martes, 31 de mayo de 2011

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, Patricio Pron

Algunas cosas a bote pronto sobre “El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia”, de Patricio Pron.

La nueva novela de Pron me ha gustado, y mucho. En ella se nos presenta un narrador, Pron (que no juega al engaño con su persona en cuanto al carácter autobiográfico de lo contado como lo puede hacer Eduardo Halfon en sus últimos escritos), presentando una historia donde un exiliado vuelve a Argentina a causa de la enfermedad de su padre, teniendo que enfrentarse a la reconstrucción de un pasado común, tanto de la propia Argentina (la de los desparecidos por el golpe militar tras la muerte de Perón a partir de un asesinato “común”) como de la familiar. Reseñas más formales se pueden leer por ahí sin rebuscar mucho, por lo que intentaré plasmar cosas que me han pasado durante su lectura. La primera es la brutal cercanía de lo contado, no por ser un relato “autobiográfico”, sino por el carácter de los capítulos, cortos, fugaces y repletos de todo lo que vendrá, como baúles que abrimos y miramos revolviendo un poco antes de cerrarlos y pasar a otro, intuyendo no más, construyendo la historia y a la vez no sabiendo hacia dónde va, como un puzzle. La alusión al puzzle no es gratuita, como tampoco lo es cuándo se hace dicha referencia en la propia novela. Eso es algo que ya me asombró en “El comienzo de la primavera”, que Pron metiera en la narración la propia “explicación” de su estructura,  y si en “El comienzo…” esa explicación era el propio concepto de Historia del filósofo alemán, en ésta es la fragmentación, el puzzle que hemos de armar. Si se hubiera quedado ahí, una simple referencia  (precioso el pasaje donde el padre fabrica un puzzle imposible a un hijo perplejo que no entiende nada o que tal vez entiende todo), “El espíritu…” no ofrecería nada alabable en ese sentido, sin embargo, desde el comienzo Pron va soltando “pistas”; capítulos que no están o que están descolocados (después de el 1 y el 2, aparece el 4; el 8 tampoco está, tal vez aparezcan luego; en la tercera parte hay 4 capítulos 22), cuatro partes con un epílogo que forman un dibujo fragmentario y fragmentado, íntimo, de una subjetividad llena de razones, que vuela alto y reafirma el oficio. Las imágenes de los sueños, el la tercera parte, todos juntos como un puzzle en el cual has apartado las piezas que crees similares e intentas ordenar antes de colocarlas, es de una potencia abrumadora, cosa que me asombró, siendo yo reacio a las lecturas que tiran de lo onírico para ilustrar rupturas temporales. Sueños que se cruzan con capítulos donde uno sonríe torpemente, viéndose reflejado en esa relación parcial y sobreentendida  y a la vez profunda entre los hermanos. Sueños que aparecen entre guiños imperativos, que agrandan la única literatura que se puede hacer tras Bolaño.

Hay en toda la novela una especie de imperativo que la empuja desde la primera página, una obligación que poco a poco irá cobrando forma, desde un principio cuasi enajenado por parte del narrador hasta una toma de conciencia clara, tanto del libro como del propio quehacer literario. Eso también aparecía en “El comienzo de la Primavera”, pero en la que nos ocupa se hace más evidente (de ahí quizá la formalidad de su clausura en contraposición al desmenbramiento de su desarrollo, que algunos han calificado de emotivo y por tanto corriente, pero es que es una novela que no puede terminar más que como termina), y me ha hecho comprender dos cosas, la primera es por qué el concepto de literatura de Pron choca con otros movimientos abanderados de la vanguardia literaria patria, y la segunda es darme cuenta de que este autor va por libre más allá de grupos, grantos o grantas, volando muy alto. “El espíritu…” pasa rápido, pero deja en tu cabeza flechazos que te anclan a él y te hacen volver días después, a por piezas nuevas para ese puzzle que quizá sea tan vasto y cruel como imprescindible.


“Al procurar dejar atrás las fotografía que acababa de ver comprendí por primera vez que todos los hijos de los jóvenes de la década de 1970 íbamos a tener que dilucidar el pasado de nuestros padres como si fuéramos detectives y que lo que averiguaríamos se iba a parecer demasiado a una novela policíaca que no quisiéramos haber comprado nunca, pero también me di cuenta de que no había forma de contar su historia a la manera del género policíaco o, mejor aún, que hacerlo de esa forma sería traicionar sus intenciones y sus luchas, puesto que narrar su historia a la manera de un relato policíaco apenas contribuiría a ratificar la existencia de un sistema de géneros, es decir, de una convención, y que esto sería traicionar sus esfuerzos, que estuvieron dirigidos a poner en cuestión esas convenciones, las sociales y su reflejo pálido en la literatura” (pág 142-143)

lunes, 30 de mayo de 2011

Visión de Wilhelm

Visión de Fausto, de Luis Ricardo Falero

VISIÓN DE WILHELM
 Érase una vez una campesina sin tierra, un cazador sin vanidad y un niño que no sabía sonreír. El rey los mandó degollar a los tres en cuanto se enteró de su existencia. Decían que el niño en realidad era hijo de la campesina y el cazador pero ninguno de los dos quiso nunca desmentirlo o afirmarlo, aunque por la forma en que la campesina miró al niño cuando el verdugo alzó el hacha llena de herrumbre con un ruido  de quilla de barco seco, bien se podía asegurar que eso era lo que ella hubiese deseado. En cuanto al cazador, poco se puede decir que no se pueda intuir ya,  pues nadie lo conocía realmente en esa región y nunca antes se vio en aquel reino rostro más hierático que el de ese hombre de piel cobriza y mirada dura que apenas hablaba y que la vez que más palabras se le oyeron decir juntas fue cuando tuvo un hierro al rojo vivo frente a su cara, y aún así solamente se le oyó decirles a los dos verdugos y al sacerdote que lo interrogaban “si no van a disfrutar haciéndome sufrir me temo que esto va a ser un mal trago para los cuatro, pues no pienso decirles nada que no quieran oir”. Y así murió, al cabo de seis horas de tortura, sin abrir la boca más que para gritar cuando el dolor se le hacía insoportable, sin más pena que la de no morir al aire libre, en el bosque, de cualquier modo, eso le hubiera dado igual, cualquier muerte le hubiera parecido bien si sus ojos hubiesen visto un árbol un segundo antes y no una rata mugrienta en una igualmente mugrienta mazmorra, escuchando rezos que nunca entendió por parte de un sacerdote sudoroso, peludo y enjuto y bufidos obscenos de un par de verdugos enajenados después de tantas horas de tortura.

La campesina fue la única que sobrevivió de los tres; no se sabe cómo escapó en realidad, algunos hablan de que la ayudaron infiltrados anabaptistas en la guardia de palacio; otros dicen que miró al carcelero a los ojos varias horas seguidas, casi sin parpadear, y que éste  al final la sacó a escondidas como un hechizado sin futuro; otros dicen que simplemente dijo cuando daban las diez, “me quiero ir”, y la dejaron ir por temor a enfurecer a la bruja que aseguraban era en el fondo... Pero nunca nadie se puso de acuerdo, como tampoco estuvo claro de qué se les acusó realmente; se hablaba de herejía, también de tráfico de armas, otros aseguraban que simplemente estaban ahí... Lo que sí aseguran las personas que la conocieron a ella después de su exilio es que nunca más se la volvió a ver sonreír y que nunca más mostró el más mínimo amor hacia sí misma.

domingo, 29 de mayo de 2011

"El aire estaba lleno de agua"

Trabajo en una lavandería. La furgoneta de reparto no tiene dirección asistida. Parece una letanía o una excusa. Tal vez lo sean. Lavar, cargar, descargar, planchar, son verbos que están reñidos con escribir porque extienden su alienación más allá de su actividad, es decir, agotan. Además, apenas leo. "El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia", de Patricio Pron. Eso estoy leyendo robándole horas al sueño, y sí, me sigue pareciendo uno de los mejores escritores actuales y su último libro una obra maravillosa(mente dura, honda, inabarcable, tierna, dulce y brillante). Si soy capaz, cuando lo termine me gustaría poder escribir algo al respecto aquí. "(Mis padres) tuvieron hijos a los que les dieron un legado que es también un mandato, y ese legado y ese mandato, que son los de la transformación social y la voluntad, resultaron inapropiados en los tiempos en que nos tocó crecer, que fueron tiempos de soberbia y de frivolidad y de derrota" (pág 168). Leo cuando mis manos están libres. Leo listas de ingredientes de productos de limpieza, perclorietileno, desengrasantes, ácidos que no recuerdo, cosas que embotan un poco, sobre todo si hace calor. Kilos de mantelería ultrajada pasan por mis manos, que huelen a lejía, cloro y crema barata de manos. Siento entusiasmo por el 15M. Pienso en el nosotros para no pensar en la primera persona del singular. Reconozco que me he llegado a emocionar leyendo y viendo cosas sobre todo lo que han (¿hemos?) comenzado a hacer. Mi participación virtual y mi avidez de información compartida contrarresta con mi hastío político como número 7 de una lista municipal que ha nadie ha importado al final. Al final sólo tengo deudas. Deudas por querer vivir de una ilusión inútil. Vender libros en donde a nadie le importa una mierda leer libros. ¿Compaginar la vida con escribir? No hay eco en lo que escribo, no hay latido, no hay vuelo en picado; y tampoco he conseguido convertirme en un buen vendedor de elixires en ferias ambulantes y decadentes donde el delirio se ha convertido en alucinación colectiva. Mi charlatanería está afónica, mi carromato no tiene quien tire de él, mi levita está repleta de caspa y vulgaridad cotidiana y de mi chistera no salen conocidos bien situados a los que recurrir. De hecho creo que mi literatura es como mi corazón: dubitativo, corrosivo sólo consigo mismo, hipócrita, asustadizo, de caducidad prematura, arrogante a veces y autocompasivo las más, y que con el tiempo tristemente ha llegado a sentir un rencor visceral hacia sí mismo. Intento pensar que no me importa lo que sea de ella, de él si mantenemos la analogía, pero he de aceptar también que me mantiene a flote, aunque cierto es que mi cansancio y fatiga son inversamente proporcionales a mi capacidad narrativa; igual ley vale para buscarse los garbanzos y no querer ir de mal en peor. "Acerca de los caracoles: Mi abuelo y yo pintábamos sus conchas de colores y a veces les escribíamos mensajes. Una vez mi abuelo dejó un saludo en su nombre y puso al caracol en tierra y el caracol se marchó y mucho tiempo después nos lo trajeron: había sido encontrado a unos cuantos kilómetros de allí, a una distancia relativamente grande para mí pero quizá imposible para un caracol; esa proeza suya se me quedó grabada, y también estuve pensando durante un largo tiempo en que todo volvía, que todo regresaba incluso aunque llevase todo lo que tenía consigo y no tuviese ninguna razón para volver." (pág 165). No puedo decir nada más, aunque necesito echarme a dormir, quiero acabar  antes el libro de Pron.

lunes, 9 de mayo de 2011

Hotel, dulce hotel...


Es extraño escribir en hoteles (al menos para mí, que los frecuento tan poco en esta época de mi vida), es extraño encontrar aquí esa llamada paz que se le presupone al acto de garabatear conscientemente en un lugar de paso donde cuerpos, y digamos la palabra errante, descansan, buscan fonda transitaria y fugaz, se aman, se odian, se distancian o se perdonan, se van, se piensan, todo ello con la vista puesta en un hipotético regreso proyectado entre ese trayecto en el que se habita. Uno escribe en os hoteles como un escriba en un monasterio, sabiendo que nada le pertenece, que todo se hace por algo ajeno a nosotros, que sólo somos cajas de resonancia, trozos oxidados de cobre (si es que el cobre se oxida, que ahora que lo pienso creo que no, o sí, me temo que todo se oxida), antenas amorfas retransmitiendo una historia que nos atraviesa sin mirarnos siquiera. Uno escribe en las habitaciones de hotel sabiendo que nada se posee salvo lo que podemos aprehender con la mirada, es decir, nada, y si uno se rinde y doblega al tiempo y se sienta a escribir es porque busca de alguna forma cuantificar sus sentidos, ampliar su torpe radio de acción, queriendo encontrar una posible respuesta al sinsentido brutal de ir de un lugar a otro por placer, por trabajo, por necesidad... Viajamos, nos movemos para buscar reposo y, desde lejos, volver a mirarnos. Curioso. Todo vano espejismo burgués, personaje sobreactuado desenvainando un lápiz (o tecleando un Ipad, un blackberry, una tableta sin personalidad, un portátil plagado de pegatinas en su tapa como si fuese la proyección en el siglo XXI de las rectangulares maletas de correas o los baúles también plagados de pegatinas dando fe de las escalas y los trayectos que veíamos de pequeños en películas en blanco y negro y con las que soñábamos surcar el mundo haciendo la revolución o simplemente tomando té en un hotel colonial vestidos de lino y adornados de sombreros de paja), intentando captar aunque sea las razones que nos han traído a este hotel y no a otro en otro lugar, como si esas razones pudiesen decir algo esencial de nosotros mismos.

Todo esto está escrito en un hotel, en un cuaderno trastabillado que transcribo por las noches en el ordenador por eso de ejercitar la mano y el laberinto de mi cerebro, en mitad del campo, en plena sierra conquense. Afuera llueve. En una de las vigas de madera del porche acristalado donde sentado en una silla que cojea levemente escribo esto, hay un nido de golondrinas. Gorriones nerviosos picotean las migas de pan de mi desayuno, aventurándose entre mis pies como soldados kamikazes; si cierro los ojos puedo imaginar sus pequeños corazones acelerados presos de la adrenalina, la necesidad y la temeridad desconfiada. Intento parar todo a mi alrededor, hago una pausa antes de seguir y no, no encuentro nada diferente.

Joseph Brodsky. Marca de agua. Ed. Siruela, pág 24-25

"Inanimados por naturaleza, los espejos de las habitaciones de hotel están aún más aburridos de haber visto a tantos. Lo que te devuelven no es tu identidad sino tu anonimato, sobre todo en esta ciudad. Porque aquí lo último que  importa es verse a uno mismo. En mis primeras estancias, a menudo me sorprendía con la imagen de mi propio esqueleto, vestido o desnudo, en el armario abierto; poco después comencé a preguntarme por los efectos edénicos o ultraterrenos de este lugar en la conciencia personal. En algún momento, desarrollé una teoría de excesiva redundancia sobre un espejo que absorbía una ciudad. Como es obvio, el resultado es la mutua negación. Un reflejo no se puede preocupar por un reflejo. La ciudad es lo suficientemente narcisista como para hacer una amalgama con tu mente, cargándola con el peso de sus profundidades. Con efectos parecidos en tu cartera, el caso de hoteles y pensioni es casi el mismo. Después de una estancia de dos semanas –incluso en temporada baja- terminas tan arruinado y desprendido como un monje budista. A cierta edad y embarcado en cierta línea de trabajo, el desprendimiento es algo positivo, por no decir imperativo.

Hoy, por supuesto, todo esto ya no se puede ni pensar, ya que los muy listos cierran a cal y canto las dos terceras partes del estos pequeños establecimientos durante el invierno; y la tercera parte restante mantiene durante todo el año esas tarifas que te crujen. Si tienes suerte, puede que encuentres un apartamento, aunque, por supuesto, éste se presenta con el gusto personal del propietario en materia de cuadros, sillas, cortinas, y dota a tu rostro, reflejado en el espejo del cuarto de baño, de un aire de ilegalidad; en resumen, de eso de lo que precisamente te querías desembarazar: de tí mismo. Aún así, el invierno es una estación abstracta; sus colores son tenues, incluso en Italia, y sólo con el frío y la breve luz del día son intensos. Estas cosas entrenan a la vista en el exterior con mucha más intensidad de la que te permite una bombilla eléctrica sobre tus propios rasgos durante la noche. Si esta estación no calma tus nervios precisamente, sí los subordina a tus instintos; la belleza a bajas temperatura es belleza."

miércoles, 4 de mayo de 2011

El alma equina de la moto tragaperras


Hoy me he entretenido viendo a un niño subido en uno de esos aparatos que simulan ser un coche o un caballo, de esos que le echas una moneda y se ponen a balancearse para divertir (o distraer) al niño en cuestión, y que siempre están colocados a la puerta de algún bar o alguna tienda sin que se sepa muy bien la razón. El niño que vi hoy subido en un chisme de esos (una motocicleta) encontró en mí al único cómplice del terrible miedo que le asaltó (a mí también, lo reconozco,  pero menos). Mientras estaba apoyado en la acera de enfrente y para distraerme miraba absorto a la gente pasar, reparé en aquel niño pidiéndole a su madre que le dejase subir en aquella moto descolorida, par y tuerta. La madre del niño lo subió, introdujo la moneda y dejó al niño solo mientras entraba a probarse unos zapatos en una zapatería con algo de ballena que mantiene su porte mohicano como orgullosa resistencia frente a la invasión mandarina mientras se llena de polvo y su mercancía ajada vuelve a estar de moda. Cuando la motocicleta comenzó a moverse (a balancearse hacia atrás y hacia delante de manera un tanto brusca) el ruido que acompañaba a ese balanceo no era el ruido de una motocicleta sino el trote de un caballo, lo cual nos dibujó una sonrisa tanto al niño como a mí; sin embargo, cuando aquella moto triste y desbocada comenzó a relinchar como una loca, la sorpresa del niño fue tal que comenzó a llorar, deseando salir corriendo despavorido ante ese despiadado pliegue de la realidad. Cuando salió su madre y le abroncó histéricamente, el niño siguió llorando, pero cambió el tono del llanto, sus ojos brillaron sin vuelta atrás, buscó algo con la mirada y me encontró a mí, apoyado en la esquina, aburrido y temeroso (y esperando la llegada de Popota y de Voland surgiendo como por arte de magia tras un portal), supongo que buscando una respuesta que ni yo, ni nadie, nunca podrá darle.

domingo, 1 de mayo de 2011

20.000 leguas de viaje submarino. Julio Verne. Qué es una perla.


"Ned Land y Consejo se sentaron en el diván, y el canadiense dijo:
-Señor profesor, principie por hacerme el favor de saber decirme lo que es una perla.
-Querido Ned Land -respondí-, para un poeta la perla es una lágrima del mar; para los orientales, es una gota de rocío solificada; para las damas, es una joya en forma oblonga, de brillo opalino, de materia nacarada que llevan en el dedo, en el cuello o en las orejas; para el químico es una mezcla de fósforo y de carbonato de cal con un poco de gelatina y, por último, para los naturalistas, es una simple secrección enfermiza del órgano que produce el nácar en ciertas conchas."

20.000 leguas de viaje subamarino. Julio Verne.



Para eso sirve subrayar los libros, para, después de estar un rato frente a la estantería, coger uno, abrirlo y pasar sus hojas como los gansters contando un fajo de billetes, reparar el algo que señalaste, sonriendo como un bobo por la grandiosidad del traductor, "principie por hacerme el favor de saber decirme lo que es una perla", cuyo nombre no sé (y la Editorial Antalbe no tenía la costumbre de ponerlo) y ver que lo releiste el 21/09/99 (hay un billete de tren en las últimas páginas que lo atestigua). Y no sólo vuelves a leerlo (mi novela preferida de Verne) sino que rescatas películas del gran Karel Zeman


sábado, 30 de abril de 2011

Reflexiones con una plancha en la mano. I

¿Leer o escribir? That's the question. Puedo parecer un Hamlet iletrado, pero no. Últimamente me siento a escribir con la intención de pensar, aunque la más de las veces simplemente cojo al vuelo algo y si tengo a mano el ordenador, escribo gracias a eso. A veces no hago nada, me siento y me pregunto qué cojones puedo decir y acabo leyendo blogs, o la web de Rafa Basa, o acabo en el foro del Azkena (insuperable aún “un disco un gif”), o videos de laca y spandex o simplemente de dudosa moralidad .


No dispongo de mucho tiempo libre estas semanas, y eso era algo que la librería sí tenía de bueno, esos paréntesis temporales en los que podía escribir sin sentirme culpable (ahora que lo pienso, me da menos rabia que me corten mientras escribo que mientras leo). Últimamente ando más escaso de tiempo, la búsqueda de trabajo es lo que tiene. Hace tres días hice un examen para auxiliar de biblioteca que si bien no creo haber suspendido, tampoco espero sacar una notaza, la que necesitaría para optar al puesto sin problemas. El examen no era difícil en absoluto (50 preguntas tipo test, y los fallos restaban aciertos) pero casi una decena de preguntas sobre cultura autóctona de las que no tenía ni repajolera idea (salvo las relacionadas con García Pavón y Plinio) y el hecho de dudar de perogrulladas tramposas, me cohibieron de atreverme a cagarla. Y antes de ayer rellené una serie de impresos en una asociación que se dedica a colaborar con discapacitados para optar a puestos de gasolinera, guarda nocturno, conductor de autobús de ancianos y varios puestos similares. No estoy para sutilezas y la necesidad apremia (y ahoga pero bien), así que ayer también  estuve en ello. Pero después de la torre de plancha (que he dejado a medias y que aún espera mi vuelta) me he sentado con la excusa de “a ver si escribo algo” que la creo con más entidad que “voy a ver si leo algo”. Ayer tocó Linda Loveland y no pude ir; tampoco es que llore por las esquinas pero no me hubiese venido mal un concierto de un bellezón garajero teutón acompañada del gran Rudi Protrudi. Para olvidarme de ello me he puesto mientras planchaba a Sydney Bechet a todo trapo. Llevo planchando desde que mi padre me sentaba al lado de la cabina de vapor y sin sacarme el chupete de la boca le daba a los botones mientras sudaba la gota gorda. Con los años planchar me relaja, a veces lo digo y suena a boutade metrosexual lastimera de tunante sinvergüenza, pero es cierto, y sobre todo me relaja si puedo poner música a todo volumen y acabo marcando el ritmo con el vapor de la plancha al unísono con la música de manera inconsciente. No soy puntilloso en eso, lo mismo me da Carlos Cano (la Habana es Cadí con más negritos, Cadi es la Habana con más salero, y las mangas sin raya, por favor) que Bambino (ahí está la paré que separa tu vida y la mía pero no hay blusa con volantes que se resista) que Marah (my Heart is the bomb of the street y del vuelo de tu falda) que los Maiden (run to the hills, run for your ropa interior) que Zappa (ponme Peaches in Regalia y podré soportar mi odio a las sábanas) que Wayne Shorter (Juju merece un monumento, punto) que todos juntos uno detrás de otro. Jean Renoir decía que el arte no es un oficio, sino la forma en la que se ejerce un oficio, entonces me temo que soy un artista de la plancha, no remunerado, eso sí, pero jovial y resultón como ninguno hasta que las varices se me ponen como chistorrillas y he de dejar el arte por una ducha de agua fría que nada tiene de sexual. Pero hoy me he aburrido pronto; es lo malo de no parar de darle vueltas a las cosas y a la falta de laburo, que la atención no se consigue mantener mucho rato en una sola actividad. Una vez consensuado conmigo mismo un momento de recogimiento, mi santa ha comprendido sin que yo tuviera que decirle nada, se ha ido con su hija a jugar al baloncesto y yo, mientras me preparaba un té, pensaba dirimir la duda existencial de leer o escribir. Salta a la vista cuál ha sido el veredicto. Y ha sido éste, porque al ir a ver qué libro cogía me he dado cuenta (por fin) de la cantidad de libros que he ido dejando a medias estos últimos meses. Se salvaron Bolaño y Block, que los terminé, y ahora me sorprendo y me alegro de haberlos terminado, pero la herencia que arrastro de la decadencia librera es mucha. "Dublinesca", "Los huesos de Descartes", "Helena o el mar del verano", "El bandido doblemente armado", "Memorias de un librero pornógrafo", "El fondo del cielo", "Por qué nos gustan las mujeres", el último de Menéndez Salmón que ahora no recuerdo cómo se llama, "Dogs Soldiers", "Hotel DF" y paro de contar que me está entrando el yuyu (y no precisamente en el sentido de Shorter). Por qué soy así, me pregunto…

Foto Ralf Pascual


Nunca he llevado un diario de lecturas, de hecho hasta hace unos meses no había reparado en dicho concepto, cuando leí en el blog o en el formspring de Patricio Pron que él leva uno. El concepto es claro, pero yo nunca había reparado en él. Y me sentí un poco tonto. Apelé a la excusa de mi natural desastre habitual, pero desde ese momento es una idea que a menudo rumio, si debería llevar un diario de lecturas y cómo debería ser. ¿Se apuntan los libros que se van leyendo con su fecha de inicio y fin o también se añade un comentario?  Con apuntar los que empiezo ya sería bastante ayuda para poner diques al caos que me hostiga. La idea me pareció genial, pero a la vez me sentí torpe por no haberla pensado nunca y haber terminado como he terminado, con libros a medias por todos sitios de la casa para desespero de mi santa. Lo más parecido que he hecho ha sido cuando en una agenda escolar apunté las fechas de grabación de los discos de jazz que me iba comprando y la revisaba para escuchar el disco que correspondía a ese día, pero eso fue a finales de los noventa, cuando me cansé de la escena grunge, del nu-metal y del brit-pop y me tiré por los cerros de Úbeda dedicándome por fin en exclusiva a  la síncopa, el swing y la jerga hipster haciendo las delicias de las tiendas de vinilo de segunda mano y cd´s del sello Black Lion y Blue Note. Me gustaría encontrar de nuevo esa agenda. 

Al final me siento, escribo, pierdo el tiempo, y de camino de vuelta de calentar agua para beberme otro té, cojo un nuevo libro de la estantería del salón, que empiezo para no pensar si borro todo esto. Odio la angustia de los lunes al sol por mucha planchaplacebo que me espere para intentar relajarme.

jueves, 21 de abril de 2011

El ladrón que leía a Spinoza. Sobre Lawrence Block y no saber quién soy

Al dejar de ser librero perdí la voz, quiero decir que perdí al “personaje” desde el que, cual ventrílocuo, me escudaba y enfrentaba a las cosas que quería contar aquí, como un sombrerero loco adicto a los ansiolíticos y a los libros que con la excusa de estar tras un mostrador despachando palabras, contaba cosas. Una vez dejado el atrezzo de dicho personaje no he sabido encarar este diario digital sin preguntarme quién soy yo ahora. “El caimán sincopado” fue el nombre de un programa semanal que en la radio local tuve durante varios años. Lo saqué de un texto de Boris Vian, creo recordar que del “Manual de Saint Germain des Pres” o algún artículo de prensa, pero a la hora de documentarme no lo he encontrado entre mis papeles, en el cual diferenciaba entre trogloditas y caimanes al hablar de chalados que poblaban los clubes de tan mitológico barrio parisino que iban allí atraídos por la música jazz. Trogloditas eran los que bailaban poseídos frente al grupo y los caimanes eran los que se quedaban embobados escuchando, bebiendo cócteles extraños y comiendo cruasanes hasta el amanecer. El adjetivo sincopado vino solo. En su momento me pareció un título cojonudo para un programa de música; pensando cómo titular el nuevo blog, me acordé y lo rescaté viendo la sequía imaginativa en la que ando sumido pero, como dije antes, al no ser ya librero me encontré sin red a la hora de escribir. Supongo que una vez perdido el personaje de librero sólo me quedaba calzarme el de caimán, pero aún no sé quién es ni cómo es dicho caimán. El locutor de aquel programa de radio se hacía llamar el profesor Moriarty, verborréica mezcla entre el malvado archienemigo de Sherlock Holmes y el prota del libro de Keouac que lo mismo pinchaba a Ben Webster tras leer algo de Roberto Arlt que hacía un monográfico sobre Black Sabbath leyendo fragmentos de Safo. Ahora entiendo que no escuchase casi nadie el programa. Si he tardado en escribir una nueva entrada ha sido por eso, básicamente. Contar barrabasadas pensando que eres otro, o casi otro, es cómodo, lo sé, y es la excusa perfecta para no responsabilizarme de afirmaciones aduciendo la patente de corso de la literatura, aunque esta excusa sea tan endeble como la coartada de Phil Spector en el juicio por asesinato que terminó dando con sus huesos en la cárcel. Escribir como si fuese el librero que me hubiera gustado ser me permitía mantener el blog sin muchos quebraderos de cabeza pero ¿y ahora? 



En esas he estado, dándole vueltas a la cabeza mientras dejaba en barbecho el blog un tiempo relativamente corto pero a la vez muy largo para mis humos. Hasta que apareció la casualidad. No sé nada de la casualidad, sólo recuerdo fragmentos de cosas que me pasan y los junto esperando algo, un sentido, un empujón o una puerta que abrir. En uno de esos espacios temporales que le robo a las obligaciones diarias apareció Lawrence Block. ¿Que quién es Lawrence Block? Un escritor, claro. Un escritor que no está de moda, un escritor olvidado por el mundo editorial español, un escritor de novela negra que hoy por hoy sólo descubren aquellos que miran los viejos libros de las estanterías de sus padres si estos alguna vez compraron novela negra, los que se alimentan de ediciones baratas en casetas de segunda mano o los que pasean por los pasillos de las bibliotecas públicas como adictos en plena desintoxicación que por hacerse los valientes se van al barrio de los dealers y cuando se quieren dar cuenta están aspirando un chino en una esquina. ¿Qué dónde estaba yo? Pues teniendo en cuenta que la colección bibliográfica de mis padres siempre ha sido tan escasa como aburrida, y que en Manzanares no hay casetas de libros usados, pues estaba en la biblioteca pública.



Siempre que subo las escaleras miro sin ver las estanterías camino de la sala de lectura, dispuesto a estudiar enconadamente para convertirme de una vez en un hombre de provecho aunque hace tiempo que tengo asumido que soy el hombre desaprovechado que hoy por hoy no me queda más remedio que aceptar que, al igual que yo, somos casi todos los de mi generación. Mi cabeza reparó en que mis ojos habían leído un título, “El ladrón que leía a Spinoza”, de pasada… Eh, me dije… Espera… Volví sobre mis pasos y lo vi, una edición de bolsillo amarillenta y ajada escrita por un tal Lawrence Block. Un libro que comprobé había sido prestado 6 veces en 16 años (es una manía que tengo, mirar las veces que han sido prestados los libros que me gustan; 18-11-97, 27-11-97, 12-12-97, 25-12-97 (supongo que las cuatro de un lector muy muy perezoso), 3-2-98, 25-2-98 y después la nada...). Leí la sinopsis trasera: Un ladrón de guante blanco, Bernie Rhodenbarr, librero de profesión y ladrón  a sueldo como “segundo trabajo” con el que redondear sus paupérrimos ingresos, se ve envuelto en un turbio asunto de coleccionismo numismático mientras le suceden todo tipo de perrerías y lee a Spinoza… Joder… Librero, ladrón, Spinoza… Pavlov hubiera sonreído si hubiese visto cómo se ponían a segregar mis glándulas salivales… Irresistible…Lo abro al azar y leo: (pág 30) “Dios sabe que no me enorgullezco de robar. Tendría un concepto más elevado de mí mismo si me ganara la vida en Barnegat Books. Nunca cubro los gastos con la librería, pero tal vez pudiera conseguirlo si me tomase la molestia de aprender a ser mejor empresario. El señor Litzauer pudo mantenerse durante años gracias a la librería antes de jubilarse, vendérmela a mí y trasladarse a San Petersburgo. Yo también debería mantenerme gracias a ella. Al fin y al cabo no vivo a cuerpo de rey. No me chuto caballo ni esnifo coca ni ando por ahí con la gente guapa. Tampoco me asocio con delincuentes conocidos como tiene el buen gusto de decirlo la junta que decide la concesión de la libertad condicional. No me gustan los delincuentes. No me gusta serlo yo. Pero me encanta robar.” Escalofríos, como rayos recorriendo mi espalda, uno tras otro… Priapismo cerebral seguido de un bombeo tímido directo a mi entrepierna… Me aguanté la risa como pude, esa carcajada trágica típica de los personajes de Aristófanes cuando se descubren a manos de los caprichos de los dioses. Miré a un lado y a otro buscando la sombra esquiva de ese dios de segunda B que se empeña en putearme. Saqué mi carné y me acerqué al mostrador como un autómata dispuesto a llevarme prestado ese libro. Leticia, la superbibliotecaria, me dijo que acababa de poner esa pequeña selección de novela negra ahí para ver si se movía algún que otro librito. Casi me arrodillo ante ella, lo juro. Antes de ponerme a estudiar para optar a un puesto en la bolsa de auxiliar de biblioteca en un pueblo cercano donde nos presentamos muchos, quizá demasiados, me conecté a Internet para buscar información sobre Lawrence Block. Comprobé que soy un ignorante, me avergoncé de mi abandonado oficio y leí que Block es un prolífico escritor de novela negra, que sus libros se dividen en bloques dependiendo del personaje principal, carismáticos perdedores todos ellos, gloriosos sosías herederos de la época dorada del género, y que Hollywood incluso ha adaptado alguna de sus obras (link wikipedia). Cuando por deformación miré lo que hay editado de él se me quedó cara de bobo. Nada… O casi nada, porque un libro disponible en RBA es como la nada más absoluta. ¿Señales para que pierda el miedo a leer en inglés de una vez y haga un pedido a Amazon junto con varios discos que quiero tener físicamente? ¿Señales de un modo de vida que se acaba, el del escritor de novela negra que teclea frenéticamente su Olivetti mientras entorna los ojos por las volutas de humo de un eterno pitillo aferrado a sus resecos labios e ignora las cartas de apremio del banco que el cartero le mete por debajo de la puerta, del escritor del que pasan todos los editores del mundo? ¿Nuevas señales para arruinarme otra vez convirtiéndome en editor de novelas pulp? 

No sé quién soy, no sé quién seré, no sé qué personaje me adoptará como narrador en este miserable blog, pero espero que la tragicomedia en la que vivo no me siga dejando que me acomode y me confíe. Al menos el libro es una delicia, tampoco voy a decir que es una maravilla, pero te hace pasar un muy buen rato, es chisposo, frenético, resabiado, comienza y se desarrolla como una película filmada por Lumet con guión de Woody Allen con NY como telón de fondo, y, aunque la penúltima escena es típica, es decir, el ladrón detective Chadleriano junta a todos y desvela quién, cómo, porqué y dónde ocurrieron los delitos, acaba con un par de guiños magníficos, cínicos y complacientes, abiertos a la manera de Simenon, que te hacen cerrar el libro con una sonrisa a lo Cagney y unas ganas de afrontar lo que queda del día a lo Bogart. Releo el principio de nuevo, me miro el dedo gordo del pie y sonrío:
     
      1.      A las cinco y media dejé el libro que estaba leyendo y empecé a echar a los clientes de la tienda. El libro era de Robert B. Parker, y su héroe era un detective privado llamado Spencer que compensaba el hecho de no tener nombre de pila comportándose con un insensato despliegue de actividad física. Cada dos capítulos te enterabas de que estaba haciendo footing por Boston, levantando pesas o buscando algún modo de sufrir un infarto o una hernia. Por el mero hecho de leer su historia ya empezaba a sentirme agotado.
Mis clientes no tardaron en marcharse; uno de ellos se detuvo a comprar un libro de poesía que yo había estado hojeando, pero el resto se evaporó como una delgada capa de escarcha en una mañana soleada. Metí en la tienda el mostrador de ofertas (“Todos los libros a cuarenta centavos. Tres por un dólar”), apagué las luces, salí, cerré la puerta, eché la llave, corrí las rejas plegables que protegían la entrada y las ventanas, les eche el cerrojo y dejé Barnegat Books preparada para la noche.
Mi librería estaba cerrada. Había llegado la hora de poner manos a la obra.”
Lawrence Block. “El ladrón que leía a Spinoza”

lunes, 4 de abril de 2011

Roberto Bolaño. Los sinsabores del verdadero policía

No recuerdo haber leído nunca nada preguntándome tantas cosas a la vez, difrutando tanto y siendo a la vez tan indulgente como con "Los sinsabores del verdadero policía". No recuerdo haber leído nunca nada con un sentimiento tan culposo, tan obsceno, tan de lector rapiña, tan voyeur como con el último libro que de Bolaño ha publicado Anagrama. ¿Es una novela? Por supuesto, a pesar de estar incabada y a pesar de lo que se empeñen en decir algunos críticos ¿Es buena? Para mí sí, es decir, si alguien me hiciese semejante pregunta y yo me sintiese con el arrojo suficiente para contestar algo, diría que sí, luego me entraría el pudor infinito y soltaría, es buena, pero primero dime comparada con qué o cuál, esto es, escurriría el bulto y me escondería para seguir leyéndola. ¿Está justificada su publicación? Para los saqueadores de tumbas, para los níveos seres kafkianos que quieren saberlo todo, sí, pero no dejo de pensar que Bolaño en su puñetera vida hubiese aceptado editarla. ¿Es buena? Comparada con el 90% de lo que se edita como novela hoy en día, sin duda. Con "El Tercer Reich" aún no me he atrevido (el pudor y el sentimiento de culpa, de hacer algo inmoral incluso, me puede, pero supongo que tarde o temprano la leeré), pero una conversación con mi lector preferido me empujó a ello. ¿Me arrepiento? En absoluto, y eso que voy por la página 146, pero de lo que sí me arrepiento es de las 15 o dieciséis líneas que llevo escritas, justificación paupérrima para copiar lo que me ha hecho, de nuevo, pintarrajear el libro, señalarlo, subrayarlo, releerlo y sentirme culpablemente dichoso otra vez...

Roberto Bolaño. Los sinsabores del verdadero policía. Ed. Anagrama, 2011. pág 146.



"¿Y qué fue lo que aprendieron los alumnos de Amalfitano? Aprendieron a recitar en voz alta. Memorizaron los dos o tres poemas que más amaban para recordarlos y recitarlos en los momentos oportunos: funerales, bodas, soledades. Comprendieron que un libro era un laberinto y un desierto. Que lo más importante del mundo era leer y viajar, tal vez la misma cosa, sin detenerse nunca. Que al cabo de las lecturas los escritores salían del alma de las piedras, que era donde vivían después de muertos, y se instalaban en el alma de los lectores como en una prisión mullida, pero que después esa prisión se ensanchaba o explotaba. Que todo sistema de escritura es una traición. Que la poesía verdadera vive en el abismo y la desdicha y que cerca de su casa pasa el camino real de los actos gratuitos, de la elegancia de los ojos y de la suerte de Marcabrú. Que la principal enseñanza de la literatura era la valentía, una valentía rara, como un pozo de piedra en medio de un paisaje lacustre, una valentía semejante a un torbellino y un espejo. Que no era más cómodo leer que escribir. Que leyendo se aprendía a dudar y a recordar. Que la memoria era el amor."


Y acabar recomendando un blog soberbio: http://joseangelgonzalez.net/bolano_dodge_murakami/

miércoles, 30 de marzo de 2011

Se acabó La Pecera

Se acabó. Es tarde mientras escribo esto. Nunca se debe escribir “se acabó” demasiado tarde. Nuevos hábitos, nuevas rutinas, nuevos flamantes minutos donde acaparar toda la rabia y toda la esperanza. Se acabó, y es algo que no está mal. Se acabó la aventura; por lo menos hubo aventura; se acabó el sueño cuando estaba a punto de convertirse en pesadilla, aunque tampoco fuese siempre un sueño plácido. No estoy haciendo balance. Aún es pronto. 

Sólo quería escribir esto, se acabó. No escribo conectado, es decir, estoy tecleando sabiendo que esto lo colgaré en otro momento. Dí de baja el teléfono de la tienda y ya no ha habido, ni habrá, más mañanas perdidas escribiendo por escribir en el blog, de momento. La casualidad, y la mudanza, han hecho que pase esta noche en la pecera, arriba, en una habitación casi vacía, despojada de las cosas que creo que necesito cerca, guardadas ahora en bolsas y cajas; se ven las grietas como crueles cicatrices bajando por las cuatro paredes; una cama (la cama fakir), un flexo roto, unos zapatos viejos, alguna bolsa con cosas de última hora, de esas que uno no sabe dónde guardar, ni por qué, ni para qué las guarda. Le debo estas líneas a la tienda. El zumbido de un asmático calefactor de aire marca el ritmo, hace fresco, o al menos yo tengo frío, debe ser el vacío y las noches traicioneras de la primavera. No hay nada que decir de la tienda, ya está todo dicho, y ahí está para curiosos y masoquistas las pocas entradas que he salvado de la quema, las pocas que no me he llevado a otro lugar, y que se quedarán aquí testimonialmente. Que la librería siga en marcha aplaca los dolores de cabeza que sufrí, las cuentas que salieron mal; como si el coche que con tanto ahínco trataste de personalizar lo vendieses de segunda mano por problemas de solvencia,  por un cambio de residencia, por un peso que necesitas quitarte, por un ansia de salir y seguir hacia delante, o por todo ello y por nada de eso a la vez, por alguien a quien seguir y por ti a quien salvar, porque la vida se reinventa y uno necesita seguir creyendo que tenemos algo que ver en nuestras decisiones y que ni el guión está del todo escrito ni aún tiene un final previsible y aburrido. Una de las visitas más reconfortantes que he tenido antes de cerrar fue el viernes pasado; alguien a quien ya no esperaba, una clienta habitual, una amiga fugaz, una conocida íntima, vino tarde y quiso comprar por última vez en La Pecera. Es joven, preciosa y se le adivina un talento que debe dejar salir. Me dijo que de algún modo me veía como la muestra de que las cosas cambian, que cambiamos, que no pasa nada por reinventarse las veces que haga falta, que no hay vocaciones inamovibles que acaban por esclavizarnos si nosotros no queremos. Algo así dijo, no sé si la lírica barata me deja decirlo bien.

Ahora toca cambiar otra vez. Estos días han estado llenos de papeleo, bajas de autónomo, altas en el paro, peticiones de vida laboral, trabajadoras del servicio de empleo intentando comprender cómo rellenar mi demanda de empleo, cómo poner las cosas que digo haber hecho y saber, o estar dispuesto a hacer; días de inútiles instancias escritas como cartas a los reyes magos, días de sentir la librería lejana, pequeña, sin importancia, días de seguir yendo a la piscina a nadar porque cada brazada me marca hasta donde sigue llegando mi cuerpo, principio y fin de todas y cada una de mis reconversiones. Pinté la pecera, monté sus estanterías, la llené de libros, la dejé empolvarse, coqueta y soberbia, la barrí, la malcrié y la descuidé, la mantuve a flote cuando el agua me llegaba al cuello, pero ya está, se acabó, la vendí. La malvendí por cuatro duros, con lo que al menos podré pagar alguna de las deudas que he ido acumulando, aunque intento que eso no me obsesione demasiado. He hecho muchas cosas aquí dentro, incluso escribí una novela en ella y, en parte, sobre ella; de nada sirvió, acabó en una carpeta en el escritorio de este ordenador portátil e impresa en una carpeta en un cajón. Pero eso ya lo sabía, si me molestó algo fue mi ingenuidad al creer que con eso podía cambiar mi suerte, que soy algo más que mis ingresos y mis gastos y mis impuestos y mis achaques, pero la verdad es que, realmente, suerte, en el fondo, he tenido mucha; que quiera estabilidad no significa que quiera más, sólo quiero tiempo para mí y mis lecturas, mi melomanía, mi indignación y mis ganas de querer a quien me quiere, no quiero más; por tener, tengo libros sin leer al menos para un par de años, y tres o cuatro ideas para creerme capacitado para volver a intentar contar algo por escrito. Me despido de la tienda con un brindis al sol, con una carrera por el bosque con los grilletes rotos por un cortafríos oxidado, tirando mi traje a rayas entre la maleza, marchándome lejos de algo que quizá debería haber sido mi oasis pero que se acabó convirtiendo casi en mi prisión. Se acabó. Ahí se queda la librería. Me importa tanto que no me afecta qué pueda ser de ella; o quizá me importa tan poco que no creo que vuelva a desear querer entrar en ella. Si aún alguien sigue ahí, recuerde el rancio consejo que puede dar alguien que tuvo un oficio también claramente rancio y en recesión: no dejen de leer, libros; no dejen de perderse por cualquier lugar con un libro de papel en los bolsillos o en la maleta...
Visto lo visto, creo que sólo puedo terminar escuchando y viendo esto...
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