sábado, 21 de junio de 2014

Blowin´ the blues away.

Los días que sueño que estoy en un sueño y que, en algún momento del sueño todo se para y me miro a mi mismo en el sueño y me digo “estás soñando y debes acordarte de esto cuando despiertes porque es importante”... tEsos días, o esas noches, pasan como un parpadeo, un destello de luz que ciega y deja en la retina su negativo, soñar cosas qe dan miedo, esa amenaza constante e ni en el sueño dejamos de sentir, o acaso sea en el sueño cuando más presente se hace.


Luego, al despertar, de lo único que me acuerdo es de que soñé que tenía que acordarme de algo pero no de qué tenía que acordarme. Recuerdo el miedo, la amenaza, pero ese sentimiento deja su poso y se amortigua al lavarme la cara con agua fría. Esos días son los días más extraños, o al menos esos son los días en los que me preocupo por cuadrar mi vida, por enderezarla, por recomponerla, como si diese por hecho que no lo estuviera, pues eso es algo de lo que pocas veces estoy seguro, y me atormenta el hecho de haber vivido en el sueño algo esencial y que el haberlo olvidado no me fuese a traer nada bueno; en fin, no lo sé, igual no tiene ningún sentido darle tanta importancia a un mísero sueño, aunque sueñe que escribo y haya señalado una frase y me haya dicho "recuérdala" antes de que volviera a sentir la presencia grumosa que me ha obligado a coger a un bebé en brazos y a salir corriendo, de nuevo, corriendo, huyendo.

Sensación extraña para encarar la noche más corta del año.

Estas últimas semanas he vuelto a la carretera, a moverme de pueblo para ir a trabajar, temprano (no todos los días, el contrato no es por un horario completo), pero sí que el regreso es siempre cuando el sol se pone, rojo dolor, pastoso, con una violencia condensada en un horizonte gigantesco, que cae como un titán mitológico, lento y moroso, soles como sumideros incandescentes, atardeceres en una tierra yerma entre la cual yo regreso a casa con las ventanillas bajadas, dejando que el viento golpee mi cara mientras canturreo melodías sincopadas de efectos demoledores para mi ánimo, demasiado acostumbrado a ir por ahí sin coraza.

El hecho de estar metido en el coche un par de horas al día ha hecho que intente a toda costa encontrar la compañía perfecta, la canción justa para atravesar esa estepa manchega desoladora. Durante dos semanas no he dado con nada. Soy, o somos, como antenas receptoras de vibraciones que no comprendemos, y muchas veces la música hace daño o calma, pero también hay otras veces en las que no sentimos nada escuchando cosas que antaño sí provocaron cosas; y la culpa no es de la música en sí, sino de nosotros; aprovecho las rectas para cambiar de disco, y salta la radio, radio3, e insulto a los comentaristas que me asaltan, y a veces pruebo entre disco y disco a ver qué ponen, y nunca siento nada (salvo algún regreso con Juan de Pablos, pequeño sátrapa candoroso que lleva casi toda la vida acompañándome). Y he probado con casi todo, pero no he tenido suerte.

Hasta ayer, cuando con esa sensación de fin inminente, me enteré de que había muerto Horace Silver. El llamado hard bop tuvo la capacidad de volverme loco, durante unos años sólo escuché eso. Sin embargo poco a poco todo lo que me gusta escuchar se fue abriendo paso y he llegado a una especie de entente cordial con todo eso que me gusta y vivo como los ciclos lunares, de fase en fase, pasando de una a otra con naturalidad. Sin embargo, desde que comencé a trabajar de nuevo (de bibliotecario; es la primera vez que lo escribo), la separación con el pequeño, el nuevo ritmo, los nuevos hábitos, los nuevos quehaceres, es como si  hubieran provocado en mí un fallo de sintonización y sin música, sin la música justa, sentía que no podía hacerme a esa nueva rutina. Poco a poco vuelven las sonrisas, las ganas de seguir con lo que me hace mirarme al espejo y no sentir rechazo, y escribir es ritmo y el ritmo es cadencia y la cadencia contiene la melodía si hay algo que contar. Y ha tenido que morir Horace Silver para que yo, mientras el sol a mi izquierda me ciega y acelero mi coche para llegar a casa, pensara de nuevo en todo esto, en contar, en encontrar el ritmo para contar lo que me gustaría contar, lo quiera quien lo quiera o no quiera nadie. Y sentir el poso de una lectura crucial ("Monasterio" de Eduardo Halfon), y cuando digo sentir el poso de una lectura, quiero decir ver salir por los poros palabras; y notar las dos historias que me llaman a mi espalda, tocando con cuidado mis hombros, y decidir plegarlas en simpar combate hasta convertirlas en libros, y ver cómo... sobre todo ver cómo... Y pensar en Horace mientras trabajo, y hacer memoria de la estantería que tengo en casa a ver si recuerdo dónde están los discos de ese pianista de sonrisa pícara y embaucadora, y colocar libros, y buscar otros, y rellenar fichas, y ordenar, ordenar, ordenar, dar las gracias, sonreír, y alegrarme de ver a gente que me recuerda (bien) como librero y explicar cómo he llegado hasta ahí (un examen hace dos años, que hice después de una entrevista para una funeraria y antes de otro examen para llevar un pequeño camión para limpiar grafitis y adecentar aceras), y el cual aprobé (no el del camión) quedándome en una bolsa que (gracias a Atenea se ha ido moviendo hasta tocarme), y colocar la fonoteca con curiosidad de entomólogo de prácticas y descubrir un disco de Horace Silver, y cogerlo como un tesoro, y no llorar porque no era el momento, y volver a casa y poner un disco y nada, otro y nada, y decirme, pon a Horace y deja a The Byrds para otro día, y BUM, y decir "por fin", y subir, subir, subir el volumen, y bajar las ventanillas y levantar el pie del acelerador, y descubrir que el terror de los sueños es invencible y que siempre estará ahí y que sólo a veces podremos vencerlo brevemente, y pensar en la sonrisa de Horace y también en la pequeña sonrisa que espera en casa, y cantar, y llorar porque ahora sí es el momento... es hora de sacarse los blues de dentro... Porque, como dice Juan Claudio Cifuentes, si la primera canción de Blowin´the blues away no te "quita el blues" es que no sabes lo que es "sentir el blues"...


http://www.latercera.com/noticia/cultura/2014/06/1453-583197-9-horace-silver-pianista-emblema-del-hard-bop-muere-a-los-85.shtml

viernes, 9 de mayo de 2014

Antes de que lo perdamos todo. "La utilidad de lo inútil. Manifiesto" de Nuccio Ordine

A veces es necesario tumbarse en el suelo sólo para oír crecer la hierba.

Es difícil no caer en tópicos al hablar de un libro como el de Nuccio Ordine, un manifiesto breve, intenso y que sin duda logra lo que se propone, esto es, convertirse en acicate, en espejo donde revisar nuestra idea del mundo, esa que el lenguaje de los que nos dirigen ha pervertido y el utilitarismo se ha encargado de vaciar de sentido. “Hay dos clases de utilidad –argumentaba Théophile Gautier en el prefacio de Mademoiselle de Maupin de 1834–, y el sentido de este vocablo nunca es sino relativo. Aquello que es útil para uno no lo es para otro. Usted es zapatero, yo soy poeta. Para mí resulta útil que el primer verso rime con el segundo.” La de Gauthier es una de las muchas voces que invoca el pensador italiano Nuccio Ordine en este "manifiesto" sobre la necesidad de la literatura (y especialmente de los clásicos) en tiempos de crisis, contra la mercantilización de la enseñanza y la desintegración de los museos, bibliotecas, librerías y centros de investigación.

Dividido en tres partes, “La útil inutilidad de la literatura”, “La universidad-empresa y los estudiantes-clientes” y “Poseer mata: Dignitas Hominis, Amor, Verdad”, el manifiesto que nos ofrece Ordine es todo un guante lanzado al aire, un grito sordo ante la perplejidad que le supone al autor el monstruoso deterioro no sólo de la concepción del saber como ideal perseguible y anhelado por sí mismo, sino también del obsceno proceso de comercialización de la vida humana en su totalidad. El irónico dicho, “tanto tienes tanto vales”, se ha convertido en axioma fundacional que rige nuestras vidas, por eso ante esta situación, Ordine nos intenta recordar vehementemente que eso no es cierto, que la vida no ha de ser así, que hemos de rebelarnos contra esa concepción que el neoliberalismo intenta grabar a fuego en la conciencia común de todo el planeta, ridiculizando aquello que somos más allá de nuestra cuenta corriente. Para ello recurre a cuantos otros autores han hecho hincapié en esa cuestión (saber vs valor) a lo largo de la historia. Tomando como punto de partida la defensa de una manifestación artística tan ajena a la cuantificación como es la literatura, expone la visión que autores como Dante, Petrarca, Aristóteles, la literatura utópica, Shakespeare, Kant, Montaigne o Leopardi tomaron frente a la mercantilización de la vida y la cultura. Lo que hace a este manifiesto diferente a un simple catálogo es la intensidad con la que Ordine da sucesión a citas y autores, comentando al hilo de las mismas lo justo para hacer más hincapié en esas cuestiones que por obvias no está de más recordar y recordar.

Nuestra sociedad considera útil sólo aquello que produce beneficios, lo cual impone un lógica mercantilista de la totalidad donde la música, la literatura, el arte, las bibliotecas, los archivos de Estado, la arqueología, son consideran inútiles porque no producen beneficios. Es por ello que los gobiernos, cuando hacen recortes, comienzan por estas cosas "inútiles". Pero, al eliminar lo inútil, estamos amputando el futuro de la humanidad. Ese es el drama al que Ordine intenta dar voz en este breve y precioso manifiesto, que todos los ámbitos de nuestra vida están contaminados por la idea del beneficio y del lucro. Si seguimos dejando que eso suceda, si dejamos de educar a las nuevas generaciones en el amor por el bien común, por el desinterés, por lo gratuito, por la cultura, dejaremos de ser hombres y seremos productos. El conocimiento no se compra, se conquista, y esa conquista no es más que una bella manifestación de la dignidad humana.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Leyendo "Técnicas de iluminación", de Eloy Tizón, entre sirenas



"Técnicas de iluminación"
Eloy Tizón
Ed. Páginas de espuma, 2013
Fragmento del relato "Fotosíntesis"
pág 12-13

"Una mujer tranquila, con sus orillas húmedas. Nos sirvió una jarra de cerveza, luego una jarra de vino, luego una jarra de nata espolvoreada con canela. No quiso cobrarnos nada. Era la hija del posadero, aunque su verdadero oficio era el de comadrona. Se le transparentaba un poco el vestido. Las ganas de sonreír no se le acababan nunca. Su aldea estaba en fiestas, su esposo estaba en la guerra, no especificó en cuál. El cielo estallaba de cohetes, los músicos ambulantes tocaban hasta el desmayo celebrando la belleza trágica de la vida, los perros ya ni ladraban. Aquello era vivir. Abrazarla en el cobertizo era igual que amasar harina. Su piel, por descontado, también estaba para fiestas, también estaba en guerra. Tan hermosa que uno no sabía por dónde empezar a quererla. Antes de apagar la vela de un soplo, dio la vuelta al retrato de su esposo, que quedó mirando hacia la pared mientras aquello duró. Uno sentía que a su lado nada malo podía sucederle. Ella dijo, al tiempo que se anudaba el cordón del delantal, que rezaría por uno en sus plegarias. Los ojos le brillaban. Antes de despedirse ofreció su nombre en voz alta, con alegría: "Margarita"

Leyendo y escuchando, lo poco que la vida me deja, quizá a escondidas y a deshoras, pero sí, al menos, lo suficiente.

sábado, 1 de marzo de 2014

Boris Mikhailov, un fotógrafo del hundimiento



Boris Mikhailov, Superimposition. 1965.
Enfrentarse a la fotografía de Boris Mikhailov resulta estremecedoramente desolador. Hacía tiempo que no veía algo tan duro. La cosa se complica cuando lees cómo desarrolla su trabajo. En una entrevista del 2011 con motivo de una retrospectiva de su obra en el MOMA, respondió con un lacónico “documentary cannot be truth” cuando le preguntaron su opinión acerca de quienes dudan del carácter documental de sus imágenes, habida cuenta de que él no oculta que paga a sus “modelos”. Esa entrevista se desarrollaba con motivo de su exposición titulada “Case History”, la mayoría sobre indigentes ucranianos. ¿Qué es verdad? Todo se mezcla cuando ves las imágenes de Mikhailov, y más cuando algo particular como es la representación de una Ucrania post-soviética, pasa a ser un universal, y entonces lo que ves es LA pobreza, EL dolor, EL abandono, LA animalidad, EL detritus en el que el ser humano se convierte cuando el capitalismo arrolla con todo y a todos. Mikhailov tiene una posición muy particular respecto a su quehacer fotográfico, lleno de matices en los que perderse, sobre la objetividad, el equilibrio de poder entre el que muestra y el capta, sobre el objeto de la fotografía, sobre cómo es posible, o no, captar la realidad. Como si Boris Mikhailov hubiese dicho, "¿queréis realismo social? tomad realismo social", 
¿Es posible documentar la vida sin mancharnos las manos?.

Tríptico de la serie "The Wedding" 2005 - 2006


Nacido en Ucrania en 1938, Boris Mikhailov es uno de los principales fotógrafos de la antigua Unión Soviética. Fue a finales de la década de 1960 cuando hizo su primera exposición. Después de ella, la KGB entró en su domicilio y encontró fotos de su esposa posando desnuda. El acoso policial del que fue objeto, hizo que perdiera su trabajo como ingeniero, dedicándose tras ello por completo a la fotografía. Durante más de 30 años, su interés ha estado centrado en explorar cómo el individuo se engarza e incorpora a los mecanismos históricos comunitarios, tanto dentro del dominio soviético como en las condiciones de vida en la época post-comunista de la Europa del Este. Su obra más famosa del que podría ser su primer período (1968-1975) fue la "Serie Roja". En estas fotografías utiliza principalmente un filtro de color rojo para representar la ciudad, sus personas y grupos. Hasta la caída del comunismo, experimentó con diversas técnicas de revelado y positivado, aunque su objetivo siempre fue el mismo. Posteriormente, ya en los noventa, centró todo su trabajo en analizar las consecuencias que la ruptura de la Unión Soviética tuvo para la ciudadanía, fotografiando sistemáticamente a personas sin hogar hundidas por el alcohol y la ausencia de futuro. Más de 500 fotografías (la serie "Case History") muestran la situación de las personas que, tras la disolución de la Unión Soviética, no fueron capaces de agarrarse a un sistema que no entendían y que no contaba con ellos. De una manera muy directa Mikhailov centra su crítica contra la "máscara de la belleza" del levantamiento post-soviético dentro del capitalismo salvaje que allí se instauró.


Boris Mikhailov
Aunque profundamente enraizada en ese contexto histórico, el trabajo de Mikhailov incorpora retratos profundamente interesantes y personales de lo que es el humor, la lujuria, la vulnerabilidad, el envejecimiento y la muerte. Con la desintegración de la U.R.S.S. fue testigo directo de cómo su sociedad agonizaba; su trabajo es único a la hora de valorar el tránsito de la decadencia del sistema soviético al capitalismo salvaje en una suerte de apocalipsis poscomunista y postsoviético.

Boris Mikhailov de la serie "Yesterday's sandwich" 1965-1981
Ha sido, como indiqué anteriormente, “Case History” su serie más famosa. En ella explora el horror en el que viven las innumerables personas que se han quedado sin hogar tras el colapso de la Unión Soviética en Ucrania. Con el trasfondo sombrío de la ciudad industrial de Kharkov, las fotografías de Mikhailov (en color, y a tamaño natural) documentan la opresión, la pobreza devastadora y la realidad cotidiana de una comunidad de marginados que viven en los márgenes de nuevo régimen económico de Rusia. Después de vivir unos años, tras la caída del comunismo, en Berlín, Boris Mikhailov recuerda el impacto de su experiencia al volver a Kharkov varios años después. Cuenta cómo, tras la aparente tranquilidad de la devastación, la cual hacía creer que la ciudad había adquirido el halo moderno del centro de Europa (con un montón de anuncios extranjeros, un simple un envoltorio brillante), se quedó muy sorprendido por el gran número de personas sin hogar. Los ricos y los sin techo eran las nuevas clases de una nueva sociedad, y Mikhailov fotografía a una de ellas, la más numerosa, creando una obra que es uno de los documentos más inquietantes de las condiciones urbanas post-soviéticas.

Boris Mikhailov, tríptico "Blue Girl" (de la serie "Look at me I look at water")

Cuando se produjo la caída de la Unión Soviética y de todo el bloque oriental, los nuevos gobiernos pidieron ayuda al Occidente pudiente para superar la crisis. La ayuda llegó en forma de niñatos avariciosos sin escrúpulos graduados en Harvard con brutales programas de "reformas" económicas liberales (nota personal, releer “Limonov" de Carréré). Los resultados fueron desastrosos, y no sólo desde el punto de vista económico (caída de la esperanza de vida, aumento de la mortalidad, desahucios, tasas de paro insoportable, alcoholismo galopante, etc). La privatización acelerada dejó las antiguas empresas públicas en manos de funcionarios corruptos que, con los contactos adecuados, los "empresarios audaces" pudieron comprar por cuatro rublos. De algún modo, los dirigentes europeos estuvieron contentos, pues el futuro que preveían para la parte oriental del continente (que era ser una especie de mezcla entre puticlub de extrarradio y cementerio nuclear) se vio totalmente cumplido. Ya a finales de los noventa escuché en la facultad a un profesor decir que esa demolición exprés de un modo de vida determinado que se había desarrollado bajo un sistema político y económico determinado iba a traer consecuencias nefastas. Muchos vimos a ese profesor como un leninista trasnochado, pero es bien cierto que ese aviso lo he ido escuchando a lo largo del tiempo. Exactamente no recuerdo quién dijo que el futuro no se podía predecir y que dentro de 20 0 30 años nos íbamos a arrepentir de seguir esa política y de ignorar y humillar a esos países, especialmente a Rusia (no sé si fue Houellebeq o Delors, o el propio Limonov).

En los rotativos occidentales, a mediados del 2000, se pudo leer una afirmación de Putin que fue entendida como una boutade más de un tirano ignorante y residual del espíritu soviético, y que era algo así como que la caída de la Unión Soviética había sido la peor catástrofe geopolítica del final del siglo XX. Muchos, incluyendo el por entonces primer ministro Mevdeved, se echaron las manos a la cabeza, pero según las encuestas, la mayor parte de la población de las antiguas repúblicas soviéticas estaba de acuerdo. Hoy, la política rusa es cada vez mas agresiva, aumenta su presupuesto militar, presiona a los países de su entorno para unirse a la nueva Unión Euroasiática mientras, al mismo tiempo, grupos de ultraderecha y fascistas no paran de crecer en Europa Oriental amparados por Estados Unidos y la UE (como algunos de los que han protagonizado la revolución-motin-golpe militar de Ucrania). Tal vez no hoy, tal vez no mañana, pero pronto, nos estalle todo en la cara...

¿Qué tiene que ver esto último con Boris Mikhailov? Muchísimo… Pues algunas de las sensaciones que uno experimenta a ver su trabajo son “miedo”, “horror”, “desolación”. África, Asia... Europa Oriental... cada vez al capitalismo le cuesta más mantener centrifugados a los residuos de su descontrolada voracidad neoliberal. Pero quizá el horror está cada vez más cerca,  igual ya instalado de lleno en el corazón de Europa (la llamada crisis y el soterrado desmantelamiento del ninguneado "estado del bienestar"). Mikhailov lo retrata con la minuciosidad de un cirujano tan hábil como borracho. Pero su trabajo esconde varias paradojas más allá del carácter testimonial de 60 años de trabajo. Dejaré de hablar de la crítica social. No olvido que paga a sus “modelos”. Sin embargo, a la luz de este detalle, ¿dejan de ser veraces las imágenes de Mikhailov por ese hecho?, ¿posar es mentir?, ¿dejarse retratar en fingir? Él insiste: “Documentary cannot be truth”. ¿Qué es entonces lo que él representa, qué sentido tienen sus retratos de indigentes en Ucrania en "Case History"? En la fotografía documental, la interacción fotógrafo-fotografiado siempre implica un sistema de relaciones desigual entre ambos actores. Es inevitable que uno de los dos adquiera una posición de inferioridad, lo cual no implica que el que retrata abuse o se aproveche del retratado, sin embargo no hay que olvidar ese hecho, pues, de esta manera, por ejemplo, el poder recae sobre quien tiene la capacidad de influir en la acción del otro. Pero, ¿quién influye realmente en quién?

Paradójicamente, al comienzo es quien busca las imágenes quien carece de poder, vagando y buscando supuestamente "a ciegas"; un poder que de golpe el fotógrafo adquiere cuando toma una decisión y se acerca a un individuo y le hace una oferta por su imagen, o simplemente cuando intenta fotografiar creyendo captar el instante objetivamente (una falacia positivista como cualquier otra); luego, el individuo que posa recupera el poder cuando la tensión del momento le permite decidir si muestra más o menos. Boris Mikhailov admite sin pudor que paga a los indigentes que posan para él, pues cree que con ello pone en valor la imagen del testimonio que quiere mostrar. Quiere que "ellos" sepan que les está fotografiando, pues esa consciencia tiene sus consecuencias. ¿Cuáles?

Con esto se me cuela el gato de Schrodinger (¿sé dónde está pero no sé cómo es, pero si sé cómo es, no sé dónde está? Eso sin contar que no tampoco sé si está vivo o muerto), pero es innegable que las imágenes de Mikhailov plantean infinitos dilemas, no sólo en lo que atañe a lo que muestran, sino a cómo ha conseguido el fotógrafo que muestren lo que muestran. El acto de pagar a los fotografiados y dirigirlos en su performance puede ser un mecanismo que lo libere del dilema de la veracidad. Sus fotos no son verosímiles, pero son verdaderas. Sus imágenes nos muestran unos personajes con una narrativa impresa en sus propios cuerpos donde la desnudez, el maltrato y el abandono no son más que envoltorios del horror. No estamos hablando de estética apocalíptica a lo Mad Max u otra impostura distópica vacía de contenido, hablamos de lo que está sucediendo en un país que está a un puñado de kilómetros del nuestra amada Unión Europea. Mikhailov (en "Case History" sobre todo, aunque me temo que es algo que lleva haciendo toda la vida) muestra dientes, piel, coños, cicatrices, mugre, hedor, cabezas piojosas, ojos enrojecidos, piel macilenta y pone entre él y el individuo una relación contractual que los deshumaniza y convierte en soportes vivos del relato que quiere construir. Es como si preguntara, ¿de verdad he de esconderme y fotografiar sin que nadie se de cuenta para mostrar la verdad? ¿Y qué pasa si lo que yo muestro te resulta incómodo, acaso es menos verdad? ¿Estás seguro de ello? El momento de encontrarte rodeado de sus fotografías no se diferencia del de mirar pornografía bizarra. Mikhailov con ello muestra la línea divisoria entre la búsqueda de la imagen real y la llamada fotografía documental, desarrollada por fotógrafos cargados de prejuicios, "buenrrollismo" y ganas de agradar... Como leí en alguna parte, no es cómodo ver las imágenes de Boris Mikhailov porque sus pobres están vivos y son atrevidos. Quizá los medios de comunicación nos manipulen y al final no sepamos quién dirige el mundo ni qué sistema de fuerzas e intereses condiciona nuestra conciencia, pero hacia dónde parece que está avocado el mundo, da miedo...


Autoretrato de Boris Mikhailov, Berlin, Germany, 2004 

http://es.wikipedia.org/wiki/Boris_Mikha%C3%AFlov_(fot%C3%B3grafo)

viernes, 28 de febrero de 2014

Kazbek, de Leonardo Valencia, fragmento. ¿Qué es un libro de pequeño formato?


"Qué es un Libro de Pequeño Formato?, le pregunta Kazbek al señor Peer. Éste le responde punto por punto con un total de nueve aproximaciones.


1. Un libro corto que parece no agotarse nunca.
2. Un libro que puede perderse porque no se lo olvidará.
3. Un libro que, como una navaja, entra y sale cortante en el cuerpo cerrado de la Biblioteca.
4. Un libro que no tiene pretensión de dar el Gran Golpe Definitivo.
5. Un libro que despierta al lector curiosidad por el autor que lo ha escrito, hasta ese momento absolutamente desconocido.
6. Un libro que el lector no tenía previsto encontrar.
7. Un libro del que nadie sabe a qué género pertenece ni qué ha dicho la crítica ni en qué editorial ha sido publicado.
8. Un libro que el lector no sabe ni quiere resumir sin que se subvierta y destruya su contenido.
9. Un libro que crea silencio para escuchar cómo fluye la fuente."

Kazbek. Leonardo Valencia. Pág. 20. Editorial Funambulista, 2008


http://www.leonardovalencia.com/

viernes, 14 de febrero de 2014

Sobre la matanza de San Valentín, Elbert Baxter, Billy Wilder y un batería de jazz metido a detective algo diletante. Un fragmento de "Cardiopatías"

Fragmento de "La última noche de Richard D. Lane", octavo relato de "Cardiopatías".


"Un día llegó y tras sentarse a mi lado sin saludarme siquiera me preguntó a bocajarro si yo había estado en Chicago el día de la matanza de San Valentín en mil novecientos veintinueve. Claro, le contesté, yo estaba sentado en la barra y miraba mi cara en el espejo tras las botellas, así que aquello no sonó como una respuesta fanfarrona, al contrario, respondí casi como si me lamentase de ello. Noté su mano en mi hombro y como si hubiera accionado un resorte le dije que se pidiese algo. Él me contó que estaba de paso y que había ido a propósito a verme y eso fue algo que me halagó. Tengo pocos amigos, por no decir ninguno, y gestos como ese, se agradecen de vez en cuando. Esto que le estoy contando, señor Parker, sucedió hace tres años, o quizá cuatro, pero al ver la foto de Billy en aquella revista lo recordé todo de golpe, al igual que cuando él me preguntó lo de la matanza de San Valentín, miré su cara y la mía reflejada en el espejo tras las botellas de una barra de madera polvorienta y oscura, recordé cómo logré salir de esa, conociendo con ello a Katherine, la madre de mi hija y mi ex-esposa... En el veintinueve no me ganaba la vida solamente con mis casos como detective sino que también me ganaba algunos que otros dólares como músico. Yo tocaba la batería en varios combos de jazz y blues de Chicago y Nueva York, grupos casi siempre de semiamateurs, pero como a poco que tocaras con solvencia podías acabar codeándote con profesionales en alguna que otra jam de madrugada tampoco era complicado que algún día te llamasen para sustituir a alguien en la banda fija de algún club. A decir verdad nunca tuve dificultad en compaginar una cosa con la otra, me refiero a mi trabajo como detective con la batería, y aunque yo no era ninguna maravilla no lo hacía nada mal, y en aquellos días tocaba bastante en clubs clandestinos, por eso nunca se me pasó por la cabeza dirigir mis pasos hacia la carrera de policía. Más tarde no me quedó más remedio que dedicarme por completo a mi trabajo de detective privado, así que un día casi sin darme cuenta estaba vendiendo mi pequeña batería a un tal Jimmie Cobb, un chaval menudo que por aquel entonces no tendría más de doce años, un negro desmañado y hablador que con los años he ido siguiendo atentamente, viéndole muchas veces en directo, alguna de ellas con Booker Little, lo cual justifica sobradamente mi abandono como músico... En mil novecientos veintinueve, con la maldita ley seca haciendo estragos, las redadas en los clubs estaban a la orden del día, pero en la mayoría de los casos eran trifulcas que terminaban con un puñado de billetes en los bolsillos adecuados para hacer la vista gorda y un par de borrachos durmiendo la mona en el calabozo. Sin embargo, lo de San Valentín fue espantoso, casi disparatado, y te juro que fue la primera vez que sentí lo que era tener miedo de verdad, y así se lo conté a Baxter, o Billy, tal y como te lo estoy contando a ti, sólo que él me sonreía y pedía al camarero que llenase mi vaso cada vez que terminaba mi whisky, no como tú... Tal vez otro que como yo viviera aquello te diría que lo que sucedió era inevitable, tal vez, pero yo era demasiado joven como para darme cuenta de lo que realmente pasaba, y con ganarme la vida tocando, conseguir mis primeros casos serios y conocer chicas tenía bastante. Aún así me faltó muy poco para acabar tirado con una bala perdida en el estómago en un local sucio y lleno de gente corriendo histérica. Esa noche yo estaba tocando en un club del que nunca he sido capaz de recordar su nombre. Esa misma tarde me había llamado Michael Rogers para sustituir al batería de su banda. No hacía falta que llevase la mía. Acepté sin pestañear. Apunté la dirección del club en un papel y a las nueve me planté allí. El local estaba oculto en la trastienda de una frutería y era enorme, montado con todo detalle, con su escenario, su piano de pie y su propia batería, y creo que ese pequeño detalle fue el que me salvó... Incluso cuando tres horas después irrumpió la policía en el club, nada diferenciaba esa noche de cualquier otra, pero de golpe comenzaron los disparos y todo estalló como una casa con la espita del gas abierta durante semanas y semanas. Que no tuviese que preocuparme más que por salir de allí ayudó bastante, si hubiera sido mi batería la que estuviese tocando no sé qué hubiese pasado, no me hubiera gustado tener que dejarla allí. También ese detalle hizo que conociera a Katherine, la dulce y preciosa Katherine Meyers, una clarinetista de diecinueve años a la que ya había visto de pasada antes en otros clubs y que esa noche había ido a ver si, con suerte, de madrugada la dejábamos tocar en la jam, cuando casi todo el mundo se hubiera marchado y solamente quedásemos los músicos y los camareros... Cuando comenzó el gran tiroteo me refugié tras la batería y la vi entre la gente, asustada y nerviosa, como todos, pero también preciosa y linda como una mariposa que hubiera entrado volando en el lugar equivocado en el momento equivocado. Sin saber cómo salí corriendo, la cogí del brazo y me dispuse a salir de allí con ella lo más rápido que pudiera. De repente vi cómo se dirigía hacia nosotros una maraña de hombres, avanzando como una manada de búfalos; casi se podían distinguir sus bufidos entre los disparos. Eran los hombres de Casanieri… Tal vez yo fuese joven y atrevido, tal vez para mí fuese un juego eso de ser un detective que de vez en cuando se divertía tocando la batería, sin embargo sabía perfectamente quién era quién en esa ciudad y me guardaba muy mucho de no hacerme notar cuando salía a tocar por ahí en los clubs que dirigían esos tipejos; así que sabía perfectamente quién era Casanieri, uno de los grandes jefazos de Chicago. Vi su cara desencajada entre sus hombres, que habían hecho una especie de piña o de escudo humano e intentaban sacarlo de allí. Recuerdo que vi cómo un hombre de entre esa maraña apuntaba hacia nosotros… No tuve tiempo de pensar absolutamente nada, pero cuando quise darme cuenta tenía mi revolver en la mano y lo había disparado. La mala suerte, o la suerte a secas, quiso que a quien le diera fuese al mismísimo Casanieri. Sé que no lo maté. Tal vez le di en el brazo o en el hombro. Para el hombre que me había apuntado, yo de golpe había dejado de existir. De repente toda esa mole de cuerpos que intentaba proteger a Casanieri se había movido rápidamente y salían del club como almas que lleva el diablo disparando a todo lo que se interpusiera en su camino, sin embargo, Katherine y yo estábamos vivos, aún no sé cómo, de pie en medio de gente corriendo, entre gente tirada en el suelo, muerta o a punto de hacerlo desangrada... Oí que alguien gritaba mi nombre y vi al pequeño Michael Rogers moviendo su trompeta en el aire como un bateador y señalándome una puerta tras el telón por la que estaban saliendo los músicos y los camareros. No sé cómo pero salimos con vida de aquella matanza, ella sin más rasguños que un tacón roto y yo con un disparo superficial en el brazo... No me di cuenta salvo cuando ya estábamos en la calle, corriendo lejos de allí. Yo me asusté porque creí que la sangre era suya, pero al parar y meternos en un portal que encontramos abierto, fue como si todo el dolor apareciese de golpe; ella también se asustó y creo que eso me obligó a calmarme a mí. Vi que no era más que una herida superficial y le propuse escondernos en mi apartamento... Cogimos un taxi en la avenida Michigan y mientras atravesábamos a toda velocidad calles desiertas, podíamos oír sirenas y disparos por todas partes, como la amenaza de un sueño terrible oculto tras las esquinas. El taxista apenas abrió la boca y creo que si accedió a llevarnos en vez de irse corriendo asustado a su casa fue porque en los ojos de Katherine había tal brillo que era imposible resistirse a nada que ella pidiera..."

sábado, 8 de febrero de 2014

Reseña de "Cardiopatías" en la revista digital Tarántula

por Pilar Gómez Rodríguez.... Copio y pego sin rubor...

"Literatura y latido
Literatura y latido
IMG_20130908_144249La expresión en francés mal au coeur  se traduce literalmente (y mal) como “mal de corazón”. En realidad significa tener náuseas, sentirse mareado, no estar bien. Cuando duele el corazón, el cuerpo entero se resiente, la inquietud lo conquista. Los personajes que laten en el corazón –no uno de esos de forma ñoña, sino uno de verdad con sus aurículas, ventrículos, venas y válvulas– de Cardiopatías,el último libro de Juan Miguel Contreras, comparten males que a veces tienen que ver con la  fisiología y otras no; pero todos se resienten de algo que es común a todos, todos han sufrido alguna pérdida. Ocasiones marradas,  malentendidos, instantes que pudieron haber sido y por poco no fueron…  Los relatos de este corazón malherido y sangriento están llenos de “casis”. Las vidas de unos personajes, como indica Contreras en el arranque, las podían haber escrito los otros personajes pero finalmente es él, como un gurú de las pérdidas y las oportunidades falladas el que escribe las de todos.
El protagonista, que no narrador, de la primera “arritmia” –los relatos se distribuyen según cardiopatías– elige el soporte inadecuado para escribir. Su aventura literaria acaba en una de esas limpiezas fatales de madres que arramplan con todo sin preguntar y casi sin mirar. A la basura (a la mierda también) el diario de aquellos años mozos escrito en cajetillas vacías de tabaco. En, seguramente también inapropiadas, servilletas de papel el narrador escribe en un bar la historia “de lo que fue y pudo haber sido”, dice literalmente. En la segunda arritmia los amores se frustran al perderse unas cartas y unas cintas que hacen revivir recuerdos de las ¡ay! casi historias.
En “hipertrofia”, la segunda cardiopatía,  lo que se le escapa entre los dedos a uno de los protagonistas es la vida misma entre recuerdos de cómo fue, cómo le gustaría que hubiera sido y cómo se prepara para la muerte; mientras otro pierde su identidad como escritor a favor de la de personaje en laverkami17 sala de espera de un hospital.
La salud se pierde por el retrete (pero la literatura no se mancha en manos del enfermo que lee El maestro y Margarita de Bulgakov) al comienzo del capítulo de “calcificaciones”; y en el relato que lo cierra, la maldita niebla como metáfora de aquello liviano pero implacable que nos separa, impide eternamente el amoroso encuentro de los personajes.
En Imposible Penélope el protagonista pierde la libertad, pero su dignidad –tantas veces a punto de despeñarse junto con algunas rocas y compañeros de obra en el Valle de los Caídos–  permanece y se afianza gracias a la esperanza que siempre adjunta el amor; mientras en el relato que cierra las “insuficiencias” hay un intercambio más que una pérdida: una historia a cambio de la vida, aunque nada podrá salvar al desahuciado protagonista.
Contreras ofrece su maltrecho y mil veces recompuesto corazón en el último relato. La ciudad trenzada es el epílogo, pero fue el comienzo de su historia como escritor. Y comenzó con éxito; ese cuento ganó el único premio literario que ha ganado. Luego, en su vida de escritor, vinieron los “casis”, las ocasiones marradas, las oportunidades que se esfuman porque lo que se materializa una y mil malditas veces son los “noes” de editoriales carnívoras y sin agallas. Él es el último personaje de su libro, un texto en el que se desdobla en muchas voces y se abre en canal para entregar al lector su corazón maltrecho y tembloroso como una prueba más –por si era necesaria- de su literatura-latido.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Sobre presentaciones de libros y otros percances escritos a vuela pluma.


Xilografía de Andrea Hauer


Variaciones sobre el "aquí te pillo, aquí te mato": Elijo un disco que me despierte (las neuronas, si es que eso es posible), The Jam, In the city. Dispongo de una hora y me gustaría aprovechar. Es lo que hay.  Sobre la mesa, a mi derecha, "La tentación de fracaso", los diarios de Julio Ramón Ribeyro que publicó Seix Barral en 2002 (la que tengo delante es la tercera reimpresión, de 2008); a la izquierda, la novela gráfica "Asterios Polyp", de David Mazzucchelli, editado por Sins Entido, y que es una jodida maravilla (una jo-di-da ma-ra-vi-lla). Escribo lo que veo, subo el volumen. Un peluche de Triki asoma por detrás de la pantalla, una botella de agua vacía, unas tijeras, una jeringa vacía de enoxaparina, dos cajas de cd´s, uno encima de otro, giro la cabeza y leo, "In the city" y "Stanley Road". En vez de recoger, por una vez he optado por escribir. Al parar de teclear, parezco un pistolero, moviendo los dedos como si no me creyese lo que estoy haciendo. Han pasado muchas cosas, y el filtro no funciona como debería en estos momentos, para poder desechar y elegir uno de los caminos. La experiencia de un cateterismo (que salió bien) hace una semana, el ingreso breve y extraño (como siempre) parecen tamizarlo todo. Y el viernes pasado la presentación de "Cardiopatías" en la Biblioteca de Manzanares, junto a Teo Serna. El viernes que viene el encuentro en Muga, con Andrés Sorel y los amigos que nunca fallan.

Frío, desnudez, olor a yodo, líquido aún más frío limpiando la muñeca y la ingle, una radio puesta de fondo, una camilla estrechísima a la que me tengo que agarrar con la mano izquierda mientras tirito de frío (y de nervios, tal vez miedo, uno piensa muchas cosas), constante ir y venir de enfermeras y enfermeros, cuando creo que hay por lo menos diez, reparo en sus caras y compruebo que son sólo tres, que parecen abejas verdes afanadas en ir y venir, sin parar; alguna me sonríe al pasar a mi lado y ponerme algo en la vía, otra incluso me acaricia la frente, hablamos, todo rutinario salvo por la válvula, que el médico está decidiendo si intenta pasar a través de ella o se queda fuera, aunque lo que es seguro, me dicen, es que entrará por la muñeca. Frío, la radio me hace sonreír, "rock and gol" online, joder, para no sonreír; Sweet child o´mine y  More than a feelin´ de Boston, seguidas; pienso en Kiko Amat y en el libro que de él estaba leyendo hacía una hora, sonrío de nuevo pensando en que donde estoy yo ahora, escuchando lo que estoy escuchando, debe ser el infierno para él (por cierto, su libro, "Mil violines" me parece una lucidísima y divertidísima maravilla). A mí, en cambio, me está relajando; quizá sea algo que me han puesto en la vía. Me sujetan a la camilla y me piden que no me mueva para no caerme; por fin desdoblan la sábana que me tapaba la cintura y me cubren desde los pies hasta el pecho. Aún así, sigo tiritando.

Foto: Juan José Díaz Portales

En la biblioteca decidí no llevar nada preparado para leer. Va a ser la primera vez en mi vida que voy a hablar, sin llevar nada preparado, delante de gente. Mucha gente, al menos para mí. Miguel Ángel, el conserje, me dijo varios días después que fueron ochenta personas (y seis niños). Demasiados me parecen, demasiada gente, no puede ser. Me jura que sí, que los ha contado. Menos mal que, como digo, lo supe después; nunca he hablado para tanta gente, y menos sobre un libro mío. Teo lleva preparada una presentación diferente. Tras la introducción, hablará de cada relato y pondrá una composición musical a partir de lo que a él le haya hecho sentir cada relato. Tengo mi ordenador a la izquierda y yo voy dándole al play cada vez que él me dice. Unos días antes me pasó los archivos con la música, pero al escuchar lo que él dice y escuchar luego la música, me siento afortunado, de tenerle como amigo y de compartir cosas con él, y de descubrir tantas otras. Samuel Barber, Wes Montgomery, Stravinsky, Anton Weber... qué distinta es la percepción... Recuerdo lo que leí una vez: "en lo más profundo, el arte no nos dice nada del mundo, tan sólo nos hace ver cómo nos sentimos". Yo pensaba una cosa cuando escribía esos relatos, escuchando música muy distinta; él siente cosas distintas y en su cabeza suenan otras notas.

El médico se me presenta mientras comienza una canción de Scorpions. "Loving you on sunday morning"... No río a carcajadas porque no es el momento pero ganas no me faltan... Es muy joven; me pregunto si la radio está a ese volumen porque le gusta a él trabajar así. Va a estar justo a mi lado (normal, el cateterismo es por la radial) y me irá explicando todo. Me cuenta cómo va a ser la prueba y que cree que no es necesario intentar sobrepasar la válvula metálica, salvo que vea algo obstruido, por lo que, si todo va bien, será rápido. Notaré algo, pero la pequeña anestesia de la muñeca hará el resto. Empieza a sonar "Simpathy for the Devil" de los Rolling Stones cuando comienza a hurgar en mi muñeca y siento un pinchazo desagradable. No me jodas, pienso, ni que fuese a propósito. Muevo los dedos del pié derecho al compás. Recuerdo a Bulgakov, al Maestro, a Margarita, y a Jagger, que escribió la letra de esa canción inspirándose en ese libro, en el majestuoso capítulo del baile final. Mierda, sigo tiritando y no puedo parar. El médico ya está dentro de mi brazo y sube. Please to meet you... Me mira y dice que me pongan 40 de atropina. ¿Pasa algo? pregunto. No, simplemente estás un poco bajo y muy pálido, responde. Intenta entretenerme pidiéndome que mire a la pantalla donde se ve todo mi interior. Jodido Mick. Hago que escucho y respondo con monosílabos; demasiadas sensaciones de golpe como para asimilarlas todas. Mi corazón en blanco y negro en una pantalla y montones de venas que se vuelven negras cuando él me dice que aguante la respiración, después de sentir un calor extraño por dentro que no palía el frío de mi piel.

Xilografía: A. Hauer
Teo tenía la voz jodida, estaba hecho polvo con una faringitis brutal, pero aún así decidió hacer él la presentación en vez de pedirle a un amigo que leyera lo que había escrito. Es mi poeta salvaje, mi detective generoso. Su voz sufre, mucho, pero él sigue leyendo. La gente luego me comentará que les ha gustado mucho lo que Teo Serna ha hecho, y que la mezcla con lo mío ("lo mío", así lo dicen, es decir, hablar como si no llevara nada preparado cuando realmente no llevaba nada preparado pero hablaba de algo a lo que llevo dando vueltas años) ha estado muy bien, que ha sido diferente a otras presentaciones... Después de Teo yo digo muchas cosas, y si ahora recopilo mentalmente me parece que solté muchas gilipolleces y alguna que otra boutade, que podría haber dicho otras cosas o haber profundizado en cosas sobre las que pasé sin hilar demasiado. Explico cómo salió el proyecto, por qué, y a cuento de qué. Teo ya había hablado de los relatos, por lo que yo apenas hago referencia (algo que luego mi amigo Ramón me reprochará, sobre todo, según él, porque podría haber hablado del "proceso creativo"; dicha puntualización o reproche, creo que viene porque a él le gustaría saber cosas, sobre todo a raíz de un cuento en el que lo convertí en protagonista). ¿Sigo escribiendo en presente? Al final me lío con estas cosas de estilo y teniendo en cuenta que estos textos que escribo en este blog, los corrijo poco (o nada, van a pelo, tal cuál termino) puede resultar un poco caótico... Miro a la gente sentada pero no veo a nadie, tengo que pensar rápido y no estoy acostumbrado, veo a mi santa, miro de refilón a gente, sigo soltando cosas y cosas; veo a la hija de Ramón, que anda por el pasillo y se sienta en el suelo y me sonríe, entre el ala derecha e izquierda de la primera fila, la sonrío, miro a Teo de soslayo, en el fondo todo lo que estoy diciendo, se lo estoy diciendo a él, todo eso sobre hacer las cosas con pasión, con crearnos nuestro hueco, con renovar las fuerzas, todo se lo digo a él, una persona que siempre está creando y que aún hoy busca su sitio en el sentido de "sitio" como lugar tranquilo en el que no hay que responder a la pregunta "¿por qué haces lo que haces?".

Escucho las maracas diabólicas de Brian Jones mientras Mick Jagger continúa su metamorfosis y pasa a ser Voland, aquel que maneja a los humanos y saca de ellos lo oculto, sus debilidades, su libertad. Recuerdo fotograma a fotograma esa canción en la película "Rock and Roll Circus" (y si parece brutal su interpretación, infinitamente mejor estuvieron esa noche The Who). Si tuvieran que intentar pasar la válvula o hubiera problemas, sería todo muy raro... Eso me pone muy nervioso. Al final no hay ninguna coronaria obstruída y la limpieza no irá a mayores. Creo que la canción de los Stones termina aunque yo la sigo oyendo. Algo han debido inyectarme pues ya no distingo nada y estoy muy cansado de golpe. Salen de mi por la muñeca y me parece que lo hacen demasiado rápido, pues siento un latigazo a lo largo del brazo, como si me sacasen algo o rasgasen algo o se llevasen por delante la radial por donde han entrado. Siento un cansancio enorme en el hombro, como si hubiese estado castigado en una esquina de rodillas sosteniendo un libro gordo y pesado con los brazos en cruz. Me gustaría dormir. "Cuando estés en la habitación y te veas con fuerzas, te puedes levantar y caminar un poco" oigo decir. Veo a mi mujer, a mi madre y a mi hermana. Sonríen. Me suben a la habitación. Dicen que hablé con gente, que estaba bien y que me levanté al servicio y anduve un poco por el pasillo. No lo recuerdo. Sé que cené (algo soso y frugal, demasiado soso y demasiado frugal). También recuerdo pedir un nolotíl porque me empezó a doler mucho la muñeca y que me dormí con una extraña sensación de tierno sosiego hasta la mañana siguiente.

Termino de hablar de golpe frente a toda esta gente, o yo creo que lo he hecho de golpe; algunos sonríen. A mi cabeza viene la imagen de un profesor que tuve, Jacobo Muñoz, y de su reloj despertador rosa que ponía sobre la mesa al empezar sus clases, y pienso que debería haberme traído uno. Alguien pregunta algo, aunque más que una pregunta es un alegato, una lanza rota para toda esa gente que escribe y tiene la osadía de publicar sus cosas. Yo contesto algo, y me lío y no digo lo que quiero decir, y es que ya somos mayorcitos y que la autocrítica antes de atreverse a autopublicar se ha de presuponer (tirar, corregir, volver a tirar, volver a corregir y así hasta, casi, el infinito) y que si uno tiene la osadía de publicar sin editor mediante ha de saber también que tiene que tener el aguante para escuchar las críticas más brutales que le tengan que caer, pues las dos cosas van unidas, y más, sobre todo, si te lanzas tú solo. Después la gente se levanta; algunos se van, otros se saludan, la bella niña Julia, Elsa y Alba; Pablo a lo suyo, correteando y haciéndome feliz; algunos se acercan a la mesa y me hablan, escribo cosas en la primera página en blanco... Muchas cosas...

Whatcha trying to say that haven't tried to say before / You're just another red balloon with a lot of hot gass / Why don't you fuck off? / And you think you've got it worked out / And you think you've got it made / And you trying to play the hero / But you never walk home in the dark.... Jodido Paul Weller... Pitido final... el bebé se ha despertado de la siesta... Ya corregiré esto si puedo esta noche...

http://www.manzanares.es/noticias/ver/id/juan-miguel-contreras-presenta-cardiopatias-un-libro-de-relatos-publicado-gracias-al-micromecenazgo-id-15235#.UvJYQfl5OSo

lunes, 27 de enero de 2014

No quisiera morir. Poema de Boris Vian


Boris Vian en su casa de París, 1950
 NO QUISIERA MORIR


No quisiera morir
sin haber conocido
los perros negros de Méjico
que duermen sin soñar
Los monos de culo pelado
devoradores de trópicos
Las arañas de plata
en el nido trufado de burbujas
No quisiera morir
sin saber si la Luna
con si falso aire de moneda
tiene un lado puntiagudo
si el Sol está frío
si las cuatro estaciones
no son en realidad más que cuatro
Sin haber mirado
en una alcantarilla
Sin haber puesto el sexo
en rincones extraños
No quisiera acabar
sin conocer la lepra
o las siete enfermedades
que se atrapan allí

el bueno como el malo

no me darían pena
si si si yo supiera
que lo iba a estrenar
Y está también
todo lo que conozco
todo lo que aprecio
que sé que me gusta
el fondo verde del mar
donde danzan las briznas de hierva
en la arena olvidada

la hierva tostada de junio

la tierra que se agrieta
el olor de las coníferas
y los besos de la
que si tal que si cual
la bella que ahí está
mi osezno, Úrsula
No quisiera morir
antes de haber gastado
su boca con la mía
su cuerpo con mis manos
el resto con mis ojos
ya no digo más es mejor
no ser irreverente
No quisiera morir
sin que hayan inventado
las rosas eternas
la jornada de dos horas
el mar en la montaña
la montaña en el mar
el fin del dolor
los diarios en color

la alegría de los niños

y tantas cosas más
que duermen en los cráneos
de geniales ingenieros
de jardineros joviales
de inquietos socialistas
de urbanos urbanistas
y de pensativos pensadores
Tantas cosas que ver
que ver y oír
tanto tiempo esperando
buscando en la oscuridad


Y yo veo el final
que bulle y que se acerca
con su cara horrorosa
y que me abre sus brazos
de rana patituerta

No quisiera morir
no señor no señora
antes de haber palpado
el sabor que me atormenta
el sabor que es más fuerte
No quisiera morir 
antes de haber probado
el sabor de la muerte...

Boris Vian


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