenas, lo cual me llenó de alegría. Y que alguno de los 9 me lo dijera por privado más aún. Pero así son las cosas, efímeras y fugaces. Ni sé cuándo me van a pagar, y la cantidad roza lo ridículo, amén de los quebraderos de cabeza para poder cobrar sin que el fisco me pegue el susto (que está por ver si no es así al final). Pero, como digo, eso fue hace un mes, y ahora estoy "al" otro lado, y por suerte que estoy "en" otro lado, aunque esta vez haya caído en un antro alienante y explotador. Desde luego que la posesión de los medios de producción es la clave. Poder, relaciones de poder; establecer determinado movimiento en el engranaje social como para que la libertad de una de las partes sea casi inexistente y así ejercer coercitivamente el dominio suficiente para el mantenimiento de la estratificación social. Comprar y vender. Comprar(se) y vender(se). Ya no están de moda los escritores currantes tipo Monteagudo, ni los misteriosos salidos de dios sabe dónde tipo Carrasco; los apocalípticamente lumpen como Marta Sanz o Pablo Guitiérrez ya están asentados y ahí siguen (y gracias)... para qué seguir, no era mi intención acabar haciendo una lista (malditas listas, ¿verdad, don Ricardo, añoradísimo Ricardo Piglia?), todo está hipercompartimentado (reflejo inevitable de las clases sociales en las que nos movemos) y, ahora que he encontrado mi humilde nicho, mi pequeña editorial, tal vez debería cuidarla, aunque haya elegido escribir novela, y no cuentos, ni relatos breves, ni poesía, es decir aunque haya elegido la maratón, la carrera de fondo sin meta en ningún lado y no la carrera más o menos larga pero que resulta más fácil encajar en la vida diaria. Pero uno ha sido igual de suicida toda su vida, y no estoy por cambiar a estas alturas del partido.

El pequeño Pavel con sus candorosos cinco años dice que con lo que gane compremos una máquina de replicar, para poder así hacer una copia de papá y mamá, y que vayan nuestras copias a trabajar mientras nos quedamos cuidando de él. "Ojalá fuese todo así de fácil", alcanzo a contestar. Esta noche es su madre la que está de turno de noches. Me resulta admirable comprobar cómo hemos conseguido cuadrar nuestros turnos para que el estropicio familiar sea el menor posible. En cuanto acabe de escribir esto, me llevaré al pequeñajo a la cama para dormir con él. Sus pequeños ronquidos de osezno son la única frivolidad ñoña que me puedo permitir en estos momentos. También he de recordar sacar del congelador algo de comida para mañana. Ensalada de pasta y pechugas a la plancha. Y hablando de plancha...

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