miércoles, 18 de abril de 2012

Amor, basura, Ivan Klíma, los rusos salvajes y otras sutilezas

Escribo por combatir la prescripción médica, entre tanta pastilla y tanta caída libre, escribir supone estar sentado un rato tranquilamente obviando casi todo pero sin dejar de mirar de reojo todo aquello que me encadena a mi Sísifo íntimo. Recapitulemos: vuelvo de dejar a la niña en el cole y en la radio dicen que Levon Helm tiene cáncer terminal; en mi cabeza resuenan los nombres de los cinco y tengo el impulso de parar el coche y abandonarme a las ganas de llorar que de golpe me han entrado. Ayer tuve una prueba para un trabajo, un examen para "operario de limpieza de mobiliario urbano". Éramos 42; no aprobó ninguno el teórico. ¿Qué pedían saber? Pues casi un ingeniero químico. Leí el examen y miré mi reflejo en el cristal de la ventana del aula y vi que no me parecía a Doc de "Regreso al futuro". Contesté lo que pude: ¿Silicio de aluminio para limpiar paredes de mármol? ¿Cuántas levas tiene un "árbol de levas" en un motor de cuatro cilindros? ¿Cuál es la presión idónea para quitar un graffiti con microcristales de agua? ¿Dicha presión es más efectiva a un metro y a 40 grados de inclinación? Mejor no digo el sueldo bruto... Convocatoria desierta.... A la hora... Había estudiado, claro, lo que había podido encontrar por ahí partiendo del escueto anexo de la convocatoria. A salir del examen me fui a tomar un pincho de tortilla y un café y a sentarme al sol a leer "Amor y Basura" de Ivan Klíma. Hay libros que salvan vidas. Es bueno no olvidar eso. Uno lee :"Ni yo mismo tengo claro qué es lo que me empujó a probar esta profesión tan poco atractiva. probablemente esperaba encontrar allí una nueva posición que me ofreciera una visión del mundo antes inadvertida. Uno constata repetidamente que, si de vez en cuando no observa el mundo y a su gente desde un lugar distinto al acostumbrado, se le van embotando los sentidos". Que nadie se llame a engaño. Es una cita tramposa de un comienzo tramposo. El protagonista del libro es un escritor que se ve convertido en barrendero por la censura estatal. Praga, 1970. La literatura como sublimación de un destino funesto. Meses antes, el protagonista deja su plaza en una universidad de estados unidos y decide volver. ¿Por qué, le preguntó el decano en la cena de despedida? "...yo lo único que quería era ser escritor y en mi país lo podía ser, mientras que allí, aunque siguiera paseándome en un Ford, no dejaría de ser uno más de los inmigrantes de los que se había compadecido una gran nación, añadí fanfarroneando. En realidad, lo que quería era volver a mi país, donde vivía gente que me era cercana, podía hablar con fluidez y escuchar mi lengua materna". ¿Y yo? Trabajo, una necesidad que del mismo modo me había llevado a hacer un entrevista el lunes para reponer "líquidos, sección lácteos" de un Carrefur soberbio. Me parece de mala educación (por no decir insultante) que te obliguen a dar una respuesta amable a la pregunta "¿cómo, con tu formación, quieres trabajar con nosotros?", o, "¿qué esperas de este puesto, es lo que buscas?" Tu puta madre, claro que no, pero es lo que hay... Lo peor no es ir a entrevistas así, pues ya tienes asumido que tu vida no es tu trabajo y que hay un bebé que alimentar y que si tienes que picar piedra, pues la picas; lo peor es contestar a ese tipo de preguntas y salir de allí dando por perdido un orgullo que hace tiempo dejaste tirado en una papelera dios sabe dónde. De todos modos, nada como la entrevista telefónica que tuve hace un par de meses para una funeraria. Contrato de media jornada, sueldo ínfimo, pero... disponibilidad permanente (ya se sabe, la Parca no suele avisar), "las horas que eches de más por lo días que no haya nada (esa Parca caprichosa...) Pues aún tuve que responder a un indignado dueño de funeraria porqué me parecía una tomadura de pelo, y amablemente además...

El caso es que yo visualizo, siempre que voy a lo que sea lo hago, y no me chirría lo que veo, pero ni con esas... Cuando comiencen las comuniones y las bodas, volveré a la lavandería de mi pater por eso de la limosna y no sentirme un inútil (capítulo aparte mi relación paternofilial)...

¿Por dónde iba? ¿Iba por algún lado?

Discos que me han dejado con la boca abierta... Howlin Rain y su The Russian Wilds, indescriptible, que sigan saliendo discos así hace que uno ame seguir vivo... Ver a Sofía Loren en "ayer, hoy, mañana". Posiblemente en ninguna otra película sale tan hermosa. Ayer la vi, y por un momento pugnó con Julie "Lara" Christie y Rita Hayworth en arrobar mi corazón. Diosdemividaydemicorazón... Yo miraba a mi bebé dormido bajo mi ala y pensaba "tendré que explicarle estas cosas, ¿no?". Más vale que su ideal platónico emocional sobre la belleza se vea encarnado en Sofía, Julie o Newman (él verá) que con cualquier fulana achonizada de moda o un maromo con rizos y tendencia al gorgorito joselinesco. Y lo mismo con todo... Dios, que me lío...

Escribo en un ordenador portátil aquejado de obsolencencia programada. Tampoco es tan viejo, nueve años. A mí me gusta, lleno de pegatinas en su tapa como un maleta abandonada en Venecia por Thomas Mann, y sus bordes descoloridos por apoyar los antebrazos al escribir... El informático me lo ha desauciado, pero no tengo para otro, de momento. Me acuerdo cuando me vi obligado a abandonar mi Smith Corona eléctrica porque el tío de la imprenta dejó de traer carretes de tinta. Y luego alguien se escandalizará porque siga diciendo que los ipad, lo reader o como coño se llame, esos aparatitos que van a revolucionar el leer y el escribir, me parecen el timo de la estampita. Evidentemente no son engendros del diablo, pero la Odisea se escribió (bueno, vale, alguien transcribió), se leyó o se escuchó a la luz de una hoguera... (algo, por cierto recomendable, leer una vez en la vida la Iliada en mitad del campo con tu tienda quechua al ladito de una hoguera (da igual si es la versión rimada o en prosa, tampoco nos vamos a poner quisquillosos, ni tampoco es imprescindible la túnica, ni un Pausanias algo salido dispuesto a darte un poco de propedéutica amatoria, con que tengas a mano una edición de la Iliada (versión rimada de Agustín García Calvo, editorial Lucerna, o la de Gredos de Emilio Crespo (merde, no era mal librero después de todo...) da igual...). El caso es que en lo que llevo escrito esto, el ordenador se me ha bloqueado cuatro veces. Él es así, cuando quiere, se bloquea, como Rouco ante la visión de un peludo alemán vestido de cuero. Es difícil seguir un hilo entre reinicio y reinicio... Pero yo soy más terco y empeñado me hayo de acabar esto, salga lo que salga... La idea de meter un pen con fotos para coger alguna e ilustrar este pintón texto se torna suicida, como si el alemán peludo vestido de cuero osara acercarse por detrás de Rouco y soplarle cariñosamente en la nuca... así que, venga, terminemos pronto y a pelo (Rouco dixit). Entonces tampoco hablo de lo que supone reescribir una novela en estas enervantes condiciones...

Ivan Klíma, "Amor y basura", editorial Acantilado, página 9: "Raramente me encontraba en situaciones así; casi siempre vivía apremiado por la idea obsesiva de todo lo que debía alcanzar en la vida si quería escribir bien. Desde niño había anhelado ser escritor, y la escritura siempre me había parecido una profesión noble. Creía que el escritor tenía que ser sabio como un profeta, puro y excepcional como un santo, y hábil y atrevido como un equilibrista en un trapecio. Aunque ahora ya sé que las profesiones selectas no existen, y que la sabiduría, la pureza, la excepcionalidad, la valentía y la habilidad en una persona pueden parecer desvarío, impureza, ordinariez y futilidad en otra, esa antigua idea se instaló en mi conciencia y en mi subconsciente, y probablemente por ello me incomoda denominarme a mí mismo escritor. Cuando alguien me pregunta mi profesión, intento eludir la respuesta. Al fin y al cabo, ¿quién puede decir de sí mismo que es escritor? A lo sumo podrá decir: he escrito libros. En muchos momentos pienso que ni siquiera soy capaz de determinar con exactitud cuál es el objeto de mi trabajo, qué distingue la autentica literatura del mero inventario, que está al alcance de todos, incluso del que nunca ha ido a la escuela, donde podría haber aprendido a escribir."

jueves, 5 de abril de 2012

Por qué voy a autoeditarme... cap I

Pido prestado un ordenador en una casa ajena y, haciendo caso omiso al ruido que me rodea, intento dar señales de vida, como si a alguien le importase que el caimán, por muy sincopado que sea, de señales de vida. Además, tengo el ordenador estropeado en casa, un virus no me permite acceder a ninguna cuenta de correo y navega con demasiada agua entrando por la quilla. Hasta que no inventen el chip que permita colgar entradas vertidas directamente desde tu cerebro, será necesario seguir buscando un tiempo y un lugar en el que sentarse a escribir.  Estos días han ocurrido muchas cosas y las sensaciones que me han causado han pasado por el filtro semántico de ser traducidas y verbalizadas dentro de mi cabeza; y ahí se han quedado.


Uno: Notas a pie de página, criaturas pequeñas e indefensas puestas en mis brazos, círculos concéntricos, cordones umbilicales que hacen que todo se relativice y lo que es tuyo pase a ser de esa persona, que depende absolutamente de ti. ¿Quién soy yo? Sea lo que sea, a partir de ahora lo soy por él.

Dos: Recibir una nueva carta de rechazo de una novela ("la muñeca rusa") ha sido tomada como la excusa necesaria para no avergonzarme frente al espejo sin fin en el que ahora me miro. Una carta de rechazo, la 18 o la 19, que ha sido diferente a las anteriores y que ha dinamitado mi autoestima como siempre, pero... Los días anteriores a la llegada de dicha carta, me replanteaba varias cosas respecto a dicha novela. Todas giraban en torno a lo mismo; ser poco a poco más consciente de que estaba inconclusa, de que la había dado por terminada demasiado pronto. Uno busca inconscientemente las razones que justifiquen lo que consideras tu merecido fracaso, y la impaciente necesidad de salir al paso de algo que cambiara mi vida y mi suerte de manera radical, hicieron que pusiese la palabra fin demasiado pronto y mandase dicha novela a casi todas las editoriales posibles sin querer ver que "La muñeca rusa" era una novela fallida, no acabada, imperfecta en muchos de sus lugares y rematadamente necesitada de una mayor concreción y desarrollo. 18 rechazos no fueron suficientes para darme cuenta. Llevo diez años anteponiendo mi concepción de la escritura y de lo que escribo a una industria (la editorial) demasiado acostumbrada a pasar como un rodillo por encima de muchisima gente como yo (es decir, una gran masa mediocre y tiernamente heroica) mientras con sarcástica ironía vemos cómo esa misma industria burguesamente autoindulgente, saca a la luz muy a menudo a escritores de calaña infame con padrinos de clase agradecida. Quiero decir, no publicaba porque lo que escribía era, y es, una mierda, pero a la vez, la misma industria editorial te la razón para lamentarte de tu mala suerte y, sin saber por qué, sigues escribiendo. Algunos mejoran y dan la campanada con un concurso que les permita ver su obra publicada, pero ahí acaba la cosa. Otros ven cómo van dejando de escribir y la vida les cae encima, y allá cada cual cómo se las ingenie para seguir soñando. Y otros lo vuelven y vuelven a intentar hasta que un día mueren sin que nadie les diga realmente si eran buenos escritores o no. Esos son los fantasmas, de verdad, los espíritus tristes que pueblan los sueños de Poe que después de muertos siguen preguntándose dónde está la objetividad que les permita saber si su vida mereció la pena o no y escribieron al menos una página digna de ser escrita aunque a nadie le importase que así fuese...

¿Yo? No lo sé. Por escribir he escrito varias cosas, un libro de relatos, un par de novelas, hasta la historia de uno de esos tristes aspirantes al título; he abierto un blog, lo he vuelto a intentar mientras me despreciaba a mí mismo y  me he consolado pensando que el romanticismo de la literatura estaba en empeñarme en cruzar el muro de Berlín mientras me iba empobreciendo oyendo una canción de Bowie y me quedaba con la duda de no saber si sólo era un estúpido o un genio incomprendido. Pues ni una cosa ni otra. El responsable del servicio de Publicaciones de la diputación de Ciudad Real ha hecho que abra los ojos. ¿Cómo? Pues devolviéndome "La muñeca rusa" junto a una carta donde se me comunicaba que  la comisión calificadora que decide los manuscritos que la diputación va a editar este año desestimaba mi novela propuesta. ¿Qué hace a este rechazo distinto a los demás? Pues que mi novela se quedó en un cajón y no fue entregada a ninguna comisión. No tengo pruebas, tampoco las necesito. Él lo sabe. Yo lo sé y así me lo ha confirmado una persona que no comprometeré diciendo quién es. Es raro abrir las tres copias de un manuscrito rechazado comprobando que no ninguna ha sido abierta. Allá él. Conforme salí de la copisteria fueron mandadas por correo y se me han devuelto igual de vírgenes y crepitantes. Ha tenido que pasar esa nimiedad para que pueda dar el paso necesario. No ha bastado con concursos amañandos, con cartas tipo (un aspirante a paso pluma no necesita cartas tipo, necesita "sí" o "no" o "trabaja el juego de piernas" o "dejas al descubierto el rostro al bajar la derecha" o "eres un manta pero tienes un gancho que es la hostia"), tampoco necesita saber que ha tirado su dinero a la basura (fotocopias, espirales, correos) en envío a concursos repartidos de antemano, y por no necesitar, lo que menos necesita son silencios eternos de editores condescendientes. Creía que cualquier editorial era mil veces mejor y tenía más autoriad que yo. No es que ahora hay cambiado de opinión, es su trabajo y yo soy un diletante; lo que ha cambiado es que me da igual que lo sea o no, esa no es mi guerra ni yo me defino por ella. Me ha hecho falta un rechazo de mentira de un editor de mentira para que yo, en este momento de mi vida, lo vea, si es que lo que estoy viendo no es un delirio también... 

Casi lo agradezco. Quiero decir, yo ya había asumido que "La muñeca rusa" necesitaba una profunda revisión y reescritura; su rechazo casi ha sido un alivio ("competía" con 3 novelas más, esta es tierra de poetas, las opciones de tener por fin un sí eran mayores, sencillamente), lo que no quita que de vez en cuando me cabree al pensarlo. Pero el otro día, viendo a mi hijo de diez días dormir, me di cuenta de algo. "La muñeca rusa" necesitaba que yo estuviese a la altura y le metiese mano de verdad (o al menos hasta donde soy capaz), y que por mi parte, le iban a dar mucho por culo al mundo editorial; soy demasiado viejo para ser una estrella del rock y soy demasiado joven para sentirme un fracasado (miro atrás y veo un negocio que me ha arruinado, un corazón defectuoso, un puñado de manuscritos rechazados, una falta de trabajo desmoralizadora y cruel, una ineptitud social congénita... ¿sigo?). A la mierda. Que le den por culo una ristra de mandriles en celo al mundo editorial mientas entonan la marsellesa cien mil parias y cien mil zorras decapitan a cien mil políticos y a cien mil hijos de puta, yo incluido entre ellos (y que alguien que no sea yo decida dónde ponerme).

Llevo varios días reescribiendo la historia de Milos Meisner. Me queda aún mucho trabajo. Bowie me sonríe desde una esquina llena de basura mientras silba (corregido) y se coloca el paquete. ¿Qué haré cuando acabe? Cuando acabe, si es que no la acabo de joder y consigo que la historia de Irina Belokoneva y un triste librero enfermizo y complaciente sea contada como merece (o al menos me acerque bastante), la registraré, Andrea Hauer hará una portada (tan preciosa como el grabado que preside este blog), Iván Pérez la maquetará y Felipe Rojas la imprimirá; después me haré una cuenta en paypal y la enviaré a quien me la pida, viva en el lugar del mundo que viva, al precio de un paquete de pañales, y si alguien la quiere en ebook, por el precio de un potito se la enviaré al correo electrónico que desee. ¿Qué puede suponer eso? ¿12, 15 ejemplares? No estaré más arruinado de lo que ahora estoy, y el mundo, aunque siga igual de feo, tampoco será peor, creo.

domingo, 11 de marzo de 2012

I don't need to be forgiven. The Gaslight Anthem y el sonido del 59


Apología de la mediocridad, capítulo doscientos sesenta y cuatro.
Todo es mentira.
Esto podría titularse así, pero no.
Ya no hay discos generacionales (tal vez sea mejor así), o quizá nosotros ya no pertenecemos a nada y nada nos representa (y tal vez sea mejor así). ¿De qué va esto entonces? En principio de subir el volumen. No hay obras imperfectas sino que husmeamos mejor y descubrimos la piedra tras el cartón y la meada tras el orín; después de eso sólo queda disfrutar de la imperfección del arte. I´m a backdoorman, baby. Bordeamos el patetismo mientras alzamos la vista para no pensar que únicamente estamos equivocados y no sólo bordeamos, sino que habitamos en ese marasmo que nos conduce al asilo. Pero algo despierta de vez en cuando. Sabemos que no es nuevo, que no es impactante ni revolucionario, pero nos mueve, de nuevo, conmueve sin más, y qué más da. La música rock ha llegado a su fin, que no a su final. A mí me gusta que sea así. Ha dejado su temporalidad para ser una patada en los huevos, un refugio que se disfraza de cliché para parecer leve, cuando realmente cada vez es, en el fondo, más primordial. El jazz consiguió escapar de las garras de su valor de uso abandonando el tiempo, por eso sigue teniendo vigencia el discurso de Mingus, porque es clásico en el sentido de que importa una mierda cuándo se hizo, cuándo se tocó, cuándo se compuso y cuándo se grabó, es música y es la esencia de un negro con sangre blanca, criolla, india y china. El rock está en esas. Claro que hay que dar algo a cambio. Tu puto alma, tu puta alma. El mar, la mar, qué cojones importa cuando lo que interesa es que haya sirenas ansiosas de despellejar tu alma y tu carne. La temporalidad sólo sustenta el intercambio y el negocio entendido a la vieja usanza; la hermenéutica is the point, pero cómo calibrarla, cómo valorarla y saber qué reinterpretación es mejor es lo que realmente importa. That´s the point of the point. Todo a este lado, al sur de europa, está lleno de reflejos y copias devaluadas hasta la nausea de modelos con verdadera importancia generacional. Familiares de Dominguín copiando mal al creador de Ziggy y labrándose una carrera de atrezzo que haría enfurecer a cualquiera con sentido platónico, Aristóteles mediante. Un ejemplo banal sacado a bote pronto. Pero eso no era de lo que iba esto. ¿De qué va entonces? De coger algo viejo e intentar encontrar tu personalidad en medio de ello pues no hay otra manera de seguir andando. Si no tienes personalidad que buscar es tu problema. Pero cuando la hay la cosa pinta de otra manera. Si eres honesto citas la fuente sin ser demasiado obvio, si das con alguien que se toma en serio lo que le gusta, sentirá empatía en la cita, en el pasado rescatado sobre el que nos impulsamos como niños en camas elásticas los días de feria, cuando sólo importa el día de mañana y los ojos de tu padre mirándote, y entonces, sólo entonces dejar todo en los huesos, donde no hay tiempo, y el arte quizá sólo es eso. A veces no creas algo redondo, fallas aunque no fracasas, pero fallas, y todos a los que te muestras te señalan por ello como si la pulcritud fuese una virtud y no una patología inventada para seguir consumiendo. Charlatanes los ha habido y los habrá, y yo no soy Lester Bangs para hacer aquí degüello de payasos sordos que no quieren saber que no hay réplica que valga para que salgan de escena. Todo es representable, nosotros somos lo que nos dejan ser los demás mientras buscamos llegar a ser una versión digna del yo que nos mira en el espejo por las mañanas. Pero no hay manera. Tomar la excusa para practicar la lírica y ejercitar el verbo, pues no hay nada más. Me suda la polla que esto ya lo hayas oído antes, lo digo yo y aunque no basta, a mí me sobra para parecer lo que no soy. Aceptar la hybris por querer ser lo que no puedo ser, lo que me hicieron creer que podría ser; soy un puto y vulgar minotauro que soporta más muertes de las que Teseo me quiera infringir. Engaño al engaño mientras rebusco en las tripas de lo que una vez fue, y es ahí donde creo encontrar mi voz, si es que ésta es mi voz. Que los demás digan de dónde vengo mientras yo intento llegar al lugar que quiero llegar. Emoción y electricidad. The Gaslight Anthem es otro grupo más, pero tiene lo que yo busco, y lo que busco son motivos para seguir adelante, un puñado de entrañas que me hagan creer que soy valiente.
No quiero brillar siempre, ni siquiera quiero creer que puedo hacerlo de vez en cuando, con encontrar algo que me haga soñar que podría, aunque sólo sea un poco, me vale. No necesito ser perdonado.



"Great Expectations" contiene los versos "It's funny how the night moves / Humming a song from 1962" tomados de "Night Moves" de Bob Seger.
"Old White Lincoln" contiene el verso "I lit a cigarette on a parking meter" de "Talkin' World War III Blues" de Bob Dylan y "Baby darling, we will be, in the cold cold ground." De la canción de Tom Waits "Cold, Cold Ground".
"High Lonesome" contiene el verso "Maria came from Nashville with a suitcase in her hands" y una variación del siguiente verso sobre "a boy who looks like Elvis" de "Round Here" de Counting Crows. El verso "There were 'Southern Accents' on the radio" se refiere a la canción de Tom Petty and the Heartbreakers de 1985 y al álbum del mismo título; el verso "At night I wake up with the sheets soaking wet" está tomado de "I'm on Fire" de Bruce Springsteen. El título de la canción hace referencia a un verso de John Cohen.
"Even Cowgirls Get the Blues" contiene partes de "But not me, baby" de "Yer So Bad" de Tom Petty. Petty también es nombrado en la letra de la canción. El título de la canción es de una novela de Tom Robbins.
"Meet Me by the River's Edge" contiene el verso "No surrender, my Bobby Jean" y una variación de “No retreat” de las canciones "No Surrender" y "Bobby Jean," del album de Bruce Springsteen de 1984 Born in the U.S.A. Así mismo, también incluyen el verso "wash these sins," en referencia a la canción de Springsteen “Racing in the Street” del disco de 1978, Darkness on the Edge of Town.
"The Patient Ferris Wheel" hace referencia a los "broken heroes," que aparecen en la canción de Springsteen, Born to Run.
La canción "Miles and the Cool" tiene referencias en cada verso. El segundo, "put on your diamond soled shoes", alude a la canción de Paul Simon "Diamonds on the Soles of Her Shoes" del disco Graceland. Los siguientes "Climb down from your window", a la canción de Dylan "Can You Please Crawl out your window". El tercer verso toma la imagen de "Poor Mr. Pitiful", que además de ser de Otis Redding, alude a la canción de Warren Zevon "Poor Poor Pitiful Me". Otis Redding vuelve en el verso siguiente, al cantar "I can't Turn you Lose". "Your Daddy's aim is true" es de la canción de Elvis Costello "Allison", y el siguiente "she never understood that it ain't no good" es de "Like a Rolling Stone", de Dylan.
"Casanova, Baby!" contiene el verso "Twistin' the night away" de Sam Cooke, y "It's past quarter to three, and it's past the midnight hour", hace referencia a la canción de Wilson Pickett, frecuentemente versionada por Bruce Springsteen and the E Street Band.
El título de "Here's Looking At You, Kid" hace referencia a la película Casablanca.
Todo el disco contienen constantes referencias al libro “Grandes Esperanzas” de Dickens. Los versos "I sat by my bed side with papers and poetry about Estella" son los más evidentes, así como "In a prison cell, where we spent those nights." El verso “I hope we don't hear Marley's Chains we forged in life" hace referencia al fantasma de Jacob Marley del “Cuento de Navidad” de Dickens.





jueves, 8 de marzo de 2012

Too old now to die young... Will Hoge.

Eighteen was a rocket ride
I lit the fuse and held on tight
Every day was a Friday night
And I've got the scares to prove it
You know I blew up at Twenty Five
Saw those telephone poles flyin' by
Don't remember much that night,
I'm just happy I got through it.

And I let it run like an open vein
love the pleasure and curse the pain
Ooo foolish things I've done
I'm too old now to die young.

Woke up alone at 35
just across town from my ex wife
I get my two kids every friday night
and I work all week to do it.

Their mama and me couldn't work it out
Oh but that don't seem to matter now
They're all that I care about
and I've got their love to prove it.

And I let it run like an open vein
love the pleasure and curse the pain
Ooo foolish things I've done
But I'm too old now to die young.

And I let it run like an open vein
love the pleasure and curse the the pain
Ooo the things that I ain't done
And I never thought I'd make it here
wish I could love another hundred years
Ooo the things that I ain't done
I'm too old now to die young.

jueves, 1 de marzo de 2012

Emisión pirata. Sintonías sincopadas en tiempos basura


¿Puedes escuchar lo de arriba? Mejor. Sintonizamos. El caimán no es un blog político, aparentemente. Digamos que un alto nivel de frustración no hace que articule argumentos de cierto calibre teórico; eso y que me aburren los blog políticos; si quiero informarme, acudo a otros sitios en la red. También es cierto que como no tengo dueño ni perrito que me ladre muchas veces me guardo mis soflamas para mí, sobre todo porque a poco que me ponga me sale la gloriosa frase que le salió a un conocido en una de las últimas reuniones acerca de refundar cierto "grupo" (también señalar que nadie se llevó las manos a la cabeza ante semejante idea, es más, algún otro la aplaudió).
El caso es que prefiero escudarme en mi situación vital para decirme a mí mismo que no merece la pena que me ponga a decir mi "opinión" sobre la inútil y podrida casta política, sobre todo porque, eso, a nadie le importa, y si a alguien le importa, mejor que vaya a leer a otros y se ilustre antes que perder el tiempo con alguien como yo. Sin embargo, algo queda, y dentro de las cosas que quiero sacar aquí, a veces uno tiene que tirar de ladrillos y, al menos, decir algo de ciertas nimiedades que, es cierto que circunscritas a un determinado lugar tienen mucho sentido pero en el abismo de la red apenas lo tienen. Así que me quedaré en un "homenaje", una nota, una muesca en mi borroso yo que día a día se va diluyendo, llámese orgullo o cualquier otra tontería similar. En Manzanares, "ese pueblo" donde, entre otras cosas, existió La Pecera y uno se crió, han cerrado la emisora de radio. Las razones esgrimidas se pueden imaginar sin mucho esfuerzo, lo cual no quiere decir que por muy repetidas sean más verdad, que no. 22 años ha estado funcionando Onda Mancha Manzanares y, tras una subida de sueldos de la corporación han decidido cerrarla (y privar de recursos a la biblioteca pública, y cerrar el centro de la mujer, y proponer que la gente trabaje voluntariamente hasta que encuentren otra cosa, y justificar la injustificable privaticación del hospital, y...).


Mi natural puñetero siempre tuvo muy presente las carencias de dicha emisora, pero también sus virtudes. Ahora que la han cerrado de manera burda y triste, me jode, y mucho. Siempre que cierran una emisora de radio algo se jode. Yo he estado vinculado a ella casi desde el principio, aunque en los últimos años, una vez dado por finiquitado el último programa que tuve allí, rara vez la oía.
Si algo caracterizó a esa emisora fue la libertad y la disponibilidad increíblemente amable y positiva hacia todo aquel que se acercase con la suicida e inútil intención de hacer un programa de radio allí. Coño, si hasta yo tuve tres programas. He conocido las dos sedes que tuvieron, la original en la antigua biblioteca y la que estaba a tomar por saco de mi casa y a la que iba andando lloviera o feneciese de calor cargado de discos y libros. El primer programa lo comenzamos, creo, en el mismo año que se inauguró, junto con Bea, Yolanda y Gina, y se llamó "En tierra de nadie". La sintonía de apertura variaba a menudo, pero siempre cerrábamos el programa con "The Raggle Taggle Gypsy" de los Waterboys. Éramos jóvenes, diletantes, y aparentemente sinvergüenzas (hasta que se encendía la lucecita roja de la pecera y a uno le entraba el canguelo) y nos lo pasábamos bien descubriendo, compartiendo y diciendo. Lo bueno es que uno podía decir y poner lo que le viniera en gana que casi nunca pasaba nada (los de "A toda máquina" tuvieron sus más y sus menos con la curia, entusiasmados con Fuck Off (thrashers catalanes de increíble fama en el año 90) y Barricada, y les putearon bastante). Hubo un director del que sólo recuerdo que se llamaba Pablo, que terminó yéndose harto de un pueblo que nunca dejará de ser un pueblo. Los cuatro de "En tierra de nadie" fuimos cogiéndole el gusto a la radio y terminamos separándonos tras una época en la que nos llegaron a salir programas incluso buenos y cada uno tuvimos un programa propio (coño, como los Beatles). Como tengo memoria de pez creo recordar que le puse "El caimán sincopado" y con él se quedó para los restos (bastantes años guadianescos, la verdad; intento recordar si hubo un nombre previo pero no hay manera...). La sintonía era "Riders on the Storm", que siempre me pareció una manera cojonuda de empezar un programa de radio. Luego la cambié por el "Blue Train" de Coltrane cuando derivé hacia el jazz y evitaba pensar que no vivía en la ruta 66 ni sabía tocar la trompeta, aunque a veces ponía el "Moanin" de Art Blakey y me tiraba meses de una a otra volviendo loca a la que me ayudaba en la labores técnicas. La soltura técnica y semántica coincidió con la apertura de  la televisión local, y con la excusa, acabé llevando los mandos de la nave, que era lo que más me gustaba, eso de aparecer con los vinilos e ir poniéndolos en plan Shiva, con una mano en el plato mientras con la otra manejabas la regleta de la mesa y decía sandeces y soflamas poniendo voz de tío interesante. Eso ha sido lo más cerca que he estado nunca de Chris Stevens, no en vano grababa en casa artesanalmente con un magnetofón diálogos de películas que luego ponía (plato, mesa, pletina y lo mismo me rascaba la nuca), y grababa cuñas con cualquier cosa (de hecho jodí la cinta vhs de "Bananas" y "Toma el dinero y corre" de ranto pause, atrás, play, y recuerdo una que hice con "Cars his by my window", la cual  hizo que uno me parase una noche y me pidiese que hiciese con él la "armónica" que hace Morrison porque creía que era yo el que lo hacía, lo cual provocó dos cosas, que casi dejara el programa al darme cuenta que había incautos que lo oían y que cambiase de cuña). Así fue la década de los noventa, entre otras cosas, pero si en lo referente a ondas hertzianas. Dos horas semanales.
Por esa emisora ha pasado muchísima gente. Los institutos hacía talleres de radio; muchísima gente que conozco, chavales con su grupos, el tipo salao que hacía de Dr. Jeckyll y que era una especia de Mariskal Romero imitado por Muchachada Nui en un programa tan macarra como gracioso, señoras, gente como yo. Hacer radio con cierta edad implica varias cosas, y una al menos es buena, que te lo tienes que currar y hace que descubras algo de eso que llaman autoexigencia, al menos para rellenar un rato, porque uno puede improvisar, pero una hora, y regularmente, ya es más complicado, y eso siendo un descerebrado acnéico tampoco viene mal.  En el 2002 lo dejé, creo (si es que tengo una cabeza...) por eso de tratarme el síndrome Gollum o Travis Bickle y en el que uno acaba cayendo en una emisora que nadie escucha hablando para sí mismo. Luego Santi me propuso volver y hacer un programa conjunto, él con su heavy y yo con mi "sensibilidad pop". Deberían habernos dado un premio, al menos uno al de peor nombre, pues entre tercio y tercio se le ocurrió ponerle  "El punto G". Nunca supe el motivo, siempre Santi daba uno distinto cuando le preguntaba, por gilipollas, por "gevi", por gandules, por golfos, por guapos, por guarros... Nunca fui capaz de presentar el programa yo, no sonaba convincente diciendo "bienvenidos, esto es el punto g...", y a Santi le quedaba mucho mejor, dónde va a parar. El caso es que divertirnos nos divertíamos un rato, pues mientras uno intentaba decir algo sobre el grupo de turno (un fan de Glenn Hughes y uno de Billie daba bastante juego) o lo que fuese que estuviese hablando, el otro metía comentarios, y como éramos demasiado refinados para hacer el Beavis y Butthead, nos convertimos en Waldorf y Stalter pasados de falsete y baby baby baby; sólo nos faltó que nos pagasen por eso. Alguna vez nos llegaron a  decir algo por las idas de olla que sufrimos más de una vez, pero no pasó a mayores. Yo le pillé el gusto de nuevo y resucité al caimán, pero lo maté pronto; aunque vivía en Madrid y cuando iba de visita me grababa varios programas de una tacada, la cosa no podía mantenerla, además siempre andaba tocando las narices con eso de no tener operativos los platos y siempre me miraban mal cuando pedía que por favor comprasen agujas de una vez. 
22 años de emisora y una corporación con tendencias napoleónicas la cierra para dentro de unos meses sacarla a subasta, reubicando a las cuatro personas que tenían en nómina en puestos que ni una patada en los huevos. Ya he dicho que no era la mejor emisora del mundo ni era una emisora pirata libre de esas que proliferaron en los ochenta ni tenía el glamour de la peli "Radio encubierta" ni tampoco ha sido vital para nadie como "Días de radio", pero era libre (la tele era menos libre pero lo seguía siendo), y siempre era un gusto saber que uno podía hablar, contar y poner lo que quisiera. Sé que de todos los recortes habidos y por haber (pero claro, no es lo mismo recortar de una manera que de otra, ni gravar a unos pocos que a otros, ni acabar con un modelo de estado para vestir a un lobo con borrega y vacía polipiel democrática, pero calla, que digo lo de refundar y me meto en un lío...), una emisora de pueblo es lo menos doloroso, pero igual no tanto (ahora el único canal de información y difusión proviene exclusivamente del propio ayuntamiento). Mi única huella en "la hemeroteca hertziana de Onda mancha Manzanares" después de 12 años quedó impresa gracias al siempre amable Roberto, que en el minuto 2:33 de un video sobre el veinte aniversario de la emisora dice algo, y en su día me hizo ilusión que me enviara el link, nada más, pero esa es la historia de mi vida y no tiene nada que ver con esto, aunque explica muy bien el espíritu de la emisora.



Que tengan un buen día, cuídense, y hasta otra.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Estudio con algo de tedio (poema) de Roque Dalton / Fotografía Mario Santiago

ESTUDIO CON ALGO DE TEDIO
Clov: llora...
Hammn: luego vive.
(Diálogo de Fin de partida, de Beckett)
Tengo quince alos y lloro por las noches.

Yo sé que ello no es en manera alguna peculiar
y que antes bien hay otras cosas en el mundo
más apropiadas para decíroslas cantando.
Sin embargo hoy he bebido vino por primera vez
y me he quedado desnudo en mis habitaciones para sorber
       la tarde
hecha minúsculos pedazos
por el reloj.

Pensar a solas duele. No hay nadie a quien golpear. No hay
      nadie
a quien dejar piadosamente perdonado.
Está uno y su cara. Uno y su cara
de santón farsante.
Surge la cicatriz que nadie ha visto nunca, 
el gesto que escondemos todo el día,
el perfil insepulto que nos hará llorar y hundirnos
el día en que lo sepan todo las buenas gentes
y nos retiren el amor y el saludo hasta los pájaros.

Tengo quince años de cansarme
y lloro por las noches para fingir que vivo.
En ocasiones, cansado de las lágrimas,
hasta sueño que vivo.

Puede ser que vosotros no entendáis lo que son estas cosas.

Os habla, más que yo, mi primer vino
mientras la piel que sufro bebe sombra.

Mario Santiago en Ciudad de México (1978)



domingo, 5 de febrero de 2012

Es cuestión de tiempo que lo veas


Estoy incumpliendo varias reglas no escritas y autoimpuestas esta noche; la más importante es la de escribir cansado. Incumplo otras, claro, como siempre, como no estar elegante y tener algo caliente para beber cerca. No tengo mi sombrero puesto, ni mis tirantes, ni mi pantalón de pinzas, ni estoy dejando que una taza de té se vaya templando hasta que en un impás de esos en los que pienso que no sé cómo seguir me lo bebo de un trago. Hace años que no escribo borracho, salud obliga, pero la máquina funciona por sí sola sin aditamentos, y de los clichés que me vulgarizan ese es el que menos me importa. Mi sombrero sí me importa, los tirantes no tanto. Pero estoy cansado, mucho. Y no me gusta escribir cansado; no debo escribir cansado. ¿Qué estoy haciendo entonces? Escribir con agujetas está bien, siempre y cuando el cuerpo desnudo que miramos dormir se muestre tranquilo mientras tu te afanas en teclear para escapar de la justicia. Por algo digo que me importa mi sombrero. Pero hay cansancios que no son buenos consejeros. Fatiga, somnolencia, falta de sueño en una palabra, acompañado por una espacie de marcha a ralentí de un cuerpo agotado del que nos es imposible disociarnos. 

Han pasado muchas cosas pero del mismo modo todo sigue igual. 

Debería estar contestándole un correo a alguien, alguien que no sé qué rostro tiene pero que me habla con una cercanía que no sé cómo agradecer. Será el sentimiento de soledad, sin ser esa soledad en la que la mayoría piensa inmediatamente; es de la otra. Siempre es de la otra, siempre es otra.  Mi cubículo espacial recibiendo transmisiones como teletipos que hemos de recomponer para seguir en marcha. Se me plantea la idea de reescribirlo todo. Y sé que tiene razón, pero no sé encontrar las fuerzas. Y menos esta noche. Gélida. Palabra. Antes tenía la manía, antes, de recurrir a la libreta del bolsillo, cuando no se me había impuesto este "flotador-blog-salvavidas de idioteces-ventana indiscreta" de manera tan recurrente como ahora, relegando la escritura manual a manierismos de pequeño burgués. Antes, como decía, escribía en una libreta todo, y a veces escribía "una palabra: lucernario; un número: 4; una sensación: modorra". Tal vez esa sea la forma en la que más cerca he estado de escribir eso que llaman "diario". Pero como digo, hace años que no lo hago. Abro libretas viejas y leo esas cosas. Pero esta noche otro alguien me escribe y me dice que reescriba, por mí y por la historia. Y me pregunto muchas cosas. Y sé que todo lo que me pregunto es una excusa para no hacerlo. Mantener la mediocridad aceptada es una manera de evitar defraudarse aún más a sí mismo. No es lo mismo tirarse desde un segundo que hacerlo desde un octavo. Los sesos sobre el asfalto no dicen nada de la euforia que pudiste sentir en la caída. Las escaleras cansan y te quedas siempre a medias. La sonrisa no tiene sentido. El problema es que lo haré, o al menos lo volveré a intentar. Reescribiré todo de nuevo, volveré sobre mis pasos y haré un palimpsesto de ese niño normalito y del montón que salió. El que me escribe (el caballero que me escribe, el compañero que me escribe, el soberbio desconocido que me escribe)  me dice cosas que me han dicho antes pero que hasta hoy me he negado a oír por esa estúpida excusa occidental (americana, burda y complaciente excusa) de "creer en uno mismo". Esta noche decido que lo voy a hacer pero aún sabiendo que no conseguiré nada, acaso pulir el desorden, mostrar  caminos despejados ahí donde dejé crecer hierba descuidadamente, poco más. Tal vez debería regalarla a quien me lo pidiera.

¿No dije que no debía escribir cansado? ¿Dónde he estado todo este tiempo? Todo este tiempo, ¿desde cuándo? La entrada anterior a esta no cuenta por ser la transcripción de un poema, de esos poemas que uno piensa que deberían leer en su funeral, así que la fecha a la que la acusación ha de agarrarse será de la última entrada en la que conté algo "de mí" y que ahora no recuerdo cuál fue. ¿Y entre medias? Materia Prima de La Tristura Teatro (háganse un favor y véanla si tienen oportunidad), gente, cosas, mensajes... Un cosmonauta recibiendo mensajes. That's the point. ¿Y dónde estoy ahora? Pongamos que haces unas prácticas de un curso en una fundación que ayuda a enfermos mentales a reinsertarse, prácticas gratis. Pongamos que cuando acabas lo importante te mandan pasar a limpio historias de pacientes (usuarios), historias clínicas y del equipo de trabajo social. Pongamos que lees cosas atroces, pongamos que lees y lees historias atroces. Diez, doce por día, y que pasas a limpio cinco o seis. Pongamos que esas historias tienen cara, pero tú no sabes cuál es cuál. Van, vienen, se toman su medicación, te saludan, hacen talleres, van d ela euforia a la depresión, del soslayo a la rabia oculta. Miradas. Pongamos que pasan los días y terminas agotado de leer tantas cosas atroces (van tres). Pongamos que preguntas a los compañeros cómo lo hacen para ser impermeables. No puede, nadie puede, pero a todo se acostumbra uno. Pongamos que tu vida sigue. Pongamos que te preguntas dónde está el límite. Pongamos que nadie dice nada. Pongamos que te asquea hasta la nausea la posibilidad de utilizar ese material de manera, digamos, literaria. Pongamos que lees cosas, historias, situaciones donde la locura está presente. Pongamos que comprendes, o crees comprender, pero sabes que no todo se reduce a componentes socio económicos. Pongamos que tú, meses antes, has escrito la historia de alguien que decían estaba loca. Pongamos que esos giros del destino no te hacen gracia, sobre todo cuando la historia que escribiste fue una historia fallida. Pongamos que rescatas de la estantería libros de Foucault. Pongamos que lees a trompicones. Pongamos que lees mal porque no tienes tiempo de leer. Pongamos que escribir de esta manera cansa (pongamos... pongamos...). Ahora estoy en otra. Es dificil quedarse en un sitio. Es difícil tener sitio. Digamos de nuevo que me prometí a mi mismo no volver a escribir cansado. ¿El motivo? Principalmente clicar al icono de publicar sin estar en condiciones decidir si todo eso que has escrito cansado es conveniente que salga del borrador. ¿Y quién está en condiciones de poder decidir eso? ¿Y quién ha dicho que siempre hay que contar algo? Yo, yo lo he dicho.. y sí, estoy cansado, pero llevo puesto mi sombrero, y "porque sueño yo no lo estoy" que repetía Leólo...

...¿estas seguro?


lunes, 23 de enero de 2012

Custodiar el tiempo que nos toca

POR QUÉ ESCRIBIMOS

Uno hace versos y ama
la extraña risa de los niños,
el subsuelo del hombre
que en las ciudades ácidas disfraza su leyenda,
la instauración de la alegría
que profetiza el humo de las fábricas.

Uno tiene en las manos un pequeño país,
horribles fechas,
muertos como cuchillos exigentes,
obispos venenosos,
inmensos jóvenes de pie
sin más edad que la esperanza,
rebeldes panaderas con más poder que un lirio,
sastres como la vida,
páginas, novias,
esporádico pan, hijos enfermos,
abogados traidores
nietos de la sentencia y de lo que fueron,
bodas desperdiciadas de impotente varón,
madre, pupilas, puentes,
rotas fotografías y programas.

Uno se va a morir,
mañana,
un año,
un mes sin pétalos dormidos;
disperso va a quedar bajo la tierra
y vendrán nuevos hombres
pidiendo panoramas.

Preguntarán qué fuimos,
quienes con llamas puras les antecedieron,
a quiénes maldecir con el recuerdo.

Bien.
Eso hacemos:
custodiamos para ellos el tiempo que nos toca.



http://es.wikipedia.org/wiki/Roque_Dalton

miércoles, 18 de enero de 2012

Libros como cuervos sobrevolando tu cabeza. La Armonía celestial de Péter Esterházy.


A veces parece que hay autores que te buscan; sin saber cómo, van apareciendo alrededor tuyo libros de un autor, y al final te ves abocado a leerlo, y en buena hora, y piensas cómo no lo habías hecho antes, pero tampoco te mortificas mucho ni te culpas de tu ignorancia; sin llegar al punto en el que das por bueno lo que literariamente vas encontrando, te sumerges en la lectura sin importante un cojón qué se cueza, qué nueva casta de escritores pugne a empujones por sacar su cabeza por encima de otros (darse una vuelta por blogs literarios a veces da mucha grima, por no decir asco, repletos de pagados de sí mismos con ganas de autobombo; vivan los blogs rockeros...). Peter Esterházy ha ejercido su derecho al acoso y derribo y ahora me tiene en vilo.

De vez en cuando reviso los libros disponibles de Bohumil Hrabal, sabiendo que nada nuevo encontraré (Topo dixit), pero aún así yo insisto, no vaya a ser... En los listados siempre aparecia un libro llamado "El libro de Hrabal" de Peter Esterházy, y yo que buscaba (y busco) "Los frutos amargos del jardín de las delicias" de Monika Zgustová (biografía de aquél) no he dado con él, y el préstamo interbibliotecario no me vale porque en la red de bibliotecas tampoco está. El caso es que un mes antes de dejar de ser librero, me pedí el libro de Esterházy "sobre" Hrabal, y digo "sobre" porque su presencia en la novela es referencial: un escritor sin dinero escribe cartas con su mujer a un Hrabal imaginario mientras dan cuenta de sus penurias y las de su país (Hungría). Lo he empezado varias veces, pero es de esos libros que requieren toda su atención, y desde que dejé la librería he dispuesto de todo menos de tranquilidad y sosiego para tirarme un día completo leyendo (los lunes al sol no son tan plácidos como dicen...). Uno de sus libros se llama "Una mujer"; lo vi en la Librería Pasajes, pero acabé comprando "El libro de Nonelle" pensando que recordaba haberlo visto en la biblioteca. Y la editorial Acantilado ha sacado un par de títulos de él (me siguen llegando boletines de editoriales...). Y "Pequeña pornografía rusa" debería haberla comprado cuando seguía disponible y la vi en Méndez.

Me he mantenido lejos del remolino sin saber por qué, sobre todo cuando me he dejado llevar por otros remolinos literarios tanto o más absorventes; pero Esterházy nada. Luego encontré en la biblioteca un par de títulos de él, que me traje a casa, pero que leí a vuela pluma, abriéndolo al azar, como un juego, como si me resistiese a leerlo. Las montañas altas a veces dan miedo. Danilo Kis, Mircea Cartarescu y Peter Esterházy forman el power trio de autores que me rondan y a los cuales me resisto sin motivo, como si sonase el teléfono y supieses que te llama Tom Petty o Anita Blonde y no te atrevieses a cogerlo por un temor visceral a no estar a la altura. Un jueves devolví los libros de Esterházy y seguí a lo mío, perplejo ante las barrabasadas de Olmos y más perplejo aún ante lo que mi vida diaria me deparaba y que aún no sé conjugar para escribirlo aquí. Al día siguiente salimos de viaje.

Cuando llegamos a la casa rural, se dio cuenta de que tuve el impulso de sentarme frente a la pared repleta de libros del hall y por el que irremediablemente había que pasar para ir a las habitaciones, pero ni ella dijo nada ni yo me paré. Un regalo es un regalo, y acostumbrado como estoy esforzándome porque la revolución me pille elegante, por las mismas razones también la pobreza, así que con un latente sentimiento de no merecer, al anochecer salí de la habitación con la excusa de prepararme un té para admirar la biblioteca de aquella casa rural propiedad de una excesiva pareja germano-hispana. Y allí estaba, claro, el escritor húngaro, entre libros en alemán, revistas de arte, la colección completa de Superhumor, Verne, Stevenson, preciosos libros de mapas y guias de Lonely Planet. Armonía Celestial, el nombre del libro era, y es, ese. Cogí varios ejemplares y volví a la habitación. Me miró al entrar y sonrió. El albornoz le quedaba perfecto, y justo antes de sentarse en la cama se le calló el cinturón; yo llevaba puesto uno igual, blanco y un tanto áspero, como suelen serlo por el uso continuado de lejía y cloro de las lavanderías. "No se te ocurrirá", dijo. No, claro, respondí. "Mañana por la mañana los dejas donde estaban", insistió. Él ha dicho que podemos coger los que queramos si queremos leer algo. "¿Y en un día vas a leerte dos revistas de esas (Ars Magazine, algo así como la playmate suprema de las revistas de arte, nota...) y cuatro libros, aparte de los dos que te has traído de casa?". Tienen la colección del Superhumor, contesté mientras pensaba que uno nunca sabe cuándo va a encontrar un ratito para leer. "Tú ya sabes a qué me refiero, mañana las dejas donde estaban...". No supe qué contestar... Qué calor hace con la chimenea, yo ya no sé qué quitarme, murmuré...

Más tarde abrí al azar el libro de Peter Esterházy, página setenta (70), edición de Galaxia Gutenberg, tapa dura con sobrecubierta, leí: 52. "Mi querido padre pensaba en mi querida madre en muchas ocasiones. Por ejemplo, al cortar una rebanada de pan. al quemar el puente de Eszék. Al iniciar el proceso judicial contra los directivos de Banco Agrario. Al hacer frente, un jueves y delante de su casa, al ataque de unos desconocidos armados con bates de béisbol. Al constatar que este país se había gastado un montón de dinero en reestructuraciones de todo tipo, pero que se olvidaron de reestructurar algo, el pueblo, y que hasta que eso no ocurriera , no habría paz social. Al volcarse definitivamente, durante los años inmediatamente anteriores a la Revolución Francesa, hacia el clasicismo. al perder su estilo el virtuosismo que solía tener (por decirlo con pocas palabras). Al preguntar por dónde navegaban los barcos húngaros. Al escuchar las predicciones del hombre del tiempo. Tenía mi querido padre un enorme escritorio desprovisto de estructura superior y compuesto de una tabla lisa, un escritorio del barroco tardío que se popularizó a finales del siglo XVIII, y sentado a ese escritorio arreglaba los asuntos del Estado y a la vez pensaba en mi querida madre. Sentado a su escritorio pensó en mi madre e imaginó qué ocurriría si ella se metía debajo del escritorio, en silencio, sin saludarlo siquiera, y como una perrita con su cabeza, con su cabezota, separaba las rodillas de mi querido padre, sus muslos -mientras, encima del escritorio, éste transformaba los asuntos del Imperio, cambiaba destinos, corregía frases y echaba un vistazo a la correspondencia del día-, etcétera, sin usar las manos, simplemente con los dientes, con la nariz o con el mentón, por no entrar en más detalles, y llegaba hasta los límites de lo imaginable (mi querida madre), pero sin excitarlo hasta el paroxismo, manteniéndolo en el mismo fogoso estado, manteniéndolo así, recordándole a mi querido padre si existencia todo el santo día. (Todo el santo día: incluso cuando mi padre acusaba a la dirección de la joven troupe del nuevo teatro -de Kecskemét- de ocuparse de la cría de ocas y de despreciar al público de provincias, aunque muchos representantes renombrados de la profesión los defendieran. Y como para no perder tiempo mi padre comía sentado a su escritorio, proporcionaría, a modo de descanso, algún que otro bocado a la que estaba debajo del escritorio. ¡Prohibido hablar o tocar!) "Querido mío, usted es un pervertido", constató mi madre tristemente tras escuchar los planes que él tenía en mente para ese día. Sin embargo, mi padre siguió argumentando, hasta que..., ¡milagro!, mi padre llegó a cambiar a tal punto las dimensiones sensuales de mi madre que ésta traspasó los límites (del escritorio, ja-ja-ja), así que mi padre se vio obligado a llamarle la atención, aunque en tono de broma, y a recordarle que al fin y al cabo mi madre era una madre de familia católica con cuatro hijos. "¿Verdad?" "Claro que sí, corazón mío", respondió mi madre, asintiendo con la cabeza pero sin echarse atrás. El genio ya había salido de la botella."

Al final dejé el libro en el mismo lugar, del cual, por el marco de polvo fino, nadie había sacado del allí en algún tiempo. Va a resultar que soy un caballero después de todo. Me sumergí en la luz de invierno, del descanso del guerrero, me convertí yo mismo en el descanso de alquien que no soy yo pero me quiere a su lado, dejé pasar las horas, miré el fuego consumiéndose como si buscase una señal de lo que debo hacer, tuve baños de sol y sueños sin luna, desayunos con dibujos en hojas amarillentas y cenas sin lapiceros, paseos con rodeos y baños sin sobre. Creía que el libro estaba descatalogado y al subirme en el coche el domingo para regresar a casa lamenté no ser un simple ladrón y sí un vulgar hombre. A los dos días decidí probar suerte en la red y lo encontré en perfecto estado (según web) en una librería de segunda mano en Mallorca a un precio que al propio Esterházy le hubiera provocado sonrojo y asombro, me armé del valor y del empuje moral que me faltó días atrás y lo pedí. Llegó en mejor estado del que yo esperaba, y mientras uno de mis mejores amigos espera que me lea de una vez Lulú de Mircea Cartarescu (¿porqué no lo han llamado "Travesti" como el original rumano?) y le llame para hacer el party line literario del mes, estoy knockeado con la prosa del jodido Peter. Tenía miedo al tornado y ahora estoy como Totó, disparado hacia un Oz llamado Hungría de la mano de la familia de los Esterházy, siglos atrás, siglos adelante, 830 páginas. La escucha mientras tecleo todo esto del disco "The king is dead" de The Decemberist tendrá mucho que ver en el caos y el sentimentalismo de todo lo tecleado hasta ahora, pido disculpas por ello. Libros que te desarman, que te ponen en los labios la pregunta de quién eres tú, de dónde vienes... ¿Armonía Celestial? Igual sí...


martes, 10 de enero de 2012

"Huelo a cuando ya es tarde para todo"


Hoy me he perdido en una Biblioteca. Tras un primer momento de angustia, después me ha hecho gracia. La Biblioteca Pública tiene un corredor superior que se yergue vetusto y casi cochambroso entre las dos salas de lectura de la sala de adultos. Tiene una altura de un metro ochenta, justos. La recorren estanterías de chapa repletas de libros antiguos, como si la cima de la civilización literaria, o mejor dicho editora, hubiese sido la década de los setenta, vertiéndose década arriba, década abajo, y decorando la colección libros de la primera mitad del XX y de los últimos años, camuflados entre pastas rugosas y hojas ásperas y un tanto gruesas. Como yo mido cuatro centímetros más, recorro encorvado la galería, siempre torpe, cosa que yo achaco al calor sofocante de un aire acondicionado atroz que cual aliento de dragón, te persigue y embota desde la nuca hasta los pies. Los estudiantes que llenan la sala de lectura me miran aburridos pero yo no les veo, alzan la vista de sus folios subrayados con verde o rosa, que desde la altura parecen bocetos para un próximo corto de Len Lye, y ninguno sonríe; yo no les veo, bastante tengo con leer lomos y sonreír como un bobo, sacando libros y leyendo al azar.

Hay un recodo entre literatura epistolar y literatura española que gira a la izquierda y que se adentra oscura en lo que se intuye un callejón sin salida a causa de la pobre luz, pero de golpe gira a la izquierda de nuevo y la casa de Asterión parece un solar comparado con las dimensiones del pasillo. Un hombre, yo, no puede girar sobre sí mismo sin tirar algo, adiós "Ferdidurke" en edición argentina de 1974, agacharme como apuntado con una luger en el cogote y tirar a Roque Dalton al levantarme. Suspirar sofocado e intentar despojarme del abrigo de Corto Maltés no sin antes meter mi rodilla en la obra completa de un Cela quejicoso al que mis prejuicios apícolas hacen que mire con desdén. Quitarme las gafas y resoplar como un imberbe y sonreír como un completo estúpido al leer mi nombre en un lomo; ponerme nervioso y querer hacer una foto como prueba de un instante que no creo que vuelva a vivir y que luego en casa comprobaré que mi hipertensión y unos nervios infundados han hecho que salga borrosa. Gran parte del fondo proviene de donaciones y palidezco de envidia al imaginar la biblioteca de José Corredor Matheos y al hacer el esfuerzo de imaginar el momento en que decidió desprenderse de todas esas joyas. Le abrazaría si pudiera y me planteo la decisión de hacer lo mismo, en vez de cuando muera, mientras esté vivo, y dudo si sería capaz de ese gesto, máxime cuando pienso que es lo único que voy a poder dejarle a mi vástago. Curioso, dono mi cuerpo a la ciencia y no me veo capaz de desprenderme de mi delgada biblioteca. Lo mismo la revende para vicios y yo envuelto en la inopia, como hicieron los hijos de un hombre que conocí que había sido comercial de Hispavox al vender la discografía original (inglesa e hispana) de los Beatles para drogas y alcohol. Tras hacer la foto caigo en la cuenta de que sólo puedo sacar cuatro libros, así que vuelvo sobre mis pasos colocando los que decido dejar para la próxima vez. Cuando me doy cuenta, en la mano sólo me queda uno, una antología de poesía de Roque Dalton en una edición de Casa de las Américas de la habana cuya selección hizo Benedetti. Abro, ahora, "Huelo a lejos del mar no me defiendo / el algo he de morir por tal olor / huelo a pésame magro les decía / a palidez de sombra a casa muerta". Y me sorprendo, yo, que me sé y me considero un mal lector de poesía. Decido salir del laberinto, bajar digno la estrecha escalera ante la mirada de los que intentan estudiar y se les va el santo al cielo con una mosca; la mosca soy yo, colorado y con la camiseta saliendo bajo el jersey, las gafas en la mano, el abrigo en la otra, Dalton bajo la axila, la mosca soy yo y a pesar de mi aspecto ninguna diosa me ha follado en la sección de literatura hispanoamericana como mandan los cánones y el infantil lugar común de erotismo: Enfermeras, juezas, repartidoras de comida china, bibliotecarias. Aunque yo camine poco despabilado, parece que mi cabeza va por libre, y mi mente me devuelve a la vida al comprobar que mis ojos han leído en una estantería a la derecha del mostrador "Mathias Enard: Habladles de batallas, de reyes y elefantes", libro que me recomendó mi otorrino en un intercambio de mensajes sobre lecturas que de vez en cuando nos mandamos. Al final me llevo dos, y "Mi familia y otros animales" y "Rocco y sus hermanos" en dvd para que las noches perdidas no lo sean tanto. Vuelvo a casa pensado en cosas que escribir, sobre las cosas pendientes que dejé de contar(me) y en que se me ha echado encima el 2012. Recuerdo viejos amigos por sus extrañas costumbres a la hora de leer y busco un papel que no encuentro. Llego a casa, enciendo el ordenador y no sé qué escribir. Comienzo a teclear y me cuento a mí mismo que me he perdido en la biblioteca...

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