jueves, 20 de octubre de 2011

Tom Waits' Private Listening Party... Escuchar "Bad as me" en el radiocasete de un coche junto a Tom...



Early reactions.... Con el sarcasmo y la ironía que le caracterizan, sabiendo que está por encima del bien y del mal y cachondeándose incluso de eso mismo, viendo este video puedes saber lo que le importan las opiniones vertidas en internet sobre Bad as me... y sobre que puedas escucharlo antes de que salga...
Ya no existe la privacidad, dice...  y lo explica a su manera...
¿Y si tu mujer estuviera embarazada y un amigo, o alguien que ni siquiera conoces, te llamará para decírtelo antes de que tú lo sepas? ¿Y si es tu cumpleaños y viene alguien y se come tu pastel, abre tus regalos y luego se va tan pancho?...
Bueno, si viniera Tom Waits a mi fiesta de cumpleaños...

 http://www.tomwaits.com/

Hoy he recibido un correo a mi mail donde se me da una contraseña para poder escuchar Bad as me en su página web... Tengo que sacar un rato... No será como se muestra al final de este genial video, pero seguro que merecerá la pena...




Casualmente hace un par de semanas volví a ver "El rey pescador" de Terry Gilliam; me acordé de lo que me impresionó cuando la vi el año de su estreno en el cine del pueblo que hace años cerró y entendí por qué me dio por obsesionarme con ciertas cosas a partir de ese momento (la culpa, la redención, la locura, el compromiso dado de palabra, Ramon Llull, El Grial como metáfora...) No entraré a cuestionar y/o ensalzar dicha película, me gustó muchísimo en su momento, y el otro día la volví a dirfrutar, con menos inocencia y menos esponjosidad que la primera vez, pero sí con la candidez de quien encuentra un viejo amigo, al que el tiempo quizá no ha tratado muy bien (y seguramente en su momento tampoco fuera tan bueno como tu creías) pero que, aún así, sigue siendo un buen tipo... (PD: imperdonable que en el último Ruta66, al hablar de la carrera como actor de Tom Waits no se cite su relación con Gilliam en ningún momento)


Si la gente mea en las librerías acabaremos en la anarquía social... Luz roja... No sigas adelante...

martes, 18 de octubre de 2011

Pequeñas epifanías de un sordo que se dice melómano. Dino Saluzzi

Sentarme a escribir un sábado, a teclear lo que sea, en la cocina (mi nuevo "estudio"), frente a un ramo de margaritas medio marchitas, con el café templado, la colada sin recoger y la boca sin lavar. Escuchando a Dino Saluzzi, porque hace doce horas no conocía a este músico y ahora estoy en la cocina escuchándolo, porque ayer estuve en casa de Teo escuchando música (ESCUCHANDO MÚSICA) y Teo rompió una de sus reglas de oro más férreas, dejar discos. Me dejó un disco, a mí, de Dino Saluzzi. Responsorium.

He de hacer dos aclaraciones (y las que te rondaré, morena): Escuchar música en casa de Teo es una experiencia sin parangón; y no exagero. No sé cómo definirlo mejor. Una habitación en una casa de pueblo, destinada única y exclusivamente a poder escuchar música. Un equipo inverosímil, dos torres de altavoces aparentemente modestas y, frente a ellas, una silla donde hundirse y morirse. Suena algo ahí y aparece todo ante tí, hasta el aire del estudio donde fue grabado. Y lo dice alguien que tiene tinitus y está medio sordo de un oído. Nunca había sentido la música así, con esa pulcritud y esa nitidez. Puso un montón de discos; ahora no recuerdo la mayoría, pero los apunté en la libreta para tener la excusa donde gastar mis futuribles y más que posibles paupérrimos ingresos (¿cómo sonaría ahí el disco que Rush que llevaba en la mochila? Vapor Trails nada menos. No me atreví a decirle nada). Discos de la compañía Winter and Winter; eso lo dice todo. Y va y me deja un disco de Dino Saluzzi. Ahora suena, pero no es lo mismo, claro que no. Para empezar el sonido que sale de mi modestísimo aparato (perdón) carece de espacio, no tiene profundidad ni matices, pero aún así, afortunadamente, la música que sale de ahí sigue atesorando toda la belleza intacta. Ayer pude escuchar cómo pulsaba las teclas de su bandoneón el señor Saluzzi, cómo se movían por el mástil de la guitarra los dedos de su hijo y cómo se mantenían hasta el infinito las sobrias notas de un contrabajo tocado por un tal Palle Danielson. Espacio... y tiempo... Incluso podría decir dónde estaba sentado cada uno durante la grabación... Y, repito, esto lo dice un tío medio sordo...
Yo no sé lo que es el silencio, y hace años que no me importa, sería estúpido por mi parte amargarme por ese constante zumbido en mi cabeza que, como mucho, cambia de frecuencia y se hace más grave o más agudo según sea el ruido del mundo. Seguramente por eso sea que siempre leo con música, siempre escribo con música, siempre me ducho con música, siempre tomo café con música, siempre desvisto mis hombros con mñusica, siempre cocino o hago las camas con música, al menos siempre que puedo. El zumbido es menos insoportable. Pero a decir verdad ya casi nunca reparo en él, lo mismo que en el perpetuo click de la válvula de mi corazón, ya pocas veces reparo en él, y cuando lo hago, sonrío al ver que sigue ahí, como un niño cuando se toca la cola en mitad de la decadencia de su fase fálica, sin darse cuenta pero a la vez reparando en que eso de ahí es suyo y se rige por otras leyes más allá de las de su voluntad. La verdad es que el click y el zumbido por sí solos harían una banda sonora de mi vida parecida a una peli de David Lynch, solo que sin la rareza de sus kafkianos guiones pero sí con su involuntaria inercia.
Pero hablaba de Dino Saluzzi, o eso parecía, y de dos tíos en paro con una pila considerable de años, obstinados en hacer el salmón y compartir cosas inútiles y, por fortuna (o al menos eso queremos creer), bellas. El mundo se cae a nuestro alrededor y nosotros nos empeñamos en sentarnos a escuchar cosas que hacen más soportable al mundo pero que no nos llenan la barriga ni nos pagan las facturas. Sólo fueron un par de horas, pero suficientes para volver a dudar y tener que tomar partido por escuchar como sea dentro de unos límites, o intentar que prime la calidad, no de lo que se oye (que se intenta que así sea) sino de cómo se oye. Como persona que ha perdido varias frecuencias de agudos y algunas menos de graves y que habla bajito porque sus oídos medio vacíos hacen de caja de resonancia y se oye muy alto a sí mismo, la cosa tiene fácil solución; lo cual no quita que, si se puede, no sepa disfrutar de un buen solomillo a las puertas del cielo (aunque luego me pase un par de días llorando por las esquinas cada vez que me tengo que comer una pechuguita a la plancha; aunque a decir verdad, la pena me dura poco, me acuerdo de Chaplin y de la quimera del oro cuando se zampa gustoso una bota y enchufo mi  radiocasete marca Berthen y subo el volumen de lo que toque, sea un bandoneón que supura nostalgia o una guitarrita que brama a las puertas del infienno, y gozo). A todo esto, ¿quién coño es Dino Saluzzi? Mi diletantismo en este asunto me hace mantener la boca cerrada. Buscad, si es que aún hay algún incauto leyendo todavía. ¿Te gusta Piazzola? (¿y a quién con un mínimo de sangre en el corazón no?) Pues eso... ECM Records GmbH, que los dioses os bendigan... Y lo mismo digo a las etapas de potencia de válvulas, a los cables de hilo trenzado de no sé qué, a los lectores de cd imposibles y a los amplificadores de madera de algo primos hermanos de Hall 9000... sois todos unos cabrones... Gracias, Teo. Cuando baje de la nube, escribiré un post menos incosistente.




domingo, 16 de octubre de 2011

Not to be taken away. El lunático Keith Moon

"La gente frecuentemente me dice: Keith, estás loco. Pues bien, quizás lo estoy, pero vivo mi vida y vivo todas mis fantasías (...) Afortunadamente estoy en una posición financiera que me lo permite. Cuando tienes dinero y haces el tipo de cosas que yo hago, la gente se ríe y dice que eres un excéntrico... que es una forma educada de decir que estás loco de remate, y cuando no tienes dinero se expresan claramente y dicen que estás loco. Y la verdad es que no preocupa, si siento la necesidad de hacer algo, voy y lo hago." Keith Moon, 1978.



Esta es una de mis portadas favoritas, siempre lo ha sido. Tal vez no sea su mejor trabajo (por dios....) pero tiene varias de mis canciones favoritas de los who ("Had enought", "905", "Guitar and Pen" y sí, esa... -cómo no amarla-) y cuando se trataba de tirar de emoción y de impulsar la máquina, seguían siendo únicos. El disco salió el 18 de agosto del 78 en el Reino Unido y el 25 en el resto del mundo. El 23 de agosto Keith Moon cumplió 32 años, y murió el 7 de septiembre. Su decadencia física fue brutal, y sus demonios imposibles. La idea para la portada fue de Pete, mostrando al grupo tras la maraña de cables y amplificadores. Pete tiene cara de cansado, tal vez demasiado; Keith apareció de esa guisa (jockey diletante, algo fondón y peligroso) para la sesión; también estaba cansado, pero tanto tiempo disimulando hacía que pareciese que estaba bien. Fue el propio Keith el que pidió una silla para sentarse, el tratamento con sedantes para controlar el síndrome de abstinencia en su lucha por dejar el alcohol le tenía bastante echo polvo (lo cual se puso de manifiesto en la grabación del disco, pero en vez de decirlo, optó por beber a escondidas tras algunas tomas especialmente duras - me remito al pirata "you are who"-). En la silla pone "Not to be taken away". Algo así como "No llevar", pero en educada flema inglesa. A Pete se le quedó grabado ese detalle macabro, en una entrevista lo leí (para buscar entre los popus antiguos estoy...). No es sólo por eso por lo que es una de mis portadas favoritas, claro, pero siempre que la veo me acuerdo.




"Un día estaba en la habitación de Keith y le dije, «¿Puedo usar tu cagadero?» Él sonrío y dijo: «Claro». Fui allí y no había baño, sólo una especie de curva en S, y pensé «Cristo, ¿que pasó?» Él dijo, «Bueno era una bomba cereza a punto de estallar en mi mano y la tiré por el inodoro para evitar que explotara». Así que le dije, «¿Son tan poderosas?» y el dijo, «Sí, ¡es increible!». Así que le dije, «¿Cuantas de ellas has conseguido?» con el miedo en mis ojos. Él se rio y dijo, «Quinientas», y abrió una caja llena hasta el tope con ellas. Y por supuesto, desde ese momento nos echaron de todos los hoteles en que hemos estado."
Pete Townshend, del libro Amazing Journey: The Life of Pete Townshend por Mark Wikerson


 
La entrada de Keith en la wikipedia es algo a tener en cuenta... No estoy para documentarme y hacer un refrito aparente...
http://es.wikipedia.org/wiki/Keith_Moon

domingo, 9 de octubre de 2011

Too old to rock'n'roll... too young to die... Variaciones sobre un tema de Jethro Tull en clave George Perec


Tener trece años y escuchar esta canción, "Too old to rock'n'roll, too young to die", y sentirte viejo y a la vez con ganas de comerte el mundo, o al menos el mundo que conocías, es decir, cuatro calles. Y sonreír, claro, ante uno de los estribillos más naif de Ian Anderson, más Monty Phyton, más fáciles y hondos, como un péndulo dentro de tu cabeza, como un submarino amarillo siniestro y desolador que, como una nana, te dice qué te deparará el futuro. Trece años, lo recuerdo bien, 1987, y recuerdo esa portada amarilla donde Ian Anderson te hace un corte de mangas. Recuerdo la carpeta del vinilo doble, con un cómic extraño dentro, recuerdo la sucesión de canciones, recuerdo que "Salamander" me dejó boquiabierto. Recuerdo que a quien quise comprarle ese disco no quiso vendérmelo, pero me lo dejó un par de semanas. Recuerdo que lo grabé en una cinta original de zarzuela que afané a mi abuelo por el método de pegarle un trozo de fixo en la ranuras y que hace años perdí. Recuerdo que el dueño de aquel vinilo me llamaba "heavy de pastel" para joderme, y si se lo devolví fue porque todos los días me lo pedía, él, que iba de duro rocker y no quería amigos proto-melenudos, y mucho menos uno que llevara camisetas de los Maiden y Helloween. Recuerdo que luego descubrí que el disco era de su hermano mayor y que ese rocker tan duro realmente era un fraude. Recuerdo que después de escuchar ese disco yo sólo quería escuchar a Jethro Tull, pero sólo pude hacerlo unos meses después cuando conseguí que alguien que frecuentaba el bar el Complot pero que no recuerdo su nombre me grabara en cinta "Stand up", "Aqualung" y "Benefit", en unas TDK de 60 minutos cuyas carátulas tuneé como pude con recortables del catálogo del discoplay. Es extraño contar esas cosas en esta era de "todo al alcance de un click", y no lo digo con acritud, simplemente me parece un sentimiento dificil de explicarle a alguien que sólo conozca "esto".
Recuerdo comprar un libro de estilo seco y malo de cojones de la editorial Júcar que todavía tengo y que a veces releo con el mismo sentimiento de "la puta, qué mal escrito está, ¿no?", pero era la biblia de los Jethro (el único libro en castellano que había de ellos) y al final venían las letras de varias canciones traducidas... 

Recuerdo varios años después robar el vinilo de Aqualung a un pijo redomado madrileño cuyo padre tenía dos copias sin sentirme culpable. Luego descubrí que era porque tenía la edición censurada española y la "normal"; me sentí fatal y devolví aquel disco sin que, por fortuna, nadie se diese cuenta. Recuerdo comprarlo al fin en una tienda de segunda mano. Recuerdo follar una noche de julio del 97 mientras sonaba "My god" en un radiocasete en una playa. Recuerdo comprar "Thick as a brick" en formato periódico en 1996 por cien pesetas un domingo por la mañana en un bar cerca de la Filmoteca que aún olía a tabaco húmedo y resaca donde estaban vendiendo cosas que habían sido de alguien que acababa de morir de sida. Recuerdo ir en el instituto de viaje a Italia y escaparme en Florencia a una tienda de discos diez minutos a comprar "This was" (y el Physical Grafitti de los Zep). Salto lustros de alante a atrás y pierdo la brújula y el sentido de la decencia. Siempre se es demasiado viejo o a la vez demasiado joven para algo... Demasiado joven para seguir haciendo memoria... demasiado viejo para olvidar gilipolleces...

"Too old to rock'n'roll; too young to die" no aparece como una de las obras cumbre del grupo de Anderson. Y entiendo el porqué, pero me da igual. Ian Anderson, Sir Martin "Lancelot" Barre y toda su cuadrilla de hippies britanicos, folkies rockeros y extravagantes, siempre me han parecido un tesoro extraño, entre otras cosas (talento aparte) porque creo que no ha habido otro grupo que se haya reído tanto de ellos mismos y de todo a la vez y, a la vez, se hayan tomado tan en serio su música y lo que eran capaces de crear, por eso que defina esta canción como su canción más Monty Python, algo así como la cara B del hipotético single "always look on the bright side of life". Aún eran jóvenes cuando grabaron este disco, Ian anderson tenía veintinueve; cuando yo los conocí ellos tenían diez años más y yo casi seguía siendo un niño, un niño al que le gustaba tararear "now he's too old, old, old, to rock'n'roll, oll, oll... but he is too young to die..." como si fuese un mantra irónico y acogedor. Hay cosas que se corresponden indefectiblemente a una etapa cronológica de la vida de las personas, al menos eso dicen las personas de bien, pero no estoy muy seguro, sobre todo porque si fuese así, negaría la fina ironía socarrona de la canción de los Tull. Debería quitar lo de "indefectiblemente"... Recuerdo a los Jethro, y a mí escuchándolos con fruición, al igual que otras muchas cosas, pero me sigue resultando extraño recordar que fue con esta canción que los descubrí... y que aquí siga, resonando en mi cabeza de vez en cuando, haciéndome sentir lo mismo cada vez...




 

si no lo tienes y quieres saber más...
si quieres saber algo curioso...
si tienes ganas de leer

martes, 4 de octubre de 2011

Translucent Blues, Ray Manzarek y Roy Rogers. Un blues translúcido se torna glorioso azul sincopado.



El gran fumeta blanco, el pasota lleno de sabiduría hippie, el inmenso sardónico de sonrisa malévola y ese algo especial que pocos atesoran, y no, no estoy hablando de Sir Paul o de David Crosby, estoy hablando del segundón de los otros tres, del pomo de la puerta, del guardián de Mr Mojo, del gran arquitecto de la música de los Doors, posiblemente la única persona en el mundo que sabe realmente si Jim sigue vivo o no; estoy hablando de Ray Manzarek, que acaba de ofrecer un disco firmado con Roy Rogers y que es una jodida maravilla. Siempre me gustó Ray, musical y vitálmente, la verdad es que siempre me gustaron los cuatro Doors, es más, tal vez debería decir los seis, Bruce Botnick y Paul Rothchild, siete, con el bajista de estudio… pero para simplificar el mundo me quedaré con los cuatro jinetes del apocalipsis californiano.

Roy Rogers es conocido sobre todo por haber sido guitarrista de John Lee Hooker. Junto a Ray, en 2008, grabaron “Ballands before the rain”, un trabajo acústico e instrumental que se debe paladear despacio, en el camino si se puede elegir hacerlo en el trayecto de un lugar a otro, como la banda sonora de un road movie polvorienta y secundaria. En este nuevo trabajo conjunto, Ray despliega su sabiduría, que no es poca, y entrega un disco con letras muy elaboradas, como si quisiera ajustar cuentas, lleno de poesía y sonoridades conscientemente herederas de Hooker y the Doors (de los Doors de L.A. Woman y Morrison Hotel sobre todo). Hay esfuerzo por parte de Ray de preservar el sonido de su banda originaria, por eso digo que parece un ajuste de cuentas, guante al aire que intentó recoger como hubiera debido en el disco post Morrison de The Doors, “Other voices” (que a mí me gusta…) pero que no pudo ser por la ausencia del gran jinete dionisíaco (el estrambote final de “Full circle” no lo cuento, y el grandioso patinazo, “The mosquito”, no cuela ni como broma macabra). La herencia de the Doors parece que quedó cerrada con llave de plata con “An american prayer”, dignísimo tributo que las tres piezas del marco rindieron al vitriólico Jimbo al desempolvar la cinta magnetofónica en la que Morrison dejó grabada su voz antes de darse el piro a París. En 1974 salió su primer disco firmado con su nombre, “The Golden Scarab”, presentando a un Ray lisérgico y sin vergüenza (ajena) viajando del cielo al infierno en  poco más de sesenta minutos. La temática egipcia, con el tiempo, puede ser un lastre a la hora de disfrutar de un disco altamente reivindicable con composiciones brillantes y arrebatadoras como "Downbound Train" o "Bicentennial Blues" (la odisea espacial de “The Whole Thing Started With Rock and Roll & Now It's Out Of Control” al año siguiente es tan bizarra que me parece otra joya inmensa, incluso mayor que el escarabajo dorado)...


Ahora, a los 72 años coge y saca Translucent Blues. Los títulos de las canciones, Hurricane, River of Madness, Game of Skill, Fives and Ones, Kick, Tension, Blues in My Shoes, New Dodge City Blues, Greenhouse Blues, Those Hits Just Keep on Comin' y las dos instrumentales, As You Leave y An Organ, a Guitar and a Chicken Wing (una de Rogers otra de Manzarek). Por ejemplo, Game to skill” suena como un “Love her madly” revisitado, uniendo a las mil maravillas lo que el último disco de The Doors demostraba, que siempre fueron una banda de blues, una banda de blues única, transcendente y simpar. Y "Kick" es una mezcla de "The spy" y "Riders on the storm" con una letra que te deja noqueado. El resto de canciones siguen esa pauta, blues-rock moderno que llaman, blues-rock “de toda la vida”, blues con algo de jazz vacilón, excitante, mitológico, pétreo y vaporoso, del que te espolea y te impulsa hacia el precipicio con una gran sonrisa en la cara, cantos de sirena tatuada y epiléptica. George Brooks al saxo hace que te acuerdes de lo que pudo ser todo "The soft Parade" sin esos patinazos naif que tiene. Sin ser grandes cantantes, Roy y Ray se esfuerzan en las partes vocales, sabiendo que tienen joyas entre las manos, con unas letras maravillosas, y hacen, no sólo que el disco no se venga abajo ni flojee en ningún momento, sino que sobrevuele con primor. Slide, Groove, un sonido de teclado que ya forma parte de mis genes… Las dos últimas canciones instrumentales cierran el disco de manera extraña; hasta ahí incluso se podía ver un disco ideado a la manera de un vinilo, cinco canciones y cinco canciones (que la quinta sea la atmosférica "Kick" y la precedan cuatro pelotazos da pie a ello) y esas dos... vale, sí están bien, pero deslucen un tanto, quizá, por poner algun pero, aunque igual no. Que la composición final de Ray, un órgano, una guitarra y una ala de pollo, suene a guiri-banda costera en Ibiza terminando un bolo a las cinco de la mañana después de mucha sangría y mandanga de la buena, tal vez le reste medio punto en la nota final, pero aún así no baja de sobresaliente. Antes de eso, un sabio y desvergonzado abuelo Ray (joder, 72 castañas) levanta el polvo del camino que eligió transitar, uno largo y libre, contrario al corto y explosivo que recorrió Morrison, pero acaso el mismo, y me hace pensar lo mismo que pensé cuando le vi en concierto con los Doors del siglo 21 y Astbury al frente, si Ray Manzarek se lo pasa bien y disfruta y transmite ese joy of living de hippie resabiado, yo sólo puedo hacer lo mismo y dejarme llevar. Si suena tanto a The Doors, por qué no está Robbie ahí, puede preguntarse alguno; y tendrá razón, pero me temo que la sinergia musical entre Ray y Robbie no es, hoy por hoy, demasiada y, además, Manzarek necesitaba sentirse totalmente libre para afrontar este reto. Las brillantes letras firmadas por Jim Carroll, Warren Zevon, Noah James y Michael McClure así lo hacen ver… “Lo que Roy y yo hemos tejido en torno a sus palabras son canciones que no son los estándar de 12 compases, pero, de hecho, viven y respiran en el mundo oscuro y subterráneo... de los blues” se lee en la web de su sello (la mítica Blind Pig Records). Manzarek hace lo que sabe que mejor se le da, musicar letras magníficas, pero no simplemente musicarlas, poner música a unas letras con cierta cadencia, sino catalizar esas palabras, matizando, dándoles el beat, el ritmo, la fuerza, las pausas necesarias, es decir, lo que me encandiló de los Doors además de la nova suicida que fue Morrison, un complejo entramado musical que sonaba a rock pero que no era simplemente rock, algo que, sobre todo, sonaba vivo. A todo esto, ¿y Roy Rogers? Joder, genial...

 
¿Exagerado para un simple disco de blues-rock en el año 2011? Va a ser que no. A todos se nos abre el culo con lo último de Dylan o Gregg Allman, o con el de Mavis Staples o Tom Petty, y con razón, y por las mismas razones y por los mismos motivos, a mí me ha pasado también con este disco del bueno de Ray. Mientras The Doors sigue vendiendo un millón de discos al año en el mundo, en la vía de servicio aparece “Translucent blues”, que contiene una música que sólo se debe experimentar por sí mismo sin prejuicios  modernetes, y lo mejor a lo que cualquier melómano puede aspirar es darle una escucha limpia, como una buena película que realmente no esperabas ver, que ves por casualidad apoyado en el coche en mitad de una carretera secundaria mientras una caravana y varios carromatos instalan un extraño circo a tu lado. Cada vez que pienso en lo que hubiese disfrutado Jim Morrison cantando estas canciones, veo sonreir a Ray y sé que él también lo sabe; pero imaginar cómo hubiese sido tan pantagruélica pitanza musical es ya soñar demasiado, ¿no?


miércoles, 28 de septiembre de 2011

Wilco, The whole love, en Nikochan Island

Llevo días queriendo escribir algo, lo que sea, pero la total falta de tiempo, de tiempo necesario, me lo impide. Algo sobre música sobre todo, sobre el disco de Ray Manzarek y Roy Rogers, sobre el último de The Jayhawks, sobre las Lecciones de vértigo de Josele Santiago y sobre The whole love de Wilco. Corto y pego una entrada de un blog al que soy asiduo porque, ante la idea de escribir sobre Wilco y su último disco (y la pena de no haber podido conseguir entradas para su concierto en el Circo Price, va a ser la primera vez que vienen y yo no estoy allí...) no me veo con la capacidad, no ya de decir algo más, sino de decir algo siquiera después de leerla. Gran blog y gran reseña de la que subscribo casi todas las palabras, una por una.

Publicado el viernes 9 de septiembre de 2011 por Nikochan Island

"Deeper down" y "Sonny feeling"... Ese es el único botín que yo pude extraer, exiguo a más no poder, del ahora penúltimo y camellero disco de la banda de Tweedy. Y no veas lo que me escoció el asunto (aún hay días que me acuerdo y me tengo que sentar a media nalga). Wilco son, en esa categoría nunca reconocida pero que todos entendemos avezada a la justa proporción fama/calidad: la repanocha, la apuesta más firme y el caramelo al que más le dura el sabor si hablamos de bandas yanquis surgidas en el último par de décadas. Aquí el nene tiene, en dicho espacio de tiempo y lugar, en Pearl Jam su debilidad más marcada por temas generacionales (que, quieras que no, alcancé la mayoría de edad escuchando su tripleta inicial, es lógico) y también, claro, andan los Robinson al acecho (como terceros en discordia, si, pero pese a quien pese también).

Pero Wilco, sigamos, posteriores y emergidos desde las cenizas de los folk-countrescos Uncle Tupelo -como es tan sabido-, aparecieron en mi vida cual elefante en cacharrería con "summerteeth" y el anterior "being there" bajo el sobaco (el eternamente ninguneado y primero del grupo, "A.M.", lo descubrí a posteriori)... Imposible que no me dejaran huella, vaya. Qué de puta madre los dos, qué distintos entre si: uno folk-rock de altos vuelos y otro pop de cámara con mil guiños a los good old times... Imparable que decía aquél. Wilco llegaron para quedarse, sin duda (no veas lo anchos que después íbamos por la calle los que ya apostábamos por ellos como "banda a seguir seriamente " a finales del milenio pasado). Para más leña, por no poner cojones, después vino lo que vino (ya en los dos miles), en formato de tres elepés cuya fama y renombre no merecen mayor explicación por parte de (sospecho) el lector asiduo de este bloj. De verdad que me descojono bastante cuando el personal se lia en comparativas entre dichos álbumes... Sras/es: los tres son la repera al cubo y punto (la orfebrería impagable de "YHF", la encriptación -que tampoco es tanta- enrollada de "a ghost" o la lectura de Lennon según Tweedy en "sky"... todo es un maldito escándalo en cuanto a calidad... y qué canciones en cualquiera de ellos, joder). Todo el mundo adoraba a Wilco y su manera de proceder: los puristas tenían los evidentes ecos del pasado (y ponían, religiosamente, los discos de Wilco después de los de los Who en su discoteca particular), los amantes de superventas se hacían con "el disco del año" según la publicación soplapollil de turno (y lo ponían, sin vergüenza alguna, al lado de la última bosta de U2, Coldplay o Bon Jovi), y los gafapastas sonreían a su repelente manera con los "ruiditos" que también integraban de vez en cuando en su sonido (y ponían el disco al lado de "biorcs" y "radiojetos", entre demás "fieras del rocanrol")... Y en estas, cuando todo el mundo era feliz: argh, llegó el camello.

Con lo que llegamos al principio de la entrada y justo al momento antes de empezar a valorar, por mis partes, su continuación de inminente estreno dos años después de las jorobas: "The Whole Love" (2011). Ya de entrada... aviso, warning, cuidao: evitar primeras impresiones (propias o/y ajenas). Wilco no son una banda especialmente difícil pero si merecen un cierto "empape" previo (o, si se prefiere, no son los Ramones pero tampoco Zappa desatado en pleno arranque de jam lisérgica -por mentar de lo mejor de cada barrio-) y este TWL es, en resumen, un muy buen disco que, tras dos días de escuchas compulsivas, a mí ya me ha hecho olvidar casi del todo el chasco the "Wilco (the album)". Ahora iremos a cachos (trataré de ser breve) pero, para los impacientes que no quieran seguir leyendo: quuuué siiii, haceeeedme caaaso que el dijco esta muu bieeen, no hagáis el panooooli, que después tendréis que venir de aquí un tiempo con lo de "pues, ¿sabes qué?, he recuperado el disco este en serio y la verdad es que no está nada mal y...". Qué son los Wilco, joder, no os precipitéis. Dicho queda.

Y es que es fácil hacerse un lio con "todo el amor" en su inicio. "Art of almost" es extraña, si, pero de un modo harto cerebral... Da la impresión de vender vanguardismo y modernez pero, a su vez, se antoja calculada y pre-fabricada de cojones. Espontaneidad "0 patatero" vaya, y mal que empezamos... Pero, al loro, el tema se va rearmando y se remata con un minuto de guitarreo desbocado que para los que amamos a Wilco por su acepción de banda clásica y no por los "ruiditos" nos creará cierta expectativa... Nos tenemos que petar el grano por el efecto "radiojetos" del principio para poder disfrutar de ese galope eléctrico final.

"I might"... La que ya nos conocemos todos al dedillo por ejercer de avanzadilla del disco (y que ya de entrada crea cierta bifurcación entre seguidores). Organillo sesentero en la oreja izquierda, guitarrita a juego en la derecha y, así, hacia el segundo 50 a mi ya me lleva al huerto. Además, Tweedy le roba las lentejuelas a Bolan por el camino y, como eterno fan de "sliders" y "guerreros eléctricos", yo ya como que me quedo la mar de contento con la cancioneta y, más importante, la cosa va mejorando. O eso parecía.

"Sunloathe", la primera "lenta", tiene una parte instrumental en su parte media bonita de narices (pianito de quilates, aquí), si, pero la canción en si no me merece tanto dramatismo, se me antoja algo sobreafectada y, por qué no, al pensar en cotas alcanzadas en el pasado en esta dirección, mmm... Pasa nada, llega al rescate "dawned on me" con su buen rollo y estribillo coreable. La parte central con fugaz guitarra "foxtrottera" y silbido pueden hacer pensar que "ojo, aquí hay bicho"... El tiempo (y no mucho se necesita, me temo) recompensará a esta canción en el bestiario popular "wilquero" cuando termine la tormenta de opiniones variopintas, lógicas tras el estreno. Vamos para bingo con "black moon" ... Qué lenta, qué monótona en las dos primeras escuchas y con qué poca sustancia... Qué pedazo de canción después, y que poco necesita Jeff para hacer bien lo que sabe (de ahí que a veces joda que se abuse de producción por parte del susodicho). Si hubiera aparecido en el segundo disco de "being there" nadie levantaría la mano pero, ay, sale en este...

Pero, en cualquier caso, para celebrar la mitad del disco, llegamos a "born alone" que, como ya puse en alguna otra parte, me recuerda a los Teenage Fanclub con guiños "tompettyeros" y está de cojones (ese acelerar por en medio y en la conclusión -no extraña que el bateria de wilco tenga banda propia- no tiene precio). Tras el subidón volvemos a la calma. Y es entonces cuando vemos, de alguna manera, el principal "pero" que se le va a encontrar al disco: se ha querido contentar a todos los fans (por épocas) con alguna canción suelta en vez de ofrecer algo homogéneo, como si se quisiera mostar todo el catálogo de golpe ("somo los Wilco y mirad si sabemos hacer cosas")... Los fans de siempre no tendremos problemas (un disco de "dentro hacia dentro") tras una semana de escuchas y una vez se entienda eso (y siempre y cuando no esperemos una aventura con mil variaciones pero compacta a su vez, al nivel de "YHT" o el del huevo, en cuanto a emociones).

En cualquier caso llega esa maravilla que és "open mind"... Robada directamente del básico (que no meramente "recomendable") "King of America" costelliano del 86. Chorrea talento la hija de puta de canción esta. Se rompe al fin con la temática "una rápida, una lenta" que caracteriza al elepé con la siguiente "Capitol City"... Algo así como Lennon en solitario de paseo por Broadway en otoño (incluso del brazo la china y comiendo churros, si se quiere)... Simpática (por qué no), pero con el claro handicap de quedar en el tracklist, siempre para mi, detrás de la mejor "lenta" y justo antes de la mejor "rápida": "standing O", que me tiene loco perdío (qué les costaría hacer un disco con solo canciones de este estilo y titularlo algo así como "Wilco visita la new wave/punk de 1980").

"Rising red lung" es otra pieza pausada en la linea de "black moon" que te va erosionando y venciendo por sesiones la puñetera (completa con ella tu hat-trick del disco en estas ciernes). Casi al cierre tenemos al fin la canción que da título al asunto y que ya veo que se viene destacando por buena parte del personal... y es que es bastante bonita, si, con su falsete de quita y pon y marchamo positivo. Lástima que, según lo veo, no se hayan currado un "chorrus" a la altura y se limiten a repetir el título hasta casi el final (supongo que aunque esto sea un paso hacia, de nuevo, la buena dirección ese retorcerse en el estribillo hasta hacerte llorar a lo "Jesus etc." es pedir demasiado). En cualquier caso te proyecta el estado de ánimo adecuado (bueno, se entienda) para los doce (quizá innecesarios) minutazos de "one sunday morning" donde Tweedy se despide a lo Lucky Luke en largo (larguísimo) fade out crepuscular de esos. No se entienda mal, suena muy bien, pero es que, leñe, te puedes hacer una tortilla a la francesa, zampártela, pillar un kiwi y aún te sobra tiempo para el café...

CONCLUSIÓN: muy buen elepé, sobre todo viniendo de lo que venían, que abusa (sin duda) del efecto "montaña rusa" en su sonido y durante el trayecto lo que, eso si, le aleja de sus mejores y más celebrados álbumes que gozan de una entidad ("empaque", que algunos dirían) que aquí no encontraremos. Con todo, por sistema de gota malaya, el putas te va derrotando poco a poco... Por mi, que no se corten, pueden hacer una de este calibre cada año si quieren (que el cielo ya se lo ganaron hace largo tiempo) que, y aunque alguien se referirá (sin duda) a esto como "obra menor", ese bloque central de "dawned on me" a "rising red lung" ya no me lo quita nadie. (GUZZTÓMETRO: 8/10)

Haz el cántaro y ve a la fuente...

sábado, 24 de septiembre de 2011

De mayor quiero ser Cary Grant

"Cary Grant, prototipo perfecto de Homo atlanticus: educado, pero no aburrido; moderado, pero progresista; rico, por supuesto, incluso riquísimo, pero no estirado ni mucho menos perezoso.
Hasta algunos de los más acérrimos enemigos del capitalismo, de Estados Unidos, de Hollywood, sabían separar el grano de la paja.
Cary Grant, nacido proletario y, por su fuera poco, con un nombre ridículo, Archibald Alexander Leach, había desafiado al destino con el entusiasmo de los mejores representantes de su clase. Se había negado a sí mismo como proletario, y ahora hacía soñar a millones de personas. Lo que había logrado un individuo, con más razón podía lograrlo el resto de la clase obrera.
Cary Grant era la prueba de que el progreso existía e iba en la dirección adecuada como mínimo desde el Hombre de Cromañón. El socialismo coronaría esa impresionante serie de resultados con la justicia social, la armonía entre los seres humanos y la libreración de toda energía creativa. En la sociedad sin clases, todos podrían ser Cary Grant.
Bueno, no exactamente. Esto es lo que dirían unos cuantos intelectuales. Ni a los proletarios ni a los burgueses les importaba gran cosa el materialismo histórico. Sencillamente admiraban a Cary Grant y querían ser como él."   54. Wu Ming. Random House Mondadori. (ed. debolsillo, pág 64)

Ayer visité la biblioteca de la nueva localidad donde ahora vivo y me encuentro, en ese sentido, bastante feliz. Fondo públicamente disponible, edificio avenjentado y semirruinoso, con algo de laberinto, techos bajos que te obligan a rebuscar entre las estanterías encorbado en la parte alta, colocación perfecta (literatura por países y en orden alfabético) joyas inencontrables comercialmente, bibliotecaria ediciente y educada, ediciones sudamericanas donadas por escritores nacidos en Alcázar (Corredor Matheos, Amador Palacios) cuando se conseguían libros prohibidos por Franco clandestinamente, y un aire en toda la biblioteca entre decadente y onírico. Un posible nuevo oasis, vamos. Me llevé cuatro libros, y porque no me dejaron coger más. 54 de Wu Ming fue uno de ellos, aunque ya lo había leído, un revisionado casual de Luna Nueva en un canal televisivo me hizo querer releerlo. los otros, "La guerra de las Salamandras" de Karel Capek, "Relatos de Kolymá" de Varlam Shalámov y "Antología mínima" del poeta búlgaro Nikola Vaptsarov (sí, literaruta rusa, checa y búlgara están seguidas, al fondo de un corredor para bibliotecarios de metro y medio en la zona alta, tras una escalera estrecha). Esta mañana he cogido 54 y lo he abierto al azar. El texto del comienzo ha sido mi lectura mañanera con el café en la mano. 54 es un libro río, repleto de pequeñas historias, sin protagonista porque el protagonista es todo, en el que no sólo desfilan grandes nombres, sino que también lo hacen los olvidados por la Historia, personajes derrotados en la victoria, héroes de arrabal, estrellas caídas en desgracia, tiranos alucinados, soñadores, perdedores y Cary Grant. El desencanto de la posguerra, con miles de partisanos que vieron cercenadas sus esperanzas de un futuro mejor por culpa de un capitalismo brutal que llamaron "milagro italiano". La masa como sujeto histórico, literario, tal y como hicieron antes Wu Ming cuando se llamaron Luther Blisset y escribieron la altamente recomendable novela Q. Wu Ming (el colectivo) retoma a Gramsci y su lucha por la hegemonía cultural, ese frente de masas cultural, hombres de acción, dinámicos, elegantes y altivos, portadores de una moral ferrea, la de la clase obrera. Sobervios Archibalds Alexanders Leach.
Hay más, en 54, Trieste, y la mafia, claro, perpetuo fenotipo en el devenir italiano, lleno de matones que desean empezar una nueva vida alejada de los crímenes y la extorsión. Y Tito, y Hollywood, y Cary Grant contándole a Alfred sus aventuras como espia de su majestad, andanzas que luego el truhán de Hitchcock incluirá en sus guiones, especialmente en "Con la muerte en los talones". El nombre con el que viaja Grant en misión diplomática secreta a Yugoslavia, enviado por el MI6, es George Kaplan.
La vida como una trinchera (elegante) y la literatura como un campo de batalla.


"Todos me dicen continuamente que qué vida interesante he tenido, pero a veces creo que sólo ha consistido en problemas de estómago e interpretarme a mí mismo". Cary Grant.

"Nosotros, hijos de proletarios, tenemos que alcanzar la elegancia" El mariscal Tito a un impávido Cary Grant...


más sobre Cary Grant en la wikipediaCary Grant en un blog

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Naturaleza muerta. "Los santos culpables" (de Antonio Iniesta). Óleo sobre tela

¿Cómo contar, mínimamente siquiera, algo de la vida de alguien cuando de esa persona apenas tienes datos, cuando lo que quieres contar es cómo es posible que alguien acusado de prenderle fuego a una iglesia acaba pintado en un cuadro, que a su vez acaba colgado en esa misma iglesia, representando a un cristo yacente? La vida es muy puta, y no lo digo por los reveses de los que cada cual tiene que hacerse cargo, me refiero a qué queda de ti cuando no tienes hagiógrafos que maquillen tu vida una vez que tu has muerto ni cuando la gente que te quiere edulcora tus pecados. 
Yo nunca conocí a mi abuelo materno y, ante la ausencia de información o comentarios sobre él, me fui haciendo una idea muy vaga y muy vana de él a partir de comentarios cazados al azar. Ni siquiera tras la muerte de mi abuela, recopilando entre sus cajones como un cuervo lustroso y necesitado, pude completar ese puzzle, es más, lo poco que encontré tal vez me distorsionó aún más la imagen que de él me he ido haciendo con los años.

 

Sin embargo, sin tener un motivo real, siempre he sentido cierta vinculación con ese hombre que murió cuatro años antes de que yo naciera a la edad de sesenta. El motivo, como digo, no lo sé, quizá todo comenzó al escuchar a escondidas ciertas cosas susurradas entre mi madre, mi tía, el hermano de mi abuela o mi abuela. Un niño no muy apreciado en los círculos paternos descubre en la figura del padre de su madre, al que no se le dedican comentarios en voz alta muy alagüeños y, a la vez, en voz baja algo misteriosos, una especie de fantasma cercano con el que tender puentes. Sin embargo siempre estuvo la contradicción en él, en mí y en él; y la mía no ayudaba a aclarar la suya. Ateo, condenado a muerte por "rebelión", se planteó subir a la que en el 39 era su única hija (mi tía) a un barco en Valencia con destino la Unión Soviética, acusado de prender fuego a la iglesia de Manzanares, estuvo esperando el paredón seis meses en Madrid antes de que una familia de rancio abolengo intercediera por él (de la cual mi abuela había sido sirviente y su hermano, mi tío, el hombre que siempre estuvo al lado de mi abuela y mi abuelo, y que en el año que comenzó la guerra, estudiaba pintura en Madrid gracias a su mecenazgo), conmutándose dicha pena de muerte por una cadena perpetua en un campo de concentración (de trabajo) en la sierra de Guadarrama. Allí estuvo seis años, construyendo un mausoleo infame que nunca me he atrevido a visitar. Al año de salir de allí nació mi madre. Siempre fue albañil, en una empresa militar, por un sueldo miserable, y por el cual siempre tuvo que dar las gracias. Su mujer y sus hijas fue lo único que le importó, aunque era una persona hermética y pocas veces decía algo u opinaba sobre nada. No quiso ser padrino en la boda de su hija mayor. No soportaba a la curia, pero se guardaba decirlo más allá de esas rebeliones chicas e inutilmente privadas. En su condena a muerte tras la guerra, en una sentencia escrita a máquina llena de erratas, aparece que no sólo había colaborado en el incendio de la iglesia de la Asunción de Manzanares, sino que se jactaba de ello. Mi abuela siempre dijo que eso era mentira, que eso era una acusación general que le hacían a todos los que querían fusilar y con ella se aseguraban la razón, la justicia y la moral para hacerlo. Yo hilaba todo aquello en una figura ausente y fantasmal que me llenaba de curiosidad pero de la que sabía que poco más podría conocer. Que mi abuela siempre dijera que me parecía muchísimo a él supongo que ayudó a ello.

Ahora, a pesar del tiempo, del desconocimiento, de las muertes que han acallado los puntos de fuga de la historia que pasa a traves de mí, mi abuelo y yo estamos unidos por algo que se parece más a una broma de mal gusto que a una casualidad curiosamente literaria. Él y yo estamos pintados y colgados en la iglesia del pueblo, esa que dicen que él ayudó a incendiar y que yo hace siglos que no piso por convicción y desidia. Él está representado como un Jesús yacente, yo como un querubín rollizo sujetando a una virgen que asciende beata y robusta. Ya he señalado que el hermano de mi abuela fue pintor, profesor de dibujo de la Escuela de Artes y Oficios de San Fernando durante cuarenta años. Antítesis de mi abuelo en lo concerniente a la religión, la relación entre ellos es una de las mayores lagunas de mi historia. A pesar de esa confrontación ideológico-religiosa, mi abuelo le sirvió voluntariamente de modelo todas las veces que mi tío representó a Jesucristo. Me cuesta imaginarlos a los dos, sabiendo lo que deberían saber el uno del otro, uno pintando y el otro posando. Cuando se colgó el cuadro del Cristo yacente en la iglesia de Manzanares, no sé si asistió mi abuelo a tan solemne ceremonia ni que pensó al respecto, viéndose colgado, casi desnudo y apaleado, con esa delgadez fruto de una neumonía mal curada, mostrando unas heridas que muchos de los que se las provocaron se santiguarían al verle, muerto en ese lugar, principio y fin de las cosas más sombrías de la España más triste. A veces doy vueltas y vueltas a eso y me pierdo en laberintos extraños que no logro entender y que me obsesionan sabiendo que nunca encontraré la explicación que me saque de allí.

Yo también estoy colgado en la misma iglesia, pero a diferencia de él, yo no posé voluntariamente. Yo era muy pequeño cuando se pintó ese cuadro, aunque ya había sobrepasado la edad para ser un querubín convincente alguna vez me mandaron al estudio de mi tío y él cogió apuntes de mi cara; para el cuerpo se valió de fotos viejas mías, de mis hermanas y de mis primos. Y ahí estamos todos, como angelitos inocentes, repartidos nuestros rasgos en rollizos iconos alados. Mi tío nunca quedó satisfecho con ese cuadro de la ascensión de la Virgen, pintado por obligación y hecho con cierta desidia del que hace tiempo que pinta por puro placer y sin quererlo se encuentra pintando por encargo algo para lo que sabe que ya no está tan capacitado. Sin embargo del cuadro del Cristo sí estaba contento, más de una vez me lo dijo cuando al salir de la iglesia yo lo esperaba y mascullaba que menos mal que también estaba ahí ese cuadro, pero cuando yo podía preguntarle más cosas no lo hice, y ahora miro ese cuadro y me pregunto muchas cosas, más que cuando miro a mí y a mis hermanas y primos revolotenado torpes en un cielo falsamente celestial, y me pregunto por mi abuelo, por qué pensaría, qué pensó, qué pudo sentir después de todo, y vertebrando todas esas preguntas solamente la ironía, el sarcasmo y el dudoso sentido del humor de eso que llamamos historia. Con el tiempo, y sobre todo ahora que me he armado de valor y he entrado en la iglesia a hacer la torpes fotos que atestigüan esta broma quizá macabra, la rabia, la vergüenza y lo sombrío han dado paso a cierta mueca socarrona, a casi una sonrisa malévola, a un incierto orgullo de perdedor al sentir que eso que miran algunos con devoción no son más que dos ateos fingiendo, uno ser el hijo de (un) dios y, otro, uno de sus tiernos esbirros.

martes, 6 de septiembre de 2011

El compromiso, Serguey Dovlátov.


“…Y me quedé sin empleo. Quizá debería aprender el oficio de sastre. Me he fijado: los sastres siempre están de buen humor…
-Hola, ¿qué tal?
-Ya ves, buscando trabajo.
-Hay una vacante.Diario “El guardián de la patria”. Apunta este apellido. Kashirin.
-¿Uno calvo?
-Kashirin: periodista veterano. Una persona… bastante tierna…
-La mierda – digo – también es tierna.
-¿Le conoces?
-No.
-Pero hablas… Apunta su apellido.
            Lo anoté.
-Deberías vestir como Dios manda. Mi mujer dice que si vistieras como es debido…
            Por cierto, su mujer una vez me llamó de repente y… Pero, ¡alto! Estamos entrando en una materia compleja y emocionante que nos aleja demasiado de nuestro relato.
-Cuando gane dinero vestiré mejor; me compraré un sombrero de copa…
            Saqué mis recortes de prensa. Seleccioné los que más merecían la pena.
            Kashirin no me gustó: rostro gris, humor cuartelero. Mirándome, fijo:
-Naturalmente usted será apolítico, ¿verdad?
            Asentí culpablemente. Con cándida idiotez, añadió:
-Veinte personas han optado a este puesto. Hablaban conmigo y… no volvían a aparecer. Al menos déjeme su teléfono.
            Le di el teléfono de una tintorería casualmente grabado en mi memoria.
            Ya en casa, volví a mirar los recortes. Releí algunos. Reflexioné…
            Hojas amarillentas. Diez años de mentiras y simulación. Sin embargo detrás había algunas personas, algunas conversaciones, sentimientos, realidad… No en las páginas mismas, sino por ahí, en el horizonte… Es arduo el camino de lo verdadero a la verdad.
            No se puede vadear dos veces el mismo arroyo. Pero sí se puede distinguir el fondo lleno de latas de conservas a través del agua. Y detrás de los suntuosos decorados teatrales, ver la pared de ladrillo, las sogas, el extintor y los tramoyistas ebrios. Esto lo sabe cualquiera que haya estado detrás del telón, siquiera una vez.
            Empezaremos con un breve de calderilla…”
Serguey Dovlátov. El compromiso. Ed. Ikusager.

Top Row: Felix Naftulyev, Yevgenii Rein, Oleg Vinogradov, Sergei Volf, Mikhail Belomlinsky, Yuri Mikhailov, Victoria Belomlinsky, Galya Polykova, Vladimir Gerasimov, Oleg Okhapkin, Felix Naftulyev's wife
Bottom Row: David-N. Krotov's husband, Natalia Sharymova, Julia Belomlinsky, Elena Dovlatova, Vladimir Uflyand, Dimitry Loseff, Aleksander Kushner, Mikhail Meilakh, Marianna Barsuk.
Standing: Yevgenii Goltz, Boris Semyonov, Lev Loseff, Natalia Krotova, Sergei Dovlatov, Garry Voskov, Nina Loseff, Leonid Vinogradov

Mis días se pueden explicar como noticias breves. Todo se puede reducir a noticia breve, dejar en los huesos la vida. Curiosidades sin importancia que se escriben para rellenar espacios vacíos. Libros breves que son como cofres sin fondo. Eso es “El compromiso” de Serguey Dovlátov. Un bofetón en la cara sin miramientos. Teoría periodística de cuarto trastero, espejo deforme con restos de carmín y cosmético, olor a vodka. Dovlátov, tras esa introducción escupida con calor de resaca, recupera viejos artículos suyos, que toma como excusa para contar lo que los rodeó, lo que no pudo contar, lo que rodea la vida, es decir, la carne de los huesos, la comida antes de ser digerida y convertida en detritus apestoso. Una noticia breve, o larga, da igual, la palabra, la historia, el relato de los demás, ese es el suntuoso decorado teatral. Simple y lugar común. "El compromiso" fue escrito en 1981. Son doce los compromisos que conforman esta serie de relatos acerca de sus experiencias y anécdotas en la estonia soviética, en los que ejercía de  periodista. Dovlátov se ríe, a carcajadas, se mira desde sus casi dos metros y mira a los demás, elefante en cacharrería soviética, y repite la vulgaridad de lo verdadero, que la vida no es un suntuoso decorado teatral. La verdad es todo lo que hay detrás, todos los que están detrás, la pared de ladrillo (rugoso y basto), las sogas (roídas), el extintor (vacío) y los tramoyistas ebrios (ebrios). Eso es “el compromiso”, todo lo que hay detrás. Sin embargo Dovlátov es peculiar. Por eso lo prefiero a Bukowski (por buscar otro vulgar lugar común y situarlo análogamente a alguien más reconocido), a parte de por ser ruso, lo prefiero porque ES ruso en la decadencia de la Rusia soviética. Boutade. Pero es mi impresión, mi preferencia, mi querencia por los derrotados de los derrotados. El capitalismo no se diferencia gran cosa del delirante sistema soviético. Ambos son una mierda y destrozan vidas y sí, aquí tenemos libertad (¡Para ti, Paul, la libertad es como el aire! No la percibes. Simplemente la respiras. Un pez arrojado a la orilla sí podría entenderme… Libre no es aquel que lucha contra el régimen. Tampoco el que supera el miedo. Sino aquel que no lo padece. ¿La libertad, Paul, es una función corporal! ¡Tú no puedes entenderlo! ¡Porque tú naciste libre como un pájaro! le dice un compañero periodista al capitán de un barco finés en la página 128, tras dar cuenta de varias botellas, con la excusa de una entrevista). Y allí no la tuvieron como aquí, libertad, pero allí fueron plenamente conscientes de los mecanismos represores caprichosos y delirantes del poder, y eso da miedo, tú, y mucho, pero a la vez hace que la libertad sea más poderosa, aunque esté escondida en el doble fondo de una estantería. Por eso digo que para a un profano se puede definir a Dovlátov como un Bukoswki ruso, pero por lo dicho antes, prefiero a Serguey antes que al doble de Hank, porque Dovlátov es plenamente consciente de dónde está y porqué su vida es una mierda, siempre a merced de los caprichos del poder (en occidente lo llamaríamos azar, mala suerte, destino…) "Tengo treinta y cuatro años y nunca he vivido un solo día de despreocupación. No me importaría pasar uno sin preocupaciones, insatisfacciones ni deseos". Al final, uno piensa, joder, ya no existen periodistas. Quizás nunca hayan existido. Tal vez sólo podamos encontrar empleados de propaganda de una idea u otra. Dovlátov cuenta las cosas como son, sucias, siempre en el límite, al borde de la locura, al borde de la libertad soñada y que descubre en los pliegues de las cosas pequeñas. Sin embargo Dovlátov sabe que todo es mentira, incluso él mismo, que no existe la verdad, o al menos que él no puede alcanzarla tras lo verdadero, de ahí que no deje de mostrarse como el peor de todos los personajes que hace desfilar ante nuestros ojos. Sí, todo está corrupto, el poder es infame, ilógico, movido por personas pusilánimes que se mueven por impulsos zafios que justifican gracias a un armazón teórico brutal (el comunismo), pero es que él es un borracho indecente sin solución. Incluso cuando tiene en su mano cambiar algo, prefiere beber, no para sumirse en un estado narcótico alienante, sino para no sucumbir y derrumbarse. La euforia, la hibris constante, la dinamita bajo el colchón de la calma. Más que como Bukoswki, a Dovlátov lo veo como un hijo de Bohumil Hrabal, sin la verborrea dionisíaca de éste, pero con un bisturí destripando su máquina de escribir; cuando ya no puede cortar más, encuentra su estilo. Se ríe tanto de sí mismo en su propia cara como de Stalin a la cara de un dirigente del Komsomol. Y su estilo es seco, sí, pero dotado de una efervescencia tal que nunca cae en el caos, más bien al contrario, es implacable, te sirve el tuétano sin ni siquiera el hueso, así que no preguntes por la carne. Aquí  parece que no hay chicha, pero la hay, escondida tras los destellos que, uno tras otro, aparecen  tan seguidos que uno cree estar viendo un cometa, borracho, irreverente y real. En vez de alargar el chiste, lo suelta como un disparo, y en pleno delirio sólo puedes hacer una cosa, reír. Y acto seguido te dices, esto no tiene ninguna gracia, esto es un chiste cruel, negrísimo, pero tres líneas después te encuentras riendo de nuevo. Todos están locos, todos son unos borrachos indecentes, unos tipejos poco fiables, siempre trapicheando, siempre holgazaneando; todos están al borde de la locura, rodeados de mierda, pero todos son héroes, todos son bellos, todos son hermosos.
Al final, la verdadera obra, la vida, se desarrolla entre la pared de ladrillo, las sogas, el extintor y los tramoyistas ebrios, y los suntuosos decorados son, simplemente, eso, suntuosos decorados. Entonces, claro que sólo importa la libertad, qué más podría importar si todos somos unos redomados hijos de puta, aunque unos más que otros, he ahí la pirueta final, el chiste sin gracia, la patada en los huevos. “El compromiso” es simplemente eso, una sucesión de noticias, de escenarios baratos construidos carromatos mugrientos (los diarios donde escribe se llaman “Estonia soviética”, “Vespertino de Tallín”, “La juventud estonia”), pero él, a un lado, levanta la cortina de atrás y dice, pasen, pasen por aquí y vean, ...por cierto... ¿no tendrían unos rublos sueltos para unas botellas de vodka, verdad?…


Compromiso primero.
Estonia soviética. Noviembre. 1973.
CONGRESO CIENTÍFICO. Científicos de ocho países llegaron a Tallin, sede del VII Congreso de Estudios Escandinavo-Fineses. Son especialistas de la URSS, Polonia, Hungría, RDA, Finlandia, Suecia, Dinamarca y la RFA. E congreso acogerá seis disciplinas y a más de 130 científicos: historiadores, arqueólogos, lingüistas, que presentarán sus ponencias e informes. El congreso se prolongará hasta el 16 de noviembre.


El congreso se celebró en el Instituto Politécnico. Fui, conversé. A los cinco minutos el breve estaba listo. Lo entregué en Secretariado. Aparece el redactor jefe Turonok, persona entre almibarada y amazapanada, el tipo canalla tímido. Esta vez, alterado.
-Ha cometido usted una burda falta ideológica.
-¿?
-Usted enumera los países…
-Pero, ¿no se puede?
-Se puede y se debe. La cuestión es cómo los enumera. En qué orden: Dinamarca, Finlandia, Hungría; luego: Polonia, RDA, RFA…
-Claro, por orden alfabético.
-Ése es un orden desclasado –gimotea Turonok-; pero existe un orden de hierro: los países demócratas, ¡delante!; después los neutrales; y por último los miembros del bloque capi…
-Oquéi –le digo.
            Rescribí el breve, lo entregué en Secretariado. Al día siguiente Turonok viene corriendo.
-¿Se burla usted de mí? ¡Lo hace adrede!
- ¿El qué?
-Desordenar democracias populares: pone a la RDA detrás de Hungría. ¿Ya estamos con el alfabeto? ¡Olvide esa palabra oportunista! Usted trabaja en un periódico del partido. ¡Hungría en el tercer puesto! Ahí hubo un alzamiento.
-Y con Alemania hubo una guerra.
-¡No discuta! ¿Para qué discute? ¡Esa fue la otra Alemania! ¡La otra! No entiendo, ¿quién le ha confiado…? ¡Miopía política! ¡Infantilismo moral! Plantearemos esta cuestión ante…
            Me pagaron dos rublos por el breve. Yo esperaba tres…”

 

viernes, 26 de agosto de 2011

Elisabetta


Photo: Josef Koudelka

Hay historias que no son historias, es decir, difícilmente darán para un libro, una película o una serie de la HBO. O tal vez no, tal vez es simplemente cómo se cuentan las cosas. Aún así hay historias gafadas desde el comienzo, historias que deben ser literaturizadas para ser historias, para alcanzar una dignidad que la vida simple y vulgar, les ha negado. La madre del marido de mi compañera en la lavandería murió la semana pasada. Él ha estado en Rumanía casi un mes. No recuerdo el nombre del pueblo; me lo ha dicho varias veces pero al no apuntarlo soy incapaz de recordarlo. Al dejar el lenguaje en lo esencial, Niculina me ha hablado en español de esa mujer que ella odiaba, de manera sintética, dejando una historia en los huesos. Al hablarme durante varios días sobre esa mujer de la que desconozco casi todo salvo su nombre, Elisabetta, no ha seguido ningún orden, y entre sus frases cortas, su voz firme de apariencia frágil, sus descontextualizaciones y la falta de adjetivos, he de reconocer que paso la media jornada vespertina junto a esa mujer preciosa y tan grande como yo, lleno de curiosidad, buscando la manera de saber más. La fácil recurrencia de utilizar la palabra vampiro, siendo ella rumana, me parece burda, pero en cierta manera real.

El marido de Niculina no sabe quién es su padre. Se crió sólo con esa mujer que a veces me parece una bruja cruel y a veces una dama chejoviana, lectora empedernida que garabateaba poemas en los márgenes de los libros y, en la primera hoja, junto a la fecha en la que compraba los libros, escribía cómo se sentía. Siempre trató con crueldad a la mujer de su hijo, con desdén evidente y puteos sibilinos. De sus dos nietos, sólo hablaba con el mayor, el que se parecía a su hijo Adrián y no a Nico. Sólo dos personas más de la familia de su marido, a parte de su madre, sabían quién era su progenitor. Uno era su abuelo, y el otro su tío. Ambos murieron con la prohibición expresa de decirle quién fue.

Su madre ha muerto sin querer decírselo. La última vez que Adrián la visitó en el hospital y ella le habló entre la fiebre, tan sólo le dijo dos cosas, que por qué había estado rebuscando entre sus cosas y que le dijese a la vecina de arriba que si quería seguir viviendo, no se fiase de quien iba a llamar a su puerta. Durante toda la estancia de Adrián en Rumanía velando la anunciada muerte de su madre, sólo un día se atrevió a buscar entre los cajones esperando encontrar algo. En los casi quince días que estuvo en su casa, sólo uno, antes de que muriera su madre, buscó en los cajones, precisamente el día que su madre le reprendió por ello. Entre la fiebre y la morfina, que la casualidad existiera, llenó de cierto halo de irrealidad todo el resto de la estancia de Adrián en su pueblo.

Adrián ha vuelto a España sin decirle nada a la vecina. Siempre ha sido un poco bruja mi puta suegra, me dijo Niculina, pero confesarle esa predicción a la vecina sería cruel, es una persona feliz y simpática, y decírselo la llenará de preocupaciones.

Adrián también ha vuelto con una caja con cosas de su madre, fotos, cartas y algún que otro libro. El resto lo ha dejado allí. Sigue sin saber quién es su padre; tampoco sabe que su mujer y yo, mientras lavamos, secamos, planchamos y doblamos kilos y kilos de sábanas, toallas, manteles y servilletas, hablamos de él, fabulamos sobre su vida, la llenamos de literatura. Casi nunca vuelvo a casa con fuerzas para plasmar todas esas variaciones sobre Elisabetta y el padre de Adrián, por lo que quedan perdidas en el aire de un sofocante taller de lavandería, en los pliegues de la ropa limpia, ropa que vestirá camas donde gente en tránsito dormirá por unas horas, o comerá en una mesa con mantelería ligeramente amarillenta, sin saber quién pudo ser el padre de un emigrante que ha acabado en mitad de la nada manchega.

Entre las variantes que manejamos Nico y yo las hay más o menos rocambolescas, más o menos simples, más o menos vulgares. Elisabetta volvió a su pueblo ya embarazada. Vivía en Bucarest, allí trabajaba de oficinista. Años sesenta, Rumanía. Es anacrónico, pero por cómo me ha dicho Nico que era Elisabetta, me la imagino como una dama bohemia de principios de siglo veinte, con algo de Bovary y Marai, amargada y hermosa, soviética y señorial, con el polvo del imperio austrohúngaro aún en sus zapatos y las arengas del farsante de Câucescu en los bolsillos. Hemos fantaseado con que el padre de Adrián pudo haber sido un político importante, un cantante de ópera famoso, un escritor nobelizable, un cura guapísimo, un gitano nómada, un mafioso estraperlista, en definitiva, un amor imposible y escabroso, tan imposible y escabroso que ha hecho que se lleve a la tumba su secreto, aún sin importarle que 45 años después, simplemente decírselo a su hijo, en vez de extrañeza y exilio interior, le hubiese traído algo de comprensión y sosiego.

Nico está preocupada porque Adirán ha vuelto demasiado sombrío, más por la negativa de su madre a decirle quién la embarazó que por su inevitable muerte. Da igual que Adrián haya trabajado en Israel como mozo de obra para una secta que espera la próxima venida del hijo de dios, que haya trabajado en Montreal haciendo casas cubierto de nieve hasta las cejas, que haya sido apaleado casi hasta la muerte en la frontera con Croacia al querer ir ha Grecia a buscar trabajo en plena guerra Balcánica, todo por robar pepinos en una granja que resultó ser propiedad del ejército de Milosevic, como también da igual que la policía austriaca le detuviese tres veces por colarse ilegalmente en el país. Da igual que abandonase a su mujer y sus hijos tres años por encontrar trabajo en otro país y así poder enviarles dinero. Da igual que una máquina de hacer grava casi le arrancase el brazo cerca de Oporto y que, una vez recuperado cruzase la frontera con España y acabase trabajando de fontanero en un mediocre pueblo de Ciudad Real, y que, cansado de estar solo, por fin se trajese a su mujer y sus hijos con él. Todo da igual porque su mujer y yo intuimos, al igual que él intuye, que posiblemente, Elisabetta, despechada por una vida incomprensible y un mal hombre, vulgar, corriente y comunista, se emborrachase un día y acabase acostándose con cualquiera, una noche de verano en Bucarest, y nunca haya querido confesárselo.

Photo: Josef Koudelka
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