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domingo, 29 de septiembre de 2013

Camas pequeñas y pijamas feos

La cama me viene un poco justa. He de dormir de lado y con las piernas encogidas. No tengo suero puesto, por lo que duermo bien, la vía no me molesta, a lo sumo estiro el brazo y listo. Ayer llovió cuando anochecía. Leí mucho, me leí el cómic de “Malas Ventas” de Alex Robinson. No me hicieron ninguna prueba, pasé el día el blanco en ese sentido. Es duro estar lejos de casa. Debería haber puesto esa frase entrecomillada, parece el verso de una canción de puro ñoña. El susto también ha pasado, hay un momento en el que uno deja de pensar, dobla su voluntad como se doblan los pantalones al meterlos en el armario pequeño en la esquina de la habitación y se deja hacer. Sé lo que me pasa y sé cuál es el fin. Lo que me da miedo es el trayecto, y sobre todo qué médico se erige como “decididor” de mi paso por aquí. No debería estar aquí. No lo digo porque no lo merezca o porque haga gala de una mortificación sensiblera, no; lo digo porque es fin de semana y no me han hecho ninguna prueba y, además, yo me encuentro bien (normal en mi peculiaridad, como antes de venir por urgencias).


Veo pasar por la puerta una paciente, de unos cincuenta años; lleva en la cabeza un pañuelo de un azul más oscuro que el pijama que parece sacado de una película de los años veinte, con una extraña forma, como anudado por delante elegantemente. Sus zapatillas son rosa con lentejuelitas azules y verdes. Extraño sitio este para engalanarse. Ha amanecido bonito, entra el sol por la ventana y se escucha el ruido de una fuente en el patio interior del hospital. Me gustaría poder vestirme e ir a buscar a mi hijo para dar un paseo junto a él y su madre. Las auxiliares hablan mientras cambian las sábanas de mi cama y lavan a Trinidad (mi compañero de habitación, un campesino de 84 años con los pulmones machacados) sobre una paciente un par de habitaciones más allá, dicen que está loca, que no quiere tener a nadie más en su habitación, que le molesta la gente. Dicen que su hijo también está ingresado, en la habitación frente a la suya, y que es igual. La alta alcurnia y las ínfulas tampoco casan bien en este sitio. me ha dado por escuchar "Planet Waves" de Dylan con The Band. Me paro constantemente en "Forever young" y me acuerdo mucho de Pavel. Nunca había dormido lejos de él en su año y medio de vida. No tengo ganas de afeitarme. A ratos leo un libro que he tardado 14 años en conseguir. “Los frutos amargos del jardín de las delicias” de Monika Zgustová, una biografía de Bohumil Hrabal que editó destino en 1997 y que ni en mis años de librero pude conseguir. Hace dos semanas me saltó un aviso en mi correo, que aparecía en Iberlibro y, claro, lo compré inmediatamente; además era mi cumpleaños. Es un libro precioso, más allá de lo que yo pueda amar y admirar al personaje y a la persona Bohumil; es un libro maravillosamente escrito (imita, sin chirriar, el estilo barroco y desbocado de Hrabal) y reproduce muchos de los textos que escribió durante toda su vida, sobre todo sus primeros poemas, sus primeras intentonas. Evoca perfectamente la idea que uno (yo) se ha hecho a lo largo de los años sobre él, y la sensación de perpetua ternura y melancolía hacia su vida y sobre todo hacia la manera en la que vivió, es continua. Leo como a sorbos, como si el libro fuese una trampilla por la que meto la cabeza y me saca de aquí; como todo lo relacionado con medicinas, agujas y artilugios galénicos, la evasión es breve, no puede alargarse mucho. Me acaban de tomar la tensión. Un asco. Y eso que me acabo de levantar. Es una pelea de la que ya ando algo aburrido, esta que tenemos mi corazón y yo. Es como si tuviera un gigante bobo dentro del pecho, como Hodor de “Juego de Tronos”, es un buenazo, pero el cabrón me está destrozando y su empecinada desmesura va a acabar conmigo como me despiste. “Corazón de perro”, como el libro de Bulgakov, no casamos bien pero algo nos debemos de querer cuando la mayor parte del tiempo intentamos mantener vigente el tratado de no agresión que firmamos desde la niñez y unas fiebres reumáticas nos enemistaron para siempre.

El nuevo libro está totalmente preparado, el proyecto elaborado y enviado a los gestores de la página de Verkami, a la espera únicamente de su aprobación definitiva. Lo único que falta por mi parte es concretar con ellos la fecha del “lanzamiento” de la propuesta. Después de eso, tendré 40 días para intentar conseguir la cantidad necesaria para poder publicar el libro, que para más recochineo se titulará “Cardiopatías”. Es un título que ya lleva puesto siete años, y ya me puede dar otro amago y/o angina o como sea que llamen a esta guerra privada, que no lo cambio.


Robo la conexión del móvil de alguien para poder dar señales de vida en este mundo irreal, esta otra ventanita que, al igual que el libro sobre Hrabal, me saca un poco de aquí… Siento si hay faltas, erratas o incongruencias…

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Tirar notas sobre una novela escuchando a Dylan, Fay y Hunter

Plantear varias cosas. Comenzar una novela con una definición del diccionario, seguir con una frase de una canción de Dylan, no de una de los sesenta, sino de Out of Time. I´m walking throught the streets that are dead... 

Seguir con una cita de una guía Michelin sobre un restaurante coqueto y resultón pero extremadamente caro.
Comenzar un párrafo con las curiosas indicaciones para hacer un guiso de arroz con conejo escuchado en la televisión mientras escribo con ella encendida. Citar algo del libro que ese misma mañana terminé de leer en la plaza del pueblo donde había ido a tomar un café en una terraza y poder leer un rato bajo el ruido de una chicharra. “Construye tú mismo ti casa y quémala tú mismo. No arrojes escombros detrás de tí; que cada cual se sirva de sus propias ruinas... Para todo deseo nuevo, haz dioses nuevos..." Marcel Schwob, el libro de Nonelle...

“Un excitante y a menudo ilusorio y romántico atractivo”. Glamour en el diccionario. También, “atracción personal tentadora y fascinante”. Bill Fay entonces tiene glamour, para mí. Julie Christie también, no es la primera vez que lo digo. http://elcaimansincopado.blogspot.com.es/2010/09/enamorado-de-julie-christie-y-delacroix.html. Lara... ¿De qué va una novela que comienza con la definición de glamour? Espero que sobre Roxy Music antes que un par de cosas tipo Alaska y Mario. 

Ultimamente ando obsesionado con Howlin´Wolf, Chester Burnett, mi cantante de blues preferido, pero la irrupción de Dylan, Fay y Hunter me ha desbaratado todo el plan.

Una frase para comenzar el cuarto párrafo: "Me gusta planchar la ropa interior de mi mujer y siempre me lavo las manos antes de mear, suelo tener la polla más limpia que las manos y soy muy cuidadoso cuando meo." La apunté hace muchos años, se la oí a alguien en un bar de malasaña llamado La Vaca Austera, o tal vez fue en uno que estaba enfrente y que me encantaba ir pero que he olvidado su nombre. El camarero se llamaba Tomás, si no me equivoco, y colgaba fotos de los clientes en una de las paredes. Desde ese día hay algo que nunca había hecho y ahora no puedo dejar de hacer.

Coger una hoja sucia emborronada de palabras, flechas, dibujitos y nombres: Un nombre, Claude Abadie, clarinetista de una banda dixie llamada Les enfants du Orleans que normalmente tocaba en el Club Mabou de Saint Germain de Pres, además de en orfanatos, refugios y comedores sociales. Lugar: Eso fue cuando acabó la guerra y echaron a los nazis de Francia. El médico le prohibió tocar el clarinete. No hay manera de que destierre la neumonía de su cuerpo, y soplar como un condenado ráfagas de riffs sincopados no es lo mejor para unos arrugados pulmones. Lugar: Principios de los sesenta. Oficio: Rentista. Tenía suficiente. Le fue bien, poco a poco redondeaba ingresos haciendo de agente de grupos de jazz y de cantantes folk. El 10% siempre le pareció un acuerdo justo. Lee a Thoreau y a Tolstoi, y eso, supongo, lo explica todo.
En el 71, para hacerle un favor a un compañero, alquila el piso a un cantante americano y a su novia, pagaban bien pero la cosa acabó bastante mal. A primeros de julio Claude se encuentra sin saber cómo, calmando un ataque de histeria de la americana a base de heroína y sacando casi a escondidas el cuerpo de él de la bañera, frío y húmedo como un sapo, y cargándolo escaleras abajo hasta la furgoneta de la funeraria. El que conduce la furgoneta se llama Milos Meisner. El americano, un tal Morrison. Esa es una idea desechada.
"Llevo muchos años muerto y comprenderán que en mis circunstancias es normal que tenga la cabeza echa un lío…" Claude Abadie sólo habla, por eso será una novela corta, no cuenta, habla... Hoy me cuesta escribir...

Será que estoy crepuscular. Me duelen los oídos. Y no, no estoy siendo metafórico. Otitis crónica, amén de otras cosas de nombre largo y raro. he perdido la cuenta de los otorrinos que han urgado dentro de mis oídos. podría decir 20 y no exageraría. Si digo que voy desde los 5 años, entonces sean pocos. La semana pasada tuve una extraña visión. Hasta ahora la cosa había ido así: yo me tumbo en la camilla, pongo mis manos sobre mi vientre, agarro la hebilla del cinturón, cierro los ojos y me dejo hacer. Visualizo el dolor e imagino cosas. Pero el otro día todo cambió. Seguramente será una tontería pero aún le doy vueltas. antes del ritual, el otorrino me metió una cámara y me preguntó si quería verlo. Estuve a punto de decir que no. Dije que sí. Lo ví, me vi... Debería haber dicho que no... Ya no sé qué imaginar. Ahora sólo veo lo que tengo, un oído destrozado y asqueroso, roído hasta el craneo, y ya no es lo mismo al sentir la pinza sacando cosas y el aspirador limpiando. No es que antes imaginase campos de fresas, pero había logrado sublimar el dolor en una especie de mantra visual desde el que me atrincheraba pacientemente. El dolor es una cosa extraña. Siempre ha pendido sobre mí la idea de que me iba a quedar sordo, desde los 5, y esa tal vez sea la causa de haberme lanzado a construir una especie de biblioteca de sonidos y canciones de manera casi suicida, por eso de aprovisionarme para el invierno. De momento hemos sorteado ese escollo. Siempre ha sido así, y siempre lo será. Miedo y hambre. Por eso hay que leer los blogs de Ned, de Tsi y de Chals sobre Bill Fay. Amor a primera vista. Desde la route americana se va a los demás... http://www.routeamericana.com/2012/09/be-in-peace-with-yourself-sobre-el.html. De Dylan hay poco que decir (y antes de la entrada de Chals en la routeamericana sobre Fay, está la de Dylan y su video. Que la gente se escandalize de ese video demuestra lo pacatos que nos estamos volviendo). Maravilloso en su nuevo capítulo dentro de su papel atemporal de cantante de blues eléctrico y rapsoda visionario del ceniciento presente. El silbato del tren de Duquesne es evocador... De Ian Hunter ya dije cosas hace poco más de un año... Clase y elegancia, letras certeras, sonido luminoso, canciones como puños... http://elcaimansincopado.blogspot.com.es/2011/07/ian-hunter-asimilar-el-fracaso-y-saber.html
Sé que es triste citarse a uno mismo, pero más triste es repetirse. Escribía sobre cómo comenzar una novela pero, ¿cómo acabar esto antes de borrarlo?Viendo el video de Dylan y pensado en lo puta que es la vida...



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