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martes, 27 de diciembre de 2016

Booker Little, demasiado, pero demasiado pronto. Artículo en Drugstore Magazine

Me han publicado un artículo sobre el trompetista de jazz Booker Little en Drugstore Magazine. Cosas así le animan a uno a seguir... Es tanto lo que me ha dado Booker que, el hecho de que lo hayan publicado ahí, me ha alegrado más por él que por mí (lo cual dice el grado de importancia que tiene este músico para mí). Lo descubrí por pura casualidad, como se descubren algunas cosas que pasan a ser imprescindibles. En una imprenta que había al lado del instituto donde iba a menudo a hacer fotocopias de apuntes de clases que me saltaba o no prestaba demasiada atención, apareció un día un par de cajas con varios vinilos en venta. Descubrí entonces que a veces prefería quedarme sin bocadillo (que comprábamos en plan kit de subsistencia en un pequeño ultramarinos, una barra y fiambre entre dos) para juntar suficiente para un disco. Recuerdo lo que pude comprarme como lo que no pude (el Salisbury de Uriah Heep se me escapó... una semana ahorrando y cuando fui a por él, ya no estaba)... No sé de dónde sacó los discos el dueo, pero no reponía, así que la dos cajas pasaron a ser una y ésta fue menguando hasta desaparecer. No sé quién más compraba esos vinilos, pero se llevó algunas joyas.. Por mi parte descubrí (guiándome por la portada...) a Wishbone Ash, los nuevaoleros The Nuns, Ten Years After, a Jackson Browne (The Pretender), y varios discos de jazz del sello Affinity, de austera carátula negra, como Wes Montgomery o Ben Webster... y, magia, el disco de Frank Strozier y Booker Little, Waltz of the Demons, que es una maravilla y que fue el que puso a Little en mi vida...

Dejo el link y reproduzco el artículo...

http://drugstoremag.es/2016/12/booker-little-demasiado-pero-demasiado-pronto/



Celebrar el aniversario de un disco de jazz puede resultar un gesto gratuito, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de grabaciones englobadas en este estilo a las que se les puede añadir el adjetivo de “imprescindible” o “clásico” (palabra que de lleno te mete en un jardín poco claro). Sin embargo hay discos de jazz, y músicos, que bien merecen un rescate, y entre todos aquellos que podrían englobar esa hipotética lista, pocos con más merecimiento que Booker Little y su disco Out Front, del cual hace unos meses se cumplieron 55 años de grabación.


I.
Booker Little fue un compositor y trompetista que desarrolló su breve carrera profesional en Nueva York durante 1958 y 1961. Tres años. Quizá su fallecimiento a causa de una enfermedad renal, una muerte trágica pero no muy romántica para los estándares populares jazzísticos, a la edad de 23 años, sea la causa que le haya impedido, de algún modo, adquirir la importancia que sin duda merecía a tenor de lo que dejó grabado en poco más de 36 meses, y específicamente, por lo que muestra un trabajo como Out Front, que el crítico y periodista Juan Claudio Cifuentes definió una vez como “el disco de la gran incógnita”.

Booker Little como trompetista tenía un sonido melancólico cristalino, destacando técnicamente por una articulación crujiente y profunda. Era capaz de elaborar desarrollos tonales maravillosamente orgánicos y lógicos, huyendo de los convencionalismos melódicos y rítmicos del hard-bop imperante por entonces, sobre todo en la acentuación, rompiendo además con el diatonicismo del blues. Little enfocó su atención sobre las relaciones entre intervalos melódicos tonales, basados en una extensión abierta armónica colindante con la disonancia. Su manera de tocar era angular, con amplios saltos y apuntes inesperadamente largos en medio de frases. Dotado con el oído de un mago, Booker Little poseía un lirismo innato y la consistencia firme que otorga el dominio total de la trompeta. Dueño de una técnica impecable así como poseedor de una facilidad asombrosa para crear efectos dramáticos, puede ser considerado como el gran olvidado y a la vez el gran comodín para los entendidos; sin embargo, su importancia y legado están aún pendientes de ser reivindicados como merecen.

Booker Little nació un 2 de abril de 1938 en Memphis y falleció el 5 de octubre de 1961 en Nueva York, víctima de una uremia. Era el cuarto hijo de una humilde familia trabajadora con una fuerte inclinación musical; su padre, portero de hotel, había aprendido a tocar el trombón de manera autodidacta, y su madre tocaba el piano en la parroquia. Tras probar con el trombón y el clarinete, se decanta por la trompeta y, ya en el instituto, comienza a tocar en hoteles y clubes. El 1954, con 16 años, se traslada al Conservatorio de Chicago. Allí perfecciona su maestría en trompeta e inicia estudios de composición, teoría musical y orquestación. Durante su segundo año en Chicago, compartirá habitación con Sonny Rollins, quien le presentará a Max Roach, convirtiéndose desde ese momento en su más íntimo e importante valedor.  

Tras graduarse en 1958, Roach lo reclama para su grupo (algo que intentó tras el fallecimiento en 1956 en accidente de coche de Clifford Brown -26 años- pero prefirió terminar sus estudios, por lo que, tras el paso de Kenny Dorham por su quinteto, volvió a intentarlo) y se traslada a NY. Allí se codea con Coltrane en el Five Spot Café. Estrecha amistad con nuevos músicos y se le empieza a conocer como un versátil e interesante trompetista influenciado fuertemente por Fats Navarro, el citado Clifford Brown y el inevitable Miles Davis. Graba sus dos primeros trabajos como líder y es invitado a participar en sesiones de grabación (brillantísimo su trabajo junto a Frank Strozier).

Booker en el Five Spot, NYC, 16 de Julio de 1961

1960 resulta determinante para él; es el año de su encuentro en el estudio con John Coltrane y Eric Dolphy. Junto a este último, Booker Little comenzará su ruptura con la estética post-bebop y hard-bop predominantes para acercarse a algo que se empieza a intuir como auténticamente revolucionario. La música que comienza a crear es audaz (métricas inhabituales, armonías complejas...) y el trompetista utiliza a veces los recursos de la politonalidad pero sin abandonarse a la atonalidad de lo que será posteriormente el corpus duro del free jazz. En septiembre participa en la grabación del disco manifiesto de Max Roach, We insist! Freedom now suite. Este disco, en el cual participan Abbey Lincoln y el veterano Coleman Hawkins, es un homenaje a la historia de los afroamericanos y un apoyo para el movimiento de los derechos civiles en Estados Unidos.

El 21 de diciembre de ese año será cuando Eric Dolphy y Booker Little graben, co-liderando por fin un quinteto, lo que es toda una obra maestra: Far Cry. Rompen definitivamente con el hard-bop convencional y se sitúan en un camino nuevo y a la vez distinto del post-bop de su amigo Max Roach. El discurso, sin ser puramente “free”, es abiertamente experimental y libertario. Su sociedad con Dolphy sin duda estaba a punto de dar frutos importantísimos. Ellos eran compañeros ideales, completamente distintos en el estilo instrumental, pero claramente trabajando sobre la misma longitud de onda musical e intelectual.




II. Out Front
Registrado durante dos sesiones en la primavera de 1961 y producidas por el crítico Nat Hentoff, en Out Front Booker Little se hace acompañar de Eric Dolphy a la flauta, clarinete y saxo alto, Julian Priester al trombón, Ron Carter y Art Davis (según el tema) al contrabajo, Don Friedman al piano y su íntimo amigo Max Roach a la batería, quien no ceja en apoyarle para dar forma a su visión musical. Entre los numerosos factores que contribuyen a hacer de éste un álbum clásico, destaca principalmente la capacidad compositiva de Booker Little, impecable y llena de melodías brillantes, enérgicas y altamente evocadoras. Tanto por la fecha de su grabación como por lo contenido en ella, Out Front puede ser considerado el disco de la gran incógnita, que no es otra que saber qué camino hubiera tomado el jazz de haber continuado por lo ahí expuesto en lugar del beligerante free atonal en los convulsos años 60. Ninguna aproximación crítica en este sentido debería omitir la importancia de las carreras tan desgarradoramente cortas de Little y Dolphy.

Fuese cual fuese el lugar al cual el jazz se habría de dirigir en aquellos turbulentos y estimulantes años, Booker Little sabía que tenía que formar parte de ello. Nunca sabremos lo que podría haber alcanzado de no haber fallecido tan pronto, pero tanto éste como los otros tres álbumes que dejó grabados bajo su propio nombre, rebosan una claridad asombrosa en su concepción musical así como manifiestan un talento gigantesco para explotar los recursos instrumentales de los que dispone (composiciones e interpretaciones por y para quintetos).



Out Front es un disco diferente ideado por un músico, nunca está de más volver a recordarlo, de apenas 23 años. Out front, puede traducirse como “al frente”, “en primera fila”. Se grabó en dos sesiones, el 17 de marzo y el 4 de abril de 1961, curiosamente pocas semanas antes del celebérrimo concierto de Miles Davis en el Carnegie Hall, donde estampó el marchamo mitológico del jazz modal. Pero Booker Little, teniendo en cuenta esto, quería ir más allá. Out Front es un disco único, con mucho swing pero de formas nuevas; algunas de sus composiciones contienen ritmos deliberadamente lentos, lo cual permite que un magnífico Little desarrolle su concepción melódica a lo largo de sucintas improvisaciones, riquísimas armónicamente, tanto suyas como de Dolphy y el trombonista Julian Priester. No es un disco fácil, pero su escucha es muy agradable. Desde entonces no se ha vuelto a oír algo similar. Saliéndose de todo lo imperante, Booker busca melodías y estructuras originales, llenas de armonía y disonancias, esto es, abre vías al jazz que ensanchen su arco emocional y compositivo.

El disco comienza con “We speak”: Tras unas armonías diversificadas en alternancia de tensión creciente, se pasa a un momento de libertad absoluta hasta su resolución, dejando un rastro de acordes para que los músicos improvisen holgadamente. Max Roach aquí toca timbales sinfónicos, enmarcando una composición ejecutada con brillantez que ya vale por sí sola para tildar este disco de clásico. Le sigue “Strength and sanity”. Fuerza y salud. Una melodía con numerosas variaciones de arreglos disonantes y consonantes va creando un contraste emocional para resaltar la lucha entre la templanza y la debilidad. Abre el tema Don Friedman al piano hasta que Booker plantea delicadamente la melodía inicial armonizando con un delicado Dolphy (alternando el saxo alto con la flauta) hasta casi romperla, cosa que resuelve la entrada de Roach acentuando con los timbales hasta que Little repite la melodía, esta vez con más fuerza, dejando que los silencios tensen la emoción latente y dejen espacio para que el trompetista ejecute libremente variaciones sobre la melodía principal, invitando al resto del grupo a unirse solapadamente, poniendo sobre la mesa tal cantidad de ecos (latinos, urbanos, de raigambre blues) que dejan claro el que debería haber sido el destino de Booker Little como figura de primer orden en la historia del jazz, plagada de sobra de músicos caídos en la cumbre de su desarrollo artístico. Al acabar el tema uno repara en que fue grabado hace más de cincuenta años y la admiración crece, al igual que esa reincidente pregunta de qué hubiese pasado de haber vivido más años. El sonido de su trompeta en este tema es de una pureza que duele.

Sigue “Quiet please”; con un prólogo tipo balada, de golpe surge una explosión de actividad que vuelve a la calma y de nuevo vuelve a explotar, permitiendo que las improvisaciones vuelen alto, brillantísimas, con un Little que da muestras de nuevo de la pureza de su timbre y su vibrato, así como de su desbordante inventiva para llevar al límite la melodía, retorciendo y exprimiendo las posibilidades de la misma hasta dejarla en bandeja para que el pianista la recoja, atempere el tema y el trombón de Priester apunte detalles luminosos hasta que Eric Dolphy le de nuevos bríos y culmine con maestría iconoclasta hasta la resolución final.

“Mi propia opinión sobre la dirección en la cual debe ir el jazz es que debería haber mucha menos tensión sobre el exhibicionismo técnico y hacer más hincapié sobre el contenido emocional, sobre lo que podría ser la humanidad en la música y la libertad para ver adónde quieres llegar.” Así describió Booker Little su concepción armónica en una entrevista con Robert Levin  en 1961, meses antes de su muerte, para la mítica revista Metronome. En ella también añadió: “No puedo pensar en términos de apuntes incorrectos, de hecho, no considero ninguna nota como equivocada. Se trata de saber integrar y resolver esos apuntes. Puedes insistir en que esas notas están equivocadas, pero yo considero que eso es pensar de manera convencional, técnicamente, olvidándonos de la emoción. Y no entiendo cómo alguien puede pensar que es erróneo intentar llegar a emociones alcanzadas o expresadas fuera del modo convencional diatónico... Pienso que el aspecto emocional de la música es el más importante. Muchos músicos, y yo he sido culpable de esto también, han puesto demasiado acento en el aspecto técnico, algo fomentado desde las academias musicales. Sin embargo estoy interesado en la idea de sonidos contra sonidos y también estoy interesado en la idea de libertad. No le quiero decir a un músico cuántos compases tiene para improvisar. Lo que le quiero decir es sopla un rato, intenta construir una historia y resuélvela."

Que Out Front es un disco que juega constantemente con la métrica se aprecia perfectamente en “Moods in free time”. El combo al completo va a pasar, rítmicamente, del 3x4 (tempo de vals) al 4x4 (swing), luego al 5x4, para terminar de nuevo en un tempo de vals, pero esta vez de 6x4. Solos de trompeta absolutamente increíbles que te van llevando emocionalmente hasta que Eric Dolphy, ahora con el saxo alto, rompa todos los esquemas y Max Roach, sobre todo con los timbales, demuestre por qué era, si no el mejor, sí uno de los mejores baterías del momento.

El siguiente tema está dedicado al productor del disco, el escritor Nat Hentoff. “Man of words” describe (no hay otra palabra) musicalmente lo que es escribir. Control, sonido, ritmo, narración, búsqueda… Man of words. Ensayo sobre el proceso creativo al igual que la composición que la sigue, “Hazy Blues”. Del mismo modo que el anterior tema describe el proceso creativo del escritor, en este lo hace desde el punto de vista del pintor enfrentándose al lienzo. Un tempo de 5x4 que fluctúa de principio a fin, como la impronta del pintor en pugna con su propia creatividad e intención. Cierra el álbum una delicada y envenenada “A New Day”, aparentemente muy ortodoxa en sus primeros dos minutos hasta que Roach y Little rompen de golpe el tema, quedándose solos en una conversación impresionista llena de viveza, hasta que la trompeta desaparece y Max dispone de tiempo para improvisar. La llegada del resto del quinteto devuelve el tema a su cauce inicial, en una polifonía brillante, resuelta con cierta rudeza, quizá por la falta de espacio en la cinta de grabación, por haber acabado el tiempo de estudio o por la asquerosa sombra de la muerte, que siempre llega sin avisar… y da lugar a un nuevo día…

Quizá para entender en su totalidad las razones de su “olvido” haya que tener en cuenta el hecho de que Booker Little no grabó como líder en una compañía con el respetable marchamo de Impulse o Blue note (salvo su primer disco de 1958, que sí lo licenció Blue Note, pero lamentablemente no es su obra mayor), sino que se movió en compañías pequeñas como Candid y Bethlehem, cuyos catálogos han sido adsorbidos y revendidos a lo largo de los años por compañías más grandes. También hay que tener en cuenta que Out Front no se ha reeditado en cd hasta el 2015, teniendo que luchar por su relevancia y legado en el mercado de segunda mano y las referencias críticas inevitables al hilo de estudios más profundos y por tanto minoritarios.

A pesar de todo lo dicho, éstos solamente fueron los primeros pasos; desgraciadamente Booker Little no pudo dejarnos su mensaje completo. Gracias a él aparecieron Jackie McLean, Joe Henderson, Andrew Hill o el Speak no Evil de Wayne Shorter. El jazz en los sesenta, en lugar de irse por los caminos que comenzaba a desbrozar la trompeta y composiciones de Little, derivó al free marciano, pura reivindicación extirpada de lo meramente musical. Cuando grabó este disco Booker ya estaba muy enfermo, lo cual resulta aún más impresionante. Una carrera tan breve y a la vez tan segura en su búsqueda de nuevas armonías, llena de disonancias elegantes.


Aún tuvo tiempo de grabar, en agosto y septiembre, otro disco, titulado dolorosamente Victory and Sorrow. Este álbum — reeditado bajo el título Booker Little and Friends— saldrá a título póstumo. El 5 de octubre de 1961 muere de una crisis de uremia a la edad de 23 años. Estaba casado y tenía cuatro hijos. Con su talento colosal alimentado con fruición y el convencimiento de estar delante de un futuro brillante, antes de sucumbir a la enfermedad, Booker Little nos dejó con más para pensar que muchos músicos en toda una vida.

sábado, 30 de abril de 2011

Reflexiones con una plancha en la mano. I

¿Leer o escribir? That's the question. Puedo parecer un Hamlet iletrado, pero no. Últimamente me siento a escribir con la intención de pensar, aunque la más de las veces simplemente cojo al vuelo algo y si tengo a mano el ordenador, escribo gracias a eso. A veces no hago nada, me siento y me pregunto qué cojones puedo decir y acabo leyendo blogs, o la web de Rafa Basa, o acabo en el foro del Azkena (insuperable aún “un disco un gif”), o videos de laca y spandex o simplemente de dudosa moralidad .


No dispongo de mucho tiempo libre estas semanas, y eso era algo que la librería sí tenía de bueno, esos paréntesis temporales en los que podía escribir sin sentirme culpable (ahora que lo pienso, me da menos rabia que me corten mientras escribo que mientras leo). Últimamente ando más escaso de tiempo, la búsqueda de trabajo es lo que tiene. Hace tres días hice un examen para auxiliar de biblioteca que si bien no creo haber suspendido, tampoco espero sacar una notaza, la que necesitaría para optar al puesto sin problemas. El examen no era difícil en absoluto (50 preguntas tipo test, y los fallos restaban aciertos) pero casi una decena de preguntas sobre cultura autóctona de las que no tenía ni repajolera idea (salvo las relacionadas con García Pavón y Plinio) y el hecho de dudar de perogrulladas tramposas, me cohibieron de atreverme a cagarla. Y antes de ayer rellené una serie de impresos en una asociación que se dedica a colaborar con discapacitados para optar a puestos de gasolinera, guarda nocturno, conductor de autobús de ancianos y varios puestos similares. No estoy para sutilezas y la necesidad apremia (y ahoga pero bien), así que ayer también  estuve en ello. Pero después de la torre de plancha (que he dejado a medias y que aún espera mi vuelta) me he sentado con la excusa de “a ver si escribo algo” que la creo con más entidad que “voy a ver si leo algo”. Ayer tocó Linda Loveland y no pude ir; tampoco es que llore por las esquinas pero no me hubiese venido mal un concierto de un bellezón garajero teutón acompañada del gran Rudi Protrudi. Para olvidarme de ello me he puesto mientras planchaba a Sydney Bechet a todo trapo. Llevo planchando desde que mi padre me sentaba al lado de la cabina de vapor y sin sacarme el chupete de la boca le daba a los botones mientras sudaba la gota gorda. Con los años planchar me relaja, a veces lo digo y suena a boutade metrosexual lastimera de tunante sinvergüenza, pero es cierto, y sobre todo me relaja si puedo poner música a todo volumen y acabo marcando el ritmo con el vapor de la plancha al unísono con la música de manera inconsciente. No soy puntilloso en eso, lo mismo me da Carlos Cano (la Habana es Cadí con más negritos, Cadi es la Habana con más salero, y las mangas sin raya, por favor) que Bambino (ahí está la paré que separa tu vida y la mía pero no hay blusa con volantes que se resista) que Marah (my Heart is the bomb of the street y del vuelo de tu falda) que los Maiden (run to the hills, run for your ropa interior) que Zappa (ponme Peaches in Regalia y podré soportar mi odio a las sábanas) que Wayne Shorter (Juju merece un monumento, punto) que todos juntos uno detrás de otro. Jean Renoir decía que el arte no es un oficio, sino la forma en la que se ejerce un oficio, entonces me temo que soy un artista de la plancha, no remunerado, eso sí, pero jovial y resultón como ninguno hasta que las varices se me ponen como chistorrillas y he de dejar el arte por una ducha de agua fría que nada tiene de sexual. Pero hoy me he aburrido pronto; es lo malo de no parar de darle vueltas a las cosas y a la falta de laburo, que la atención no se consigue mantener mucho rato en una sola actividad. Una vez consensuado conmigo mismo un momento de recogimiento, mi santa ha comprendido sin que yo tuviera que decirle nada, se ha ido con su hija a jugar al baloncesto y yo, mientras me preparaba un té, pensaba dirimir la duda existencial de leer o escribir. Salta a la vista cuál ha sido el veredicto. Y ha sido éste, porque al ir a ver qué libro cogía me he dado cuenta (por fin) de la cantidad de libros que he ido dejando a medias estos últimos meses. Se salvaron Bolaño y Block, que los terminé, y ahora me sorprendo y me alegro de haberlos terminado, pero la herencia que arrastro de la decadencia librera es mucha. "Dublinesca", "Los huesos de Descartes", "Helena o el mar del verano", "El bandido doblemente armado", "Memorias de un librero pornógrafo", "El fondo del cielo", "Por qué nos gustan las mujeres", el último de Menéndez Salmón que ahora no recuerdo cómo se llama, "Dogs Soldiers", "Hotel DF" y paro de contar que me está entrando el yuyu (y no precisamente en el sentido de Shorter). Por qué soy así, me pregunto…

Foto Ralf Pascual


Nunca he llevado un diario de lecturas, de hecho hasta hace unos meses no había reparado en dicho concepto, cuando leí en el blog o en el formspring de Patricio Pron que él leva uno. El concepto es claro, pero yo nunca había reparado en él. Y me sentí un poco tonto. Apelé a la excusa de mi natural desastre habitual, pero desde ese momento es una idea que a menudo rumio, si debería llevar un diario de lecturas y cómo debería ser. ¿Se apuntan los libros que se van leyendo con su fecha de inicio y fin o también se añade un comentario?  Con apuntar los que empiezo ya sería bastante ayuda para poner diques al caos que me hostiga. La idea me pareció genial, pero a la vez me sentí torpe por no haberla pensado nunca y haber terminado como he terminado, con libros a medias por todos sitios de la casa para desespero de mi santa. Lo más parecido que he hecho ha sido cuando en una agenda escolar apunté las fechas de grabación de los discos de jazz que me iba comprando y la revisaba para escuchar el disco que correspondía a ese día, pero eso fue a finales de los noventa, cuando me cansé de la escena grunge, del nu-metal y del brit-pop y me tiré por los cerros de Úbeda dedicándome por fin en exclusiva a  la síncopa, el swing y la jerga hipster haciendo las delicias de las tiendas de vinilo de segunda mano y cd´s del sello Black Lion y Blue Note. Me gustaría encontrar de nuevo esa agenda. 

Al final me siento, escribo, pierdo el tiempo, y de camino de vuelta de calentar agua para beberme otro té, cojo un nuevo libro de la estantería del salón, que empiezo para no pensar si borro todo esto. Odio la angustia de los lunes al sol por mucha planchaplacebo que me espere para intentar relajarme.

lunes, 19 de abril de 2010

Pero hermoso. Un libro de jazz. Geoff Dyer de nuevo



Voy a cometer varios pecados graves, aunque espero que no capitales, que todo librero debería evitar. Hablar sobre libros descatalogados es uno, hablar de cine es otro, y de nuevo d emúsica; quizá éste sea el más grave de todos, pero si alguien le ha dado al botón de play de la canción insertada arriba, entenderá.
Pero hermoso. Un libro de jazz” es el confuso título de un libro que va más allá de lo que en principio aparenta. ¿Quiere decir que a pesar de ser de un libro de jazz es bonito, esto es, legible para cualquier profano? ¿Puede ser un libro bonito un libro de jazz? ¿Por qué justificarlo desde la misma carátula? El mismo autor hace referencia a ello, por lo que inmediatamente entiendes que el título queda mejor en inglés y que además está sacado de un disco de Bill Evans y Stan Getz. Es como traducir al inglés “Volando voy. Un libro de flamenco”, que sí, daría lugar a confusión, además de a varios chascarrillos.
Ahora en serio. Cuando pienso en este libro me entran ganas de comprar sus derechos de edición y montar una editorial para editarlo de nuevo. La hoja promocional de la editorial Amaranto decía: “Pero hermoso es un libro de jazz. Siete historias ficticias que recogen fragmentos de las vidas de Charlie Mingus, Art Pepper, Lester Young, Bud Powell, Chet Baker, Ben Webster, Thelonious Monk y Duke Ellington. Siete variaciones que han brotado mientras el autor escuchaba su música y contemplaba algunas fotografías. Siete retratos simulados con toda la fuerza, el sentimiento y la autodestrucción del jazz. Un mundo difícil... pero hermoso.”.



La intención del escritor era escribir un libro sobre el jazz, aunque del jazz en su contexto, con lo bueno y lo malo, y por contexto se ha de entender rutina diaria, y a pesar de ello, lo cierto es que las historias escritas por Dyer rezuman música por los cuatro costados. Leer y oír a Lester Young, Bud Powell, Charlie Mingus, Chet Baker, Ben Webster, Thelonius Monk, Art Pepper y Duke Ellintong resulta, por momentos, una experiencia conmovedora. Si uno ha leído bien, se habrá dado cuenta que le salen ocho, y no siete, los músicos protagonistas, por lo que mal empezamos. Pero no, son siete historias con el “nexo común” de tener entre ellas una paralela donde se narra un viaje en coche de Duke Ellintong entre un bolo y otro. Decir que es un libro muy cinematográfico es redundar en lo obvio porque el cine se ha apropiado de la imaginería del jazz con mayor o menor fortuna, por lo que la lectura ya estaría mediatizada aunque a Dyer le hubiese dado por escribir en torno a los recuerdos evocados por una magdalena. Lo que hace a este libro excepcional es el hecho de convertir lo que podría ser una retahíla de clichés en algo emocionante. A partir de lo que Dyer declara que fue su punto de partida (fotos y anécdotas conocidas) construye una serie de relatos en los cuales se esconde la verdadera esencia de “contar”. En la pequeña introducción yo aprendí en su día más que si hubiera ido a cualquier taller de escritura. Aplica conceptos propios del jazz a la escritura con una sencillez pasmosa, planteamiento del tema, espacio para la improvisación, citas de otros dejando que sea el lector el que descubra las fuentes, reelaborar “standars”, ritmo, importancia de las distintas voces, una "melodía" que nunca se ha de perder de vista y que a la vez no encorsete… Es tan obvio lo que plantea que, sin que te des cuenta, a medida que lees, descubres que es ejemplar. Sólo por eso, independientemente de que te guste el jazz o no, es un libro admirable. Si encima te gusta el jazz, la sonrisa de la cara no te la quitas ni cuando cierras el libro tras leer las últimas líneas. “Pero hermoso” te lleva de música en música, en una especie de efecto dominó; volverás a escuchar discos que hacia siglos que no ponías y te descubrirá otros de los que no tenías ni idea.


Dos fragmentos sobre Lester Young:
I: “Esta noche era la primera vez que veía a alguien después de quién sabe cuánto. Nadie hablaba ya con él, nadie comprendía lo que decía más que Lady. Había inventado un lenguaje para él sólo en el que las palabras eran una tonada, el habla, una especie de canto, un lenguaje meloso que endulzaba el mundo pero que era impotente para mantenerlo a raya. Cuanto más duro se presentaba el mundo, más suave se hacía su lenguaje, hasta que las palabras eran como tonterías cadenciosas, una magnífica canción que sólo Lady tenía oídos para oír.
Estaban en la esquina de la calle, esperando un taxi. Taxis; ella y Lester habían pasado más tiempo de sus vidas en taxis y autobuses que la mayoría de la gente en sus casas. Los semáforos colgaban como hermosas luces de Navidad: rojo perfecto, verde perfecto en un cielo azul.
Tiró de él hacia ella hasta que le tapó el rostro la sombra del ala de su sombrero y sus labios tocaron su mejilla. Su relación dependía de esos pequeños toques: picotearse con los labios, una mano en el codo del otro, poner los dedos en las manos de ella como si ya no fueran lo bastante corpóreos para arriesgar un contacto más firme. Pres era el hombre más amable que había conocido, su música era como una estola alrededor de sus hombros desnudos, sin ningún peso. Ella había amado su manera de tocar más que la de nadie y probablemente lo amaba más que nadie. Tal vez a la gente con quien no se folla se la ama con más pureza que a los demás. Nunca había ninguna promesa pero cada momento era como una promesa a punto de realizarse. Le miraba la cara, que parecía una esponja teñida de gris por la bebida, y se preguntaba si sus vidas llevaban las semillas de la ruina desde el nacimiento, una ruina a la que habían conseguido engañar unos cuantos años pero que nunca podrían evitar. Bebida, droga, cárcel. No es que los músicos de jazz murieran pronto, es que envejecían antes. Ella había vivido mil años en las canciones que había cantado, canciones de mujeres golpeadas y de hombres a los que amaban.”



II: "Coleman Hawkins siguió a su manera hasta el final. Fue Hawk el que convirtió el saxofón tenor en un instrumento de jazz; definió la manera en que tenía que sonar: panzudo, a plena garganta, enorme. O sonaba como él o no sonaba nada; exactamente como la gente creía que sonaba Lester con su tono tenue patinando por el aire. Todos se metían con él para que sonara como Hawk o se pasara al saxofón alto, pero él se daba en la cabeza y decía:
—Aquí pasan cosas, tío. Algunos de vosotros no sois más que barrigas.

Cuando tocaban jam juntos, Hawk intentaba de todo por cortarlo pero nunca lo conseguía. En Kansas, en 1934, estuvo tocando toda la mañana intentando derribarlo con ese huracán de tenor, y Lester seguía pegado a la silla, con esa mirada ausente y el tono tan fresco como una brisa después de tocar ocho horas. Esa pareja agotaba a los pianistas hasta que no quedaba nadie y Hawk se bajaba del escenario, arrojaba el saxo en el asiento trasero del coche y salía disparado hacia Sant Louis al espectáculo de esa noche.
El sonido de Lester era suave y perezoso pero siempre en alguna parte tenía algo chillón. Tocando como si siempre estuviera a punto de salirse pero sabiendo que nunca lo haría: de ahí provenía la tensión. Tocaba con el saxofón torcido hacía un lado y, según se iba metiendo en su solo, el instrumento se desplazaba unos grados de la vertical hasta que lo tocaba horizontalmente como una flauta. Nunca se tenía la impresión de que lo estaba levantando, más bien parecía como si el instrumento se hiciera cada vez más ligero, se alejara de él flotando, y si ése era su deseo no iba a intentar retenerlo." Geoff Dyer.
Cualquiera de las 7 (8) historias se introduce en el mundo particular de cada músico, exrpimiendo cada frase hasta dejarla liviana. Cuando leí este libro por primera vez recuerdo que les di la tabarra con él a mis amigos hasta que me aburrí de recomendárselo. Aún me hablan, osea que me aprecian de verdad. Recuerdo el relato de Ben Webster, le recuerdo con su traje arrugado y la mancha de huevo en su corbata, subido a un tren, recorriendo Europa solo, sin comprender la mayoría de las veces el idioma con el que se intentaban comunicar con él y grabando alguno de sus discos más hermosos. Recuerdo ese cuento. El ritmo del tren. El ritmo del coche de Duke. Los dientes arrancados de Chet. Los guisos de Billie. Próxima parada, Kansas.


Kansas City, años treinta. El "Hey Hey club". El jazz como el disparo sordo en el callejón de la decadencia efervescente del capitalismo salvaje estadounidense, un disparo a bocajarro cuyo dolor no sólo se extendería a través de toda la guerra fría sino que definiría toda la música americana que tuviera como denominador común el blues y el jazz. Imagen. Un jovencísimo Charlie Parker se queda dormido en un rincón escuchando las interminables jam que en aquel club se sucedían y de las que lamentablemente no quedan vestigios sonoros. Robert Altman soñó alguna vez con haber podido asistir a alguna de aquellas sesiones en aquel club, en aquella ciudad, en aquellos años. Lo mismo que yo. Trajeados y pobres. Momentos capitales brillando en los semisótanos de la memoria de cuatro pirados que creen que había más soflamas revolucionarias en la férrea improvisación grupal de Charles Mingus que en el amor libre hippie (lecturas como la de "New thing" de Wu Ming 1. Editorial Acuarela y Antonio Machado. Un libro un tanto fallido quizá, sobre todo viniendo de Q y 54, pero al que sé que volveré). Romanticismo noir, expolio racial de la música que más ha intentado escapar de las garras del ánsia de negocios de cierto hombre blanco. ¿Qué Ray Charles es demasiado “negro” para la floreciente clase media? Pues mientras lo domesticamos creamos a Bobby Darin. Coda. Ornette Coleman sopla y emite lo que no se puede definir.
Lester Young. Pres dejó de tocar la batería porque se dio cuenta de que al acabar los conciertos, cuando terminaba de desmontar la batería, las mujeres más guapas ya estaban pilladas. Cambió la batería por el saxo tenor. “Kansas City”, de Robert Altman. Todo porque el señor Altman soñaba con haber podido asistir a una de esas sesiones maratonianas donde los músicos tocaban, se retaban, se maldecían, se morían, brillaban. Decidió hacer su sueño real, o al menos todo lo real que el cine le permitía. Construyó unan réplica del Hey Hey club, llamó a un puñado sublime de músicos, les dio trajes de esa época, les contó lo que quería hacer, los metió allí y se puso a grabar alrededor de aquel club una historia coral de gansters de medio pelo, de políticos corruptos, de mujeres con el pelo a lo Joan Harlow enamoradas hasta el delirio... Hay una batalla de saxos en mitad, Joshua Redman como un trasunto de Lester y Craig Handy como Coleman. Chispas, disparos, un duelo de los que te levantan de la silla. Hasta Robert Altman no daba crédito a lo que estaba sucediendo (ver video abajo, los movimientos de cámara a partir del minuto 3 lo delata...). Es una de mis películas favoritas. Bella hasta el infinito. En cuento salí del cine fui a comprarme la banda sonora... Supongo que una torpe conjunción de astros de tercera regional hizo que yo viera esa película a la vez que leía el libro de Dyer, y descubrí que ambos querían alcanzar lo mismo, el instante sin retorno donde la vida toma sentido gracias a una melodía intangible tocada por alguien cuyo único asidero fue un vulgar instrumento. Dealers, dueños de locales, discográficas, mafiosos, policía, todos golpeando sin piedad, exigiendo plusvalía a los más improductivos del mundo. Músicos de jazz. Miles Davis fue el más listo, más que Dizzy. Thelonius Monk tenía el piano en la cocina porque lo que más le gustaba era tocar para sus hijos mientras se calentaban a abrigo de un horno donde se cuajaban magdalenas. Barato y mitológico cliché. Durante un concierto de Joshua Redman en el puerto de Alicante al que asistí en 1996 (o 97) sonó la sirena de un barco. Acababa de terminar una canción y parecía como si el barco hubiese estado esperando aquel instante de silencio para hacerse notar. Joshua Redman miró al pequeño barco y comenzó a bufar con su saxo tenor; el pescador del barco le aceptó el reto. Entre bufido de la sirena del barco y bufido del saxo de Redman, su grupo comenzó a meterse, poco a poco, convirtiendo aquel ruido en algo indescriptiblemente hermoso. Momentos tatuados. Barata mitología privada.
Menos que un perro”, las memorias de Charles Mingus que todo mindundi debería leer o al menos hojear alguna vez en su vida (segundo libro agotado al que hago referencia hoy, por cierto). Del chelo al contrabajo sólo media el color de la piel. “El funeral” de Abel Ferrara, el mismo año que “Kansas City”. El círculo se cierra. Supongo que si tienes un guión negrísimo cuya primera escena es un velatorio, que suene Lady Day no es extraño. El epiciclo es este momento, y por mi parte admito que la improvisación se me ha ido de las manos. Releo “Pero hermoso” para no olvidar cómo escribir antes de quedarme sordo definitivamente. ¿Alguien lo reeditará alguna vez?

El duelo:

Y el trailer...

domingo, 18 de abril de 2010

Sobre la fotografía. Geoff Dyer...

A veces el blog me plantea problemas, sobre todo de orden discursivo pues es como leer al reves, del final al principio, ya que la mayoría de las veces intentas cerrar el "argumento" en la misma entrada, sin embargo siempre hay algo extraño, salvo que sigas el blog y tu lectura sea por tanto la "normal", y más si la idea es escribir impresiones de la vida en la librería. A veces, cuando descubro un nuevo blog que me gusta intento leerlo desde el final, que en el fondo es el principio. Esta gilipollez viene a cuento porque tenía la idea de hablar de un libro en concreto y a la vez extraer algún pasaje. ¿Qué escribo antes? ¿Digo algo cuando copie el párrafo que quería? ¿Escribo la barrabasada que quiero y luego meto la cita? ¿Importa tanto el orden? Bah. No sé...

Ben Webster, Red Allen y Pee Wee Russell. Fotografía, Milt Hilton

Nota acerca de las fotografía
por Geoff Dyer. "Pero Hermoso."

"A veces las fotografías tienen un efecto extraño y sencillo: a primera vista se ven cosas que más tarde se descubren que no están ahí. O mejor, cuando se vuelve a mirar se notan cosas que al principio no se había notado que estuvieran. En la foto de Ben Webster, Red Allen y Pee Wee Russell hecha por Milt Hilton, por ejemplo, creía que el pie de Allen estaba apoyado en la silla delante de él, que Russell estaba realmente dando una calada al cigarrillo, que...

El hecho de que uno no la recuerde tal como era es una de las cualidades de la foto de Hilton -o de cualquier otra, para el caso-, porque aunque sólo retrata una fracción de segundo, la sensación de duración de la imagen abarca varios segundos a uno y otro lado de ese instante congelado, para incluir -o así parece- lo que acaba de ocurrir o lo que va a ocurrir: Ben echándose hacia atrás el sombrero y sonándose la nariz, Red acercándose a la mesa para coger un pitillo de Pee Wee...


Los cuadros al óleo dan la sensación de que incluso las Batallas de Inglaterra o de Trafalgar son extrañamente silenciosas. Las fotografías, en cambio, pueden ser tan sensibles al sonido como a la luz. Las buenas fotografías están ahí para oirse tanto como para verse; cuanto mejor es la foto más hay que oír. Las mejores fotos de jazz son las que están saturadas del sonido del tema. En la foto de Carole Reiff con Chet Baker en escena en Birdland, no sólo se oye el sonido de los músicos amontonados en el pequeño escenario del encuadre sino las conversaciones del fondo y el tintineo de los vasos del club. De la misma manera, en la foto de Hinton se oye el ruido de Ben pasando las páginas del periódico, el roce de la tela cuando Pee Wee cruza las piernas. Teniendo los medios para descifrarlas, podríamos avanzar aún más y usar fotografías como éstas para oír lo que se estaba diciendo en ese momento o incluso, como las mejores fotos parecen extenderse más allá del momento retratado, lo que se acaba de decir, lo que se está a punto de decir."

Ahora es cuando yo podría lanzarme a escribir y escribir hiperbólicas palabras sobre Ben Webster, sobre su tono, su fraseo, su sentido del ritmo... sobre su vida, pero mejor lo dejo aquí...

viernes, 21 de agosto de 2009

50 años de la edición de Kind of Blue


El miércoles pasado me dormí escuchando este disco, casi siempre que duermo solo, lo hago, pongo un disco y dejo que el sueño me venza. No sé por qué, el miércoles puse "Kind of Blue", y son cosas que no quiero pensar. El 17 de agosto se cumplieron 50 años de la edición de dicho disco. El miércoles fue 19, hacía mucho tiempo que no lo ponía. Hacía poco que había pasado mi "fase Miles" pero me había centrado en dos discos inmensos como "Sorcerer" y "Miles in the Sky", y quien los conozca sabrá que no había cabida para nada más. Pero el miércoles lo puse y toqué el cielo, 50 años después... lo puse porque en mi cabeza no paraban de sonar las primeras notas de So What... Lo dicho, esas son cosas que no quiero pararme a pensar. De hecho, en mi vida están pasando cosas increiblemente hermosas que no quiero pararme a pensar...
La grabación de "Kind of Blue" tuvo lugar en el 30th Street Studio de Columbia Records en la ciudad de Nueva York en apenas diez horas repartidas en dos días, el 2 de marzo y el 22 de abril de 1959. La fomración que acompañaba a Miles Davis en ese disco era John Coltrane al saxo tenor, el contrabajista Paul Chambers, Julian "Cannonball" Adderley en el saxofón alto, Jimmy Cobb a la batería y Bill Evans al piano. Dicen que es el disco de jazz más influyente e importante de la historia.
El álbum se basaba en formas tonales modales que permitían amplias posibilidades de tránsito por escalas a partir de alguna nota predeterminada en lugar de la secuencia lineal de acordes que desarrollaba el jazz hasta entonces. Es el disco más vendido de la carrera de Davis y el más vendido de la historia del jazz.
En el año 2002 un jurado compuesto por expertos en preservación de música y sonido de los Estados Unidos anexó a Kind of Blue en el Registro Nacional de Grabaciones de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos debido a su "significancia cultural o histórica" en la vida norteamericana.
Kind of Blue fue el resultado de dos sesiones de improvisación a comienzos de la primavera de 1959. El 2 de marzo Miles Davis reunió su sexteto para la grabación en el recién inaugurado 30th Street Studio de la Columbia Records, una iglesia rusa de Manhattan reciclada, de las pistas "So What", "Freddie Freeloader", y "Blue in Green", que componían la cara A del LP. El 22 de abril se completaron las grabaciones con el registro de las pistas que compondrían la cara B, "Flamenco Sketches", y "All Blues".
Davis le pidió a sus músicos que casi no ensayaran y ellos llegaron al estudio con una pobre idea de lo que iban a interpretar; unas semanas antes Miles Davis les dió bocetos de las líneas de escalas y melodías. Una vez en el estudio Davis les dió breves instrucciones de cada pieza y después se pusieron a grabar.



"Miles Davis Y Kind Of Blue. La creación de una obra mestra". Escrito por Ashley Kahn. Prólogo de Jimmy Cobb.
Editado en España por Alba Editorial. 26,50€

viernes, 10 de julio de 2009

Hiromi Uehara, sorpresas te da la vida...



Ayer no tenía ni la más remota idea de la existencia de Hiromi Uehara. Y hoy estoy nervioso porque la veré mañana en directo, en el festival Vijazzeñor de Ciudad Real.
Leí su nombre, curioseé, y bingo....
Increible... Loca y genial...
Hiromi comenzó a estudiar piano con seis años. Su profesor de piano, Noriko Hakita, la introdujo en el jazz con 8. Con 14, comenzó a tocar con la Orquesta Filarmónica de Chequia. A los 17 conoció a Chick Corea, de gira por Tokyo, y la invitó a tocar con él, hecho que han repetido en multitud de ocasiones. Completó sus estudios en la Berklee College of Music en Boston, Massachusetts, siendo su director de beca nada menos que Ahmad Jamal.
Qué ganas tenía de un concierto así, y yo que pensaba que me iba a morir de aburrimiento, mocos y calor este sábado...

Con Chick Corea, engrandeciendo a The Beatles... a ver si le gusta a Lorena
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