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lunes, 4 de febrero de 2013

"La muñeca rusa" en la revista Filosofía Hoy


Ha salido una reseña de "La muñeca rusa" en una revista, Filosofía Hoy, en su número de febrero, firmada por Pilar Gómez (libros pendientes de leer desde hoy... "La otra vida de Egon", editorial Gadir). No esperaba que sucediera algo así, quiero decir, que saliese reseñado un libro como éste en una publicación seria (hay blog serios, claro, pero el papel tiene un marchamo, un estatus diferente, no sé...) y además, ¡una página! ¡Entera! ¡Con pintura de Jeremy Geddes! Seguramente el director o el equipo de redacción no sean conscientes del paria editorial que soy, y ya no hablemos de La Internacional Samizdat como editorial, pero...

Sé que el blog se mueve poco últimamente. Razones hay muchas, y se pueden resumir en dos. Una, yo y mi día a día, pero sobre todo, yo. Y dos, la situación general del país. ¿Por qué digo esto último? Supongo que es tal la sensación de fin de ciclo, de ruina democrática, de desolación vital (lo que está pasando en la comunidad de Castilla la Mancha es infame, seguramente la disgregación (tanto en extensión física como en fragmentación social) tenga mucho que ver en cuanto a la aparente ausencia de fractura social, pero las barrabasadas neoliberales que están haciendo nos pasará factura mucho, muchos años, por no hablar del país....) hace que esté en un estado de perplejidad que provoca la total ausencia de interés por escribir algo, aunque sea sobre el último disco de The Cult, sobre mi obsesión de los últimos meses por Bill Evans, Sílvia Pérez Cruz, o sobre el redescubrimiento de una banda como The Hatters tras una limpieza parcial de la estantería de los discos. Por no hablar de libros... Al final las dos razones se junta en algo, que soy yo, y el marasmo emocional es tal que la alienación vital en la que estoy sumido cada día se está haciendo más insoportable. Total, algo que solucionar, y que parece que ánimo para hacerlo, hay... Por de pronto, he de acercarme a mi kioskero favorito y cuando le compre el Ruta 66, le he de pedir un ejemplar de la revista Filosofía Hoy, al menos para guardar esa hoja en la maleta donde estoy guardando cosas a Pavel...

Creo que si se guarda la imagen, se puede leer bien...



sábado, 15 de septiembre de 2012

Memorias de un librero pornógrafo, Armand Coppens

Actualmente uno se siente atraído por un libro gracias a muchas cosas, obviando las personales, me quedaré hoy con dos; las reseñas en blogs y las sinopsis que la propia editorial escribe al respecto. Esto último es un arte no bien ponderado... De mis años de librero adquirí un rechazo a toda reseña que viniera de la propia editorial, y la vez me convertí en un adicto a ellas. Casi se las puede considerar un género en sí mismo. Hay editoriales que evidentemente pasan del tema, cuatro líneas y las citas de rigor de críticos, en eso basan todo su "canto de sirena" para que caigas rendido y sientas la necesidad de adquirir el libro. Don Draper los colgaría de las pelotas o les mostraría su elegante desprecio. otras en cambio son pequeñas joyas, no ya de la publicidad (inocular una necesidad, qué es eso si no...) sino de "relato"... Es más difícil para mí, por ejemplo, hacer una sinopsis de "la muñeca rusa" que haberla escrito (al lateral me remito)... Por eso está bien que alguien que no es el autor, lo haga, y que lo haga bien ya debe ser la leche. Hay una a la que tengo gran aprecio (si es que uno puede escribir que siente aprecio por una sinopsis de un libro), y es la que tiene colgada la editorial Tusquets acerca de un libro maravilloso llamado "Memorias de un librero pornógrafo" (genial hasta el título) de Armand Coppens. No puedo evitar la tentación de copiarla aquí, por muchos motivos, incluso por el propio Milos (quien haya leído su historia sabrá por qué, de hecho, esa fue una de las partes que más disfruté escribiendo, no tiene interés ninguno, y no le otorga al texto más valor que el que pueda tener, pero para mí, que soy el relojero, el albañil (ja) o el cuidador del bonsái en el cual se ha convertido "La muñeca rusa", tiene gran valor, por eso de jugar con la realidad, la ficción, la retroalimentación entre ambas, en una palabra, sacar el libro de su espacio ficticio y dejarlo flotando en el espacio); y ahí va:


"Este es uno de los típicos libros eróticos, aclamados por la crítica aficionada al género, cuya leyenda ha rodeado de un halo de misterio debido, ante todo, a la imposibilidad por parte de quienes han tenido interés en investigar la identidad de su autor, ni de saber a ciencia cierta si Armand Coppens es su verdadero nombre, ni si es realmente librero.
   La edición que ha llegado a manos de los lectores franceses —y que ha dado ha conocer este libro— lleva el copyright ilocalizable de «Marie Concorde, éditeur 1970» ; dice ser una traducción del inglés (atribuida a una tal Françoise Maleval) de Memoirs of Erotic Bookseller, cuyo autor es Armand Coppens «con la colaboración de su esposa, Clémentine, exhausta, y de su lejano amante»… Dados la ausencia —intencionada o no— en el título inglés del artículo an (un) delante de Erotic (que, en todo caso, es un error revelador del poco conocimiento del inglés del autor) y el nombre de la esposa de éste —Clémentine—, evidentemente francés, los curiosos e investigadores llegaron a la conclusión de que el recurso a una posible traducción del inglés no fue sino una artimaña para despistar a posibles indiscretos y que Armand Coppens es (o era), efectivamente, de nacionalidad francesa o, por lo menos, de lengua francesa.
   Hace pocos años, el editor y escritor francés Jean-Jacques Pauvert, especialista en literatura erótica, nos puso sobre la pista de un posible librero, de nombre Armand Coppens, en Amsterdam, Holanda. Pero ni él ni nosotros obtuvimos respuesta a nuestras cartas, ni tenemos constancia de que exista tal librero, ni de nadie que responda a este nombre, en la dirección que se nos dio. Por lo tanto, sigue el enigma.
   Sea como fuere, el caso es que estas Memorias de un librero pornógrafo se inscriben, aunque la historia se sitúe en nuestro siglo y bien podría estar ocurriendo todavía ahora en cualquier ciudad de Europa, en la mejor tradición francesa de la literatura erótica del siglo XVIII, siglo muy fructífero y eminentemente creativo en este género.
   Este librero de ocasión pasa de la página al acto, de la biblioteca a la alcoba, del libro a la cama con el desenfado y el tacto de un erudito y de un disoluto. Entre lo que la lectura de ciertos libros suscita en la fantasía sexual de un librero bibliófilo y los actos que su fantasía le conducen irresistiblemente a llevar a cabo, median apenas sutiles fronteras que ningún ser humano sería capaz de delimitar y menos aún de juzgar… Porque quien esté libre de pecado de imaginar y fantasear ¡que tire la primera piedra !"

Es de un naif que tira para atrás, pero también tiene ese punto de espolear la imaginación y querer saber más; no sé, igual mi oficio en el momento que cayó este libro en mis manos (gracias como digo a ésta sinopsis) influyó en mi apreciación de la misma, pero la relectura posterior en la que me hallo no me está quitando la razón... Aunque también he de reconocer otro hecho. Cuando era librero, una vez cada cierto tiempo, hacía un pedido de primera necesidad, por vicio solamente, para calmar mis ansias de acariciar papel, de oler hojas recién impresas, de desvirgar lomos encolados, de leer una pila de libros a las vez, dos, tres hojas no más, al azar, como una especie de trastorno erótico gramático, literario exclusivamente, pues no buscaba quedarme con ninguno ni leer exclusivamente ninguno, sino simplemente leer, crear un libro casual sin argumento de muchos libros, dejarme llevar simple y llanamente por el placer de leer, a veces sólo leía un libro formado por el primer capítulo de 20 libros; no sabía la extensión (dependía de cada libro, y yo no lo sabía, simplemente abría y comenzaba, acabado el primer capítulo, abría otro, y si no había capítulos, en la primera sangría de texto o cambio de ritmo), otras veces de la mitad, una hoja, otras veces de finales... ¿Qué hacía luego con los libros? Fácil, o los devolvía, o los ponía en la mesa de novedades (era muy cuidadoso leyendo cuando era librero, apenas se notaba que había pasado por allí) o terminaban formando parte del fondo de la librería (uno de los argumentos para explicar cómo me fui a la ruina construyendo una librería de fondo en un pueblo donde era imposible que funcionase una librería de fondo). Vicios inconfesables que sólo pueden salir a la luz cuando una lleva ya más de un año alejado del gremio... Pues bien, el libro de Coppens llegó a  mis manos y formó parte de ese ritual, pero no lo devolví ni nadie lo compró... Y esto nos lleva a segundo "arte" de la publicidad literaria: las reseñas de blogs. No voy a diseccionar ni a clasificar, cada uno tendrá sus prioridades y sus gustos, yo tengo los míos, y hay gente que no conozco de nada pero que me animan a hacerme con un libro a ciegas dependiendo lo que digan (El Niño vampiro, El librero humanoide, Lu, Aitor las veces que habló de libros... etc...)... he citado uno, el librero humanoide... fue él el que me hizo sacar el libro de pulcra apariencia rosada de la estantería, haciendo que me dedicara a él exclusivamente.. disfruté como un enano... y he decidido volverlo a hacer, releer la reseña y releer el libro de Coppens...
La copio, pero si has llegado hasta aquí, humilde y alabado lector de este lugar infame, tras leerla, tienes la obligación de pasarte por su espacio...


"26 de dicciembre de 2010.
Un librero pornógrafo puede ser tenido como una especie de sacerdote de un culto pagano, toda vez que el erotismo puede ser visto como una peculiar condición psicológica humana, suceptible de producir un placer ilimitado a través de la única vía de la excitación intelectual. Un librero es alguien que puede transcurrir entre un mundo y otro. Alguien que es capaz de discurrir en el estrecho límite de lo imaginario y lo real. La inclinación o la preferencia de lo imaginario contra lo real no es un caso aislado. La literatura erótica puede funcionar como remedio ante la realidad frustrante. Los deseos, las fantasías, son la única cosa que parece no tener ningún tipo de límite.

Algunas personas creen que el librero forma parte de un mundo insólito y clandestino en el que reina el vicio. Y tal vez sea así, pues el coleccionismo es un tipo de vicio, como lo es el ansia de conocimiento, el ansia de estimular la imaginación y el pensamiento.

Coppens nos relata cómo una vez ha entrado en una librería donde una vietnamita accedió a sacarse fotos subidas de tono, para beneplácito del librero, que luego las venderá en el mercado negro. Mientras Coppens no puede disimular su emoción y su excitación ante el espectáculo casual del que es testigo, el socio del librero se muestra indiferente. Tal vez debido a la costumbre.

Coppens conversa con el librero sobre perversiones y clientes y personajes curiosos, la peculiar galería de consumidores de literatura erótica. Coppens recuerda que alguna vez un gran coleccionista quiso deshacerse de su colección, grandiosa pero sin valor comercial, pues todos los ejemplares fueron dañados por propia voluntad. El cliente habría mutilado todos los margenes de los libros, en una extravagante manifestación de miedo a la castración.

Por otra parte, Coppens piensa que es bueno que el hombre se rebele contra los límites que se le imponen y es natural que trate de traspasarlos. Por eso es necesario que el librero no tenga escrúpulos. Coppens se inició en el oficio por pura necesidad. Si hubiese sido un hombre con dinero, simplemente se hubiera convertido en un coleccionista, pero como sus recursos económicos fueron limitados, tuvo que dedicarse a la profesión para tener acceso a todas esas obras que robaban su sueño.

Alguna vez intentaron persuadir a Coppens de abandonar su predilección por la literatura erótica. Algunas veces los argumentos eran convincentes. Otras, simplemente una manifestación de la estrechez mental que caracteriza a cierto sector de la burguesía bien pensante. Lo cierto es que, con la literatura erótica, se empieza por curiosidad y se acaba verdaderamente poseído. Esta pasión invade todo el ser.

Le han dicho a Coppens que la pornografía solo tiene una finalidad: fomentar los más bajos instintos del hombre, lo cual le impide ver el elemento trascendental del acto sexual. Coppens piensa que, ciertamente, la vida conlleva dos elementos irreconciliables, la concupiscencia y el amor.

La pornografía no satisface al hombre, le deja en un estado de profunda frustración que siempre le conduce a buscar nuevas experiencias sexuales.

Coppens relata la historia del sacerdote fraudulento que fundó su Iglesia Gnóstica Ruso Bizantina, sobre una base ideológica inmoral que, no obstante, gozó de excelente fortuna y aceptación entre numerosos acólitos.

Un loco con imaginación arrastra siempre adeptos. El sacerdocio del protagonista de la historia de Coppens comenzó su carrera por casualidad. Un día se vistió con los hábitos de un cura para una fiesta de disfraces y ya nunca más se separó de su disfraz. Por accidente o por azar, el protagonista aseguró haber encontrado su verdadera vocación. Lo que resulta de lo más extravagante, cuando se tiene en cuenta que este personaje resulta ser un alcohólico y un homosexual que no abandona ni abandonará sus costumbres mientras dura el ejercicio de su religión.

Luego Coppens relata sus andanzas sexuales, las historias de sexualidad y excesos de las que ha sido protagonista o ávido espectador. Incluso la gente más inhibida es proclive a ceder al delirio colectivo. Coppens ha sido testigo de numerosas orgías voluntarias o casuales, en las que ha tenido ocasión de conocer a personajes notables en un contexto insólito.

Aunque el personaje más insólito puede ser un antiguo editor, obsesionado con el lesbianismo, cuya máxima aspiración en la vida es tener ocasión de poder contemplar a dos hermanas acariciándose y besándose frente a él. Su obsesión ha sido tan grande que ha minado todos sus logros y éxitos comerciales. El consuelo de un servicio pago jamás podrá satisfacer una situación que merece ser genuina.

La pornografía, el ocultismo y el surrealismo parecen cortados con la misma tijera. Revelan una tendencia humana hacia lo extravagante y lo abominable. Coppens está igual de interesado por todas las rarezas del género humano.

Cualquier objeto bello es una alegría eterna. Los clientes de Coppens, enloquecen por el libro que les falta. Coleccionistas de literatura de temática homosexual, de sadomasoquismo. Una pareja con extraños rituales. Buenos negocios. Un manuscrito de Ashbee extraviado por accidente. Un suicida incestuoso cuyo objeto de amor reverencial se ha perdido para siempre.

Todos desfilan sin orden ni concierto, por las memorias de un librero pornógrafo. Todos los clientes, los conocidos, los amigos. Todas las pasiones, las fantasías, los éxitos y los fracasos, lo posible y lo imposible. Todo desfila y estalla. En una de las expresiones posibles del mito del orgasmo universal."

http://librerohumanoide.blogspot.com.es/

  Si no tienes la necesidad de hacerte con este libro después de ésto, que Don Draper y Armard Coppens te maldigan

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Tirar notas sobre una novela escuchando a Dylan, Fay y Hunter

Plantear varias cosas. Comenzar una novela con una definición del diccionario, seguir con una frase de una canción de Dylan, no de una de los sesenta, sino de Out of Time. I´m walking throught the streets that are dead... 

Seguir con una cita de una guía Michelin sobre un restaurante coqueto y resultón pero extremadamente caro.
Comenzar un párrafo con las curiosas indicaciones para hacer un guiso de arroz con conejo escuchado en la televisión mientras escribo con ella encendida. Citar algo del libro que ese misma mañana terminé de leer en la plaza del pueblo donde había ido a tomar un café en una terraza y poder leer un rato bajo el ruido de una chicharra. “Construye tú mismo ti casa y quémala tú mismo. No arrojes escombros detrás de tí; que cada cual se sirva de sus propias ruinas... Para todo deseo nuevo, haz dioses nuevos..." Marcel Schwob, el libro de Nonelle...

“Un excitante y a menudo ilusorio y romántico atractivo”. Glamour en el diccionario. También, “atracción personal tentadora y fascinante”. Bill Fay entonces tiene glamour, para mí. Julie Christie también, no es la primera vez que lo digo. http://elcaimansincopado.blogspot.com.es/2010/09/enamorado-de-julie-christie-y-delacroix.html. Lara... ¿De qué va una novela que comienza con la definición de glamour? Espero que sobre Roxy Music antes que un par de cosas tipo Alaska y Mario. 

Ultimamente ando obsesionado con Howlin´Wolf, Chester Burnett, mi cantante de blues preferido, pero la irrupción de Dylan, Fay y Hunter me ha desbaratado todo el plan.

Una frase para comenzar el cuarto párrafo: "Me gusta planchar la ropa interior de mi mujer y siempre me lavo las manos antes de mear, suelo tener la polla más limpia que las manos y soy muy cuidadoso cuando meo." La apunté hace muchos años, se la oí a alguien en un bar de malasaña llamado La Vaca Austera, o tal vez fue en uno que estaba enfrente y que me encantaba ir pero que he olvidado su nombre. El camarero se llamaba Tomás, si no me equivoco, y colgaba fotos de los clientes en una de las paredes. Desde ese día hay algo que nunca había hecho y ahora no puedo dejar de hacer.

Coger una hoja sucia emborronada de palabras, flechas, dibujitos y nombres: Un nombre, Claude Abadie, clarinetista de una banda dixie llamada Les enfants du Orleans que normalmente tocaba en el Club Mabou de Saint Germain de Pres, además de en orfanatos, refugios y comedores sociales. Lugar: Eso fue cuando acabó la guerra y echaron a los nazis de Francia. El médico le prohibió tocar el clarinete. No hay manera de que destierre la neumonía de su cuerpo, y soplar como un condenado ráfagas de riffs sincopados no es lo mejor para unos arrugados pulmones. Lugar: Principios de los sesenta. Oficio: Rentista. Tenía suficiente. Le fue bien, poco a poco redondeaba ingresos haciendo de agente de grupos de jazz y de cantantes folk. El 10% siempre le pareció un acuerdo justo. Lee a Thoreau y a Tolstoi, y eso, supongo, lo explica todo.
En el 71, para hacerle un favor a un compañero, alquila el piso a un cantante americano y a su novia, pagaban bien pero la cosa acabó bastante mal. A primeros de julio Claude se encuentra sin saber cómo, calmando un ataque de histeria de la americana a base de heroína y sacando casi a escondidas el cuerpo de él de la bañera, frío y húmedo como un sapo, y cargándolo escaleras abajo hasta la furgoneta de la funeraria. El que conduce la furgoneta se llama Milos Meisner. El americano, un tal Morrison. Esa es una idea desechada.
"Llevo muchos años muerto y comprenderán que en mis circunstancias es normal que tenga la cabeza echa un lío…" Claude Abadie sólo habla, por eso será una novela corta, no cuenta, habla... Hoy me cuesta escribir...

Será que estoy crepuscular. Me duelen los oídos. Y no, no estoy siendo metafórico. Otitis crónica, amén de otras cosas de nombre largo y raro. he perdido la cuenta de los otorrinos que han urgado dentro de mis oídos. podría decir 20 y no exageraría. Si digo que voy desde los 5 años, entonces sean pocos. La semana pasada tuve una extraña visión. Hasta ahora la cosa había ido así: yo me tumbo en la camilla, pongo mis manos sobre mi vientre, agarro la hebilla del cinturón, cierro los ojos y me dejo hacer. Visualizo el dolor e imagino cosas. Pero el otro día todo cambió. Seguramente será una tontería pero aún le doy vueltas. antes del ritual, el otorrino me metió una cámara y me preguntó si quería verlo. Estuve a punto de decir que no. Dije que sí. Lo ví, me vi... Debería haber dicho que no... Ya no sé qué imaginar. Ahora sólo veo lo que tengo, un oído destrozado y asqueroso, roído hasta el craneo, y ya no es lo mismo al sentir la pinza sacando cosas y el aspirador limpiando. No es que antes imaginase campos de fresas, pero había logrado sublimar el dolor en una especie de mantra visual desde el que me atrincheraba pacientemente. El dolor es una cosa extraña. Siempre ha pendido sobre mí la idea de que me iba a quedar sordo, desde los 5, y esa tal vez sea la causa de haberme lanzado a construir una especie de biblioteca de sonidos y canciones de manera casi suicida, por eso de aprovisionarme para el invierno. De momento hemos sorteado ese escollo. Siempre ha sido así, y siempre lo será. Miedo y hambre. Por eso hay que leer los blogs de Ned, de Tsi y de Chals sobre Bill Fay. Amor a primera vista. Desde la route americana se va a los demás... http://www.routeamericana.com/2012/09/be-in-peace-with-yourself-sobre-el.html. De Dylan hay poco que decir (y antes de la entrada de Chals en la routeamericana sobre Fay, está la de Dylan y su video. Que la gente se escandalize de ese video demuestra lo pacatos que nos estamos volviendo). Maravilloso en su nuevo capítulo dentro de su papel atemporal de cantante de blues eléctrico y rapsoda visionario del ceniciento presente. El silbato del tren de Duquesne es evocador... De Ian Hunter ya dije cosas hace poco más de un año... Clase y elegancia, letras certeras, sonido luminoso, canciones como puños... http://elcaimansincopado.blogspot.com.es/2011/07/ian-hunter-asimilar-el-fracaso-y-saber.html
Sé que es triste citarse a uno mismo, pero más triste es repetirse. Escribía sobre cómo comenzar una novela pero, ¿cómo acabar esto antes de borrarlo?Viendo el video de Dylan y pensado en lo puta que es la vida...



domingo, 2 de septiembre de 2012

Milos alrededor del mundo...

Últimamente no actualizo este blog con material interesante. Sólo escribo para recordar de soslayo que necesito que me compréis el libro, hablando de cualquier otra cosa o subiendo las opiniones que algún incauto o incauta me manda. Nunca hablo de la necesidad real. Necesito dinero.
He encontrado varias cosas sobre "La muñeca rusa" por ahí... Dar las gracias resultaría redundante... o no... Gracias...
http://luluonthebridge.blogspot.com.es/2012/08/lu-recomienda.html

 http://toxicdecibel.blogspot.com.es/2012/08/cosideraciones-sobre-la-muneca-rusa.html

http://lamuerteesunamujerlibidinosa.blogspot.com.es/2012/07/el-escultor-de-la-luna.html

y de paso algunas fotos en plan tío de los Fragels/gnomos de Amelie...

Aeropuerto de Chicago

Proyecto "La muñeca rusa" Andrea Hauer, 1

Proyecto "La muñeca rusa" Andrea Hauer,2

Proyecto "La muñeca rusa" Andrea Hauer,3

Librería Pasajes, Madrid; el libro se lo quedó la librera

Carretera de Alcázar a Manzanares, km 6,800

Biblioteca Pública de Manzanares
Puebla de Lillo (León)

lunes, 27 de agosto de 2012

El primer hombre que pisó la Luna

Ha muerto el primer hombre que pisó la Luna. Hay cosas que son y ya está. No hay que darle vueltas. Uno está liado en su cabeza con ciertas cosas y resulta que alrededor no para de ver "señales" que van y vienen, como un espejo, aparecen blogs hablando del disco que llevas días escuchando, en la tele ves un documental sobre el personaje del libro que estás leyendo, en el telediario aparece una noticia que tiene que ver con tu nueva obsesión... Pues resulta que eso tiene un nombre.... Lo he descubierto gracias a uno de mis blogs preferidos de crítica literaria (sea eso lo que sea y que para mí no es más que hablar de libros con pasión), el del niño vampiro.  En una de sus últimas entradas (de las mejores que le he leído y eso es difícil) dice: En español no está aceptada la palabra "serialidad", pero a mi padre, que era extranjero, le gustaba y la empleaba con mucha frecuencia. Se refería con ella a ese fenómeno que todos conocemos y que consiste en la aparición de repente, y en cualquier momento y lugar, de constantes referencias y alusiones a algo cuya existencia desconocíamos hasta ese momento, o que sencillamente habíamos olvidado. Así, por ejemplo, si vemos en una película a un actor al que hacía años que no veíamos, ahora se nos aparecerá en tres o cuatro películas seguidas. Del mismo modo, apenas había empezado yo a leer este apasionante libro sobre el misterioso autor de un libro llamado Ali y Nino cuando, voilà, en la FNAC me encuentro con el libro en cuestión, publicado recientemente por Libros del Asteroide.


A comienzo de verano me embarqué en la lectura de "Lunáticos. Qué fue de los hombre que pisaron la Luna." de Andrew Smith y que editó hace un par de años Berenice. Ya sabéis que en "La muñeca rusa" se habla de dos cosmonautas cuya misión fallida para llegar a la Luna se ve silenciada por la URSS de la manera en la que se silenciaban las cosas en ese tiempo (a ambos lados, tal vez con métodos menos expeditivos en un lado, pero que McCarthy no controlara del todo al cuarto poder no significa que "ellos" fueran menos "brutales"), por lo que mi fascinación por ese tipo de historias, ahora que había publicado (auto) la novela de Milos Meisner, estaba otra vez en uno de sus puntos álgidos... El libro está muy bien. De hecho resulta fascinante en muchos momentos; pero quizá es tal la cantidad de información y es tal la fascinación que el autor siente por el tema del que habla, que a veces se hace demasiado densa su lectura (está escrita a la manera del nuevo periodismo americano, es decir, el autor cuenta su propia investigación a la par que cuenta lo que quiere contar, el periodista dentro de la historia, como un trasunto Sam Spade con grabadora y boli...). El caso es que lo estuve leyendo, y de hecho colgué un par de fragmentos en unos post recientemente. Llegué al capítulo 4. "La vida de Neil". Lo leí a medias (uno de los mejores capítulos, con párrafos de literatura de altos vuelos) y lo dejé. ¿Por qué? Porque la vida se impuso. Simplemente se me hizo muy complicado sacar tiempo para poder leer. Cuando eso me pasa, duelo dejar el libro (o los libros a medias) a la vista, como una especie de corazón delator, placer masoquista quizá y me martirizo cuando nuestras miradas se cruzan. El otro día volví a comentar con alguien la sobada idea de que el alunizaje fue grabado en un estudio cuando mi interlocutor lo sacó a colación... Al volver a casa el libro me miró. Al mirar los titulares del periódico en mi móvil, leí que Neil Armstrong había muerto a los 82 años... El primer hombre que pisó la Luna. Tal vez, en eso de la historia de las azañas humanas, Colón no fuese el primer europeo que llegase a américa, tal vez Admusen fuese un cabrón, pero el primer hombre, el primer ser humano que salió de este pedazo de roza infame y maravillosa y puso sus sucios pies de homínido evolucionado parásito en la Luna, fue él. La serialidad jugando al humor negro... No voy a darle más vueltas... Neil nunca aseguró que le desease suerte a Mr. Gorsky al pisar la Luna, tampoco lo desmintió. Buzz jugaba a decir que algo oyó. Cuendo estaba en el instituto, neil Armstrogn tocaba en un grupo de jazz llamado (y no es broma) The Mississippi Moonshiners. Tocaba ragtime en el piano de su casa. Odiaba todo lo que tenía que ver con vida pública. Se compró una granja en la rural Ohio, en un pueblo llamado Wapakoneta. Cojo el libro y releo el capítulo 4 desde el principio. Tiene una diez páginas fascinantes, absolutamente brillantes. Me siento y copio:
Página 158: "Por lo que he oído y leído, intentar describir a Armstrong es como conducir a través de la noche neblinosa: hay rasgos e intuiciones de que hay algo sólido detrás, pero al iluminarlo la luz te viene reflejada, hasta que, al final, tan sólo ves lo que imaginabas ver: el brillo reflejado de tus propias espectativas. Y me  pregunto qué veré, si es que veo algo. El curtido de mil batallas, Reg Turnill vio algo arrogante y "taciturno", y cuando terminó de mostrarle a Normal Mailer las instalaciones del Cabo, Mailer escribió un libro titulado "Un fuego en la Luna" en el que no se acercó a Armstrong más que a los demás, pero que ofrecía algunas observaciones interesantes de su comportamiento durante las ruedas de prensa. En cuanto a los anhelos de su alma, el novelista vio algo místico. (...) Mailer más tarde reconoció que la parsimonia de Armstrong con las palabras, de manera perversa, "llegaba a ser su cualidad más llamativa, como si lo mejor del hombre estuviese totalmente alejado de la superficie y fuese tan valioso que había de ser protegido por ciertos de reservas, miles de precauciones". Mailer también habló del sencillo comportamiento público del astronauta: "esa claridad pueblerina que había insertado en su psique para poder ofrecer un hombre al mundo". Maravilloso. Aunque me parece que es igual de provable que Armstrong se sentara en aquellas ruedas de prensa antes del lanzamiento sabiendo que, para los hombres y mujeres que se sentaban delante de él mordisqueando las plumas, su desdichado cadáver en el Mar de la Tranquilidad sería un desenlace tan interesante y rentable como la exitosa conclusión de su hermosa misión, quizá más... de hecho, mucho más. Le preguntaron qué pasaría si el motor del módulo de ascenso no se encendía al intentar romper el atéreo abrazo de la luna y dan ganas de reír con su respuesta, que fue : "En ese momento, si tal cosa ocurre, no nos quedará ningún recurso". ¿Qué esperaban de dijera: "bueno, supongo que morimos"? De hecho, la pregunta que Mailer le hizo a sus lectores fue mucho más interesante: "¿Qué pasaría si Armstrong pone un pie en la Luna y simplemente desaparece?" La obra de los Monty Python hubiese quedado obsoleta. (...) El director del vuelo Apollo 11, Gene Kranz, dice que llevaba un tiempo acostumbrarse al silencio del astronauta, y se queja de que en las reuniones para formalizar las normas de la misión, que trataban sobre todo de cuándo continuar con un alunizaje problemático y cuándo abortar la misión, que: "Neil por norma general sonreía o afirmaba con la cabeza, y pensé que había establecido ya sus propias normas para la misión... Yo sólo quería saber cuáles eran esas normas..." Nadie nunca las conoció, pero Kranz tenía serias sospechas de que mientras hubiera una remota posibilidad de posarse, el comandante de la sonrisa de Mona Lisa iría a por ello, aconsejase lo que aconsejase el control de la misión. (...) Después del regreso las cosas se complicaron. Las crónicas de los periódicos sugieren que fue inundado por propuestas de agentes, productores de cine y compañía deseosas de que firmara acuerdos de patrocinio, los cuales rechazó salvo unos pocos. En lugar de dedicarse a cobrar, aceptó un puesto de oficina en la NASA, después realizó un master en ciencias por la University of Southern California, antes de volver a su estado natal para ser profesor de ingeniería aeroespacial en la universidad de Cincinnati, donde estuvo hasta 1979, yendo cada día desde una granja que se había comprado en Lebanon."

Un hombre decide que pisará la Luna aunque eso suponga no poder volver, y cuando vuelve, decide desaparecer, asqueado de todo... Descanse en paz Neil, espero que por fin en la Luna, su Luna...

martes, 14 de agosto de 2012

Leer Knockemstiff gracias a Juan Almohada; Teo Serna y Cristobal sobre "La muñeca rusa"


 Sigo recibiendo poco a poco imágenes y comentarios sobre la novela. Una foto desde el aeropuerto de Chicago, de alguien maravilloso con cara seria y libro en ristre, pasando las horas entre vuelos acompañado de Milos. Por otro lado, la reseña de Cristobal, a quien le debo muchos buenos ratos y que se quiere unir a La Internacional Samizdat. Teo, ese inmenso poeta, me envía otra portada paralela sobre "La Muñeca rusa"... Estos días de calor extremo casi acaban conmigo, y toda mi actividad se ha reducido a cuidar y a maldecir el punto de ebullición a partir del cual mi cuerpo se ve reducido a una masa casi inerte. Si yo pudiese invernar, lo haría con gusto en mitad del verano, entiendo a los osos, pero al contrario de, a mí los fríos medianamente llevaderos no me matan. Lo peor de todo es lo poco que consigo leer, lo cual no quita para que lo siga intentando. a pesar de todo, es posible que la última lectura, me haya dejado más huella de la que creo, y ahora me cuesta leer otra cosa, incuso me cuesta olvidar el libro y no dejar que mi vida se rija por él. Leí "Knockemstiff" de Donald Ray Pollock gracias al blog de Juan Almohada y, vaya, un puñetazo en las pelotas me hubiese sentado mejor. Hacía siglos que una lectura no me dejaba tal poso, tal sensación de desolación. Lo curioso es que es un libro que no puedes dejar de leer. Tiene una capacidad de atracción increíble, y no puedes dejar y dejar de pasar páginas, parando un poco, al menos, entre relato y relato (iba a poner capítulo y capítulo, y tampoco hubiese estado muy desencaminado). Historias que giran alrededor de un pueblo de nombre peculiar, historias brutales (esa es la palabra exacta sobre este libro, brutal) de perdedores que no pueden dejar de ser la basura blanca que son, la escoria de un país capaz de lo mejor y de lo peor, perdedores rabiosos, abandonados, con un orgullo patético. No hay poética, no puede haberla. Hay desolación, pesadillas de un futuro mejor, vigilia que es mejor pasar como un sueño lisérgico, abotargando los días a la espera de una muerte digna, porque un golpe de suerte sería tan sólo una burbuja que acabaríamos jodiendo. Una y otra vez, una y otra vez... Y entre todo, una tensión narratíva increíble, seca pero implacable, sin alardes, como un directo en el estómago, con el diafragma encogido y las pelotas en vilo... ¿Una pega? Ninguna, si acaso la nota final del autor, diciendo que "hombre, sí, ese pueblo existió y yo viví en él (más de quince años en una fábrica de plásticos) pero la gente que conocí allí no era así..." ¿Y a mí qué me importa si quieres quitar hierro al asunto por eso del "nunca se sabe con quien me puedo reencontrar"? La vida puede ser así, y eso da un miedo de cojones...

 http://librosdelsilencio.com/libro/index/23

 http://elmundodejuanalmohada.blogspot.com.es/2012/06/lecturas-en-el-bano-junio-2012-y-ii.html


Imagen: Teo Serna
 Y ahora, unos minutos de comerciales....

Juan Miguel:
Ante todo felicitarte por tu segunda novela publicada. La historia es compacta y has manejado muy bien los saltos temporales durante toda la novela, dando una uniformidad y una continuidad al argumento que redunda en la calidad que de por sí ya tiene. Me la he leído detenidamente y puedo asegurarte que se me ha hecho corta del placer que estaba experimentando al leerla, en silencio y acompañado por una lata de cerveza Mahou y mucho silencio, silencio que es clave para que el lector interprete e imagine esos ambientes íntimos en los que todos los personajes se desenvuelven, muy particulares y con capacidad para exponer al personaje a los ojos del lector.
Frases cojonudas, de personajes trabajados que tienen mucho que contar, y un narrador-personaje canalla, omnisciente, que los pone a sus pies para que se confiesen y nos descubran la historia de sus vidas sin tapujos, sin necesidad de perderse en excesivos diálogos que ralentizan la marcha de lo que se pretende contar.
¡¡Cómo me gusta esta frase, pg 120, abajo:
 "-¿Buscáis amor o solamente buscáis a alguien que os reafirme en que sois o creéis ser, esto es, guapos, guapas, inteligentes, sensibles y sexualmente atractivos?
-Buscamos no morir solos, aquí, en esta mierda de pueblucho, y en Constantinopla.

Lo dicho, se le recomendaré a todo mi listado de contactos porque merece la pena, y mucho.
Adelante, amigo, y nos vemos en los bares y hablando de ese proyecto que te conté, que ya estoy revisando para que nadie me toque .... diciendo que tengo muchas erratas, que seguro que las tendré.
Un abrazo.
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Cristóbal Del Río Navas

http://vayacirio.blogspot.com

viernes, 8 de junio de 2012

Cartas perdidas de Milos Meisner. Anexos imposibles de incluir en un libro invisible

Se mezclan mis esperanzas con lo que alguien podría llamar errores, camino, pasado, galera donde reman arrepentimientos y torpezas, acordes y rectas triangulares, mujeres irredimibles y demonios obtusos de tez clara y dedos torcidos. Tendría razón. Yo no, yo no puedo seguir esperando lo que sé que no puede pasar. Cuando se pierde todo y nada conmueve, cuando se espera todo y nada nos escoge. Suena un grupo llamado Mott the Hopple en un bar de Almarga. Si me tomo otra cerveza tal vez me emborrache. Una cruz de Malta, un posavasos lleno de espuma, una mesa de los años veinte, un puñado de postales de Sofía Loren cuando Sofía Loren enamoraba a obispos, generales y humanos sensibles, dos libros, un cuaderno y un bolígrafo. Vine aquí para echar de menos a casi todo el mundo e intentar sentirme de nuevo, vivo o muerto, limpio o seco, informal o retórico. Cartografías, luces ladinas, pasado imperfecto, trenes desarmados, maternidad fluorescente. A-13 es un sitio lejano y triste. La primera noche que pasé en casa de Lucien en uno de mis viajes relámpagos a París en los ochenta, éste no paró de alabar a Bowie mientras yo no paraba de pensar en que se callara y me dejara a solas de una vez con aquella amante tan fugaz como necesaria que creo recordar que se llamaba Julie. Tal vez ya era demasiado viejo y demasiado soviético en aquellos años como para apreciar esos existencialistas guitarrazos de extrarradio con posos dylanianos y beat stoniano...

No puedo focalizar, templar la espada ni la espalda contra enemigo alguno porque nadie espera ya nada de mí. Si alguna mujer quisiera llevaría la primera estatua a la luna por una de sus sonrisas. Irme de este lugar sin besar a nadie es un delito grave del que sé que no saldré indemne.

La preciosa camarera me sonríe cada vez que pasa a mi lado de una manera que podría hacer que volviera todos los días del resto de mi vida. Me acaba de preguntar si soy el francés que ha alquilado la casa vieja de Matías. Le digo que no sé quién es Matías, y que tampoco soy francés pero que sí, que soy ese que piensa que soy. Me pregunta si voy a tomar algo más mientras sus ojos miran mis manos posadas sobre un plano de una ciudad llamada Praga en donde con un boli barato e infalible estoy haciendo dibujos de ella. Cuando le voy a contestar, alguien la reclama y girando sobre sus talones como una Lolita a punto de cumplir los treinta me deja con la palabra en la boca. Pendientes rojos, piernas donde perderse por 20.000 leguas y ochenta días... Podría inventarme que también soy un escritor famoso, y que he venido aquí de retiro a escribir mi siguiente novela, puedo inventarme una biografía mientras la desnudo y la colmo de besos. O puedo irme directamente a tomar por culo, que será probablemente lo que me diga si cruzo la frontera de esta ficción...

Si por escribir aquí y ahora entendemos vaciarse y descubrirse, entonces lo quiero todo, sin cortapisas ni paños calientes, como el amor más desolador, como la puerta que si me abren arrollaré sin intención de hacer prisioneros, ni siquiera a mí mismo. El miedo corrompe la cobardía de la que hacemos gala y amputa la vida ruinosa que vivimos cuando no es procedente la desidia, igual que la valentía cuando es insolente. Aforismos torpes de "sírveme otra cerveza", haikus de baratillo, sueños rotos y pegados de nuevo mil veces con goma caliente sin solución de continuidad. La espuma aturde el alma. Si he de morir de vergüenza que sea colorado por no poder negar lo que soy. Entre un burdel y una iglesia prefiero que me hagan ruborizar en el primer lugar; antes, durante y después.
Sueños resquebrajados con lunáticas en Praga y camareras en Almarga. Pesadillas rojas en Toulouse. Siestas de comidas ligeras con planchadoras en Vladivostok. Insisto, si he de morir que sea colorado y muerto de vergüenza, soltando disparates y disculpas... Aunque es cierto que siempre me he quedado a medias en todo lo que he hecho con mi vida. Tengo la misma cantidad de libros empezados a leer y sin terminar que libros leídos. Más esculturas proyectadas que hechas, más hijos soñados que dando por saco, más sangre recorriéndome que derramada. Si grabo un corazón en esta mesa de madera con un cuchillo, pondré mi nombre dentro y dejaré espacio suficiente hasta para Maria Antonieta o Dalila. Al zar y las zarinas no las indultaría ni yo en estos momentos tan lejos de casa y tan cerca del hogar, ni siquiera por toda la bodega del Palacio de invierno. Caracol pelotero en plena crisis de los cincuenta. Cejas depiladas y culos prietos. La camarera no lleva tacones pero anda igual de erguida como si los llevara. Sonríe y le digo que sí, que me ponga otra cerveza. Me pregunta si quiero cacahuetes y me la imagino vestida de Betty Boo deseándome buenas noches después de prestarme su ordenador para pasar todo esto a limpio. Me repite la pregunta más despacio y respondo que sí, que claro, lo que ella quiera... Por primera vez, me sonríe espontáneamente...

Imposibles amores de mercadillo que inspiran al más pintado y al más tonto (ahora es cuando debería contarle la historia de cuando era niño y hacía espantapájaros en los campos de Moravia imitando estatuas famosas...) Todo tarda en llegar o no llega nunca. Desnudos al retortero, mamadas a todo trapo y espejos rotos, años de mala suerte, siete inútiles maneras de matar a un gato negro... ¿Cómo era? ¿Maldición eterna a todo aquel que lea este libro? Malédiction éternelle à tout ce qui lit ce livre, ese creo que fue el título con el que leí un libro así llamado hace muchos años en París. Manuel Puig y lecturas falibles de noches insomnes. En el fondo yo también soy un libro, al igual que todos los peces feos de las fosas abisales no ven un pimiento. Para llorar a mares y corromper monjas siempre hay tiempo, igual que para decir basta y echarse a dormir. Sé que esta noche acabaré en la playa, solo y haciendo cualquier figura con arena y agua salada antes de que salga el sol. Emborrono un plano turístico de una ciudad en la que viví con rostros hermosos y muñequitos obscenos, C-5 parece un buen lugar para vivir; perdí mi último cuaderno en un camping y sólo he encontrado esto a mano, aunque creo que hubiera robado un rollo de papel higiénico de haber sido necesario para dibujar a esta camarera. Una espiral de caracol aparece dibujada entre calles cuyo nombre desconozco y dudo si aún sé decir correctamente... Sólo me queda una cosa por hacer, levantarme, pedir la cuenta y preguntarle su nombre a la camarera...

martes, 22 de mayo de 2012

Samizdat. Por qué voy a autopublicarme, cap. 3

A veces hablo con mi amigos de abrir una editorial. Sabemos que es como proponer abrir un templo dedicado a Ceres, instaurar un club de esgrima o hacer el Charlie Runkel en despachos privados, esto es, reconforta, pero es inútil.
He encontrado el camino del medio. Samizdat
Samizdat (auto-publicado, en ruso самиздат) era una práctica en tiempos de la Unión Soviética destinada a evitar la censura impuesta por los gobiernos de los partidos comunistas en los países del Bloque oriental. Mediante esta práctica, individuos y grupos de personas copiaban y distribuían clandestinamente libros y otros bienes culturales que habían sido proscritos por el gobierno. La idea era hacer unas pocas copias cada vez y que cada persona que tuviese acceso a un medio de copiado hiciera más copias.
El término fue acuñado por analogía con los nombres de editoriales soviéticas, como Politizdat (abreviatura de Politicheskoe izdatelstvo, Политиздат, Государственное издательство политической литературы, Editorial Estatal de Literatura Política), Detizdat (literatura para niños), etc.



Etimológicamente, la palabra "samizdat" se compone de "sam" (сам, "a sí mismo") e "izdat" (издательство, izdatel'stvo, "editor"). En esencia, las copias de texto samizdat, como la novela de Mijaíl Bulgakov "El Maestro y Margarita", pasaban de una persona a otra como en una suerte de biblioteca clandestina ambulante. Las técnicas utilizadas para reimprimir literatura y propaganda incluían el uso del papel de calco, tanto a mano como con máquina de escribir y la impresión de libros en imprentas semiprofesionales. Antes de la Glasnost, esta práctica era peligrosa, ya que tanto copiadoras, como imprentas e incluso máquinas de escribir de las oficinas estaban de un modo u otro bajo el control del KGB. En Polonia, la República Checa, Eslovaquia y Hungría durante las décadas de 1970 y 1980, varios libros (a veces de más de 500 páginas) fueron impresos en cantidades que llegaron a exceder los 12.000 ejemplares. Hrabal, nuestro opositor a los estalinistas, no sé si desde la derecha o desde la izquierda, promovió toda su obra por este método.

En un correo de un amigo, leo: "Como la editorial samizdat ya existe, entonces yo propongo La Internacional Samizdat. Besos. Loïc"
En un libro de Fresán que estoy releyendo estos días, veo: "No recuerdo quién dijo que los libros nunca se terminan sino que, simplemente, se publican. En cualquier caso -sea quien haya sido- tenía toda la razón del mundo y del universo: difícil determinar el final de la escritura y -para bien o para mal- las fechas del editor o la fatiga de materiales del autor obligan, sí, a gemir o aullar un The End, y a otra cosa. Y, de ser posible, seguir el consejo del siempre sabio y atendible Bob Dylan: "Don´t look back"..." Jardines de Kensington.

Al no tener editor ni posibilidad, la cosa resulta curiosa en el caso de la novela de Milos Meisner. Posiblemente, la escritura sea la única manifestación "artística" (sean benévolos por una vez y admitan al capitán Cousteau como animal acuático...) en la que está peor vista la autoedición, tal vez porque presupone una arrogancia al que viene siendo el llamado "autor" que, por lo que sea, molesta. La música (ese referente vital para unos pocos) hace tiempo que se sacudió el polvo de ese prejuicio. Cualquiera puede fundar una pequeña discográfica y sacar su música y la de quien quiera. Bien es cierto que es inmediatamente más disfrutable que (en el caso que nos ocupa) la escritura, ocupación ésta que, afortunadamente, necesita de una suspensión del tiempo más o menos importante (¿por eso ponen música de fondo en los grandes almacenes y no a un tío leyendo "Crimen y castigo"?). Y si la música se disfruta "antes", se la puede enjuiciar "antes". Con el teatro igual, 4 pueden fundar una compañía y montar una obra. Una película, lo mismo. Que pintas o haces fotos, buscas un sitio donde exponer y listo. En todos los casos no podrás evitar que alguien te mire condescendientemente, pero en el caso de la narrativa, las miradas se multiplicaran. Lo sé porque lo he hecho. Cuando era librero, era entrar alguien ofreciéndome dejar sus libros autopublicados en depósito en la librería y algo dentro de mí se ponía en guardia. Nunca dije que no a nadie, pero reconozco que pocas veces leí algo sin reservas, o al menos sin las reservas con las que abro un libro "editado". Toda esta cháchara de diván de psicoanalista viene a lo que viene. En los primeros años de la Revolución Rusa, existió en Moscú una librería llamada "librería de los escritores"; allí se juntaban escritores que vendían sus ejemplares mecanografiados o copiados editados por ellos mismos. Duró poco, como duran estas cosas donde la verdadera libertad campa a sus anchas (Ed. Sexto piso. La librería de los Escritores).
Realmente este post debería haberse terminado tras la cita de Fresán. Todo lo demás hasta ahora ha sido lloriquear un poco, las cosas como son. Estoy revisando la maqueta que me ha enviado Iván. Ya queda menos. No será un samizdat, pues nadie me ha censurado, pero algo de eso tendrá, solo aspiro a que lean la historia de Milos unos pocos. Podría colgar la novela entera en un blog, darle la vuelta y publicar las entradas desde el último al primer capítulo, dejando el blog inactivo y hecho de un solo golpe, pero aún creo en el papel, en el libro, en eso que uno se lleva al váter o en la cestita de la bici, que uno abre sentado en una terraza al sol o bajo un árbol, en un metro atestado o en un bus de línea, y lo hace sin mirar la batería del libro, a lo sumo mirará el reloj para saber cuánto tiempo puede robarle al tiempo, pero sintiendo el tacto de algo vivo entre las manos, no plástico. A mí me gusta eso, y que lo haga alguien con un libro mío es algo que quiero vivir antes de palmarla, y para eso, como dice Fresán, hay que terminar de escribir y, sí, es cierto, para terminar un libro hay que publicarlo, en los cajones no hay novelas inéditas, hay novelas no terminadas... Si merecía la pena el esfuerzo, eso ya no puedo decirlo yo; a lo sumo puedo escudarme diciendo que hay millones de libros mejores, pero también alguno peor. Como dice mi amiga Amalia, "no cagándola, todo es cuestión de empatía".

martes, 15 de mayo de 2012

La muñeca rusa. Bocetos para su edición, I


En marcha desde lo más profundo del cutrerío artesanal.... Andrea lo ha captado a la primera...
Puede quedar bonito... No. Va a quedar bonito.
Andrea es un genio, aunque no es por eso que la quiero tanto. 
Iván se está quitando tiempo de sueño y ratos de estar con sus hijos para maquetarlo... Por algo es quien es en mi vida, pero con esto se está ganando que le deje en herencia mis discos y mi memorabilia de los Allman (no todo iba a ser bonito, Iván..., en ellos se esconde el secreto del tiempo, entre otras cosas..). Mercedes se está desdoblando (sufriéndome a la vez) corrigiendo repeticiones innecesarias, errores de estilo y atropellos varios de un diletante que a veces se fija demasiado en los árboles y no ve el bosque y otras sólo ve bosque y el lobo feroz se le lleva la merienda en un oximorón perfecto de ecos siberianos y relente bibliófilo (¿por qué Almería, un sitio que apenas conozco, se convierte en el centro de un laberinto que ni yo comprendo? Porque he acabado allí dos veces justo cuando pasaba por un momento de esos que llaman "trascendentales" en la vida de todo hijo de vecino, y que me hicieron acabar donde estoy ahora. Curiosamente, la primera en una gira de teatro que bien merece un libro, y otra en una gira roquera con la Vacazul que bien merece otro).
Lo que hay que hacer para demorar la llamada a la imprenta; tengo el miedo en el tuétano, me da que no me va a llegar el parné... ¿Cuántos kilos de sábanas sucias me tocará limpiar este año? ¿Cuantos kilos de autoestima cuando vuelva a pedir porque no me llega? Aún hay un ayuntamiento que me debe dinero de cuando era librero y servía libros a varias bibliotecas municipales de la ínclita y esperpéntica provincia ciudad-realeña. Va para 18 meses. El alcalde ya ni me coge el teléfono. No es mucho, pero es mío y me da para diez ejemplares. Yo contaba con eso para otra letra del préstamo (losa-tumba-pesadilla-de-mis-entretelas) y para echar a andar las máquinas con la historia de Milos Meisner, pero me temo que a lo sumo, como no me plante en la biblioteca de Carrizosa y me lleve los libros que les serví, no voy a conseguir nada. La muñeca rusa ha echado a andar, no hay vuelta atrás, o me hundo o me pierdo en las simas oceánicas... ¿Alguien está dispuesto a leerla?

jueves, 10 de mayo de 2012

Por qué voy a autoeditarme, cap. 2

Hace varios días terminé la revisión de "La muñeca rusa". Releída y (re)corregida ortográficamente, se la he enviado al maquetador jefe. La portada está en diseño...
He de llamar a la imprenta...
Elegir un nombre para "la editorial"...
Registrarla en CC (corren nuevos tiempos...)
Rediseñar el blog par albergar a la criatura y poder "recibir pedidos"...
Poner en orden mi día a día una vez abandonada la cueva (retomar el blog, crear plusvalía, atender al pequeño Pavel)...
¿De qué hablan Milos Meisner, Henry, Tristán Léglise, Pavel Sisak, Irina Belokoneva, Cyrano de Bergerac, Baikonur y Yuri Gagarin en una librería llamada "El Nautilus"...?

jueves, 5 de abril de 2012

Por qué voy a autoeditarme... cap I

Pido prestado un ordenador en una casa ajena y, haciendo caso omiso al ruido que me rodea, intento dar señales de vida, como si a alguien le importase que el caimán, por muy sincopado que sea, de señales de vida. Además, tengo el ordenador estropeado en casa, un virus no me permite acceder a ninguna cuenta de correo y navega con demasiada agua entrando por la quilla. Hasta que no inventen el chip que permita colgar entradas vertidas directamente desde tu cerebro, será necesario seguir buscando un tiempo y un lugar en el que sentarse a escribir.  Estos días han ocurrido muchas cosas y las sensaciones que me han causado han pasado por el filtro semántico de ser traducidas y verbalizadas dentro de mi cabeza; y ahí se han quedado.


Uno: Notas a pie de página, criaturas pequeñas e indefensas puestas en mis brazos, círculos concéntricos, cordones umbilicales que hacen que todo se relativice y lo que es tuyo pase a ser de esa persona, que depende absolutamente de ti. ¿Quién soy yo? Sea lo que sea, a partir de ahora lo soy por él.

Dos: Recibir una nueva carta de rechazo de una novela ("la muñeca rusa") ha sido tomada como la excusa necesaria para no avergonzarme frente al espejo sin fin en el que ahora me miro. Una carta de rechazo, la 18 o la 19, que ha sido diferente a las anteriores y que ha dinamitado mi autoestima como siempre, pero... Los días anteriores a la llegada de dicha carta, me replanteaba varias cosas respecto a dicha novela. Todas giraban en torno a lo mismo; ser poco a poco más consciente de que estaba inconclusa, de que la había dado por terminada demasiado pronto. Uno busca inconscientemente las razones que justifiquen lo que consideras tu merecido fracaso, y la impaciente necesidad de salir al paso de algo que cambiara mi vida y mi suerte de manera radical, hicieron que pusiese la palabra fin demasiado pronto y mandase dicha novela a casi todas las editoriales posibles sin querer ver que "La muñeca rusa" era una novela fallida, no acabada, imperfecta en muchos de sus lugares y rematadamente necesitada de una mayor concreción y desarrollo. 18 rechazos no fueron suficientes para darme cuenta. Llevo diez años anteponiendo mi concepción de la escritura y de lo que escribo a una industria (la editorial) demasiado acostumbrada a pasar como un rodillo por encima de muchisima gente como yo (es decir, una gran masa mediocre y tiernamente heroica) mientras con sarcástica ironía vemos cómo esa misma industria burguesamente autoindulgente, saca a la luz muy a menudo a escritores de calaña infame con padrinos de clase agradecida. Quiero decir, no publicaba porque lo que escribía era, y es, una mierda, pero a la vez, la misma industria editorial te la razón para lamentarte de tu mala suerte y, sin saber por qué, sigues escribiendo. Algunos mejoran y dan la campanada con un concurso que les permita ver su obra publicada, pero ahí acaba la cosa. Otros ven cómo van dejando de escribir y la vida les cae encima, y allá cada cual cómo se las ingenie para seguir soñando. Y otros lo vuelven y vuelven a intentar hasta que un día mueren sin que nadie les diga realmente si eran buenos escritores o no. Esos son los fantasmas, de verdad, los espíritus tristes que pueblan los sueños de Poe que después de muertos siguen preguntándose dónde está la objetividad que les permita saber si su vida mereció la pena o no y escribieron al menos una página digna de ser escrita aunque a nadie le importase que así fuese...

¿Yo? No lo sé. Por escribir he escrito varias cosas, un libro de relatos, un par de novelas, hasta la historia de uno de esos tristes aspirantes al título; he abierto un blog, lo he vuelto a intentar mientras me despreciaba a mí mismo y  me he consolado pensando que el romanticismo de la literatura estaba en empeñarme en cruzar el muro de Berlín mientras me iba empobreciendo oyendo una canción de Bowie y me quedaba con la duda de no saber si sólo era un estúpido o un genio incomprendido. Pues ni una cosa ni otra. El responsable del servicio de Publicaciones de la diputación de Ciudad Real ha hecho que abra los ojos. ¿Cómo? Pues devolviéndome "La muñeca rusa" junto a una carta donde se me comunicaba que  la comisión calificadora que decide los manuscritos que la diputación va a editar este año desestimaba mi novela propuesta. ¿Qué hace a este rechazo distinto a los demás? Pues que mi novela se quedó en un cajón y no fue entregada a ninguna comisión. No tengo pruebas, tampoco las necesito. Él lo sabe. Yo lo sé y así me lo ha confirmado una persona que no comprometeré diciendo quién es. Es raro abrir las tres copias de un manuscrito rechazado comprobando que no ninguna ha sido abierta. Allá él. Conforme salí de la copisteria fueron mandadas por correo y se me han devuelto igual de vírgenes y crepitantes. Ha tenido que pasar esa nimiedad para que pueda dar el paso necesario. No ha bastado con concursos amañandos, con cartas tipo (un aspirante a paso pluma no necesita cartas tipo, necesita "sí" o "no" o "trabaja el juego de piernas" o "dejas al descubierto el rostro al bajar la derecha" o "eres un manta pero tienes un gancho que es la hostia"), tampoco necesita saber que ha tirado su dinero a la basura (fotocopias, espirales, correos) en envío a concursos repartidos de antemano, y por no necesitar, lo que menos necesita son silencios eternos de editores condescendientes. Creía que cualquier editorial era mil veces mejor y tenía más autoriad que yo. No es que ahora hay cambiado de opinión, es su trabajo y yo soy un diletante; lo que ha cambiado es que me da igual que lo sea o no, esa no es mi guerra ni yo me defino por ella. Me ha hecho falta un rechazo de mentira de un editor de mentira para que yo, en este momento de mi vida, lo vea, si es que lo que estoy viendo no es un delirio también... 

Casi lo agradezco. Quiero decir, yo ya había asumido que "La muñeca rusa" necesitaba una profunda revisión y reescritura; su rechazo casi ha sido un alivio ("competía" con 3 novelas más, esta es tierra de poetas, las opciones de tener por fin un sí eran mayores, sencillamente), lo que no quita que de vez en cuando me cabree al pensarlo. Pero el otro día, viendo a mi hijo de diez días dormir, me di cuenta de algo. "La muñeca rusa" necesitaba que yo estuviese a la altura y le metiese mano de verdad (o al menos hasta donde soy capaz), y que por mi parte, le iban a dar mucho por culo al mundo editorial; soy demasiado viejo para ser una estrella del rock y soy demasiado joven para sentirme un fracasado (miro atrás y veo un negocio que me ha arruinado, un corazón defectuoso, un puñado de manuscritos rechazados, una falta de trabajo desmoralizadora y cruel, una ineptitud social congénita... ¿sigo?). A la mierda. Que le den por culo una ristra de mandriles en celo al mundo editorial mientas entonan la marsellesa cien mil parias y cien mil zorras decapitan a cien mil políticos y a cien mil hijos de puta, yo incluido entre ellos (y que alguien que no sea yo decida dónde ponerme).

Llevo varios días reescribiendo la historia de Milos Meisner. Me queda aún mucho trabajo. Bowie me sonríe desde una esquina llena de basura mientras silba (corregido) y se coloca el paquete. ¿Qué haré cuando acabe? Cuando acabe, si es que no la acabo de joder y consigo que la historia de Irina Belokoneva y un triste librero enfermizo y complaciente sea contada como merece (o al menos me acerque bastante), la registraré, Andrea Hauer hará una portada (tan preciosa como el grabado que preside este blog), Iván Pérez la maquetará y Felipe Rojas la imprimirá; después me haré una cuenta en paypal y la enviaré a quien me la pida, viva en el lugar del mundo que viva, al precio de un paquete de pañales, y si alguien la quiere en ebook, por el precio de un potito se la enviaré al correo electrónico que desee. ¿Qué puede suponer eso? ¿12, 15 ejemplares? No estaré más arruinado de lo que ahora estoy, y el mundo, aunque siga igual de feo, tampoco será peor, creo.

domingo, 5 de febrero de 2012

Es cuestión de tiempo que lo veas


Estoy incumpliendo varias reglas no escritas y autoimpuestas esta noche; la más importante es la de escribir cansado. Incumplo otras, claro, como siempre, como no estar elegante y tener algo caliente para beber cerca. No tengo mi sombrero puesto, ni mis tirantes, ni mi pantalón de pinzas, ni estoy dejando que una taza de té se vaya templando hasta que en un impás de esos en los que pienso que no sé cómo seguir me lo bebo de un trago. Hace años que no escribo borracho, salud obliga, pero la máquina funciona por sí sola sin aditamentos, y de los clichés que me vulgarizan ese es el que menos me importa. Mi sombrero sí me importa, los tirantes no tanto. Pero estoy cansado, mucho. Y no me gusta escribir cansado; no debo escribir cansado. ¿Qué estoy haciendo entonces? Escribir con agujetas está bien, siempre y cuando el cuerpo desnudo que miramos dormir se muestre tranquilo mientras tu te afanas en teclear para escapar de la justicia. Por algo digo que me importa mi sombrero. Pero hay cansancios que no son buenos consejeros. Fatiga, somnolencia, falta de sueño en una palabra, acompañado por una espacie de marcha a ralentí de un cuerpo agotado del que nos es imposible disociarnos. 

Han pasado muchas cosas pero del mismo modo todo sigue igual. 

Debería estar contestándole un correo a alguien, alguien que no sé qué rostro tiene pero que me habla con una cercanía que no sé cómo agradecer. Será el sentimiento de soledad, sin ser esa soledad en la que la mayoría piensa inmediatamente; es de la otra. Siempre es de la otra, siempre es otra.  Mi cubículo espacial recibiendo transmisiones como teletipos que hemos de recomponer para seguir en marcha. Se me plantea la idea de reescribirlo todo. Y sé que tiene razón, pero no sé encontrar las fuerzas. Y menos esta noche. Gélida. Palabra. Antes tenía la manía, antes, de recurrir a la libreta del bolsillo, cuando no se me había impuesto este "flotador-blog-salvavidas de idioteces-ventana indiscreta" de manera tan recurrente como ahora, relegando la escritura manual a manierismos de pequeño burgués. Antes, como decía, escribía en una libreta todo, y a veces escribía "una palabra: lucernario; un número: 4; una sensación: modorra". Tal vez esa sea la forma en la que más cerca he estado de escribir eso que llaman "diario". Pero como digo, hace años que no lo hago. Abro libretas viejas y leo esas cosas. Pero esta noche otro alguien me escribe y me dice que reescriba, por mí y por la historia. Y me pregunto muchas cosas. Y sé que todo lo que me pregunto es una excusa para no hacerlo. Mantener la mediocridad aceptada es una manera de evitar defraudarse aún más a sí mismo. No es lo mismo tirarse desde un segundo que hacerlo desde un octavo. Los sesos sobre el asfalto no dicen nada de la euforia que pudiste sentir en la caída. Las escaleras cansan y te quedas siempre a medias. La sonrisa no tiene sentido. El problema es que lo haré, o al menos lo volveré a intentar. Reescribiré todo de nuevo, volveré sobre mis pasos y haré un palimpsesto de ese niño normalito y del montón que salió. El que me escribe (el caballero que me escribe, el compañero que me escribe, el soberbio desconocido que me escribe)  me dice cosas que me han dicho antes pero que hasta hoy me he negado a oír por esa estúpida excusa occidental (americana, burda y complaciente excusa) de "creer en uno mismo". Esta noche decido que lo voy a hacer pero aún sabiendo que no conseguiré nada, acaso pulir el desorden, mostrar  caminos despejados ahí donde dejé crecer hierba descuidadamente, poco más. Tal vez debería regalarla a quien me lo pidiera.

¿No dije que no debía escribir cansado? ¿Dónde he estado todo este tiempo? Todo este tiempo, ¿desde cuándo? La entrada anterior a esta no cuenta por ser la transcripción de un poema, de esos poemas que uno piensa que deberían leer en su funeral, así que la fecha a la que la acusación ha de agarrarse será de la última entrada en la que conté algo "de mí" y que ahora no recuerdo cuál fue. ¿Y entre medias? Materia Prima de La Tristura Teatro (háganse un favor y véanla si tienen oportunidad), gente, cosas, mensajes... Un cosmonauta recibiendo mensajes. That's the point. ¿Y dónde estoy ahora? Pongamos que haces unas prácticas de un curso en una fundación que ayuda a enfermos mentales a reinsertarse, prácticas gratis. Pongamos que cuando acabas lo importante te mandan pasar a limpio historias de pacientes (usuarios), historias clínicas y del equipo de trabajo social. Pongamos que lees cosas atroces, pongamos que lees y lees historias atroces. Diez, doce por día, y que pasas a limpio cinco o seis. Pongamos que esas historias tienen cara, pero tú no sabes cuál es cuál. Van, vienen, se toman su medicación, te saludan, hacen talleres, van d ela euforia a la depresión, del soslayo a la rabia oculta. Miradas. Pongamos que pasan los días y terminas agotado de leer tantas cosas atroces (van tres). Pongamos que preguntas a los compañeros cómo lo hacen para ser impermeables. No puede, nadie puede, pero a todo se acostumbra uno. Pongamos que tu vida sigue. Pongamos que te preguntas dónde está el límite. Pongamos que nadie dice nada. Pongamos que te asquea hasta la nausea la posibilidad de utilizar ese material de manera, digamos, literaria. Pongamos que lees cosas, historias, situaciones donde la locura está presente. Pongamos que comprendes, o crees comprender, pero sabes que no todo se reduce a componentes socio económicos. Pongamos que tú, meses antes, has escrito la historia de alguien que decían estaba loca. Pongamos que esos giros del destino no te hacen gracia, sobre todo cuando la historia que escribiste fue una historia fallida. Pongamos que rescatas de la estantería libros de Foucault. Pongamos que lees a trompicones. Pongamos que lees mal porque no tienes tiempo de leer. Pongamos que escribir de esta manera cansa (pongamos... pongamos...). Ahora estoy en otra. Es dificil quedarse en un sitio. Es difícil tener sitio. Digamos de nuevo que me prometí a mi mismo no volver a escribir cansado. ¿El motivo? Principalmente clicar al icono de publicar sin estar en condiciones decidir si todo eso que has escrito cansado es conveniente que salga del borrador. ¿Y quién está en condiciones de poder decidir eso? ¿Y quién ha dicho que siempre hay que contar algo? Yo, yo lo he dicho.. y sí, estoy cansado, pero llevo puesto mi sombrero, y "porque sueño yo no lo estoy" que repetía Leólo...

...¿estas seguro?


miércoles, 30 de marzo de 2011

Se acabó La Pecera

Se acabó. Es tarde mientras escribo esto. Nunca se debe escribir “se acabó” demasiado tarde. Nuevos hábitos, nuevas rutinas, nuevos flamantes minutos donde acaparar toda la rabia y toda la esperanza. Se acabó, y es algo que no está mal. Se acabó la aventura; por lo menos hubo aventura; se acabó el sueño cuando estaba a punto de convertirse en pesadilla, aunque tampoco fuese siempre un sueño plácido. No estoy haciendo balance. Aún es pronto. 

Sólo quería escribir esto, se acabó. No escribo conectado, es decir, estoy tecleando sabiendo que esto lo colgaré en otro momento. Dí de baja el teléfono de la tienda y ya no ha habido, ni habrá, más mañanas perdidas escribiendo por escribir en el blog, de momento. La casualidad, y la mudanza, han hecho que pase esta noche en la pecera, arriba, en una habitación casi vacía, despojada de las cosas que creo que necesito cerca, guardadas ahora en bolsas y cajas; se ven las grietas como crueles cicatrices bajando por las cuatro paredes; una cama (la cama fakir), un flexo roto, unos zapatos viejos, alguna bolsa con cosas de última hora, de esas que uno no sabe dónde guardar, ni por qué, ni para qué las guarda. Le debo estas líneas a la tienda. El zumbido de un asmático calefactor de aire marca el ritmo, hace fresco, o al menos yo tengo frío, debe ser el vacío y las noches traicioneras de la primavera. No hay nada que decir de la tienda, ya está todo dicho, y ahí está para curiosos y masoquistas las pocas entradas que he salvado de la quema, las pocas que no me he llevado a otro lugar, y que se quedarán aquí testimonialmente. Que la librería siga en marcha aplaca los dolores de cabeza que sufrí, las cuentas que salieron mal; como si el coche que con tanto ahínco trataste de personalizar lo vendieses de segunda mano por problemas de solvencia,  por un cambio de residencia, por un peso que necesitas quitarte, por un ansia de salir y seguir hacia delante, o por todo ello y por nada de eso a la vez, por alguien a quien seguir y por ti a quien salvar, porque la vida se reinventa y uno necesita seguir creyendo que tenemos algo que ver en nuestras decisiones y que ni el guión está del todo escrito ni aún tiene un final previsible y aburrido. Una de las visitas más reconfortantes que he tenido antes de cerrar fue el viernes pasado; alguien a quien ya no esperaba, una clienta habitual, una amiga fugaz, una conocida íntima, vino tarde y quiso comprar por última vez en La Pecera. Es joven, preciosa y se le adivina un talento que debe dejar salir. Me dijo que de algún modo me veía como la muestra de que las cosas cambian, que cambiamos, que no pasa nada por reinventarse las veces que haga falta, que no hay vocaciones inamovibles que acaban por esclavizarnos si nosotros no queremos. Algo así dijo, no sé si la lírica barata me deja decirlo bien.

Ahora toca cambiar otra vez. Estos días han estado llenos de papeleo, bajas de autónomo, altas en el paro, peticiones de vida laboral, trabajadoras del servicio de empleo intentando comprender cómo rellenar mi demanda de empleo, cómo poner las cosas que digo haber hecho y saber, o estar dispuesto a hacer; días de inútiles instancias escritas como cartas a los reyes magos, días de sentir la librería lejana, pequeña, sin importancia, días de seguir yendo a la piscina a nadar porque cada brazada me marca hasta donde sigue llegando mi cuerpo, principio y fin de todas y cada una de mis reconversiones. Pinté la pecera, monté sus estanterías, la llené de libros, la dejé empolvarse, coqueta y soberbia, la barrí, la malcrié y la descuidé, la mantuve a flote cuando el agua me llegaba al cuello, pero ya está, se acabó, la vendí. La malvendí por cuatro duros, con lo que al menos podré pagar alguna de las deudas que he ido acumulando, aunque intento que eso no me obsesione demasiado. He hecho muchas cosas aquí dentro, incluso escribí una novela en ella y, en parte, sobre ella; de nada sirvió, acabó en una carpeta en el escritorio de este ordenador portátil e impresa en una carpeta en un cajón. Pero eso ya lo sabía, si me molestó algo fue mi ingenuidad al creer que con eso podía cambiar mi suerte, que soy algo más que mis ingresos y mis gastos y mis impuestos y mis achaques, pero la verdad es que, realmente, suerte, en el fondo, he tenido mucha; que quiera estabilidad no significa que quiera más, sólo quiero tiempo para mí y mis lecturas, mi melomanía, mi indignación y mis ganas de querer a quien me quiere, no quiero más; por tener, tengo libros sin leer al menos para un par de años, y tres o cuatro ideas para creerme capacitado para volver a intentar contar algo por escrito. Me despido de la tienda con un brindis al sol, con una carrera por el bosque con los grilletes rotos por un cortafríos oxidado, tirando mi traje a rayas entre la maleza, marchándome lejos de algo que quizá debería haber sido mi oasis pero que se acabó convirtiendo casi en mi prisión. Se acabó. Ahí se queda la librería. Me importa tanto que no me afecta qué pueda ser de ella; o quizá me importa tan poco que no creo que vuelva a desear querer entrar en ella. Si aún alguien sigue ahí, recuerde el rancio consejo que puede dar alguien que tuvo un oficio también claramente rancio y en recesión: no dejen de leer, libros; no dejen de perderse por cualquier lugar con un libro de papel en los bolsillos o en la maleta...
Visto lo visto, creo que sólo puedo terminar escuchando y viendo esto...
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