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sábado, 21 de junio de 2014

Blowin´ the blues away.

Los días que sueño que estoy en un sueño y que, en algún momento del sueño todo se para y me miro a mi mismo en el sueño y me digo “estás soñando y debes acordarte de esto cuando despiertes porque es importante”... tEsos días, o esas noches, pasan como un parpadeo, un destello de luz que ciega y deja en la retina su negativo, soñar cosas qe dan miedo, esa amenaza constante e ni en el sueño dejamos de sentir, o acaso sea en el sueño cuando más presente se hace.


Luego, al despertar, de lo único que me acuerdo es de que soñé que tenía que acordarme de algo pero no de qué tenía que acordarme. Recuerdo el miedo, la amenaza, pero ese sentimiento deja su poso y se amortigua al lavarme la cara con agua fría. Esos días son los días más extraños, o al menos esos son los días en los que me preocupo por cuadrar mi vida, por enderezarla, por recomponerla, como si diese por hecho que no lo estuviera, pues eso es algo de lo que pocas veces estoy seguro, y me atormenta el hecho de haber vivido en el sueño algo esencial y que el haberlo olvidado no me fuese a traer nada bueno; en fin, no lo sé, igual no tiene ningún sentido darle tanta importancia a un mísero sueño, aunque sueñe que escribo y haya señalado una frase y me haya dicho "recuérdala" antes de que volviera a sentir la presencia grumosa que me ha obligado a coger a un bebé en brazos y a salir corriendo, de nuevo, corriendo, huyendo.

Sensación extraña para encarar la noche más corta del año.

Estas últimas semanas he vuelto a la carretera, a moverme de pueblo para ir a trabajar, temprano (no todos los días, el contrato no es por un horario completo), pero sí que el regreso es siempre cuando el sol se pone, rojo dolor, pastoso, con una violencia condensada en un horizonte gigantesco, que cae como un titán mitológico, lento y moroso, soles como sumideros incandescentes, atardeceres en una tierra yerma entre la cual yo regreso a casa con las ventanillas bajadas, dejando que el viento golpee mi cara mientras canturreo melodías sincopadas de efectos demoledores para mi ánimo, demasiado acostumbrado a ir por ahí sin coraza.

El hecho de estar metido en el coche un par de horas al día ha hecho que intente a toda costa encontrar la compañía perfecta, la canción justa para atravesar esa estepa manchega desoladora. Durante dos semanas no he dado con nada. Soy, o somos, como antenas receptoras de vibraciones que no comprendemos, y muchas veces la música hace daño o calma, pero también hay otras veces en las que no sentimos nada escuchando cosas que antaño sí provocaron cosas; y la culpa no es de la música en sí, sino de nosotros; aprovecho las rectas para cambiar de disco, y salta la radio, radio3, e insulto a los comentaristas que me asaltan, y a veces pruebo entre disco y disco a ver qué ponen, y nunca siento nada (salvo algún regreso con Juan de Pablos, pequeño sátrapa candoroso que lleva casi toda la vida acompañándome). Y he probado con casi todo, pero no he tenido suerte.

Hasta ayer, cuando con esa sensación de fin inminente, me enteré de que había muerto Horace Silver. El llamado hard bop tuvo la capacidad de volverme loco, durante unos años sólo escuché eso. Sin embargo poco a poco todo lo que me gusta escuchar se fue abriendo paso y he llegado a una especie de entente cordial con todo eso que me gusta y vivo como los ciclos lunares, de fase en fase, pasando de una a otra con naturalidad. Sin embargo, desde que comencé a trabajar de nuevo (de bibliotecario; es la primera vez que lo escribo), la separación con el pequeño, el nuevo ritmo, los nuevos hábitos, los nuevos quehaceres, es como si  hubieran provocado en mí un fallo de sintonización y sin música, sin la música justa, sentía que no podía hacerme a esa nueva rutina. Poco a poco vuelven las sonrisas, las ganas de seguir con lo que me hace mirarme al espejo y no sentir rechazo, y escribir es ritmo y el ritmo es cadencia y la cadencia contiene la melodía si hay algo que contar. Y ha tenido que morir Horace Silver para que yo, mientras el sol a mi izquierda me ciega y acelero mi coche para llegar a casa, pensara de nuevo en todo esto, en contar, en encontrar el ritmo para contar lo que me gustaría contar, lo quiera quien lo quiera o no quiera nadie. Y sentir el poso de una lectura crucial ("Monasterio" de Eduardo Halfon), y cuando digo sentir el poso de una lectura, quiero decir ver salir por los poros palabras; y notar las dos historias que me llaman a mi espalda, tocando con cuidado mis hombros, y decidir plegarlas en simpar combate hasta convertirlas en libros, y ver cómo... sobre todo ver cómo... Y pensar en Horace mientras trabajo, y hacer memoria de la estantería que tengo en casa a ver si recuerdo dónde están los discos de ese pianista de sonrisa pícara y embaucadora, y colocar libros, y buscar otros, y rellenar fichas, y ordenar, ordenar, ordenar, dar las gracias, sonreír, y alegrarme de ver a gente que me recuerda (bien) como librero y explicar cómo he llegado hasta ahí (un examen hace dos años, que hice después de una entrevista para una funeraria y antes de otro examen para llevar un pequeño camión para limpiar grafitis y adecentar aceras), y el cual aprobé (no el del camión) quedándome en una bolsa que (gracias a Atenea se ha ido moviendo hasta tocarme), y colocar la fonoteca con curiosidad de entomólogo de prácticas y descubrir un disco de Horace Silver, y cogerlo como un tesoro, y no llorar porque no era el momento, y volver a casa y poner un disco y nada, otro y nada, y decirme, pon a Horace y deja a The Byrds para otro día, y BUM, y decir "por fin", y subir, subir, subir el volumen, y bajar las ventanillas y levantar el pie del acelerador, y descubrir que el terror de los sueños es invencible y que siempre estará ahí y que sólo a veces podremos vencerlo brevemente, y pensar en la sonrisa de Horace y también en la pequeña sonrisa que espera en casa, y cantar, y llorar porque ahora sí es el momento... es hora de sacarse los blues de dentro... Porque, como dice Juan Claudio Cifuentes, si la primera canción de Blowin´the blues away no te "quita el blues" es que no sabes lo que es "sentir el blues"...


http://www.latercera.com/noticia/cultura/2014/06/1453-583197-9-horace-silver-pianista-emblema-del-hard-bop-muere-a-los-85.shtml

viernes, 28 de octubre de 2011

Libros, libros, por qué éramos mañana... Lecturas compulsivamente sosegadas



Procesando; a punto de terminar "Juliet, desnuda", me gustaría decir algo de la novela de Hornby, pero creo que me tiene algo descolocado aún para decir cualquier cosa medianamente coherente; una cosa es cierta, las primeras 100 páginas son indispensables para cualquier melómano rockero que se precie, y más aún si tiene en alta estima "Alta fidelidad" (aquí me vale tanto la peli como el libro). Si digo que no me atrevo a decir nada del libro del bueno de Nick, posiblemente sea por la resaca de "La Librería", el precioso libro editado por Impedimenta de Penelope Fiztgerald, el cual tomé como un divertimento y me acabó dando un bofetón en toda regla, tanto estilística como argumentalmente. Si has sido librero, ese libro duele; y si has sido un librero fracasado, ya ni te cuento; y encima es de esos libros que para hablar de ellos tienes que contar, quieras o no, el final y, salvo que seas como yo y no te importe saber el qué porque sabes que a veces importa más el cómo, contar algo de "La Librería" sin caer en lugares comunes sobre la supuesta liviandad inglesa es bastante difícil, sobre todo cuando esa supuesta ligereza sólo está en las primeras ochenta páginas, y la chicha, lo que duele, está después y, claro, debería poner un spoiler enorme, y prefiero descubrir cómo decir algo de este dolorosamente delicioso libro sin joder el final a algún lector incauto (si es que hay de esos por aquí).
 
Jeremy Geddes, detail


Sí, a pesar de haber insinuado hace ya bastantes entradas que estaba enfrascado en "Por qué nos gustan las mujeres", aún no lo he terminado, qué pasa... Soy así... bebo a sorbos lentos, y hay veces que dos páginas abruman más que cien, y soy de los que aguantan a que suene la campana mientras veo las estrellas tras el gancho al mentón, de los que después se van al rincón y se mentalizan que los quince asaltos van a ser muy, muy largos. Aún tengo a Mircea Cartarescu desolado por alguna rumana de la que recuerda cualquier nimiedad (otro libro que juega al juego de espejos de narrador/autor, sí, y qué), esperando en una estación de tren a que me digne a terminar de leer el cuento que me hizo querer parar y pensar todo lo que había leído antes y termine un libro que ya presuponía precioso pero que lo está siendo aún más. Hay lecturas que requieren los seis sentidos, y ese lujo últimamente es alcanzable muy esporádicamente por mí por cuestiones tan mundanas como imperativas, ergo, paseo el libro de acá para allá junto a otros incautos a la espera del gran momento... "Mañana nunca lo hablamos" de Eduardo Halfon es exactamente igual. La culpa la tiene un primer relato de apenas terminé de leer comprobé me había dejado un ojo morado, un hígado castigado y un pulmón distendido. Un playa, un padre, un niño, una muerte que viene a quedarse y un nadador que no piensa y hace lo que cualquiera haría, cualquiera menos la muerte. La cadencia del mar envolviendo unos pies no de niño, hundiéndolos en la arena y en la infancia. Apenas dos páginas de un libro que intuyo un folio y medio en word, apabullantes. No pude leer más. Desde ese día, como si fueran mis zapatos, el libro de Halfon también va conmigo por si las fuerzas volvieran. "Éramos unos niños" y "Dublinés" completan el sexteto de libros que completan mi jubón. Patti Smith está rompiendo con sutileza e imágenes incontestables mis prejuciosos recelos, y el cómic sobre la biografía de Joyce de Alfonso Zapico ha resquebrajado mi máxima irrenunciable de "el Ulises de Joyce pa quien lo quiera, que yo no doy" y lo mismo lo intento again (y van...)


Demasiado frentes, lo sé... Y más cuando la idea es la de acabar hablando de todos ellos por separado en algún momento de los próximos días.... El primero, lo he decidido ahora, será el de "Juliet, desnuda"; la encuesta propuesta por Nikochan Island (http://nikochanisland.blogspot.com/2011/10/face-to-face-with-guzzest.html...) y a la que he sido invitado, me obliga a  ordenar mi cabeza sobre lo que el libro de Hornby me ha hecho darle vueltas...

viernes, 11 de marzo de 2011

Obituario autoflagelatorio volumen 1, o ¡Que le corten la cabeza! (volumen 4)

Aprovecho una mañana de calma para escribir, tal y como dice Iván que debo escribir aquí, sin corregir y lo que salga, como si de un match de improvisación se tratase. Quedan veinte días para "cerrar" la librería, y cerrar significa que yo me voy con lo puesto y entra otra persona. La semana que viene me toca aleccionar al joven padawan en las artes libreras que sí, algo tienen de jedi, tanto por lo rancio del oficio (librero, válgame) como por la cara de apollardao que se te acaba poniendo, como si un mal viaje te hubiese dejado en órbita o como si poseyeses un secreto privado, que por muy secreto privado que sea, como no vale para nada (arte de vender libros, válgame -2-) pues de ahí la cara de giliposhas. Me armaré de paciencia, primero porque amo mi tienda y, vale que no es el "enterprais" pero sí un rocín orgulloso y terco que merece un final mejor del que yo le puedo dar, y segundo porque lo que yo creía que era el trabajo más sencillo del mundo parece que no lo es tanto, así que no haré como el capitán Cousteau ante la pregunta de cómo se dirige el Nautilus y  no responderé "pues manejándolo, alma de cántaro, tomas asiento y navegas, que no es una central nuclear", sino que me tendré que sentar y parar ante los detalles, contradicciones, trucos, obviedades y silogismos varios que entraman el noble y vulgar arte de vender libros (válgame -3-). Gestionar libros se me da de puta madre (voy a tirarme alguna flor, hombre ya), ahora bien, gestionar económicamente no se me da tan bien. El fondo bibliográfico que ha llegado a tener la Pecera ha sido algo a tener muy en cuenta (piropeado, no mucho, pero alguna que otra vez, y curiosamente, en un 90 % gente forastera que ha visitado y comprado libros entre estas paredes), pero poco a poco se me ha ido marchitando entre las baldas. Es como si en este pueblo me hubiese puesto una levita, me hubiese dejado un bigote daliniano resultón y hubiese sacado de mi chistera a la misma Venus de Boticceli en la plaza del mercado; hasta ahí todo bien (y hasta aquí me duraron las flores para tirarme) pero he tardado en darme cuenta de que a nadie le parecía interesar tan magna belleza y la Venus hubiese acabado entrando casi en coma por el frío, la indiferencia y la dejadez. Ahora bien, dos cosas; primero, la belleza de la Venus no es cosa mía, traer ediciones bonitas y/o baratas y/o maravillosas y/o simplemente ediciones de Carver, Flaubert, Bolaño, Dante, Quiroga, Ajmátova, Perutz, Cheever, Zola... tener todo el fondo de Impedimenta, poner bien a la vista a Wagenstein, Pron, Halfon, Olmos, Foster Wallace, Giralt Torrent, Cartarescu, es decir, intentar mantener el equilibrio entre un fondo bibliográfico que no sólo huele a polvo y a viejo sino que aún está vivo y es algo con sentido y compaginarlo con el noble arte de surtirme de best sellers, esto es, gestionar una librería, eso, eso se hace con la punta de la pluma de la gorra; y segundo, que eso tan bonito sea rentable ya es otro cantar y es un tema a discutir a fondo, y yo no sólo lo he discutido sino que he acabado molido por unos palos que me han caído por todos lados. He sobrevivido cuatro años y medio porque he optado por quitarme gran parte del pan de la boca, renunciando (pero sin renunciar, he ahí el problema) a lo que pienso que debe ser una librería, porque he sacado un pie fuera y he intentado otras opciones laborales (con un pie fuera tampoco uno puede esperar mucho resultados), así que el afuera de mi pie izquierdo se va a convertir en el dentro de mi todo y la Librería pasa a otras manos. He acabado agotado de mi propia cabezonería y romanticismo, y aunque sea muy bonito ser romántico, también es muy ingrato.  Puedo echarle la culpa a la situación geográfico espacial donde se asienta la librería, que no es moco de pavo, pero en el fondo, sé que el problema soy yo. Nueva gestión, nueva vida, el rey ha muerto; ¡Larga vida a la Pecera!


No estaría mal que un día de estos yo pudiese decir como Aristóteles ante las noticias de las gestas de Alejandro, o como Alexis Korner frente a una foto del dios dorado de Robert Plant: "A ese, a ese truhán, todo lo que sabe, se lo enseñé yo", aunque el espíritu sea otro, aunque el rey esté desnudo, y aunque yo siga sin tener para un café. El brillo de la Pecera, o lo que yo quería que fuese, duró poco, tal vez el segundo semestre del 2007 y el primero del 2008, pero al menos conseguí que algo que hice yo brillara, algo al menos, quien quiera verlo que lo vea, y el que no, pues no, pero la medalla es mía y me importa un carajo que al ponérmela me la haya clavado y hecho sangre, aún así luce bien en mi pechera, y me va niquelada con mi decimonónico monóculo y mi ráncio abolengo proletario. ¿Después de esos meses de gloria...? Luego... pues... luego... Si me pongo a pensar en el luego en vez de flores empiezo a tirarme tomates y ya me flagelo bastante yo con lo mío todos los días. Es como montar un sexshop en Siberia, igual por eso de la novedad y el frío y la mente pervertida de algún Siberiano te funciona, pero o le das otro aire o empiezas a pensar cómo darle salida a todos esos dildos, consoladores y fustas. En el fondo he optado por lo fácil, y es pensar que yo no sé hacerlo de otra manera. Es lo primero que le diré al nuevo dueño, dale un buen giro a esto, cúrrate los coles, los "instis", organiza actividades, lo que sea, pero cámbiala (en el fondo eso fue lo primero que le dije cuando me preguntó la primera vez); no es un vago huraño como yo, conoce a bastante gente, así que le será fácil.

Librera Siberiana con local equipado de calefacción central, ¿quién dijo que éste no es un oficio sexy?

Ahora la Pecera da cosa verla; medio vacía, algo melancólica, con una "mustiéz" enorme recorriendo las baldas; sé que tiene hambre de libros y de lectores pero ya le he dicho que espere. En el fondo, y no sé si lo he dicho alguna vez, creo que no, así que creo que por fin lo diré de una vez, el problema es, como también me han dicho bastantes veces mis amigos, que yo mismo soy mi mejor cliente. Imaginaos ese sexshop bien surtido en Siberia; imaginaos un día típico siberiano; imaginaos ahora a ese sexshopero mano sobre mano mirando sus estanterías, fijándose en esa reproducción del aparato genitourinario de la gran Vanessa del Río y mirando la colección de películas altamente esteticistas y preciosas de Andrew Blake, preguntándose cómo demonios no tiene la tienda llena; ahora imaginad que dicho sexshopero se llama Donatien Alphonse François de Sade, oui, vualá, tre vian... Ahora se entiende que nadie le augure un buen futuro al pintón negocio siberiano de ese vicioso marqués; igual con unas mesitas, unas velas, un suculento bizcocho casero, una selección de tés, un taller del uso y correcto majeno de las bolas chinas, una presentación pública para los paisanos siberianos del "jes extender" fabricado por un vecino poeta y lo mismo el sexshop le funciona, pero es que estamos hablando del puñetero marqués de Sade y ese lo que quiere es lo que quiere, está claro; normal que no tenga visión comercial, pero ni aquí ni en Siberia ni en Sebastopol. Ahora bien, darle a ese onanista degenerado un buen mecenas y un gestor con maña y lo mismo convierte esa tienducha perdida en la Siberia más dejada, apática y sin fuste de la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviética en un oasis de perversión y libertinaje. Anda que no... Pero la vida es como es, si no se puede no se puede y además es imposible (pleonasmo espetado por Rafael Gómez Ortega "El Gallo" y máxima vital de este librero), y si una etapa se acaba, pues se acaba y punto. Una cosa está clara, voy a echar mucho de menos ser librero, y sobre todo, voy a echar de menos ser mi mejor cliente. A todo esto, ¿de qué estaba hablando? No lo sé, pero mi amigo dice que no debo corregir esto.

jueves, 20 de mayo de 2010

Como edificios bombardeados. De piruetas, Halfón, chuchos, Dio y habas

Llevo una pirueta en la mochila, un pequeño salto hacia el vacío en una especie de destartalado jubón lleno de agujeros que, como un vaquero viejo, me resisto a cambiar. Ayer acabé "La pirueta" de Eduardo Halfón, sentado en la terraza del parador de Almagro tras recoger un paquete de libros en un almacén que hay cerca, a media tarde... bueno, entre esas tres horas que tengo entre la comida y el horario comercial de tarde, y que exprimo como si viviera en una gran urbe. Sólo soy un librero un tanto diletante, no se me da bien la crítica literaria, pero hay que leer a Halfón. No buscaré símiles para describir ese libro pequeño llamado "La pirueta", sólo repetiré que es un placer leerlo. En el patio del parador no había nadie, así que no tuve problemas en buscar una mesa a la sombra, aunque las veces que voy y hay más gente, la mayoría son turistas europeos que se tuestan al sol, café en mano, aunque sean las cuatro de la tarde. El camarero me trajo el periódico junto con el té con leche (¿agua y leche, leche sola, poca agua...?), lo cual fue un detallazo por su parte, que ya nos conocemos aunque nunca crucemos más de dos palabras (¿agua y leche, leche sola, etc...?). Quité la mochila de la mesa para que él pudiera dejar la bandeja y el periódico quedó a mi vista con un artículo de un serbio, el serbio más gafe del mundo o el más afortunado, no se sabía, que después de escapar con vida de varios accidentes aéreos, atropellos, incendios, le había tocado la lotería y ahora, después de varios años de vivir como un rico, había decidido repartir su fortuna y volver al pueblo donde nació con su mujer (eso da la clave para saber que no es el más gafe). Y con la pirueta en las manos no pude más que sonreír. Me dio igual abrir un poco más tarde ayer, porque quería acabar el libro, y un libro que empieza como empieza, un libro armado en su tronco con postales preciosas y que acaba como acaba es imposible que sea malo y si además está escrito como está escrito, entonces ya no hay duda. Cuando llegué, cogí "El boxeador polaco" de la estantería, el anterior libro de relatos de Halfón y del cual surgió la pirueta, le quité el precinto, lo abrí, volví a pensar lo que siempre pienso cuando abro un libro de Pre-textos ("joder, que bonitos"), y casi me quedo ahí de pie leyéndolo entero de nuevo.

Debería salir un momento a llevar la bici a arreglar, sé que es una tontería escribir ahora esto, pero me di cuenta que estaba pinchada cuando fui a salir ayer a mi obligado paseo cual piraña, y esa es una de mis pocas parcelas de asueto. Me dio tanta rabia el pinchazo que fui a comprarme un puñado de habas frescas, cogí el coche y me fui a ver ponerse el sol donde siempre voy con la bici. No tengo ni idea del campo, ni de siembras, ni de flores ni de aves, para mí las flores son las margaritas, los flores esas tan frágiles rojas que salen por todos lados y que ahora mismo soy incapar de recordar su nombre, los cardos y para de contar; seguramente confunda el trigo con la cebada (alaaaa, a lo lejos? sí...), y entre perdices, gorriones y colorines al resto los meto en el saco de "mira qué pajaro tan bonito", incluso hay veces que creo ver algún ave rapaz y dudo, como si no fuese posible que yo viese un halcón, pero en fin. Ahora el campo está amarillo, pasó por todas las gamas del verde y ahora es amarillo, como un mar. Dentro de poco segarán, abonarán y será imposible ir por allí sin sentir arcadas, pero pronto saldrán las calabazas y eso no me lo pierdo. También tengo un contencioso con el chucho de una finca, él me ladra, yo le insulto, él me persigue, yo le reto, él se enfada con su fea cara que no levanta más de dos palmos del suelo y su rechoncho cuerpo paticorto y yo le bautizo como "chucho cabrón", porque siempre se esconde y aparece donde menos lo espero, ladrando como un poseso incapaz de ser consciente de su tamaño real.

Así que comiendo habas, sentado en el capó del coche, escuchando el Rising de Rainbow... Ahora que lo escribo, me faltaban la camisa de franela, las botas, el sombrero y el tabaco de mascar, aunque con las habas no vaya muy bien, pero me conformé con hacer cuernos, acordarme de Ronnie y volver cuando ya casi era de noche. No es que estuviera triste, más bien estaba jodido, jodidamente triste. Escuchar regularmente a un cantante durante casi toda tu vida y enterarse de que se muere de cáncer de estómago es extraño y no hay manera de explicarlo, y más si es Ronnie James Dio. Si dices que estás jodido queda ridículo (¿triste por un cantante de rock que no conoces pero cuyas canciones tu tienes como si fuesen las postales de un tío lejano?) , y si no dices nada parece que estás siendo infiel a tí mismo. El mensaje de Dio era claro, el mundo está lleno de reyes y reinas que ciegan tus ojos y roban tus sueños, pero si yo puedo tú también. Me valía con 12 años y me sigue valiendo ahora.

Lorena me acaba de escribir esto... "esta historia venía referida en un libro... el autor de... a ver, si me acuerdo.... "sueñan los androides con ovejas eléctricas" ????... o algo así... sabes quien es?... bueno, pues uno de sus libros refiere una entrevista a Mark Twain en la que cuenta que el tenía un hermano gemelo y que eran idénticos, casi ni su madre era capaz de distinguirlos, y para poder hacerlo les ataba una cinta a cada uno en la muñeca de distinto color... el tema es que un día los niños se están bañando y les quitan las cintas, y uno de ellos se ahoga... Mark Twain dice que nunca ha sabido si se ahogó él o su hermano ......" La casualidad no existe, o es algo que llamamos así cuando nos damos cuenta de que la realidad asusta.

Me pregunto si Eduardo Halfón tendrá un gemelo, si se llamarán igual, si uno será el que escribe la novela y el otro el que hace la pirueta, si el que viaja buscando a Milan Rakic es el que escribe o el que viaja es el que llama por teléfono al escritor para que escriba lo que le está pasando. Él intenta dejarlo claro, “el Halfón narrador fuma un montón y yo no fumo. Él ya cobró vida independientemente de mí, ahora hace cosas que no sé por qué las hace." Es fácil olvidar quién es quién. Crear gemelos. El gemelo que siempre deseamos tener y con el que nos comunicamos de una manera dificil de explicar y entender. Leo por ahí que uno de sus amigos le dio la base para crear a Milan, y que Eduardo suele hablarle de cosas a su amigo que en realidad hizo su personaje. Auster, Belano, Vila-Matas, Henry Val Miller, Halfón, en el fondo lo que importa es que hay por ahí un pianista serbio que toca lo que se le da la gana sin seguir el programa propuesto y que Mark Twain nunca supo si se ahogó él o su hermano Huck, ¿o era Tom?.

En fin, voy a llevar la bici a arreglar... Amapolas, coño....

sábado, 8 de mayo de 2010

La pirueta, de Eduardo Halfón


"Le pregunté si había diferencia entre los estudios de música clásica en Estados Unidos y en Europa. Muchísima, hombre. Y se sentó en el banquito de Lía. Mirá, dijo, a los americanos les gusta que se toquen las composiciones clásicas como si uno fuese una máquina o un robot. Sin ningún tipo de emoción personal. Sin uno estar presente. La música siempre igualita. Quieren, dijo, eliminar por completo la personalidad del intérprete. Encendió un cigarro y, sonriéndole a la señorita morena, se quedó pensando un momento. ¿Vos sabés quién fue Lazar Berman? Ni idea. Un gran pianista, dijo. Un experto de la música de Liszt, dijo. Un judío ruso peleado con la música del polaco Chopin, dijo, y yo de inmediato desordené sus palabras y pensé en el boxeador polaco peleando cada noche, luego pensé en mi abuelo peleando con las palabras polacas. De niño, dijo Milan, yo estudié con Berman, en Italia. ¿Querés?, y acepté un cigarro. Recuerdo que el primer día, en su estudio, toqué la Sonata en B menor, de Liszt, una pieza muy complicada, y el viejo judío, sentado en un enorme sofá de terciopelo rojo, no dijo una mierda. Nada. El segundo día, volví a su estudio, empecé a tocar la misma pieza y, de pronto, Berman se puso de pie y empezó a somatar la ventana con su bastón, así, suavecito. Milan, tras tomar un largo sorbo de vino, se secó los labios con la manga de su camisola. Estás tocando la pieza igual que ayer, muchacho, me gritó el viejo en ruso. y yo me quedé callado mientras Berman seguía somatando la ventana con su bastón. Pensé que el tipo estaba loquito, ah. Pero luego, muy lento, caminó hacia mí, puso una mano sobre mi hombro y, con una sonrisa de diablo, me susurró: Es que no ves que hoy está lloviendo, muchacho. Una gran diferencia, dijo Milan haciéndose a un lado para que Lía se sentara. Mañana, Eduardito, tocaré un poco de Liszt, concluyó, como si eso confirmase la veracidad de su anécdota, y se fue a platicar con la señorita morena." (p.28-29)

Título: La pirueta / Autor: Eduardo Halfon / Editorial Pre-Textos / 152 páginas / 10,00 €



martes, 13 de abril de 2010

Las cosas de mi mochila



Llueve. 13 de abril. Estos cámbios de tiempo (de temperatura, de presión, de isobaras y de céfiro ánimo) me tienen frito (qué viejo me estoy haciendo) me suenan todos los huesos y me duelen algunos de los puntos de la pierna y el pecho ("pobrecito"). Hoy he recibido noticias inesperadas de un escritor admirado y me he puesto contento.
La pecera sigue medio llena de libros, con los anzuelos puestos aunque hay pocos peces dispuestos a poner en suspenso sus vidas y vivir en otras; claro que hay de todo y a veces bastante tiene uno con lo que tiene, pero la pecera hace aguas y, para qué negarlo, estoy preocupado. Pagos del primer trimestre de Hacienda, autónomo de "mírame y no me toques que no me puedo pillar la baja", grafómano somnoliento (¿dije que por fin acabé "La muñeca rusa"?), opositor de baratillo y váter, café adicto (descafeninado de máquina, que ya sé que no vale pero es que soy muy impresionable, a la par que autosugestionable) me jode sentir que apenas leo.

A Rodrigo Fresán, a Pascal Quignard (que los dioses bendigan a este hombre)y a Eduardo Halfón, de momento, los he dejado aparcados (que no apartados), absolutamente genial pero, quizá para mí en estos momentos, abrumadores y agotadores. Sostengo el ánimo con "Los Trapos sucios" de Mötley Crüe y "Las aventuras de Huckleberry Finn", pero el estudio me tiene frito y hago lo que puedo como librero. Así que para mis humos, leer, lo que se dice leer, pues poco, la verdad. Lo que me he dado cuenta que sí hago es pasear libros, van y vienen conmigo, algunos más pesados que otros, como si ingenuamente pensase que me van a entrar las ganas en cualquier momento y hubiese de estar preparado; bueno, las ganas tal vez no, sino el momento (algo así como si de un bucle picassiano se tratase y la frase "si la inspiración viene, que me coja trabajando" se hubiera convertido en "si puedo leer que tenga un libro cerca") aunque la espalda se resienta. Vaya en bici, andando o en perdigón, la mochila no la suelto, y los libros van y vienen de acá para allá con el consiguiente mareo literario, las lecturas fragmentadas y las tramas cruzadas, como "picar entre horas", que eso no es comer ni es ná y además es malo. A veces hecho de menos la línea 6 de metro de Madrid, como cuando me sentaba sin prisa volviendo de casa de mis tíos y leía sin culpa ni prisa, y hasta me pasaba de parada y pensaba, "bah, como es circular, ya llegaré de nuevo", en vez de bajarme y coger el metro en sentido contrario.

Pedro, un cliente de esos que todo librero quiere tener (no por lo que compra sino por lo que lee o ha leido y por cómo es) me ha traido un libro que está agotado, que sabe que yo quería leer y que, casualmente (o no, pues él fue librero en los ochenta) tenía. "La Enciclopedia de los muertos" de Danilo Kis. Lo he empezado, claro, y me ha dejado como todo lo que he leído de Kis (me ahorraré epítetos para no parecer un moñas) pero por ahora descansa en la mochila y va de aquí para allá conmigo con tan sólo 34 páginas leidas. También ocupa mi bolsa (y destroza mi espalda) los cuentos completos de Antonio di Benedetto, autor del que no he leído nada y sobre el que he leido cosas buenas (si Bolaño dice que es uno de los mejores habrá que hacerle caso) y "Escrito en el cuerpo" de Janette Winterson (este es pequeñito pero hay que tenerlo muy en cuenta) y alguno más, aparte de cuadernos emborronados, bolígrafos, facturas por archivar (la pecera es un caos), cd´s (el último de Wilco entre otros), papeles (entradas de cine, tickets del mercadona, notas varias...) pastillas de sintron y un tampón (creo que Celia lo metió allí el cuando fuimos de viaje y, claro, si no me lo pide pues no me acuerdo que tengo eso ahí -¿algo parecido a la idea picassiana de los libros?-).


Ocho libros son muchos para una mochila tan vieja.
Me gusta escuchar últimamente a The Avett Brothers (mientras escribo esto suenan en La Pecera); "Emotionalism", el glorioso "A Carolina Jubilee" y el imprescindible "I and Love And You" me acompañan a todos lados, aunque ahora mismo alzo la vista y Thelonius Monk me mira desde la carátula de un disco -una de las mejores carátulas de la historia, por cierto- y no sé qué me quiere decir (está al lado de Parzival y unos escritos de Satie, ¿significará eso algo también?) Seguramente no. Qué cojones, voy a poner mi composición preferida de Celedonio Monje, los peces de La Pecera lo merecen...
Solamente quería escribir algo.

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