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viernes, 13 de enero de 2017

Cinco contra uno (rescates). Un puñado de discos que me marcaron y que aún hoy sigo escuchando

Hace varios meses me escribió un amigo (desconocido apreciado y seguido de las redes sociales) para decirme que había escrito una reseña sobre mi novela "La muñeca rusa" y que un magazine digital la iba a publicar. Alex (que así se llama) y yo nos escribimos a menudo. Siempre con cierta educación y distancia, pero también a menudo con una extraña cercanía. Me hizo mucha ilusión, por supuesto, sobre todo porque me interesa muchísimo lo que Alex tenga que decir sobre la historia de Irina y Milos y lo que eso me haga repensar a mí sobre la misma. Me dijo que al director de dicho magazine le interesaría un breve escrito mío sobre una sección que tienen titulada "Cinco contra uno", es decir, cinco discos que te hayan marcado y un "díscolo" que te haya defraudado o  al que le tengas cierta tirria. Dije que sí, por supuesto. Estas cosas me hacen mucha ilusión y me las suelo tomar muy en serio. Además, tampoco quería defraudar a Alex, así que me puse. Se lo envié y me dijo que gustó. Como sé que los ritmos de edición en estas cosas son muy lentos, no quise pecar de impaciente y, puesto que la novela ha pasado, no ya sin hacer mucho ruido, sino sin hacer casi ninguno, y mi editorial, aunque heroica y voluntariosa como ninguna, no es importante (dentro de ciertos esquemas), sabía que igual la reseña y este artículo no salían. Bueno, han pasado seis meses y me he vuelto a encontrar el archivo de mis "cinco contra uno" mientras ordenaba una carpeta con textos y me ha dado penilla. Y digo penilla porque me lo pensé mucho y a la vez disfrute mucho escribiéndolo, así que lo rescato. Aún no sé cómo era la critica de Alex, y me he cansado de mirar la página del magazine como un histérico obsesivo o un niño aburrido en el asiento de atrás de un coche. Son cinco y uno, con su historia personal; seguramente si lo escribiera hoy serían otros cinco y uno distintos, o quizá no, quién sabe....



Cinco contra uno

The Cult. Electric.
Pongámonos en situación: Mediada la década de los ochenta. Un pueblo en el páramo manchego donde al kiosko, a lo sumo, llega, si llega, la revista Metal Hammer y la Superpop, y donde los jueves estaciona una furgoneta en el mercadillo municipal con vinilos y casetes de todo tipo (tirando a serie media). Durante meses ahorro lo que me da mi padre por currar en la lavandería y la propina de mi abuela los domingos para, aprovechando las dos semanas de vacaciones en un apartamento enano en la playa a finales de julio, cuando vamos a hacer la compra a un megahipermercado cerca de Alicante en primer día, visitar la sección de discos y gastarme toda la hucha. Verano del ’88. A punto de los catorce. Llevo una lista pero casi nunca encuentro lo que busco, así que tiro de oídas y me fio del orden en el que está colocado. Así descubro a Fleetwood Mac, Vanilla Fudge, Sleepy LaBeef, Love… The Cult me suenan, de la radio quizá, no lo sé, pero esa portada es magnética. La carpeta desplegable hace que aumente mi fascinación. Ahí están Astbury, Duffy, Stewart y Warner mirándome amenazantes y altivos. Leo por primera vez el nombre de Rick Rubin. Lo compro sin dudarlo un instante. He de esperar quince días para escucharlo porque allí no hay tocadiscos (no hay ni lavadora). Cuando al final lo hago, después de horas viendo esas fotos, sonrío como un idiota. Citar alguna canción es inútil. Quiero una guitarra y la quiero ya. Un disco que se abre con “Wild Flower” no puede ser malo. Un disco cuya cara A termina con “Bad Fun”, le das la vuelta y arranca la B con “King Contrary Man” pasa a convertirse en la coz que tu corazón necesita. “Love Removal Machine” del tirón y el “Born to be wild” más bruto y machacón que nunca he escuchado. Al llegar “Outlaw” estoy agotado… Pero aún está “Memphis Hip Shake”… Me arrastro como la canción… Termina y lo pongo de nuevo… Por un instante me siento invencible. Ese disco es sin duda lo que anuncia, eléctrico, y el nombre del grupo pasa a convertirse en mi culto; hasta hoy, cuando escucho Hidden City y me siguen emocionando igual.


091. El baile de la desesperación
Ahora que han resucitado y la justicia poética por una vez cumple lo que pregona, es de ley decir que este disco es fundamental. “La vida qué mala es”, “Este es nuestro tiempo”, “San Martín”, tres canciones para dejar claro que fueron únicos y que lo siguen siendo. Sólo ellos han igualado semejante trío inicial en sus dos discos posteriores. “Corazón Malherido” duele, y José Antonio canta como el puto amo una letra de Lapido que toma un lugar común y lo convierte en particular, sólo para ti. “La canción del espantapájaros”, la cual han desnudado en directo incidiendo en su cara dramática, siempre me ha gustado sin embargo más en esta versión, tan pop, tan resultona, tan jodida en el fondo. Es la virtud del rock, cantar las cosas más jodidas sobre una lozana base musical para conjurar los golpes de la vida. Las cinco canciones que quedan son una fuente y una declaración en sí mismas. “El baile de la desesperación”, “El lado oscuro de las cosas”, “Un camino equivocado”, “Un día cualquiera” y “Atrás”. Las guitarras por fin rujen como los Cero querían después de tantos años. Una producción algo deficiente (en comparación a lo que vino después) no borra la urgencia de unas canciones gloriosas en sí mismas. Los Cero demostraron que, lamentablemente, en este país, sólo era posible una retirada con la cabeza alta antes de perderla (en el olvido o el cheque). Sé que Tormentas Imaginarias es mejor, pero a mí me ganaron para siempre con este. Que los dioses salven a los Cero.


The Doors. L.A Woman.
Podía haber puesto cualquiera de la banda de Jim Morrison, pero he optado por el último. Con la misma estructura que su debut, cada cara del disco se cierra con una canción larga. Desde su inicio con la tremenda “The Changeling”, Morrison canta como nunca, su voz de barítono se ha endurecido por los excesos, convirtiéndose en un arma evocadora y punzante. “Love her madly” es una manzana envenenada, y “Been down so Long”, nada más empezar, te parte por la mitad. El bajo de Jerry Scheff da libertad a Manzarek para jugar con las canciones y a la vez seguir haciendo que su teclado sea la base de las mismas. Robbie está excelso, se gusta, y se nota. Desmore está elegante y deja de nuevo claro que no es un batería de rock de montón, sino un músico de jazz que toca rock, o un músico de rock que quiere tocar jazz, da igual. “Cars hiss by my window” es una vacilada sublime. “L.A. woman” vale toda una carrera: oda decadente que sirve de despedida a una ciudad bajo un manto rabioso y energizante de un grupo de instrumentistas en estado de gracia. “L’America” abre la cara B descolocando, psicodelia que no quiere dejar de tener sabor a blues. “Hyacinth house” tiene una letra gloriosa y premonitoria, y para mí es una de sus canciones más bonitas. La versión del tema de John Lee Hooker (“Crawling King Snake”) destierra una vez más todo rastro de vender a Jim como un Adonis pop. “The Wasp” es amarga porque deja entrever nuevos caminos por transitar de una banda que se estaba despidiendo sin querer ser consciente de ello (dicho tema es la base para “An American Prayer”). El cierre con “Riders on the Storm”, vista a través del famoso juicio de Miami (y lo que supuso no sólo para la historia del grupo sino como siniestra clausura de una década llena de acontecimientos históricos determinantes), es la canción perfecta, simple y llanamente es así, con Morrison relatándonos el porqué de todo lo que ha hecho y qué es lo que realmente han sido, ofreciéndonos una maravillosa letanía respaldado como nunca (y como siempre) por Ray, Robbie y John.


Jethro Tull. Thick as a Brick.
Más de media vida (mía) llevo escuchando este disco y no me canso ni un segundo. Sólo por eso merece figurar aquí. Ian Anderson, uno de los frontman definitivos, intentó un cuádruple salto mortal impulsado por la retranca de Monty Python y parió una maravilla que merece veinte años de escuchas y veinte más que le dedicaré. Presentación, idea, cover art, composición, ejecución, lírica, arreglos, todo es perfecto en este disco. El álbum total. Lo tomas o lo dejas. Obligatorio tenerlo en vinilo, ese es su mundo y su sentido. Las capas y los niveles en los que se mueve siguen siendo un misterio para mí. Siempre pienso que es más de lo que aparenta o capto. ¿Una broma, una genialidad, una boutade suprema? Para mí una de las cimas artísticas del siglo pasado. Y comercialmente encima les salió bien, lo cual nos obliga a mirar esos años con indudable nostalgia y sorpresa. Un disco de más de cuarenta minutos con una sola composición dividida en dos partes basado en un supuesto poema de un niño y envuelto en un ficticio periódico lleno de noticias brillantes, pasatiempos, horóscopo y obituarios incluidos. La letra es una maravilla críptica, tan desvergonzada como lúcida a la vez… “Really don´t mind if you sit this one out… My words but a whisper… your deafness a shout…”. Un grupo en estado de gracia remata todo. Martin Barre, John Evans, Jeffrey Hammond-Hammond y Barriemore Barlow respaldando a Anderson e impulsándolo todo bajo una mezcla de estilos y referencias apabullantes, sin respiro, sin un paso en falso, rematando la jugada los arreglos y dirección de un indispensable y digno de estudio (vital y musical) David Palmer. Lo siento, no puedo ser objetivo, amo este disco; he escrito centenares de páginas escuchándolo y dejándome llevar.


The Jayhawks. Tomorrow the green Grass.
Compré este disco después de escuchar “Blue” en “De 4 a 3”, de Paco Pérez Bryan en Radio 3, en 1995. Olson y Louris tocando el cielo. Nunca me arrepentiré. “I’d run away”, “Miss Williams guitar”, la preciosísima “Two Hearts”, “Real Light”, “Over my Shoulder”… Para cuando llega “Bad Time” ya estás sobre aviso, pero eso no te evita el subidón. Es increíble cómo esas voces se empastan y armonizan de ese modo, cómo la guitarra acústica se enreda con la electricidad de una Gibson SG, cómo tocan la fibra sin parecer pretenderlo. Y encima es una versión. La cara B sigue la estela, y cuando la calma parece haberse instalado con “Red Song”, como si el disco fuese a terminar con esa mirada crepuscular al desierto, llega la subida de “Ten Little Kids”. Big Star, CSNY, The Byrds, Gram Parsons… todo junto sonando con personalidad propia. Este disco me salvó la vida una noche de 2002 en un hospital en obras, lleno de cables y partido por la mitad. Me lo había grabado en una cinta en casa para escucharlo allí porque sabía que lo iba a necesitar. Aún usaba walkman. Cuando me fui de aquel lugar se lo regalé a una enfermera de la planta. “I could take a little hint from you, and I’d run away”.

Contra UNO.
Uriah Heep. Abominog

He estado tentado a entrar a saco y recordar lo estafado que me sentí cuando en su día compré “Usar y Tirar” de M-Clan o el primero de Los Planetas (y último para mí, su rollo no va conmigo), pero no. También he pensado en intentar explicar mi frustración ante los últimos discos a medio gas de Gov´t Mule o la complacencia del camello de Wilco. Tampoco quería hacer leña del árbol caído del madelman Lenny Kravitz (tremendo tocomocho). En tiempos tan fugaces como los de ahora es normal que haya bajones en las carreras de grupos longevos (lo que hizo Bowie en cinco años, del 69 al 74, o Janis Joplin en tres, no lo volveremos a ver jamás, pero tampoco podemos pedirle a grupos actuales que ya llevan quince o veinte años, el mismo ardor guerrero de sus primeros años). Así que tiro de disco con trampa…y termino como empecé. Pongámonos en situación: Mediada la década de los ochenta. Un pueblo en el páramo manchego donde al kiosko, a lo sumo, llega, si llega, la revista Metal Hammer y la Superpop, y donde los jueves estaciona una furgoneta en el mercadillo municipal con vinilos y casetes de todo tipo (tirando a serie media). Sin saber quién me había suscrito, a mi casa llegaba el boletín del Discoplay. Empiezo a crear mi discoteca lo mejor que puedo, a base de oídas, intuición y casetes grabadas en el patio del colegio. Tiro de primeras impresiones con las portadas del BID. La de Uriah Heep con Abominog me llama la atención mes tras mes, pero me da miedo, literalmente, y lo voy dejando. Me espero el infierno tras ese diablo rabioso. Mi vecino del tercero me pasa Ride the Lighting de Metallica y Holy Diver de Dio. Mi mundo se llena de tachuelas; los logos de Maiden, Overkill, Raven o Anthrax son cincelados en mi carpeta estudiantil. Ahorro un poco y me pido por fin el de Uriah Heep… Llega a casa, lo pincho y… efectivamente, el pinchazo fue antológico. Teclados de la época y melodías almibaradas no me dejan apreciar las virtudes que esconden sus surcos. Maldigo cada peseta invertida, miro esa carpeta diabólica y no entiendo nada… Llega la tercera canción (“On the Rebound”) y me rindo definitivamente; no debería, pero la juventud es vehemente y yo creo querer otra cosa. Levanto la aguja y lo guardo entre maldiciones gitanas. Ese fue mi primer desencanto de muchos, y si lo rememoro es porque, curiosamente, ahora es un disco que me encanta y escucho bastante, incluso más que sus magnas obras de los setenta. Igual soy yo, que me he enmoñado a pasos agigantados, pero este es uno de los casos en los que la espera y la paciencia han tenido su recompensa. “Too scared to run”, “Chasing shadows” o “Think it over” me parecen temazos. El trabajo vocal de Peter Goalby es digno de mención, en la estela del enorme Lou Gramm. Mierda, echo en falta cantantes así. El regreso a Uriah Heep de Lee Kerslake, trayéndose de paso a un inmenso Bob Daisley, tras su aventura con Ozzy (y menuda aventura), recargó las pilas del eterno Mick Box. Ya lo dijo Willie Dixon, nunca juzgues un libro por su portada… 

viernes, 14 de mayo de 2010

De gemelas adorables, futbolistas fantasmas, casas de auxilio social y otros referentes culturales

Dos niñas gemelas han entrado a la librería, con una gran sonrisa, una de ellas con un billete de diez en la mano, la otra preguntando si tenía libros de Kika Superbruja. Es viernes, casi las siete de la tarde, pero ninguna de las dos se ha quitado aún el uniforme del colegio de monjas. Sonríen tanto y me parecen tan simpáticas que les enseño animado los libros de Kika que hay y las dejó tranquilas. Desde el mostrador las miro de reojo, decidiendo qué libro se llevan al final, muy juntas, dándose codazos y riendo. Una de ellas lleva el calcetín del la pierna derecha caído. Esa es la única seña que tengo para distinguirlas. Los gemelos son como los albinos, me producen cierta fascinación, como si supiesen algo que los demás no sabemos, como si se comunicasen de un modo que los singulares no logramos comprender. Una traía el libro en la mano, la otra el billete, apenas sobresalían sus caras por encima del mostrador. No dejaban de sonreír. De manera automática y teatral una me ha dado el libro, la otra me ha dicho que si lo podía envolver para regalo, la otra ha dicho sí..., yo lo he envuelto, una me ha dado el billete mientras la otra cogía la bolsa con el libro, le he dado el cambio a la del calcetín caído mientras la otra decía gracias... y antes de que me diera cuenta salían de la tienda dando saltitos y diciéndome al unísono hasta luego, como si estuviesen cantando una canción.

Mientras me sentaba ha entrado una pandilla de chavales, no tendrían más de catorce. Seis, por lo menos, o quizá siete. La Pecera es pequeña y más de cinco personas adultas ya hacen que me pierda contando. Venían a por otro libro para regalar. El de la moda de los candados en el puente, ese que el título es la coletilla de los enamorados al coger el teléfono, y bien podría haberse titulado "cuelga, no, cuelga tu, no venga, cuelga tu" que seguiría siendo igual de llano y común. Oírles hablar ya de por si es un show. Una le preguntaba a otro "¿de qué va "Cinco horas con Mario"' Tengo el examen del lunes y no tengo ni zorra...", mientras, la chica que estaba conmigo en el mostrador (también con el billete en la mano, lo cual me ha hecho gracia pero ella no ha entendido por qué sonreía) ha comenzado a gritar "ese libro está de puta madre, chaval... Ahora te cuento de qué va... así no tienes que leértelo, que el Marcelo no se entera de ná..." Imagino que el Marcelo debe ser el profesor, y también imagino que para esa chica, que un libro esté de puta madre no implica que tengas que leértelo, con que te lo cuente alguien, vale... Uno de los chavales, que viene bastante, solo, me ha preguntado por "Mil soles espléndidos". Cuando le he dicho que sí lo tenía, el me ha contestado que ya vendría luego. "¿A quién se lo vas a regalar, chaval?", le ha gritado alguien, y él me ha mirado sin contestar. Sin que nadie dijera nada, me he puesto a envolvérselo. Ese momento de silencio lo ha roto el grito histérico de una de las chicas, un grito que me ha asustado porque al alzar la vista he visto a una adolescente casi tan alta como yo dando saltitos, agitando las manos y con la boca en plan puchero, y he pensado... bueno... no he pensado nada en particular, simplemente me he asustado. Ha sido uno de sus amigos que la ha abrazado, más para pararla en su rítmico saltar que en calmarla, el que le ha preguntado qué le pasaba. "Lo quiero, lo quiero, lo quiero...." no paraba de decir a punto de echarse a llorar... y señalaba un libro...

Yo no salía de mi asombro. Todos mirábamos a aquella chica con una mezcla de inquietud y perplejidad, a la espera del bofetón a lo Bogart de alguno de los presentes, o de que alquien le soplara en la cara, como le hacen a los bebés cuando se quedan privados, pero mientras la mirábamos, perplejos, sin atrevernos a hacer nada, ella ha alcanzado a coger con sus temblorosas manos el libro en cuestión y a enseñarlo como si fuera un Golum hembra atiborradita de estrógenos. Cuando hemos visto que el libro era la autobiografía de Diego Forlán y que la niña estaba así por la portada, me han entrado ganas de parafrasear a Gandalf y decirle a sus amigos "corred insensatos" y, en vez de poner yo también piés en polvorosa, pedir que se llevaran con ellos a ese monstruo desbocado (y podría decir descocado, pero en honor a la verdad había poca femineidad en su actuar), para que hiciese lo que considerase pertinente pensando en futbolistas (cada cual es libre de tener los referentes estéticos o eróticos que quiera) en cualquier otro lugar... Yo nunca me he puesto así por un libro... bueno, a lo mejor cuando encontré la primera edición argentina de "Los premios" de Cortázar y no llevaba ni un duro en un puestecito de libros usados en Villanueva de los Infantes el año pasado; puede que montara un numerito en plan "señor, por qué a mí, por qué yo, por qué...", pero que yo recuerde, ni grité ni lloré... Igual si en la portada hubiese estado Aitana Sáchez Gijón no digo yo que no (cosa por otro lado espacial y temporalmente imposible, me hago cargo), pero eso nunca lo sabré... De todos modos, a pesar de que la portada del libro de Forlán sea más o menos sexualmente tendenciosa, reconozco que tengo cierta aversión a ese alzamiento a los altares estético-vitales de los deportistas de élite (si estuviéramos en Grecia en el siglo V A.C., a lo mejor), donde ellos se miran reflejados y por los que ellas (y algunos ellos) suspiran. Claro que lo dice alguien que de pequeño decía que quería ser como el capitan Furillo antes que como el del coche fantástico, como Rod the Mod o Errol Flint (esa pelícuas de sobremesa de los sábados...) o como Ian Astbury (por pedir...) antes que como... no sé, me he ido de madre, lo sé, pero antes que quién quiera que fuesen los que decorasen las carpetas de mis nífulas coetáneas (¿Quini, "Bion Borj"? ¿"No sé qué" Astley?... ¿los de corrupción en Miami? ¿New kids on the block?... da igual...)

Qué manera sobreactuar la de esa chica, por dios... Al final, hasta me ha afeado el recuerdo entrañable de las gemelas, y por un momento, cuando se han marchado todos, me he sentido como Jack Nicholson en El Resplandor, pero afortunadamente la Pecera no es un hotel de temporada perdido en la montaña, en mitad de la nieve, aunque a veces se le parezca, y más de un tiempo a esta parte. Hoy es el viernes de una semana extraña, muy extraña, dentro y fuera de la pecera, sin ver a quien necesito ver, obsesionado con Kant, la escuela de Frankfurt y escuchando compulsivamente a Uriah Heep, buscando semejanzas entre "Demons & Wizards" y "Ziggy Stardust" de Bowie, redescubriendo "The Magician's Birthday" y quitándome el sombrero con "Awake de Sleeper" (muchos jovenzuelos matarían por firmar hoy un disco así) mientras el desorden del sol y la lluvia me obligaba a reducir mis paseos ciclistas tras cerrar la tienda y despejarme así lo suficiente para no volverme loco definitivamente un rato después, aplastado entre el caos de apuntes, libros y bebidas calientes a medianoche antes de acostarme en algo que todo el mundo llamaría cama, pero que os aseguro que es más un potro de tortura, allí en mi exilio en las alturas de la Pecera.

La lectura casual esta tarde, antes de abrir, de "Todo Paracuellos", de Carlos Giménez, me ha dejado "tocado" (lo siento, no encuentro analogía mejor). Leí por primera vez ese cómic en la Biblioteca, cuando apenas tenía diez años, animado por el hecho de... pues... de ser un cómic... y en vez de "The Phantom" ("El hombre enmascarado" en español) que por esos años era mi cómic favorito, encontré una de las obras más humanas, desgarradoras y soberbias sobre la posguerra civil que uno puede leer. Tal vez para alguien pueda sonar exagerado pero la primera vez que leí Paracuellos, me acordé de mi colegio, surrealista e increíble liceo digno de un no menos increíble e hipotético libro. Tampoco es que yo sea muy viejuno (bueno, vale, algo sí) pero mi colegio se mantuvo en un limbo histórico pedagógico hasta casi entrados los noventa, y aunque yo viví en mis carnes morenas lo que fueron los coletazos de una, digámoslo así, peculiar educación (pocos años antes era de órdago), la cosa no fue nunca muy normal. Mi colegio no llegaba a los extremos mostrados en el cómic de Paracuellos, desde luego, pero a veces lo recuerdo y pienso que demasiado centrados hemos salido tras pasar por aquel lugar del que podría contar miles y miles de historias a cada cual más increíble. Debe ser el mayo que marcea, o los vaivenes ciclotímicos propios de uno mismo, pero una de las historias de Paracuellos a punto a estado esta tarde de hacerme saltar las lágrimas en plan "moco tendido". Mejor que lanzarme a comentar tan maravilloso libro, dejo el link de un blog donde se puede leer una entrada buenísima sobre Giménez. (Carlos Giménez. Paracuellos).

La visita ya oficial y habitual de los viernes de Pedro, mi amigo ex-librero, y una amena conversación sobre libros de ciencia ficción rusa (¿o libros rusos de ciencia ficción?), sobre Zamiatin ("Nosotros"), Bogdanov ("Estrella roja"), Bulgakov ("Los huevos salvajes") y al final sobre Dovlátov (le dejé "La maleta" y le ha encantado... sí, soy un librero que presta libros agotados a riesgo de no verlos más, no aprenderé nunca...) ha provocado que me despidiese de Pedro y echara el cierre menos sombrío de lo que previsible. Tampoco sé la razón por la que me he puesto a escribir todo esto, pero ya está hecho, así que... Me apetece chino para cenar, la metafísica espera...
Justificar a ambos lados


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