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lunes, 9 de mayo de 2011

Hotel, dulce hotel...


Es extraño escribir en hoteles (al menos para mí, que los frecuento tan poco en esta época de mi vida), es extraño encontrar aquí esa llamada paz que se le presupone al acto de garabatear conscientemente en un lugar de paso donde cuerpos, y digamos la palabra errante, descansan, buscan fonda transitaria y fugaz, se aman, se odian, se distancian o se perdonan, se van, se piensan, todo ello con la vista puesta en un hipotético regreso proyectado entre ese trayecto en el que se habita. Uno escribe en os hoteles como un escriba en un monasterio, sabiendo que nada le pertenece, que todo se hace por algo ajeno a nosotros, que sólo somos cajas de resonancia, trozos oxidados de cobre (si es que el cobre se oxida, que ahora que lo pienso creo que no, o sí, me temo que todo se oxida), antenas amorfas retransmitiendo una historia que nos atraviesa sin mirarnos siquiera. Uno escribe en las habitaciones de hotel sabiendo que nada se posee salvo lo que podemos aprehender con la mirada, es decir, nada, y si uno se rinde y doblega al tiempo y se sienta a escribir es porque busca de alguna forma cuantificar sus sentidos, ampliar su torpe radio de acción, queriendo encontrar una posible respuesta al sinsentido brutal de ir de un lugar a otro por placer, por trabajo, por necesidad... Viajamos, nos movemos para buscar reposo y, desde lejos, volver a mirarnos. Curioso. Todo vano espejismo burgués, personaje sobreactuado desenvainando un lápiz (o tecleando un Ipad, un blackberry, una tableta sin personalidad, un portátil plagado de pegatinas en su tapa como si fuese la proyección en el siglo XXI de las rectangulares maletas de correas o los baúles también plagados de pegatinas dando fe de las escalas y los trayectos que veíamos de pequeños en películas en blanco y negro y con las que soñábamos surcar el mundo haciendo la revolución o simplemente tomando té en un hotel colonial vestidos de lino y adornados de sombreros de paja), intentando captar aunque sea las razones que nos han traído a este hotel y no a otro en otro lugar, como si esas razones pudiesen decir algo esencial de nosotros mismos.

Todo esto está escrito en un hotel, en un cuaderno trastabillado que transcribo por las noches en el ordenador por eso de ejercitar la mano y el laberinto de mi cerebro, en mitad del campo, en plena sierra conquense. Afuera llueve. En una de las vigas de madera del porche acristalado donde sentado en una silla que cojea levemente escribo esto, hay un nido de golondrinas. Gorriones nerviosos picotean las migas de pan de mi desayuno, aventurándose entre mis pies como soldados kamikazes; si cierro los ojos puedo imaginar sus pequeños corazones acelerados presos de la adrenalina, la necesidad y la temeridad desconfiada. Intento parar todo a mi alrededor, hago una pausa antes de seguir y no, no encuentro nada diferente.

Joseph Brodsky. Marca de agua. Ed. Siruela, pág 24-25

"Inanimados por naturaleza, los espejos de las habitaciones de hotel están aún más aburridos de haber visto a tantos. Lo que te devuelven no es tu identidad sino tu anonimato, sobre todo en esta ciudad. Porque aquí lo último que  importa es verse a uno mismo. En mis primeras estancias, a menudo me sorprendía con la imagen de mi propio esqueleto, vestido o desnudo, en el armario abierto; poco después comencé a preguntarme por los efectos edénicos o ultraterrenos de este lugar en la conciencia personal. En algún momento, desarrollé una teoría de excesiva redundancia sobre un espejo que absorbía una ciudad. Como es obvio, el resultado es la mutua negación. Un reflejo no se puede preocupar por un reflejo. La ciudad es lo suficientemente narcisista como para hacer una amalgama con tu mente, cargándola con el peso de sus profundidades. Con efectos parecidos en tu cartera, el caso de hoteles y pensioni es casi el mismo. Después de una estancia de dos semanas –incluso en temporada baja- terminas tan arruinado y desprendido como un monje budista. A cierta edad y embarcado en cierta línea de trabajo, el desprendimiento es algo positivo, por no decir imperativo.

Hoy, por supuesto, todo esto ya no se puede ni pensar, ya que los muy listos cierran a cal y canto las dos terceras partes del estos pequeños establecimientos durante el invierno; y la tercera parte restante mantiene durante todo el año esas tarifas que te crujen. Si tienes suerte, puede que encuentres un apartamento, aunque, por supuesto, éste se presenta con el gusto personal del propietario en materia de cuadros, sillas, cortinas, y dota a tu rostro, reflejado en el espejo del cuarto de baño, de un aire de ilegalidad; en resumen, de eso de lo que precisamente te querías desembarazar: de tí mismo. Aún así, el invierno es una estación abstracta; sus colores son tenues, incluso en Italia, y sólo con el frío y la breve luz del día son intensos. Estas cosas entrenan a la vista en el exterior con mucha más intensidad de la que te permite una bombilla eléctrica sobre tus propios rasgos durante la noche. Si esta estación no calma tus nervios precisamente, sí los subordina a tus instintos; la belleza a bajas temperatura es belleza."

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Marca de agua


Leo a Joseph Brodsky (Leningrado 1940 - New York 1996). Marca de agua, su libro, es un recorrido por Venecia a través de diversos viajes a lo largo de los años. Leí este libro por primera vez cuando trabajaba en la Librería Pasajes, cuando subíamos los libros del almacén para reponer, y allí estaba. Charo se declaró encantada por dicho libro y yo no pude más que abrirlo. Precioso. Lo volvimos a vender y lo volvimos a pedir, pero la edición en tapa dura estaba agotada. Me empeñé en tenerlo en esa edición pero no lo conseguí. Al final, lo olvidé, aunque seguí leyendo a Brodsky a menudo. Ahora me he vuelto a acordar de este libro, y lo he pedido en tapa blanda. Para mí. Es increible volver a abrir ciertos libros y descubrir que nos siguen haciendo sentir lo mismo. Nos é por qué, pero siempre que leo este parrafo, me acuerdo de mis compañeros de facultad, de Ramón, Edu, Iván, Marcos, Guada, Sergio, Araceli...


"La había visto por primera vez hacía años, en aquella reencarnación anterior, en Rusia. La visión, allí, había adoptado el disfraz de una eslavista, una experta en Maiakovski, para ser más preciso. Ese hecho casi privaba a la visión de cualquier interés a los ojos de la camarilla d ela que formaba parte. Que no era el caso lo atestiguaban las medidas d esu propiedades visibles. Un metro sesenta, huesos delicados, piernas largas, cara alargada, cabellos castaños y ojos almendrados color avellana, un ruso pasable en aquellos labios maravillosamente dibujados y una sonrisa cegadora en los mismos, soberbio vestido de ante fino como el papel y sedas a juego, impregnados de un perfume mesmérico y desconocido para nosotros; la visión era, simplemente, la de la mujer más elegante y sobrecogedora que jamás hubiese pisado nuestro entorno. Era la clase de mujer que humedece lso sueños de los hombres casados. Y además, era veneciana.
De modo que enseguida obtuvo nuestro perdón por pertenecer al PC italiano y profesar cierto entusiasmo por nuestros ingenuos vanguardistas de los años treinta, hecho que atribuimos a la frivolidad occidental. Creo que incluso en el caso de haber sido una fascista confesa la habríamos deseado con la misma vehemencia. Era de todo punto sorprendente, y cuando posteriormente se enamoró del mayor mentecato de la periferia de nuestro círculo, una especie de botarate engreído de origen armenio, más que de celos o lamentos masculinos, la respuesta general fue de rabia y asombro. Por supuesto, pensándolo mejor, uno no debería enfadarse por una pieza de encaje ensuciada por fuertes jugos étnicos. Sin embargo, lo hicimos. Porque no era una decepción, se trataba de una traición del tejido.
En aquellos días, asociábamos estilo con sustancia, belleza con inteligencia. Después de todo, éramos una panda de letrados y, a cierta edad, si crees en la literatura, piensas que todo el mundo comparte o debería compartir tu gusto y tus convicciones. De manera que si alguien resulta elegante, ese alguien es uno de los nuestros. Desconocedores del mundo exterior, de Occidente en particular, no sabíamos que el estilo pudiese comprarse al por mayor, que la belleza pudiera ser mera mercancía. De manera que contemplábamos aquella imagen como la extensión física y encarnación de nuestros principios e ideales, y su vestido, transparencias incluidas, como parte de la civilización.
Tan poderosa era aquella asociación, y tan bella era la imagen, que incluso ahora, pasados los años, con una edad diferente y, de algún modo, perteneciendo a un país también diferente, sentí que me deslizaba sin darme cuenta hacia aquella antigua forma de sentir. La primera cosa que le pregunté cuando llegué a Venezia, mientras me apretaba contra su abrigo de piel de nutria en el embarcadero atestado de gente del vaporetto, fue su opinión sobre los Motetes de Montale, publicados recientemente. El familiar fulgor de sus perlas, treinta y dos de la mejor calidad, que encontraba eco en el brillo del borde de su pupila castaña y se elevaba hasta la dispersa plata de la Vía Láctea, sobre nuestras cabezas, fue la única respuesta que obtuve, pero eso era mucho. Preguntar, en el corazón de la civilización, por lo último que había producido, era quizá una tautología. Quizá, sencillamente, me comporté con descortesía, ya que el autor no era del lugar."


"Hay algo primordial en el hecho de viajar por agua, incluso en las distancias cortas. Recibes la información de que no se espera de ti quete encuentres allí tanto por tus ojos, oídos, nariz, paladar o las palmas de tus manos como por tus pies, que se sienten extraños de actuar como un órgano sensorial. El agua altera el principio de la horizontalidad, sobre todo de noche, cuando la superficie parece pavimento. No importa lo sólida que su sustituta -la cubierta- aparezca bajo tus pies, sobre el agua siempre estás más alerta que en la orilla, tus facultades deben buscar un equilibrio. Sobre el agua, por ejemplo, nunca te distraes de la forma en la que lo haces en la calle; tus piernas te ponen a prueba, a ti y a tu ingenio, constantemente, como si fueras una especie de compás. Bueno, tal vez lo que agudiza tu ingenio cuando viajas sobre el agua sea un eco tortuoso y distante de los viejos, conocidos cordados. Sea como fuere, tu sentido de lo otro se agudiza sobre el agua, como si se intensificara por un peligro mutuo y común. La pérdida de dirección es tanto una categoría psicológica como náutica. Quizá por eso, durante los siguientes diez minutos, aunque nos movíamos en la misma dirección, vi cómo la flecha de la única persona que conocía en la ciudad y la mía divergían en, al menos, cuarenta y cinco grados. Casi con seguridad porque esta parte del Gran Canal estaba mejor iluminada.
Desembarcamos en el embarcadero de la Accademia, cayendo prisioneros de la topografía firme y de su correspondiente código moral. Tras un breve serpentear por estrechas callejuelas, se me depositó en el vestíbulo de una pensione con algo de claustro, se me besó en la mejilla -más como a un Minotauro que como a un héroe valiente- y se me desearon buenas noches. A continuación mi Ariadna se desvaneció, dejando tras de sí un hilo fragante de su caro perfume (¿tal vez Shalimar?), que enseguida se disipó en la atmósfera húmeda de una pensione impregnada, por otro lado, de un débil pero ubicuo olor a pis. Me quedé mirando los muebles durante un rato. Luego me desplomé sobre la cama."

Marca de Agua. Ed. Siruela, 13,90 €
Josef Brodsky
ISBN: 9788498411454

Reportaje fotográfico con fragmentos de "Marca de agua"
http://www.flickr.com/photos/abulukas/sets/72157600011110474/
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