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jueves, 10 de octubre de 2013

A mi burro, a mi burro, le duele el corazón...

Nunca me había pensado tanto publicar una entrada en el blog como esta. A veces hasta yo mismo me canso de andar haciendo el Umbral y hablar sólo de mi libro, pero "volcarme" y hablar de discos, grupos de rock o jazz, viejos bluesmen o películas tampoco me atrae, sobre todo porque hay montones de blogs que lo hacen mucho mejor y con más regularidad ( a la lista lateral me remito...). Respecto a hablar de los libros que voy leyendo, tres cuartos de lo mismo... Pero a veces me apetece escribir volcando mi frustración aquí, sin intelectualizar ni elaborarla demasiado, una pataleta, vamos... Pero me pongo y yo mismo me coarto en seguida... Al final, nada... sin embargo, mi última aventura hospitalaria ha hecho que cambie algo, algo que siempre ha estado ahí y que siempre he preferido callar. Ser "paciente" es una categoría en sí misma, y yo ya llevo tantos años ejerciendo que a veces me cuesta distinguirme de mi otros "yoes", y no me gusta lo que veo... Hoy, mi mujer, comiendo, me ha dicho que mañana viene Cospedal a inaugurar la planta de Psiquiatría que se abre en el hospital donde ella trabaja como enfermera. Me lo ha dicho después de escuchar en las noticias que su marido (de María Dolores) ha visto multiplicado por catorce sus beneficios con respecto al año anterior... Me mira y me lo dice como si temiera mi reacción, la de cualquiera, imagino, y es soltar alguna boutade con aspavientos indignados. Pero me he quedado igual, al menos por fuera. He optado por hablar como Silvio Dante y comentar qué es lo que haría si tuviera la posibilidad. Hace más de una semana que salí del hospital y me encuentro igual (ni mejor, ni peor, simplemente no me han hecho nada), y la sensación de abandono es la misma. ¿Seguro privado? ¿Consulta privada? Para qué... Os contaré algo; por cuestiones "familiares", mi padre me hizo de pequeño un seguro privado (sí, lo mío viene de largo) en una de esas corporaciones sanitarias importantes cuyo nombre acaba en "tas". Me estuvieron "viendo" y haciendo toda clase de pruebas cerca de diez años cuando mi corazón empezó de veras a ir mal, y cuando ya no quedaba más remedio que la cirugía, lo único que se les ocurrió fue molerme a pruebas dolorosas sin sentido. Al final me operaron, como se suele decir, por lo público (donde yo nunca dejé de ir, por cabezonería y por ver si tenía suerte y alguien me hacía caso..., así que las pruebas fueron dobles...). Yo hacía tiempo que había leído la póliza (la cual cubría los gastos de mi prótesis), y sabía que iba a pasar lo que pasó; que lo supiera no significa que me lo creyese del todo. Cuando el cirujano vió el informe privado se cabreó bastante, aunque no menos que al ver el que le remitía mi cardiólogo habitual. "Muchacho..." me dijo, "lo siento, te tendríamos que haber operado hace cuatro o cinco años, y eso te ha creado problemas que yo no te voy a poder solucionar. Yo haré lo que pueda, y lo haré lo mejor que pueda, es lo único que te puedo decir". Lo hizo, y bastante bien. A los diez días tenía el alta y todos los días pasó a verme. Me hubiera gustado que el paso del tiempo le hubiera quitado la razón, pero vuelvo a tener problemas y vuelvo a estar en las misma rueda. Cuando oigo a alguien decir que la sanidad privada o los seguros privados son la solución, sinceramente, me entran ganas de reventarle las rodillas a balazos y soltar después "ala, ahora te vas a tu puta clínica de pago...", pero me callo... La sanidad privada funciona, siempre y cuando no tengas nada chungo o crónico; practican el darwinismo social (darwinismo hipocrático, habría que decir tal vez) de la manera más asquerosa (y eso que el llamado darwinismo social me parece la mayor y más burda malinterpretación de una teoría científica llevada a cabo nunca) y por el camino se llevan por delante a mucha gente, gente cuya única esperanza es una praxis sanitaria y un código hipocrático ajeno a, y protegido de, especulaciones capitalistas, algo que, hasta ahora y no sin esfuerzo, habíamos conseguido tener en esta mierda de país. Contaré otra cosa, el último cardiólogo que me vio en el hospital público donde trabaja mi mujer (hace un año, ahora no me ha visto ninguno), me dijo, con mis informes delante, que "estaba bien" y que la próxima consulta la pidiese por mi médico de cabecera, y que, en el caso de que sintiese un dolor punzante más agudo de lo normal, acudiese rápidamente a urgencias, aunque, si lo que quería era más pruebas para quedarme más tranquilo, él me las podría hacer en su consulta privada... Que esto es verdad lo juro por mi hijo que duerme la siesta en la habitación de al lado... Que salí de allí hundido sin haber montado el sangriento aquelarre que me hubiese gustado haber montado con él, también es verdad... Uno se encuentra con que no sólo tiene que sufrir la miseria política y moral de un gobierno oligarca y corrupto vendido y secuestrado por el poder financiero, sino que también tiene que lidiar con la miseria humana de algunos que detentan profesiones determinantes para que la vida siga siendo digna. Y como ejemplos del otro lado, es decir, profesionales sanitarios que merecen todo al agradecimiento del mundo, afortunadamente, también los hay, resulta que al final, que estés mejor o peor de una enfermedad es simplemente resultado de una lotería absurda (a lo que hay que sumar que la repartición de boletos no es equitativa tampoco... lo del Borbón es la punta de una pirámide social que nos venden como igualdad). Hoy también ha sido noticia que en España, en el último año, hay un 13 % más de millonarios...Perfecto, mientras, sigamos dejando que desmantelen el Estado...

Así que mañana viene Cospedal (la que quita profesores, médicos, enfermeros, asistentes sociales... y pone asesores y altos cargos elegidos a dedo) a inaugurar la planta de psiquiatría del Hospital La Mancha Centro... Supongo que ningún medio dirá que han cerrado cardiología, que las revisiones a mujeres en edad de riesgo para detectar cáncer de mama ya no las hacen, que han quitado ambulancias de traslado urgente (sólo queda una para los hospitales de Alcázar y Tomelloso) o que la UCI infantil está bajo mínimos.

Nada de esto le he contestado a mi mujer comiendo, más que nada porque ya sabe lo que pienso. He cambiado y he puesto un canal infantil con la esperanza de que estuvieran poniendo "Los Pingüinos de Madagascar" y he ido a ver si mi hijo se había dormido en plan cubista, tal y como acostumbra.



Recogiendo la mesa me he acordado de que el lunes estuve cenando con Andrés Sorel. Sigue siendo fascinante hablar con él, y es la primera vez que le veo tan clarividente consigo mismo, sobre todo viendo cómo aún se sigue manipulando su imagen pública y cómo se sigue ninguneando e ignorando su obra literaria y ensayística. Hablamos de muchas cosas, sobre todo de literatura, aunque en un momento dado nos pusimos a hablar del concepto de violencia, hoy reducido exclusivamente a daños materiales y físicos infringidos directamente... Que la causa de muertes, dolor y sufrimiento no sea lógicamente palpable y haya que buscarla e ir un poco más allá de la obvia "causa-efecto", no significa que no sean también actos de violencia... Y el problema siempre es, en el fondo, el mismo; ¿cómo se combate esa violencia sin usar a su vez la violencia? ¿Nos vamos a una plaza, o a las puertas de un hospital o a la sucursal de un banco a gritar consignas hasta que nos multen por incívicos y nos fichen? Cuando la gente vota, ¿en qué coño piensa? ¿Se puede llamar democracia a un sistema oligárquico que dejó "atado y bien atado" un dictador que murió de viejo? ¿Se puede llamar democrático un sistema cuya base electoral está distorsionada (el sistema D´Hondt)? ¿Qué democracia se puede esperar de una sociedad donde sus individuos (casi pongo ciudadanos) viven convencidos de que todo es negocio y han sido convertidos en masa (en su concepción orteguiana más desoladora)? Que Pericles y Sócrates me toquen los cojones si esto es democracia...

http://www.publico.es/473676/el-consejo-de-europa-llama-la-atencion-al-gobierno-por-el-excesivo-uso-de-la-fuerza-en-las-protestas

martes, 11 de septiembre de 2012

A salvo en la cuerda floja

He estado en la terraza arreglando varias sillas, encolando y lijando, con Pablo tumbado en una mantita a mi lado, a la sombra, durmiendo mientras escuchábamos el primer disco de Melody Gardot en un deficiente lector de cd's. Hago cosas y me siento mal si me cojo un rato para leer, primero porque tengo que hacerlas, y segundo porque mi poso judeo-cristiano (por muy ateo que me diga) está ahí. La mamá de Pablo se ha reincorporado a su trabajo, su hija ha empezado el cole. La llevo yo, vuelvo, coloco las cosas, hago las camas, alimento al pequeño, limpio... en fin, lo que se supone... No me siento mal por no trabajar, sobre todo tal y como está y pinta la situación, pero no es tranquilizador. Qué coño, sí me siento mal. Pero estoy viendo crecer a Pablo, y eso es bueno. Nos apañamos con un sueldo, y hago mis chapus para pagar poco a poco las letras del préstamo que pedí para abrir la librería y cuya deuda aún colea. El libro de Milos se ha parado, tampoco es que yo haga mucho para moverlo, y si escribo esto, quizá sea para recordarme que he de mandarla a varios sitios y moverme más. Son cosas que he de hacer ajenas a mi cotidianeidad y que atañen a lo que aún sueño con poder hacer con cierta tranquilidad, aunque me reviente, no por "venderme" ni mucho menos, sino porque me ha costado mucho editar la novela y me jode "regalarla" con la esperanza de que alguien me la reseñe o hable de ella y así yo pueda vender algún ejemplar más cuando sé qué eso es bastante improbable (ambas cosas). Luego está el hecho de que incluso quien me la maquetó me la ha pagado; hasta mi madre me la ha pagado... Aunque sólo sea porque en el fondo sigo siendo torpemente kantiano, me jode el agravio. Presento la novela en la biblioteca pública de Manzanares en octubre, y lo mismo sale algo en una librería de Almansa... 
Las sillas quedaron bien. Mañana he de barnizarlas. Se me acumula la plancha y me da pereza, a mí, que desde que mi padre me sentaba al lado del maniquí de vapor de la lavandería he planchado a pesar de mi zurdez (las planchas profesionales está diseñadas para diestros, pero eso es otra historia). Convertir el blog en la vicisitudes de un amo de casa iletrado...? Pablo casi se despierta cuando le he pasado dentro. No sé que haría sin él. Una cosa tan pequeña ha acabado convirtiéndose en mi centro de gravedad. Cuando el cansancio me lo permite, escribo por las noches...

sábado, 30 de abril de 2011

Reflexiones con una plancha en la mano. I

¿Leer o escribir? That's the question. Puedo parecer un Hamlet iletrado, pero no. Últimamente me siento a escribir con la intención de pensar, aunque la más de las veces simplemente cojo al vuelo algo y si tengo a mano el ordenador, escribo gracias a eso. A veces no hago nada, me siento y me pregunto qué cojones puedo decir y acabo leyendo blogs, o la web de Rafa Basa, o acabo en el foro del Azkena (insuperable aún “un disco un gif”), o videos de laca y spandex o simplemente de dudosa moralidad .


No dispongo de mucho tiempo libre estas semanas, y eso era algo que la librería sí tenía de bueno, esos paréntesis temporales en los que podía escribir sin sentirme culpable (ahora que lo pienso, me da menos rabia que me corten mientras escribo que mientras leo). Últimamente ando más escaso de tiempo, la búsqueda de trabajo es lo que tiene. Hace tres días hice un examen para auxiliar de biblioteca que si bien no creo haber suspendido, tampoco espero sacar una notaza, la que necesitaría para optar al puesto sin problemas. El examen no era difícil en absoluto (50 preguntas tipo test, y los fallos restaban aciertos) pero casi una decena de preguntas sobre cultura autóctona de las que no tenía ni repajolera idea (salvo las relacionadas con García Pavón y Plinio) y el hecho de dudar de perogrulladas tramposas, me cohibieron de atreverme a cagarla. Y antes de ayer rellené una serie de impresos en una asociación que se dedica a colaborar con discapacitados para optar a puestos de gasolinera, guarda nocturno, conductor de autobús de ancianos y varios puestos similares. No estoy para sutilezas y la necesidad apremia (y ahoga pero bien), así que ayer también  estuve en ello. Pero después de la torre de plancha (que he dejado a medias y que aún espera mi vuelta) me he sentado con la excusa de “a ver si escribo algo” que la creo con más entidad que “voy a ver si leo algo”. Ayer tocó Linda Loveland y no pude ir; tampoco es que llore por las esquinas pero no me hubiese venido mal un concierto de un bellezón garajero teutón acompañada del gran Rudi Protrudi. Para olvidarme de ello me he puesto mientras planchaba a Sydney Bechet a todo trapo. Llevo planchando desde que mi padre me sentaba al lado de la cabina de vapor y sin sacarme el chupete de la boca le daba a los botones mientras sudaba la gota gorda. Con los años planchar me relaja, a veces lo digo y suena a boutade metrosexual lastimera de tunante sinvergüenza, pero es cierto, y sobre todo me relaja si puedo poner música a todo volumen y acabo marcando el ritmo con el vapor de la plancha al unísono con la música de manera inconsciente. No soy puntilloso en eso, lo mismo me da Carlos Cano (la Habana es Cadí con más negritos, Cadi es la Habana con más salero, y las mangas sin raya, por favor) que Bambino (ahí está la paré que separa tu vida y la mía pero no hay blusa con volantes que se resista) que Marah (my Heart is the bomb of the street y del vuelo de tu falda) que los Maiden (run to the hills, run for your ropa interior) que Zappa (ponme Peaches in Regalia y podré soportar mi odio a las sábanas) que Wayne Shorter (Juju merece un monumento, punto) que todos juntos uno detrás de otro. Jean Renoir decía que el arte no es un oficio, sino la forma en la que se ejerce un oficio, entonces me temo que soy un artista de la plancha, no remunerado, eso sí, pero jovial y resultón como ninguno hasta que las varices se me ponen como chistorrillas y he de dejar el arte por una ducha de agua fría que nada tiene de sexual. Pero hoy me he aburrido pronto; es lo malo de no parar de darle vueltas a las cosas y a la falta de laburo, que la atención no se consigue mantener mucho rato en una sola actividad. Una vez consensuado conmigo mismo un momento de recogimiento, mi santa ha comprendido sin que yo tuviera que decirle nada, se ha ido con su hija a jugar al baloncesto y yo, mientras me preparaba un té, pensaba dirimir la duda existencial de leer o escribir. Salta a la vista cuál ha sido el veredicto. Y ha sido éste, porque al ir a ver qué libro cogía me he dado cuenta (por fin) de la cantidad de libros que he ido dejando a medias estos últimos meses. Se salvaron Bolaño y Block, que los terminé, y ahora me sorprendo y me alegro de haberlos terminado, pero la herencia que arrastro de la decadencia librera es mucha. "Dublinesca", "Los huesos de Descartes", "Helena o el mar del verano", "El bandido doblemente armado", "Memorias de un librero pornógrafo", "El fondo del cielo", "Por qué nos gustan las mujeres", el último de Menéndez Salmón que ahora no recuerdo cómo se llama, "Dogs Soldiers", "Hotel DF" y paro de contar que me está entrando el yuyu (y no precisamente en el sentido de Shorter). Por qué soy así, me pregunto…

Foto Ralf Pascual


Nunca he llevado un diario de lecturas, de hecho hasta hace unos meses no había reparado en dicho concepto, cuando leí en el blog o en el formspring de Patricio Pron que él leva uno. El concepto es claro, pero yo nunca había reparado en él. Y me sentí un poco tonto. Apelé a la excusa de mi natural desastre habitual, pero desde ese momento es una idea que a menudo rumio, si debería llevar un diario de lecturas y cómo debería ser. ¿Se apuntan los libros que se van leyendo con su fecha de inicio y fin o también se añade un comentario?  Con apuntar los que empiezo ya sería bastante ayuda para poner diques al caos que me hostiga. La idea me pareció genial, pero a la vez me sentí torpe por no haberla pensado nunca y haber terminado como he terminado, con libros a medias por todos sitios de la casa para desespero de mi santa. Lo más parecido que he hecho ha sido cuando en una agenda escolar apunté las fechas de grabación de los discos de jazz que me iba comprando y la revisaba para escuchar el disco que correspondía a ese día, pero eso fue a finales de los noventa, cuando me cansé de la escena grunge, del nu-metal y del brit-pop y me tiré por los cerros de Úbeda dedicándome por fin en exclusiva a  la síncopa, el swing y la jerga hipster haciendo las delicias de las tiendas de vinilo de segunda mano y cd´s del sello Black Lion y Blue Note. Me gustaría encontrar de nuevo esa agenda. 

Al final me siento, escribo, pierdo el tiempo, y de camino de vuelta de calentar agua para beberme otro té, cojo un nuevo libro de la estantería del salón, que empiezo para no pensar si borro todo esto. Odio la angustia de los lunes al sol por mucha planchaplacebo que me espere para intentar relajarme.
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