martes, 15 de marzo de 2016

El día que Santillana se retiró. El drama del esférico, la pena del cancerbero y la burbuja del deporte rey.


"La pelota es mía, pero si quieres puedes
squeeze my lemon, baby..."
Después de un artículo que encontró revista que lo publicase, como el de la reseña del libro de Aléksievich, a otro que no. 
Esto que sigue surgió espontáneamente. 
Me cuesta menos escribir cuando me dan el tema: "Escribir algo personal sobre los españoles y el fútbol, Más o menos 3000 caracteres". Ambiguo y abierto. Sin problema. Pero no cuajó del todo, había otro autor apalabrado antes que yo. "Lo sentimos, otra vez será. Úsalo como quieras", me dijeron. Como quiera imagino que es ponerlo aquí para que no se quede en una carpeta perdida. En el contexto para el que me lo pidieron, con motivo de una competición que debe empezar pronto, tenía sentido el texto; aquí, en el caimán, de golpe, como que no. Pero por otro lado, bastantes textos perdidos se acumulan ya por las esquinas de mi portátil, y aunque sólo sea por echar una palada más a la cascada locomotora de este blog, aquí va...


"Y ahora, tras perseguir un rato el esférico, a componer Fear of the dark... ¿A qué hora es el bolo, dude?"

Muchas veces pienso que me gustaría que me gustase el fútbol. También me gustaría escribir mejor y no caer en la aliteración, pero es lo que hay. Mi desconexión con la pelota produce en mi entorno tanto desprecio como suspicacias. Sin más se me tacha de rarito, de querer hacerme el interesante y, lo que es peor, surgen esos cinco segundos dramáticos donde se espera que yo diga algo más, imagino que las razones de mi rechazo. Pero no digo nada. No me gusta el fútbol, punto. No debería ser una tragedia, pero a veces lo parece.

George y Paul disfrutando de lo que para mí
fue una disyuntiva. Pop o balompie 
La relación de los españoles con el llamado deporte rey es todo un enigma para mí. Como españolito de a pie que soy, también me supone un enigma el hecho de que no me guste. Supongo que el meollo está en ver en lo que se ha convertido y comprobar hasta qué punto el fútbol ha invadido nuestras vidas, convirtiendo a los futbolistas en las nuevas estrellas, en  referentes sociológicos y culturales, encarnando actualmente una serie de valores y aspiraciones que antes ocupaban otros: músicos o actores (casi pongo escritores, perdón). Sin entrar a valorar, resulta evidente la sensación de que algo se ha perdido por el camino. No digo que Cristiano Ronaldo sea peor referente para un adolescente o un cuarentón que Axl Rose o Luis Miguel en sus días de gloria, pero me temo que la comparación palidece con mayor intensidad cuanto más atrás echamos la mirada; hasta, no sé, hasta Cary Grant o Yuri Gagarin, o hasta Jesse Owens o Zátopek, por nombrar dos deportistas. Claro que, también es cierto que se ha encumbrado a unos en detrimento de otros, como Kanouté o Cantona.  Quizá mi problema no sea con el fútbol en sí mismo, sino con las consecuencias socioeconómicas del llamado fenómeno fan, aunque también es cierto que el fútbol desborda incluso esa categoría. Me gusta pachanguear en las romerías primaverales y nunca digo que no a hacer el pato con los amigos de mi hijo a la salida del colegio, pero me cuesta entender la burbuja del producto Messi; es más, pienso que todo se resuelve con la palabra empacho. Creo que el mundo fútbol se ha ido inflando de tal modo que se han pasado, y yo me perdí por el camino sin posibilidad de redención. Si el gol de Zidane en la novena no me rescató, dudo que CR7 lo haga.

1973. Saliendo al césped del Watfort F.C,
nada para subir la moral de Sir Elton
que un sudoroso vestuario mal ventilado
Antes sí, claro, hace muchos años sí me gustaba. Mi camiseta preferida en octavo de E.G.B (ya tengo una edad) era una blanca, Abanderado, de manga larga, a la que mi madre le había cosido el escudo del Real Madrid en el pecho y el número nueve a la espalda; un nueve negro de tela plastificada que daba un calor horrible. Creyéndome un superhéroe, pensaba que la camiseta me otorgaría poderes y acabaría jugando maravillosamente bien al fútbol, pero no, seguí siendo el mismo manta de siempre. Le ponía empeño, pero no había manera. Yo me la ponía a todas horas, esperando que, tarde o temprano, se me inoculase ese virus que me hiciese ser más rápido y más ducho con una pelota entre mis pies, pero la camiseta empezó a amarillear sin que por eso me eligiesen antes para jugar en un equipo u otro en el descampado detrás de la iglesia, y, sobre todo, me cansé de sudar como un pollo por la espalda. Esto último era lo que más me jodió, porque Santillana era mi ídolo y ese era su número. Por eso la explicación más extensa que suelo dar cuando se me increpa amablemente acerca de por qué no me gusta el fútbol y compruebo que mis gafas de pasta son vistas como una amenaza, es que dejó de gustarme cuando se retiró Santillana.  Total, si van a pensar que soy gilipollas, al menos que quede también como un snob.


Con el paso del tiempo me he ido alejando tanto del hecho futbolístico que, actualmente, cuando intento ver un partido en casa de mis suegros o en algún bar con los amigos, (el único sentido que encuentro para ver un partido, la camaradería) me aburro como una ostra, y no puedo dejar de pensar que desearía estar en cualquier otro lugar, quizá plantando un árbol, un laurel, por ejemplo… o un pino. Los partidos me parecen larguísimos, las pasiones que se desatan me parecen igualmente impostadas y exageradas, y no entiendo nada. El fútbol es la única cosa que me hace sentir mayor. Eso sí, también es cierto que si en ese momento me das, por ejemplo, una foto firmada por David Coverdale o Ray Charles, se me iluminará el rostro y lloraré como un púber frente al delantero brasileño de moda. A cada uno lo suyo, y a mí me ha tocado que no me guste el fútbol en un país donde el fútbol es el mayor espectáculo y casi una religión. 

Greenbank F.C. 

miércoles, 2 de marzo de 2016

SVETLANA ALEKSIÉVICH. El fin del “Homo sovieticus”. EDITORIAL ACANTILADO

Reseña publicada en la revista FILOSOFÍA HOY, marzo 2016. El texto original y el editado (foto final, siempre me paso de palabras....)

SVETLANA ALEKSIÉVICH. El fin del “Homo sovieticus”. EDITORIAL ACANTILADO.

De las innumerables ideas y sensaciones que despierta la lectura de este magnífico libro, resaltaremos primeramente una, relacionada con la concesión del Premio nobel de Literatura 2015 a su autora, periodista de profesión, y es la radicalidad de su lectura, la asombrosa capacidad para hacer manifiesta a los ojos del lector la idea de que el trasfondo de todo lo que se nos está contando es terrible y necesariamente importante. Dicha idea se supone que debe ser primordial para la obtención del Nobel, pero en los tiempos que corren y dada la dominación crematística de otro mercado más, como es el editorial, no resulta tan claro. De ahí la heroicidad de la autora y la consecución de dicho premio. Este detalle resulta pertinente al recordar cómo, en los medios de este país, se citaba inmediatamente el desconocimiento que se tenía de dicha autora en muestro mercado y la sorpresa que causaba al comunicarse que había obtenido el Nobel; acto seguido se señalaba que Aleksiévich era periodista y no escritora. Ambos detalles ponen de manifiesto las paradojas en las que andan sumidos ciertos sectores de lo que llamamos “periodismo cultural” en este país.

La lectura de esta obra de Aleksiévich confirma todo lo positivo que uno espera y seguramente ha podido leer de dicha autora bielorrusa. Es un libro polifónico, terrible y hermosísimo a la vez, primorosamente escrito (y mejor traducido), donde se dan cita infinitas voces para dar cuenta del terremoto, hundimiento, y posterior desescombro de lo que supuso la caída del régimen soviético en la extinta URSS. La radicalidad de la que hablábamos en el párrafo anterior responde al hecho de que, precisamente, de lo que aquí se habla no es de acontecimientos, sino de hombres, de personas, de mujeres, hombres, ancianos, adolescentes, conserjes, carteros, “emprendedores”, olvidados y olvidadas, habla de sentimientos, de intentos de hallar una explicación que dibuje un marco en el cual poder entender no sólo el pasado, sino también el futuro. Una vez más, la lectura de esta obra nos descubre que todo aquello de lo que habla no se circunscribe únicamente a los países del eje comunista, ni siquiera de un continente, sino de una manera de vivir, de un planeta sobre-habitado, esquilmado y sobre-explotado en el cual nos movemos con la sensación de caminar constantemente al borde del abismo.


Todo este despliegue estilístico responde a un intencionado plan por parte de la autora, lo que se ha dado en llamar “novela colectiva”, “novela-oratorio” o “coro épico” entre otras fórmulas, que Aleksievich formuló junto al escritor Alés Adámovich. El resultado es una suerte de mosaico coral perfecto y apabullante en el cual se dan cita todo tipo de voces, una urdimbre polifónica de una armonía embaucadora y áspera a la vez, cuya lectura nunca hace olvidar la inherente radicalidad de lo que se nos está contando, obligando al lector a ser él mismo una voz más intentando articular el sentido y fin último de todo.

“No hago preguntas sobre el socialismo, sino sobre el amor, los celos, la infancia, la vejez, o sobre la música, los bailes, los peinados, sobre infinidad de detalles de una vida que ha desaparecido. Ésa es la única forma de mostrar, de adivinar algo, inscribiendo la catástrofe en un contexto familiar”, escribe la autora en el prólogo titulado Apuntes de una cómplice. “Y de repente nos vimos convertidos en personajes de Chéjov. Nos vimos despojados de nuestro pasado. Todos los valores colapsaron, menos los valores de la vida. De la vida sin más. Los nuevos sueños consistían en construirse una casa, comprarse un buen coche, plantar un grosellero en el jardín… La libertad resultó ser la rehabilitación de los sueños pequeñoburgueses que solíamos despreciar en Rusia. La libertad de Su Majestad el Consumo. La consagración de las tinieblas, el afloramiento de deseos e instintos tenebrosos, de toda una vida secreta de la que apenas teníamos una vaga noción.”

El libro está dividido en dos partes. Una primera titulada “El consuelo del apocalipsis. Diez historias en un interior rojo” donde Aleksiévch intenta, apoyándose en ese género coral aparentemente periodístico citado anteriormente, dar cuenta de todos los cambios por lo que atravesó ese “homo sovieticus” entre los años 1991-2001, es decir, el fin de la Perestroika, Gorbachov, Yeltsin, la liberación económica, el capitalismo salvaje, etcétera, hasta el fin de la Segunda Guerra de Chechenia. Y una segunda, llamada “El encanto del vacío. Diez historias en medio de ninguna parte”, donde aborda la transformación final de ese hombre cuya cosmovisión ha sido demolida, sobreviviendo al periodo de 2002-2012, centrándose en una emocionante plasmación de ese “nuevo hombre” y en la instauración de unas nuevas formas de represión que se parecen demasiado a las antiguas.


La citada sucesión de testimonios recuerda vivamente a otro libro, publicado en 1965 por la Editorial Noguer, llamado “El futuro es nuestro, camaradas. Conversaciones con los rusos de hoy”, de Joseph Novak, el cual aparece como una suerte de vieja fotografía que, indudablemente, no alcanza las cotas de emoción y hondura del de Aleksievich. De igual modo, el estilo de la autora bielorrusa nos remite a la personal prosa de Emmanuel Carrére (más a “Una novela rusa” que a “Limónov”), pero de nuevo el estilo de la premio Nobel resulta más potente, a pesar, o gracias, a la polifonía documental y estructural de la obra que nos atañe, la cual brilla en su plasmación de esa cosa llamada “alma rusa”, y que uno llega a sentir extraña y nítidamente muy cercana.

Las vicisitudes narradas, y que abarcan veinte años, plasman el desmenuzamiento de toda una cosmovisión vital y emocional en manos de un capitalismo que se instauró en tromba en una sociedad perpleja que soñaba con coger las riendas de su propia historia, que se pregunta qué puede salvar de lo que ha sido, qué debe defender en esa lucha que se ha visto obligada a mantener contra la mercantilización de todas las esferas de la vida. “No teníamos que haber luchado únicamente por la libertad” se lee en la página 32, “pero nos dispersamos y volvimos a nuestras casas demasiado pronto. Y los traficantes y los especuladores se hicieron con el poder”. 640 páginas asombrosas, terribles, desoladoras, pero también fértiles, donde late una suerte de dialéctica hegeliana, en la que, si la tesis fue el “homo sovieticus” y la antítesis una desconcertada “alma rusa” arrojada al capitalismo, la síntesis que tan brillantemente busca Svetlana Aleksievich se vislumbra, quizá borrosa, quizá oscura, pero sin duda traspasa las fronteras de la antigua URSS y nos atañe a todos, posibles voces de una nueva novela coral de tan soberbia escritora.

Juan M. Contreras



domingo, 14 de febrero de 2016

Fragmentos de la presentación de "La muñeca rusa" del 12 de febrero de 2016


Presentamos "La muñeca rusa" en la localidad donde resido. Mi vida de amo de casa no me ha hecho fomentar muchas amistades, por eso me sigue asombrando la cantidad de gente que se dio cita en la preciosa café-librería Ndanka Ndanka para acompañarnos a Juan Garrido y a mí. La gente estuvo muy receptiva, sobre todo a las palabras de Juan, que me emocionaron un poco y me hicieron reafirmarme en la opinión que de él me he hecho estos años. En cuanto a mí, me lancé a una diatriba sin sentido, con vergonzantes perlas que (afortunadamente) no quedaron grabadas por el amable espontáneo que grabó un par de fragmentos de la presentación (y que incluyo abajo) y algún que otro jardín del que salí como pude. Reconozco que es un incordio tener constantemente la sensación de estar a punto de cagarla., pero salvamos los trastos. El acto acabó y los libros, sorpresa, comenzaron a conseguir dueño. Si pasan las semanas y, paseando por la calle, no me tiran ninguno a la cabeza, habrá merecido la pena (y si eso sucede, también, qué coño). Al final está el link de la Editorial, por si alguien quiere pedirlo.







miércoles, 20 de enero de 2016

Origen de La muñeca rusa. Teorías conspiratorias y tozudez incomprensible.

Lance Miyamoto 1981
Causa-efecto. Ojalá fuese tan sencillo, pero no hay una única causa para "La muñeca rusa". Como todo, es un cúmulo de cosas, de ideas, de sensaciones, de anhelos. Sin embargo sí hay un momento, una noche de hace justo diez años, saliendo del edificio donde trabajaba de teleoperador. No merece la pena que recuerde el nombre de la empresa. Todo era subcontrata de subcontrata. La empresa nos contrataba a través de una ETT y, cuando te explicaban tu trabajo, te dabas cuenta que ibas a vender productos financieros incomprensibles y hacer encuestas para una empresa contratada por otra que había sido contratada para realizar un estudio y una labor de marketing para un banco. Y a tí te pagaba una empresa que era la encargada de dotar de gente a esa tarea. Así funcionan las cosas; detrás de todo, lo malo es acabar viéndolo como normal. Por el camino se van depositando mordidas para intermediarios cuya labor es nula, simplemente la de estar ahí en medio, enriqueciéndose. Huelga decir que el sueldo era miserable. Aguanté tres meses allí. No me llegaba para mantenerme, pagar el alquiler del piso compartido, los gastos y la manutención. No tenía para libros. A los tres meses dije, o cambias tu vida o te mueres de pena. No podía languidecer más allí, haciendo algo que odiaba (engañar a la gente para que comprara cosas inútiles), sin posibilidad de nada más, relaciones, proyectos, futuro, solo subsistir. Decidí dejarlo todo y apostar mi vida (incluso lo que no tenía, pidiendo un préstamo leonino avalado por mi primo mayor) en montar una librería. La cosa salió mal, pero fue bonito mientras duró y me hizo estar donde estoy ahora. Como se puede ver, estoy repleto de ideas fantásticas. 


Una noche, marzo de 2006, acabé mi turno intensivo de tarde, abandonando aquel edificio infame y a tomar por culo de todo a las once y diez de la noche. No logro recordar qué libro leía. Aún levaba discman, uno baratero al que se le había roto la tapa y que había conseguido que volviese a funcionar con una tira de velcro adhesivo. Llevaba el disco Yankee Hotel Foxtrot, de Wilco, uno de los pocos que conseguía mantenerme cuerdo. La noche estaba limpia, o todo lo limpio que puede estar el cielo de Madrid por la noche, siempre con una bruma anaranjada por culpa del alumbrado y la contaminación. Aún así, una luna llena enorme presidía todo, incluso mis pasos hasta la marquesina del autobús que debía tomar hasta la boca de metro. Aunque arrastraba los pies por el cansancio y la depresión, debía darme prisa porque era el último bus. Al llegar me apoyé en un árbol junto a la parada, rodeado de compañeros a los que no conocía, con los cascos puestos y atronando mis oídos con el giro ruidista de las clásicas composiciones de Jeff Tweedy. Me quedé mirando a la Luna. De golpe sentí una sensación de soledad enorme, sin cabos, y me eché a llorar. Durante los meses anteriores me había dedicado a emborronar una cuaderno con ideas para una novela que quería escribir pero que no sabía cómo porque no encontraba el hilo que la sustentara. Si aún seguía en Madrid era gracias al piso donde vivía, luminoso y apartado, muy tranquilo, con zonas verdes, perdido a la espalda de Arturo Soria. Me pillaba a tomar por culo de todos lados, pero era fantástico. Daba el sol todo el día, por todos lados. Era un edificio de tres plantas que lindaba con una guardería de monjas. Por las mañanas me sentaba a leer hasta que las monjas sacaban a los niños al patio a las doce, Los miraba jugar con algo de culpabilidad, me preparaba otro café y me duchaba. Luego, hacía la comida, leía algo más y me iba al trabajo. Aprovechaba los trayectos para escribir, apuntando notas sobre cualquier cosa. Escribía sobre una loca y sobre un celador enamorado de ella. No lograba saber por qué estaba loca, ni quiénes eran ellos, pero imaginaba situaciones. Mientras esperaba el autobús que me llevase casa, culpé a la luna de sentirme un fracasado. De haber llegado tarde todo o de no haber llegado, de haber perdido muchas cosas y de no saber qué hacer con un corazón remendado quirúrgicamente al que nadie me había dicho cómo cuidar. Me sentí como un cosmonauta perdido en mitad del espacio, a medio camino de la Tierra y la Luna, sin saber si podría llegar a ella o si por el contrario lo único que debía hacer era regresar. Pero, regresar, ¿a dónde? ¿para qué?


Con esas sensación entré en casa una hora y media después. Me preparé un té y me senté en el salón. Encendí el portátil y en google puse, "cosmonautas perdidos". Siempre me ha gustado más el término ruso, es más certero y, también, más evocador. Teníamos internet en casa porque una de mis compañeras era una irlandesa que daba clases en un colegio bilingüe y lo necesitaba para el trabajo y hablar con sus padres por skype. Se llamaba Cathleen. Como la canción de Phil Lynott. Era divertidísima y estaba loca por Gael García Bernal. No tenía ni idea de español y tampoco le preocupaba. A veces le pedía que me hablara de Rory Gallagher (su padre lo adoraba) y de Thin Lizzy. Me gustaba oirla hablar en gaélico con su madre. Me dejaba conectarme de vez en cuando porque nos llevábamos bien y muchos días cocinaba para ella y comíamos juntos. Ella siempre se reía de mi inglés. 

La información que apareció en la pantalla del ordenado me explotó en la cara. Casi olvido todo, mi desazón, mi apatía, mi frustración. Encontré desde las teorías más disparatadas y conspiratorias, hasta la historia más académica. Después de un par de horas de "investigar", me quedé con un par de nombres, una supuesta conversación estelar y poco más. Aquella noche no dormí. Me levanté con la idea desde la cual podía partir: La hija de un cosmonauta perdido en una misión fallida a la Luna se encuentra interna en un psiquiátrico de Praga, allí le cuenta a un celador su historia y la de su padre, borrados de la historia por una burocracia inhumana. La noche que las fuerzas del Pacto de Varsovia entran en Checoslovaquia para acabar con la llamada Primavera de Praga en 1968, aquella mujer creerá que realmente han ido a por ella para acallarla definitivamente.

A la mañana siguiente me dirigí a la oficina de la ETT para comunicar que quería dejar el trabajo. Sorprendentemente no me pusieron ninguna pega. Salvo cuando dije que esa tarde ya no quería ir. Recuerdo perfectamente a la mujer que atendió. Todas las semanas tenía que ir a firmar los partes de asistencia y, en mi desbarajuste vital, me creía enamorado de ella. Eso no es relevante, porque en ese tiempo me enamoraba diez veces al día, pero me gustaba ir allí; me ponía nervioso y me sentía muy abatido si iba a sellar y no me la encontraba en la oficina. Ni idea de cómo se llamaba. Sentado frente a ella, mientras me hablaba despacio, explicándome que si aguantaba una semana más, podrían darme la carta de despido y así no perder la prestación por desempleo (que capitalicé para abrir la librería), le puse el nombre de Irina. Su apellido me lo daría el nombre del cosmonauta que apunté la noche anterior, Belokoneva. Era frágil, delgada, preciosa, y no estaba loca, pero yo sí. Cuando me despedía, le pregunté si querría tomar un café o comer conmigo. Se sonrojó y se puso nerviosa. Estoy casada, dijo. Lo siento, contesté, y deseé que la tierra me tragase.

Cosmonauts Heaven por Skoparov
Las teorías acerca de los cosmonautas perdidos se basan principalmente en grabaciones sonoras de supuestas conversaciones, donde lo poco que se escucha parece más una psicofonía. Cualquier cosa sustenta esas historias, la especulación estalla y da pie a imaginar sucesos que de puro increíbles pueden perfectamente ser ciertos. Y más cuando la Luna está de por medio, la Luna y los gobiernos, lo viajes espaciales y las ganas de poner en entredicho la Historia Oficial de, en este caso, la Carrera Espacial. Cierto es que la realidad siempre supera a la ficción, y posiblemente quepa la posibilidad de que algún día aparezca un documento desclasificado que de un vuelco a esa narración oficial, pero de momento no hay nada seguro. Con respecto a las conversaciones que circulan por ahí intentando dar fe de esas misiones secretas fallidas (una sustenta La muñeca rusa, "soledad atroz, soledad atroz") la realidad es, en este caso, más prosaica: En las múltiples pruebas de despegue y orbitación se prueban los sistemas de comunicación con grabaciones, música y bromas. Por ejemplo, durante años se ha especulado sobre una grabación de 1961, Tras Laika, en marzo despega la Sputnik 5. Dentro viaja otra perrita, Zvyozdochka ("Estrellita"), bautizada con ese bonito nombre por el mismísimo Gagarin. Junto con el can, volará por segunda vez un maniquí con el traje de presión Sokol SK-1, apodado afectuosamente "Iván Ivanóvich". Durante la misión se prueba el sistema de comunicación, utilizando voces grabadas y música coral. Son los cinco cosmonautas del proyecto los que graban las conversaciones, dando rienda suelta a su humor y su sorna (a sus miedos y a su temeridad), Eso daría pie a las diversas leyendas sobre esos "cosmonautas perdidos". Como anécdota de aquella misión está la historia de "Iván". Tras una misión exitosa, el asiento eyectable con "Iván" se separa de la cápsula mientras ésta desciende por la atmósfera. Cuando el equipo de rescate llegó a la zona de aterrizaje, los aldeanos de la zona se indignaron al comprobar que el "piloto" permanecía tendido sin recibir ayuda. La revuelta se aplacaría después de que un representante de la aldea comprobase que "Ivan" no era un verdadero humano. lamentablemente, de "Estrellita", no he conseguido información. Mi ruso es nulo.

Yo inventé un cosmonauta, Alexei Belokonev, perdido en el cosmos tras no alcanzar la Luna tras las misiones de Gagarin y Titov. Y mezclé muchas más cosas, en principio por el placer de escribir (Praga, 1968, Hrabal, cine, libros...) pero luego apareció un pueblo llamado Almarga y una librería donde poder meter todas esas historias como, sí, como en una matrioska...  Tardé en darle forma a todo, lo que me rodeaba ayudaba poco, así que escribir se convirtió en una actividad clandestina, Hasta que todo explotó y surgió la primera versión, en 2009. Después, con las editoriales mandándome negativa tras negativa, yo sumido en corrección tras corrección, y la Internazional Samizdat apareciendo para no sentir que había tirado mi vida a la basura. Varios años más y aparece la editorial Baile del Sol para encender la luz de la habitación donde andaba a oscuras, justo cuando termino una novela nueva con cuatro años a sus espaldas, más grande, más suicida, más inútil, y mis cuarenta primaveras para seguir insistiendo en juntar palabras.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Citas de La Muñeca Rusa en la contraportada de la edición de Baile del Sol


A la espera de la contraportada con la sinopsis definitiva, me limito a recortar las citas que, como cantos de sirena, la enmarcan... Los días corren...

jueves, 3 de diciembre de 2015

Portada de la nueva edición de La Muñeca Rusa en Baile del Sol


La editorial Baile del Sol va a publicar La muñeca rusa. Supongo que no debería añadir nada más, pero habida cuenta de lo que ha pasado con la historia de Milos Meisner, he de decir algo más. Imagino que los habituales de este espacio, si es que aún queda algún irredento por ahí, conocerán las peripecias de dicha novela, cómo hace varios años decidí autopublicarla inventándome una editorial llamada la Internazional Samizdat. Ni antes ni después tuvo la historia de Milos Meisner suerte, más allá de los conocidos y amigos, de algunos que no eran ni lo uno ni lo otro pero que se convirtieron en ello. La novela tuvo un periplo modesto y altamente agradable para su autor, yo, provocando que me animara a publicar también un libro de relatos llamado Cardiopatías, de los que todavía me quedan algunos ejemplares deambulando por casa. 

Pues bien, animado por el siempre estimable Gonzalo Aróstegui y un correo de su pareja, en el que me decía que le había gustado mucho la historia de Milos e Irina, decidí hacérsela llegar a la editorial Baile del Sol. Anteriormente, en uno de esos envíos suicidas a editoriales, no se lo había enviado a ellos porque coincidía con la ya conocida nota en su web (conocida por ser de uso común en todas las editoriales) diciendo que "Actualmente, debido a la cantidad de manuscritos recibidos, no se admiten más hasta nueva orden" (más o menos). Debió de ser la única editorial a la que no le mandé la novela. Todas las demás me dijeron que no, todas. Me quedaban dos opciones, mandársela a Baile del Sol o publicarla yo. Opté por lo segundo, no me veía con entereza para un nuevo y definitivo NO. De ahí la peripecia cuando, un par de años después, sin saber cómo ni por qué, decido enviársela, tal cual salió por la Internazional Samizdat, convencido de que posiblemente no les interesase.

Pasaron los meses y me metí en otra novela. Había dado por finalizada la vida de La Muñeca Rusa. Salió una edición digital en una editorial Colombiana, tal cual la publiqué yo, pero no se vendió ni uno. Los meses siguieron pasando. Una mañana, el cinco de enero de 2015, mientras le limpiaba el culo a mi hijo pequeño, recibí el aviso de un correo en el móvil. Era un mensaje de Baile del Sol, que querían la novela. No sabía si llorar o reír, Opté por lo primero pero el pequeño Pavel en seguida me obligó a lo segundo con una de sus ocurrencias. No me lo podía creer. Y sigo sin creérmelo. 

Me pedían si podría revisar ciertas cosas de la historia, de estilo y de desarrollo de la historia, como sugerencia. Podía decir que no sin problemas, pues aún así ellos seguirían interesados en publicarla. La leí de nuevo, y me dí cuenta de que, efectivamente, necesitaba una vuelta, o más que una vuelta necesitaba una reescritura. Me planteaban también la idea de contar qué pasaba finalmente con Irina, esa pobre rusa alrededor de donde gira la vida de Milos. Empecé y, creo, la historia se perfiló mucho mejor, se leía mejor pues la historia pedía contar qué pasaba con esa mujer preciosa que enloqueció o hicieron creer que estaba loca. Lo conté todo, salió natural, respetando el estilo y la lógica propia del libro y de cómo había decidido contarlo. Francamente, estoy contento con el resultado. No es soberbia, es sólo una historia en la que llevo metido más de cuatro años y, tras tantos meses alejado de ella, fui capaz de verla de una manera limpia, no sé si objetiva, pero sí con la distancia suficiente como para no tenerle miedo y borrar, cortar y contar. Quedó como quedó, ya no puedo hacer ni decir más. Dentro de poco estará en las librerías de un modo que hace mucho había dejado de imaginar para un libro mío, así que la satisfacción es suficiente como para estar ilusionado.

Y ahora llega la portada, y me parece magnífica, me gusta, mucho. La sinopsis no la enseño, es decir, la contraportada, porque hay algún error de redacción mío y hay que cambiarla. Aún no hay fecha de salida, pero será pronto.

A los que ya la leísteis no os diré que lo hagáis otra vez, bastante fue en su momento, pero debo apuntar que la historia, siendo la misma, es también distinta (no me atrevo a decir mejor, pero sí que está mejor escrita). Yo arrojo el guante, recójalo quien quiera. Para quien no lo haya leído, bueno, pronto saldrá y daré un poco la tabarra con ella.





jueves, 12 de noviembre de 2015

La muñeca rusa en un puñado de imágenes

Una nueva edición, revisada, corregida y ampliada será publicada próximamente por la editorial Baile del Sol...
Seguiremos informando...
Josef Koudelka, el día después de la invasión de Praga
 Alondras en el alambre

David Lean frente a un puñado de almerienses
Exposición de Josef Koudelka y fotógrafa
Una vulgar librería, da igual que se llame Nautilus o La Pecera, en un pueblo de Almería
La luna en un set
Praga, agosto de 1968, fotografía de Josef Koudelka (subido a un tanque soviético)

Módulo con el que Yuri Gagarin orbitó el planeta tierra, siendo el primer humano en hacer semejante cosa, con un par

Vera Kresadlová, en la película checa, "El concurso", 1967

Cosmonautas rusos sentados con Korolev (en el centro), 1961
Homenaje a dos cosmonautas en la Plaza Roja. ¿Hubo más cosmonautas?
Taberna "El tigre dorado", Praga, antro favorito de Bohumil Hrabal, y donde desafortunadamente cenó un día Bill Clinton, provocando que odien servir a extranjeros (no niegan la entrada, pero le pides algo al camarero y te ignora e ignora hasta que uno decide marcharse sumamente avergonzado y muy triste)

Hospital Psiquiátrico de Bohnice, Praga, pabellón central

Bohumil Hrabal
Universidad de Toulouse

lunes, 7 de septiembre de 2015

"...Y todo lo que es misterio." Una novela de Andrés Sorel.

...Y todo lo que es misterio. ANDRÉS SOREL

Recibo noticias de Andrés y se instala la desolación en mi piel, la pena compartida que no puede ofrecer compañía, los abrazos lejanos en la distancia, que no distantes, fogonazos de los momentos compartidos. "Espero (...)palabras tuyas que siempre, hablen de lo que hablen, serán literarias."...

No puedo hablar de su última novela, todas las palabras que escribo se me pudren en la boca por no saber hacerle justicia.

Todo lo que nos une merece la pena porque la vida no es otra cosa...


LUIS MARÍA ANSON, DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA | Publicado el 04/09/2015   en EL CULTURAL de EL MUNDO        


Conmovido por una intensa emoción he terminado de leer …y todo lo que es misterio, la última creación de Andrés Sorel. ¡Qué gran novela! Hacía mucho tiempo que no leía yo un relato tan erizante, tan profundo, tan bien articulado, tan excepcionalmente escrito. La Literatura es, antes que nada, la expresión de la belleza por medio de la palabra. Andrés Sorel ofrece al lector una escritura hermosa y cimbreante en la que brilla la adjetivación certera, la encendida metáfora, la sintaxis quebrada, el aliento poético.

El autor ha novelado la preguerra mundial, la atroz contienda, la enervante posguerra. Por sus páginas desfilan los grandes personajes de la vida intelectual europea, fabulados unos, reales otros, interesantes todos.
Los amores entre Ingeborg Bachmann y Paul Celan arden en las páginas de
…y todo lo que es misterio. "Almendrada, que hablaste solo a medias pero temblando toda desde el germen, a ti te hice yo esperar, a ti. Acógeme. Estaba la pizca de higo en tu labio, estaba Jerusalén a nuestro alrededor. Yo estaba en ti". Adrés Sorel se recrea en el "amado viejo libro de los amores del rey Salomón" para evocar el erotismo de Ingeborg, la escritora que fustigó a los nazis y admiró a Wittgenstein y a Günter Grass.

En la obra poética del judío Paul Celan alientan Emily Dickinson, Valery y, sobre todo, Rimbaud. Tradujo el gran poeta a Marx, a Rosa Luxemburgo, a Kropotkin. Escribió en alemán, la lengua del exterminador de los hebreos. Su poesía se fue haciendo atonal como la música de Anton Webern. Su gran poema Todesfuge, Muerte en fuga, se devasta, entre añoranzas musicales, en Auschwitz. Y se derrama como un presagio. La relación entre Paul y su antigua amante se cierra con el suicidio. "Caía la noche en aquel jueves santo de 1970 cuando Heidegger regresó a La Cabaña. No transcurriría mucho tiempo antes de que recibiese el comunicado informándole de lo que había presentido y expresado: Paul Celan se había suicidado arrojándose al Sena y yacía en el silencio difunto que él mismo, esa tarde, le había predestinado".

Especialmente atractivo resulta el personaje de Hannah Arendt, escritora a la que leí en mi juventud con especial dedicación. Hannah tenía diecisiete años menos que Heidegger pero desde el primer momento se sintió seducida por el filósofo, al que lo único que preocupaba del nazismo, para indignación de Celan, era "que no fueran algo más cultos". El autor de Sein und Zeit se acostaba con alumnas, con damas de la alta sociedad, con atractivas sirvientas y con cualquier amiga que se prestara al fornicio. El filósofo "no prestó ninguna atención a los escritos que Hannah, desde su juventud, ya había realizado. Solo deseaba su cuerpo. Se lo entregó en su despacho de la Universidad…". A partir de entonces, el profesor y la alumna mantuvieron una relación enmascarada. Hannah se sentía como un fantasma y cuando se trasladó de Marburgo a Heildeberg, aunque el filósofo la visitaba periódicamente, entabló relación con Günther Anders al que conoció en Berlín y se casó con él, dejando a Heidegger chasqueado y contrito.

Al fin, según el novelista, el camino de las estrellas, Holderlin, con sus palabras yacentes: "Este genio a veces se ensombrecía y se hundía en los amargos pozos de su corazón". Sobre aquel loco lúcido que fue Paul Celan - "todos los nombres quemados a la par, tanta ceniza por bendecir"- Andrés Sorel descarga el pensamiento de Theodor Adorno y, sobre todo, de Walter Benjamin: "Una sola catástrofe que incesantemente va acumulando ruinas sobre ruinas y las esparce por delante de mis pies". El escritor tiene un verso atravesado en su garganta, cuando desgrana su último poema: "Viñadores excavan el reloj de horas oscuras, de hondura en hondura".

"Basta ya de nombrar a los asesinos -escribe Andrés Sorel en esta novela sobrecogedora, que tendrá defectos pero yo no se los he encontrado- los asesinos somos todos, y nuestras palabras constituyen este tejido de polvo, sí, retumbar vacío de las sílabas, cuando se va a morir, morir, morir". Menos mal que, sobre el desierto de lágrimas que es la vida, se balanceará siempre el interrogante del poeta: "¿Qué vale todo lo que los hombres hacen y piensan durante milenios frente a un solo momento de amor?" 




RESEÑA DE LA MISMA EN LA REVISTA FILOSOFÍA HOY, por Pilar Gómez...


domingo, 9 de agosto de 2015

Razones para tener medio abandonado un blog

La razón principal es ésta:


Francamente, no hay otra razón... y teniendo en cuenta que la historia ha ido creciendo y el proyecto inicial se ha visto desbordado, imagino que no rescataré el blog pronto... Escribo cuando puedo y consigo tener algo de tiempo, pero con las cosas de la vida, los niños y su intendencia, el ritmo es mucho más lento del que me gustaría. Voy por el capítulo 16 de, calculo (según notas), unos 24 o 25...

También he de decir que no soy un escritor profesional, que estoy escribiendo porque no sé vivir de otra manera, y que, desgraciadamente, a veces pienso que estaría mejor y todo sería más fácil si lo abandonase o dedicase todo ese tiempo que robo principalmente al sueño a, claro, dormir, o a leer o a cualquier otra cosa de la que pudiera sacar alguna rentabilidad. Estoy a un mes de cumplir cuarenta y un años y cada día siento esto como una carga cada vez más pesada e inútil. El problema es que, cuando acabe esta "Balada de los niños ciegos", me gustaría abordar la biografía novelada de dos personas, abuelo y nieto, traductor y músico respectivamente, cuyas imágenes y vicisitudes me obsesionan. Triste futuro...

Lo que sí es motivo de cierta alegría es la próxima publicación de una nueva edición de "La muñeca rusa", corregida y ampliada, por parte de la editorial Baile del Sol, cuyas galeradas, me han dicho, deben llegarme pronto. No tengo palabras para expresar la gratitud que siento por la amabilidad que han mostrado y lo que ha significado corregir (creo que definitivamente) la historia de Milos e Irina, y que ésta vaya a formar parte de un catálogo que cuenta con John Williams (Stoner), Twain, Pessoa, Thoreau , Roque Dalton, así en plan fan alocado, y luego, en otro plano, igual de importante, personalmente hablando, pero menos conocido, estar junto a Gonzalo Aróstegui, David Pérez Vega, Markéta Pilátova o Ivica Prtenjaca (de su gran catálogo, son los que de momento he leído y, además, con sumo gusto), es muy gratificante y hace que piense que, bueno, por cosas así, merece la pena dedicarle varios años de tu vida a escribir una historia, porque, desde luego, por el dinero, la fama y el desfase no es. Teniendo en cuenta lo que me gustan las portadas que hacen últimamente en Baile del Sol, después de su positivo cambio de diseño, tengo unas ganas inmensas de ver cómo será la de Milos...

Lo dicho, pasar cosas, pasan, ganas de contar o escribir sobre discos, músicos, libros que leo o chorradas que me pasan, tengo también, muchas, pero las necesidades literarias, cuando te atrapan, no dejan lugar para otra cosa...

y ahora, pido disculpas, Pavel Ivánovich está entretenido con sus juguetes, la comida está hecha y dispongo de media hora...


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