martes, 5 de junio de 2012

Libros, lectoras, libreros. Fantasmas agridulces


No sé por qué publico esto, tampoco sé por qué he tardado tanto en hacerlo. El día antes de que yo entregase las llaves de mi librería a otra persona, al mail de la Pecera llegó esta carta. A menudo la leo, sobre todo cuando maldigo haber tenido la idea de abrir una librería, que suele coincidir con los días que aparece alguna deuda, o está a punto de venirme otra letra del préstamo que pedí para abrirla. Cada vez que oigo la palabra "emprendedor", me da la risa floja, me miro en el espejo o en un cristal que haya cerca y pueda verme, y me digo "estúpido". Me parece curioso que la última noche que dormí en la librería alguien escribiese esto y se tomase la molestia de mandármelo. Sé que tener una librería mereció la pena; puedo maldecir millones de veces la consecuencias nefastas que me ha traído, pero mereció la pena; por muchas cosas, y  también por ésta. Mientras yo escribía esto otro, alguien escribía una carta a un librero. Hablo de mí en tercera persona, lo hago para no pensar en si está bien o no publicar esto. Ha sido un día duro. Necesito pensar que hay salida, necesito pensar que no fue en balde.


"No recuerdo bien si el primer libro que compré en su Pecera fue El Principito o fue Seda. En cualquier caso los dos son libros muy importantes para mí. El primero lo compré para regalarlo a alguien que hace años que no veo. El segundo lo compré para mí, pero cometí el error de regalarlo, sí, regalé mi ejemplar subrayado, mi ejemplar con el pico de la página 111 doblado… lo que quería transmitir con ese regalo estaba en la historia de Seda pero no en las páginas vírgenes de un libro recién comprado, pensé que si regalaba las páginas maltratadas por mi lectura, todos aquellos sentimientos inundarían la habitación del receptor al abrirlo, como si fuera un tesoro. El receptor, en lugar de correr a su cama, taparse con una manta y estremecerse, estaba demasiado ocupado para leer un librito que como objeto apenas sirve de pisapapeles. Creo que voy a tardar mucho tiempo en encontrar a alguien que valore esto. No he vuelto a comprarme Seda, una vez lo saqué de la biblioteca, pero ese libro tantas veces leído por otros… como en un burdel… con otros libros no me pasa pero no pude ponerme a leer a gusto, así que lo devolví. Quiero volver a tener Seda en mi mesilla de noche pero inevitablemente me acuerdo del otro ejemplar…
No sé por qué le cuento todo esto, ni por qué le llamo de usted. He visto que traspasa La Pecera y aunque supongo que será por cosas del negocio, no quiero que sienta que en Manzanares nadie valora ese rincón tan especial que ha creado. Sé que este pueblo es muy desagradecido…
Siempre he estado muy perdida, cuando cerró Díaz- Pinés compré libros acríticamente, recuerdo que aún llevaba el uniforme del colegio, y algunos ahí los tengo. Nunca he sabido qué leer, mis amigos no leen. Tropiezo con los libros y ya está.
Quería decirle que su tienda es como un santuario, cuando voy me gustaría quedarme un rato ojeando los libros, leyendo los pequeños recortes que hay pegados en un lado y en otro, pero a veces siento que estoy profanando el espacio, me da vergüenza y me voy. Le hablé a mi mejor amiga del sitio, me pedía que la llevara, como quien hace turismo en la India, y quiere ver cómo las vacas pueden ser sagradas, mientras que en otros lugares las espantamos tocando el claxon en un camino rural.
Me gustan las cosas que conoce poca gente, pequeños tesoros que sólo unos pocos valoran, y aunque sé que eso no hace caja, y sé que es egoísta, me gusta sentir que su lugar es así, un pequeño lugar fetiche en un pueblo que nunca saca rosas de mi boca. No sé si sabe a qué sensación me refiero… He comprobado que cuando amas cosas pequeñas que nadie conoce, que nadie valora, y de pronto llega Colón y las descubre, la gente no las trata con cariño, no mete sus vinilos en sus fundas, o cantan letras en el botellón, cuando tú hace unos meses llorabas con ellas en tu habitación a oscuras. Y allí te quedas, observando el horrible espectáculo sin hacer nada, como si estuvieran violando a una virgen.
Seguramente no he sido su mejor cliente pero le escribo esto porque si estuviera en su lugar me gustaría que si alguien pensara así, me dijera estas cosas.
Un beso."

lunes, 4 de junio de 2012

El rostro de Irina Belokoneva. Una portada.

¿Cómo era el rostro de Irina Belokoneva? Nunca fui capaz de verlo. Creí verlo en una película de Milos Forman de 1968. O igual no era de Forman. ¿"Loves of a Blonde" es de él? Creo que sí. "Lásky jedné plavovlásky". Recuerdo que Milos Forman abandonó Checoslovaquia y dejó allí a su mujer y sus dos hijos. Ella no quiso irse con él. Ella era bellísima. Vera Kresadlová. Unos ojos para hundirse y no querer regresar jamás a Ítaca. Nada de esto tiene que ver con Irina. La Luna como una Ítaca inalcanzable. Tal vez éste tampoco sea su rostro. ¿Será el rostro de una actriz haciéndose pasar por Irina? ¿Y quién querría ser Irina? Nadie, imagino.
Esta será una de las portadas de "La muñeca rusa"...







jueves, 31 de mayo de 2012

Ingravidez


Se me acabaron los planes. Incluso tenía algo preparado para escribir y resulta que lo he perdido. Pablo y yo estamos solos en casa. Él duerme. Yo no. Para acentuar el tono fantasmal del silencio de la casa, he tapado el zumbido del frigorífico poniendo un disco de Chet Baker. Tecleo descalzo. Voy elegante como siempre intento ir, pero estoy descalzo, no soporto llevar zapatos en casa. Fiel a mi dispersión, esto va sobre nada. He empezado “Los ingrávidos” de Valeria Luiselli. Anoche me quedé dormido leyéndolo, sentado en la terraza. Era la una de la mañana, no era culpa del libro. Al revés. Me gusta. De hecho necesitaba una lectura así. Vaporosa y fragmentaria, bonita y evocadora, cruel y real, colofón de un día dinamitado que sólo salvó la sonrisa que encontré al llegar a casa. Me queda muy poco para terminar con las correcciones finales sobre las galeradas de "La muñeca rusa". No es algo pesado, pero al hacerlo sin posibilidad de continuidad (¿una hora, media? imposible) se está eternizando. Ya está todo en marcha. Concretar la portada, corregir sobre la maqueta las erratas y mandar el satélite a la imprenta. De los conocidos que se sentirán kantianamante abocados a comprarme un ejemplar, no puedo aventurar un número. Por otro lado, tengo contabilizados 16 pedidos en firme de excéntricos, esto es, de gente que no tengo el gusto de conocer pero que lee esto. Eso ya de por sí es una victoria en una guerra que me está minando a marchas forzadas. A veces me entran ganas de soltar un sonoro, liberador y brutal grito a la manera del Living Theater o de un Glenn Danzig con dolor de muelas o, mejor, de una cabreada Yoko incapaz de recordar dónde dejó las bolas chinas. ¿Al final? Al final acaba Chet y pongo un disco de Jackson Browne mientras veo dormir a un bebé. Así soy yo, insondablemente ridículo.


Esperaré a la noche para volver a salir a leer a cielo abierto el libro de Luiselli. El consejo del día es sencillo, y como todos los consejos que puedo dar, parte del que parten todos, del primigenio e irrefutable, “el español siempre piensa bien, pero tarde”: Si nunca has trabajado en una Biblioteca pública, no pierdas el tiempo, ni un minuto siquiera, en prepararte un examen para cubrir una plaza en cualquier biblioteca, al menos de la zona de la Mancha. Están cerrando bibliotecas y echando gente de muchos pueblos, por lo que siempre habrá alguien que, aunque haga un peor examen que el tuyo, quedará por encima de ti en el concurso de méritos. Lee, pasea, ofrécete como animal de compañía, métete a fondo en la discografía de Frank Zappa, sacarás más y, lo que es mejor, no te sentirás una puta mierda, si acaso un mierdecilla, pero con eso se puede capear, con lo otro, no, con sentirte una puta mierda, no. Si eres como yo, del género tonto, y estudias, y quedas entre los 8 primeros, y resulta que de esos, sólo tu no has trabajado en bibliotecas (oficialmente), entonces te sentirás derrotadamente ridículo cuando hagas lo que hagas quedes relegado al final de la lista. Da lo mismo para lo que sea el concurso oposición, cambien biblioteca por "limpieza de mobilialio urbano", "educador de adultos en universidad popular", "auxiliar administrativo"… será igual de ridículo y perderán el tiempo estúpidamente. ¿En eso consiste la llamada "generación perdida", en llegar tarde todo o llegar con mal pie? No pierdan el tiempo en oposiciones, en serio; si nunca han trabajado para el puesto que oferten, ni lo intenten, déjenlo (salvo que sean personas con suerte y confíen en ella, que nunca se sabe si esa bolsa de trabajo de la que formarán parte se moverá hasta llegar a ustedes, pero si la suerte es para ustedes una falacia burguesa), hagan algo menos frustrante y positivo con sus vidas, vale desde la revolución hasta cuidar de su hijo, pero no estudiar componentes químicos utilizados en la limpieza de fachadas ni la CDU, ni mecánica de vehículos; eso no. Una vez dicho esto, tal vez sea conveniente un segundo consejo: Quiten cosas de su currículum, y más si tienen estudios superiores, si no lo hacen tendrán que responder surrealistas y vejatorias preguntas cuando les entrevisten para reponer leche en un carrefour, llevar un coche fúnebre o convertirse en mozo de almacén de una tienda de bricolaje; háganse los locos o invéntense una enfermedad para rellenar ese espacio temporal, pero quiten su licenciatura o su master. Y quéjense, formar parte de un colectivo de más de cinco millones no les inhabilita para contar su caída a los infiernos o su travesía por el desierto. Así es la vida, Caperucita, y así la está contando el señor lobo…
 

jueves, 24 de mayo de 2012

Injusticia contra el Capitán Contreras

- Como hay Dios que se han de pagar mejor mis servicios....

- ¿Pero a dónde va vuestra merced?

- A lavar mi honra, o a cenar con San Pedro...

(Desde hoy, al menos una de las frases se verá usada con asiduidad por mi merced)




Y uno de los mejores diálogos de la historia...



martes, 22 de mayo de 2012

Samizdat. Por qué voy a autopublicarme, cap. 3

A veces hablo con mi amigos de abrir una editorial. Sabemos que es como proponer abrir un templo dedicado a Ceres, instaurar un club de esgrima o hacer el Charlie Runkel en despachos privados, esto es, reconforta, pero es inútil.
He encontrado el camino del medio. Samizdat
Samizdat (auto-publicado, en ruso самиздат) era una práctica en tiempos de la Unión Soviética destinada a evitar la censura impuesta por los gobiernos de los partidos comunistas en los países del Bloque oriental. Mediante esta práctica, individuos y grupos de personas copiaban y distribuían clandestinamente libros y otros bienes culturales que habían sido proscritos por el gobierno. La idea era hacer unas pocas copias cada vez y que cada persona que tuviese acceso a un medio de copiado hiciera más copias.
El término fue acuñado por analogía con los nombres de editoriales soviéticas, como Politizdat (abreviatura de Politicheskoe izdatelstvo, Политиздат, Государственное издательство политической литературы, Editorial Estatal de Literatura Política), Detizdat (literatura para niños), etc.



Etimológicamente, la palabra "samizdat" se compone de "sam" (сам, "a sí mismo") e "izdat" (издательство, izdatel'stvo, "editor"). En esencia, las copias de texto samizdat, como la novela de Mijaíl Bulgakov "El Maestro y Margarita", pasaban de una persona a otra como en una suerte de biblioteca clandestina ambulante. Las técnicas utilizadas para reimprimir literatura y propaganda incluían el uso del papel de calco, tanto a mano como con máquina de escribir y la impresión de libros en imprentas semiprofesionales. Antes de la Glasnost, esta práctica era peligrosa, ya que tanto copiadoras, como imprentas e incluso máquinas de escribir de las oficinas estaban de un modo u otro bajo el control del KGB. En Polonia, la República Checa, Eslovaquia y Hungría durante las décadas de 1970 y 1980, varios libros (a veces de más de 500 páginas) fueron impresos en cantidades que llegaron a exceder los 12.000 ejemplares. Hrabal, nuestro opositor a los estalinistas, no sé si desde la derecha o desde la izquierda, promovió toda su obra por este método.

En un correo de un amigo, leo: "Como la editorial samizdat ya existe, entonces yo propongo La Internacional Samizdat. Besos. Loïc"
En un libro de Fresán que estoy releyendo estos días, veo: "No recuerdo quién dijo que los libros nunca se terminan sino que, simplemente, se publican. En cualquier caso -sea quien haya sido- tenía toda la razón del mundo y del universo: difícil determinar el final de la escritura y -para bien o para mal- las fechas del editor o la fatiga de materiales del autor obligan, sí, a gemir o aullar un The End, y a otra cosa. Y, de ser posible, seguir el consejo del siempre sabio y atendible Bob Dylan: "Don´t look back"..." Jardines de Kensington.

Al no tener editor ni posibilidad, la cosa resulta curiosa en el caso de la novela de Milos Meisner. Posiblemente, la escritura sea la única manifestación "artística" (sean benévolos por una vez y admitan al capitán Cousteau como animal acuático...) en la que está peor vista la autoedición, tal vez porque presupone una arrogancia al que viene siendo el llamado "autor" que, por lo que sea, molesta. La música (ese referente vital para unos pocos) hace tiempo que se sacudió el polvo de ese prejuicio. Cualquiera puede fundar una pequeña discográfica y sacar su música y la de quien quiera. Bien es cierto que es inmediatamente más disfrutable que (en el caso que nos ocupa) la escritura, ocupación ésta que, afortunadamente, necesita de una suspensión del tiempo más o menos importante (¿por eso ponen música de fondo en los grandes almacenes y no a un tío leyendo "Crimen y castigo"?). Y si la música se disfruta "antes", se la puede enjuiciar "antes". Con el teatro igual, 4 pueden fundar una compañía y montar una obra. Una película, lo mismo. Que pintas o haces fotos, buscas un sitio donde exponer y listo. En todos los casos no podrás evitar que alguien te mire condescendientemente, pero en el caso de la narrativa, las miradas se multiplicaran. Lo sé porque lo he hecho. Cuando era librero, era entrar alguien ofreciéndome dejar sus libros autopublicados en depósito en la librería y algo dentro de mí se ponía en guardia. Nunca dije que no a nadie, pero reconozco que pocas veces leí algo sin reservas, o al menos sin las reservas con las que abro un libro "editado". Toda esta cháchara de diván de psicoanalista viene a lo que viene. En los primeros años de la Revolución Rusa, existió en Moscú una librería llamada "librería de los escritores"; allí se juntaban escritores que vendían sus ejemplares mecanografiados o copiados editados por ellos mismos. Duró poco, como duran estas cosas donde la verdadera libertad campa a sus anchas (Ed. Sexto piso. La librería de los Escritores).
Realmente este post debería haberse terminado tras la cita de Fresán. Todo lo demás hasta ahora ha sido lloriquear un poco, las cosas como son. Estoy revisando la maqueta que me ha enviado Iván. Ya queda menos. No será un samizdat, pues nadie me ha censurado, pero algo de eso tendrá, solo aspiro a que lean la historia de Milos unos pocos. Podría colgar la novela entera en un blog, darle la vuelta y publicar las entradas desde el último al primer capítulo, dejando el blog inactivo y hecho de un solo golpe, pero aún creo en el papel, en el libro, en eso que uno se lleva al váter o en la cestita de la bici, que uno abre sentado en una terraza al sol o bajo un árbol, en un metro atestado o en un bus de línea, y lo hace sin mirar la batería del libro, a lo sumo mirará el reloj para saber cuánto tiempo puede robarle al tiempo, pero sintiendo el tacto de algo vivo entre las manos, no plástico. A mí me gusta eso, y que lo haga alguien con un libro mío es algo que quiero vivir antes de palmarla, y para eso, como dice Fresán, hay que terminar de escribir y, sí, es cierto, para terminar un libro hay que publicarlo, en los cajones no hay novelas inéditas, hay novelas no terminadas... Si merecía la pena el esfuerzo, eso ya no puedo decirlo yo; a lo sumo puedo escudarme diciendo que hay millones de libros mejores, pero también alguno peor. Como dice mi amiga Amalia, "no cagándola, todo es cuestión de empatía".

martes, 15 de mayo de 2012

La muñeca rusa. Bocetos para su edición, I


En marcha desde lo más profundo del cutrerío artesanal.... Andrea lo ha captado a la primera...
Puede quedar bonito... No. Va a quedar bonito.
Andrea es un genio, aunque no es por eso que la quiero tanto. 
Iván se está quitando tiempo de sueño y ratos de estar con sus hijos para maquetarlo... Por algo es quien es en mi vida, pero con esto se está ganando que le deje en herencia mis discos y mi memorabilia de los Allman (no todo iba a ser bonito, Iván..., en ellos se esconde el secreto del tiempo, entre otras cosas..). Mercedes se está desdoblando (sufriéndome a la vez) corrigiendo repeticiones innecesarias, errores de estilo y atropellos varios de un diletante que a veces se fija demasiado en los árboles y no ve el bosque y otras sólo ve bosque y el lobo feroz se le lleva la merienda en un oximorón perfecto de ecos siberianos y relente bibliófilo (¿por qué Almería, un sitio que apenas conozco, se convierte en el centro de un laberinto que ni yo comprendo? Porque he acabado allí dos veces justo cuando pasaba por un momento de esos que llaman "trascendentales" en la vida de todo hijo de vecino, y que me hicieron acabar donde estoy ahora. Curiosamente, la primera en una gira de teatro que bien merece un libro, y otra en una gira roquera con la Vacazul que bien merece otro).
Lo que hay que hacer para demorar la llamada a la imprenta; tengo el miedo en el tuétano, me da que no me va a llegar el parné... ¿Cuántos kilos de sábanas sucias me tocará limpiar este año? ¿Cuantos kilos de autoestima cuando vuelva a pedir porque no me llega? Aún hay un ayuntamiento que me debe dinero de cuando era librero y servía libros a varias bibliotecas municipales de la ínclita y esperpéntica provincia ciudad-realeña. Va para 18 meses. El alcalde ya ni me coge el teléfono. No es mucho, pero es mío y me da para diez ejemplares. Yo contaba con eso para otra letra del préstamo (losa-tumba-pesadilla-de-mis-entretelas) y para echar a andar las máquinas con la historia de Milos Meisner, pero me temo que a lo sumo, como no me plante en la biblioteca de Carrizosa y me lleve los libros que les serví, no voy a conseguir nada. La muñeca rusa ha echado a andar, no hay vuelta atrás, o me hundo o me pierdo en las simas oceánicas... ¿Alguien está dispuesto a leerla?

viernes, 11 de mayo de 2012

De citas y empanadas literarias a la sombra del péndulo de Foucault

Soy un péndulo andante, una mecedora portátil a la que el primer motor le ha empujado y ahora no puede parar de balancearme. Inconscientemente acuno todo lo que cae en mis brazos. Cuando me doy cuenta, parezco un maternal oligofrénico. La culpa no es mía, claro. El cansancio y la falta de sueño tiene mucho que ver. Anoche me di cuenta que estaba acunando un libro. Era tarde y el bebé dormía en brazos de su madre. Se lo había pasado hacía un rato, pero cuando me di cuenta yo seguía con el vaivén oceánico sujetando en mi pecho "La educación de la chicas de Bohemia" de Michal Viewegh, mientras daba cabezadas al ritmo de las variaciones Goldberg del Ensemble de Uri Caine. Lo que parece un detalle cultureta no lo es tanto, lo mismo me hubiese dado que estuviese sonando, no sé, Queensryche o Gene Clark, que de hecho lo estuvieron unas horas antes, que yo hubiese estado con el efecto péndulo igualmente. De pie, sentado, recostado, andando, ahí estoy, como un satélite ptolemáico con demasiados epiciclo y deferentes como para levar una trayectoria curvilínea regular... En fin.
Mientras reescribía "La muñeca rusa", estudiaba para limpiador de mobiliario urbano (ha salido convocatoria nueva), cambiaba pañales, acunaba, planchaba e intentaba llevar una casa como una regia gobernanta, intentaba sacar un ratito para leer, vicio irrenunciable (no me tiren de la lengua...) que me he dado cuenta que (también) he de ordenar. Partiendo de ese hecho ineludible (que necesito orden) he de poner orden en las lecturas, porque he caído en la cuenta de que mi cabeza no puede procesar tantas lecturas simultaneas a la vez (si puede, pero no en el estado de inercia cuasizombil en la que me hallo). Mezclo nombres de personajes de los 8 (ocho) libros que he reparado que estoy leyendo a la vez. Como los tiempos de lectura varían entre cinco y quince minutos, me escabullo agarrando el primero que tengo a mano sin importarme cual es; leo varias páginas y vuelvo al pie del cañón. Luego me hago una imagen mental y veo que los "Diarios" de Tolstoi se mezclan con "El caso Tulayev" (tremenda crítica en el niño vampiro), que Kral no es un personaje de "Amor y basura" de Klima, sino de Viewegh, que "La armonía Celestial" de Esterhazy se me mezcla con la autobiografía de Mingus que estoy intentando releer en honor al grandísimo ser supremo que es Aitor y con las "Memorias de un librero pornógrafo" de Armand Coppens. El problema es más gordo de lo que parece, porque se me están empezando a mezclar también con libros que he ido terminando últimamente, como uno de Auster que no recuerdo cómo se llama (porque tengo a mano "Invisible" que caerá pronto como me despiste -en una de esas lecturas homenaje a Henry Miller de exilio intestinal básicamente-) y el de Houellebecq (inmenso). Con el de Little Richard no hay problema, lo leí unos días antes de que naciese Pablo y es tan grande que es impermeable a mi gazpacho mental de ahora.
Para colmo "mis personajes" han empezado a habitar también otros libros. No es arrogancia, es sueño, insisto; pero de todos modos es bonito ver que ubico a Milos Meisner en mitad de ese emocionante relato sobre el nefasto destino de un aviador checo voluntario de la segunda guerra mundial que tras huir a Polonia, se alistó en la aviación inglesa que, una vez acabada la guerra, resulta que es encarcelado por corrupción ideológica, del libro de Ladislav Mnacko "Invierno en Praga" (que también). No temo acabar como un don Quijote cualquiera, sencillamente porque eso hace muchísimo tiempo que ya me pasó y por lo mismo me la trae al fresco. Lo cual no quita para que, insisto, necesito orden.
De momento he cogido uno, y sólo uno, que no pienso soltar (y acunar) hasta que no lo acabe. "La educación de las chicas de Bohemia" de Michal Viewegh. Un profesor de instituto es contratado por un mafioso para que de clases de "escritura creativa" a su gótica y deprimidísima hija. Terrible y divertido a partes iguales. ¿Por qué éste? Simplemente porque fue el que llevaba en la mochila cuando acabé la semana pasada en urgencias, alertado y alarmado por un candoroso médico de cabecera que creyó ver un indicio de fuga en el aneurisma que, gracias a Thor, no fue tal, pero que me tuvo sentado en una sala de espera lo suficiente como para poder leer casi una hora seguida, sacándome de mí mismo y mi terror jovial un rato, mientras esperaba los resultados del scaner con contraste (en aneurisma está como estaba, pero los dibujitos de "érase una vez el cuerpo humano" que me pueblan, últimamente se portan...
 
Página 72/73 (extinta Editorial Metáfora) "en la buhardilla se había producido un solo cambio apreciable: olía a vino. Agucé la vista en la oscuridad: había una botella en la mesita de noche.  Beata no estaba cubierta más que por una sábana arrugada; por el momento no estaba del todo seguro pero me dio la impresión de que estaba desnuda. El edredón se había caído al suelo junto a la cama. Las dos cosas me ponían un tanto nervioso, de modo que preferí no encender la luz y me limité a retroceder imperceptiblemente en la silla giratoria hacia la biblioteca, como si los lomos de los libros, casi todo ellos bien conocidos, a los que ahora tocaba con las yemas de los dedos, fueran capaces de asegurar la conexión a tierra de toda aquella tensión mía. Estuve largo rato pensando cómo empezar, hasta que en vista de la ausencia de mejores ideas tuve que emplear la de Kral del día anterior: ¿Soy infeliz? Más bien no. Así que me limitaré a enseñar cómo lo hago:
Intento descubrir buenas señales (Doctorow).
Intento amar más a la vida que a su sentido (Dostoievski).
Intento extraer de los años que he vivido el sedimento de los hábitos y afectos que para mí puedo considerar característicos y duraderos, y a estos les dedico especial cuidado, para que mi vida, la que he elegido, me dé alegría (Proust).
Intento no perder el sentido del humor, porque sólo una broma nos puede reconciliar con lo grotesco de la vida (S. J. Lec) y porque mientras uno se pueda reír, está a salvo (K. Kesey).
Intento mantener ciertas reglas de juego, porque las reglas son lo único que tenemos (Golding).
Intento estar de acuerdo con todas las maneras de entender el mundo que conduzcan a la amabilidad (Simecka), y no intento leerlo todo y entenderlo todo, porque las carencias educativas también pueden ser una fuente de fuerza y serenidad (Italo Svevo), y más aún cuando todo lo que una persona necesita saber lo aprende en la guardería (Fulghum).
Intento quererme y trato de olvidar lo antes posible a qué partido han votado algunos de mis amigos.
Intento no comprar lotería y no apostar a la primitiva.
Intento beber para relajarme y no para destruirme.
Intento evitar los bailes y los grandes almacenes.
Intento no mirar mucho a mi alrededor cuando estoy en una sauna de hombre.
En la sala de espera del dentista prefiero que se cuenten chistes malos a que se hable de extracciones.
Y en la vida hago lo mismo.
Al final - como ya estaba lanzado - le revelé el truco más refinado para arrancar un torcito de felicidad: Sacrificarse, ceder. Si no te puedes salvar a tí mismo, trata de salvar a los demás.
La clave definitiva de lo segoistas más astutos.
Me bastaron menos de cuarenta minutos para dejarlo absolutamente todo resuelto con la ayuda de dos decenas de citas: el hundimiento de los valores tradicionales, el incremento de la enajenación, el consumismo, la crisis de la familia, la desaparición de Dios y la pérdida de la identidad; y aún me quedaron diez minutos para resumir y repetir. Fue una hora de clase ejemplar.
Estaba satisfecho conmigo mismo.
-Amén- dijo Beata.
Ya estaba bastante bebida y yo no hacía más que aburrirla repitiendo cosas sensatas (Saul Bellow)"

Pues eso, a intentarlo hasta que el cuerpo aguante...

jueves, 10 de mayo de 2012

Por qué voy a autoeditarme, cap. 2

Hace varios días terminé la revisión de "La muñeca rusa". Releída y (re)corregida ortográficamente, se la he enviado al maquetador jefe. La portada está en diseño...
He de llamar a la imprenta...
Elegir un nombre para "la editorial"...
Registrarla en CC (corren nuevos tiempos...)
Rediseñar el blog par albergar a la criatura y poder "recibir pedidos"...
Poner en orden mi día a día una vez abandonada la cueva (retomar el blog, crear plusvalía, atender al pequeño Pavel)...
¿De qué hablan Milos Meisner, Henry, Tristán Léglise, Pavel Sisak, Irina Belokoneva, Cyrano de Bergerac, Baikonur y Yuri Gagarin en una librería llamada "El Nautilus"...?

miércoles, 18 de abril de 2012

Amor, basura, Ivan Klíma, los rusos salvajes y otras sutilezas

Escribo por combatir la prescripción médica, entre tanta pastilla y tanta caída libre, escribir supone estar sentado un rato tranquilamente obviando casi todo pero sin dejar de mirar de reojo todo aquello que me encadena a mi Sísifo íntimo. Recapitulemos: vuelvo de dejar a la niña en el cole y en la radio dicen que Levon Helm tiene cáncer terminal; en mi cabeza resuenan los nombres de los cinco y tengo el impulso de parar el coche y abandonarme a las ganas de llorar que de golpe me han entrado. Ayer tuve una prueba para un trabajo, un examen para "operario de limpieza de mobiliario urbano". Éramos 42; no aprobó ninguno el teórico. ¿Qué pedían saber? Pues casi un ingeniero químico. Leí el examen y miré mi reflejo en el cristal de la ventana del aula y vi que no me parecía a Doc de "Regreso al futuro". Contesté lo que pude: ¿Silicio de aluminio para limpiar paredes de mármol? ¿Cuántas levas tiene un "árbol de levas" en un motor de cuatro cilindros? ¿Cuál es la presión idónea para quitar un graffiti con microcristales de agua? ¿Dicha presión es más efectiva a un metro y a 40 grados de inclinación? Mejor no digo el sueldo bruto... Convocatoria desierta.... A la hora... Había estudiado, claro, lo que había podido encontrar por ahí partiendo del escueto anexo de la convocatoria. A salir del examen me fui a tomar un pincho de tortilla y un café y a sentarme al sol a leer "Amor y Basura" de Ivan Klíma. Hay libros que salvan vidas. Es bueno no olvidar eso. Uno lee :"Ni yo mismo tengo claro qué es lo que me empujó a probar esta profesión tan poco atractiva. probablemente esperaba encontrar allí una nueva posición que me ofreciera una visión del mundo antes inadvertida. Uno constata repetidamente que, si de vez en cuando no observa el mundo y a su gente desde un lugar distinto al acostumbrado, se le van embotando los sentidos". Que nadie se llame a engaño. Es una cita tramposa de un comienzo tramposo. El protagonista del libro es un escritor que se ve convertido en barrendero por la censura estatal. Praga, 1970. La literatura como sublimación de un destino funesto. Meses antes, el protagonista deja su plaza en una universidad de estados unidos y decide volver. ¿Por qué, le preguntó el decano en la cena de despedida? "...yo lo único que quería era ser escritor y en mi país lo podía ser, mientras que allí, aunque siguiera paseándome en un Ford, no dejaría de ser uno más de los inmigrantes de los que se había compadecido una gran nación, añadí fanfarroneando. En realidad, lo que quería era volver a mi país, donde vivía gente que me era cercana, podía hablar con fluidez y escuchar mi lengua materna". ¿Y yo? Trabajo, una necesidad que del mismo modo me había llevado a hacer un entrevista el lunes para reponer "líquidos, sección lácteos" de un Carrefur soberbio. Me parece de mala educación (por no decir insultante) que te obliguen a dar una respuesta amable a la pregunta "¿cómo, con tu formación, quieres trabajar con nosotros?", o, "¿qué esperas de este puesto, es lo que buscas?" Tu puta madre, claro que no, pero es lo que hay... Lo peor no es ir a entrevistas así, pues ya tienes asumido que tu vida no es tu trabajo y que hay un bebé que alimentar y que si tienes que picar piedra, pues la picas; lo peor es contestar a ese tipo de preguntas y salir de allí dando por perdido un orgullo que hace tiempo dejaste tirado en una papelera dios sabe dónde. De todos modos, nada como la entrevista telefónica que tuve hace un par de meses para una funeraria. Contrato de media jornada, sueldo ínfimo, pero... disponibilidad permanente (ya se sabe, la Parca no suele avisar), "las horas que eches de más por lo días que no haya nada (esa Parca caprichosa...) Pues aún tuve que responder a un indignado dueño de funeraria porqué me parecía una tomadura de pelo, y amablemente además...

El caso es que yo visualizo, siempre que voy a lo que sea lo hago, y no me chirría lo que veo, pero ni con esas... Cuando comiencen las comuniones y las bodas, volveré a la lavandería de mi pater por eso de la limosna y no sentirme un inútil (capítulo aparte mi relación paternofilial)...

¿Por dónde iba? ¿Iba por algún lado?

Discos que me han dejado con la boca abierta... Howlin Rain y su The Russian Wilds, indescriptible, que sigan saliendo discos así hace que uno ame seguir vivo... Ver a Sofía Loren en "ayer, hoy, mañana". Posiblemente en ninguna otra película sale tan hermosa. Ayer la vi, y por un momento pugnó con Julie "Lara" Christie y Rita Hayworth en arrobar mi corazón. Diosdemividaydemicorazón... Yo miraba a mi bebé dormido bajo mi ala y pensaba "tendré que explicarle estas cosas, ¿no?". Más vale que su ideal platónico emocional sobre la belleza se vea encarnado en Sofía, Julie o Newman (él verá) que con cualquier fulana achonizada de moda o un maromo con rizos y tendencia al gorgorito joselinesco. Y lo mismo con todo... Dios, que me lío...

Escribo en un ordenador portátil aquejado de obsolencencia programada. Tampoco es tan viejo, nueve años. A mí me gusta, lleno de pegatinas en su tapa como un maleta abandonada en Venecia por Thomas Mann, y sus bordes descoloridos por apoyar los antebrazos al escribir... El informático me lo ha desauciado, pero no tengo para otro, de momento. Me acuerdo cuando me vi obligado a abandonar mi Smith Corona eléctrica porque el tío de la imprenta dejó de traer carretes de tinta. Y luego alguien se escandalizará porque siga diciendo que los ipad, lo reader o como coño se llame, esos aparatitos que van a revolucionar el leer y el escribir, me parecen el timo de la estampita. Evidentemente no son engendros del diablo, pero la Odisea se escribió (bueno, vale, alguien transcribió), se leyó o se escuchó a la luz de una hoguera... (algo, por cierto recomendable, leer una vez en la vida la Iliada en mitad del campo con tu tienda quechua al ladito de una hoguera (da igual si es la versión rimada o en prosa, tampoco nos vamos a poner quisquillosos, ni tampoco es imprescindible la túnica, ni un Pausanias algo salido dispuesto a darte un poco de propedéutica amatoria, con que tengas a mano una edición de la Iliada (versión rimada de Agustín García Calvo, editorial Lucerna, o la de Gredos de Emilio Crespo (merde, no era mal librero después de todo...) da igual...). El caso es que en lo que llevo escrito esto, el ordenador se me ha bloqueado cuatro veces. Él es así, cuando quiere, se bloquea, como Rouco ante la visión de un peludo alemán vestido de cuero. Es difícil seguir un hilo entre reinicio y reinicio... Pero yo soy más terco y empeñado me hayo de acabar esto, salga lo que salga... La idea de meter un pen con fotos para coger alguna e ilustrar este pintón texto se torna suicida, como si el alemán peludo vestido de cuero osara acercarse por detrás de Rouco y soplarle cariñosamente en la nuca... así que, venga, terminemos pronto y a pelo (Rouco dixit). Entonces tampoco hablo de lo que supone reescribir una novela en estas enervantes condiciones...

Ivan Klíma, "Amor y basura", editorial Acantilado, página 9: "Raramente me encontraba en situaciones así; casi siempre vivía apremiado por la idea obsesiva de todo lo que debía alcanzar en la vida si quería escribir bien. Desde niño había anhelado ser escritor, y la escritura siempre me había parecido una profesión noble. Creía que el escritor tenía que ser sabio como un profeta, puro y excepcional como un santo, y hábil y atrevido como un equilibrista en un trapecio. Aunque ahora ya sé que las profesiones selectas no existen, y que la sabiduría, la pureza, la excepcionalidad, la valentía y la habilidad en una persona pueden parecer desvarío, impureza, ordinariez y futilidad en otra, esa antigua idea se instaló en mi conciencia y en mi subconsciente, y probablemente por ello me incomoda denominarme a mí mismo escritor. Cuando alguien me pregunta mi profesión, intento eludir la respuesta. Al fin y al cabo, ¿quién puede decir de sí mismo que es escritor? A lo sumo podrá decir: he escrito libros. En muchos momentos pienso que ni siquiera soy capaz de determinar con exactitud cuál es el objeto de mi trabajo, qué distingue la autentica literatura del mero inventario, que está al alcance de todos, incluso del que nunca ha ido a la escuela, donde podría haber aprendido a escribir."

jueves, 5 de abril de 2012

Por qué voy a autoeditarme... cap I

Pido prestado un ordenador en una casa ajena y, haciendo caso omiso al ruido que me rodea, intento dar señales de vida, como si a alguien le importase que el caimán, por muy sincopado que sea, de señales de vida. Además, tengo el ordenador estropeado en casa, un virus no me permite acceder a ninguna cuenta de correo y navega con demasiada agua entrando por la quilla. Hasta que no inventen el chip que permita colgar entradas vertidas directamente desde tu cerebro, será necesario seguir buscando un tiempo y un lugar en el que sentarse a escribir.  Estos días han ocurrido muchas cosas y las sensaciones que me han causado han pasado por el filtro semántico de ser traducidas y verbalizadas dentro de mi cabeza; y ahí se han quedado.


Uno: Notas a pie de página, criaturas pequeñas e indefensas puestas en mis brazos, círculos concéntricos, cordones umbilicales que hacen que todo se relativice y lo que es tuyo pase a ser de esa persona, que depende absolutamente de ti. ¿Quién soy yo? Sea lo que sea, a partir de ahora lo soy por él.

Dos: Recibir una nueva carta de rechazo de una novela ("la muñeca rusa") ha sido tomada como la excusa necesaria para no avergonzarme frente al espejo sin fin en el que ahora me miro. Una carta de rechazo, la 18 o la 19, que ha sido diferente a las anteriores y que ha dinamitado mi autoestima como siempre, pero... Los días anteriores a la llegada de dicha carta, me replanteaba varias cosas respecto a dicha novela. Todas giraban en torno a lo mismo; ser poco a poco más consciente de que estaba inconclusa, de que la había dado por terminada demasiado pronto. Uno busca inconscientemente las razones que justifiquen lo que consideras tu merecido fracaso, y la impaciente necesidad de salir al paso de algo que cambiara mi vida y mi suerte de manera radical, hicieron que pusiese la palabra fin demasiado pronto y mandase dicha novela a casi todas las editoriales posibles sin querer ver que "La muñeca rusa" era una novela fallida, no acabada, imperfecta en muchos de sus lugares y rematadamente necesitada de una mayor concreción y desarrollo. 18 rechazos no fueron suficientes para darme cuenta. Llevo diez años anteponiendo mi concepción de la escritura y de lo que escribo a una industria (la editorial) demasiado acostumbrada a pasar como un rodillo por encima de muchisima gente como yo (es decir, una gran masa mediocre y tiernamente heroica) mientras con sarcástica ironía vemos cómo esa misma industria burguesamente autoindulgente, saca a la luz muy a menudo a escritores de calaña infame con padrinos de clase agradecida. Quiero decir, no publicaba porque lo que escribía era, y es, una mierda, pero a la vez, la misma industria editorial te la razón para lamentarte de tu mala suerte y, sin saber por qué, sigues escribiendo. Algunos mejoran y dan la campanada con un concurso que les permita ver su obra publicada, pero ahí acaba la cosa. Otros ven cómo van dejando de escribir y la vida les cae encima, y allá cada cual cómo se las ingenie para seguir soñando. Y otros lo vuelven y vuelven a intentar hasta que un día mueren sin que nadie les diga realmente si eran buenos escritores o no. Esos son los fantasmas, de verdad, los espíritus tristes que pueblan los sueños de Poe que después de muertos siguen preguntándose dónde está la objetividad que les permita saber si su vida mereció la pena o no y escribieron al menos una página digna de ser escrita aunque a nadie le importase que así fuese...

¿Yo? No lo sé. Por escribir he escrito varias cosas, un libro de relatos, un par de novelas, hasta la historia de uno de esos tristes aspirantes al título; he abierto un blog, lo he vuelto a intentar mientras me despreciaba a mí mismo y  me he consolado pensando que el romanticismo de la literatura estaba en empeñarme en cruzar el muro de Berlín mientras me iba empobreciendo oyendo una canción de Bowie y me quedaba con la duda de no saber si sólo era un estúpido o un genio incomprendido. Pues ni una cosa ni otra. El responsable del servicio de Publicaciones de la diputación de Ciudad Real ha hecho que abra los ojos. ¿Cómo? Pues devolviéndome "La muñeca rusa" junto a una carta donde se me comunicaba que  la comisión calificadora que decide los manuscritos que la diputación va a editar este año desestimaba mi novela propuesta. ¿Qué hace a este rechazo distinto a los demás? Pues que mi novela se quedó en un cajón y no fue entregada a ninguna comisión. No tengo pruebas, tampoco las necesito. Él lo sabe. Yo lo sé y así me lo ha confirmado una persona que no comprometeré diciendo quién es. Es raro abrir las tres copias de un manuscrito rechazado comprobando que no ninguna ha sido abierta. Allá él. Conforme salí de la copisteria fueron mandadas por correo y se me han devuelto igual de vírgenes y crepitantes. Ha tenido que pasar esa nimiedad para que pueda dar el paso necesario. No ha bastado con concursos amañandos, con cartas tipo (un aspirante a paso pluma no necesita cartas tipo, necesita "sí" o "no" o "trabaja el juego de piernas" o "dejas al descubierto el rostro al bajar la derecha" o "eres un manta pero tienes un gancho que es la hostia"), tampoco necesita saber que ha tirado su dinero a la basura (fotocopias, espirales, correos) en envío a concursos repartidos de antemano, y por no necesitar, lo que menos necesita son silencios eternos de editores condescendientes. Creía que cualquier editorial era mil veces mejor y tenía más autoriad que yo. No es que ahora hay cambiado de opinión, es su trabajo y yo soy un diletante; lo que ha cambiado es que me da igual que lo sea o no, esa no es mi guerra ni yo me defino por ella. Me ha hecho falta un rechazo de mentira de un editor de mentira para que yo, en este momento de mi vida, lo vea, si es que lo que estoy viendo no es un delirio también... 

Casi lo agradezco. Quiero decir, yo ya había asumido que "La muñeca rusa" necesitaba una profunda revisión y reescritura; su rechazo casi ha sido un alivio ("competía" con 3 novelas más, esta es tierra de poetas, las opciones de tener por fin un sí eran mayores, sencillamente), lo que no quita que de vez en cuando me cabree al pensarlo. Pero el otro día, viendo a mi hijo de diez días dormir, me di cuenta de algo. "La muñeca rusa" necesitaba que yo estuviese a la altura y le metiese mano de verdad (o al menos hasta donde soy capaz), y que por mi parte, le iban a dar mucho por culo al mundo editorial; soy demasiado viejo para ser una estrella del rock y soy demasiado joven para sentirme un fracasado (miro atrás y veo un negocio que me ha arruinado, un corazón defectuoso, un puñado de manuscritos rechazados, una falta de trabajo desmoralizadora y cruel, una ineptitud social congénita... ¿sigo?). A la mierda. Que le den por culo una ristra de mandriles en celo al mundo editorial mientas entonan la marsellesa cien mil parias y cien mil zorras decapitan a cien mil políticos y a cien mil hijos de puta, yo incluido entre ellos (y que alguien que no sea yo decida dónde ponerme).

Llevo varios días reescribiendo la historia de Milos Meisner. Me queda aún mucho trabajo. Bowie me sonríe desde una esquina llena de basura mientras silba (corregido) y se coloca el paquete. ¿Qué haré cuando acabe? Cuando acabe, si es que no la acabo de joder y consigo que la historia de Irina Belokoneva y un triste librero enfermizo y complaciente sea contada como merece (o al menos me acerque bastante), la registraré, Andrea Hauer hará una portada (tan preciosa como el grabado que preside este blog), Iván Pérez la maquetará y Felipe Rojas la imprimirá; después me haré una cuenta en paypal y la enviaré a quien me la pida, viva en el lugar del mundo que viva, al precio de un paquete de pañales, y si alguien la quiere en ebook, por el precio de un potito se la enviaré al correo electrónico que desee. ¿Qué puede suponer eso? ¿12, 15 ejemplares? No estaré más arruinado de lo que ahora estoy, y el mundo, aunque siga igual de feo, tampoco será peor, creo.

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