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miércoles, 18 de diciembre de 2013

Patricio Pron sobre "Cardiopatías" en El Boomeran

Procuro escribir en este espacio de lo que admiro, o al menos de lo que me gusta y me llena. Ian Hunter, Bolaño, Jethro Tull, The Avett Brothers, Led Zep, Sergei Dovlatov, Emmanuel Carrérè... El caimán, amo y señor de este humilde espacio, me deja su máquina de escribir para verter tonterías o apreciaciones sobre cosas y, desde el "nacimiento" de La Internazional Samizdat, reconozco que esta guadianesca guarida está más centrada en publicitar "La muñeca rusa" o "Cardiopatías" que en lo que me rodea en casa o leo o veo o escucho o hago... Aún así, intento dar salida a esos escritos emborronados donde a veces doy cuenta del diario de lecturas... Tengo varias cosas pendientes, libros sobre todo, y algún que otro disco. Si escribo todo esto hoy a modo de introducción es por la sorpresa (agradable, sorpresiva y sorprendente, dinamitera incluso) de leer que alguien sobre el que yo he escrito aquí, ha escrito algo sobre mí, o más concretamente sobre el libro nuevo, "Cardiopatías". De Patricio Pron  he escrito sobre varios libros suyos, me parece uno de los narradores más dotados e interesantes que hay ahora; a pesar de los palos que recibe en varios blogs que yo sigo y con los que comparto muchas de las opiniones, no puedo decir lo mismo en el caso de Pron, pues, como digo, todo lo que he leído de él me ha parecido soberbio (sobre todo "El comienzo de la primavera"). 

Sobre "El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia"":

Sobre "El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan":

Sobre "El comienzo de la primavera":

Alguna vez nos hemos escrito correos tan breves como amables y cordiales, y le mandé "La muñeca rusa" cuando ésta salió. Hace un par de semanas le envié el ebook de "Cardiopatías", y me lo agradeció como siempre hace. Yo daba por sentado que la historia de Milos no la había leído (con todo lo que hay por leer...), y suponía que iba a pasar lo mismo con "Cardiopatías"; a pesar de ello, y como no encontraba otra manera de agradecerle su amabilidad y el placer que había encontrado en sus libros, con que los recibiera y siguiéramos "en contacto", me daba por satisfecho. De ahí la sorpresa al encontrar unas líneas sobre mí en su columna de El  Boomeran, que releí porque no me podía creer que yo fuera el mismo al que se refería él, y ese libro fuese otro, y no el mío. Aún sigo analizando el párrafo, en plan adolescente nerd, pero eso forma parte de mis tonterías; la verdad es que me parece alucinante (qué adjetivo tan poco literario).

Aquí el link de su columna:


2
Antes de la publicación de CARDIOPATÍAS, el escritor español JUAN MIGUEL CONTRERAS había escrito las novelas Cuando acabe el invierno(2004) y La muñeca rusa (2012); con la última de ellas, Cardiopatíascomparte el personaje de Milos Meisner, celador allí de un asilo para alienados en Praga durante la "Primavera" y traductor aquí de una obra que, en realidad, se compone de cuentos escritos entre 1999 y 2006. Se trata de relatos que, como afirma su autor, "no fingen su extrañeza ante un mundo del que intentan dar cuenta" (13). Tampoco ocultan las lecturas de su autor y sus vivencias (pequeños pueblos españoles, los intentos de escribir) y giran alrededor de un cuento llamado "Imposible Penélope" que no es un cuento y no narra un hecho sucedido en el pasado: es la tragedia de este país y de sus habitantes sucediendo aquí y ahora, otra vez y como desde hace décadas.


(...)

Después de eso, pasó un día agotador, y llegó el rato nocturno donde intento leer antes de que el sueño venga (y cada vez viene antes)... Cogí "La vida interior de las plantas de interior" que había sacado hace varias semanas de la biblioteca pero que no había podido empezar... O eso creía, porque el primer relato del último libro de Pron sí lo había leído, aunque no recordaba cuándo. Como veía que no iba a aguantar mucho, preferí leer el segundo (al menos que lea un relato entero, me dije), y comencé "Un jodido día perfecto sobre la tierra".... Y no, no me dormí, desde luego que no... Me pareció el acto perfecto para acabar el día, las palabras justas para mantener la cabeza en orden y los pies en el barro... Acabé el relato casi hipnotizado y cuando acabé, volví a un párrafo que necesité releer:

"En España hay muchos concursos, una cantidad incalculable pero que es muy alta y que a tí te da vértigo y, de la misma manera, hay también una cantidad ininteligible de cuentos dando vueltas, saltando sin fortuna de concurso en concurso como satélites que orbitaran alrededor de un centro invisible para que cada uno de los participantes -que tú puedes imaginar perfectamente, sentados en habitaciones con juguetes de niño y facturas impagadas de la luz y bombonas de butano vacías en el balcón- significa algo diferente: dinero, reconocimiento, una oportunidad para salir del pozo y, tal vez, para algunos, la literatura con mayúsculas; sólo que, por una simple regla geométrica, las órbitas nunca tocan el centro, ni siquiera lo rozan, el centro se ríe de ellas y las sujeta a su alrededor con un poder que surge del ansia y la imposibilidad de alcanzarlo y, así, la literatura -la que está viva, la que surge de la desesperación y la ansiedad pero se eleva sobre sí misma hacia la vocación y el reconocimiento- es el centro alrededor del que giran estos cuentos sin poder tocarlo jamás, condenados a no tener siquiera un poco que ver con la literatura, pero fingiéndolo todas las veces"  Patricio Pron. La vida interior de las plantas de interior. Ed. Random House Mondadori, 2013, p.21.

Recordé que cinco relatos de "Cardiopatías", de los nueve (diez si contamos el "bonus" para los mecenas de Verkami), pasaron por al menos diez o doce concursos y sentí algo de vergüenza. Luego pensé en las cartas de rechazo, y me alegré de tener mi pequeña Samizdat moderna, consuelo pequeñito, pero mientras tecleo esto rodeado de juguetes de niño y facturas impagadas de la luz y bombonas de butano vacías en el balcón, creo que es el mejor (y único) asidero que tengo para poder seguir mirándome al espejo. Después me fui a la cama pensando que dormiría del tirón, siendo cerca de la una de la madrugada, pero el pequeño estaba sudando y con fiebre y no me quedó más remedio que fingir insomnio,  ojeras y el vértigo de las palabras... Gracias, señor Pron. 

martes, 31 de mayo de 2011

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, Patricio Pron

Algunas cosas a bote pronto sobre “El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia”, de Patricio Pron.

La nueva novela de Pron me ha gustado, y mucho. En ella se nos presenta un narrador, Pron (que no juega al engaño con su persona en cuanto al carácter autobiográfico de lo contado como lo puede hacer Eduardo Halfon en sus últimos escritos), presentando una historia donde un exiliado vuelve a Argentina a causa de la enfermedad de su padre, teniendo que enfrentarse a la reconstrucción de un pasado común, tanto de la propia Argentina (la de los desparecidos por el golpe militar tras la muerte de Perón a partir de un asesinato “común”) como de la familiar. Reseñas más formales se pueden leer por ahí sin rebuscar mucho, por lo que intentaré plasmar cosas que me han pasado durante su lectura. La primera es la brutal cercanía de lo contado, no por ser un relato “autobiográfico”, sino por el carácter de los capítulos, cortos, fugaces y repletos de todo lo que vendrá, como baúles que abrimos y miramos revolviendo un poco antes de cerrarlos y pasar a otro, intuyendo no más, construyendo la historia y a la vez no sabiendo hacia dónde va, como un puzzle. La alusión al puzzle no es gratuita, como tampoco lo es cuándo se hace dicha referencia en la propia novela. Eso es algo que ya me asombró en “El comienzo de la primavera”, que Pron metiera en la narración la propia “explicación” de su estructura,  y si en “El comienzo…” esa explicación era el propio concepto de Historia del filósofo alemán, en ésta es la fragmentación, el puzzle que hemos de armar. Si se hubiera quedado ahí, una simple referencia  (precioso el pasaje donde el padre fabrica un puzzle imposible a un hijo perplejo que no entiende nada o que tal vez entiende todo), “El espíritu…” no ofrecería nada alabable en ese sentido, sin embargo, desde el comienzo Pron va soltando “pistas”; capítulos que no están o que están descolocados (después de el 1 y el 2, aparece el 4; el 8 tampoco está, tal vez aparezcan luego; en la tercera parte hay 4 capítulos 22), cuatro partes con un epílogo que forman un dibujo fragmentario y fragmentado, íntimo, de una subjetividad llena de razones, que vuela alto y reafirma el oficio. Las imágenes de los sueños, el la tercera parte, todos juntos como un puzzle en el cual has apartado las piezas que crees similares e intentas ordenar antes de colocarlas, es de una potencia abrumadora, cosa que me asombró, siendo yo reacio a las lecturas que tiran de lo onírico para ilustrar rupturas temporales. Sueños que se cruzan con capítulos donde uno sonríe torpemente, viéndose reflejado en esa relación parcial y sobreentendida  y a la vez profunda entre los hermanos. Sueños que aparecen entre guiños imperativos, que agrandan la única literatura que se puede hacer tras Bolaño.

Hay en toda la novela una especie de imperativo que la empuja desde la primera página, una obligación que poco a poco irá cobrando forma, desde un principio cuasi enajenado por parte del narrador hasta una toma de conciencia clara, tanto del libro como del propio quehacer literario. Eso también aparecía en “El comienzo de la Primavera”, pero en la que nos ocupa se hace más evidente (de ahí quizá la formalidad de su clausura en contraposición al desmenbramiento de su desarrollo, que algunos han calificado de emotivo y por tanto corriente, pero es que es una novela que no puede terminar más que como termina), y me ha hecho comprender dos cosas, la primera es por qué el concepto de literatura de Pron choca con otros movimientos abanderados de la vanguardia literaria patria, y la segunda es darme cuenta de que este autor va por libre más allá de grupos, grantos o grantas, volando muy alto. “El espíritu…” pasa rápido, pero deja en tu cabeza flechazos que te anclan a él y te hacen volver días después, a por piezas nuevas para ese puzzle que quizá sea tan vasto y cruel como imprescindible.


“Al procurar dejar atrás las fotografía que acababa de ver comprendí por primera vez que todos los hijos de los jóvenes de la década de 1970 íbamos a tener que dilucidar el pasado de nuestros padres como si fuéramos detectives y que lo que averiguaríamos se iba a parecer demasiado a una novela policíaca que no quisiéramos haber comprado nunca, pero también me di cuenta de que no había forma de contar su historia a la manera del género policíaco o, mejor aún, que hacerlo de esa forma sería traicionar sus intenciones y sus luchas, puesto que narrar su historia a la manera de un relato policíaco apenas contribuiría a ratificar la existencia de un sistema de géneros, es decir, de una convención, y que esto sería traicionar sus esfuerzos, que estuvieron dirigidos a poner en cuestión esas convenciones, las sociales y su reflejo pálido en la literatura” (pág 142-143)

domingo, 29 de mayo de 2011

"El aire estaba lleno de agua"

Trabajo en una lavandería. La furgoneta de reparto no tiene dirección asistida. Parece una letanía o una excusa. Tal vez lo sean. Lavar, cargar, descargar, planchar, son verbos que están reñidos con escribir porque extienden su alienación más allá de su actividad, es decir, agotan. Además, apenas leo. "El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia", de Patricio Pron. Eso estoy leyendo robándole horas al sueño, y sí, me sigue pareciendo uno de los mejores escritores actuales y su último libro una obra maravillosa(mente dura, honda, inabarcable, tierna, dulce y brillante). Si soy capaz, cuando lo termine me gustaría poder escribir algo al respecto aquí. "(Mis padres) tuvieron hijos a los que les dieron un legado que es también un mandato, y ese legado y ese mandato, que son los de la transformación social y la voluntad, resultaron inapropiados en los tiempos en que nos tocó crecer, que fueron tiempos de soberbia y de frivolidad y de derrota" (pág 168). Leo cuando mis manos están libres. Leo listas de ingredientes de productos de limpieza, perclorietileno, desengrasantes, ácidos que no recuerdo, cosas que embotan un poco, sobre todo si hace calor. Kilos de mantelería ultrajada pasan por mis manos, que huelen a lejía, cloro y crema barata de manos. Siento entusiasmo por el 15M. Pienso en el nosotros para no pensar en la primera persona del singular. Reconozco que me he llegado a emocionar leyendo y viendo cosas sobre todo lo que han (¿hemos?) comenzado a hacer. Mi participación virtual y mi avidez de información compartida contrarresta con mi hastío político como número 7 de una lista municipal que ha nadie ha importado al final. Al final sólo tengo deudas. Deudas por querer vivir de una ilusión inútil. Vender libros en donde a nadie le importa una mierda leer libros. ¿Compaginar la vida con escribir? No hay eco en lo que escribo, no hay latido, no hay vuelo en picado; y tampoco he conseguido convertirme en un buen vendedor de elixires en ferias ambulantes y decadentes donde el delirio se ha convertido en alucinación colectiva. Mi charlatanería está afónica, mi carromato no tiene quien tire de él, mi levita está repleta de caspa y vulgaridad cotidiana y de mi chistera no salen conocidos bien situados a los que recurrir. De hecho creo que mi literatura es como mi corazón: dubitativo, corrosivo sólo consigo mismo, hipócrita, asustadizo, de caducidad prematura, arrogante a veces y autocompasivo las más, y que con el tiempo tristemente ha llegado a sentir un rencor visceral hacia sí mismo. Intento pensar que no me importa lo que sea de ella, de él si mantenemos la analogía, pero he de aceptar también que me mantiene a flote, aunque cierto es que mi cansancio y fatiga son inversamente proporcionales a mi capacidad narrativa; igual ley vale para buscarse los garbanzos y no querer ir de mal en peor. "Acerca de los caracoles: Mi abuelo y yo pintábamos sus conchas de colores y a veces les escribíamos mensajes. Una vez mi abuelo dejó un saludo en su nombre y puso al caracol en tierra y el caracol se marchó y mucho tiempo después nos lo trajeron: había sido encontrado a unos cuantos kilómetros de allí, a una distancia relativamente grande para mí pero quizá imposible para un caracol; esa proeza suya se me quedó grabada, y también estuve pensando durante un largo tiempo en que todo volvía, que todo regresaba incluso aunque llevase todo lo que tenía consigo y no tuviese ninguna razón para volver." (pág 165). No puedo decir nada más, aunque necesito echarme a dormir, quiero acabar  antes el libro de Pron.

viernes, 11 de marzo de 2011

Obituario autoflagelatorio volumen 1, o ¡Que le corten la cabeza! (volumen 4)

Aprovecho una mañana de calma para escribir, tal y como dice Iván que debo escribir aquí, sin corregir y lo que salga, como si de un match de improvisación se tratase. Quedan veinte días para "cerrar" la librería, y cerrar significa que yo me voy con lo puesto y entra otra persona. La semana que viene me toca aleccionar al joven padawan en las artes libreras que sí, algo tienen de jedi, tanto por lo rancio del oficio (librero, válgame) como por la cara de apollardao que se te acaba poniendo, como si un mal viaje te hubiese dejado en órbita o como si poseyeses un secreto privado, que por muy secreto privado que sea, como no vale para nada (arte de vender libros, válgame -2-) pues de ahí la cara de giliposhas. Me armaré de paciencia, primero porque amo mi tienda y, vale que no es el "enterprais" pero sí un rocín orgulloso y terco que merece un final mejor del que yo le puedo dar, y segundo porque lo que yo creía que era el trabajo más sencillo del mundo parece que no lo es tanto, así que no haré como el capitán Cousteau ante la pregunta de cómo se dirige el Nautilus y  no responderé "pues manejándolo, alma de cántaro, tomas asiento y navegas, que no es una central nuclear", sino que me tendré que sentar y parar ante los detalles, contradicciones, trucos, obviedades y silogismos varios que entraman el noble y vulgar arte de vender libros (válgame -3-). Gestionar libros se me da de puta madre (voy a tirarme alguna flor, hombre ya), ahora bien, gestionar económicamente no se me da tan bien. El fondo bibliográfico que ha llegado a tener la Pecera ha sido algo a tener muy en cuenta (piropeado, no mucho, pero alguna que otra vez, y curiosamente, en un 90 % gente forastera que ha visitado y comprado libros entre estas paredes), pero poco a poco se me ha ido marchitando entre las baldas. Es como si en este pueblo me hubiese puesto una levita, me hubiese dejado un bigote daliniano resultón y hubiese sacado de mi chistera a la misma Venus de Boticceli en la plaza del mercado; hasta ahí todo bien (y hasta aquí me duraron las flores para tirarme) pero he tardado en darme cuenta de que a nadie le parecía interesar tan magna belleza y la Venus hubiese acabado entrando casi en coma por el frío, la indiferencia y la dejadez. Ahora bien, dos cosas; primero, la belleza de la Venus no es cosa mía, traer ediciones bonitas y/o baratas y/o maravillosas y/o simplemente ediciones de Carver, Flaubert, Bolaño, Dante, Quiroga, Ajmátova, Perutz, Cheever, Zola... tener todo el fondo de Impedimenta, poner bien a la vista a Wagenstein, Pron, Halfon, Olmos, Foster Wallace, Giralt Torrent, Cartarescu, es decir, intentar mantener el equilibrio entre un fondo bibliográfico que no sólo huele a polvo y a viejo sino que aún está vivo y es algo con sentido y compaginarlo con el noble arte de surtirme de best sellers, esto es, gestionar una librería, eso, eso se hace con la punta de la pluma de la gorra; y segundo, que eso tan bonito sea rentable ya es otro cantar y es un tema a discutir a fondo, y yo no sólo lo he discutido sino que he acabado molido por unos palos que me han caído por todos lados. He sobrevivido cuatro años y medio porque he optado por quitarme gran parte del pan de la boca, renunciando (pero sin renunciar, he ahí el problema) a lo que pienso que debe ser una librería, porque he sacado un pie fuera y he intentado otras opciones laborales (con un pie fuera tampoco uno puede esperar mucho resultados), así que el afuera de mi pie izquierdo se va a convertir en el dentro de mi todo y la Librería pasa a otras manos. He acabado agotado de mi propia cabezonería y romanticismo, y aunque sea muy bonito ser romántico, también es muy ingrato.  Puedo echarle la culpa a la situación geográfico espacial donde se asienta la librería, que no es moco de pavo, pero en el fondo, sé que el problema soy yo. Nueva gestión, nueva vida, el rey ha muerto; ¡Larga vida a la Pecera!


No estaría mal que un día de estos yo pudiese decir como Aristóteles ante las noticias de las gestas de Alejandro, o como Alexis Korner frente a una foto del dios dorado de Robert Plant: "A ese, a ese truhán, todo lo que sabe, se lo enseñé yo", aunque el espíritu sea otro, aunque el rey esté desnudo, y aunque yo siga sin tener para un café. El brillo de la Pecera, o lo que yo quería que fuese, duró poco, tal vez el segundo semestre del 2007 y el primero del 2008, pero al menos conseguí que algo que hice yo brillara, algo al menos, quien quiera verlo que lo vea, y el que no, pues no, pero la medalla es mía y me importa un carajo que al ponérmela me la haya clavado y hecho sangre, aún así luce bien en mi pechera, y me va niquelada con mi decimonónico monóculo y mi ráncio abolengo proletario. ¿Después de esos meses de gloria...? Luego... pues... luego... Si me pongo a pensar en el luego en vez de flores empiezo a tirarme tomates y ya me flagelo bastante yo con lo mío todos los días. Es como montar un sexshop en Siberia, igual por eso de la novedad y el frío y la mente pervertida de algún Siberiano te funciona, pero o le das otro aire o empiezas a pensar cómo darle salida a todos esos dildos, consoladores y fustas. En el fondo he optado por lo fácil, y es pensar que yo no sé hacerlo de otra manera. Es lo primero que le diré al nuevo dueño, dale un buen giro a esto, cúrrate los coles, los "instis", organiza actividades, lo que sea, pero cámbiala (en el fondo eso fue lo primero que le dije cuando me preguntó la primera vez); no es un vago huraño como yo, conoce a bastante gente, así que le será fácil.

Librera Siberiana con local equipado de calefacción central, ¿quién dijo que éste no es un oficio sexy?

Ahora la Pecera da cosa verla; medio vacía, algo melancólica, con una "mustiéz" enorme recorriendo las baldas; sé que tiene hambre de libros y de lectores pero ya le he dicho que espere. En el fondo, y no sé si lo he dicho alguna vez, creo que no, así que creo que por fin lo diré de una vez, el problema es, como también me han dicho bastantes veces mis amigos, que yo mismo soy mi mejor cliente. Imaginaos ese sexshop bien surtido en Siberia; imaginaos un día típico siberiano; imaginaos ahora a ese sexshopero mano sobre mano mirando sus estanterías, fijándose en esa reproducción del aparato genitourinario de la gran Vanessa del Río y mirando la colección de películas altamente esteticistas y preciosas de Andrew Blake, preguntándose cómo demonios no tiene la tienda llena; ahora imaginad que dicho sexshopero se llama Donatien Alphonse François de Sade, oui, vualá, tre vian... Ahora se entiende que nadie le augure un buen futuro al pintón negocio siberiano de ese vicioso marqués; igual con unas mesitas, unas velas, un suculento bizcocho casero, una selección de tés, un taller del uso y correcto majeno de las bolas chinas, una presentación pública para los paisanos siberianos del "jes extender" fabricado por un vecino poeta y lo mismo el sexshop le funciona, pero es que estamos hablando del puñetero marqués de Sade y ese lo que quiere es lo que quiere, está claro; normal que no tenga visión comercial, pero ni aquí ni en Siberia ni en Sebastopol. Ahora bien, darle a ese onanista degenerado un buen mecenas y un gestor con maña y lo mismo convierte esa tienducha perdida en la Siberia más dejada, apática y sin fuste de la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviética en un oasis de perversión y libertinaje. Anda que no... Pero la vida es como es, si no se puede no se puede y además es imposible (pleonasmo espetado por Rafael Gómez Ortega "El Gallo" y máxima vital de este librero), y si una etapa se acaba, pues se acaba y punto. Una cosa está clara, voy a echar mucho de menos ser librero, y sobre todo, voy a echar de menos ser mi mejor cliente. A todo esto, ¿de qué estaba hablando? No lo sé, pero mi amigo dice que no debo corregir esto.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Y después de Celine ¿qué? Viaje al fin de la noche (II)

Margarita
Me manda una amiga un consejo vía FB: "Para lo del ánimo, recomiendo alcohol, buena música, y escribir escribir escribir sin mirar atrás". Pues no miremos más atrás. Jagermeister, The Gaslight Anthem y a tomar por culo la bicicleta. Del dique seco he optado por salir a pie en vez de seguir escarbando a ver si encuentro agua. Es lo que tiene querer tirar un muro con las manos, un muro enorme. Son días raros. No pasa nada, nada cambia, salvo nosotros, cansados de que nada cambie. Y cansado no se debe escribir, se debe escribir fresco como una lechuga recién arrancada de la tierra un día de  tormenta y liviano como si estuvieses a dos palmos del suelo por la mamada que siempre soñaste y que por fin estás a punto de  experimentar. O al menos eso es lo que dicen. En mi caso ni una cosa ni otra funciona. Le propongo a un amigo compartir el blog, pasarle la contraseña y escribir a cuatro manos, como Stalter y Waldorf de los Muppets, como el enanito gruñón y el enanito triste, seguir manteniendo lo de Librería la Pecera a pesar de que a la librería como tal le quede poco si no encuentro quién quiera quedársela y darle nuevos bríos como si un blog llamado Librería la Pecera pudiese ser la chabola numantina terca y rencorosa de dos perdedores ciclotímicos, aunque me ha dicho que no,  ya que de momento el blog tiene extensión física en un negocio que he de mantener y que me da para vivir a pesar de que mi cabeza, mi corazón y mi cuerpo estén a kilómetros de distancia a la espera de empezar de nuevo ( y van...). La cita de Celine en el post anterior no era gratuita. 

Extraigo una cita del blog de Patricio Pron a propósito de escribir, del escritor: "otra, la discusión (que yo creía perimida hacía décadas) entre conocimiento e información, que nos ocupó a Agustín Fernández Mallo y a mí. Se trató de la oposición entre una visión de la literatura que la concibe como el vehículo de una resistencia de índole política al discurso dominante y otra visión de acuerdo a la cual la literatura es subsidiaria de un cierto consumo de la información que no se interroga sobre el origen de esa información ni sobre los intereses que representa ni sobre un estado del mundo del que emana y que, al menos visto desde aquí, es particularmente terrible." 

El gran "Popota"

Llevo varios días dándole vueltas sobre eso, y en mi calidad de librero he de decir que dicha diferencia, para mí, se diluye peligrosamente, a la par que adquiere más entidad dicho enfrentamiento; la figura del editor es la que establece que esa diferencia sea real o no, y por supuesto en este país, salvo excepciones (que yo cada vez creo más excasas) y viendo lo que se edita y cómo se edita, gana la visión de Fernández Mallo por goleada; los escritores como Pron existen, pero sobreviven dentro del juego mercantil del libro que defiende A. F. M.. Como los Clash. Como caballos con anteojeras, pero caballos en el fondo y por fortuna también caballos que escriben los libros que les gustaría fuesen como los libros que les hicieron ser escritores, caballos que escriben de verdad, y esto también es particularmente terrible. Un amigo mío dice que todo se reduce a círculos de poder, solamente a eso, amiguismo y cartón piedra. Y cuando dice eso yo siempre me acuerdo del texto: "La carrera de las letras en España está hecha para los arribistas, los oportunistas y los lameculos, con perdón de la expresión". Roberto Bolaño dixit. Bueno, no Bolaño, sino una de sus personajes en 2666. Es básicamente una de mis creencias -o mis prejuicios- que, como una letanía pienso recurrentemente en esta banqueta tras el mostrador de una paupérrima y coqueta (lo cortés no quita lo valiente) librería de pueblo. Como está dicho en plata, aqui queda, de apunte.

Y como coda, añadir el deseo de que Eduardo Mendoza haga que pueda pagar el alquiler, que Vargas Llosa pague mi cuota de autónomos, que ya me las agenciaré para leer el último premio Lengua de trapo, o el Primavera o el Alfaguara o el Almería, por ejemplo, o cualquiera de los concursos literarios carpetovetónicos que dicen ganan "los menos malos" y volver a hacerle caso a mi amiga: "Para lo del ánimo, recomiendo alcohol, buena música, y escribir escribir escribir sin mirar atrás" añadiendo al trinomio, leer, leer, leer.


Acepto la extrañeza de quien se pregunte de qué va este post, o sobre qué va, o qué quiero decir, o qué leches me pasa. Simple pataleta. No va de nada, si acaso del librero que lee libros que le llegan a la librería preguntándose porqué mientras los lee y prefiriendo seguir hablando de los que sí le gustan en el blog mientras los clientes se llevan lo de siempre (poco, pero lo de siempre).

Las imágenes son de una edición rusa de "El maestro y Margarita" de Bulgakov.

y con respecto a *perimir. (Del lat. perimĕre, destruir). 1. tr. Arg., Col. y Ur. Caducar el procedimiento por haber transcurrido el término fijado por la ley sin que lo hayan impulsado las partes.

jueves, 30 de septiembre de 2010

"El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan" de Patricio Pron, o como contar batallitas para hablar (bien) de un libro



Cumplo uno de los errores básicos que todo aspirante a "blogoscritor" debería remediar a toda costa, no llevar siempre una libreta encima. Mis aspiraciones "literarias" han ido escondiéndose poco a poco hasta el punto de que ni yo mismo sé dónde guardo mis libretas viejas, así que tampoco hay problema, sin embargo el otro día sí que eché de menos tener una libreta a mano, cuando fui a Madrid y quedamos varios amigos, algo así como "el chikiclub de la serpiente" se reune para despedir el verano azul y cantar eso de "soy así, pero me gusta"... Somos unos brasas, las cosas como son, para qué engañarnos. Yo estaba aún convaleciente de una inesperada gastroenteritis, inesperada porque según mi horóscopo esa iba a ser una semana maravillosa, con amor, salud y dinero a raudales, sobre todo porque Saturno estaba entrando en el extrarradio de mi chabola 5 y la Luna se iba a alinear con Venus en un baile cosmológico de primer orden, culminando en un hiperbólico cumpleaños y todo, todo, todo me iba a ir teta... Pero está visto que mis fluidos astrológicos van a lo suyo porque, como digo, el día siguiente de leer ese esperanzador horóscopo del suplemento de El Mundo (que compra mi padre y leí en su casa, al cual yo le he vaticinado, por cómo está últimamente, que va a tardar dos semanas en pasarse a La Gaceta, y me da a mí que yo sí que lamentablemente no me voy a equivocar) fui víctima de una gastroenteritis que me tuvo en  boxes un par de días. Con anterioridad las he sufrido más virulentas, pero mi cuerpo tiene un defecto (¿sólo uno?) y es que si me da fiebre caigo en lo más profundo del abismo de Helm y ya puedes ir olvidándote de mí. Mi historial médico no es que sea de aúpa, pero varias medallas al mérito sí que me han dado a lo largo de los años (y lo que te rondaré morena) y si hago memoria puedo hacer una bonita lista de perrerías sufridas a manos de carniceros con fonendoscopio, y de todas ellas he conseguido salir, pero, dame fiebre, una poca si quiera, y me convierto en un ser de lo más  inservible y moñas. Lo mejor de cuando me da fiebre (en el fondo intento ser un tío positivo...) es el submundo onírico febril donde caigo cuando eso me pasa, de hecho, el día anterior a mi visita a Madrid escribí el mejor post de la historia o el mejor monólogo que soy capaz; lástima que estuviera tirado en la cama de la habitación de arriba de la Pecera, tiritando y hablando en voz alta sin que nadie pudiese copiar tan digno soliloquio. Imaginaos a Gila en pleno trip de LSD, pues algo similar soy yo cuando tengo fiebre. Lamentablemente, para los que leen este blog de vez en cuando, del delirio del otro día apenas me acuerdo, pero han habido veces que sí he logrado acordarme, sobre todo en mis retiros hospitalarios, e incluso he tenido una libreta a mano para apuntar algo de esos egotrips que ríete tú del perro andaluz... Porque tengo superada la calderoniana división entre sueño y realidad, si no, mis soliloquio a lo Segismundo vestido con pijama azul y gotero hubieran dado con mis huesos en la planta de psiquiatría, sin embargo como sublimar sublimo de puta madre, he podido convertir dichos delirios en relatos, en cuentos más o menos certeros que, si bien han tenido poca suerte en las cruentas batallas del submundo de los concursos literarios, al menos están ahí.

Veamos: Una vez, en la UCI del clínico de Madrid, me pasé diez horas acompañado de Billy Wilder paseando por Nueva York mientras me contaba que realmente "Con faldas y a lo loco" surgió de una experiencia real que le pasó a él al llegar a Estados Unidos procedente de Galitzia en 1934 y terminamos paseando por Central Park junto a Cary Grant y Jack Lemmon hablando de... qué importa, paseaba con Cary, Jack y Billy por Central Park!!!; otra vez, también en Madrid pero en casa, convaleciente, un cosmonauta ruso me contaba que había sido el primer hombre en llegar a la Luna en 1962 y que al llegar había visto una estatua de Cyrano de Bergerac, y que por eso lo perseguía la KGB (y por ende, a mí también); esa vez pasé de los 40º, fijo. Esos delirios febriles son tan reales que cuando se me pasan salgo de ellos un poco acojonado. El del otro día no fue tremendo, no dio para un cuento (o sí, pero como no me acuerdo), creo recordar algo sobre mis espermatozoides y el dibujo que hacen mis lunares en mi cuerpo, y que salían Charly García y Patricio Pron; todo eso asusta, pero tiene su explicación (no astrológica, que si así fuera ahora mismo este post lo estaría escribiendo mi secretario mientras yo dilapido mi fortuna rodeado de bellezas) aunque es demasiado larga para este blog y por mucho que la terapia me salga gratis, tampoco hay que abusar...

El caso es que sin estar del todo recuperado, me arriesgué a viajar con los bolsillos llenos de "fortasec" y paracetamoles y me lanzé a los madriles, contento y nervioso ante el reencuentro con los amigos. Y es ahora cuando entran las señales, esas cosas que nos pasan y en las que nos fijamos preguntándonos qué sentido tienen, porque pueden interpretarse de manera positiva o negativa según nos interese. 

Quedé con uno de los amigos antes y juntos nos encaminamos hacia el Retiro (que estaba esplendoroso y reventón, y siempre me da subidón ver la estatua del ángel caído). En vez de ponernos a hablar de fútbol y mujeres, nos dio por hablar de literatura, primero porque somos unos  tristes con síndrome de abstinencia, y segundo porque somos unos brasas sin más. Subíamos por la cuesta de Mollano desgranado "El comienzo de la Primavera" de Patricio Pron y hablando de la culpa, individual y colectiva, del pueblo alemán, de lo buena que es la jodia novela, de lo viejos que somos, no ya para ser promesas de nada, sino para ser algo sin más, cuando mi ojos se fueron a uno de los tenderetes de libros que jalonan la cuesta librera por excelencia y dieron con el nuevo libro de Pron, "El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan" y ahí que me abalancé dejando a mi amigo hablando solo. El libro tenía un precio escandalosamente ridículo y cantaba, viendo de los que estaba rodeado, que era producto de un hurto y posterior reventa. ¿Cómo un librero iba a comprar, no ya un libro, sino un libro robado? El caso es que estaba ahí, en mis manos, a 5 € (he de decir que soy un librero al que en la vida un distribuidor o editor le ha regalado un libro, y en mi relación laboral "compra venta de libros", ni por 5€ consigo yo el nuevo libro de Pron). Lo había visto en el preciso instante en el que hablábamos de ese autor como perteneciente desde ya (desde que nuestra ignoracia fue un poco menos) al grupo de "los que hay que leer", y eso es algo a tener en cuenta y que hay que sopesar... (sí, ya, no creo que si en vez de Pron hubiésemos estado hablando de  Ferré estaría diciendo lo mismo...)

Sí, lo admito, lo compré, y lo siento, pero interpreté esa casualidad como una manera de redimir a ese librero que compra mercancía robada en la cuesta de Mollano, así que lo hice (por 10 € te llevabas 3, por lo que completé el lote con "El ministro del velo negro" de Hawthorne (tan imprescindible como Wakefield) y otro de un eslavo del que ahora no recuerdo su nombre (pero era eslavo, joven y licenciado en filosofía, lo cual no es baladí). Pagué y seguimos nuestro camino retomando la conversación donde la habíamos dejado. Mi amigo hablaba de un director de orquesta alemán que había tocado para los nazis, de escritores alemanes, y volviendo a lo jodidamente bueno que es el libro de Pron, sólo nos faltaba tirarnos de los pelos y revolcarnos por el cesped; está bien que un libro  (o un disco, o un cuadro, o una mujer) provoque eso, aunque la gente no lo vea con buenos ojos Yo sabía adonde quería llegar y, efectivamente, llegó. "¿Sorteamos los libros? Uno para cada uno y el tercero a suertes" (coño, pero si los he pagado yo...) Maldito bribón, para eso están los amigos... Me cogió con la guardia baja y la sensiblería alta, y una cerveza en una terraza en el lago del Retiro tuvo la culpa de mi  k.o. a los puntos. Me hice el remolón, pero yo sabía que me había quedado sin libro de Pron (esa es la maldición del librero que compra libros robados), así que cuando llegaron el resto, olvidamos el tema y me sumergí con gusto en la camaradería gremial y peluda de los que se conocen hace más de 15 años y ya son casi como hermanos. Abrazos, indirectas sobre las entradas y el tejido adiposo acumulado en la cintura, ojillos relampagueantes, en fin, lo normal... Ya lo dije antes, somos unos brasas; las carnes morenas que aún se veían por las calles intentaban desviarnos de nuestro propósito, que era el de siempre, hablar y hablar y desbarrar de lo lindo matando de aburrimiento a todo bicho viviente que nos escuchara de refilón, unos snobs, como siempre...  Y eso que faltaban un par de pilares fundamentales, un ateo nietszcheano que trabaja para los salesianos y un  francés chinoparlante que hace el mejor sushi de este lado del telón de acero que acaba de ser padre...

Mezclar en una conversación a Kevin Dubrow y la escena heavy de mitad de los '80 con la última y apoteósica actuación de Placido Domingo en el Real y las series de la HBO no es fácil; hablar de nuestras tristes y aburridas vidas y darnos cuenta que no son tan tristes ni tan aburridas tampoco lo es, pero acabar mezclando a Asimov con la posibilidad o no de un cambio político social intentando no caer en el nihilismo de Houellebecq y a la vez bromear a costa de personajes como el  repelente J.M. de Prada y antiguos profesores troskistas que ahora salen en Intereconomía y descubrir que un grupo de bellísimas damas nos mira con estupor sentadas a nuestro lado en una terraza de Lavapiés  mientras uno de nosotros lanza imparable un monólogo acerca de lo que él llama "La próxima invasión bárbara" y sus repercusiones históricomateriales, eso ya es atroz y es para corrernos a gorrazos, sin contemplaciones, vamos... Lo malo no es eso, lo malo es despedirse un rato después soltando cosas como "esto hay que repetirlo más a menudo" o "joder, cómo nos lo hemos pasado"... La edad, que no perdona... y yo sin libreta para escribir las ocurrencias de Ramón... Al final regalé el libro de Pron, pero ya me ha llegado nuevo a La Pecera (legal y moralmente) y mientras acabo "Dublinesca" y empiezo "Corona de Flores" de Javier Calvo, leo esos cuentos que crecen poco a poco, que se meten bajo la piel, que destrozan, liberan y colocan las cosas en su sitio, que no es ninguno, que no es ni más ni menos que un mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan; lo digo habiendo leído por ahora solamente 6 de los 18 relatos, y lo digo sin fiebre, palabrita de Fahrenheit, Kelvin, Celsius y Billy Wilder, pero es que no sólo hay que cuidar de los amigos que hacen el mundo más soportable sino que, "coño, hay que leer a Pron".
 

domingo, 22 de agosto de 2010

Di Pamplona... o "Quitándome el pan de la boca, vol. I"

Terminé de leer y cerré el libro. Estaba sentado en el centro del pequeño patio tras la Pecera, con bochorno y en "desabillé", en una vetusta e increíblemente cómoda silla de mimbre. Inmeditamente después pensé que arriba solamente me queda la cama y cuatro trastos, y que qué iba a leer yo esta noche si todos mis libros están donde deben estar, pero lejos en ese preciso instante de mí, porque esta noche tengo que quedarme aquí, solo y acalorado, pero al menos que no me quede sin lectura para acompañar mis epilépticos bailes nocturnos al son de los discos de Los Coronas. Cinco segundos que han pasado como cincuenta para reparar en que la librería estaba frente a mí, tras la ventana de rejas, que sólo tenía que entrar por la puertecita de la trastienda y que podía coger lo que me apeteciera. Ya, pero hoy es domingo, y está cerrado. Sí, pero tu eres el dueño. Bueno, tanto como el dueño... ¿Eres el dueño, si o no? Sí, vale, yo soy el dueño, pero estoy en bañador con los pies metidos en un cubo de agua y con el sombrero de paja puesto porque el de ala ancha no lo he encontrado, no puedo entrar de esta guisa a la tienda... Anda, tira y déjate...
Aún así no he podido evitar sentirme como un vulgar ladrón disfrazado de dominguero buscando algo para leer, medio a oscuras, en bañador y descalzo, y cogiendo más libros de los que serían razonables...
Luego me quejo de que la librería está medio vacía...
Aunque sé que es hora de Fresán... Pero he cogido muchos más... Prometo devolver a su sitio los que esta noche no pasen la criba de la bañera... Cuando leo a Fresán me entran ganas de coger un boli... y clavármelo en el corazón para no escribir nunca más... Pero prefiero quedarme con la sensación de que solamente podría leerle a él, porque cuando leo a Fresán me cuesta coger otro libro después... pero aún no he decidido, ni he empezado nada, ni siquiera he abierto "El fondo del cielo"...
Y para rematar, mi cabeza que no para... Qué jodidos son los domingos a veces... Mejor me voy a dar un rulo con la bici, que con el monopatín tengo mucho peligro...

"El comienzo de la primavera" de Patricio Pron

Terminé de leer "El comienzo de la primavera", de Patricio Pron, hace a lo sumo diez minutos. Sobrecogido no es una palabra usual para definir un libro, al menos no para mí, pero de alguna manera me siento así. Hay escritores cuya prosa es como un narcótico, como una sucesión de golpes al la mandíbula casi imperceptibles pero que acaban por sumirte en un estado cercano al delirio, imbuido por la historia y por cómo es contada, a punto del KO, zumbado, encantado, y con un atisbo de sonrisa en la cara. Sabes que estarás pensando en ese libro varios días. Corriste lo que pudiste por acabarlo, no como esos libros que bajo ningún concepto quieres terminar de leer, pero con idéntica sensación de falta de palabras. Patricio Pron contando la historia de Hans-Jürgen Hollenbach, "el mayor pensador alemán del siglo XX", Pron contando la historia de Alemania, o de porqué Alemania.

Un profesor que detestaba cuando estudiaba (sentimiento que intuyo mutuo o tal vez su reverso, pero él nunca supo que yo nunca aprendí nada a patadas) me hizo hacerle dos trabajos sobre Heidegger para aprobar su asignatura. Nadie más del curso tuvo que hacerlo; era el último año y me tocó "pasar por el aro". Lo pasé mal. Detesto a Martín Heidegger. Sé que es una barbaridad lo que estoy diciendo pero soy incapaz de leerlo sin desear tirar una a una esas hojas por la ventana. Por miedo, por vergüenza, por asco, por profundo temor. Esa es tal vez la única crítica al libro de Pron, yo mismo, pero pronto vi a Martínez, el voluntarioso y argentino profesor que quiere traducir a Hollenbanch y viaja a Alemania para buscarlo, como un sosias, un Sam Spade revestido de un inocente Ricardo Piglia y si alguien me llamase ahora mismo por teléfono y me preguntase qué me ha parecido el libro de Pron, sólo alcanzaría a decir, brutal, y colgaría despacio, esperando un segundo para hacerlo, tomando aire y pensando, brutal, de nuevo, antes de colgar. Hablar de estructura, de lucidez, de giros narrativos, de dominio del tiempo y del tempo, hablar de la concatenación de historias, de cómo se superponen, se entrelazan, se sumergen, se ahogan unas a otras llevándote con ellas, es una tontería. Literatura, simple y llanamente, y de alto octanaje. Recuerdo cómo nos quedamos al leer a Volpi por primera vez, tras su búsqueda de Klinsorg, y me pregunto si recuerdo bien;creo que sí.
A Heidegger lo he olvidado por completo, o me esfuerzo en eso, el libro de Patricio Pron no creo que quiera olvidarlo.
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