Hoy me he entretenido viendo a un niño subido en uno de esos aparatos que simulan ser un coche o un caballo, de esos que le echas una moneda y se ponen a balancearse para divertir (o distraer) al niño en cuestión, y que siempre están colocados a la puerta de algún bar o alguna tienda sin que se sepa muy bien la razón. El niño que vi hoy subido en un chisme de esos (una motocicleta) encontró en mí al único cómplice del terrible miedo que le asaltó (a mí también, lo reconozco, pero menos). Mientras estaba apoyado en la acera de enfrente y para distraerme miraba absorto a la gente pasar, reparé en aquel niño pidiéndole a su madre que le dejase subir en aquella moto descolorida, par y tuerta. La madre del niño lo subió, introdujo la moneda y dejó al niño solo mientras entraba a probarse unos zapatos en una zapatería con algo de ballena que mantiene su porte mohicano como orgullosa resistencia frente a la invasión mandarina mientras se llena de polvo y su mercancía ajada vuelve a estar de moda. Cuando la motocicleta comenzó a moverse (a balancearse hacia atrás y hacia delante de manera un tanto brusca) el ruido que acompañaba a ese balanceo no era el ruido de una motocicleta sino el trote de un caballo, lo cual nos dibujó una sonrisa tanto al niño como a mí; sin embargo, cuando aquella moto triste y desbocada comenzó a relinchar como una loca, la sorpresa del niño fue tal que comenzó a llorar, deseando salir corriendo despavorido ante ese despiadado pliegue de la realidad. Cuando salió su madre y le abroncó histéricamente, el niño siguió llorando, pero cambió el tono del llanto, sus ojos brillaron sin vuelta atrás, buscó algo con la mirada y me encontró a mí, apoyado en la esquina, aburrido y temeroso (y esperando la llegada de Popota y de Voland surgiendo como por arte de magia tras un portal), supongo que buscando una respuesta que ni yo, ni nadie, nunca podrá darle.
miércoles, 4 de mayo de 2011
domingo, 1 de mayo de 2011
20.000 leguas de viaje submarino. Julio Verne. Qué es una perla.

"Ned Land y Consejo se sentaron en el diván, y el canadiense dijo:
-Señor profesor, principie por hacerme el favor de saber decirme lo que es una perla.
-Querido Ned Land -respondí-, para un poeta la perla es una lágrima del mar; para los orientales, es una gota de rocío solificada; para las damas, es una joya en forma oblonga, de brillo opalino, de materia nacarada que llevan en el dedo, en el cuello o en las orejas; para el químico es una mezcla de fósforo y de carbonato de cal con un poco de gelatina y, por último, para los naturalistas, es una simple secrección enfermiza del órgano que produce el nácar en ciertas conchas."
20.000 leguas de viaje subamarino. Julio Verne.
Para eso sirve subrayar los libros, para, después de estar un rato frente a la estantería, coger uno, abrirlo y pasar sus hojas como los gansters contando un fajo de billetes, reparar el algo que señalaste, sonriendo como un bobo por la grandiosidad del traductor, "principie por hacerme el favor de saber decirme lo que es una perla", cuyo nombre no sé (y la Editorial Antalbe no tenía la costumbre de ponerlo) y ver que lo releiste el 21/09/99 (hay un billete de tren en las últimas páginas que lo atestigua). Y no sólo vuelves a leerlo (mi novela preferida de Verne) sino que rescatas películas del gran Karel Zeman
sábado, 30 de abril de 2011
Reflexiones con una plancha en la mano. I
¿Leer o escribir? That's the question. Puedo parecer un Hamlet iletrado, pero no. Últimamente me siento a escribir con la intención de pensar, aunque la más de las veces simplemente cojo al vuelo algo y si tengo a mano el ordenador, escribo gracias a eso. A veces no hago nada, me siento y me pregunto qué cojones puedo decir y acabo leyendo blogs, o la web de Rafa Basa, o acabo en el foro del Azkena (insuperable aún “un disco un gif”), o videos de laca y spandex o simplemente de dudosa moralidad .
No dispongo de mucho tiempo libre estas semanas, y eso era algo que la librería sí tenía de bueno, esos paréntesis temporales en los que podía escribir sin sentirme culpable (ahora que lo pienso, me da menos rabia que me corten mientras escribo que mientras leo). Últimamente ando más escaso de tiempo, la búsqueda de trabajo es lo que tiene. Hace tres días hice un examen para auxiliar de biblioteca que si bien no creo haber suspendido, tampoco espero sacar una notaza, la que necesitaría para optar al puesto sin problemas. El examen no era difícil en absoluto (50 preguntas tipo test, y los fallos restaban aciertos) pero casi una decena de preguntas sobre cultura autóctona de las que no tenía ni repajolera idea (salvo las relacionadas con García Pavón y Plinio) y el hecho de dudar de perogrulladas tramposas, me cohibieron de atreverme a cagarla. Y antes de ayer rellené una serie de impresos en una asociación que se dedica a colaborar con discapacitados para optar a puestos de gasolinera, guarda nocturno, conductor de autobús de ancianos y varios puestos similares. No estoy para sutilezas y la necesidad apremia (y ahoga pero bien), así que ayer también estuve en ello. Pero después de la torre de plancha (que he dejado a medias y que aún espera mi vuelta) me he sentado con la excusa de “a ver si escribo algo” que la creo con más entidad que “voy a ver si leo algo”. Ayer tocó Linda Loveland y no pude ir; tampoco es que llore por las esquinas pero no me hubiese venido mal un concierto de un bellezón garajero teutón acompañada del gran Rudi Protrudi. Para olvidarme de ello me he puesto mientras planchaba a Sydney Bechet a todo trapo. Llevo planchando desde que mi padre me sentaba al lado de la cabina de vapor y sin sacarme el chupete de la boca le daba a los botones mientras sudaba la gota gorda. Con los años planchar me relaja, a veces lo digo y suena a boutade metrosexual lastimera de tunante sinvergüenza, pero es cierto, y sobre todo me relaja si puedo poner música a todo volumen y acabo marcando el ritmo con el vapor de la plancha al unísono con la música de manera inconsciente. No soy puntilloso en eso, lo mismo me da Carlos Cano (la Habana es Cadí con más negritos, Cadi es la Habana con más salero, y las mangas sin raya, por favor) que Bambino (ahí está la paré que separa tu vida y la mía pero no hay blusa con volantes que se resista) que Marah (my Heart is the bomb of the street y del vuelo de tu falda) que los Maiden (run to the hills, run for your ropa interior) que Zappa (ponme Peaches in Regalia y podré soportar mi odio a las sábanas) que Wayne Shorter (Juju merece un monumento, punto) que todos juntos uno detrás de otro. Jean Renoir decía que el arte no es un oficio, sino la forma en la que se ejerce un oficio, entonces me temo que soy un artista de la plancha, no remunerado, eso sí, pero jovial y resultón como ninguno hasta que las varices se me ponen como chistorrillas y he de dejar el arte por una ducha de agua fría que nada tiene de sexual. Pero hoy me he aburrido pronto; es lo malo de no parar de darle vueltas a las cosas y a la falta de laburo, que la atención no se consigue mantener mucho rato en una sola actividad. Una vez consensuado conmigo mismo un momento de recogimiento, mi santa ha comprendido sin que yo tuviera que decirle nada, se ha ido con su hija a jugar al baloncesto y yo, mientras me preparaba un té, pensaba dirimir la duda existencial de leer o escribir. Salta a la vista cuál ha sido el veredicto. Y ha sido éste, porque al ir a ver qué libro cogía me he dado cuenta (por fin) de la cantidad de libros que he ido dejando a medias estos últimos meses. Se salvaron Bolaño y Block, que los terminé, y ahora me sorprendo y me alegro de haberlos terminado, pero la herencia que arrastro de la decadencia librera es mucha. "Dublinesca", "Los huesos de Descartes", "Helena o el mar del verano", "El bandido doblemente armado", "Memorias de un librero pornógrafo", "El fondo del cielo", "Por qué nos gustan las mujeres", el último de Menéndez Salmón que ahora no recuerdo cómo se llama, "Dogs Soldiers", "Hotel DF" y paro de contar que me está entrando el yuyu (y no precisamente en el sentido de Shorter). Por qué soy así, me pregunto…![]() |
| Foto Ralf Pascual |
Nunca he llevado un diario de lecturas, de hecho hasta hace unos meses no había reparado en dicho concepto, cuando leí en el blog o en el formspring de Patricio Pron que él leva uno. El concepto es claro, pero yo nunca había reparado en él. Y me sentí un poco tonto. Apelé a la excusa de mi natural desastre habitual, pero desde ese momento es una idea que a menudo rumio, si debería llevar un diario de lecturas y cómo debería ser. ¿Se apuntan los libros que se van leyendo con su fecha de inicio y fin o también se añade un comentario? Con apuntar los que empiezo ya sería bastante ayuda para poner diques al caos que me hostiga. La idea me pareció genial, pero a la vez me sentí torpe por no haberla pensado nunca y haber terminado como he terminado, con libros a medias por todos sitios de la casa para desespero de mi santa. Lo más parecido que he hecho ha sido cuando en una agenda escolar apunté las fechas de grabación de los discos de jazz que me iba comprando y la revisaba para escuchar el disco que correspondía a ese día, pero eso fue a finales de los noventa, cuando me cansé de la escena grunge, del nu-metal y del brit-pop y me tiré por los cerros de Úbeda dedicándome por fin en exclusiva a la síncopa, el swing y la jerga hipster haciendo las delicias de las tiendas de vinilo de segunda mano y cd´s del sello Black Lion y Blue Note. Me gustaría encontrar de nuevo esa agenda.
Al final me siento, escribo, pierdo el tiempo, y de camino de vuelta de calentar agua para beberme otro té, cojo un nuevo libro de la estantería del salón, que empiezo para no pensar si borro todo esto. Odio la angustia de los lunes al sol por mucha planchaplacebo que me espere para intentar relajarme.
jueves, 21 de abril de 2011
El ladrón que leía a Spinoza. Sobre Lawrence Block y no saber quién soy
Al dejar de ser librero perdí la voz, quiero decir que perdí al “personaje” desde el que, cual ventrílocuo, me escudaba y enfrentaba a las cosas que quería contar aquí, como un sombrerero loco adicto a los ansiolíticos y a los libros que con la excusa de estar tras un mostrador despachando palabras, contaba cosas. Una vez dejado el atrezzo de dicho personaje no he sabido encarar este diario digital sin preguntarme quién soy yo ahora. “El caimán sincopado” fue el nombre de un programa semanal que en la radio local tuve durante varios años. Lo saqué de un texto de Boris Vian, creo recordar que del “Manual de Saint Germain des Pres” o algún artículo de prensa, pero a la hora de documentarme no lo he encontrado entre mis papeles, en el cual diferenciaba entre trogloditas y caimanes al hablar de chalados que poblaban los clubes de tan mitológico barrio parisino que iban allí atraídos por la música jazz. Trogloditas eran los que bailaban poseídos frente al grupo y los caimanes eran los que se quedaban embobados escuchando, bebiendo cócteles extraños y comiendo cruasanes hasta el amanecer. El adjetivo sincopado vino solo. En su momento me pareció un título cojonudo para un programa de música; pensando cómo titular el nuevo blog, me acordé y lo rescaté viendo la sequía imaginativa en la que ando sumido pero, como dije antes, al no ser ya librero me encontré sin red a la hora de escribir. Supongo que una vez perdido el personaje de librero sólo me quedaba calzarme el de caimán, pero aún no sé quién es ni cómo es dicho caimán. El locutor de aquel programa de radio se hacía llamar el profesor Moriarty, verborréica mezcla entre el malvado archienemigo de Sherlock Holmes y el prota del libro de Keouac que lo mismo pinchaba a Ben Webster tras leer algo de Roberto Arlt que hacía un monográfico sobre Black Sabbath leyendo fragmentos de Safo. Ahora entiendo que no escuchase casi nadie el programa. Si he tardado en escribir una nueva entrada ha sido por eso, básicamente. Contar barrabasadas pensando que eres otro, o casi otro, es cómodo, lo sé, y es la excusa perfecta para no responsabilizarme de afirmaciones aduciendo la patente de corso de la literatura, aunque esta excusa sea tan endeble como la coartada de Phil Spector en el juicio por asesinato que terminó dando con sus huesos en la cárcel. Escribir como si fuese el librero que me hubiera gustado ser me permitía mantener el blog sin muchos quebraderos de cabeza pero ¿y ahora? 

En esas he estado, dándole vueltas a la cabeza mientras dejaba en barbecho el blog un tiempo relativamente corto pero a la vez muy largo para mis humos. Hasta que apareció la casualidad. No sé nada de la casualidad, sólo recuerdo fragmentos de cosas que me pasan y los junto esperando algo, un sentido, un empujón o una puerta que abrir. En uno de esos espacios temporales que le robo a las obligaciones diarias apareció Lawrence Block. ¿Que quién es Lawrence Block? Un escritor, claro. Un escritor que no está de moda, un escritor olvidado por el mundo editorial español, un escritor de novela negra que hoy por hoy sólo descubren aquellos que miran los viejos libros de las estanterías de sus padres si estos alguna vez compraron novela negra, los que se alimentan de ediciones baratas en casetas de segunda mano o los que pasean por los pasillos de las bibliotecas públicas como adictos en plena desintoxicación que por hacerse los valientes se van al barrio de los dealers y cuando se quieren dar cuenta están aspirando un chino en una esquina. ¿Qué dónde estaba yo? Pues teniendo en cuenta que la colección bibliográfica de mis padres siempre ha sido tan escasa como aburrida, y que en Manzanares no hay casetas de libros usados, pues estaba en la biblioteca pública.


Siempre que subo las escaleras miro sin ver las estanterías camino de la sala de lectura, dispuesto a estudiar enconadamente para convertirme de una vez en un hombre de provecho aunque hace tiempo que tengo asumido que soy el hombre desaprovechado que hoy por hoy no me queda más remedio que aceptar que, al igual que yo, somos casi todos los de mi generación. Mi cabeza reparó en que mis ojos habían leído un título, “El ladrón que leía a Spinoza”, de pasada… Eh, me dije… Espera… Volví sobre mis pasos y lo vi, una edición de bolsillo amarillenta y ajada escrita por un tal Lawrence Block. Un libro que comprobé había sido prestado 6 veces en 16 años (es una manía que tengo, mirar las veces que han sido prestados los libros que me gustan; 18-11-97, 27-11-97, 12-12-97, 25-12-97 (supongo que las cuatro de un lector muy muy perezoso), 3-2-98, 25-2-98 y después la nada...). Leí la sinopsis trasera: Un ladrón de guante blanco, Bernie Rhodenbarr, librero de profesión y ladrón a sueldo como “segundo trabajo” con el que redondear sus paupérrimos ingresos, se ve envuelto en un turbio asunto de coleccionismo numismático mientras le suceden todo tipo de perrerías y lee a Spinoza… Joder… Librero, ladrón, Spinoza… Pavlov hubiera sonreído si hubiese visto cómo se ponían a segregar mis glándulas salivales… Irresistible…Lo abro al azar y leo: (pág 30) “Dios sabe que no me enorgullezco de robar. Tendría un concepto más elevado de mí mismo si me ganara la vida en Barnegat Books. Nunca cubro los gastos con la librería, pero tal vez pudiera conseguirlo si me tomase la molestia de aprender a ser mejor empresario. El señor Litzauer pudo mantenerse durante años gracias a la librería antes de jubilarse, vendérmela a mí y trasladarse a San Petersburgo. Yo también debería mantenerme gracias a ella. Al fin y al cabo no vivo a cuerpo de rey. No me chuto caballo ni esnifo coca ni ando por ahí con la gente guapa. Tampoco me asocio con delincuentes conocidos como tiene el buen gusto de decirlo la junta que decide la concesión de la libertad condicional. No me gustan los delincuentes. No me gusta serlo yo. Pero me encanta robar.” Escalofríos, como rayos recorriendo mi espalda, uno tras otro… Priapismo cerebral seguido de un bombeo tímido directo a mi entrepierna… Me aguanté la risa como pude, esa carcajada trágica típica de los personajes de Aristófanes cuando se descubren a manos de los caprichos de los dioses. Miré a un lado y a otro buscando la sombra esquiva de ese dios de segunda B que se empeña en putearme. Saqué mi carné y me acerqué al mostrador como un autómata dispuesto a llevarme prestado ese libro. Leticia, la superbibliotecaria, me dijo que acababa de poner esa pequeña selección de novela negra ahí para ver si se movía algún que otro librito. Casi me arrodillo ante ella, lo juro. Antes de ponerme a estudiar para optar a un puesto en la bolsa de auxiliar de biblioteca en un pueblo cercano donde nos presentamos muchos, quizá demasiados, me conecté a Internet para buscar información sobre Lawrence Block. Comprobé que soy un ignorante, me avergoncé de mi abandonado oficio y leí que Block es un prolífico escritor de novela negra, que sus libros se dividen en bloques dependiendo del personaje principal, carismáticos perdedores todos ellos, gloriosos sosías herederos de la época dorada del género, y que Hollywood incluso ha adaptado alguna de sus obras (link wikipedia). Cuando por deformación miré lo que hay editado de él se me quedó cara de bobo. Nada… O casi nada, porque un libro disponible en RBA es como la nada más absoluta. ¿Señales para que pierda el miedo a leer en inglés de una vez y haga un pedido a Amazon junto con varios discos que quiero tener físicamente? ¿Señales de un modo de vida que se acaba, el del escritor de novela negra que teclea frenéticamente su Olivetti mientras entorna los ojos por las volutas de humo de un eterno pitillo aferrado a sus resecos labios e ignora las cartas de apremio del banco que el cartero le mete por debajo de la puerta, del escritor del que pasan todos los editores del mundo? ¿Nuevas señales para arruinarme otra vez convirtiéndome en editor de novelas pulp?
No sé quién soy, no sé quién seré, no sé qué personaje me adoptará como narrador en este miserable blog, pero espero que la tragicomedia en la que vivo no me siga dejando que me acomode y me confíe. Al menos el libro es una delicia, tampoco voy a decir que es una maravilla, pero te hace pasar un muy buen rato, es chisposo, frenético, resabiado, comienza y se desarrolla como una película filmada por Lumet con guión de Woody Allen con NY como telón de fondo, y, aunque la penúltima escena es típica, es decir, el ladrón detective Chadleriano junta a todos y desvela quién, cómo, porqué y dónde ocurrieron los delitos, acaba con un par de guiños magníficos, cínicos y complacientes, abiertos a la manera de Simenon, que te hacen cerrar el libro con una sonrisa a lo Cagney y unas ganas de afrontar lo que queda del día a lo Bogart. Releo el principio de nuevo, me miro el dedo gordo del pie y sonrío: 1. “A las cinco y media dejé el libro que estaba leyendo y empecé a echar a los clientes de la tienda. El libro era de Robert B. Parker, y su héroe era un detective privado llamado Spencer que compensaba el hecho de no tener nombre de pila comportándose con un insensato despliegue de actividad física. Cada dos capítulos te enterabas de que estaba haciendo footing por Boston, levantando pesas o buscando algún modo de sufrir un infarto o una hernia. Por el mero hecho de leer su historia ya empezaba a sentirme agotado.
Mis clientes no tardaron en marcharse; uno de ellos se detuvo a comprar un libro de poesía que yo había estado hojeando, pero el resto se evaporó como una delgada capa de escarcha en una mañana soleada. Metí en la tienda el mostrador de ofertas (“Todos los libros a cuarenta centavos. Tres por un dólar”), apagué las luces, salí, cerré la puerta, eché la llave, corrí las rejas plegables que protegían la entrada y las ventanas, les eche el cerrojo y dejé Barnegat Books preparada para la noche.
Mi librería estaba cerrada. Había llegado la hora de poner manos a la obra.”
Lawrence Block. “El ladrón que leía a Spinoza”
lunes, 4 de abril de 2011
Roberto Bolaño. Los sinsabores del verdadero policía
No recuerdo haber leído nunca nada preguntándome tantas cosas a la vez, difrutando tanto y siendo a la vez tan indulgente como con "Los sinsabores del verdadero policía". No recuerdo haber leído nunca nada con un sentimiento tan culposo, tan obsceno, tan de lector rapiña, tan voyeur como con el último libro que de Bolaño ha publicado Anagrama. ¿Es una novela? Por supuesto, a pesar de estar incabada y a pesar de lo que se empeñen en decir algunos críticos ¿Es buena? Para mí sí, es decir, si alguien me hiciese semejante pregunta y yo me sintiese con el arrojo suficiente para contestar algo, diría que sí, luego me entraría el pudor infinito y soltaría, es buena, pero primero dime comparada con qué o cuál, esto es, escurriría el bulto y me escondería para seguir leyéndola. ¿Está justificada su publicación? Para los saqueadores de tumbas, para los níveos seres kafkianos que quieren saberlo todo, sí, pero no dejo de pensar que Bolaño en su puñetera vida hubiese aceptado editarla. ¿Es buena? Comparada con el 90% de lo que se edita como novela hoy en día, sin duda. Con "El Tercer Reich" aún no me he atrevido (el pudor y el sentimiento de culpa, de hacer algo inmoral incluso, me puede, pero supongo que tarde o temprano la leeré), pero una conversación con mi lector preferido me empujó a ello. ¿Me arrepiento? En absoluto, y eso que voy por la página 146, pero de lo que sí me arrepiento es de las 15 o dieciséis líneas que llevo escritas, justificación paupérrima para copiar lo que me ha hecho, de nuevo, pintarrajear el libro, señalarlo, subrayarlo, releerlo y sentirme culpablemente dichoso otra vez...
Roberto Bolaño. Los sinsabores del verdadero policía. Ed. Anagrama, 2011. pág 146.
"¿Y qué fue lo que aprendieron los alumnos de Amalfitano? Aprendieron a recitar en voz alta. Memorizaron los dos o tres poemas que más amaban para recordarlos y recitarlos en los momentos oportunos: funerales, bodas, soledades. Comprendieron que un libro era un laberinto y un desierto. Que lo más importante del mundo era leer y viajar, tal vez la misma cosa, sin detenerse nunca. Que al cabo de las lecturas los escritores salían del alma de las piedras, que era donde vivían después de muertos, y se instalaban en el alma de los lectores como en una prisión mullida, pero que después esa prisión se ensanchaba o explotaba. Que todo sistema de escritura es una traición. Que la poesía verdadera vive en el abismo y la desdicha y que cerca de su casa pasa el camino real de los actos gratuitos, de la elegancia de los ojos y de la suerte de Marcabrú. Que la principal enseñanza de la literatura era la valentía, una valentía rara, como un pozo de piedra en medio de un paisaje lacustre, una valentía semejante a un torbellino y un espejo. Que no era más cómodo leer que escribir. Que leyendo se aprendía a dudar y a recordar. Que la memoria era el amor."
miércoles, 30 de marzo de 2011
Se acabó La Pecera
Se acabó. Es tarde mientras escribo esto. Nunca se debe escribir “se acabó” demasiado tarde. Nuevos hábitos, nuevas rutinas, nuevos flamantes minutos donde acaparar toda la rabia y toda la esperanza. Se acabó, y es algo que no está mal. Se acabó la aventura; por lo menos hubo aventura; se acabó el sueño cuando estaba a punto de convertirse en pesadilla, aunque tampoco fuese siempre un sueño plácido. No estoy haciendo balance. Aún es pronto.
Sólo quería escribir esto, se acabó. No escribo conectado, es decir, estoy tecleando sabiendo que esto lo colgaré en otro momento. Dí de baja el teléfono de la tienda y ya no ha habido, ni habrá, más mañanas perdidas escribiendo por escribir en el blog, de momento. La casualidad, y la mudanza, han hecho que pase esta noche en la pecera, arriba, en una habitación casi vacía, despojada de las cosas que creo que necesito cerca, guardadas ahora en bolsas y cajas; se ven las grietas como crueles cicatrices bajando por las cuatro paredes; una cama (la cama fakir), un flexo roto, unos zapatos viejos, alguna bolsa con cosas de última hora, de esas que uno no sabe dónde guardar, ni por qué, ni para qué las guarda. Le debo estas líneas a la tienda. El zumbido de un asmático calefactor de aire marca el ritmo, hace fresco, o al menos yo tengo frío, debe ser el vacío y las noches traicioneras de la primavera. No hay nada que decir de la tienda, ya está todo dicho, y ahí está para curiosos y masoquistas las pocas entradas que he salvado de la quema, las pocas que no me he llevado a otro lugar, y que se quedarán aquí testimonialmente. Que la librería siga en marcha aplaca los dolores de cabeza que sufrí, las cuentas que salieron mal; como si el coche que con tanto ahínco trataste de personalizar lo vendieses de segunda mano por problemas de solvencia, por un cambio de residencia, por un peso que necesitas quitarte, por un ansia de salir y seguir hacia delante, o por todo ello y por nada de eso a la vez, por alguien a quien seguir y por ti a quien salvar, porque la vida se reinventa y uno necesita seguir creyendo que tenemos algo que ver en nuestras decisiones y que ni el guión está del todo escrito ni aún tiene un final previsible y aburrido. Una de las visitas más reconfortantes que he tenido antes de cerrar fue el viernes pasado; alguien a quien ya no esperaba, una clienta habitual, una amiga fugaz, una conocida íntima, vino tarde y quiso comprar por última vez en La Pecera. Es joven, preciosa y se le adivina un talento que debe dejar salir. Me dijo que de algún modo me veía como la muestra de que las cosas cambian, que cambiamos, que no pasa nada por reinventarse las veces que haga falta, que no hay vocaciones inamovibles que acaban por esclavizarnos si nosotros no queremos. Algo así dijo, no sé si la lírica barata me deja decirlo bien.
Ahora toca cambiar otra vez. Estos días han estado llenos de papeleo, bajas de autónomo, altas en el paro, peticiones de vida laboral, trabajadoras del servicio de empleo intentando comprender cómo rellenar mi demanda de empleo, cómo poner las cosas que digo haber hecho y saber, o estar dispuesto a hacer; días de inútiles instancias escritas como cartas a los reyes magos, días de sentir la librería lejana, pequeña, sin importancia, días de seguir yendo a la piscina a nadar porque cada brazada me marca hasta donde sigue llegando mi cuerpo, principio y fin de todas y cada una de mis reconversiones. Pinté la pecera, monté sus estanterías, la llené de libros, la dejé empolvarse, coqueta y soberbia, la barrí, la malcrié y la descuidé, la mantuve a flote cuando el agua me llegaba al cuello, pero ya está, se acabó, la vendí. La malvendí por cuatro duros, con lo que al menos podré pagar alguna de las deudas que he ido acumulando, aunque intento que eso no me obsesione demasiado. He hecho muchas cosas aquí dentro, incluso escribí una novela en ella y, en parte, sobre ella; de nada sirvió, acabó en una carpeta en el escritorio de este ordenador portátil e impresa en una carpeta en un cajón. Pero eso ya lo sabía, si me molestó algo fue mi ingenuidad al creer que con eso podía cambiar mi suerte, que soy algo más que mis ingresos y mis gastos y mis impuestos y mis achaques, pero la verdad es que, realmente, suerte, en el fondo, he tenido mucha; que quiera estabilidad no significa que quiera más, sólo quiero tiempo para mí y mis lecturas, mi melomanía, mi indignación y mis ganas de querer a quien me quiere, no quiero más; por tener, tengo libros sin leer al menos para un par de años, y tres o cuatro ideas para creerme capacitado para volver a intentar contar algo por escrito. Me despido de la tienda con un brindis al sol, con una carrera por el bosque con los grilletes rotos por un cortafríos oxidado, tirando mi traje a rayas entre la maleza, marchándome lejos de algo que quizá debería haber sido mi oasis pero que se acabó convirtiendo casi en mi prisión. Se acabó. Ahí se queda la librería. Me importa tanto que no me afecta qué pueda ser de ella; o quizá me importa tan poco que no creo que vuelva a desear querer entrar en ella. Si aún alguien sigue ahí, recuerde el rancio consejo que puede dar alguien que tuvo un oficio también claramente rancio y en recesión: no dejen de leer, libros; no dejen de perderse por cualquier lugar con un libro de papel en los bolsillos o en la maleta...Visto lo visto, creo que sólo puedo terminar escuchando y viendo esto...
martes, 29 de marzo de 2011
Mircea Cărtărescu. Por qué nos gustan las mujeres.
Una última recomendación antes de que caiga el telón... Mircea Cartarescu... De ce iubim femeile. Precioso, brutal, verdadero, desde hoy imprescindible... Así empieza...
"Ruego a las distinguidas lectoras de este libro que no me tachen ya de entrada de pedante si empiezo con una cita. Durante la adolescencia tenía la estúpida costumbre de hablar en citas, lo que me granjeaba una fama bastante triste en el Liceo Cantemir. Mis colegas iban a la escuela con un magnetófono de diez kilos, ponían música y bailaban en la clase de francés...; “el Garzonelo”, nuestro maniático profesor, reunía a las chicas a su alrededor y les contaba cómo se dicen todas las porquerías en francés… Un par de alumnos hojeaban revistas porno suecas al fondo de la clase… Sólo yo, que vivía únicamente en el mundo de los libros, subía a la pizarra y la emborronaba con alguna cita de Camus o de T.S. Eliot, que cantaba como una almeja en el ambiente de desmadre de nuestra aula polvorienta y desconchada… Al verla, las chicas que estaban con las piernas cruzadas sobre el pupitre enseñando los muslos por debajo de la falda arremangada de sus uniformes, ni siquiera se molestaban en hacer una mueca o en echarse a reír con desprecio. Se habían acostumbrado. Me miraban como si yo no hubiera existido nunca. Y así fue como pasé los años del liceo: un tipo raro con el uniforme deshilachado que escribe textos ininteligibles en la pizarra o habla con los castaños plantados a lo largo de las pistas de salto de longitud. Hablaba en citas, no por esnobismo, ni para darme importancia (no te podías dar importancia si no era con la música rock o con la lista de tus conquistas, el resto eran bobadas), sino porque llegaba a querer a un autor hasta la locura, y a identificarme con él y a creer que sólo las palabras que había pronunciado alguna vez expresaban la verdad fundamental del mundo, mientras que todo lo demás era mera palabrería.
Con el tiempo he seguido siendo el mismo jerk al que le da lo mismo lo que uno se pone, come o dice delante de una cerveza o en un coloquio, pero he aprendido a ser más prudente en dos cosas, por lo menos. La primera: al relatar los sueños, y la segunda: al citar a mis autores preferidos. Ambas cosas aburren mortalmente, tanto por escrito como en una conversación, y hacen que te cuelguen la etiqueta de tipo impresentable…"Mircea Cartarescu. Por qué nos gustan las mujeres. Editorial Funambulista
Tras ese comienzo, se desarrollan una serie de lo que podrían llamarse relatos, visiones de mujeres que han pasado por la vida del narrador (posíblemente el propio Mircea, pero con la literatura nunca se sabe, ¿no?), mujeres que sirven de excusa para apuntar un discurso vital, o quizá sea al revés, quizá sea la vida la que se sostiene y desarrolla para encontrar a esas mujeres que nos dignifican, moldean, crean y dan sentido. Uno cuenta cosas, momentos duros, por ejemplo, o momentos importantes, y si quitas todo lo superfluo, ¿qué queda? Pues eso. Si además escribes como Cartarescu, poco más se puede decir salvo volver y releer cuando haga falta, es decir, cuando admitamos sin posibilidad de retorno, que somos lo que somos por las personas (en este caso, mujeres) con las que nos cruzamos a lo largo de los años...
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lunes, 21 de marzo de 2011
El sillón para morirse
Todas las librerías tienen un sillón para morirse, todas; viene con la licencia de apertura. Un transportista con bigote y levita aparece el mismo día que vuelves tú del ayuntamiento con tu flamante licencia, pensando si ir directamente a plastificarla o a enmarcarla, y a medio día, puntuales como un reloj de arena, resulta que te dejan un paquete enorme donde hay un nota adjunta en la que se te comunica que el gremio de libreros de Canciones Tristes te obsequia con un auténtico sillón para morirse. El problema no es ya el sillón en sí, que es un arma en toda regla, y no precisamente cargada de futuro, sino dónde lo pones y, claro, hay que buscarle un sitio, y uno ya empieza su primer día como librero con estrés. Casi todos en el oficio esconden el sillón, lo meten en el almacén o lo ponen en un rinconcito de la oficina y ahí se queda. Un día, todo librero que se precie, acaba dejándose caer en él, algunos por despiste, otros por curiosidad, los más por accidente, pero casi ninguno se muere esa primera vez, porque resulta que el sillón nunca viene con hojita de instrucciones y resulta que sí, es un sillón para morirse, qué duda cabe, pero como los fabrican en Rusia, a veces funciona y a veces no, así que poco a poco el librero le va pillando cariño a leer en su sillón para morirse, y termina por no saber si ese libro con el que se esconde para leer en su sillón serán el último que lea.
A fuerza de echarse siestas en él, la mayoría de los libreros creen que están inmunizados de por vida, aunque a veces les llegan cartas donde les comunican que tal librero ha fallecido sentado en un sillón de su librería, pero como no pueden dejar de sentarse a leer en él, el oficio de librero con el paso de los años se ha convertido en una profesión de alto riesgo, aunque no lo parezca. Por norma, cuando una librería va a cerrar, se suele sacar y poner el sillón a la vista porque saben que el mismo transportista con bigote y levita vendrá a llevarse el sillón para morirse pero nadie sabe cuándo, sólo que vendrán a por él, así que el librero, que con el paso de los años suele convertirse en un ser atormentado, prefiere sentarse él mismo en el sillón y pasar esos últimos días ahí, disimulando, haciendo como que lee, quedando como un maleducado cuando la gente le pide libros y él ni siquiera se levanta del sillón, dando permiso para cojan lo que quieran (o quede en las estanterías en esos últimos días), respondiendo cuando la gente se cansa de esperar a que le cobren, "me levantaría, pero preferiría no hacerlo...", sin que nadie nunca llegue a saber que realmente les está salvando la vida... Melville lo sabía, y Cortázar también, pero nunca contaron toda la verdad del asunto.
A fuerza de echarse siestas en él, la mayoría de los libreros creen que están inmunizados de por vida, aunque a veces les llegan cartas donde les comunican que tal librero ha fallecido sentado en un sillón de su librería, pero como no pueden dejar de sentarse a leer en él, el oficio de librero con el paso de los años se ha convertido en una profesión de alto riesgo, aunque no lo parezca. Por norma, cuando una librería va a cerrar, se suele sacar y poner el sillón a la vista porque saben que el mismo transportista con bigote y levita vendrá a llevarse el sillón para morirse pero nadie sabe cuándo, sólo que vendrán a por él, así que el librero, que con el paso de los años suele convertirse en un ser atormentado, prefiere sentarse él mismo en el sillón y pasar esos últimos días ahí, disimulando, haciendo como que lee, quedando como un maleducado cuando la gente le pide libros y él ni siquiera se levanta del sillón, dando permiso para cojan lo que quieran (o quede en las estanterías en esos últimos días), respondiendo cuando la gente se cansa de esperar a que le cobren, "me levantaría, pero preferiría no hacerlo...", sin que nadie nunca llegue a saber que realmente les está salvando la vida... Melville lo sabía, y Cortázar también, pero nunca contaron toda la verdad del asunto.
Propiedades de un sillón (fragmento), Julio Cortázar, en Historias de Cronopios y de Famas (1962)
"En casa del Jacinto hay un sillón para morirse. Cuando la gente se pone vieja, un día la invitan a sentarse en el sillón que es un sillón como todos pero con una estrellita plateada en el centro del respaldo. La persona invitada suspira, mueve un poco las manos como si quisiera alejar la invitación y después va a sentarse en el sillón y se muere. Los chicos, siempre traviesos, se divierten en engañar a las visitas en ausencia de la madre, y las invitan a sentarse en el sillón. Como las visitas están enteradas pero saben que de eso no se debe hablar, miran a los chicos con gran confusión y se excusan con palabras que nunca se emplean cuando se habla con los chicos, cosa que a éstos los regocija extraordinariamente.
Al final las visitas se valen de cualquier pretexto para no sentarse, pero más tarde la madre se da cuenta de lo sucedido y a la hora de acostarse hay palizas terribles. No por eso escarmientan, de cuando en cuando consiguen engañar a alguna visita cándida y la hacen sentarse en el sillón. En esos casos los padres disimulan, pues temen que los vecinos lleguen a enterarse de las propiedades del sillón y vengan a pedirlo prestado para hacer sentar a una u otra persona de su familia o amistad. Entretanto los chicos van creciendo y llega un día en que sin saber por qué dejan de interesarse por el sillón y las visitas. Más bien evitan entrar en la sala, hacen un rodeo por el patio, y los padres, que ya están muy viejos, cierran con llave la puerta de la sala y miran atentamente a sus hijos como queriendo leer su pensamiento. Los hijos desvían la mirada y dicen que ya es hora de comer o de acostarse.
Por las mañanas el padre se levanta el primero y va siempre a mirar si la puerta de la sala sigue cerrada con llave, o si alguno de los hijos no ha abierto la puerta para que se vea el sillón desde el comedor, porque la estrellita de plata brilla hasta en la oscuridad y se la ve perfectamente desde cualquier parte del comedor. "
Al final las visitas se valen de cualquier pretexto para no sentarse, pero más tarde la madre se da cuenta de lo sucedido y a la hora de acostarse hay palizas terribles. No por eso escarmientan, de cuando en cuando consiguen engañar a alguna visita cándida y la hacen sentarse en el sillón. En esos casos los padres disimulan, pues temen que los vecinos lleguen a enterarse de las propiedades del sillón y vengan a pedirlo prestado para hacer sentar a una u otra persona de su familia o amistad. Entretanto los chicos van creciendo y llega un día en que sin saber por qué dejan de interesarse por el sillón y las visitas. Más bien evitan entrar en la sala, hacen un rodeo por el patio, y los padres, que ya están muy viejos, cierran con llave la puerta de la sala y miran atentamente a sus hijos como queriendo leer su pensamiento. Los hijos desvían la mirada y dicen que ya es hora de comer o de acostarse.
Por las mañanas el padre se levanta el primero y va siempre a mirar si la puerta de la sala sigue cerrada con llave, o si alguno de los hijos no ha abierto la puerta para que se vea el sillón desde el comedor, porque la estrellita de plata brilla hasta en la oscuridad y se la ve perfectamente desde cualquier parte del comedor. "
miércoles, 16 de marzo de 2011
Cosas. Teo Serna.
Me envía Teo Serna un poema, escrito tras leer cosas de este blog y enviado a mí "porque le da la gana", así que yo hago lo propio, lleno de sorpresa y agradecimiento... Gran tipo, sí señor... Yo por mi parte sigo guardando cosas mientras me despeino decimonónicamente, arrugo mi levita, dejo caer con una mano "clinex" salados entre aullidos por los rincones mientras con la otra cojo libros y leo en voz alta fragmentos contodo lo engolada que mi voz puede sonar, lo típico en estas situaciones, Melville, Homero, Celine, Shakespeare... y de paso este poema, claro...COSAS
Amamos las cosas:
los libros,
los lapiceros,
los discos de vinilo,
los cuadernos viejos…
Cosas.
Solo cosas que palpamos, que sentimos,
que creemos únicas, necesarias.
Acariciamos cosas
como acariciamos la piel de una mujer
o el lomo de un gato torpe.
Cosas que están ahí
porque nosotros las cogimos,
o quizá las encontramos como el tesoro ése
de algún pirata.
En cualquier caso,
cosas que hicimos nuestras porque, a veces,
necesitamos sentirnos algo menos pobres.
Cosas tontas:
canicas, cucharas, una afeitadora,
un soldadito de plástico,
un sello de hace 20 años.
Ellas seguirán, de alguna manera
(ya lo dijo Borges).
Nosotros no.
Pero nosotros pasaremos a ser cosas también:
una camisa, unos huesos, una foto,
una carta apenas empezada,
un cerco seco en la boca de un vaso,
una tarjeta de crédito caducada.
Una huella en la habitación aquella.
Cosas.
Solo cosas.
domingo, 13 de marzo de 2011
Trece imágenes. (The Acuarium LP Compilation. Vol I)
Imágenes, o tal vez escenas; de casi la mitad no hay documento visual, sólo palabras, la mía y con las que lo cuento.
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| Mi lugar y aparejo favoritos para leer |
DOS. Un chico de unos once o doce años, habitual (somos pocos y aquí con un par de veces te conviertes en habitual), con pinta de tener los pulgares fuertes por la Nintendo y gustos indefinidos (vamos, que lo mismo puede escuchar a Mago de Oz que a DJ Truhán), de primera impresión altivo pero inequívocamente tímido, seguramente enamorado de alguna compañera de clase, amigo de pocos amigos pero de pandilla grande. Hace dos semanas entra a la librería y se planta frente a la sección de literatura extranjera (es decir, entras y giras el cuerpo el plan chotis, sin moverte de la baldosa, a la derecha). Nunca ha mirado ahí, siempre se va a literatura juvenil fantástica (seis pasos de frente). Yo sigo escribiendo en el blog; me gusta cuando vienen simplemente a mirar, y eso no pasa casi nunca. A los cinco minutos alzo la cabeza y me lo encuentro frente a mí. Me sonríe y me dice: "sólo venía a oler, me encanta cómo huele la librería, os voy a echar de menos". Antes de que me seque las lágrimas, cargue el desfribilador, le haga la ola y me suba la camiseta tapándome la cara y corra en círculos en plan loco suicida por la tienda, el cabrón desaparece.
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| Phil Lynott enseñándonos que nunca hay camino demasiado difícil ni lugar del que no se pueda regresar |
| "First we take Manhattan, then we take Berlin. I'm guided by a signal in the heavens. I'm guided by this birthmark on my skin..." |
OCHO: Antes de ayer. La imagen de la inmensa y radiante sonrisa que acompaña a la cara de sorpresa de una mujer al contestarle el librero que por supuesto que sabe qué son los mandalas y que sí existen libros para colorear mandalas y que en cuatro días tiene un libro así. "Por fin encuentro a alguien que no me toma por loca", dice, "no sabes en la de sitios que he preguntado, hasta mi marido me decía que esas cosas no existen, que eran fantasías mías. En cuanto pinte el que me consigas vendré a por más". Por no cortarle el rollo el librero no se atrevió a decirle que el més que viene no estará. Le ha pedido dos ejemplares distintos.
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| Poema de Rodolfo Quintero-Noguera |
DIEZ. Librero friega la tienda. Librero deja el mocho a su lado y gruñe al ver el cubo en la otra punta, al lado de la puerta, pues ha ido fregando de espaldas. Librero deja un pasillito de baldosas sin fregar hasta el expositor del centro para poder pasar y colocar unos libros que le acaban de llegar. Librero tropieza. Libros salen volando, uno de ellos vuela más de lo lógico, rebota con el lomo en la estantería, entra en barrena y cae en el cubo tan limpiamente como un tripe de Larry Bird en el último segundo. Librero va hacia el cubo, se escurre con el piso aún húmedo y mientras da con la rodilla en el suelo piensa, "la rodilla no, la rodilla no...que soy autónomo, joder". Mete la mano en el cubo y saca el libro "La sociedad del esptectáculo", Ed. Pre-Textos, 13 €, totalmente empapado. El librero pasa a modo Mr Bean meets Hulk y espeta "me cago en Guy Debord, el los situacionistas y en la puta madre de la vaca que ríe" mientras una monja anciana con hábito blanco de la residencia de ancianos que está a dos manzanas de la librería le mira desde la calle. El librero le mira asu vez y piensa, "como se santigüe meto mi cabeza en el cubo". En vez de eso la monja pregunta como si nada "¿te quedan evangelios del 2011?". Si, claro. "Pues quiero tres". Aunque el librero cojea visiblemente la monja apuntilla, "Si no te importa mejor no entro y me los sacas aquí, no vaya a ser que me escurra yo también..."
DOCE: La semana pasada. Adolescente levemente alolitada entra y se dirige a la sección infantil. Mira (al final los jóvenes son los únicos que vienen y miran un rato antes de elegir). En la pecera suena "Nubes de Papel", el último Depedro y el librero ve que mueve la cabeza y canturrea alguna letra. Pone sobre el mostrador "Memorias de Idhun. La Resistencia", de Laura Gallego (20,95€) y le pregunta a librero cómo está ese libro, que se lo han recomendado sus amigas de clase. Depende de lo que quieras leer, responde el librero. Algo, dice ella, ¿éste es muy fantástico? El librero piensa qué puede significar que un libro sea poco o muy fantástico. Opta por decir de nuevo, depende. ¿Y algo más....? dice ella. El librero le da "El guardián entre el centeno" y "El vaso de plata" de Antoni Marí (precioso). Tras ojearlos (y hojearlos) ella dice, ¿cuál es mejor? Y el librero dice, elige tú. Ella elige "El vaso de plata", pero el librero cree que lo hace más por que no hay tanta diferencia de precio entre ese (13,95) y el de Laura Gallego que quería llevarse que con el de Salinger (7,95). Por el precio no lo hagas, dice. No, no, me apetece éste, dice ella. Al salir de la tienda al librero le da por pensar en eso que llaman efecto mariposa y en la cantidad de veces que ha hecho algo parecido a lo largo de los años.| El descanso del librero |
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