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viernes, 13 de enero de 2017

Cinco contra uno (rescates). Un puñado de discos que me marcaron y que aún hoy sigo escuchando

Hace varios meses me escribió un amigo (desconocido apreciado y seguido de las redes sociales) para decirme que había escrito una reseña sobre mi novela "La muñeca rusa" y que un magazine digital la iba a publicar. Alex (que así se llama) y yo nos escribimos a menudo. Siempre con cierta educación y distancia, pero también a menudo con una extraña cercanía. Me hizo mucha ilusión, por supuesto, sobre todo porque me interesa muchísimo lo que Alex tenga que decir sobre la historia de Irina y Milos y lo que eso me haga repensar a mí sobre la misma. Me dijo que al director de dicho magazine le interesaría un breve escrito mío sobre una sección que tienen titulada "Cinco contra uno", es decir, cinco discos que te hayan marcado y un "díscolo" que te haya defraudado o  al que le tengas cierta tirria. Dije que sí, por supuesto. Estas cosas me hacen mucha ilusión y me las suelo tomar muy en serio. Además, tampoco quería defraudar a Alex, así que me puse. Se lo envié y me dijo que gustó. Como sé que los ritmos de edición en estas cosas son muy lentos, no quise pecar de impaciente y, puesto que la novela ha pasado, no ya sin hacer mucho ruido, sino sin hacer casi ninguno, y mi editorial, aunque heroica y voluntariosa como ninguna, no es importante (dentro de ciertos esquemas), sabía que igual la reseña y este artículo no salían. Bueno, han pasado seis meses y me he vuelto a encontrar el archivo de mis "cinco contra uno" mientras ordenaba una carpeta con textos y me ha dado penilla. Y digo penilla porque me lo pensé mucho y a la vez disfrute mucho escribiéndolo, así que lo rescato. Aún no sé cómo era la critica de Alex, y me he cansado de mirar la página del magazine como un histérico obsesivo o un niño aburrido en el asiento de atrás de un coche. Son cinco y uno, con su historia personal; seguramente si lo escribiera hoy serían otros cinco y uno distintos, o quizá no, quién sabe....



Cinco contra uno

The Cult. Electric.
Pongámonos en situación: Mediada la década de los ochenta. Un pueblo en el páramo manchego donde al kiosko, a lo sumo, llega, si llega, la revista Metal Hammer y la Superpop, y donde los jueves estaciona una furgoneta en el mercadillo municipal con vinilos y casetes de todo tipo (tirando a serie media). Durante meses ahorro lo que me da mi padre por currar en la lavandería y la propina de mi abuela los domingos para, aprovechando las dos semanas de vacaciones en un apartamento enano en la playa a finales de julio, cuando vamos a hacer la compra a un megahipermercado cerca de Alicante en primer día, visitar la sección de discos y gastarme toda la hucha. Verano del ’88. A punto de los catorce. Llevo una lista pero casi nunca encuentro lo que busco, así que tiro de oídas y me fio del orden en el que está colocado. Así descubro a Fleetwood Mac, Vanilla Fudge, Sleepy LaBeef, Love… The Cult me suenan, de la radio quizá, no lo sé, pero esa portada es magnética. La carpeta desplegable hace que aumente mi fascinación. Ahí están Astbury, Duffy, Stewart y Warner mirándome amenazantes y altivos. Leo por primera vez el nombre de Rick Rubin. Lo compro sin dudarlo un instante. He de esperar quince días para escucharlo porque allí no hay tocadiscos (no hay ni lavadora). Cuando al final lo hago, después de horas viendo esas fotos, sonrío como un idiota. Citar alguna canción es inútil. Quiero una guitarra y la quiero ya. Un disco que se abre con “Wild Flower” no puede ser malo. Un disco cuya cara A termina con “Bad Fun”, le das la vuelta y arranca la B con “King Contrary Man” pasa a convertirse en la coz que tu corazón necesita. “Love Removal Machine” del tirón y el “Born to be wild” más bruto y machacón que nunca he escuchado. Al llegar “Outlaw” estoy agotado… Pero aún está “Memphis Hip Shake”… Me arrastro como la canción… Termina y lo pongo de nuevo… Por un instante me siento invencible. Ese disco es sin duda lo que anuncia, eléctrico, y el nombre del grupo pasa a convertirse en mi culto; hasta hoy, cuando escucho Hidden City y me siguen emocionando igual.


091. El baile de la desesperación
Ahora que han resucitado y la justicia poética por una vez cumple lo que pregona, es de ley decir que este disco es fundamental. “La vida qué mala es”, “Este es nuestro tiempo”, “San Martín”, tres canciones para dejar claro que fueron únicos y que lo siguen siendo. Sólo ellos han igualado semejante trío inicial en sus dos discos posteriores. “Corazón Malherido” duele, y José Antonio canta como el puto amo una letra de Lapido que toma un lugar común y lo convierte en particular, sólo para ti. “La canción del espantapájaros”, la cual han desnudado en directo incidiendo en su cara dramática, siempre me ha gustado sin embargo más en esta versión, tan pop, tan resultona, tan jodida en el fondo. Es la virtud del rock, cantar las cosas más jodidas sobre una lozana base musical para conjurar los golpes de la vida. Las cinco canciones que quedan son una fuente y una declaración en sí mismas. “El baile de la desesperación”, “El lado oscuro de las cosas”, “Un camino equivocado”, “Un día cualquiera” y “Atrás”. Las guitarras por fin rujen como los Cero querían después de tantos años. Una producción algo deficiente (en comparación a lo que vino después) no borra la urgencia de unas canciones gloriosas en sí mismas. Los Cero demostraron que, lamentablemente, en este país, sólo era posible una retirada con la cabeza alta antes de perderla (en el olvido o el cheque). Sé que Tormentas Imaginarias es mejor, pero a mí me ganaron para siempre con este. Que los dioses salven a los Cero.


The Doors. L.A Woman.
Podía haber puesto cualquiera de la banda de Jim Morrison, pero he optado por el último. Con la misma estructura que su debut, cada cara del disco se cierra con una canción larga. Desde su inicio con la tremenda “The Changeling”, Morrison canta como nunca, su voz de barítono se ha endurecido por los excesos, convirtiéndose en un arma evocadora y punzante. “Love her madly” es una manzana envenenada, y “Been down so Long”, nada más empezar, te parte por la mitad. El bajo de Jerry Scheff da libertad a Manzarek para jugar con las canciones y a la vez seguir haciendo que su teclado sea la base de las mismas. Robbie está excelso, se gusta, y se nota. Desmore está elegante y deja de nuevo claro que no es un batería de rock de montón, sino un músico de jazz que toca rock, o un músico de rock que quiere tocar jazz, da igual. “Cars hiss by my window” es una vacilada sublime. “L.A. woman” vale toda una carrera: oda decadente que sirve de despedida a una ciudad bajo un manto rabioso y energizante de un grupo de instrumentistas en estado de gracia. “L’America” abre la cara B descolocando, psicodelia que no quiere dejar de tener sabor a blues. “Hyacinth house” tiene una letra gloriosa y premonitoria, y para mí es una de sus canciones más bonitas. La versión del tema de John Lee Hooker (“Crawling King Snake”) destierra una vez más todo rastro de vender a Jim como un Adonis pop. “The Wasp” es amarga porque deja entrever nuevos caminos por transitar de una banda que se estaba despidiendo sin querer ser consciente de ello (dicho tema es la base para “An American Prayer”). El cierre con “Riders on the Storm”, vista a través del famoso juicio de Miami (y lo que supuso no sólo para la historia del grupo sino como siniestra clausura de una década llena de acontecimientos históricos determinantes), es la canción perfecta, simple y llanamente es así, con Morrison relatándonos el porqué de todo lo que ha hecho y qué es lo que realmente han sido, ofreciéndonos una maravillosa letanía respaldado como nunca (y como siempre) por Ray, Robbie y John.


Jethro Tull. Thick as a Brick.
Más de media vida (mía) llevo escuchando este disco y no me canso ni un segundo. Sólo por eso merece figurar aquí. Ian Anderson, uno de los frontman definitivos, intentó un cuádruple salto mortal impulsado por la retranca de Monty Python y parió una maravilla que merece veinte años de escuchas y veinte más que le dedicaré. Presentación, idea, cover art, composición, ejecución, lírica, arreglos, todo es perfecto en este disco. El álbum total. Lo tomas o lo dejas. Obligatorio tenerlo en vinilo, ese es su mundo y su sentido. Las capas y los niveles en los que se mueve siguen siendo un misterio para mí. Siempre pienso que es más de lo que aparenta o capto. ¿Una broma, una genialidad, una boutade suprema? Para mí una de las cimas artísticas del siglo pasado. Y comercialmente encima les salió bien, lo cual nos obliga a mirar esos años con indudable nostalgia y sorpresa. Un disco de más de cuarenta minutos con una sola composición dividida en dos partes basado en un supuesto poema de un niño y envuelto en un ficticio periódico lleno de noticias brillantes, pasatiempos, horóscopo y obituarios incluidos. La letra es una maravilla críptica, tan desvergonzada como lúcida a la vez… “Really don´t mind if you sit this one out… My words but a whisper… your deafness a shout…”. Un grupo en estado de gracia remata todo. Martin Barre, John Evans, Jeffrey Hammond-Hammond y Barriemore Barlow respaldando a Anderson e impulsándolo todo bajo una mezcla de estilos y referencias apabullantes, sin respiro, sin un paso en falso, rematando la jugada los arreglos y dirección de un indispensable y digno de estudio (vital y musical) David Palmer. Lo siento, no puedo ser objetivo, amo este disco; he escrito centenares de páginas escuchándolo y dejándome llevar.


The Jayhawks. Tomorrow the green Grass.
Compré este disco después de escuchar “Blue” en “De 4 a 3”, de Paco Pérez Bryan en Radio 3, en 1995. Olson y Louris tocando el cielo. Nunca me arrepentiré. “I’d run away”, “Miss Williams guitar”, la preciosísima “Two Hearts”, “Real Light”, “Over my Shoulder”… Para cuando llega “Bad Time” ya estás sobre aviso, pero eso no te evita el subidón. Es increíble cómo esas voces se empastan y armonizan de ese modo, cómo la guitarra acústica se enreda con la electricidad de una Gibson SG, cómo tocan la fibra sin parecer pretenderlo. Y encima es una versión. La cara B sigue la estela, y cuando la calma parece haberse instalado con “Red Song”, como si el disco fuese a terminar con esa mirada crepuscular al desierto, llega la subida de “Ten Little Kids”. Big Star, CSNY, The Byrds, Gram Parsons… todo junto sonando con personalidad propia. Este disco me salvó la vida una noche de 2002 en un hospital en obras, lleno de cables y partido por la mitad. Me lo había grabado en una cinta en casa para escucharlo allí porque sabía que lo iba a necesitar. Aún usaba walkman. Cuando me fui de aquel lugar se lo regalé a una enfermera de la planta. “I could take a little hint from you, and I’d run away”.

Contra UNO.
Uriah Heep. Abominog

He estado tentado a entrar a saco y recordar lo estafado que me sentí cuando en su día compré “Usar y Tirar” de M-Clan o el primero de Los Planetas (y último para mí, su rollo no va conmigo), pero no. También he pensado en intentar explicar mi frustración ante los últimos discos a medio gas de Gov´t Mule o la complacencia del camello de Wilco. Tampoco quería hacer leña del árbol caído del madelman Lenny Kravitz (tremendo tocomocho). En tiempos tan fugaces como los de ahora es normal que haya bajones en las carreras de grupos longevos (lo que hizo Bowie en cinco años, del 69 al 74, o Janis Joplin en tres, no lo volveremos a ver jamás, pero tampoco podemos pedirle a grupos actuales que ya llevan quince o veinte años, el mismo ardor guerrero de sus primeros años). Así que tiro de disco con trampa…y termino como empecé. Pongámonos en situación: Mediada la década de los ochenta. Un pueblo en el páramo manchego donde al kiosko, a lo sumo, llega, si llega, la revista Metal Hammer y la Superpop, y donde los jueves estaciona una furgoneta en el mercadillo municipal con vinilos y casetes de todo tipo (tirando a serie media). Sin saber quién me había suscrito, a mi casa llegaba el boletín del Discoplay. Empiezo a crear mi discoteca lo mejor que puedo, a base de oídas, intuición y casetes grabadas en el patio del colegio. Tiro de primeras impresiones con las portadas del BID. La de Uriah Heep con Abominog me llama la atención mes tras mes, pero me da miedo, literalmente, y lo voy dejando. Me espero el infierno tras ese diablo rabioso. Mi vecino del tercero me pasa Ride the Lighting de Metallica y Holy Diver de Dio. Mi mundo se llena de tachuelas; los logos de Maiden, Overkill, Raven o Anthrax son cincelados en mi carpeta estudiantil. Ahorro un poco y me pido por fin el de Uriah Heep… Llega a casa, lo pincho y… efectivamente, el pinchazo fue antológico. Teclados de la época y melodías almibaradas no me dejan apreciar las virtudes que esconden sus surcos. Maldigo cada peseta invertida, miro esa carpeta diabólica y no entiendo nada… Llega la tercera canción (“On the Rebound”) y me rindo definitivamente; no debería, pero la juventud es vehemente y yo creo querer otra cosa. Levanto la aguja y lo guardo entre maldiciones gitanas. Ese fue mi primer desencanto de muchos, y si lo rememoro es porque, curiosamente, ahora es un disco que me encanta y escucho bastante, incluso más que sus magnas obras de los setenta. Igual soy yo, que me he enmoñado a pasos agigantados, pero este es uno de los casos en los que la espera y la paciencia han tenido su recompensa. “Too scared to run”, “Chasing shadows” o “Think it over” me parecen temazos. El trabajo vocal de Peter Goalby es digno de mención, en la estela del enorme Lou Gramm. Mierda, echo en falta cantantes así. El regreso a Uriah Heep de Lee Kerslake, trayéndose de paso a un inmenso Bob Daisley, tras su aventura con Ozzy (y menuda aventura), recargó las pilas del eterno Mick Box. Ya lo dijo Willie Dixon, nunca juzgues un libro por su portada… 

viernes, 29 de marzo de 2013

"Jethro Tull y el faro de Aqualung", un libro de Vicente Álvarez

Un tal Jethro...

Dentro del más que caótico ritmo de lecturas que llevo, me encuentro con que no sé si he acabado uno de los libros en los que ando metido. ¿No lo sé? No, no lo sé. Y tampoco me hace falta saberlo, pues de todos es bien conocido que hay libros que no se leen únicamente de principio a fin, algo que ya dejó claro "Rayuela", y que a mí me pasa con determinados libros, sobre todo con los libros biográficos de grupos musicales.

Hay determinados libros biográficos que por su estructura se pueden leer y leer sin acabarlos nunca, quizá por su carácter enciclopédico, recorren años, álbumes, actuaciones y formaciones, pudiendo volver a releer sobre todo si a la vez a uno le da por escuchar el disco o los discos que en concreto te apetezcan en ese momento. Si el libro en cuestión es malo, pues con ir a lo que te interesa tienes bastante; si el libro es bueno puedes disfrutar y recrearte en aquello que hayas pasado por alto o que no sepas; y si el libro es excelente (como el que nos ocupa) entonces te puede pasar que no lo acabes nunca, que lo leas del derecho y del revés, boca arriba y boca abajo, a ratos y a deshoras y, sobre todo, que te haga amar más al grupo del que habla. Obviando el siempre pertinaz e ineludible "pero" (siempre hay uno), "Jethro Tull y el faro de Aqualung" es un libro excelente. El "pero" es el de siempre... que uno quiere más, quiere saber más, pues incluso aunque te transcribieran las conversaciones grabadas en el local de ensayo, tú querrías más...Da igual que caiga en tus manos la mejor biografía de Glenn Gould, de Modigliani o de Bernarda de Utrera, tú, como melómano impenitente, siempre querrás saber más... Incluso a "El martillo de los dioses" crees que no le vendrían mal un par de decenas más de páginas, pero es que aunque un día llamase Jimmy Page a tu puerta y se sentase contigo en la terraza, copa de balón en mano, y se pasase la tarde contándote batallas, a la hora de irse, querrías más... El problema es que tú no eres Page, ni podrás serlo... Tampoco es que lo quieras ser, no es eso, el problema es que has acabado convertido en una peligrosa mezcla entre una portera de bloque insaciablemente cotilla y un filósofo atormentado por entender y comprender qué puede ser eso del genio y el hecho artístico, y, claro, así pasa, que por mucho que disfrutes, siempre te quedarás con sed. 

Consejo que siempre sigo, este año, el libro...
 Luego también está el efecto rebote, pues llega un día en el que te das cuenta que realmente tampoco necesitas mil libros sobre Dylan, y que te importa una mierda que la nueva reedición remastrizada con sonido dolby su puta madre con libreto de 30 páginas y tomas inéditas, tomas alternativas y maquetas a medio cocinar del disco "fulano´s fingers" nunca sonará como tu viejo vinilo cochambroso cuando lo pones a volumen once... ¿Qué cojones quiero decir con todo esto? No tengo ni puta idea, pero supongo que llevar desde navidad navegando en un mar de flautas gracias al libro "Jethro Tull y el faro de Aqualung", de Vicente Álvarez, tiene mucho que ver. Seguramente me cuesta empezar a escribir sobre Jethro Tull de manera coherente, sobre todo después de haberlo intentado dos veces antes (Aqualung en el caimán). Esta tarde, bajo la pila de libros que cubren mi mesa, he vuelto a reparar en él y lo he cogido, abriéndolo al azar y disfrutando leyendo, releyendo y pinchando a la vez los discos correspondientes de Jethro Tull. Me gusta mucho el libro de Vicente Álvarez, primero porque está escrito con pasión, que es lo mínimo que le pido a un libro biográfico, segundo porque está muy bien escrito, tercero porque me gusta la mezcla de respeto, profundidad y familiaridad que desprende, y cuarto porque está lleno de aciertos a la hora de acercarse a una obra tan poliédrica, lírica y musicalmente, como la del grupo del genio Ian Anderson, haciendo que tus ganas de escuchar la música de los Jethro se renueven completamente, y creo que eso es lo mejor que le puede pasar a un libro sobre un grupo, que sin que puedas dejar de leer, desees pinchar todos y cada uno de los discos de esa banda que resulta que llevas escuchando casi toda tu vida. Y luego están las lagunas, claro; porque cuando uno tiene alma de diletante, va alcanzando una edad y tiene una historia, es normal que no hayas seguido con la misma intensidad ni el mismo entusiasmo a ese grupo, y leyendo el libro de Vicente Álvarez, descubres, por ejemplo, que los discos en solitario del señor Anderson tienen su aquel (su mucho aquel), y también descubres cosas de las canciones que tanto te gustan y tantas veces has escuchado, porque ese es uno de sus grandes aciertos, que Álvarez se centra siempre que puede en la parte lírica del viejo Aqualung, resaltando versos y desvelando sentidos.

Únicos e irrepetibles...
Otro de esos aciertos ha sido que ha dividido toda la historia de Jethro Tull en grupos de tres discos, estando cada capítulo dedicado a cada trilogía con entidad propia dentro de toda la evolución histórica de una banda tan longeva y especial. Porque Jethro Tull siempre ha sido un grupo especial, mostrándose con una personalidad propia y arrolladora ya desde su orígenes, que durante casi toda la década de los setenta rozó la perfección compositiva e interpretativa, que durante los ochenta, aunque Anderson perdiera cierta chispa compositiva, siguió siendo un intérprete mayúsculo que supo reinventarse a tiempo, que durante los noventa se asentó en el grupo de los notables con discos que si bien no eran para perder la cabeza, sí eran disfrutables y contenían siempre alguna joya sobresaliente, y que ya en el nuevo siglo han cultivado con acierto el sutil arte de la reinterpretación del arte propio y la búsqueda de nuevos caminos musicales. Ser fan de Ian Anderson es, hoy por hoy, un deleite. Es una pena que por edad y por problemas de ubicación geográfico espaciales, me fuese imposible verles en directo en su época gloriosa (del 69 al 79, y eso está fuera de toda discusión), pero es tal la cantidad de grabaciones audiovisuales que hay disponibles en este momento sobre cualquiera de la facetas y reencarnaciones de Ian Anderson y su grupo, que el disfrute es continuo. Vídeos de actuaciones míticas, reediciones cuidadas, fotografías, bootlegs, blogs, entrevistas, clubs de fans (algún día me haré tulliano de carnet, lo juro)... Y además, el libro de Vicente Álvarez, que es una maravilla (también hay que aplaudir a la editorial, pues los libros de la editorial Quarentena han dado un salto cualitativo enorme en cuanto a diseño, presentación y acabado, que en su día me leí el de Black Sabbath y tela...), con el aliciente de poder "complementar" su lectura con todo ese material disponible a golpe de ratón. Podría desmenuzar (o al menos intentarlo) el libro (geniales los capítulos dedicados a "Thick as a brick" y a "A passion play", por no hablar de la disolución de la formación mágica en 1980 (quién pudiera hablar largo y tendido con John Evan) y de la deriva en los ochenta...), pero buscando información para escribir esto, he topado con sitios donde lo hacen mejor (http://www.aqualung-mygod.blogspot.com.es/2013/03/jethro-tull-new-booksnuevos-libros.html ), y yo encuentro que tengo poco más que decir salvo los cuatro parabienes que he soltado entre tanto caos. Además, corro el riesgo de acabar haciendo una apología de Ian Anderson en toda regla, como intérprete único y como compositor más único aún, y no son horas... De Vicente Álvarez, remitir a su página web. El libro de Aqualung es lo único que de momento he leído de él, aunque como exlibrero sí que reconozco que por mis manos han pasado libros suyos y que ahora lamento no haber abierto.Si eres fan de Jethro Tull y no tienes este libro, ya estás tardando, y si no lo eres y crees que deberías darle una oportunidad, este libro es la mejor guía...

Que Jeffrey Hammond me perdone, pero esta fue su mejor formación...
El club de fans de habla hispana: http://www.tullianos.com/index.php
EL blog tulliano más adictivo: http://www.aqualung-mygod.blogspot.com.es/



domingo, 9 de octubre de 2011

Too old to rock'n'roll... too young to die... Variaciones sobre un tema de Jethro Tull en clave George Perec


Tener trece años y escuchar esta canción, "Too old to rock'n'roll, too young to die", y sentirte viejo y a la vez con ganas de comerte el mundo, o al menos el mundo que conocías, es decir, cuatro calles. Y sonreír, claro, ante uno de los estribillos más naif de Ian Anderson, más Monty Phyton, más fáciles y hondos, como un péndulo dentro de tu cabeza, como un submarino amarillo siniestro y desolador que, como una nana, te dice qué te deparará el futuro. Trece años, lo recuerdo bien, 1987, y recuerdo esa portada amarilla donde Ian Anderson te hace un corte de mangas. Recuerdo la carpeta del vinilo doble, con un cómic extraño dentro, recuerdo la sucesión de canciones, recuerdo que "Salamander" me dejó boquiabierto. Recuerdo que a quien quise comprarle ese disco no quiso vendérmelo, pero me lo dejó un par de semanas. Recuerdo que lo grabé en una cinta original de zarzuela que afané a mi abuelo por el método de pegarle un trozo de fixo en la ranuras y que hace años perdí. Recuerdo que el dueño de aquel vinilo me llamaba "heavy de pastel" para joderme, y si se lo devolví fue porque todos los días me lo pedía, él, que iba de duro rocker y no quería amigos proto-melenudos, y mucho menos uno que llevara camisetas de los Maiden y Helloween. Recuerdo que luego descubrí que el disco era de su hermano mayor y que ese rocker tan duro realmente era un fraude. Recuerdo que después de escuchar ese disco yo sólo quería escuchar a Jethro Tull, pero sólo pude hacerlo unos meses después cuando conseguí que alguien que frecuentaba el bar el Complot pero que no recuerdo su nombre me grabara en cinta "Stand up", "Aqualung" y "Benefit", en unas TDK de 60 minutos cuyas carátulas tuneé como pude con recortables del catálogo del discoplay. Es extraño contar esas cosas en esta era de "todo al alcance de un click", y no lo digo con acritud, simplemente me parece un sentimiento dificil de explicarle a alguien que sólo conozca "esto".
Recuerdo comprar un libro de estilo seco y malo de cojones de la editorial Júcar que todavía tengo y que a veces releo con el mismo sentimiento de "la puta, qué mal escrito está, ¿no?", pero era la biblia de los Jethro (el único libro en castellano que había de ellos) y al final venían las letras de varias canciones traducidas... 

Recuerdo varios años después robar el vinilo de Aqualung a un pijo redomado madrileño cuyo padre tenía dos copias sin sentirme culpable. Luego descubrí que era porque tenía la edición censurada española y la "normal"; me sentí fatal y devolví aquel disco sin que, por fortuna, nadie se diese cuenta. Recuerdo comprarlo al fin en una tienda de segunda mano. Recuerdo follar una noche de julio del 97 mientras sonaba "My god" en un radiocasete en una playa. Recuerdo comprar "Thick as a brick" en formato periódico en 1996 por cien pesetas un domingo por la mañana en un bar cerca de la Filmoteca que aún olía a tabaco húmedo y resaca donde estaban vendiendo cosas que habían sido de alguien que acababa de morir de sida. Recuerdo ir en el instituto de viaje a Italia y escaparme en Florencia a una tienda de discos diez minutos a comprar "This was" (y el Physical Grafitti de los Zep). Salto lustros de alante a atrás y pierdo la brújula y el sentido de la decencia. Siempre se es demasiado viejo o a la vez demasiado joven para algo... Demasiado joven para seguir haciendo memoria... demasiado viejo para olvidar gilipolleces...

"Too old to rock'n'roll; too young to die" no aparece como una de las obras cumbre del grupo de Anderson. Y entiendo el porqué, pero me da igual. Ian Anderson, Sir Martin "Lancelot" Barre y toda su cuadrilla de hippies britanicos, folkies rockeros y extravagantes, siempre me han parecido un tesoro extraño, entre otras cosas (talento aparte) porque creo que no ha habido otro grupo que se haya reído tanto de ellos mismos y de todo a la vez y, a la vez, se hayan tomado tan en serio su música y lo que eran capaces de crear, por eso que defina esta canción como su canción más Monty Python, algo así como la cara B del hipotético single "always look on the bright side of life". Aún eran jóvenes cuando grabaron este disco, Ian anderson tenía veintinueve; cuando yo los conocí ellos tenían diez años más y yo casi seguía siendo un niño, un niño al que le gustaba tararear "now he's too old, old, old, to rock'n'roll, oll, oll... but he is too young to die..." como si fuese un mantra irónico y acogedor. Hay cosas que se corresponden indefectiblemente a una etapa cronológica de la vida de las personas, al menos eso dicen las personas de bien, pero no estoy muy seguro, sobre todo porque si fuese así, negaría la fina ironía socarrona de la canción de los Tull. Debería quitar lo de "indefectiblemente"... Recuerdo a los Jethro, y a mí escuchándolos con fruición, al igual que otras muchas cosas, pero me sigue resultando extraño recordar que fue con esta canción que los descubrí... y que aquí siga, resonando en mi cabeza de vez en cuando, haciéndome sentir lo mismo cada vez...




 

si no lo tienes y quieres saber más...
si quieres saber algo curioso...
si tienes ganas de leer

viernes, 5 de marzo de 2010

Ian Anderson toca el cielo

¿Hay algo más grande que esto? ¿Hay algo más grande que Ian Anderson en directo tocando Thick as a Brick junto a Martin Barre (electric guitar), Barriemore Barlow (drums), Tony Williams (bass guitar), John Evan (piano, organ) y David Palmer (keyboards) en el Madison Square Garden, en Octubre de 1978? A veces creo que no.
Por más que lo veo no dudo de ello... Pasarán otros veinte años y me seguirá pareciendo una auténtica maravilla esta canción... Viente años que la escuché por primera vez, 38 de su publicación, el 3 de marzo de 1972. 43 minutos 50 segundos de.... todo... musicalmente hablando... Condensados en el video de aquí abajo en 11 minutos de gloria... Ian Anderson... Thick as a brick, denso como un ladrillo, literalmente, expresión que equivale a full of shit, la cual no significa ser mentiroso o estar lleno de mierda, sino que parece que hace referencia a que la sociedad está corrompida.
...Realmente no importa si te quedas hasta el final... Mis palabras son solo un susurro, tu sordera un grito... Puedo hacerte sentir pero no puedo hacerte pensar.
Tu esperma esta en el sumidero, tu amor en el lavabo...
...El Poeta y el pintor proyectan sombras sobre el agua - y el sol juega sobre la infanteria que vuelve del mar...
Dejenme contarles los cuentos de sus vidas, de sus amores y del corte del cuchillo
la incansable opresion, la sabiduria inculcada, el deseo de morir o ser matado.
¡¡¡¡¡¡Dejenme cantar sobre los perdedores que quedan en la calle mientras se va el ultimo autobus. Las aceras estan vacias: las canaletas corren rojas - mientras el tonto brinda por su dios en el cielo!!!!


Asi que se desplazan sobre los campos y realizan todos sus negocios animales y sus hombres sabios no saben como se siente al ser duro como un adoquin....
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