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sábado, 10 de agosto de 2013

La primera escena de "la muñeca rusa" contada como un relato para ser narrado en voz alta con música de Tigran

Hace ya varios meses, una amiga que participa en cosas de cuenta cuentos como talleres y certámenes de narración oral, me preguntó si podría resumirle “La muñeca rusa” en un par de hojas y además hacerlo de manera que se pudiese contar en voz alta y se entendiese. Así de primeras me pilló un poco a destiempo y me pareció imposible, o al menos imposible para mí. De todos modos le dije que sí, primero porque es encantadora, y después porque ella siempre me hace todos los favores que le pido cuando necesito algo de la Biblioteca donde trabaja. Como me seguía pareciendo que yo no era capaz de hacer lo que me había pedido, al principio desistí, pero tampoco quería dejar correr el tiempo lo suficiente como para esperar que ella se olvidase de lo que me había pedido. Creo que volvimos a hablar del tema, tal vez ella me preguntara o quizá yo le pregunté si le valdría otra cosa o qué, pero al final me dijo que con que le contara la historia de Milos e Irina tendría suficiente. No sé qué le hizo creer que eso sería más fácil, pero el caso es que así quedó la cosa. Ya antes, otras personas me habían preguntado de qué iba “La muñeca rusa” y  no había sabido dar una respuesta coherente, por lo que opté por no agobiarme y un día intenté hacer algo, aunque solamente con el primer capítulo. Imaginé recrearlo como si fuese una escena de una película o como uno de los cuentos nunca publicados en vida de Ilf y Petrov, pero como si los estuviese contando alguien un tanto torpe a otro que no lo es tanto, como esas cosas que se cuentan como si nada acodado en la barra de un bar o en una cena con amigos. Aún no le he preguntado si lo ha llegado a utilizar o no, pero así es como quedó:  

Foto: Josef Koudelka

"Esta historia comienza la noche en la que los tanques soviéticos entraron en Praga en 1968. Una habitación en un edificio comunitario, una ventana y un hombre asomado sin cuidado viendo un tanque pasar en dirección al Moldava. La ventana se cierra y el ruido de una tetera cuya agua echa a hervir. Un hombre, veintidós o veintitrés años. Al observar su habitación se diría que ese hombre es carpintero, o quizá un fabricante de marionetas u otra clase de artista o artesano cuidadoso y perfeccionista aunque también algo caótico. La habitación está llena de pequeñas figuritas de madera, de alambre y de barro. Sobre la mesa que hay al lado de la ventana descansan varias figuritas de mujer hechas de madera y de barro. Si las pudiésemos apartar veríamos debajo hojas con montones de dibujos del rostro de una misma mujer. Una mujer de unos veinte años. Si viéramos con detenimiento esos dibujos la podríamos ver llorando, triste, seria, sonriendo, y una, el dibujo más acabado, de ella mirando fijamente al frente, a nosotros, si como digo fuésemos capaces de ver despacio esos dibujos. Es ahora cuando descubrimos que ese hombre realmente trabaja como celador en el sanatorio psiquiátrico que hay a las afueras de Praga gracias a un carnet con su foto tirado en la mesa entre todas esas cosas. Ella es una de las internas. Él, que se llama Milos Meisner, aunque se gana la vida como celador, realmente ha estudiado arte y ha trabajado como escenógrafo en los estudios de cine Barrandov, uno de los más famosos de Europa, pero la censura, el hastío y su propio carácter esquivo hicieron que quisiese trabajar de otra cosa, quizá ayudando a gente, concretamente a gente loca; quizá por ello podríamos decir que Milos Meisner se preocupa por los demás, pero a lo mejor realmente acabó trabajando en aquel psiquiátrico porque fue el único sitio en donde consiguió que le aceptasen. Él está enamorado de una de las pacientes, y la cuida con paciencia y la escucha. Es el único que escucha a esa desvalida mujer que hace poco ha dejado de ser niña, venida de Rusia sin que nadie sepa porqué o enviada por quién y que dice ser la hija de un cosmonauta soviético perdido en el espacio por culpa de una misión espacial fallida con destino a la Luna. Ella se llama Irina Belokoneva y lleva en el psiquiátrico de Praga dos años. Ella le ha contado a Milos una rocambolésca historia acerca del que dice fue su padre, amigo de Yuri Gagarin y ahora perdido dios sabe dónde por los confines del espacio. El dolor por la desaparición de un padre se quedó en nada cuando las autoridades, quizá el KGB aunque igual todavía no se llamaba así o quizá ya había dejado de llamarse así, le dijeron a Irina que estaba loca, que nada de lo que ella decía era verdad, que su padre no era cosmonauta, que no fue a la Luna, es más, le dijeron que ella no era realmente ella, que estaba sola, que no tenía a nadie, y que estaba completamente loca. Irina sobrevivió al dolor de la soledad, al dolor de una muerte inimaginable de sus padres, al dolor del recuerdo y al dolor de su propia locura provocada.

La noche que los tanques soviéticos acabaron con el sueño democrático de los checoslovacos, Milos miró al cielo y vio la luna llena sobre el cielo de Praga. El ruido de los tanques y los aviones inundaba todo. Por un momento sintió miedo, justo cuando un obús explotó demasiado cerca de esa ventana, de esa casa y de esa calle de Praga, pero no quiso seguir pensando en su miedo, no quiso seguir dándole forma, no quiso pensar en qué estaría pensando Irina. Si por un instante hubiera reaccionado al terror de los tanques, quizá hubiera sabido que Irina en ese momento estallaba de locura y dolor en el sanatorio donde él la había cuidado, como todos los días, unas horas antes, en esa habitación con el número 312 clavado en la puerta, donde le había llevado la cena y le había dejado un pijama limpio, donde le había hablado despacio, donde le había vuelto a escuchar una vez más cómo le contaba algo sobre su padre, sobre la luna y sobre las voces que aún escuchaba por las noches, donde él le había acariciado la mano furtivamente, donde la había dejado sentada, sin atreverse a decirle, ni a ella ni a nadie, que estaba enamorado de su rostro, de su cuerpo y de su locura, y que haría lo que fuera para curarla, para devolverla a la tierra desde ese espacio donde vivía, entre la luna y la tierra. Milos no vió cómo aquella noche Irina comenzó a temblar al oír las explosiones, aunque lo peor vino cuando escuchó en los pasillos a los enfermeros correr diciendo que los rusos habían entrado a la ciudad con tanques y ella supo que estaban allí por ella, que había ido allí buscándola para que no contase a nadie más su historia. Fue entonces cuando comenzó a gritar, a pedir ayuda, a golpearse contra las paredes, a llorar, a llorar y a llorar hasta que una inyección la calmó lo justo para el electroshock que la hizo perderse para siempre. Todo en la misma noche, con Milos pensando en su habitación cómo huir de todo, cómo dejar su país, quizá con ella, lejos de todos los sueños rotos, de todas las esperanzas que aquella noche de verano de 1968 estaban siendo aplastadas bajo el olor a gasolina polvorienta de los tanques y las ruedas embarradas de los camiones llenos de soldados... A pesar de todo, aquella noche Milso Meisner durmió plácidamente y soñó con Irina, con cosmonautas, con caballos, con la cara oculta de la Luna y con el mar, un mar que aún no había tenido la posibilidad de ver; soñó que escapaba, que se marchaba pero no se perdía, que amaba pero no amaba, que pisaba la Luna sin billeta de vuelta y que respiraba extrañamente tranquilo bajo la escafandra en un planeta mutilado como un pez sin futuro."
http://elcaimansincopado.blogspot.com.es/p/como-comprar-la-muneca-rusa.html

miércoles, 17 de julio de 2013

El mayor Tom nunca devuelve las llamadas


Reviso escritos que tengo guardados como "borrador" por si ahí hay algo que pueda rescatar, o más que rescatar debería decir que me ayude a asomarme de nuevo al borde del trampolín. Una vez asumido que la regularidad en cuanto a publicaciones es posible que no vuelva más a los dominios del Caimán Sincopado, he de saber cómo afrontar el hecho de qué escribir aquí cuando pueda escribir aquí. Las torpes aliteraciones son a propósito. He preparado la cama para dos, es tarde, Pavel y yo estamos solos, dormimos mal desde hace un tiempo, las vicisitudes de crecer, su mamá no puede estar hoy, trabaja, los sueños son más abruptos, irregulares, derrotados cuando llegan. Yo recojo las libretas de la mesa. Meto el sueño entre las pestañas aún sabiendo que se me escapará en cada parpadeo. Las cosas de las que me gustaría escribir (porque pienso cuando están ocurriendo que me gustaría escribir de ellas, sólo de ellas) se agolpan en la libreta, apuntadas con aparente desdén, cuando realmente es prisa. Lo que deberían ser ejercicios donde teclear y no perder el juego de piernas, escribiendo sobre un concierto en concreto, sobre un libro en concreto, sobre un disco en concreto, sobre la última aventura en el parque de vuelta del supermercado, sobre una reunión de amigos improvisada cuando eso implica días y días de mensajes equívocos para fijar una fecha, todo eso, todo, se queda en un puré mal batido de buenas intenciones, como listados de cosas por hacer (antes de estar muerto o cuando visitemos Denver alguna vez). Sólo así se entiende que apenas pueda hablar sobre Sílvia Pérez Cruz en un increíble concierto en el Circo Price, en el último libro de Winterson que he podido acabar y que ha desaparecido de casa antes de que pudiera releer algunas páginas que quería para entender mejor algo que se ha quedado colgando de un par de canas del lado derecho de mi torpe cabeza, de la estupefacción y la tierna desolación que me ha dejado ver la última película de Julie Delpy, Ethan Hawke y Richard Linklater, esa que completa otro capítulo vital tras Viena y París, llamada "Antes del anochecer", tal vez también hablar sobre los cuatro discos de Bobby Whitlock en los setenta (maravilla tras maravilla) o quizá sobre los dos primeros discos de Rory Gallagher y sobre esas conexiones que a veces hago para evadirme, donde especulo sobre Jimi Hendrix, Mike Bloomfield y el propio Rory (Hendrix dijo una vez que el único guitarrista con el que le daba miedo tocar era Bloomfield, y yo pienso en una jam con Jimi y Rory...¿y por qué no los tres? Descabellada escena que queda en nada ante la noticia del telegrama -real, éste sí- que se ha descubierto en el cual Hendrix le preguntaba a Paul McCartney si quería unirse al grupo que estaba haciendo con Miles David y Tony Williams... telegrama que nunca llegó a su destinatario...) ¿Qué más? No sé qué más... Milos hace mucho que no me manda noticias, aunque tras la feria del libro de Madrid pasó algo de lo que nunca pude (ni quise) hablar y que hicieron que por unos días anduviese algo extraño, mitad eufórico mitad ceniciento; digamos que "La muñeca rusa" ha llegado a manos de dos personas con capacidad de dinamitar un mundo (el mío) o al menos de tambalearlo considerablemente, aunque el tiempo (esos días que pasan formando semanas y cansinos meses) pone cada cosa en su sitio, y en este caso es el que ya tenían... Ni ha pasado nada, ni se espera.
Así que, si no puedo extraer la autonomía que quisiera para abordar esos temas señalados: Cómo no hablar del vestido rojo de Silvia, de su voz, de la piel erizada al oírla cantar el pequeño vals vienés, de las lágrimas reprimidas al escuchar la batalla injusta entre un gallo rojo y un gallo negro; cómo no hablar de un libro ("La niña del faro") donde todo se condensa en una hondura tan liviana como atroz y donde mi extrañeza para con dicha autora hace plantearme tontas reflexiones sobre autores de moda o no, y sobre lo que eso puede significar dentro de un delimitado y concreto canon más o menos común.


El dolor de las primeras muelas (¿sólo salen una vez?), el sueño de los atrasos, el calor atroz que cae sobre un cuerpo con un corazón que no se lleva bien con la calima y las pastillas, las nuevas y las habituales. Las palabras esbozadas. Recuerdo tener una idea  hace un rato, en duermevela, tumbado junto a alguien muy pequeñito, sobre una novela, o una idea para una novela, o la idea de una novela, y que, por un momento, casi profundamente dormido, haber pensado que era una idea genial. Ahora no la recuerdo. Soñar con leer, simplemente sentado, y leer, es un sueño recurrente que suelo tener de un tiempo a esta parte. Miro la pila de libro sin acabar y pienso que no sería mala idea. Hoy me reuní con alguien de nombre soberbio y del que pienso que podríamos ser buenos amigos pero no, aún no, y le contaba cosas sin parar, y una de las veces he intentado hacer recuento de los libros sin acabar y me ha faltado el aliento. Ayer también me junté, esta vez sí con amigos, y fueron mi tabla de salvación. Les prometí esforzarme, centrarme, organizarme, serenarme, cuidarme, les prometí escribir algo más, o al menos escribir algo... Y eso es lo que he intentado todo este rato, mientras iba y venía. A propósito, ¿qué título le puedo poner a esto?

martes, 4 de junio de 2013

Firma de "La muñeca rusa" en la Feria del Libro de Madrid...


Tenía una frase perfecta para empezar esto, pero la he olvidado; en serio, no la recuerdo, y ahora no sé por dónde empezar. No tengo editor, "La muñeca rusa" sigue huérfana de "padre" pues sigue siendo una novela bastarda editada de manera ficticia y, la verdad, tal y como se están desarrollando las cosas, no creo consiga tenerlo, no ya la historia de Milos Meisner, sino cualquier cosa que yo escriba en mi puñetera vida. Todo es paradógico con respecto a Milos, pues el mismo día que me llega un nuevo rechazo (el último), resulta que me invitan a ir a firmar una tarde (el jueves día 6 de junio, entre las siete y las nueve de la tarde) a la caseta número 135 de la Feria del Libro de Madrid, la caseta de la Librería Muga, la grandísima librería Muga que tanto ha hecho por Milos y por mí.

Hay varias cosas que me llaman la atención, y puesto que no voy a entrar el lo que significa ir a firmar una tarde a la Feria del Libro de Madrid (si es que significa algo), me quedaré ahí, en el hecho de que "yo" voy a darme el gustazo de hacer un brindis al sol con Milos, una meada a favor del viento, un mutis a lo Shylock del brazo de Tubal. "La muñeca rusa" no tiene isbn porque no me da la gana, pero tiene licencia Creative Commons. La historia de Milos esta editada por una editorial fantasma (que se legalizará en los próximos meses pero que a día de hoy no se sabe, si cuando eso pase, "La muñeca rusa" pasará o no a formar parte de su catálogo), una editorial con el nombre de La Internazional Samizdat. Hay tres ejemplares en tres librerías: uno en La Pecera de Manzanares, otro en la librería Imagina de Alcázar de San Juan, y otro en Libros 10 de Almansa. El la librería Muga de Madrid también dejé, no recuerdo si 15 o 20, pero porque Ígor quiso que los dejara; yo hubiera dejado uno, más por lo testimonial que por una hipotética racanería mía, cuando no autoprotección, pero yo a Ígor soy incapaz de decirle que no, y eso que de momento nos conocemos poco. Así que en la feria de Madrid hay libros de Milos, pero sólo en una caseta, la 135, en ninguna otra de las más de trescientas hay otro libro mío (digo esto porque incluso si la diputación de Ciudad Real tuviera caseta (compartida), que no sé si este año ha ido, podría afirmar que ahí tampoco hay ningún libro mío, y eso que mi carrera literaria oficial empieza y termina en ellos y lamentablemente no con Milos como protagonista, sino con un insoportable adolescente). Así que resulta curioso que yo vaya a firmar libros a la única caseta que tiene libros míos, aunque resulte que ese libro sea tan fantasmal e inexistente como un cosmonauta llamado Alexi Belokonev. Y si a eso le sumamos que a los tres repartidos por tan ilustres librerías y a los que tengan aún en Muga (me temo que todos los que dejé) a mí, en mi casita, me quedan 7, por lo que puedo afirmar que, a pesar del clamor popular, no va a ver nueva edición de ningún tipo. Así que el hecho de "ir a firmar" libros de "La muñeca rusa" tiene todas las papeletas para ser un privado y digno homenaje de despedida al señor Meisner. Por eso voy a ir, vaya si voy a a ir, elegante y dandesco como un Bartleby incoherente, vehemente y atormentado como el Felipe de Quino, aliviado y culposo como un Fausto que llega tarde o un Robert Johnson que en vez de pasear por Clarskdale se hubiera perdido en el pueblo de "Amanece que no es poco". Gracias a la gente de Muga y a todos aquellos que sin conocerme de nada, e incluso conociéndome, han comprado un libro de Milos y se lo han leído, compartiendo conmigo lo que han creído conveniente... Caseta 135, entre las siete y las nueve de la tarde, el jueves 6 de junio de 2013.

Imagen que han hecho los de Muga...

 
"Don´t you kown we are the lucky ones...
...but...
...And then came the rush of the flood, the stars at night turned deep to dust..."
 

jueves, 9 de mayo de 2013

La muñeca rusa, fragmento del capítulo 14. Milos en París.

La muñeca rusa, Ed. La Internazional Samizdat, 2012. Fragmentos pág 115-117

"¿Qué había de verdad en el libro de Coppens sobre Milos?
¿Y en la biografía que entregó cuando vino becado a Almarga a hacer su escultura aquel verano? De eso, todo es cierto.
¿Y lo del libro de Armand Coppens? Bueno, nunca estuvo en Londres. Tampoco tiene hijos. Nunca estuvo casado, aunque tuvo un par de relaciones en la que se sintió como si lo estuviera.
En Paris recomenzó otra vez la historia de su vida.
Comenzar de nuevo. Su vida, su historia, ¿qué significa eso?
Tal vez signifique que se eligen unas cosas y se olvidan otras, que se ensalzan los placeres y se olvida el dolor, los pasados y los presentes, pues de los futuros sólo se puede esperar que sean como mínimo algo más benévolos que los que nos definieron. Pero a Milos, una vez allí, en un París hermoso y hostil, le costó llegar a ese punto, al menos un par de años. Por su vida pasaron varias mujeres que no consiguieron hacer que él se mostrara libre y sosegado, y muchas veces se descubrió teniendo aventuras suicidas con amantes que nada le reportaban salvo la oportunidad de romperse en pedazos, encontrando así un motivo que justificara su irremediable huida hacia delante. Acostumbrado a dar placer hasta la extenuación o el aburrimiento, nunca encontró en el sexo ese lugar donde muchos se recluyen o se reencuentran a sí mismos.
(...) Al llegar a París pasó meses en un estado cercano a lo que podría ser el luto, en una pensión barata, malviviendo y mendigando trabajos en el mercado, cargando carne y apilando cajas de verdura, pensando en no pensar y deseando que llegara la noche para poder caer rendido en esa fina cama de colchón acartonado. Poco a poco las cosas fueron cambiando. Encontró trabajo en una ebanistería y en dos meses pudo alquilarse un apartamento.  Al estar lejos de Irina y no poder verla, en lugar de evitar conocer a nadie, se sintió abocado a mantener historias sin futuro, lo cual hizo que poco a poco descubriera cómo era su amor por ella. A veces la recordaba y se quedaba mirando al vacío pensando en el abismo de su cuerpo y sus palabras. La amaba como si todo fuese nuevo, como si él fuese nuevo, como si la promesa de su presencia y lo que ella provocaba le hiciese creer que él mismo era el sol y únicamente tuviera que brillar para ella, Luna, tierra, mar que envolvía con sus mareas su caos, su timidez, sus besos, sus inseguridades y sus certezas. Entonces, ¿por qué no estaba allí, por qué no la había podido llevar a París con él? Esa era una de las preguntas que con más insistencia se hacía, y durante un tiempo la culpabilidad le agrió el carácter, pero con el paso del tiempo Irina se convirtió en algo que se guarda en una vieja caja de galletas y de vez en cuando se rescata para no olvidar lo que fuimos y lo que somos, pero nada más. Así que pasó el tiempo y dejó que Paris le atrapara; la gente que poco a poco iba conociendo le iba haciendo olvidar Praga, lentamente se fuese sintiendo mejor, y poco a poco lo que iba consiguiendo le hizo descansar. A menudo escribía cartas que enviaba a Bohumil a la dirección de éste en la calle Na Hrazí, contándole sus rápidos progresos con el francés y cómo eran los trabajos que iba teniendo, y de vez en cuando él recibía alguna de Bohumil, pero al leerlas descubría que muchas de las suyas no le debían llegar. Luego Milos cambió de casa y aunque sus cartas aumentaron de extensión y de regularidad, hubo dos años que apenas recibió cartas de Bohumil. También escribía a Pavel Sisak, pero éste siempre le contestó con misivas más frías y escuetas. Milos siempre supo que no le perdonó que se fuera, y no podía culparlo por sentirse así. Paulatinamente sus vínculos con Praga fueron haciéndose cada vez más frágiles, hasta que, sin fallas ni sobresaltos, como suceden las cosas a veces, todo quedó en el recuerdo, el presente pasó a ser lo único que tenía bajo sus pies y se aferró a ello con todas sus fuerzas. El hecho de conseguir la nacionalidad francesa en 1979 fue determinante. La solicitó para poder optar a ser profesor de arte. Instigado por unos amigos que le convencieron de que eso era lo mejor para él, y sin darle mucha importancia, solicitó la nacionalidad francesa alegando un exilio político obligado. Más le sorprendió que se la dieran tan rápido, pero optó por interpretar todo aquello como una racha de inesperada suerte, suerte que culminó al aprobar un año después la plaza de profesor en un pueblo cerca de Angouleme." 


Foto de Olga B. C.: "Milos descansa frente al Pompidou"

Sólo me quedan 11 ejemplares...
http://elcaimansincopado.blogspot.com.es/p/como-comprar-la-muneca-rusa.html

jueves, 18 de abril de 2013

Milos en New York haciendo de guardián entre el centeno...


Pablo me mira inquieto, llamando mi atención con ruiditos, tal vez extrañado de que no le haga el caso que de costumbre, pues sigo en casa (parte necesidad, parte decisión consensuada, parte obligación hipocrática, parte falta de opciones) y pasamos casi todo el día juntos. Juega con unos cubos de colores, para formar construcciones, como mucho consigue encajar un par de piezas, es pequeño aún, el resto del tiempo lo pasa mordisqueándolas o tirándolas lo mejor que puede a su alrededor mientras se ríe. Pero me mira, dice pa-pá, o finge que se esconde. No tendré mucho más tiempo para teclear, tampoco es una queja, está creciendo demasiado rápido y hay experiencias que no vuelven (¿acaso hay alguna que realmente vuelva?). Cierta sequía me persigue, seguramente sea la falta de hábito, tampoco es que hay olvidado montar en bici, pero también es cierto que he dejado que las ruedas se desinflen (si no las dos al menos una). Lo que no parezco perder es cierto cripticismo (no encuentro la palabra en el diccionario), estoy perdiendo vocabulario... Lo último que he escrito es un pequeño texto para una exposición que han organizado con motivo del día del libro en la biblioteca municipal de Manzanares y que han englobado bajo el incoherente título de "vivir Manzanares". He escrito algo basado en "Me acuerdo" de Perec, con una frase final algo sombría; no aprecio dicho pueblo ni la manera en la que han conseguido que únicamente de pueda "vivir" en él (y colgaría el texto pero es demasiado localista). Lo hice rápido, tan rápido que confundí un par de nombres y mezclé a un viejo profesor de solfeo que tuve con un poeta que poco tiene de detective y menos aún de salvaje. El detonante de estas palabras (una nueva botella lanzada al "mar") son las dos fotos que la gran y preciosa Gina me ha mandado desde New York con el libro de Milos de protagonista. Hay cosas que no sé encajar, que me parecen increíbles que sucedan, aunque puedan parecer normales, simplemente porque me cuesta ver que tengan que ver conmigo. ¿Mi libro frente al edificio Dakota, alzándose como un paria elegante sonriendo como un niño orgulloso vestido como un cosmonauta? El tío Matt de los Fragels conectándose en un cibercafé de a la vuelta de Columbus Avenue para enviarme ésto. Uno de los gnomos de Amelíe acercándose al Strawberry Fields de Central Park para disparar su vieja Zenit. Hay fotos, imágenes amables, hechas por personas que valen su peso en oro (ambas). Sólo falta que alguien vaya a Praga con el libro bajo el brazo y se haga una foto dentro del Tigre de Oro...
Esta noche me escapo para ver a Win Mertens. Había comprado dos entradas...pero de momento no hemos encontrado a nadie que pueda quedarse un par de horas en casa con nuestro duo "pimpinela". Pablo llora, la cocina está aún sin arreglar y la lavadora hace rato que terminó...



lunes, 25 de marzo de 2013

Nikochan sobre "La Muñeca Rusa"

 Niko, desde su isla, escribe este amabilísimo comentario acerca de "La muñeca rusa".  La verdad es que la falta de ideas, la ausencia de ganas y la inexistencia de tiempo, se me tambalean ante cosas así, y la excusa de la "astenia primaveral" es menos excusa...
Lo dicho, un señor y, gracias a Milos y a Jeff, un amigo...

http://www.nikochanisland.com/2013/03/la-muneca-rusa-de-juan-miguel-contreras.html



La furgo de Milos, donde quiera que esté, de vuelta hacia ningún lado
Hope...

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