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domingo, 5 de febrero de 2012

Es cuestión de tiempo que lo veas


Estoy incumpliendo varias reglas no escritas y autoimpuestas esta noche; la más importante es la de escribir cansado. Incumplo otras, claro, como siempre, como no estar elegante y tener algo caliente para beber cerca. No tengo mi sombrero puesto, ni mis tirantes, ni mi pantalón de pinzas, ni estoy dejando que una taza de té se vaya templando hasta que en un impás de esos en los que pienso que no sé cómo seguir me lo bebo de un trago. Hace años que no escribo borracho, salud obliga, pero la máquina funciona por sí sola sin aditamentos, y de los clichés que me vulgarizan ese es el que menos me importa. Mi sombrero sí me importa, los tirantes no tanto. Pero estoy cansado, mucho. Y no me gusta escribir cansado; no debo escribir cansado. ¿Qué estoy haciendo entonces? Escribir con agujetas está bien, siempre y cuando el cuerpo desnudo que miramos dormir se muestre tranquilo mientras tu te afanas en teclear para escapar de la justicia. Por algo digo que me importa mi sombrero. Pero hay cansancios que no son buenos consejeros. Fatiga, somnolencia, falta de sueño en una palabra, acompañado por una espacie de marcha a ralentí de un cuerpo agotado del que nos es imposible disociarnos. 

Han pasado muchas cosas pero del mismo modo todo sigue igual. 

Debería estar contestándole un correo a alguien, alguien que no sé qué rostro tiene pero que me habla con una cercanía que no sé cómo agradecer. Será el sentimiento de soledad, sin ser esa soledad en la que la mayoría piensa inmediatamente; es de la otra. Siempre es de la otra, siempre es otra.  Mi cubículo espacial recibiendo transmisiones como teletipos que hemos de recomponer para seguir en marcha. Se me plantea la idea de reescribirlo todo. Y sé que tiene razón, pero no sé encontrar las fuerzas. Y menos esta noche. Gélida. Palabra. Antes tenía la manía, antes, de recurrir a la libreta del bolsillo, cuando no se me había impuesto este "flotador-blog-salvavidas de idioteces-ventana indiscreta" de manera tan recurrente como ahora, relegando la escritura manual a manierismos de pequeño burgués. Antes, como decía, escribía en una libreta todo, y a veces escribía "una palabra: lucernario; un número: 4; una sensación: modorra". Tal vez esa sea la forma en la que más cerca he estado de escribir eso que llaman "diario". Pero como digo, hace años que no lo hago. Abro libretas viejas y leo esas cosas. Pero esta noche otro alguien me escribe y me dice que reescriba, por mí y por la historia. Y me pregunto muchas cosas. Y sé que todo lo que me pregunto es una excusa para no hacerlo. Mantener la mediocridad aceptada es una manera de evitar defraudarse aún más a sí mismo. No es lo mismo tirarse desde un segundo que hacerlo desde un octavo. Los sesos sobre el asfalto no dicen nada de la euforia que pudiste sentir en la caída. Las escaleras cansan y te quedas siempre a medias. La sonrisa no tiene sentido. El problema es que lo haré, o al menos lo volveré a intentar. Reescribiré todo de nuevo, volveré sobre mis pasos y haré un palimpsesto de ese niño normalito y del montón que salió. El que me escribe (el caballero que me escribe, el compañero que me escribe, el soberbio desconocido que me escribe)  me dice cosas que me han dicho antes pero que hasta hoy me he negado a oír por esa estúpida excusa occidental (americana, burda y complaciente excusa) de "creer en uno mismo". Esta noche decido que lo voy a hacer pero aún sabiendo que no conseguiré nada, acaso pulir el desorden, mostrar  caminos despejados ahí donde dejé crecer hierba descuidadamente, poco más. Tal vez debería regalarla a quien me lo pidiera.

¿No dije que no debía escribir cansado? ¿Dónde he estado todo este tiempo? Todo este tiempo, ¿desde cuándo? La entrada anterior a esta no cuenta por ser la transcripción de un poema, de esos poemas que uno piensa que deberían leer en su funeral, así que la fecha a la que la acusación ha de agarrarse será de la última entrada en la que conté algo "de mí" y que ahora no recuerdo cuál fue. ¿Y entre medias? Materia Prima de La Tristura Teatro (háganse un favor y véanla si tienen oportunidad), gente, cosas, mensajes... Un cosmonauta recibiendo mensajes. That's the point. ¿Y dónde estoy ahora? Pongamos que haces unas prácticas de un curso en una fundación que ayuda a enfermos mentales a reinsertarse, prácticas gratis. Pongamos que cuando acabas lo importante te mandan pasar a limpio historias de pacientes (usuarios), historias clínicas y del equipo de trabajo social. Pongamos que lees cosas atroces, pongamos que lees y lees historias atroces. Diez, doce por día, y que pasas a limpio cinco o seis. Pongamos que esas historias tienen cara, pero tú no sabes cuál es cuál. Van, vienen, se toman su medicación, te saludan, hacen talleres, van d ela euforia a la depresión, del soslayo a la rabia oculta. Miradas. Pongamos que pasan los días y terminas agotado de leer tantas cosas atroces (van tres). Pongamos que preguntas a los compañeros cómo lo hacen para ser impermeables. No puede, nadie puede, pero a todo se acostumbra uno. Pongamos que tu vida sigue. Pongamos que te preguntas dónde está el límite. Pongamos que nadie dice nada. Pongamos que te asquea hasta la nausea la posibilidad de utilizar ese material de manera, digamos, literaria. Pongamos que lees cosas, historias, situaciones donde la locura está presente. Pongamos que comprendes, o crees comprender, pero sabes que no todo se reduce a componentes socio económicos. Pongamos que tú, meses antes, has escrito la historia de alguien que decían estaba loca. Pongamos que esos giros del destino no te hacen gracia, sobre todo cuando la historia que escribiste fue una historia fallida. Pongamos que rescatas de la estantería libros de Foucault. Pongamos que lees a trompicones. Pongamos que lees mal porque no tienes tiempo de leer. Pongamos que escribir de esta manera cansa (pongamos... pongamos...). Ahora estoy en otra. Es dificil quedarse en un sitio. Es difícil tener sitio. Digamos de nuevo que me prometí a mi mismo no volver a escribir cansado. ¿El motivo? Principalmente clicar al icono de publicar sin estar en condiciones decidir si todo eso que has escrito cansado es conveniente que salga del borrador. ¿Y quién está en condiciones de poder decidir eso? ¿Y quién ha dicho que siempre hay que contar algo? Yo, yo lo he dicho.. y sí, estoy cansado, pero llevo puesto mi sombrero, y "porque sueño yo no lo estoy" que repetía Leólo...

...¿estas seguro?


jueves, 2 de diciembre de 2010

Moonwalkers. Lunáticos que aullan a Selene


Una pregunta estúpida. ¿A dónde puedes ir una vez que has estado en la Luna? De vuelta en tu casa, en tu cama, tumbado, piensas que has pisado la Luna, que hace semanas que volviste, entonces ¿adónde ir? Entre pedidos de navidad, facturas y libros pendientes, por fin le hinco el diente a dos libros que salieron el año pasado sobre la carrera espacial. "La conquista del espacio" de Matthew Brzeninski y "Lunáticos", de Andrew Smith; este último cuenta las peripacias del autor para preguntarles eso mismo a todos los astronautas todavía vivos que han pisado la Luna.¿A dónde puedes ir una vez que has estado en la Luna? Sólo doce personas lo han hecho, siempre y cuando nos creamos totalmente la versión oficial, pero como no estamos para teorías conspiratorias ni apuntes para una novela mediocremente delirante, nos fiaremos de la versión oficial. Doce. En diciembre de 1972 fue el último viaje tripulado a la Luna. No ha habido más. El 20 de julio de 1969 llegó el primer hombre, en 19 de diciembre de 1972 salió de allí el último. Doce hombres han pisadol a Luna (sin contar a Cyrano de Bergerac). Eugene Cernan fue el último, un americano de padre checos; desde entonces no ha ido ningún astronauta o cosmonauta más. El libro de Andrew Smith comienza con su encuentro con Charlie Duke, el décimo de esos doce hombres, y a partir de ahí no podrá dejar la historia para encontrar y entrevistar a los restantes moonwalkers, auténticos lunáticos. Uno pinta siempre el mismo cuadro, otro escribe canciones country sobre su alunizaje, varios se dieron al alcohol, algunos no quieren saber nada del mundo ni de la entrevista, otros sufren enfermedades psiquiátricas, se han apartado del mundo o militan en extrañas religiones... 

"Charlie Duke no fue el único para el que la vuelta a la Tierra fue dificil. Investigué sobre los demás y descubrí que habían reaccionado a aquella experiencia de formas totalmente distintas. El primer hombre ne pisar la Luna, Neil Armstrong, se hizo profesor y se retiró de la vida pública, "para volver a los fundamentos del planeta", mientras que su compañero Buzz Aldrin pasó enredado en el alcoholismo y la depresión, para después lanzarse a desarrollar estravagantes ideas espaciales. Alan Bean, el astronauta rebelde por naturaleza del Apollo 12, dejó el espacio para hacerse artista y pintar multitud de óleos que representan escenas de la misión lunar. Edgar Mitchell experimentó un "fogonazo de comprensión" en el que se conectó al universo, y detectó una inteligencia que pasó toda su vida intentando comprender, después de curó de un cancer mediante un curandero con telepatía y hoy es un acérrimo defensor y testigo de la vida extraterrestre. De manera aún más radical, Jim Erwin afirmó haber escuchado a Dios susurrándole a los pies de los majestuosos y dorados Montes Apeninos, por lo que dejó la NASA y se pasó a la religión a su vuelta. Mientras que, el temible Alan Shepard, el único que almitió haber llorado en la superficie, hizo algo que nadie hubiese imaginado que haría, o más bien, que podía hacer: se serenó..." Esta es parte del prólogo... (...) Un párrafo después... "Los nepalíes, por ejemplo, creen que sus muertos residen en la Luna. Cuando el veterano del Apollo 14, Stu Roosa, visitó Nepal, tuvo un ataque de ansiedad cuando alguien le preguntó: ¿Vio usted a mi abuela?" (...) James Irwin, del Apollo 15, creó una secta cristiana llamada "Alto Vuelo" y dedicó gran parte de sus fuerzas y recursos en montar expediciones a Turquía para encontrar el Arca de Noé"

Hemos crecido viendo películas espaciales, viendo a primates enormes como Chewaka lanzando gurutales gritos mientras millones de chavales soñábamos con tener una pizca de la canalla espacial de Han Solo, y resulta que los pocos hombres que han orbitado y salido de esta roca decadente y preciosa han acabado medio tarados, siendo casi unos inadaptados. Y si miramos a los cosmonautas soviéticos sale otro libro fascinante. El libro de Matthew Brzeninski, "La conquista del espacio" se centra más en los años anteriores al primer alunizaje... (Nota estúpida: Madrid, hace ocho o siete años, borrachera con mi prima, el bar San Román, yo le hablo de estas cosas, lo sé, es algo que siempre me ha llamado la atención, reimos, exaltamos la amistad, o más bien el parentesco, yo digo alunizaje de nuevo, ella me mira muy seria, como si algo en su cabeza se hubiese encendido y pregunta "y si vas a Júpiter, entonces qué es ¿ajupitaje? y de golpe cerveza saliendo por los orificios nasales y ala, fuera del bar...) Ambos libros se pueden leer como libros de ensayo histórico o, uno como novela de aventuras histórica (el de Brzezinski), y otro como el relato de una crónica en primera persona (el de Smith) para buscar una respuesta vital; a poco que alces la vista y mires a la luna mientras lees alguno de ellos, tú también te convertirás en un lunático.
¿Por qué todos los hombres que han sobrevivido a un alunizaje parecen auténticos alienígenas? Auténticos héroes de una época extraña, han sufrido el olvido, el descrédito e incluso la burla, viven en el letargo, la inadaptación.

No sé porqué recuerdo ahora a Rudoff Hess. En varios de sus delirios dijo que habían llegado a la Luna ellos primero, los nazis, y que habían construido una base lunar. Hess en Spandau... Mejor no pensarlo mucho. En enero de 1970, por ejemplo, le dejaron ver la televisión por primera vez en su vida. La primera imagen que apareció fue la de una chica anunciando un sostén. No hubo justicia poética y en la pantalla no apareció un judío en Auswitch, apareció una chica en sujetador. La sonrisa ladina de Hess, la mueca rota de un muñeco infame. El 13 de marzo de 1970, tras una salida de Spandau por causas médicas, Hess volvió a su prisión, a la cárcel más grande para una sola persona tras la salida de Speer. No volvió a su celda de siempre, sino a la capilla, más espaciosa, donde se le instaló una cama de hospital. Aquellos meses volvió a dar muestras de su obsesión con el viaje a la Luna, asunto sobre el que devoraba libros y artículos. ¿Porque el viejo Hess se obsesionaba con la luna en su celda de Spandau? Rudolf Hess, lugarteniente de Hitler hasta su misterioso vuelo a Escocia y posterior captura, tenía un gigantesco póster en su celda con los cráteres lunares. Obsesionado por la astrología hasta el final de sus días, su otra pasión se ha mantenido oculta muchos años: la Luna y sus consideraciones científicas, los entresijos técnicos de la aeronáutica y la carrera espacial. Tenía verdadera fijación personal sobre la Luna, y sus últimos días no hicieron más que acrecentar ese interés. Hay una fotografía donde se le ve señalando algo en la Luna. Su dedo apunta al Mar de la Tranquilidad, aquella zona lunar dónde aterrizó el Apolo XI...

"La conquista del Espacio" de Matthew Brzezinski está editado por Editorial El Ateneo y cuesta 19.50 €; "Lunáticos" de Andrew Smith, por la Editorial Berenice, y son 19.95 €.
¿Qué le dices a alguien que realmente ha cantado en la Luna? ¿Qué puedes pensar que pensaba?
Jack Schmitt y Gene Cernan cantado en la Luna. "I was strolling on the Moon one day, in the very merry month of May..December" Filmado en diciembre de 1972.

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