Mostrando entradas con la etiqueta Dovlátov. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Dovlátov. Mostrar todas las entradas

martes, 6 de septiembre de 2011

El compromiso, Serguey Dovlátov.


“…Y me quedé sin empleo. Quizá debería aprender el oficio de sastre. Me he fijado: los sastres siempre están de buen humor…
-Hola, ¿qué tal?
-Ya ves, buscando trabajo.
-Hay una vacante.Diario “El guardián de la patria”. Apunta este apellido. Kashirin.
-¿Uno calvo?
-Kashirin: periodista veterano. Una persona… bastante tierna…
-La mierda – digo – también es tierna.
-¿Le conoces?
-No.
-Pero hablas… Apunta su apellido.
            Lo anoté.
-Deberías vestir como Dios manda. Mi mujer dice que si vistieras como es debido…
            Por cierto, su mujer una vez me llamó de repente y… Pero, ¡alto! Estamos entrando en una materia compleja y emocionante que nos aleja demasiado de nuestro relato.
-Cuando gane dinero vestiré mejor; me compraré un sombrero de copa…
            Saqué mis recortes de prensa. Seleccioné los que más merecían la pena.
            Kashirin no me gustó: rostro gris, humor cuartelero. Mirándome, fijo:
-Naturalmente usted será apolítico, ¿verdad?
            Asentí culpablemente. Con cándida idiotez, añadió:
-Veinte personas han optado a este puesto. Hablaban conmigo y… no volvían a aparecer. Al menos déjeme su teléfono.
            Le di el teléfono de una tintorería casualmente grabado en mi memoria.
            Ya en casa, volví a mirar los recortes. Releí algunos. Reflexioné…
            Hojas amarillentas. Diez años de mentiras y simulación. Sin embargo detrás había algunas personas, algunas conversaciones, sentimientos, realidad… No en las páginas mismas, sino por ahí, en el horizonte… Es arduo el camino de lo verdadero a la verdad.
            No se puede vadear dos veces el mismo arroyo. Pero sí se puede distinguir el fondo lleno de latas de conservas a través del agua. Y detrás de los suntuosos decorados teatrales, ver la pared de ladrillo, las sogas, el extintor y los tramoyistas ebrios. Esto lo sabe cualquiera que haya estado detrás del telón, siquiera una vez.
            Empezaremos con un breve de calderilla…”
Serguey Dovlátov. El compromiso. Ed. Ikusager.

Top Row: Felix Naftulyev, Yevgenii Rein, Oleg Vinogradov, Sergei Volf, Mikhail Belomlinsky, Yuri Mikhailov, Victoria Belomlinsky, Galya Polykova, Vladimir Gerasimov, Oleg Okhapkin, Felix Naftulyev's wife
Bottom Row: David-N. Krotov's husband, Natalia Sharymova, Julia Belomlinsky, Elena Dovlatova, Vladimir Uflyand, Dimitry Loseff, Aleksander Kushner, Mikhail Meilakh, Marianna Barsuk.
Standing: Yevgenii Goltz, Boris Semyonov, Lev Loseff, Natalia Krotova, Sergei Dovlatov, Garry Voskov, Nina Loseff, Leonid Vinogradov

Mis días se pueden explicar como noticias breves. Todo se puede reducir a noticia breve, dejar en los huesos la vida. Curiosidades sin importancia que se escriben para rellenar espacios vacíos. Libros breves que son como cofres sin fondo. Eso es “El compromiso” de Serguey Dovlátov. Un bofetón en la cara sin miramientos. Teoría periodística de cuarto trastero, espejo deforme con restos de carmín y cosmético, olor a vodka. Dovlátov, tras esa introducción escupida con calor de resaca, recupera viejos artículos suyos, que toma como excusa para contar lo que los rodeó, lo que no pudo contar, lo que rodea la vida, es decir, la carne de los huesos, la comida antes de ser digerida y convertida en detritus apestoso. Una noticia breve, o larga, da igual, la palabra, la historia, el relato de los demás, ese es el suntuoso decorado teatral. Simple y lugar común. "El compromiso" fue escrito en 1981. Son doce los compromisos que conforman esta serie de relatos acerca de sus experiencias y anécdotas en la estonia soviética, en los que ejercía de  periodista. Dovlátov se ríe, a carcajadas, se mira desde sus casi dos metros y mira a los demás, elefante en cacharrería soviética, y repite la vulgaridad de lo verdadero, que la vida no es un suntuoso decorado teatral. La verdad es todo lo que hay detrás, todos los que están detrás, la pared de ladrillo (rugoso y basto), las sogas (roídas), el extintor (vacío) y los tramoyistas ebrios (ebrios). Eso es “el compromiso”, todo lo que hay detrás. Sin embargo Dovlátov es peculiar. Por eso lo prefiero a Bukowski (por buscar otro vulgar lugar común y situarlo análogamente a alguien más reconocido), a parte de por ser ruso, lo prefiero porque ES ruso en la decadencia de la Rusia soviética. Boutade. Pero es mi impresión, mi preferencia, mi querencia por los derrotados de los derrotados. El capitalismo no se diferencia gran cosa del delirante sistema soviético. Ambos son una mierda y destrozan vidas y sí, aquí tenemos libertad (¡Para ti, Paul, la libertad es como el aire! No la percibes. Simplemente la respiras. Un pez arrojado a la orilla sí podría entenderme… Libre no es aquel que lucha contra el régimen. Tampoco el que supera el miedo. Sino aquel que no lo padece. ¿La libertad, Paul, es una función corporal! ¡Tú no puedes entenderlo! ¡Porque tú naciste libre como un pájaro! le dice un compañero periodista al capitán de un barco finés en la página 128, tras dar cuenta de varias botellas, con la excusa de una entrevista). Y allí no la tuvieron como aquí, libertad, pero allí fueron plenamente conscientes de los mecanismos represores caprichosos y delirantes del poder, y eso da miedo, tú, y mucho, pero a la vez hace que la libertad sea más poderosa, aunque esté escondida en el doble fondo de una estantería. Por eso digo que para a un profano se puede definir a Dovlátov como un Bukoswki ruso, pero por lo dicho antes, prefiero a Serguey antes que al doble de Hank, porque Dovlátov es plenamente consciente de dónde está y porqué su vida es una mierda, siempre a merced de los caprichos del poder (en occidente lo llamaríamos azar, mala suerte, destino…) "Tengo treinta y cuatro años y nunca he vivido un solo día de despreocupación. No me importaría pasar uno sin preocupaciones, insatisfacciones ni deseos". Al final, uno piensa, joder, ya no existen periodistas. Quizás nunca hayan existido. Tal vez sólo podamos encontrar empleados de propaganda de una idea u otra. Dovlátov cuenta las cosas como son, sucias, siempre en el límite, al borde de la locura, al borde de la libertad soñada y que descubre en los pliegues de las cosas pequeñas. Sin embargo Dovlátov sabe que todo es mentira, incluso él mismo, que no existe la verdad, o al menos que él no puede alcanzarla tras lo verdadero, de ahí que no deje de mostrarse como el peor de todos los personajes que hace desfilar ante nuestros ojos. Sí, todo está corrupto, el poder es infame, ilógico, movido por personas pusilánimes que se mueven por impulsos zafios que justifican gracias a un armazón teórico brutal (el comunismo), pero es que él es un borracho indecente sin solución. Incluso cuando tiene en su mano cambiar algo, prefiere beber, no para sumirse en un estado narcótico alienante, sino para no sucumbir y derrumbarse. La euforia, la hibris constante, la dinamita bajo el colchón de la calma. Más que como Bukoswki, a Dovlátov lo veo como un hijo de Bohumil Hrabal, sin la verborrea dionisíaca de éste, pero con un bisturí destripando su máquina de escribir; cuando ya no puede cortar más, encuentra su estilo. Se ríe tanto de sí mismo en su propia cara como de Stalin a la cara de un dirigente del Komsomol. Y su estilo es seco, sí, pero dotado de una efervescencia tal que nunca cae en el caos, más bien al contrario, es implacable, te sirve el tuétano sin ni siquiera el hueso, así que no preguntes por la carne. Aquí  parece que no hay chicha, pero la hay, escondida tras los destellos que, uno tras otro, aparecen  tan seguidos que uno cree estar viendo un cometa, borracho, irreverente y real. En vez de alargar el chiste, lo suelta como un disparo, y en pleno delirio sólo puedes hacer una cosa, reír. Y acto seguido te dices, esto no tiene ninguna gracia, esto es un chiste cruel, negrísimo, pero tres líneas después te encuentras riendo de nuevo. Todos están locos, todos son unos borrachos indecentes, unos tipejos poco fiables, siempre trapicheando, siempre holgazaneando; todos están al borde de la locura, rodeados de mierda, pero todos son héroes, todos son bellos, todos son hermosos.
Al final, la verdadera obra, la vida, se desarrolla entre la pared de ladrillo, las sogas, el extintor y los tramoyistas ebrios, y los suntuosos decorados son, simplemente, eso, suntuosos decorados. Entonces, claro que sólo importa la libertad, qué más podría importar si todos somos unos redomados hijos de puta, aunque unos más que otros, he ahí la pirueta final, el chiste sin gracia, la patada en los huevos. “El compromiso” es simplemente eso, una sucesión de noticias, de escenarios baratos construidos carromatos mugrientos (los diarios donde escribe se llaman “Estonia soviética”, “Vespertino de Tallín”, “La juventud estonia”), pero él, a un lado, levanta la cortina de atrás y dice, pasen, pasen por aquí y vean, ...por cierto... ¿no tendrían unos rublos sueltos para unas botellas de vodka, verdad?…


Compromiso primero.
Estonia soviética. Noviembre. 1973.
CONGRESO CIENTÍFICO. Científicos de ocho países llegaron a Tallin, sede del VII Congreso de Estudios Escandinavo-Fineses. Son especialistas de la URSS, Polonia, Hungría, RDA, Finlandia, Suecia, Dinamarca y la RFA. E congreso acogerá seis disciplinas y a más de 130 científicos: historiadores, arqueólogos, lingüistas, que presentarán sus ponencias e informes. El congreso se prolongará hasta el 16 de noviembre.


El congreso se celebró en el Instituto Politécnico. Fui, conversé. A los cinco minutos el breve estaba listo. Lo entregué en Secretariado. Aparece el redactor jefe Turonok, persona entre almibarada y amazapanada, el tipo canalla tímido. Esta vez, alterado.
-Ha cometido usted una burda falta ideológica.
-¿?
-Usted enumera los países…
-Pero, ¿no se puede?
-Se puede y se debe. La cuestión es cómo los enumera. En qué orden: Dinamarca, Finlandia, Hungría; luego: Polonia, RDA, RFA…
-Claro, por orden alfabético.
-Ése es un orden desclasado –gimotea Turonok-; pero existe un orden de hierro: los países demócratas, ¡delante!; después los neutrales; y por último los miembros del bloque capi…
-Oquéi –le digo.
            Rescribí el breve, lo entregué en Secretariado. Al día siguiente Turonok viene corriendo.
-¿Se burla usted de mí? ¡Lo hace adrede!
- ¿El qué?
-Desordenar democracias populares: pone a la RDA detrás de Hungría. ¿Ya estamos con el alfabeto? ¡Olvide esa palabra oportunista! Usted trabaja en un periódico del partido. ¡Hungría en el tercer puesto! Ahí hubo un alzamiento.
-Y con Alemania hubo una guerra.
-¡No discuta! ¿Para qué discute? ¡Esa fue la otra Alemania! ¡La otra! No entiendo, ¿quién le ha confiado…? ¡Miopía política! ¡Infantilismo moral! Plantearemos esta cuestión ante…
            Me pagaron dos rublos por el breve. Yo esperaba tres…”

 

domingo, 13 de marzo de 2011

Trece imágenes. (The Acuarium LP Compilation. Vol I)

Imágenes, o tal vez escenas; de casi la mitad no hay documento visual, sólo palabras, la mía y con las que lo cuento.

Mi lugar y aparejo favoritos para leer

DOS. Un chico de unos once o doce años, habitual (somos pocos y aquí con un par de veces te conviertes en habitual), con pinta de tener los pulgares fuertes por la Nintendo y gustos indefinidos (vamos, que lo mismo puede escuchar a Mago de Oz que a DJ Truhán), de primera impresión altivo pero inequívocamente tímido, seguramente enamorado de alguna compañera de clase, amigo de pocos amigos pero de pandilla grande. Hace dos semanas entra a la librería y se planta frente a la sección de literatura extranjera (es decir, entras y giras el cuerpo el plan chotis, sin moverte de la baldosa, a la derecha). Nunca ha mirado ahí, siempre se va a literatura juvenil fantástica (seis pasos de frente). Yo sigo escribiendo en el blog; me gusta cuando vienen simplemente a mirar, y eso no pasa casi nunca. A los cinco minutos alzo la cabeza y me lo encuentro frente a mí. Me sonríe y me dice: "sólo venía a oler, me encanta cómo huele la librería, os voy a echar de menos". Antes de que me seque las lágrimas, cargue el desfribilador, le haga la ola y me suba la camiseta tapándome la cara y corra en círculos en plan loco suicida por la tienda, el cabrón desaparece.

Phil Lynott enseñándonos que nunca hay camino demasiado difícil ni lugar del que no se pueda regresar
CUATRO: Ayer. Uno de los cinco yonkis habituales entra en la tienda. ¿Me conoces? me pregunta. Claro, le digo (y pienso, vamos hombre, no me jodas). Regularmente se pasan por la tienda a darme pequeños sablazos. Me cuentan histórias ridículas de juntas de culatas rotas de coches que no poseen, de potitos o de pañales para niños que no tienen o de bocadillos que necesitan comprar pero no que yo les haga. Con los cinco he acabado discutiendo y los cinco me han sableado alguna vez. El de ayer, tras preguntarme si le conocía, se me quedó mirando fijamente pero sin verme; me balanceé un poco pero sus ojos siguieron fijos en un punto indeterminado detrás de mí. ¿Sabes lo que me ha pasado? arranca. Mi madre me ha dado seis euros para comprar pan y atún, pero iba para el mercadona y he visto dos campanas; con una moneda las luces han hecho fiuuu y dos camapanas y un plátano. He echado otra moneda y casi la tenía. Cuando me he dado cuenta me he gastado los seis euros. La puta máquina tragaperras me ha dejado sin nada. Déjame seis euros, hazlo por mi madre... Si hubiese sabido que estoy enganchado a la primera temporada de The Wire con la puta y asquerosa verdad igual hubiese ablandado mi corazón. En cuatro años y medio consideré que ya me han puteado bastante.

"First we take Manhattan, then we take Berlin. I'm guided by a signal in the heavens. I'm guided by this birthmark on my skin..."
SEIS: Navidad. Mientras envuelvo unos libros a una mujer. No hay nadie más en la tienda y su hija de cuatro años mira y desordena una mesita baja donde tengo algunos libros de ensayo y filosofía. La mujer regaña a su hija y le dice que no toque, que sea obediente, que deje de portarse mal y que lea los títulos pero que no toque los libros. Han pasado por aquí auténticos niños tiranos más salvajes que esa niña, pero opto por no contradecir a su madre dándole permiso para que toque los libros. Mientras envuelvo el último libro acaba el disco que estaba sonando y se hace el silencio. La niña dice: Mamá.... La madre contesta: Quéééé.... quieres.... La niña dice: ¿Qué es el marxismo? mientras señala un libro de la mesa con una foto imitando la portada de Sgt. Peppers de los Beatles pero con toda la intelligentsia comunista...Librero rompe a reir y la mujer mira a la niña y enrojece, hasta que el librero enmudece y a su vez empieza a enrojecer , justo cuando la mirada de la mujer se vuelve totalmente inquisitiva hacia el pobre librero, que lo único que desea hacer es regalarle a la niña ese libro titulado "Marxismo para principiantes" (Ed. Longseller).

Rótulo luminoso que en el patio de la casa
del librero quedaría fetén pero no puede ser...

OCHO: Antes de ayer. La imagen de la inmensa y radiante sonrisa que acompaña a la cara de sorpresa de una mujer al contestarle el librero que por supuesto que sabe qué son los mandalas y que sí existen libros para colorear mandalas y que en cuatro días tiene un libro así. "Por fin encuentro a alguien que no me toma por loca", dice, "no sabes en la de sitios que he preguntado, hasta mi marido me decía que esas cosas no existen, que eran fantasías mías. En cuanto pinte el que me consigas vendré a por más". Por no cortarle el rollo el librero no se atrevió a decirle que el més que viene no estará. Le ha pedido dos  ejemplares distintos.

Poema de Rodolfo Quintero-Noguera

DIEZ. Librero friega la tienda. Librero deja el mocho a su lado y gruñe al ver el cubo en la otra punta, al lado de la puerta, pues ha ido fregando de espaldas. Librero deja un pasillito de baldosas sin fregar hasta el expositor del centro para poder pasar y colocar unos libros que le acaban de llegar. Librero tropieza. Libros salen volando, uno de ellos vuela más de lo lógico, rebota con el lomo en la estantería, entra en barrena y cae en el cubo tan limpiamente como un tripe de Larry Bird en el último segundo. Librero va hacia el cubo, se escurre con el piso aún húmedo y mientras da con la rodilla en el suelo piensa, "la rodilla no, la rodilla no...que soy autónomo, joder". Mete la mano en el cubo y saca el libro "La sociedad del esptectáculo", Ed. Pre-Textos, 13 €, totalmente empapado. El librero pasa a modo Mr Bean meets Hulk y espeta "me cago en Guy Debord, el los situacionistas y en la puta madre de la vaca que ríe" mientras una monja anciana con hábito blanco de la residencia de ancianos que está a dos manzanas de la librería le mira desde la calle. El librero le mira asu vez y piensa, "como se santigüe meto mi cabeza en el cubo". En vez de eso la monja pregunta como si nada "¿te quedan evangelios del 2011?". Si, claro. "Pues quiero tres". Aunque el librero cojea visiblemente la monja apuntilla, "Si no te importa mejor no entro y me los sacas aquí, no vaya a ser que me escurra yo también..."

DOCE: La semana pasada. Adolescente levemente alolitada entra y se dirige a la sección infantil. Mira (al final los jóvenes son los únicos que vienen y miran un rato antes de elegir). En la pecera suena "Nubes de Papel", el último Depedro y el librero ve que mueve la cabeza y canturrea alguna letra. Pone sobre el mostrador "Memorias de Idhun. La Resistencia", de Laura Gallego (20,95€) y le pregunta a librero cómo está ese libro, que se lo han recomendado sus amigas de clase. Depende de lo que quieras leer, responde el librero. Algo, dice ella, ¿éste es muy fantástico? El librero piensa qué puede significar que un libro sea poco o muy fantástico. Opta por decir de nuevo, depende. ¿Y algo más....? dice ella. El librero le da "El guardián entre el centeno" y "El vaso de plata" de Antoni Marí (precioso). Tras ojearlos (y hojearlos) ella dice, ¿cuál es mejor? Y el librero dice, elige tú. Ella elige "El vaso de plata", pero el librero cree que lo hace más por que no hay tanta diferencia de precio entre ese (13,95) y el de Laura Gallego que quería llevarse que con el de Salinger (7,95). Por el precio no lo hagas, dice. No, no, me apetece éste, dice ella. Al salir de la tienda al librero le da por pensar en eso que llaman efecto mariposa y en la cantidad de veces que ha hecho algo parecido a lo largo de los años.

El descanso del librero

viernes, 30 de abril de 2010

Sergéi Dovlátov olvidó una maleta en el Vips

Cuando vivía en Madrid iba mucho a los vips a por libros, incluso cuando ya trabajaba en una librería. En la sección de saldos, al menos hace años, encontrabas verdaderas joyas. Los libros-revistas “Almanaque” que editó Random House de manera un tanto efímera, las encontré ahí. No sé qué año fue, pero lo primero que leí de Bolaño estaba incluido en uno de esos números. Cito de memoria… “Tengo una buena y una mala noticia, la buena es que hay vida después de la vida; la mala es que Jean Claude de Villevenue es necrófilo…” Bang. “Historia con Monstruos” de Fresán estaba en el mismo número. Gran número… Cuando curraba en Pasajes muchas mediodías no volvía a casa, no me daba tiempo; bueno, sí me daba, si dejaba hecha la comida, llegaba, comía y hacía la cama mientras me tomaba un café, sí me daba tiempo, pero no era lo habitual. Así que muchas veces acababa curioseando en el vips más cercano después de comer. Ya, ya sé que no es muy normal currar en una librería y utilizar tu par de horas libres a mediodía para ir a curiosear más libros, pero en mi defensa diré que el café está muy rico y además, podías comerte una modesta copa de Browne con helado por muy poco… Alimento para el alma… Un día entré y estaban saldando libros de la Editorial Metáfora, seguramente una de las pérdidas más tristes del mundo editorial de la pasada década, y no es exageración. Su fondo era admirable (ideal para mis gustos), el diseño homogéneo y atractivo, las traducciones buenísimas, pero quebró. Y su fondo acabó donde acaban todos, en ese purgatorio aséptico e impersonal, badulaque, alacena desastre que son los vips. Me compré todos los que pude. Y si llego a saber los autores que iba a descubrir, me hubiera proveído de otros ejemplares para regalar. Metáfora fueron los primeros en editar a Miljenko Jérgovic, recuperaron a Danilo Kis antes de que Jaume Valcorba y su Acantilado lo recuperaran de nuevo, editaron un texto inédito de Hrabal, y publicaron “La Maleta” de Sergéi Dovlátov. Últimamente he llegado a la conclusión de que el libro electrónico no me importa, me he vuelto un hipócrita cínico con ese asunto. Si quiero puedo abastecerme y tener libros hasta que me muera. Siempre habrá en las calles de Madrid viejos casposos con cara de degenerados o de arruinados profesores universitarios vendiendo libros usados sobre una sábana. Quien quiera leer en una pantallita de un e-book sabiendo que entre sus manos está no sólo el libro que lee sino 5.900 más, allá él. Soy un fetichista, y no me avergüenzo. Donde pone "drogas" en el dicho formado junto a sexo y rocanrol, pon "seda, nylon, vinilo y papel" y me harás un hombre feliz.

Jérgovic, Kis y Dovlátov son unos cuentistas inmensos. A los que hay que leer y releer. A veces pienso que cuando los e-book abaraten tanto la edición de un texto que únicamente gane dinero el dueño de la fábrica de chips y el dueño de la marca del aparatito y dejen de traducirse textos porque nadie va a pagar a un traductor (ni a un escritor), no va a haber manera de conocer a escritores como estos y nos tendremos que quedar con el producto patrio... que por mucho que quiera, nunca podrá escribir como un eslavo, y a mí me vuelve loco la manera en la que a veces escriben los eslavos. De todos los libros que me dejó mi tío Iniesta, guardo con especial afecto y paranoia “Cuentos húngaros”, un librito maravilloso de hojas ya no amarillas, sino directamente marrones, de la editorial Hispano Americana, que data de 1958. De los 19 autores sólo “ha pasado” a los anales Sandor Marai, pero ahí hay cuentos que valen el asalto a un castillo para poder leérselos a una voluptuosa cocinera mientras la princesa sigue durmiendo y esperando a quien quiera que espere. Si no soy capaz de cerrar los ojos y visualizar dónde está exactamente ese libro en la estantería, me pongo nervioso. No me gustaría perderlo por nada del mundo. Como mis libros de Metáfora. Sí, son libros agotados, y últimamente parece que sólo hablo de libros agotados, pero tanto Jergovic, Kis, Hrabal y Dovlátov son autores que (gracias a los dioses) se pueden encontrar sin mucha dificultad.

Sergéi Dovlátov murió en Nueva York la mañana del 24 de agosto de 1990, nueve días antes de cumplir 49 años. Murió en una ambulancia que intentaba abrirse paso por las calles de Brooklyn. Los dos enfermeros puertorriqueños se preguntaban quién era ese gigante de más de dos metros, corpulento, de bigote y rostros caucasianos, que parecía más un tractorista borracho que un escritor ruso. Murió intoxicado por una enfermedad que padeció toda la vida: el alcoholismo.

Para saber quién era Sergéi Dovlátov sólo hay que leerle. No se calla nada, no se guarda nada y a la vez todo lo esconde y todo lo silencia. Había nacido en septiembre de 1941 en Ufa, durante la evacuación de Leningrado por el asedio nazi en la segunda guerra mundial. Su vida en la ex URSS la pasó entre Tallin (Estonia) y Leningrado, leyendo y escribiendo, pero sin poder publicar nada. Fue en 1978 cuando emigró a Nueva York, ciudad en la que siempre viviría y en donde publicó, en ruso, la mayor parte de su obra. Sus libros aparecieron después en inglés con gran éxito, tal vez debido a que era un autor relativamente fácil de traducir, dueño de una sintaxis llana que no se diluye en el trasvase de una lengua a otra y que hace sentir al lector como si dialogara de igual a igual con el autor.

De su libro de notas se leen cosas así:

“Recuerdo que una vez adquirí un libro de Brodski de 1964. Pagué una cantidad considerable, como si fuera una rareza bibliográfica. Si no me equivoco, cincuenta dólares. Luego, le comenté a Joseph lo sucedido. Me dijo:

-Y yo no tengo ese libro.

-Si quiere se lo regalo -le expresé.

Joseph se sorprendió:

-¿Y qué voy a hacer con él? ¿Leerlo?”

Joseph Brodski, su amigo, lector y confidente en Nueva York, escribió: “Dovlátov fue sobre todo un maravilloso estilista. Sus cuentos se fundan ante todo en el ritmo de la frase; en la cadencia del lenguaje del autor. Están escritos como poemas: el argumento en ellos tiene una importancia secundaria, que sirve sólo de pretexto para el lenguaje.”

Me gusta verme como un coleccionista de Dovlátov, la editorial Ikusager saca de vez en cuando algo de él, y allí estoy yo. El reduccionismo gilipollas al que da pie su biografía da para ganarse unos buenos latigazos, y desde luego no por una señorita turgente. Me preocupa que se utilice a un nihilista genial como Dovlátov con fines mezquinos sin ver que el existencialismo del que hace gala tiene, digamos, miras universales. No apunta a un gobierno sino a uno mismo. Es autodestructivo, autoaniquilativo, es como un espejo al que le faltara un trozo, y ese trozo te lo pusiera él mismo en la mano. En Rusia Dovlátov no puede hacer nada. Emigra a los EEUU y adquiere fama y gloria. La coyuntura es política, Dovlatov no. “La mayor tragedia de mi vida ha sido la muerte de Anna Karenina” escribió. Tal vez sea cierto que todo en esta vida sea política, pero el dolor es otra cosa. Dovlátov se automargina, no le gusta la imbecilidad humana. Todo lo esconde el alcohol, todo menos la memoria. Su memoria es suya, describe su entorno como algo necesario, que le ubica aunque a la vez le destruya. Critica la imbecilidad humana, y el más humano es él. Se automargina y el alcohol aparece como la consecuencia natural de lo anterior.

Cuando abrí “LA MALETA” en aquel vips olvidé que estaba solo. Lo que se dice amor a primera vista:

Traducción: Justo E. Vasco PRÓLOGO:

“En el Departamento de Visas y Registro, va aquella zorra y me dice:

- Cada emigrante tiene derecho a tres maletas. Esa es la norma establecida. Hay una resolución especial del ministerio.

No tenía sentido objetar. Pero, por supuesto, objeté.

- ¡¿Solamente tres maletas!? ¿¡Y qué hace uno con sus cosas!?

- ¿Por ejemplo?

- Por ejemplo, con mi colección de coches de carreras.

- Véndala – respondió de inmediato la funcionaria; y añadió, frunciendo levemente las cejas: - Si algo no le satisface, escriba una reclamación.

- Estoy satisfecho – le digo.

Después de la cárcel todo me satisfacía.

- Entonces, compórtese correctamente…

Una semana después recogía mis cosas. Y como se vio después, me bastaba con una sola maleta.

Sentía tal conmiseración hacia mí mismo que estuve a punto de sollozar. Tenía treinta y seis años. De ellos, llevaba dieciocho trabajando. Algo ganaba, algo compraba. Creía ser dueño de algunas propiedades. Pero el resultado cabía en una maleta. Para colmo, de dimensiones más que modestas. ¿Era yo, entonces, un mendigo? ¿Cómo había llegado a aquello?

¿Los libros? Básicamente, tenía libros prohibidos. La aduana no permitía sacarlos. Tuve que regalárselos a conocidos, junto con lo que yo llamaba mi archivo.

¿Los manuscritos? Hacía tiempo que los había enviado a occidente, por vías secretas.

¿Los muebles? Llevé el escritorio a la tienda de segunda mano. Las sillas se las quedó el pintor Cheguin, que hasta ese momento se las arreglaba con cajas vacías. El resto lo tiré.

Así me largué, con sólo una maleta. Era de aglomerado, forrada de tela, con refuerzos niquelados en las esquinas. La cerradura no funcionaba. Tuve que atar mi maleta con las cuerdas de tender la colada.

Alguna vez fui al campamento de pioneros con esa maleta. En la tapa, con tinta, estaba escrito: “Grupo infantil. Seriozha Dovlátov”. Y a un lado, alguien había grabado cariñosamente; “limpiaculos”. La tela estaba raída en algunos lugares.

En la tapa, por dentro, tenía varias fotos pegadas. Rocky Marciano, Armstrong, Iosif Brodski, la Lollobrigida en ropa interior. El aduanero intentó arrancar a la Lollobrigida con las uñas. Sólo pudo arañarla.

Pero no tocó a Brodski. Se limitó a preguntarme quién era. Le respondí que un pariente lejano…

El dieciséis de mayo llegué a Italia. Vivía en el hotel romano “Dina”. La maleta quedó metida debajo de la cama.

Al poco tiempo, recibí algunos honorarios de las revistas rusas. Compré unas sandalias azules, unos vaqueros de franela y cuatro camisas de lino. Y tampoco abrí la maleta.

A los tres meses me trasladé a Estados Unidos. A Nueva York. Primero viví en el hotel Rio. Después, con amigos, en Flushing. Finalmente, alquilé un piso en una buena zona. Guardé la maleta en el rincón más lejano del armario empotrado. Y tampoco desaté la cuerda de tender la colada.

Transcurrieron cuatro años. Nuestra familia se reconstruyó. Mi hija se convirtió en una norteamericana adolescente. Nació mi hijo. Creció, y comenzó a hacer travesuras. En una ocasión, mi esposa, perdida la paciencia, le gritó:

- ¡Métete ahora mismo en el armario!

El niño niño pasó unos tres minutos en el armario. Después, lo dejé salir.

- ¿Te dio miedo? – le pregunté-. ¿Lloraste?

- No – respondió-. Me senté sobre la maleta.

Entonces saqué la maleta. Y la abrí.

Encima de todo había un buen traje cruzado. Ideal para entrevistas, simposios, conferencias, recepciones. Creo que habría servido hasta para la ceremonia de entrega del Nobel. Después, había una camisa de popelín y unos zapatos, envueltos en papel. Más abajo, una chaqueta de pana forrada en piel sintética. A la izquierda, un gorro de invierno, de falsa nutria. Tres pares de calcetines finlandeses de crespón. Guantes de conductor. Y, finalmente, un cinturón militar de cuero.

En el fondo de la maleta había una página de Pravda, correspondiente a mayo del ochenta. Un gran titular anunciaba: “Larga vida a la grandiosa doctrina”. Y en el centro tenía un retrato de Carlos Marx.

Cuando era escolar, me gustaba dibujar a los lideres del proletariado mundial. En especial, a Marx. Echaba un borrón de tinta y ya se le parecía…

Contemplé la maleta vacía. En el fondo estaba Carlos Marx. En la tapa, Brodski. Y entre ellos, una única vida, invalorable, perdida.

Cerré la maleta. Dentro rodaban las bolitas de naftalina cabiendo ruido. Mis cosas yacían en un montón sobre la mesa de la cocina. Pensé: ¿y de veras, esto es todo? Y me respondí; sí, es todo.

En ese momento, como se suele decir, me abrumaron los recuerdos. Seguramente se escondían entre los pliegues de aquellos trapos miserables. Y ahora habían escapado. Recuerdos, cuyo título debería ser “De Marx a Brodski”. O, digamos, “Mis riquezas”. O quizá simplemente, “La maleta”…

Pero, como siempre, el prólogo se hizo largo.”

Pagué el café, cogí todos los libros que había de aquella editorial, y salí de allí.


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...