domingo, 6 de octubre de 2013

Empezando la casa por el tejado. Las pruebas de "Cardiopatías", versión caja de lujo...




 Ya tenemos las primeras pruebas de la caja con los cuentos de "Cardiopatías". Además del libro como tal, la idea es hacer una caja artesanal con los cuentos impresos en cuadernitos y cosidos a mano. Habrá dos opciones: caja roja con los cuadernos en blanco con la portada (cuatro cuadernos), o la caja con la portada y los cuadernos con cubierta roja (cinco cuadernos)... Son costosos, pero creo que merece la pena (ya que lo hacemos, hagámoslo bien). Si un ebook es un libro, una caja con cuentos en cinco cuadernos cosidos a mano supongo que también lo es. Cito a Willie Dixon y su "no juzgues un libro por su cubierta" (en versión de Cactus, que me pone bruto, de su mítico primer disco), los cuentos son los que son y cuando estén disponibles serán juzgados (y tendremos a bien decir aquí cómo habrán sido ajusticiados), así que me ahorraré hablar ahora de lo costoso que ha sido escribirlos, o ha dejado de serlo. Al igual que "La muñeca rusa", "Cardiopatías" ha sido rechazado por un par de decenas de editoriales; aunque a diferencia de la novela, estos cuentos no han sido reescritos en profundidad para ser publicados ahora, cosa que sí sucedió con la historia de Milos Meisner (y creo que para bien, aunque en su tímida "visita" a cinco editoriales tras su publicación, "La muñeca rusa" ha sido ignorada dos -creo que o no ha sido leída, o no se han tomado la molestia de rechazarla-, en otra ha sido rechazada bajo el argumento de "no publicamos novelas autopublicadas previamente", en otra aún está a la espera de ser valorada y en la última ha sido aprobada, pero este última bien merece un post propio pues la historia es curiosa. 

"Cardiopatías" ha sido corregida ortográfica y estilísticamente (un "la" por allí, una proposición por allá, una subordinada fuera, y poco más). La corrección llevada a cabo sobre un manuscrito que fue abierto por última vez en 2007 ha hecho que el desbroce no fuera más profundo por la sencilla razón de que no parecía que fuese necesario. En Verkami estamos a punto de conseguir la mitad de la cantidad que necesitamos, las pruebas están en marcha. En los próximos días habrá más.

Es muy gratificante estar involucrado en la producción física de ese objeto que muchos dan por muerto, llamado libro impreso.

Yo simplemente quería ver publicado un libro de relatos que ya creía que sólo tenía posibilidad de serlo cuando yo me muriera, pero como es posible que eso pueda ocurrir pronto, o no ocurra nunca, prefiero hacerlo ahora. Lo único que puedo decir es que no tendría la osadía de publicar algo (autopublicar algo, para más "inri") que me pueda sacar los colores dentro de un tiempo o que me pueda avergonzar leer (incluso en el hipotético caso de que los cuentos no los hubiera escrito yo). Quizá esta frase es un poco arrogante, pero no sé decirlo de otra manera, incluso siento que empiezo a sudar mientras escribo...

¿Las pruebas de la caja? Preciosas...



jueves, 3 de octubre de 2013

Comienzan "los 40 días de Verkami" para poder publicar "Cardiopatías"

Acaba de empezar la campaña en Verkami para poder publicar "Cardiopatías".
Este es el link para ver el proyecto en detalle:
http://www.verkami.com/projects/6701-cardiopatias-un-libro-de-relatos

Dejo un fragmento de prólogo y el índice, espero que les sea atractivo a los no habituales:

"... la distribución de los relatos ha quedado un poco como una recopilación de singles de 45 rpm (inéditos), sobre todo si recuerdo las fechas en las que fueron escritos. Es cierto que una vez leídos se puede llegar a pensar que cualquiera de los personajes de los relatos que formarían las “caras A”, podría haber escrito los relatos de las “caras B”, o si no escrito, sí haber aparecido también en ellos... [...] En cuanto a la explicación que puedo dar de los mismos, tal vez podría dar algún detalle, más o menos anecdótico sobre ellos, pues no creo que, después de tanto tiempo y después de todas las vueltas, tanto estilísticas (las veces que han sido reescritos) como físicas (copias perdidas en mudanzas), pueda hablar mucho más sobre ellos. Por ejemplo, el último cuento que escribí de esta compilación, “La última noche de Richard D. Lane”, data del 2006 y lo único que yo puedo decir sobre el mismo es que lo soñé, tal cual está contado, literalmente, en una cama de hospital, tras una operación sencilla que tuvo una complicación algo aparatosa y que, a su vez, provocó una escena que bien merecería un cuento y que terminó por mi parte postrado y dormido a base de tal cantidad de calmantes, los cuales, estoy seguro, provocaron ese sueño y que éste fuese lo suficientemente vívido como para que al despertar lo recordase de esa forma que a veces se recuerdan los sueños y que le dejan a uno sin poder acoplarse a la realidad durante un buen rato. El primero en antigüedad, y último en este libro, “La ciudad trenzada”, fue escrito a principios del verano de 1999, en el taller de una lavandería, a mano y del tirón (ha sido la única cosa que he escrito así en mi vida) entre dos tandas de edredones; recuerdo el mono azul sin mangas y roto por la pernera y las botas de agua (en una de ellas se colaba el agua por el talón), recuerdo estar totalmente bloqueado a causa de esa primera novela que estaba intentando escribir fruto de un amor imposible (el peor motivo para escribir una novela) y que me quedó demasiado costumbrista (me quedó demasiado “todo”, me temo), y recuerdo también que de golpe sentí que necesitaba escribir algo totalmente opuesto, casi como divertimento, un desahogo, como si necesitase una noche de fiesta en mitad de una semana de trabajo demasiado absorbente, así que de golpe comencé esa historia sobre una violinista y su hermano que no pude dejar de escribir hasta que garabateé el final, con la lavadora parada hacía ya un rato y el pié derecho todavía empapado. He de confesar que en ese momento estaba leyendo “Personajes en un paisaje de infancia” de Bohumil Hrabal, y que ese libro estaba sobre la vieja mesa de madera frente a la que me senté, así que supongo que eso lo explica todo. Ese cuento ganó el único premio literario que he ganado en mi vida, el cual, viendo todo lo que ha pasado después, más que un brillante pistoletazo de salida, fue más bien un experimento reconfortante de un prototipo de cohete cuya construcción ha sido pospuesta y postergada sine die por más mejoras que he intentado hacerle a lo largo de los años y por más empeño en sacarlo adelante que le he puesto. Aunque si he de seguir con el símil musical del principio, tendría que decir en mi descargo que “La ciudad trenzada” fue todo un hit en la comarca de Torralba de Calatrava…"




domingo, 29 de septiembre de 2013

Camas pequeñas y pijamas feos

La cama me viene un poco justa. He de dormir de lado y con las piernas encogidas. No tengo suero puesto, por lo que duermo bien, la vía no me molesta, a lo sumo estiro el brazo y listo. Ayer llovió cuando anochecía. Leí mucho, me leí el cómic de “Malas Ventas” de Alex Robinson. No me hicieron ninguna prueba, pasé el día el blanco en ese sentido. Es duro estar lejos de casa. Debería haber puesto esa frase entrecomillada, parece el verso de una canción de puro ñoña. El susto también ha pasado, hay un momento en el que uno deja de pensar, dobla su voluntad como se doblan los pantalones al meterlos en el armario pequeño en la esquina de la habitación y se deja hacer. Sé lo que me pasa y sé cuál es el fin. Lo que me da miedo es el trayecto, y sobre todo qué médico se erige como “decididor” de mi paso por aquí. No debería estar aquí. No lo digo porque no lo merezca o porque haga gala de una mortificación sensiblera, no; lo digo porque es fin de semana y no me han hecho ninguna prueba y, además, yo me encuentro bien (normal en mi peculiaridad, como antes de venir por urgencias).


Veo pasar por la puerta una paciente, de unos cincuenta años; lleva en la cabeza un pañuelo de un azul más oscuro que el pijama que parece sacado de una película de los años veinte, con una extraña forma, como anudado por delante elegantemente. Sus zapatillas son rosa con lentejuelitas azules y verdes. Extraño sitio este para engalanarse. Ha amanecido bonito, entra el sol por la ventana y se escucha el ruido de una fuente en el patio interior del hospital. Me gustaría poder vestirme e ir a buscar a mi hijo para dar un paseo junto a él y su madre. Las auxiliares hablan mientras cambian las sábanas de mi cama y lavan a Trinidad (mi compañero de habitación, un campesino de 84 años con los pulmones machacados) sobre una paciente un par de habitaciones más allá, dicen que está loca, que no quiere tener a nadie más en su habitación, que le molesta la gente. Dicen que su hijo también está ingresado, en la habitación frente a la suya, y que es igual. La alta alcurnia y las ínfulas tampoco casan bien en este sitio. me ha dado por escuchar "Planet Waves" de Dylan con The Band. Me paro constantemente en "Forever young" y me acuerdo mucho de Pavel. Nunca había dormido lejos de él en su año y medio de vida. No tengo ganas de afeitarme. A ratos leo un libro que he tardado 14 años en conseguir. “Los frutos amargos del jardín de las delicias” de Monika Zgustová, una biografía de Bohumil Hrabal que editó destino en 1997 y que ni en mis años de librero pude conseguir. Hace dos semanas me saltó un aviso en mi correo, que aparecía en Iberlibro y, claro, lo compré inmediatamente; además era mi cumpleaños. Es un libro precioso, más allá de lo que yo pueda amar y admirar al personaje y a la persona Bohumil; es un libro maravillosamente escrito (imita, sin chirriar, el estilo barroco y desbocado de Hrabal) y reproduce muchos de los textos que escribió durante toda su vida, sobre todo sus primeros poemas, sus primeras intentonas. Evoca perfectamente la idea que uno (yo) se ha hecho a lo largo de los años sobre él, y la sensación de perpetua ternura y melancolía hacia su vida y sobre todo hacia la manera en la que vivió, es continua. Leo como a sorbos, como si el libro fuese una trampilla por la que meto la cabeza y me saca de aquí; como todo lo relacionado con medicinas, agujas y artilugios galénicos, la evasión es breve, no puede alargarse mucho. Me acaban de tomar la tensión. Un asco. Y eso que me acabo de levantar. Es una pelea de la que ya ando algo aburrido, esta que tenemos mi corazón y yo. Es como si tuviera un gigante bobo dentro del pecho, como Hodor de “Juego de Tronos”, es un buenazo, pero el cabrón me está destrozando y su empecinada desmesura va a acabar conmigo como me despiste. “Corazón de perro”, como el libro de Bulgakov, no casamos bien pero algo nos debemos de querer cuando la mayor parte del tiempo intentamos mantener vigente el tratado de no agresión que firmamos desde la niñez y unas fiebres reumáticas nos enemistaron para siempre.

El nuevo libro está totalmente preparado, el proyecto elaborado y enviado a los gestores de la página de Verkami, a la espera únicamente de su aprobación definitiva. Lo único que falta por mi parte es concretar con ellos la fecha del “lanzamiento” de la propuesta. Después de eso, tendré 40 días para intentar conseguir la cantidad necesaria para poder publicar el libro, que para más recochineo se titulará “Cardiopatías”. Es un título que ya lleva puesto siete años, y ya me puede dar otro amago y/o angina o como sea que llamen a esta guerra privada, que no lo cambio.


Robo la conexión del móvil de alguien para poder dar señales de vida en este mundo irreal, esta otra ventanita que, al igual que el libro sobre Hrabal, me saca un poco de aquí… Siento si hay faltas, erratas o incongruencias…

sábado, 21 de septiembre de 2013

¿Y si todo saltase por lo aires? Solicito ayuda para encontrar al autor de un texto que no reconozco

Necesito ayuda. No sé de dónde ha salido el texto que adjunto más abajo. Estaba en la carpeta de borradores, entrecomillado, y no tengo ni la más remota idea de dónde ha podido salir. Seguramente lo copié de algún libro pero no logro recordar cuál, y eso que he mirado bien. He tirado de google y tampoco he tenido suerte. Igual lo copié de algún blog una noche de medicinas e insomnio, pero copio y pego y tampoco encuentro nada. No contemplo la posibilidad de haberlo escrito yo, no reconozco esas palabras, y no doy para algo así. Me inclino a pensar que es de Henry Miller, pero hace años que no leo a Henry, aunque hace unos meses estuve releyendo párrafos subrayados del maltratado ejemplar de "Sexus" que tengo (y que compré en Granada el día de fin de año de 2002, como si con eso renovase votos con la vida, y sé que esta frase es una ñoñería, pero escribo sin mirar y no me sale otra cosa). Parece que tampoco es de Henry. Sentía la necesidad imperiosa de escribir, lo que fuese, como si con eso combatiese el dolor de cabeza que me persigue estos últimos días, y a la vez como una manera de echar por tierra la sensación de dejar pasar los días con esa indolencia y llanura pasmosa que me atormenta a la vez. Parece que todo está parado, y me siento como a la espera de que salte algo en cualquier momento, pero de momento no pasa nada; me siento en un corredor donde he llamado a todas las puerta y ninguna ha abierto aún. Luego vendrá comprender que ninguna tiene por qué abrirse siquiera, pero esa comprensión será de a poco, pues aún habrá varios días en los que seguiré esperando una respuesta, que uno vea el vaso medio vacío no significa que no tenga sed y quiera beber... Luego pasará algo, y actuaremos en consecuencia... Esta tarde tenía una frase, pero no encontraba un bolígrafo, y no podía entrar a la habitación donde podía encontrar uno; al final, he encendido el ordenador y en lo que éste ha tardado en encenderse, todo se ha ido; miento, todo no, sólo me ha dado por pensar que esa frase, esa cuerda a la que me agarraba para tomar algo de impulso, era un mierda total. Después he rebuscado algo, alguna fotografía, algún documento con un texto perdido, y tampoco ha encontrado nada. Al abrir el blog he visto en la carpeta de "borradores" este texto, y he empezado la búsqueda de su autor... Si alguien sabe algo, le estaré eternamente agradecido...

 


"Quisiera decir una cosa más. Ahora recuerdo a dónde quería llegar... a esto... me da lástima el individuo que nace escritor. Es por eso que me burlo tanto de este pájaro; trato de disuadirlo porque sé lo que le espera. Si en realidad es bueno, está arruinado. Un pintor puede vender media docena de pinturas en el año; así me dicen. Pero un escritor... vaya... si a veces le lleva diez años escribir un libro, y si es bueno, como digo, le lleva diez años más encontrar un editor, y después de eso tiene que contar por lo menos quince o veinte años para que el público lo reconozca. Es casi una vida entera para un solo libro. Y entre tanto, ¿cómo va a vivir? Bien, en general vive como un perro. Nadie emprendería esa carrera si supiera lo que le espera. Para mí todo el asunto es una locura. Digo llanamente que no vale la pena. Nunca se pensó que el arte se produjera de esa manera. El asunto es que el arte es un lujo en nuestros días. Yo podría manejarme muy bien sin leer jamás un libro o mirar una pintura. Tenemos demasiadas otras cosas; no necesitamos libros ni pinturas. La música sí; siempre se necesitará la música. Tal como yo lo veo, el mundo está perdido. Como van las cosas, no se necesita mucha inteligencia para seguir tirando. En realidad, cuanto menos inteligencia se tiene tanto mejor se está. Todo está tan previsto que ahora las cosas le llegan a uno en una fuente. No se necesita más que saber hacer algo pasablemente, se entra en un sindicato, se trabaja lo menos posible y lo jubilan a uno cuando tiene la edad. Si tuviéramos algún sentido estético no podrían soportar estar en esa estúpida rutina año tras año. El arte lo hace a uno inquieto, insatisfecho. Nuestro sistema industrial no puede permitir que  eso suceda; de manera que ofrecen algunos pequeños sustitutos suavizantes para hacer que la gente se olvide que son seres humanos. Pronto no habrá más arte, se los aseguro."

martes, 17 de septiembre de 2013

Cuando te canses de pegarte con la vida... Dos discos de Alfa, "El segundo oficio más viejo del mundo" y "Autorretrato de un hombre invisible".


Foto: Carolina Galiano

Foto: Carolina Galiano
La semana pasada me llegaron a casa dos discos de Alfa, o Alfredo F. García, antiguo líder de Le Punk y piedra angular de ese maravilloso grupo de culto que fue Buenas Noches Rose. Coincidimos hace meses gracias a Pax, su batería y amigo común, en un concierto; hablamos un poco y quedamos en enviarnos cosas, yo mi libro y él alguno de los discos que está sacando. Me ha enviado dos EP, de cinco y cuatro canciones. Escucharlos estos días, en unas condiciones propicias (ambos discos están en youtube, pero la cosa cambia escuchados en mejor calidad), me ha hecho preguntarme muchas cosas. Les estoy sacando el jugo a conciencia. Parece fácil, pero no lo es tanto. Me he acordado de cuando Ray Manzarek decía que escuchar los discos de The Doors requería cierto habito, escuchar veinte minutos, levantarse o dejar lo que se estuviera haciendo, darle la vuelta al vinilo, y escuchar otros veinte. Sólo así se podía escuchar su música, decía. De hecho, en casa, si pongo algún CD de los Doors, porque me pilla más a mano que el vinilo, no los escucho enteros, siempre acabo quitándolos al rato. Cuando los pongo en vinilo sí los escucho enteros. Todo esto viene al caso porque desde que tuve conocimiento de lo que estaba haciendo Alfa con su música (publicar cada poco tiempo un pequeño puñado de canciones) me preguntaba el porqué. Para saberlo debería preguntárselo directamente a él, cosa que espero hacer, y de paso algunas preguntas más que no vendría mal currarme para hacerle una entrevista de verdad, así que todo esto no son más que disgresiones mías sobre escuchar música. Es obvio que me encantó recibir ese paquete. Sigo pensando que regalar discos es lo mejor que se puede hacer (y libros y películas) con alguien, por lo que me gusta darle la importancia que creo que tiene. En este caso, lo primero que me agradó fue el artwork tan currado y bonito. Nada fuera de lo común, en uno prima el blanco y negro y en el otro el color algo saturado y rugoso de las noches en vela. ¿Pero 5 y 4 canciones? ¿No es eso muy poco? Quizá, pero he llegado a la conclusión, escuchándolos despacio, que no. Repasando mis últimos años de compra y descarga de discos, ha sido triste para mí reparar en que no recuerdo los títulos de las canciones de los que de veras me han gustado ni creo ser capaz tampoco de asegurar cuántas veces los he escuchado enteros y atentamente.... Me pierdo a la 8 o 9 canción, es así... No tengo el descanso cada veinte minutos, como recomendaba el añorado señor Manzarek. ¿Los discos ya no se escuchan como antes? Es muy posible que así sea. ¿Y eso es malo? En principio no, pero hay algo que no encaja y hace que sí, que sea peor que antes, es lo que tiene convertir en normal lo extraordinario, cuando uno se quita la escafandra ya no repara en el aire que respira (antes uno se ponía música y elegía qué quería escuchar, ahora está constantemente si quieres, sin parar). Yo, en mi caso y refiriéndome a mi vida melómana personal, he caído en ello sin remisión. Admito haber reculado en el pasado, a la hora de comprar algún disco, si comprobaba que el track list constaba de 9 o 10 canciones, y no 15 o 16. Y ya de las reediciones ni hablamos, era capaz de tildar de robo si el Deja Vú de CSN&Y venía únicamente con sus 10 luminosas y sublimes canciones. Para correrme a gorrazos, lo sé, pero en mi defensa diré que suena ahora mismo, en un intento de redención (y avería). Recuerdo tener en una mano la reedición de "Forever Changes" de Love con descartes, ensayos y demás y en la otra la edición normal, y me compré la que más canciones tenía... como si al no hacerlo me estuvieran timando... Y al final, cuando quiero escuchar ese disco, resulta que me pongo el vinilo (lo compré porque quería preservar mi vinilo, ya ves tú qué gilipollez más grande), aunque esté algo cascado, porque quiero que ese disco capte mi atención y no que pierda el hilo al rato... Qué triste... pero es así... y ya ni te cuento lo que significa escuchar los dichosos archivitos en mp3... Ya no es que pierda el hilo ni sepa qué canción estoy escuchando, es que el grupo en sí se disuelve y muchas veces termina quedándose en nada... Como mucho, si el disco es bueno, consigo retener las 4 o 5 primeras canciones, y esas son las que crecen, por eso los discos ahora empiezan como torpedos... Posiblemente habré dejado de prestar atención a varias decenas de discos que seguramente sean cojonudos porque el grupo ha pensado que el orden de las canciones merecía un discurso narrativo o emocional distinto al "tobogán" hoy imperante. Si ese orden está basado en una U (empieza alto, baja de intensidad y el tercio final sube) seguramente medio disco ni lo habré escuchado (se me viene a la cabeza el "West" de Lucinda Williams, el "Jupiter´s Darling" de Heart, o el "It´s not human" deThe Cubical), y ya si es de esos discos que van de menos a más ni lo cuento... ¿Con esto quiero decir que si no llego a conocer a Alfa y ha cruzar amables palabras con él, dificilmente me hubiese comprado sus discos? Tal vez, pero no quiero olvidar que me interesa todo lo que Alfa pueda hacer, pues como artista me parece indispensable y el precio de esos discos es casi ridículo (la balanza precio/canciones roza lo punible si "pasas de pasar por caja"). Como su idea es publicar un disco cada poco tiempo (a punto está de aparecer "El ocaso de los cines Luna"), seguramente yo hubiera esperado un tiempo prudencial y me hubiera hecho de golpe con todos a la vez. Me alegro de que el azar haya hecho lo que ha hecho conmigo y con su música... "El segundo oficio más antiguo del mundo" y "Autorretrato de un hombre invisible" son dos joyas que, a la espera de hacerme con el primigenio "22 de octubre" en vinilo, se pueden tomar como la cara A y la cara B de un disco que, de existir, se podría calificar de sublime. ¿Exagero? No lo creo, a las canciones me remito. ¿Ahora sería el turno de los calificativos...? Real, poético, visceral, áspero, delicado... No, prefiero bucear en el increíble poso musical que envuelve unas letras tan certeras como evocadoras en donde se adivina un duro trabajo tras ellas. Si existe un punto intermedio entre la lírica de José Ignacio Lapido y la de Quique González (ay, si éste hubiera firmado un disco con estas canciones... medio ruterío estaría aún entrempado, por no hablar de una Rolling Stone noqueada y una Efe Eme jugando al despiste para no caer en el panegírico por culpa de los prejuicios de los que hacen gala mes sí, mes no), ahí estaría Alfa.

Foto: Carolina Galiano

"Musa del viento del sur, tus hilos mueven mi rueca. Que no se amargue tu miel, que no se enfríe tu cera". Así comienza "Las rosas de Caín", blues pantanoso con el que se abre "El segundo oficio más viejo del mundo", el cual nos retrotrae directamente a los tiempos de "La danza de araña". El riff arenoso del Buzuki doblando una sangrante letanía explota con ese irrumpir de batería que sólo Pax sabe hacer tan bien y que si Levon Helm y Jim Dickinson allá donde estén la escuchan, seguro que les hace felices. Y de golpe lo vez, ves a una banda de escándalo, puliendo un legado musical que aunque no sea "nuevo" no por ello es menos vital y necesario. "El camino de regreso a casa" ralentiza el ritmo y pide que le prestes atención, descubriendo una letra sentimental y doliente, quizá sobre esa clase de amistad que el paso del tiempo se empeña en hacernos olvidar, donde la palabra amor no está de más, y donde tras el fracaso y el orgullo por un pasado glorioso se esconde un intento por tender la mano y saldar cuentas, mostrando una madurez que por fronteriza no es menos real. Si esto parece poco, escuchar acto seguido "Después de la tormenta" y "¿Cuántos soñaron contigo?" te desarman con su cadencia dylaniana justo antes del accidente de Woodstock pero con la vista puesta en Blood on the tracks ("A veces no sueno contigo, y la mañana me despierta en brazos de un dolor dormido, sumido en una nueva espera" canta en "Después de la tormenta", y "¿Cuántos soñaron contigo?" es sencillamente deliciosa, donde la cita a "Maria de la O" lejos de ser anecdótica se torna primordial, pero ese es otro tema); con unos arreglos de viento certeros y primorosos y un Hammond que se desangra mortalmente, son dos canciones soberbias. Cierra "El amor era un boomerang" y bajo la base un rock luminoso que agasaja el pulso y te deja como al propio Alfa en la foto que acompaña al libreto en esa página, con una media sonrisa, con cara de ensoñación y ojos confiados. Con espíritu de himno, Alfredo canta sentido y contenido, con cadencia de bardo resabiado que sabe algo que los demás no. Será que el amor sólo es un juego donde siempre se tiene mala mano...

Y termina el disco y uno se queda con ganas de más... Pero sólo hay una opción, volver a pulsar play y descubrir aspectos nuevos en lo que no reparamos antes o pulir el oído en unas canciones que son como una casa donde reposar. La banda base, Dani Patillas, Ignacio Khoury y Pax, es para blindarle el contrato de por vida (ojo con Khoury, Dani es todo un caballero que nunca falla, y de Pax ya está todo dicho). El día que consigan un teclista que encaje (económica y humanamente), la cosa puede ser directamente de aúpa.

Foto: Jaime Sánchez

Pero también está la opción de, habiendo escuchado veinte minutos, te levantes o dejes lo que estés haciendo y le des la vuelta al disco, pues a mí me ha dado por ver en esas cinco canciones la cara A de mi disco ideal. ¿La cara B sería entonces "Autorretrato del un hombre invisible"? Sí, hoy sí. Pero como al cd no se le puede dar la vuelta... No, en serio. Si "El segundo oficio más viejo del mundo" sentaba las bases de un camino a seguir (pero que para hablar de la historia de Alfa resulta redundante, porque es algo que lleva toda la vida haciendo), "Autorretrato de un hombre invisible" mantiene el pulso firme, pero a la vez tiene matices distintos. Abre "Euterpe" con cierto aire British, como si un denso e inspirado Ian Hunter versionara al último Tom Petty. La letra, tomando a la musa como imagen y rehén, plantea de manera genial la confesión de que la música es un destino que nunca tendrá otro fin más que su propia continuidad. "Alfa" es un blues rabioso de esos que tan bien compone Alfredo, respaldado por la banda en estado de gracia, sonando como un búfalo furioso del que Howlin´Wolf estaría orgulloso. "Afrodita" es tan densa y cadenciosa, con una atmósfera casi opresiva que es como un salto al vacío donde se busca salvaguardar la belleza a toda costa.  "Rumbo al siguiente corazón" suena como la hermana mayor de "El amor era un boomerang" pero volviendo a casa después de años mientras todo se va al garete. Impetuosa y controlada, este vals fulgurante anima a mear contra el viento, a sacar coraje y soltarle jaque mate al cenizo que jugaba al ajedrez en un acantilado filmado por Bergman, con un Miguel Herrero convertido en un Garth Hudson comandando a The Band como si supiera que es la última vez que lo fuera a hacer.


Quizá sólo sea mi deseo que estos dos Ep´s fueran un disco glorioso ; me viene a la cabeza Jimbo Mathus, el Ryan Bingham de Tomorrowland; pero esto no es EE.UU., ni siquiera es Europa, y me temo que también en esto tiene razón Alfa,en hacer las cosas como las está haciendo, en hacer su propio camino y combatir la sobreabundancia con perlas contadas lanzadas como botellas al mar cada cierto, y poco, tiempo. Me gustaría que tuviese toda la suerte del mundo, ¿qué menos se puede pedir para alguien que escribe canciones con ese nivel y que uno lleva escuchando media vida? A punto de salir "El ocaso de los cines Luna", me temo que esta vez no me lo pensaré dos veces a la hora de hacerme con él, aunque la idea de ir a la presentación el 2 de noviembre en la Sala El Sol, donde con la entrada te dan el disco, y cantar entre la gente estas canciones, se vuelve cada segundo más y más atractiva...

http://www.alfamusica.com/biografia/








martes, 10 de septiembre de 2013

De regalos increíbles y envoltorios fabulosos para vulgares cardiopatías...


Prueba de la cubierta de "Cardiopatías". Autora: Andrea Hauer Guzmán


Desayunaba mi inevitable té en la taza que el rey Nikochan me regaló inspirada en "la muñeca rusa" mientras intentaba descifrar el incesante chapurreo lleno de entonaciones límpias de Pavel hasta que he descubierto que me estaba pidiendo un libro, uno que le han regalado hace poco... "El topo que quería saber quién se había hecho aquello en su cabeza"... Versión sonidos... Genial... Llegó en un paquete sin remite.. Dos libros para Pavel de parte de Aitor... No me he puse a llorar leyendo la nota que acompañaba los libros porque bastante tiene Pavel con entenderme de normal como para ponerme emocional de más; que baile a ritmo de Whitesnake mientras hacemos las camas (nos gusta mucho "Long way from home"), que me mire como si entendiese cuando le leo algo que yo acabo de leer y que me ha gustado o que medio entone "la zarzamora" a la hora del baño de tanto oírmela a mí, ya es suficiente de momento para sus tiernuras... Lástima no tener manera de agradecer estas cosas de manera inmediata... Quizá la manera de comprender del todo mi entusiasmo sea decir que no conozco a Aitor ni a Niko, que sólo nos escribimos de vez en cuando, que yo hecho de menos leer a mi Fuckin´Perry y hablar con él aunque no sepa a qué altura quedan sus ojos de mis ojos o cómo es su risa, que me gustaría dar un paseo tras quedar con Niko y conocer a Arlet, pero son cosas que no puedo... Aunque quejarme de esas cosas sea un poco pueril, pues bastante echo de menos de por sí a cierta gente como para echar raíces en una nostalgia epistolar, casi fantasmal, pero que se presupone bastante empática, con personas que no "conozco".

Por otro lado, reconozco que estoy perfectamente plegado a mi nuevo rol vital, y que éste no me permite escribir aquí lo que desearía; aunque escribir escriba lo que puedo, me diversifico y no lo hago aquí pues hace tiempo que he abandonado el rol de bloguero (como todo rol, hay unas normas, una finalidad, un ritmo y unos temas concretos, los cuales me acercarían a una especie de rana Gustavo cuando la rana Gustavo era reportera, y además dicharachera, y hablaba de cosas sin ser columninsta ni crítico ni opinador profesional), así que cada vez que me siento y abro el blog dispuesto a escribir, me pregunto, ¿"desde dónde" lo hago ahora y qué es lo que debería escribir?, porque este espacio ha crecido y me gusta escribir en él, lo lea la cantidad de gente que lo lea. De un tiempo a esta parte parece que sólo escribo sobre el libro nuevo que voy a autopublicar y reconozco que sí, que ese es un tema que me empuja a escribir aquí, que quizá sea interesado (quiero vender todos los que pueda) y tal vez triste (será por temas...), pero es lo que hay. Hay temas de los que me gustaría decir algo (libros.... discos...) y hay otros que, aunque también me gustaría, me asustan (ciertas cosas sobre la salud, por ejemplo) o sobre la paternidad desde el punto de vista que la estoy viviendo, pero no ha lugar (ni tiempo), así que me vuelco en el libro, en mi editorial de mentirijilla y en esas cosas que, aunque sólo sean potencialmente, me acercan a esa imagen que persigo y a la que me agarro como un paria sin futuro pero con conexión a internet.

Hay cosas que me pasan y de las que hago apunte mental para el blog (curioso lo que me pasa con los libros de Ricardo Menéndez Salmón, cuando llevo la mitad, desaparecen de mi vista, los pierdo, no sé dónde los dejo, y paso los días buscándolos, y a veces los encuentro y leo algo hasta perderlos otra vez y así, aunque son pequeños, temo no acabarlos nunca -en estos momento voy por tres empezados- y los mezclo y creo que todos son el mismo gran libro), pero no me pongo a hacer ninguna entrada curiosa. Veo películas que no digiero del todo pensando que si escribiera sobre ellas aquí, sabría yo mismo lo que pienso realmente ("Zacarías", la primera de Don Johnson, por ejemplo, o "El león en invierno" o la que vi ayer "Clave Omega de Sam Peckinpah, y de otras que tengo el disgusto de ver cuando me escapo al videoclub, tipo "Prometeus", la cosa está clara y tan sólo queda dilucidar si es mierda, mierda pinchá en un palo, mierda colgá de un pino o mierda seca simplemente). De música mejor no hablamos, que parezco una jukebox estropeada que va a saltos y sin coherencia y además con la memoria estropeada...

Ayer recibí la prueba de la cubierta del libro nuevo. Me encanta. Además, va perfecta con el diseño interior. Pienso que Andrea Hauer ha hecho un trabajo espectacular. Al igual que el de Iván, mi maquetador predilecto, y con el cual estoy en ese toma y daca de correos con correcciones y notas que parecen de extrema urgencia pero que sólo son puntualizaciones gramaticales y poco más. La idea a lanzar en las próximas semanas será la siguiente: Como no tengo dinero para hacer frente a la publicación de "Cardiopatías" en estos momentos, voy a intentar lo del micromecenazgo, en Verkami. Estoy ultimando el proyecto para ver si me lo aprueban y cuelgo la propuesta de la Internazional Samizdat para intentar recaudar el dinero suficiente. Como soy... bueno, como soy como soy, he pensado pedir ayuda además a Andrea para ofrecer algo más a cambio, y no solamente el libro (que como objeto he de decir que está quedando precioso; respecto a lo de dentro no me aventuro). Así que ofreceremos, además del libro: forros artesanales para dispositivos de lectura electrónicos (depende del que tenga en que lo quiera) o para libros, con la medida de "Cardiopatías" y "La muñeca rusa", estuches artesanales donde poder meter el libro y lapiceros o libretas, reproducciones de la portada (aún está por concretar en qué soporte o con qué técnica) y una edición especial del libro, en un estuche de cartón y con los cuentos (porque "Cardiopatías" es un libro de cuentos) impresos por separado y cosidos a mano. Como digo, para eso queda, poco, pero queda. Que consiga el dinero necesario para imprimir ese centenar de ejemplares que me gustaría, dependerá de muchas cosas, y de momento esa es la única manera que se me ha ocurrido.

Todas estas palabras están acompañadas por las imágenes de la prueba de la cubierta: completa desplegada, portada y trasera (con la "sinopsis que el becario de La internazional Samizdat ha escrito deprisa y corriendo) con la solapa (la solapa de la portada con mi "biografía", me la ahorro).

Y hasta aquí puedo leer. Fin de la transmisión...

Portada de "Cardiopatías. Autora: Andrea Hauer Guzmán


Trasera de la cubierta de "Cardiopatías (con solapa y sinopsis del becario). Autora: Andrea Hauer Guzmán

jueves, 29 de agosto de 2013

Primera página de "Sobre hojas de humo"... y algunas disgresiones al azar...


Robar tiempo al sueño, acumular cansancio cuando ya no hay más cansancio y un poco más o menos no cambia nada. Ojeras perpetuas, sonrisa fácil, correcciones a deshoras, frases al azar y como límite siempre el maldito parné. Podria escribir algunas novedades respecto a la novela, a esta escritura y a cosas que pasan pero que nunca, nunca, e insisto en lo de nunca, se concretan en nada, así que es normal que a veces todo parezca un sueño. Pavel, el pequeño Pavel, ayuda a diferenciar sueño y vigilia; cada vez demanda más, y hace que todo se sobrelleve, incluso los latidos torpes que ensombrecen mis ratos cuando me encuentro a solas. El proyecto del nuevo libro se va concretando, pronto podré poner aquí cosas al respecto. De momento, la primera maqueta se está corrigiendo; todo se va perfilando, y parece que puede quedar algo decente (como proyecto, que luego se materialice, dependerá de muchas cosas, o al menos de una determinada cantidad de dinero que más o menos ya aparece clara entre los tachones, cuentas y palabras indescifrables que emborrono en mi cuaderno). Cuelgo la primera hoja del primer cuento del la primera prueba sobre maqueta. Ha cambiado la tipografía del título y una dedicatoria que aquí no aparece y que aparecerá; el resto se queda como está (el número de página también cambia, claro, ahora hay un prólogo que increiblemente he podido escribir a saltos como si de un Rob Gordon tras grabar una cinta recopilatoria o Jimmy Rabbite relajado en la bañera se tratase -añado que mi patito de goma (que cojo prestado a Pavel) no tiene sombrerito ni pañoleta, pero es igual de inspirador-). 
Sí, claro, estoy leyendo (lo que se puede), "La luz es más antigua que el amor" de Ricardo Menéndez Salmón, y también debería decir releyendo ("La literatura nazi en América", edición de Seix Barral, a saltos y como tributo). Estoy a punto de dejarme llevar por el triángulo de las bermudas que es la música de Ray Charles (te entran ganas de mandar el resto de discos a la mierda y abandonarte a la idea de que estás en 1958 y el soul es algo digno a lo que dedicar tu vida (esta noche me (re)veo "The Commitments", decidido), aunque la tormenta aún no es perfecta y llevo el salvavidas del decadente glamour europeista de los discos de los setenta de Roxy Music y el bote del decubrimiento de Ian Carr, así como la sesuda disección del disco de Black Star Riders y la comparación con lo que considero el mejor epígono que nunca ha habido de la música de Thin Lizzy, un grupo maravilloso y entrañable del que nadie se acuerda llamado Pride Tiger. Esta noche sigo corrigiendo. Sólo puedo prometer una cosa, el libro de cuentos que responderá al título de "Cardiopatías", obviando su contenido, va a quedar bonito, bonito...


martes, 20 de agosto de 2013

Lice de Luxe. Los piojos pobres se columpian en la alambrada del vacío


Hace cinco minutos me he acordado de una obra de teatro que vi hace años. Escribo esto por la extrañeza y la sonrisa que ha surgido en mi cara. Estaba escuchando el "Bad as me" de Tom Waits y nada más empezar ("Chicago") me ha venido a la memoria esa obra como un fogonazo. Por un instante he estado tentado a creer que esa canción sonaba durante esa obra, pero eso es imposible, la obra es varios años anterior. Hace años yo dirigí un festival de teatro, el Festival Lazarillo, FITC se pasó a llamar cuando yo lo dejé; me hice cargo de él junto a alguien a quien sigo llamando amigo cuando, hasta ese momento, ninguno de los dos habíamos tenido contacto con ese mundo más allá de ser ocasionales y complacientes espectadores. Luego me hice cargo yo, ayudado por Elena y sufriendo los ecos de telenovela que alguien se empeñaba en hacernos estar envueltos y al cual hace tiempo que dejé de intentar comprender. Ahora recuerdo esos años con una sonrisa, al menos ya no me da coraje, pero durante muchísimo tiempo fue algo que me amargó, sobre todo porque me fue imposible hacer remontar el vuelo mínimamente a dicho festival, así que abandoné, cansado de combatir con el enemigo en casa, harto de politicuchos sin miras (la cultura, ah, la cultura), cansado de mi vida y de lo poco que esta parecía avanzar, como un Sísifo sin cadenas chocando contra un muro que no iba a poder derribar nunca. Ese es el momento que a veces uno se encuentra frente a sí, cuando descubres que esa no es tu guerra y que, lo más importante, no estás dispuesto a que ella te arrastre más. Por esos años, cuando estaba llegando a ese punto, trabajaba en una productora teatral en Madrid, una muy modesta pero muy extraña (vista ahora y desde ahora) con un jefe peculiar que se empeñaba en meterme en mi cabezota que yo era una causa perdida, que mi destino era estar metido ahí, como un beatnik sin solución, peleando con gigantes y sin posibilidad de encontrar nunca la calma. El teatro como causa perdida. El romanticismo llevado al extremo. Una muerte ridícula de la que me salvé cuando descubrí el cartón piedra del que estaba hecho más de uno... Pero estaba diciendo que me acordaba de una obra en concreto... "Lice de Luxe" se llamaba. Una de las cosas más bonitas que he visto nunca (y me niego a hacer recuento, ni siquiera circunscribiéndome a dicho festival). Fue en el año 2004. Joder con el tiempo... Me bastaron unas fotos, un dossier de prensa y un pequeño vídeo para enamorarme de esta obra. "Lice de Luxe", "Piojos de lujo", era a la vez el nombre del espectáculo y el de la compañía. Un grupo de daneses relacionados con el circo decide emigrar a Barcelona en 2002. Karl Stets (el único que sigue actuando, parece), Katja Amtoft y Steffen Lundsgaard formaron la compañia, y se lanzaron a ensayar, a confeccionar una espectáculo precioso, donde cada detalle era importante, vestuario, gestos, música, escenografía. Pero todo de una modestia dolorosa. En 2003 estrenaron el espectáculo en una casa ocupa, y después no pararon de actuar. Festivales de Dinamarca, Suecia, Italia, Francia, Islandia, Argentina, Perú, España... Se adaptaban a cualquier lugar, teatros, carpas de circo y plazas o rincones en la calle. Mientras yo estuve "trabajando" en ese festival, a menudo me topaba con la pregunta de qué podía ser eso del arte total y que Artaud pensó que en ningún otro lugar como en el teatro para encontrarlo... Y en ningún otro lugar tan efímero, si es que yo puedo tener la osadía de puntualizar algo que tan bien dijo Antonin. He visto obras maravillosas de las que apenas hay rastro, he visto obras varias veces en donde una vez encontré magia pura y en otras no tanta. El teatro es algo que al final sólo queda para quien estuvo involucrado. Ningún arte más efímero, ni ningún otro donde la conexión (cuando se da) entre quien actúa y quien asiste pueda ser tan brutal. En "Lice de Luxe" tres personajes actuaban, tocaban instrumentos, hacían malabarismo, bailaban... vivían en un escenario con tres alfombras, un trapecio, un armario, un teclado y una mesa. Con esta estética minimalista, el Doctor Fetz (Steffen Lundsgaard), Kimberley (Karl Stets) y Ursula (Katja Amtoft) mostraban una trama sencilla, pero llena de significado. El espectáculo se definía como circense, pero era algo más. Era bohemia polvorienta en un siglo que no era suyo. Trashumantes aparentemente perdidos en un mundo al que se dedicaban con ahínco hacerlo brillar. Era Ubú mugriento resplandeciendo y liberado de la miseria. Era la estirpe del nomadismo más bello, donde el Doctor Fetz encarnaba un Fausto modesto y apaleado. Mientras la gente se acomodaba, el espectáculo ya estaba ahí, como si la irrupción del público fuese casual en un devenir que seguiría férreo en su decadencia cuando abandonásemos la sala. Éramos parte del espectáculo.

Doctor Fetz, Ursula y Kimberley

Lo programé en un parque. Me hubiese gustado hacerlo en una fábrica de harinas abandonada, ocuparla y meter allí ese precioso espectáculo, pero no puedo ser. La misma historia de siempre. Recuerdo que estábamos esperándolos para montar a media tarde, sentados a la sombra José Luis (uno de los técnicos) y yo, cuando sonó el teléfono. "Ya estamos allí" me dijeron en un perfecto y candoroso español, quizá con demasiado soniquete. "Nosotros también", dije. "Pues no os veo, nosotros estamos en el camión azul, en la plaza del parque donde hemos quedado"... "Pues nosotros también, y no vemos el camión...". Silencio... "Un momento", dije. "¿Dónde estáis?" "En Manzanares el Real", me contestaron como sabiendo lo que yo iba a decir... "El festival es en Manzanares, Ciudad Real". "Ostias, ¿y estamos muy lejos?". Lo preguntó como si nada, con una tranquilidad pasmosa; ni siquiera se rió ni se mostró preocupado. Eran las seis de la tarde y el espectáculo era a las diez y media. José Luis me miró y yo le conté lo que pasaba poniendo la cara más tonta que pude. Sopló y a mí me dio por reír. Al otro lado del teléfono yo escuchaba ruido de papeles y frases en un idioma que no entendía. "No pasa nada", escuché al final, "en hora y media estamos ahí", y colgaron... Yo seguí riendo un rato, aunque estaba agotado y decidí no pensar. Cogí una botella de agua y me senté. Llamé a Elena y a varios de los chavales de la asociación que nos ayudaban para que cuando llegaran pudiésemos montarlo más rápido que pudiésemos y, como ese día no había otro espectáculo, esperamos conjurando al nerviosismo. A la hora y media apareció una furgoneta destartalada azul, viejísima, soltando humo y chirriando por todos lados. Parecía un sueño de Fellini; si era un broma, era cojonuda, y si resultaba que la obra había empezado ya, yo decidí disfrutarla a tope. El furgón giró en la esplanada y, sin parar, se bajó un tipo enorme corriendo, me dio la mano, se presentó, Steffen, preguntó a qué hora venía el público y cuando se lo dije, me contestó, sin problema. Aceptó la ayuda para descargar, pero después dijo que sobraba gente y que montaban solos, sobre todo el trapecio ("si algo falla, que sea culpa nuestra", dijo). De la puerta del conductor se bajó un tipo delgadísimo, rapado, más alto que el primero, sonriente pero algo serio, "soy Karl", me dijo, y me miró a los ojos (aún me acuerdo) esperando algo, no sé el qué, hasta que dijo "¿preocupado? no vale la pena, va a salir una función cojonuda". Su acento era más basto que el de Steffen, y la impresión era más surrealista incluso. Después de bajó Katja, que estaba asombrada con la cantidad de gente que allí estábamos esperándolos. Se marchó casi todo el mundo y nos pusimos a montar. Ese fue uno de esos momentos en los que te sientes feliz, preocupadísimo, pero feliz. Yo sabía que decorado había poco, pero el  trapecio era lo más importante, y Katja no paró de revisarlo y revisarlo mientras Steffen y Karl la cuidaban de una manera preciosa. Todo se hizo bien y la función salió a tiempo. Ya cenaríamos después... Aunque había visto el espectáculo, estaba nervioso, mucho, por verlo otra vez y por esperar que gustase, aunque sabía que común no era esperaba que hubiese gente que conectase con él. Steffen se convirtió ante mis ojos en El Doctor Fetz, que empezaba a  acomodar, a hacer de perfecto anfitrión. Karl, ya como Kimberley, parecía más alto, más delgado y más desvalido. Katja se había convertido en la preciosa y loca Ursula. La función empezó, o la gente creyó que empezaba cuando realmente nunca había terminado. El Doctor Fetz, hizo algún truco de malabarismo y cantó algo mientras se iba descubriendo la trama, donde él era un amante no correspondido, además de jefe explotador. La historia podría resumirse en un triángulo amoroso, pero un exceso de celo y de arrogancia hacía que las simpatías se dirigieran hacia su acosada subalterna Ursula y su maltratado pianista Kimberley. Sin embargo, el Doctor Fetz nunca perdía la simpatía y al final también acababas amándolo, ya que él también es parte de ese circo pobre que da todo de sí por llevar adelante el espectáculo.


Los números se sucedían, y el ambiente cambiaba, como si Terry Gilliam hablase ruso y su decadencia iluminase el aire que rodeaba todo. acrobacias, música. El dominio corporal que desplegaban era asombroso (usar el trapecio de cabeza o sin usar las manos, malabarismo con múltiples sombreros o pelotas, usar una cuerda como si fuese un bastón, etc). Los instrumentos parecían vivos de puro híbridos que eran (una trompa con teclado de viento accionado con un fuelle de pedal). Como llegaron, se fueron... The circus has left the town... Fue una noche mágica de la que no quedó ningún rastro, nadie la fotografió ni la filmó ni apareció en los periódicos nada más que las obvias notas de prensa reproducidas... ni de mí queda tampoco rastro... Una puta maravilla de la que no queda nada...





Compruebo que Karl Stets es el único que sigue en activo, con su magia y su imponente presencia. Hace demasiado tiempo de todo...
Compruebo también que el festival sigue, que afortunadamente sigue, contra todo y a pesar de todo, sigue... 
http://www.lazarillotce.es/

Karl Stets, Steffen Lundsgaard y Katja Amtoft

sábado, 10 de agosto de 2013

La primera escena de "la muñeca rusa" contada como un relato para ser narrado en voz alta con música de Tigran

Hace ya varios meses, una amiga que participa en cosas de cuenta cuentos como talleres y certámenes de narración oral, me preguntó si podría resumirle “La muñeca rusa” en un par de hojas y además hacerlo de manera que se pudiese contar en voz alta y se entendiese. Así de primeras me pilló un poco a destiempo y me pareció imposible, o al menos imposible para mí. De todos modos le dije que sí, primero porque es encantadora, y después porque ella siempre me hace todos los favores que le pido cuando necesito algo de la Biblioteca donde trabaja. Como me seguía pareciendo que yo no era capaz de hacer lo que me había pedido, al principio desistí, pero tampoco quería dejar correr el tiempo lo suficiente como para esperar que ella se olvidase de lo que me había pedido. Creo que volvimos a hablar del tema, tal vez ella me preguntara o quizá yo le pregunté si le valdría otra cosa o qué, pero al final me dijo que con que le contara la historia de Milos e Irina tendría suficiente. No sé qué le hizo creer que eso sería más fácil, pero el caso es que así quedó la cosa. Ya antes, otras personas me habían preguntado de qué iba “La muñeca rusa” y  no había sabido dar una respuesta coherente, por lo que opté por no agobiarme y un día intenté hacer algo, aunque solamente con el primer capítulo. Imaginé recrearlo como si fuese una escena de una película o como uno de los cuentos nunca publicados en vida de Ilf y Petrov, pero como si los estuviese contando alguien un tanto torpe a otro que no lo es tanto, como esas cosas que se cuentan como si nada acodado en la barra de un bar o en una cena con amigos. Aún no le he preguntado si lo ha llegado a utilizar o no, pero así es como quedó:  

Foto: Josef Koudelka

"Esta historia comienza la noche en la que los tanques soviéticos entraron en Praga en 1968. Una habitación en un edificio comunitario, una ventana y un hombre asomado sin cuidado viendo un tanque pasar en dirección al Moldava. La ventana se cierra y el ruido de una tetera cuya agua echa a hervir. Un hombre, veintidós o veintitrés años. Al observar su habitación se diría que ese hombre es carpintero, o quizá un fabricante de marionetas u otra clase de artista o artesano cuidadoso y perfeccionista aunque también algo caótico. La habitación está llena de pequeñas figuritas de madera, de alambre y de barro. Sobre la mesa que hay al lado de la ventana descansan varias figuritas de mujer hechas de madera y de barro. Si las pudiésemos apartar veríamos debajo hojas con montones de dibujos del rostro de una misma mujer. Una mujer de unos veinte años. Si viéramos con detenimiento esos dibujos la podríamos ver llorando, triste, seria, sonriendo, y una, el dibujo más acabado, de ella mirando fijamente al frente, a nosotros, si como digo fuésemos capaces de ver despacio esos dibujos. Es ahora cuando descubrimos que ese hombre realmente trabaja como celador en el sanatorio psiquiátrico que hay a las afueras de Praga gracias a un carnet con su foto tirado en la mesa entre todas esas cosas. Ella es una de las internas. Él, que se llama Milos Meisner, aunque se gana la vida como celador, realmente ha estudiado arte y ha trabajado como escenógrafo en los estudios de cine Barrandov, uno de los más famosos de Europa, pero la censura, el hastío y su propio carácter esquivo hicieron que quisiese trabajar de otra cosa, quizá ayudando a gente, concretamente a gente loca; quizá por ello podríamos decir que Milos Meisner se preocupa por los demás, pero a lo mejor realmente acabó trabajando en aquel psiquiátrico porque fue el único sitio en donde consiguió que le aceptasen. Él está enamorado de una de las pacientes, y la cuida con paciencia y la escucha. Es el único que escucha a esa desvalida mujer que hace poco ha dejado de ser niña, venida de Rusia sin que nadie sepa porqué o enviada por quién y que dice ser la hija de un cosmonauta soviético perdido en el espacio por culpa de una misión espacial fallida con destino a la Luna. Ella se llama Irina Belokoneva y lleva en el psiquiátrico de Praga dos años. Ella le ha contado a Milos una rocambolésca historia acerca del que dice fue su padre, amigo de Yuri Gagarin y ahora perdido dios sabe dónde por los confines del espacio. El dolor por la desaparición de un padre se quedó en nada cuando las autoridades, quizá el KGB aunque igual todavía no se llamaba así o quizá ya había dejado de llamarse así, le dijeron a Irina que estaba loca, que nada de lo que ella decía era verdad, que su padre no era cosmonauta, que no fue a la Luna, es más, le dijeron que ella no era realmente ella, que estaba sola, que no tenía a nadie, y que estaba completamente loca. Irina sobrevivió al dolor de la soledad, al dolor de una muerte inimaginable de sus padres, al dolor del recuerdo y al dolor de su propia locura provocada.

La noche que los tanques soviéticos acabaron con el sueño democrático de los checoslovacos, Milos miró al cielo y vio la luna llena sobre el cielo de Praga. El ruido de los tanques y los aviones inundaba todo. Por un momento sintió miedo, justo cuando un obús explotó demasiado cerca de esa ventana, de esa casa y de esa calle de Praga, pero no quiso seguir pensando en su miedo, no quiso seguir dándole forma, no quiso pensar en qué estaría pensando Irina. Si por un instante hubiera reaccionado al terror de los tanques, quizá hubiera sabido que Irina en ese momento estallaba de locura y dolor en el sanatorio donde él la había cuidado, como todos los días, unas horas antes, en esa habitación con el número 312 clavado en la puerta, donde le había llevado la cena y le había dejado un pijama limpio, donde le había hablado despacio, donde le había vuelto a escuchar una vez más cómo le contaba algo sobre su padre, sobre la luna y sobre las voces que aún escuchaba por las noches, donde él le había acariciado la mano furtivamente, donde la había dejado sentada, sin atreverse a decirle, ni a ella ni a nadie, que estaba enamorado de su rostro, de su cuerpo y de su locura, y que haría lo que fuera para curarla, para devolverla a la tierra desde ese espacio donde vivía, entre la luna y la tierra. Milos no vió cómo aquella noche Irina comenzó a temblar al oír las explosiones, aunque lo peor vino cuando escuchó en los pasillos a los enfermeros correr diciendo que los rusos habían entrado a la ciudad con tanques y ella supo que estaban allí por ella, que había ido allí buscándola para que no contase a nadie más su historia. Fue entonces cuando comenzó a gritar, a pedir ayuda, a golpearse contra las paredes, a llorar, a llorar y a llorar hasta que una inyección la calmó lo justo para el electroshock que la hizo perderse para siempre. Todo en la misma noche, con Milos pensando en su habitación cómo huir de todo, cómo dejar su país, quizá con ella, lejos de todos los sueños rotos, de todas las esperanzas que aquella noche de verano de 1968 estaban siendo aplastadas bajo el olor a gasolina polvorienta de los tanques y las ruedas embarradas de los camiones llenos de soldados... A pesar de todo, aquella noche Milso Meisner durmió plácidamente y soñó con Irina, con cosmonautas, con caballos, con la cara oculta de la Luna y con el mar, un mar que aún no había tenido la posibilidad de ver; soñó que escapaba, que se marchaba pero no se perdía, que amaba pero no amaba, que pisaba la Luna sin billeta de vuelta y que respiraba extrañamente tranquilo bajo la escafandra en un planeta mutilado como un pez sin futuro."
http://elcaimansincopado.blogspot.com.es/p/como-comprar-la-muneca-rusa.html

miércoles, 7 de agosto de 2013

El fin de una editorial nonata y el rescate de un libro que busca su justificación cual salteador gafe

Al final no creamos la editorial, no ha sido posible, lo cual no quita para que la Internazional Samizdat siga funcionando como hasta ahora, a la espera de la patada en la puerta y la confiscación de esta sofisticada máquina de escribir y de todo tipo de documentación relacionada. No ha habido quórum, no ha habido puesta en común. Obviando las rencillas personales que todo esto ha podido causar y que no vienen a cuento, obviando el agotamiento emocional que también haya podido causar este auge y caída en la trastienda de un sueño truncado, he de decir que las cosas, en vez de desaparecer, se han colocado de determinada manera, quizá como al principio, pero no del todo igual. 

Imagen, Andrea Hauer
Lo que no ha cambiado es la arrogancia de seguir publicando a pesar de los rechazos y a pesar de la indolencia.


Ser editor es un oficio hermoso, debe ser de los oficios más bonitos y crueles que existen, y por más que a mí me gustaría entrar en él, de momento es imposible, pero aún así no quiero olvidar dos cosas: Que es un oficio alto burgués que, salvo alguna que otra excepción, está totalmente inmerso en el engranaje capitalista, es decir, que la ejercen quienes tienen dinero y con el cual intentan sacar plusvalía de algo que les es ajeno; y dos, que no quiero renunciar a mi trabajo, esto es, que quiero seguir disponiendo de lo que escribo como mejor me plazca y que, antes de ver publicado mi trabajo bajo cualquier sello renunciando con ello incluso a cualquier tipo de remuneración, prefiero jugarme mis cuartos dirigiendo yo todo el proceso y renunciando, ahora sí, a una más que hipotética y dudosa relevancia y a una mayor distribución. Este segundo argumento tendría peso si hubiera recibido alguna oferta y se me hubiera planteado realmente de facto por cuánto y por qué estoy dispuesto a vender mi trabajo, pero como no ha sido así, sigo por libre… Mejorando, o intentando mejorar la experiencia y renunciando totalmente a crear una Editorial al uso pues, por mucho que discutamos, discurramos, soñemos e imaginemos, eso es algo inalcanzable (ni podemos, ni somos capaces, ni queremos; como dice el dicho "entre todos la mataron y ella sola se murió"). Las mejoras con respecto a lo que supuso la edición y publicación de “La muñeca rusa” vienen principalmente en la infraestructura y en el carácter que envuelve el proyecto de edición. La maquetación de “Cardiopatías” ya está en proceso, así como la elaboración de la portada y el diseño tanto exterior como interior. Como La Internazional Samizdat no es una editorial pero sí un proyecto de edición y publicación, estamos dándole vueltas al concepto, si es que se le puede llamar así, reduciendo todo a su significado más artesanal posible. Como seguimos siendo pobres, la idea es jugárnosla en Verkami con un crowdfunding que nos ayude a publicar. Cuando el libro esté y sepamos cuánto nos cuesta sacarlo, imprimiremos pruebas de todo lo que acompañará al libro (y que seguirá siendo parte del libro) y explicaremos en qué consiste todo, así como también diremos las diferentes maneras como se podrá colaborar y ayudar para que vea la luz. Como jugar al cuento de la lechera con las reservas y con lo que fueron las ventas de “La muñeca rusa” no nos vale esta vez (la mayoría de las hipotéticas ventas de “Cardiopatías” vendrán de lectores de “La muñeca rusa”, por lo que sería muy aburrido, tanto para ellos como para el que aquí escribe, repetir el proceso y publicar “simplemente” otro libro). Queremos hacer algo más bonito (y digo queremos porque incluyo lo que Iván quiere hacer y  lo que Andrea quiere hacer), algo que dignifique al libro y que de sentido a su publicación.

Una vez tomada la decisión de que ya está bien de fustigarse con dudas acerca de la calidad o no de lo escrito (esa sombra de la que nunca, nunca, nunca, me desprenderé y que es más cruel cuanto más rechazos se añaden y cuanto más por libre decido ir) y una vez revisados a conciencia y a manos llenas los relatos que formarán parte de “Cardiopatías” (9, compilación de cuatro singles más el bonus track de “La ciudad trenzada”), la idea es que Ned, Nikochan, Lu, Macarena, Charo, Jesús, y ese par más de decenas que han decidido dar carta blanca o patente de corso o indulto de gracia a lo que escribo comprando la historia de Milos Meisner, puedan, si quieren, tener algo más que “otro libro” de relatos del torpe dueño del caimán. De momento, y por lo que respecta a este espacio, me prometo a mí mismo intercalar escritos ajenos al nuevo libro entre las noticias del mismo.

Cosas del Colectivo el Quiltro

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