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viernes, 2 de septiembre de 2022

Presentación de la novela "El aire está lleno de agua", editorial Baile del Sol

Acto de presentación de la novela "El aire está lleno de agua", de Juan Miguel Contreras. Celebrada el viernes 24 de junio de 2022 en la Biblioteca Pública Municipal "Lope de Vega", con las intervenciones de Cándido Sevilla, Yolanda Peña y el propio autor




lunes, 20 de agosto de 2018

20 de agosto 1968.50 años del fin de la Primavera de Praga. La muñeca rusa


Hoy hace 50 años de la entrada de los tanques soviéticos en Checoslovaquia.

LA MUÑECA RUSA.
CAPÍTULO 1.
Josef Koudelka, 1968
 


La noche en la que el ejército soviético entró en Checoslovaquia, Milos Meisner interpretaría el ruido de los tanques por las calles de Praga como la gran y estúpida ironía que definiría el resto de su vida a partir de ese momento. Le asaltó entonces el deseo angustioso de escapar de su pequeño piso de la calle Na Hrázi, del hospital psiquiátrico donde trabajaba como celador, de salir de Praga, de abandonar Checoslovaquia, de exiliarse de su vida, como si esa fuga pudiese darle la calma y el consuelo que, desde hacía varios años, creía necesitar. Se asomó despacio por la ventana y vio un tanque en su propia calle. Inmediatamente pensó en Irina, y el miedo que le asaltó hizo que volviera a oír en su cabeza las risas incontenibles de su amigo Pavel Sisak y del escritor Bohumil Hrabal cuando, un par de días antes, les contaba que se sentía culpable porque se había enamorado de una paciente rusa del hospital que decía ser hija de un cosmonauta ucraniano perdido en el espacio cuya vida había sido borrada por las autoridades soviéticas. Echaba de menos aquellas risas, la de Pavel como la de un grajo luminoso, la de Bohumil como la del hermano mayor que sabe cosas que nosotros nunca podremos saber. Se vio de nuevo rodeado de ellos; los tres ebrios, felices y asustados; él mirándoles y descubriendo en sus miradas ese fuego de los que no tienen miedo a nada y a la vez están aterrados por todo.
Estamos en 1968 y, por extraño que parezca, casi nadie imaginaba que la invasión de Checoslovaquia por parte de las fuerzas del Pacto de Varsovia realmente iba a ocurrir. Hacía más de un año que Irina Belokoneva había aparecido en el hospital mental de Praga y nueve meses desde que se habían iniciado las reformas democráticas de Dubček. La noche del 20 de agosto de 1968 se oyeron las explosiones de algunos obuses fortuitos a lo lejos, como si la brutalidad y la represión que se avecinaban quisieran entrar llamando a la puerta a pesar de no estar invitadas, tamborileando sobre el ruido de tanques, anunciando que, por muy cruel, injusto y desolador que pareciese, todo estaba a punto de terminar. 
Josef Koudelka, 1968
El día que entraron los tanques en Praga, Milos salió del hospital psiquiátrico Bohnice sintiéndose distinto, intentando no sucumbir al escepticismo, obligándose a creer en Irina, en la historia que Irina le contaba una y otra vez como una salmodia liberadora. Atardecía, las noches comenzaban a ser frescas y decidió caminar. Durante casi un año venía oyendo esa extraña historia, pero aquel día no pudo evitar sonreír sarcásticamente mientras la escuchaba, creyendo ver en todo aquello un ceniciento paralelismo hacia lo que se estaba viviendo en Checoslovaquia. Por todos lados se hablaba de reformas democráticas, se organizaban asambleas en cada barrio, en cada calle, en cada bloque; se hablaba de la abolición de la censura, de las libertades recuperadas, de todo por conseguir tras tantos años grises vividos con sorna y resignación. Sin embargo ese día sentía algo distinto, como si al alejarse de aquel sanatorio, de ese edificio mezquino y trovo, también se alejase de Irina más allá de lo puramente físico, como si la locura que él ayudaba a sobrellevar a los pacientes de aquel lugar, la fuese esparciendo por todos lados conforme entraba a Praga, dejándola entre los árboles, entre los estudiantes, las mujeres, los obreros, entre la gente que iba o volvía de las asambleas, de los restaurantes, de los bailes, de los centros culturales; desmenuzaba aquella cruel locura en la que trabajaba y la veía volverse invisible, igual que ondas de radio, rodeándolo todo como el papel de regalo de un porvenir sin la férrea sombra soviética. Pero el sonido de los obuses le hizo desear estar con ella. Aquel miedo, aquel ocultarse en una casa a oscuras, se tiñó de pronto de reservas, de escudos protectores, de cínicos prejuicios, convirtiéndolo en una especie de actor mediocre perdido en una escena clave que no sabe continuar sin leer el guión. Sentía que las explosiones le alejaban de ella, alimentando sospechas ante la  rocambolesca historia de Irina, viendo perecer la historia de su pueblo, vertiendo toda aquella marea a través de sus manos como un pez robusto y lunático. Durante meses había buscado por todos los medios sacar a Irina de ese sueño que la atormentaba, separarla de la Luna, de esa Luna que la había vuelto loca. Ahora, asomado imprudentemente a la ventana de su pequeño piso, lamentó comprobar que el destino de los checoslovacos estuviese ligado obligatoriamente al de los soviéticos. Una voz le inquirió desde abajo. Un kalashnikov apuntaba hacia su ventana. Asustado de verdad por primera vez, se agazapó y corrió las cortinas. Blasfemó con rabia y se maldijo a sí mismo por sentirse responsable del destino de Irina Belokoneva.

Josef Koudelka, 1968

Cuando por fin el cansancio empezó a vencerle, se quitó cuidadosamente la ropa. Al contemplarse desnudo en el reflejo del espejo del armario de su dormitorio, Milos se sintió de nuevo cerca de ella ignorando los miedos y las reservas. Al meterse al fin en la cama, buscó reírse de sí mismo, queriendo explotar como un abanico de amenazas, pero no lo consiguió. Sin embargo, en su cabeza surgió una pregunta: ¿Cómo es posible que me haya enamorado de una paciente diagnosticada de esquizofrenia paranoide que dice ser hija de un cosmonauta ruso desaparecido en el espacio tras un fracasado viaje a la Luna? ¿Cómo es posible que dude de la locura de una locuaz esquizofrénica ocasional, de una trovadora desquiciante martirizada por el recuerdo de un padre que imagina muerto, flotando inerte en el espacio, en una paradigmática imagen recurrente de película de ciencia ficción?
A pesar de todo eso, aquella noche Milos durmió plácidamente. Soñó con Irina, con cosmonautas, con caballos, con la cara oculta de la Luna y con el mar, un mar que nunca había tenido la posibilidad de ver y que creía necesitar. Soñó que escapaba, que se marchaba pero no se perdía, que amaba pero no amaba, que pisaba la Luna sin billete de vuelta y que respiraba extrañamente tranquilo bajo la escafandra de un planeta mutilado como un pez sin futuro, tal vez su país.
Todo esto yo lo sé porque Milos me lo ha contado un millón de veces, sentado en esta silla, frente a las estanterías de la sección de Literatura Hispanoamericana en una pequeña y ridícula librería de un pequeño y ridículo pueblo de la costa almeriense llamado Almarga. Hace muchos años de todo aquello y, por una razón que todavía desconozco, este lugar es el final de su viaje. Tal vez por eso haya decidido contarme su historia, una historia que en el fondo intuyo que ni es sobre él ni tampoco es suya. Lleva viviendo aquí dos años y aún tiene en su casa una maleta sin deshacer. Las veces que le he preguntado qué es lo que guarda ahí siempre me ha contestado lo mismo, ahí llevo lo único que me llevaría si tuviera que irme a otro lugar; el porqué la tengo hecha, o por qué no la he deshecho aún, es algo que vosotros nunca podríais entender del todo. ¿Quiénes?, pregunto. Y él responde, vosotros, mirándome como si le hubieran hecho la pregunta más tonta del mundo. Así que nunca vuelvo a insistir. Es entonces cuando Milos Meisner me sonríe, alza una de sus cejas y balancea levemente la cabeza, sumergiéndose de nuevo en todo aquello que lo atormenta y a la vez sé que le mantiene vivo.


sábado, 3 de febrero de 2018

Reseña de "Cardiopatías. Relatos de insumisión y dudas" en Las Inquilinas de Netherfield

Reseña aparecida en el blog LAS INQUILINAS DE NETHERFIELD. http://inquilinasnetherfield.blogspot.com.es/2018/01/resena-by-mb-cardiopatias-juan-miguel-contreras.html (P.d. El giro del final, del plural al singular , es abrumador). Gracias


RESEÑA (by MB) ::: CARDIOPATÍAS - Juan Miguel Contreras




Título original: Cardiopatías. Relatos de insumisión y dudas
Autor: Juan Miguel Contreras 
Editorial: Baile del Sol
Prólogo: Pilar Gómez Rodríguez
Páginas: 174
Fecha esta edición: 2017 
Encuadernación: rústica con solapas
Precio: 10 euros
Ilustración de cubierta: Inma Luna
Ilustraciones interiores: Hauer Guzmán
¿Dónde van a parar los recuerdos guardados en bolsas de basura, dónde todo aquello que no pudimos decir, las historias rotas, las carreteras magulladas, lo que queda por escribir y tememos no conseguir siquiera esbozar?  Estos nueve relatos aquí incluidos, fueron escritos entre 1998 y 2006. Su autor los reunió después de perderlo casi todo y verse obligado a empezar de nuevo. Se trata de historias que no fingen su extrañeza ante un mundo del que intentan dar cuenta, llenas de homenajes literarios, donde el recuerdo de una adolescencia diletante se mezcla con otras historias, más o menos amables, sobre amigos devastados y amores imposibles. También tienen cabida relatos históricos de una memoria aún ignorada, andanzas de músicos y directores de cine, teatrales periodistas y enfermos sin redención posible. Cardiopatías es un mosaico narrativo que dibuja unas vidas siempre en cambio y siempre frágiles. Unas vidas que resuenan en el violín de una niña que echaba de menos a su familia, que fue cuando empezó realmente todo.

Estos relatos no ocultan las lecturas de su autor y sus vivencias (pequeños pueblos españoles, los intentos de escribir) y giran alrededor de un cuento llamado "Imposible Penélope" que no es un cuento y no narra un hecho sucedido en el pasado: es la tragedia de este país y de sus habitantes sucediendo aquí y ahora, otra vez y como desde hace décadas. 
El Quijote fue el primer libro con el que sentí y percibí esa sensación tanto de realidad como de conexión cuando el personaje se independiza de su autor y traspasa la ficción para convertirse en alguien que existe fuera incluso de su propia historia. Este sentimiento es la génesis de mi pasión por la lectura, la columna vertebral que alimenta mi ansia lectora.

Un libro es el producto de una mente creadora, y cuando lo definimos como más o menos bueno, en mi caso, además de otras circunstancias o elementos como podrían ser las tramas, ambientaciones, descripciones, etc... considero que lo más importante siempre es el personaje, y la primera pregunta que me hago cuando un libro cae en mis manos es si el autor habrá sido capaz de forjar e investir a sus personajes, otorgándoles las cualidades y apariencias necesarias para que se presenten ante el lector con la dignidad suficiente para recalar en su mente. Y si hay suerte (porque no sucede todas las veces ni con todos los libros), esos personajes podrán salir de su historia y de sus hojas encorsetadas para quedarse en la memoria, y ser percibidos como algo real cuando la conciencia o inconsciencia nos los recuerda de alguna manera.

Juan Miguel Contreras es uno de esos pocos autores que sabe insuflarles alma a sus personajes. Ya lo hizo en La muñeca rusa, con Milos Meisner e Irina Belokoneva (que ya forman parte de mi realidad), y en Cardiopatíasencontramos todas las semillas que pululan el universo tan particular del autor.

En este libro nos ofrece una recopilación de nueve relatos distintos, diversos y diferentes. Elijo todos estos adjetivos porque en él descubrimos relatos de todo tipo, pero unidos y encofrados en un mismo y enfermo corazón. Juan Miguel Contreras construye a partir de las enfermedades de corazón (esas cardiopatías) el esqueleto de su libro, encuadrando los relatos con dichas enfermedades. 

Esta es una manera como cualquier otra de enlazar los relatos pues, en mi humilde opinión, el verdadero hilo conductor del libro, lo que lo hilvana y lo une, es la coherencia de todos sus personajes. Estos nos cuentan diferentes historias ambientadas en épocas dispares, pero todos al final, de alguna manera, las sobrepasan. Con eso no quiero decir que el relato sea insuficiente, que conste, pues Cardiopatias no necesita más ni menos; el autor, en su destreza, ha sabido utilizar las palabras necesarias para concretar y delimitar todas las tramas. Si las ampliáramos se perdería la esencia de los propios relatos, pues una cosa es que los personajes se salgan de la historia porque son capaces de independizarse para recalar en nuestra memoria, y otra es que terminemos una historia para empezar otra en ella misma (no sé si me explico).

grosso modoCardiopatías es lo que es; una recopilación de relatos, y no necesita más. Los personajes nos transmiten y nos dicen todo en sus respectivas argumentaciones, y si pasaran a una novela hablaríamos de otros personajes con otras historias.

Así, al leerlos puede parecernos que somos unos extras de la película Con faldas y a lo loco de Billy Wilder, o, por lo que a mí respecta, que me traslado a las puertas del pub junto a mis no tan viejos colegas (qué tiempos aquellos). Con cada uno de estos relatos se nos despiertan sentimientos y se renuevan sensaciones un tanto olvidadas, pero todos, de alguna manera, consiguen tocar esa fibra invisible que denominamos como sensible. 

Conforme saboreamos los finales partidos, en los que esos personajes demuestran el coraje suficiente para dejar atrás lo que no puede seguir adelante (y dar carpetazo y recomponer, mejor o peor, sus vidas), vemos que nuestro autor es un gran artesano en la fabricación de historias gracias a los diferentes registros que abarca, ya sea género histórico, novela negra o intimista... en este último caso en sentido figurado y también en el literal más escatológico, pues no quiero pensar cómo quedó la toilet del señor Ramón Navarro.

De todos los personajes, Maika, de La ciudad trenzada, es la que más me ha calado, quizás porque las dos coleccionamos momentos y personas particulares. Al final he descubierto que estoy unida con el hilo rojo del destino a este tipo de personajes que solo tú,Juan Miguel, eres capaz de engendrar. La verdad es que he disfrutado de cada uno de tus relatos. Toda esa rica narrativa, enriquecida con la extensa cultura que se aprecia en cada una de tus descripciones, lejos de parecerme complicada en realidad facilita en todo momento la lectura, pues tu saber hacer lo transforma todo en sencillez y agilidad.


ENLACE AL CUESTIONARIO PROUST-NETHERFIELD DEL AUTOR
http://inquilinasnetherfield.blogspot.com.es/2017/12/cuando-proust-visito-netherfield-1-juan-miguel-contreras.html


Juan Miguel Contreras nació en Madrid en 1974, aunque creció en un pueblo de la provincia de Ciudad Real, Manzanares. Actualmente reside en Alcázar de San Juan. Licenciado en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. En 1998 recibió el primer premio del certamen de relatos Villa de Torralba con el cuento La ciudad trenzada. En 2004 publicó la novela Cuando acabe el invierno en la editorial Biblioteca de Autores Manchegos (BAM). En 2007 quedó finalista del concurso de relatos de la Revista Eñe, Cosecha Ñ, con el cuento titulado Sobre hojas de humo
Entre el 2000 y el 2005 fue director y programador del Festival Internacional de Teatro Lazarillo, en Manzanares. Durante los primeros años del siglo XXI ha sido tramoyista y librero en Madrid; en 2006 abrió su propia librería, La Pecera, en Manzanares, hasta que la dejó en otras manos en 2011. En 2012 creó la editorial fantasma La Internazional Samizdat, donde publicó la primera edición del libro de relatos Cardiopatíasasí como una primigenia versión de La muñeca rusa. Las dos obras están publicadas actualmente con la editorial Baile del Sol.

jueves, 21 de septiembre de 2017

A propósito del libro "Aliméntame" de Roman Simić

Texto de la presentación del libro "Aliméntame" de Roman Simic, editado por Baile del Sol, 20 de septiembre de 2017 en la Librería Vergüenza Ajena, de Madrid.
Me propusieron participar, pero no pude ir, así que escribí este texto para que alguien allí lo leyera.




Buenas tardes:

He de empezar confesando algo: la tarde que leí el escueto mensaje de Inma Luna proponiéndome participar en la presentación de “Aliméntame”, literalmente, me puse malo. Nada el plan escatológico; simplemente me puse colorado hasta las orejas y tuve una serie de sudores fríos un tanto desagradables. Los que me conocen dicen que no sé mentir, o más exactamente dicen que salta a la vista cuando miento; me pongo rojo como un tomate y sudo como si estuviera al borde de un infarto. Mentir o avergonzarse, a saber qué fue primero.

Supongo que esa es una de las razones por las que escribo, porque puedo fabular lo que quiera sin que nadie se fije en cómo mi cuerpo reacciona a todo eso que mi cabeza crea. No siempre es así, la mayoría de las veces cuando escribo  logro controlarlo, pero la vida es otra cosa. Sin embargo a veces lo paso mal, pero es poco el peaje y siempre me gusto a mí mismo cuando consigo llegar al final, sea este cual sea: punto y final, the end, continuará, capítulo, artículo, relato o primer acto, pues hay una certeza terrible en el hecho de escribir, una certeza que todos olvidamos o fingimos haber olvidado, y es que un texto nunca se acaba, ni por parte del que lo escribe, que podía pasarse la vida corrigiéndolo si pudiera o le dejaran, ni por parte del que lo lee, ya que es bien sabido que no hay dos personas que lean de igual modo el mismo texto. Mi Anna Karenina no se parece a la de nadie más, y no es porque yo sea especialmente desgraciado, sino porque es solamente mía. Mi Kolja, el inmenso personaje del relato de Roman Simic, “El hombre con bragas de mujer”, tiene la cara de mi otorrino; una vez le vi reír mientras le contaba mis últimos dolores de oído y pensé: “así reiría Kolja si yo fuese Bruno”. Y el hospital donde ambos fabulan sobre la historia de los muertos que estudian, se parece mucho al hospital 12 de Octubre en 2002, cuando estaba en obras y de los techos colgaban cables, apestaba a lejía y yeso y metían a los pacientes de cardiología en la planta de geriatría.

De todo esto que acabo de decir quédense solamente con una cosa: que fue leer que Inma Luna me proponía presentar el libro de Roman Simic y que me puse a sudar mientras la piel de mi rosto se incendiaba. Normalmente una persona reacciona de este modo cuando siente vergüenza por algo o de algo, vergüenza de algo propio, por algo que está dentro de nosotros y que nos incomoda. A mí lo que me incomodó de la propuesta de presentar este libro no fue que esté enamorado de la literatura de Roman Simic y que Inma Luna pensase en mí para hacerlo; lo que me incomodó fue yo mismo, y sentir inmediatamente, de manera física, que lo que podría decir sobre “Aliméntame”, podría decirlo cualquier otra persona mucho mejor y que, vaya, igual no merecía, ni merezco tanta suerte.

Realmente el verdadero dilema es que hablar de “Aliméntame” me obliga a pensar, a dejar de ser algo así como un fan más o menos entusiasta, un lector anónimo, viéndome forzado a tener que descubrir los resortes de su literatura. Hablar de “Aliméntame” me obliga a articular lo que puedo sentir al leerlo para explicarlo razonadamente y que, además, alguno de los que están escuchando estas palabras, sientan la necesidad no solo de comprar este libro, sino de leerlo con avidez. El problema es que hay cosas que no se pueden razonar, o al menos yo no sé. ¿Por qué me acelera el pulso la música de Coltrane o de Iron Maiden, por qué me hace llorar la pintura de Pavel Filónov, por qué me sonrojo cuando veo a Julie Christie interpretando a Lara en Doctor Zhivago, por qué no puedo dormir cuando leo a Bulgakov o a Miljenko Jergovic? No lo sé. Pero me pasa. Me gusta responder del mismo modo cuando algo me interpela visceralmente. Dejando de lado el tema de “la otra mejilla”, me gusta responder con pasión a la pasión, me gusta responder al trabajo con trabajo, y también me gusta responder con desdén al desdén. Siempre hay excepciones, claro, pero reacciono así. Y la literatura va de eso, de interpelar al lector contándole una historia de la mejor manera que uno sea capaz esperando una reacción. Empatía de alto espectro, podríamos llamarlo, no es algo que uno deba aplicar a todos los aspectos de la vida, pero tampoco está mal cuando hablamos de arte.

Salta a la vista cuando un escritor te mira a los ojos y te reta, cuando se ha dejado un trozo de su vida por contar la de alguien que no existe, o que no existe al menos en teoría; se nota cuando el talento de un escritor ha conseguido salir y te lo ha dejado a la vista en un párrafo genial. Y también al revés: uno con el tiempo puede saber cuándo le dan gato por liebre. Como dice Rafael Reig, lo que más me molesta en la literatura es cuando me intentan vender como jamón de pata negra lo que no es más que mortadela. Entonces, ¿por qué creo que la literatura de Roman Simic objetivamente es muy buena y, personalmente, considero que me partió por la mitad cuando lo leí por primera vez? Intentaré articular una pequeña explicación.

“Aliméntame”, el libro, tiene la embaucadora verborrea fabulosa que oculta lo que de verdad merece ser contado pero nunca se dice. Relatos como “Objetos que se hunden” o “Telefonía”  son pequeñas estampas que te reconcilian con la literatura y echan el freno a la fugacidad con la que nos obligan a vivir la vida. Relatos cortos que tienen el mismo peso que otros más largos, como “De todas las cosas increíbles”, donde Strajcer, La cubana, Neda o Lada son las imprescindibles teselas de un mosaico terriblemente hermoso. Leer a Roman Simic te sumerge en una especie de ebriedad literaria y sí, deja resaca, pero no es la dolorosa y típica resaca de la mediana edad, sino la de los veinte años, cuando los libros resultaban tan vitales e imprescindibles como los amigos o unos hombros desnudos iluminados por una persiana a medio cerrar.

Curiosamente yo no estoy aquí hoy, frente a ustedes, y la mayoría de los presentes pensará que ese es el motivo por el que he empezado mi presentación de ese modo, porque la timidez me resulta patológica y me hace no estar donde debería, pero no es así. No estoy aquí porque no he podido. Nada me hubiera gustado más que hablar con Inma Luna, conocer a Lucía Sesma y poder estrechar la mano de Roman Simic y balbucear un torpe “gracias”, aunque solamente fuese para poder decirle a mi hijo, dentro de diez años, mientras le doy uno de sus libros recomendándoselo, que una vez le conocí y hablé un rato con él, no solo porque en "Aliméntame" sobrevuela la idea de la paternidad, sino porque, desde que nació mi hijo, he asumido una nueva categoría en eso de valorar los libros que leo en "libros que le recomendaría, o me gustaría que leyera mi hijo llegado el momento" y los que no. 

Lamentáblemente, no estoy aquí por obligaciones laborales, que son las peores obligaciones a las que uno puede sentirse atado; de hecho la únicas obligaciones que deberían existir son las obligaciones morales, eso que Kant llamó el imperativo categórico; el resto de las obligaciones son una mierda, pero la vida es así, dicen. ¿Y cómo es la vida? Pues en estos momentos pienso que la vida es como la cuenta Roman Simic. Seguramente ese debería ser el argumento que tendría que esgrimir para invitarles a leer el libro que hoy presentamos. ¿Por qué leer este libro? Porque cuenta cómo es la vida, hoy, en Europa, con nuestro pasado, quizá no común pero sí compartido, con todo lo que merece ser salvado o expurgado como humano, y lo hace de una manera que es menos habitual de lo que parece, pues si hay algo en los libros de Roman Simic que no resulta habitual es precisamente el brillo en el lodo, tanto en la forma como en el fondo, la maravilla en la medianía, la perla en el tumulto. Escribe como yo sueño con escribir.

En el relato que da título a este libro, Roman cuenta cómo un padre le dice a su hija de 13 años cuando la encuentra intentando dibujar unas peras sobre una manzana, o una manzana sobre una peras: “Inténtalo… No dibujes lo que es importante para ti. Dibújalo todo menos eso.”
Así veo yo su literatura, y por extensión, la demás.
 
Artists Boris Bare and Dominik Vukovć with the Gulliver model Hrvoje Zalukar. Zagreb.



En “La rendición de Breda”, el cuadro de Velázquez también conocido como “La Lanzas”, se supone que lo importante es la entrega de las llaves de la ciudad por parte de Justino de Nassau al general Spínola; sin embargo uno no puede dejar de ver también al personaje de la derecha, con pechera blanca, que parece que se acaba de sacar un moco, o el magnífico trasero del caballo que realmente preside la escena, o mirar a esos personajes aparentemente secundarios que nos miran o están perdidos dentro de sí mismos, o contar las 34 lanzas que intentan desviar la atención del humo de la contienda tras la cual yacen cientos de cuerpos ensangrentados. Es el truco del vacío. Es un truco sencillo, pero precisamente por eso hay pocos que saben hacerlo bien. He puesto un ejemplo demasiado obvio para explicar algo igual de obvio, pero no quiero que piensen que Roman Simic escribe humanamente épico, lleno de trampas y lugares comunes, al contrario; su escritura tiene poco que ver con las grandes gestas, pero aún así no olvida que la escena, que lo que está contando, es la misma: está la silenciosa presencia de la guerra o su recuerdo latente, está el desmembramiento que genera, pero todo está lleno de gente, de personas que quieren saber dónde están y porqué. Para entender cómo se siente Helena, la protagonista del relato “Aliméntame”, hay que leer todo lo que la rodea, su pasado y su presente, en un relato que es como los destellos de flash de te ciegan durante un instante antes de que puedas ver la foto, una foto que se resuelve, tanto en este relato como en el cuadro de don Diego, en unas manos que se buscan, ofreciendo consuelo, ayuda o rendición.



Y como ese relato, los demás. El segundo párrafo del relato que abre el libro, titulado “Zorros”, se lee: “En otoño de 1991 yo salía del cuartel del JNA en el sur de Serbia, tú alargabas a la fuerza tus vacaciones de verano en una isla del Adriático y tu padre desaparecía en Vukovar”. He ahí la maravilla.
La pirueta final de todo es cuando descubres que lo importante tienes que descubrirlo tú, pues Roman Simic no lo ha escrito en ningún lado; eso sí, te ha dejado una montaña de miguitas esparcidas al tu alrededor, pero resolver el puzle es cosa tuya. Él bastante ha hecho con  escribir como escribe, dejándote en el rostro la sonrisa del boxeador a punto de caer noqueado sobre la lona, no entendiendo nada pero comprendiéndolo todo. Como le dice Helena a su padre muchos años después de que le desvelara el truco del vacío, viéndole perdido en el bullicio de un aeropuerto: “El truco está en leer los letreros. Lees. Sigues.”

 
Lucía Sesma y Roman Simic en un momento de la presentación.


Pincha en la imagen para ir a la página del editor.



lunes, 7 de agosto de 2017

Reedición de "Cardiopatías" por la Editorial Baile del Sol



Esto que voy a decir es mentira, aunque como en toda mentira, algo de verdad hay en ello, y es que, a veces, pienso que dejé de hacer reseñas de los libros que leo en este blog a raíz de comenzar a leer con mayor regularidad a autores con los que comparto editorial. En alguna de esas lecturas, quizá Roman Simic, quizá Ana Esteban, quizá Markéta Pilátová, me dije a mi mismo que no sonaría muy creíble si me descolgaba con una reseña elogiosa de la que es mi editorial en estos momentos. Eso, unido a todo lo demás que uno pueda imaginar de rutinas y vida privada no exenta de problemas, dieron al traste con la "regularidad" y las reseñas en el blog. En su momento hice una reseña de "En los antípodas del día", antes siquiera de soñar con formar parte yo también de la editorial Baile del Sol, por lo que me sigo reafirmando en lo que dije en su momento sobre ella sin que caiga sobre mí ninguna sombra de duda acerca de mi sinceridad. Y sí, en este tiempo he simultaneado libros de mi editorial en mi menú habitual de lecturas deslavazadas, por lo que me asombra cada vez más formar parte de su catálogo, pues cómo si no explicar que uno comparte editorial con (o tengo libros firmados por mí junto a libros firmados por) el citado Roman Simic (si "De qué nos enamoramos" me deslumbró, "Aliméntame" ni lo cuento), David Albahari o Ivica Prtenjaca ("Qué bien, qué bonito" es tan envenenado como aparentemente liviano)... Luego están "Stoner", claro, qué más puede decir uno de "Stoner" más que insistir en que se lea, se relea, se regale, se compre de nuevo, se mime, se admire, y se piense que el mundo es menos feo con un libro así disponible por ahí, sino que también están Pablo Escudero ("Beber durante el embarazo" es una auténtica joya literaria, como lo podría ser la más que recomendable novela "Mil dolores pequeños" de haber sido calibrada con un poquito más de certezas y con un editor de esos que salen en la pelis y que dicen que antes existían pero que ya es imposible, vamos, de esos que discuten y enmiendan al autor y le obligan a sacar más de lo que el propio autor creía poder sacar, en los tiempos en los que la literatura parecía tener alguna relevancia social y en a que merecía la pena invertir tiempo y dinero), y Pérez Vega, y Yolanda Delgado Bautista ("Puro cuento", su título lo dice todo). Ahora estoy con José L. Scarpelli ("Palimpsesto"). Tampoco me veá con la salvedad moral de poder reseñar libremente "Mi vida con Potlach" de Inma Luna... ¿Daños colaterales? Que tampoco he dicho ni mu de libros que me han gustado y con lo que ni por asomo comparto editorial (y por soñar no ha sido). Pero yo venía aquí a hablar, además de mi editorial y de lo que supone para mí formar parte de ella a pesar del vacío mediático (no por mis libros, sino por lo de los que he citado),  de mi libro... venía a hablar de mi libro... 

Tras la publicación de "La muñeca rusa" por parte de Baile del Sol, hecho que salvó mi vida (literaria o no, allá cada uno con su propensión a creer exageraciones) y me hizo sentirme con la fuerza suficiente para terminar una nueva novela (y comenzar inmediatamente, en mi cabeza, a germinar dos más), me propusieron publicar también "Cardiopatías", ese libro de relatos que saqué con un crowfunding. Ese hecho tuvo el mismo significado para mí, no solo me sacaban de la cloacas literarias, sino que me permitían tener un pasado que, de alguna manera, me dibujara o definiera. "Cardiopatías", sus nueve cuentos, son el mosaico literario de ese periodo entre "Cuando acabe el invierno" y "La muñeca rusa", es decir, lo que escribí y no tiré (más importante lo segundo que lo primero) durante siete años, en medio hubo dos relaciones sentimentales fallidas, una enfermedad con su decadencia y su posterior recomposición vital, perder un mundo y no saber encajar en el que me encontré (el de todos), tomar caminos acertados y fallidos, escribir, tirar, escribir, tirar, tirar, tirar, tirar, leer y pelear encarnizadamente, con sangre, vísceras y locura, con el sentimiento de querer ser escritor y no saber ni lo que eso realmente significaba ni si yo, un desclasado lumpen tan arrogante como patético, merecía sentirme uno, vertebrando mi vida a través de la literatura. Luego tuvo que llegar la ruina económica y el amor, pero sobre todo tuvo que llegar mi hijo para descubrir que la columna que me sostiene es únicamente él, para descubrir que ya era demasiado viejo para todo pero que por suerte había aprendido a mantener a raya el deterioro físico lo suficiente como para sentirme con tiempo para cualquier sueño que hubiera podido salvar a estas alturas de la historia. De eso dan cuenta los relatos de "Cardiopatías", subtitulado para esta reedición como "Relatos de insumisión y dudas", por eso de facilitar su búsqueda en google y por ponerle un sello, como un pasaporte que de cuenta de un viaje que de alguna manera terminó. Que, además de salir en la editorial que sale, "Cardiopatías" contenga un emocionante prólogo escrito por Pilar Rodríguez, hace que la sensación sea infinitamente grata. Y ahí está de nuevo, con precioso y definitorio dibujo en la portada de Inma Luna (gracias infinitas) y los originales dibujos de Andrea Hauer en su interior, reviviendo gracias a Baile del Sol ejerciendo de desfibrilador literario y a los que nunca les podré agradecer suficiente todo lo que han hecho.





martes, 17 de enero de 2017

Reseña de "La muñeca rusa" en el blog Readings in the North


Hace varios meses, la amable Isa Martínez publicó en su blog una reseña de "La muñeca rusa"... Esta es:

http://itissochic.weebly.com/b/la-muneca-rusa-de-juan-miguel-contreras#comments




"¿Qué piensa un hombre que contempla la Tierra desde el espacio, donde va a morir sin regresar? Nunca podremos saberlo, sin embargo, la historia no se detiene, e Irina Belokoneva, hija de ese cosmonauta perdido entre la Luna y la Tierra, es parte de ella.

Esta historia arranca con la entrada en 1968 de las fuerzas del Pacto de Varsovia en Praga. En un psiquiátrico de la ciudad, son testigos de ella el celador Milos Meisner e Irina. Ella ha ido a parar allí porque cuenta la extraña historia de su padre, un cosmonauta abandonado a su triste suerte en el limbo espacial; un relato que nadie puede ni quiere creer, salvo Milos Meisner."


En esta novela tenemos tres claros protagonistas, que en un principio podemos pensar que no tienen nada que ver. Pero después de terminar el libro te das cuenta de que tienen algo en común, la soledad. 

Milos Meiner es un escultor checo que ha viajado por diferentes lugares y ha vivido mucho. Praga, París y Almería han sido algunos de sus destinos. Vemos como vive la Primavera de Praga, vemos como acaba en un pueblo poco conocido de Almería. Milos es el hilo que une todas las historias de esta novela. Irina es una chica y es la hija de un cosmonauta perdido entre la Luna y la Tierra. Conocemos su historia gracias a que Milos se la cuenta al tercer protagonista. Este tercer protagonista es un librero, tiene su pequeña librería en ese pueblo poco conocido de Almería. Y vemos como intenta seguir adelante gracias a lo que vende a los turistas o a ciertos clientes fijos.

Milos es un artista solitario, Irina es una chica solitaria e incomprendida y el librero es un vendedor solitario. Por eso digo que tienen mucho en común, ya que los tres saben lo que es la soledad y los tres la viven de diferente forma. 

Comencé esta novela pensando que se centraría en la historia de ese cosmonauta perdido y no ha sido así. Menuda sorpresa al toparme con tres historias diferentes pero muy bien hiladas. Sin duda lo que más me gustó fue conocer la historia de Milos y su relación con el escritor Bohumil Hrabal. También resulta muy interesante conocer la historia del librero, de la enfermedad que tiene y la historia de su librería. Y por supuesto, la historia de Irina que te mantiene intrigada a lo largo de todas las páginas de la novela.

La muñeca rusa consigue que reflexiones desde sus primeras páginas. Te hace reflexionar sobre el tema del cosmonauta perdido, ¿cuántos habrá perdidos por el espacio y que ni siquiera nos enteramos? También hace que reflexiones sobre la vida y como en los momentos difíciles puedes encontrar a un gran apoyo. Milos fue un apoyo para Irina cuando llegó al psiquiátrico, el librero fue un apoyo para Milos cuando llegó a España. Personas que tienen sus propios problemas pero que no por eso te dan la espalda, todo lo contrario: están ahí para escucharte y para ayudarte en todo lo que puedan. 


Ha sido una novela diferente, con un punto de partida muy interesante (un cosmonauta desparecido en el espacio del que no se tiene conocimiento). Una novela con unos protagonistas muy interesantes a los que llegas a coger cariño. 

Al principio me costó un poco meterme en la historia, los nombres me tenían un poco despistada y me hice un poco de lío. Aunque tengo que reconocer que para mi fue una grata sorpresa encontrar en la primera página ya a un escritor, Bohumil Hrabal. Ese es otro detalle que me gustó mucho, el libro está cargado de referencias (tenéis aquí la entrada donde os enseño todo lo que me he apuntado). 


Una novela interesante que nos da a conocer a tres personajes y sus tres historias. Una novela que te hace reflexionar y que te hace cogerle cariño a los protagonistas. Una novela cargada de referencias tanto a libros y autores como a películas. La única pega fue que al principio me resultaron un poco confusos los nombres.

viernes, 7 de octubre de 2016

Reseña de "La muñeca rusa" en Libros Prohibidos.

La muñeca rusa

Photo by Viktor Franko
Año: 2016
Editorial: Baile del Sol
Género: Novela
Valoración: Está bien
Llevo muchas semanas sin hacer una reseña. Tal vez sea ese el motivo por el que me está costando tanto arrancar con el título del que hablo hoy, La muñeca rusa, o tal vez no; es posible que este libro sea uno de esos especialmente complicados. Voy a inclinarme por la segunda opción.
Unos meses antes de que las fuerzas del Pacto de Varsovia invadiesen Praga (1968), una chica rusa llamada Irina llegó a un hospital psiquiátrico. Contaba la historia de que su padre fue un cosmonauta lanzado al espacio en una misión fallida por alcanzar la luna en 1962. Milos, un funcionario del hospital en esos momentos, cuenta esa historia muchos años después durante su estancia en Almarga, Almería. Una historia que le cambió la vida incluso más que la propia invasión de su país.
La muñeca rusa no es un libro de viajes en sí, pero relata un viaje compuesto de otros viajes. La llegada de Irina a Praga desde distintos sanatorios rusos, la huída de Milos de la represión soviética, el vuelo frustrado hacia la luna de ese cosmonauta perdido. No en vano, el autor se refiere a Ulises y La Odisea en distintas ocasiones, en el mejor símil posible, y todo un homenaje a esta obra fundamental de la literatura. Esto nos deja entrever visos de una novela valiente y ambiciosa que, sin embargo, no termina de cumplir con las expectativas creadas, sobre todo a raíz de los primeros capítulos.
De escritura elegante pero intermitente, que intercala pasajes de gran belleza con otros menos inspirados, La muñeca rusa plantea una historia de gran fuerza e interés en sus 4 primeros capítulos. Ahí queda reflejada la inverosímil (y a la vez totalmente creíble) historia del cosmonauta perdido en el espacio, de la chica rusa esquizofrénica, del celador checo que luego se convierte en un escultor reconocido, y del librero almeriense con problemas de salud. El problema viene cuando, a partir de esa vibrante introducción, el texto comienza a dar vueltas sobre sí mismo, volviendo una y otra vez a las historias planteadas sin profundizar en las mismas, sin avanzar. A mitad del libro, el lector se encuentra con la misma información que tenía al principio. Muy poco más. Por suerte, ya metidos en la segunda mitad, las historias se deciden a avanzar y abandonan este bucle.
Por otro lado, los grandes aciertos de la novela, las historias de los dos rusos, se quedan en un segundo plano para darle mayor relevancia a Milos (el escultor checo) y el librero de Almarga. Ninguno de los dos consigue calar hondo en el lector, ya sea por lo tópico del primero o por la ausencia de carisma (o interés) del segundo. Tal vez esa fuera la intención del autor desde el principio, más interesado en contar una historia cercana que un relato maravilloso más propio de la ciencia ficción. Sin embargo, la posibilidad de conocer más sobre un astronauta ruso perdido en el espacio (cuyo recuerdo es literalmente borrado), y la deriva de su hija por los centros psiquiátricos soviéticos, es demasiado potente y, en mi opinión, engulle al resto. No importa cuánto se torture Milos por lo que hizo, no hizo o dejó de hacer, así como tampoco sirve lo famoso que fuera el padre biológico del librero; siempre quedan empequeñecidos por los acontecimientos que les preceden.
De cualquier forma, La muñeca rusa es una novela llena de texturas, rica en matices, de la que se pueden sacar numerosas lecturas. Invita a leer de forma pausada, incluso a releer con detenimiento esos acertados pasajes que pueblan sus apenas 176 páginas.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Reseña de "La muñeca rusa" en el blog "Cuentos pendientes"

La muñeca rusa, de Juan Miguel Contreras

La muñeca rusa, de Juan Miguel Contreras (Ed. Baile del Sol)


Nunca sabremos lo que piensa un astronauta soviético perdido que contempla la Tierra desde el espacio, pero podemos suponer que se verá desbordado por la soledad y la sensación de punto final. La muñeca rusa fue la novedad del catálogo de Baile del Sol que más llamó mi atención durante la fiesta de presentación de las novedades de primavera – verano que la editorial organizó en la librería Vergüenza ajena en junio, a la que acudí a presentar Mil dolores pequeños. Juan Miguel Contreras, en su turno de intervención, nos habló de un astronauta soviético que va a la Luna y nunca vuelve, y de cómo esa figura, y sobre todo la manera de borrarla de la historia, se convierte en la obsesión de su hija, a la que acaban tomando por loca.
Esa trama no es ni mucho menos la única que aparece en La muñeca rusa, pero me hizo querer leer la novela. Esa trama parcial me recordó inevitablemente a mi relatoRescate, incluido en Beber durante el embarazo, en el que un hijo reconstruye la vida de su padre, cosmonauta soviético, que fue el primero en llegar a la Luna pero que no pudo regresar y al que también condenaron al olvido.
Un escritor está buscando muchas veces, como lector, mundos estéticos y de intereses parecidos al suyo. Otras veces no, claro, otras veces quiere leer justo lo contrario a lo que intenta escribir. Pero una novela con esa historia en la trama no podía dejarla pasar, así que la compré y Juan Miguel pudo firmármela. Atrasos y conflictos entre lo que uno quiere hacer y lo que la realidad dicta que haga, una dinámica que a veces se mete hasta en nuestras lecturas, ha hecho que no me haya puesto a leerla hasta agosto. Quizá agosto sea un buen mes, con su calor y sus ciudades desiertas, para leer un libro que rescata el mundo del telón de acero, que nos llena la cabeza de secretos y de cosmonautas. El año pasado, también en agosto, vi esta exposición en La casa encendida de Madrid,http://www.lacasaencendida.es/exposiciones/arstronomy-incursiones-el-cosmos-4512, de la que me he acordado mientras leía esta novela.

La muñeca rusa es, según la solapa del libro, algo así como la segunda novela de Juan Miguel Contreras, que también ha publicado un libro de relatos, además de ser librero, tramoyista y editor. Comparte con el narrador de su novela por tanto el interés por el teatro y la profesión de librero. ¿Qué quiere decir algo así como la segunda novela de un autor? No lo sé exactamente, pero se habla de una primera novela,Cuando acabe el invierno, y se habla también de una primigenia versión de La muñeca rusa. Que el autor permita que se hable de una primigenia versión del libro que vamos a leer creo que indica que considera que aquel era un libro sustancialmente distinto al que vamos a leer, y por eso no sé si hablar de segunda o tercera novela. ¿Qué más da, en realidad?

La muñeca rusa es una novela corta, de unas 170 páginas, cuyo título remite a dos ideas, o así me lo ha parecido. Por un lado a Irina Belokoneva, la hija del astronauta desaparecido, y por otro a la estructura de la historia y su semejanza con las matrioskas, haciendo de la novela una historia en el interior de otra y en el interior de otra.

La muñeca rusa empieza en Praga en 1.968, con la invasión de los tanques soviéticos tras la llamada primavera de Praga. Allí, en Praga, está ingresada en un hospital psiquiátrico, Irina Belokoneva, que apareció contando una disparatada historia de astronautas desaparecidos, y en particular la historia de su padre, Alexei Belokonev. En ese hospital hay un celador, Milos Meisner, que es el personaje central de la novela. Uno de los dos. Diría que el importante, pues el narrador se guarda un discreto papel de observador. Nos habla un poco de su vida, contextualiza (y muy bien) la historia, pero no le quita protagonismo a Milos, que muchos años después será un artista que ha pasado por Londres, por París, por Toulouse, entre otras muchas ciudades, y que ha llegado a un pequeño pueblo de Almería persiguiendo una de esas becas que le permiten a los artistas ponerse a crear sin preocuparse por cómo subsistir.

Allí, en Almería, a través de la mujer que lo aloja como parte del programa, una actriz retirada, llega hasta el narrador, librero en esa pequeña localidad costera. La estructura de historias que encajan en otras me dificulta avanzar en el resumen de la trama, pues me viene a la memoria, hablando del pasado como actriz de Greta, que es su amante, que el librero insinúa en algún momento que es hijo de un famoso actor, a quien no pone nombre pero a quien, desde mi relativa incultura cinéfila, he identificado como Omar Sharif. Esa clase de detalles, en apariencia innecesarios, y que narrativamente es posible que lo sean, dibujan con mucha más profundidad a los personajes y hacen que la novela esté llena de vida, y van completando el juego de apariencias, verdades y mentiras.

El librero ha llegado allí como por casualidad. Parece que se mueve así por el mundo. Heredó la casa de su abuela y decidió poner allí una librería. Vive encima de su negocio y vende, sobre todo, libros en inglés y alemán para extranjeros que pasan allí unos días. Se aburre. Sueña. Habla de una enfermedad renal que le obliga a estar cerca de un hospital donde tienen que tratarlo a menudo. No puede viajar. Por eso le fascina la historia de Milos y las historias que se esconden en Milos. La de Irina, la de los cosmonautas soviéticos, la de Praga, la Praga en la que Milos se juntaba con artistas y aprendía de Bohumil Hrabal, aquella Praga post – 68 en la que le retiraron el carnet del partido a muchos escritores, como Kundera, y fueron tomando el camino de la huida. Hrabal, que intuyo que es un autor que interesa mucho a Juan Miguel Contreras, pues uno de los epígrafes iniciales de la novela es suyo y otro es del recientemente fallecido Peter Esterhazy sobre Hrabal, tiene un peso importante en la novela. Es una especie de referencia que va y viene, como escritor y amigo, en la vida de Milos.

El lector se siente parte de esas conversaciones entre cafés en el mostrador de la librería. La prosa es contenida y dibuja muy bien matices y sensaciones. Hay constantes referencias al olvido y a cómo la historia se va dibujando entre olvidos y recuerdos. La memoria funciona en ese caso como un escultor que del bloque de piedra va quitando lo que le sobra, y uso esa imagen por relacionarla con el trabajo artístico de Milos.

Las misiones soviéticas que fracasaban desaparecían de la historia. Porque los soviéticos eran maestros en el arte de borrar a los colaboradores caídos en desgracia de las fotos. Y por eso nadie hablaba del padre de Irina Belokoneva, y hasta tuvieron suerte, porque a las familias de otros astronautas desaparecidos las borraron directamente del mundo. Me parece fascinante la recreación de una ciudad secreta, en el Asia Central, hacia la que van a preparar aquella misión suicida, Belokonev y su familia, una ciudad que se llama como otra ciudad que no es, para que nadie sepa exactamente dónde están, de modo que así el borrado de las huellas sea más fácil. Es tan fácil borrar el pasado como matar a la gente y dejar de hablar de ella. Tan fácil como usar el mismo nombre para la misma misión, olvidando que la anterior fracasó. Hay un Gagarin que tapa a los Belokonev. Tres misiones Vostok 1 antes de la que realmente funcionó.

El dibujo de algunos proyectos artísticos está muy bien hecho. El narrador nos habla de la reproducción de la Luna que Milos hizo en Toulouse, o el trabajo artístico que emprende sobre la gente que forra los libros, cómo lo hace y por qué lo hace, y las fotografías que trata de tomar de esos lectores ocultos, y ahí hay un nuevo punto de conexión con mi particular mundo de obsesiones y preguntas.

El trabajo del fotógrafo Josef Koudelka sobre la invasión soviética de Praga y las detenciones y huidas de la ciudad. Otra exposición que vi en el otoño pasado en la Fundación Mapfre. Otro punto para apoyar la obsesión.

La muñeca rusa es una novela que se lee en una larga tarde de agosto en la que la luz del sol no se acaba de poner y se piensa y reconstruye durante la semana siguiente. Es una de esas novelas que cogen la historia, la desmontan, y nos llevan a preguntarnos cuánto hay de leyenda. Al lado del libro tienes un cuaderno y un bolígrafo y apuntas nombres de artistas checos, astronautas y misiones soviéticas, y por la noche buscas en Google lo que has apuntado para saber qué es verdad y qué está inventado para hacer la realidad más digerible. Dedico veinte minutos de mi vida a buscar información sobre el libro Gravedad, de Armand Coppens, y parece que no existe. Es el libro que Milos quiere leer, es el libro que le consiguen. Para que se vea que la estructura de muñecas rusas es la descripción adecuada, no sólo a la novela, sino a la realidad, el tal Armand Coppens, según mi breve investigación y algunos textos que leí en ella, parece ser un autor fantasma, que muy probablemente no se llamaba así, que no se sabe quién fue, y que escribió un libro llamado Memorias de un librero pornógrafo. El juego final.

Seguiremos leyendo y disfrutando de buenos libros como éste.

Felices lecturas


Sr. E

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