viernes, 27 de marzo de 2015

TOPO, una historia al ritmo de la calle. Honestidad y tozudez en el país de los tuertos.


Gracias a la gente de Exile Magazine por sacar este artículo sobre Topo que ninguna "publicación seria" en papel ha querido publicar. De corazón, gracias. http://www.exileshmagazine.com/2015/03/topo-parte-i-una-historia-al-ritmo-de.html

TOPO, una historia al ritmo de la calle. Honestidad y tozudez en el país de los tuertos.
Por Juan Miguel Contreras 

PARTE 1.
Topo es una de las grandes formaciones de la historia del Rock Español. Hay cosas que cuanto antes se digan, mejor. También han sido uno de los grupos más ninguneados y con más mala suerte del negocio, algo que ha sido moneda común de la inmensa mayoría de las bandas de este país, pero Topo pertenece además al reducido grupo de los perseverantes, los tozudos y los seguros de sus capacidades… Como Burning, como Sex Museum, como… (sigan ustedes mismos). El problema con Topo es cómo se les considera cuando se les tiene en cuenta y en que categoría se les ubica.

Surgieron en 1978 como una escisión de Asfalto y durante un breve periodo de tiempo volaron muy alto, aunque nadie pareció darse cuenta. Topo es un gran grupo, con diferentes etapas, con altibajos, con éxitos y fracasos, con muchas de las miserias y con muchas más glorias (en forma de canciones) de eso del rock, pero sin duda es una banda merecedora de ser considerada de primer nivel y, por qué no decirlo, histórica. Sin embargo, si hay algo con lo que cargan sobre sus espaldas José Luís Jiménez y Lele Laina a la hora de observar su biografía musical son prejuicios. Se les englobó bajo esa indeterminada y maliciosa etiqueta del Rock Urbano, vaya uno a saber qué sea eso, e incluso ellos mismos en más de una canción han usado el adjetivo con convicción, pero también es cierto que, a la hora de acercarse a su trabajo, quizá esa denominación haya sido más una losa que una aclaración. Y si no tenían suficiente con la viciada forma de hacer las cosas del que fue su primer sello, Chapa Discos (un sello prototípico de la visión carpetovetónica del negocio del rock en este país, con más sombras que luces), se “apropió” de ellos todo un “capo” como Vicente Romero (ejemplo de integridad más entendida como cabezonería que como defensora de ciertos principios).


Básicamente Topo son José Luís Jiménez (1948) y Lele Laina (1952), aunque haya habido momentos en los que la nave la ha dirigido solamente Jiménez y por mucho que la llamada “formación clásica” sean ellos dos más los desaparecidos Terry Barrios (1952-1992) y Víctor Ruíz (1952-2005). Como se ha apuntado antes, Topo surgió en 1978 como una escisión de la mítica formación Asfalto, los cuales, en ese mismo año, habían publicado su disco debut tras un reseñable número de años pateándose escenarios y siendo grupo de apoyo de muchos otros como Vainica Doble, una obra con la que nadie del grupo quedó satisfecho y que Chapa ninguneo hasta que la canción “Capitán Trueno” comenzó a sonar en la radio. Para cuando esto último sucedió, Asfalto ya había roto peras; por un lado estaban los citados Jiménez y Laina y por otro Enrique Cajide (batería) y Julio Castejón (guitarra y voz). Ese primer disco de Asfalto, a pesar de la insatisfacción que provocó a sus autores, sigue siendo una obra más que disfrutable, conteniendo un conjunto de canciones sumamente memorables, tanto en composición como en ejecución. En él se conjugan como pocas veces en este país luminosas influencias beatlelianas, psicodelia, rock progresivo de altura y una lírica tan naif como preclara (en la, quizá, ficticia e ingenua distinción entre compositores con carga política o no, el caso de Laina y Jiménez aparece como totalmente banal, pues en su ADN siempre ha estado impreso cantar sobre y para la gente de dónde vienen). Entre toda esa mixtura, sobresalen ciertos aspectos que seguirán siendo señas de identidad posteriormente en Topo: una conjunción y arreglos vocales muy a tener en cuenta, y por los que nunca han sido suficientemente reconocidos, una destreza instrumental notabilísima y unas ambiciones compositivas tan clásicas como valiosas.

Presiones de la compañía hacen que Cajide y Castejón continúen bajo la nomenclatura original a pesar de tener nuevo nombre y nuevos compañeros. Por su lado, Jiménez y Laina, intérpretes vocales principales de las canciones más recordadas de dicho LP, deciden formar otro grupo y permiten el uso por parte de aquellos del nombre de Asfalto. Así pues, José Luis Jiménez (bajo y voz) y Lele Laina (guitarra y voz) se embarcan en la creación de Topo junto a Terry Barrios (Batería y voz) y Víctor Ruiz (Teclados). Rápidamente graban su primer plástico, de titulo homónimo, el cual, comparado con la obra seminal del que fuese su primer grupo, se muestra como una gloriosa evolución lógica. La inclusión del teclado de Ruiz hace que las nuevas composiciones adquieran músculo y fluyan densas, muy acordes con el rock progresivo de la época. Dicho álbum, producido brillantemente por Teddy Bautista en los estudios Kirios, incluye composiciones ilustres como "Vallekas 1996" o "Mis amigos dónde estarán". Es un disco difícil y a la vez naif. Difícil porque es progresivo, enrevesado y complejo, y naif por unas letras directas, cargadas de una marcada y sencilla pátina social, pero también con enjundia. Ecos de Traffic, Mott the Hoople (de Brain Capers) o Humble Pie resuenan en cada surco, aunque siempre primando su marcada personalidad. Abre el disco "Autorretrato", trepidante gema de riff con olor a clásico, un teclado llenándolo todo que parece robado directamente de Vanilla Fugde y un interludio acústico que muestra a unos compositores tan seguros como ambiciosos; le sigue "Abélica", otra joya progresiva con un nuevo juego de voces inmenso, y, cerrando la cara A, "La catedral", cuya lírica parece extraída de un guión de Moebius y que musicalmente es como si Pink Floyd estuviesen tocando un descarte del primer disco de King Crimson, esta vez bajo la voz principal de Terry Barrios, secundado por unos Jiménez y Laina poseídos por Crosby, Stills y Nash. Y si la cara A era asombrosa, la cara B es ya para llorar de placer; "Mis amigos dónde estarán" es uno de esos himnos sencillos y emotivos por los que no pasa el tiempo, y "Qué es esta vida" siempre me ha parecido el "Because" beatleliano patrio. "El periódico" es una composición tan sencilla como emotiva, antesala perfecta para que cierre el disco de nuevo un pletórico Terry Barrios a la voz principal con "Vallekas 1996" (o cómo incitar a la lectura de Orwell y Bradbury desde una canción). No sólo eran unos músicos arriesgados y virtuosos, sino que posiblemente hayan sido uno de los poquísimos grupos que en este país han cuidado las voces y las armonías vocales de una manera tan exquisita. Terry, José Luis y Lele se compenetraban de manera emocionante, y las armonías que se sacaban de la manga son de lo mejor que nunca nadie se ha dignado a reivindicar en este país. 

Lele Laina y José Luis Jiménez - Foto. Luis Sevillano

Un disco como ese hoy debería estar reseñado como la maravilla que es dentro de cualquier historia decente del rock español, y no como un Wally que nadie sabe dónde está, ninguneado por modernos y gafapastas cuyas carnes se abren ante productos contemporáneos de dicho disco que son presentadas como epítomes de lo más de lo más. Sin embargo Topo sufrió lo que sufrieron las otras bandas de su compañía, Chapa, que, lejos de apoyar incondicionalmente la música de su escudería, mostró con el tiempo que sólo buscaba formas de enriquecerse rápida y fácilmente, maltratado sin ningún problema cantera y catálogo, dando al traste con bandas mientras su propia ineptitud interna provocaba situaciones kafkianas tales como la grabación de discos claves que no eran mínimamente apoyados (como el de Mezquita, Mermelada o Cucharada) o cambios de imagen tan descorazonadoras como el que hicieron los propios Topo para su segundo disco. No hay que olvidar que esto es España y Topo se topó (perdón) con la Movida, entrando inmediatamente a formar parte de ese saco donde han acabado todos los grupos que, parafraseando a Tierno Galván, no estuvieron al loro, no se colocaron, se movieron y no salieron en la foto. No hablo de teorías conspiratorias, sino simple y llanamente de cutrerío patrio; aquí la música era considerada (y es) como un simple negocio de guapos y guapas manejables y no como una forma de arte comercializable, pero arte al fin y al cabo.

Con estas premisas, en 1980, Chapa les "anima" a realizar un disco "nuevaolero", al estilo de lo que funcionaba en Gran Bretaña, con un sonido próximo a The Police. Para estos cuatro proles curtidos durante años en el local de ensayo y en bolos infames, el caramelo no les pareció mal, pero, hablando mal y pronto, se la metieron doblada. Este intento de reformularlos, concretado en un disco llamado "Pret a portet", fracasa estrepitosamente y hace que Topo abandone la discográfica. Produce de nuevo Teddy Bautista, pero pocos rastros hay de la obra anterior. Visto en perspectiva no es un mal disco, tiene sus momentos, pero no era apropiado para un grupo como Topo. De hecho no parecían el mismo grupo. Una cosa es evolución y otra el triple salto mortal sin red estilístico que hicieron. De todos modos, hay que insistir en que no es un mal álbum (si lo hubiera firmado un grupo novel). Sobre él reposa la losa de ser un disco indigno, pero tras esa pátina sonora tan típica de la época, se esconden un puñado de composiciones que, con otra producción más orgánica y natural, hubieran hecho un trabajo menos sonrojante. A pesar de tener que echarle imaginación para ver que los huesos de esas canciones eran buenos, se mantienen muy a la luz la destreza instrumental y los arreglos vocales con enjundia. Perlas como “Inesperadamente”, la versión de Sam Cooke “Bring it on home to me” bautizada como “Trae a casa tu amor”, o “Te siento cerca”, siguen brillando debajo del lodo y la purpurina (aunque otras como “Extraterrestre” le hagan a uno llorar de espanto).

Para resarcirse grabaron su tercer disco intentando que las injerencias de la compañía fuesen las menos posibles. Con "Marea negra" pusieron las cosas en su sitio, volviendo a su sonido, sus riffs, sus juegos vocales y su teclado musculoso. Un disco magnífico grabado en Madrid y mezclado en Ámsterdam que con el tiempo se ha convertido en su obra más representativa. Fichan por Sony y produce Carlos Narea con la ayuda de Miguel Ríos. Terry Barrios catalizó las inquietudes del grupo y puso las cosas en orden (aparte de ser un batería contundente y preciso, tenía un sonido y una pegada muy característica, y en grabaciones posteriores se le echó en falta, lo cual es mucho decir a la hora de hablar de un batería). “Cantante urbano” abre el disco de una manera poderosa, abriendo el listado de nuevos clásicos de la banda, soberbia, auto afirmante y que expone la tónica de lo que vendrá, la de unos músicos en estado de gracia que confían en unas canciones de nuevo primorosas pero, esta vez sí, grabadas y producidas como desean. Desaparecen los restos progresivos más evidentes por mor de un rock más directo. “Guerra fría” mantiene el pulso sustentada por el piano de Víctor Ruiz, que encuentra más espacio para reclamar su importancia capital dejando que un pantagruélico Terry Barrios se haga con ella y la saque a flote y le de brillo. Sigue “El Blues del Dandy”, poderosa sátira deudora de unos Humble Pie incisivos y socarrones. “Marea negra” es un himno preclaro y trepidante donde todos brillan y a la vez les muestra compenetradísimos. Justo después Lele Laina imprime su raigambre beatle con la harrisoniana “Colores”, emocionante descripción sentimental de un trotamundos apátrida. La cara B se abre con “Los chicos están mal”, una nueva muesca en su lista de clásicos, y si cito todas las canciones del álbum es para reivindicar una obra que debería haber tenido mejor suerte en el imaginario colectivo rockero patrio. Jiménez de nuevo apabulla con su bajo, dirigiendo a un grupo que se gusta y disfruta. “Después del concierto” y “El apagón” se siguen con un José Luís Jiménez cantando pletórico y dibujando unas líneas de bajo imaginativas y contundentes que culminan en la última de las gemas del álbum, “Ciudadano universal”, cantada por Terry, la cual muestra sus restos progresivos en una composición acertada y adaptada al momento que viven.

PARTE 2.
A pesar de tener la certeza de haber firmado un magnífico disco y de gozar de la tutela de un Miguel Ríos que les lleva de teloneros, la compañía no hace nada por ubicarlos y sacarlos de ese cajón desastre del llamado rock urbano donde les es imposible romper los límites que su propio nombre impone (en radiodifusión y trasvase periodístico); la moral del grupo está en su peor momento y, a finales del 84, Terry, Lele y Víctor deciden tirar la toalla y abandonan, cansados de la compañía y con la sensación de que la mala suerte que siempre les ha acompañado nos les dará tregua por más que se esfuercen. Se queda solo José Luís Jiménez, que sobrevive alquilando su equipo de sonido y buscando nuevos músicos. Decide mantener el nombre y ficha a Luis Cruz (Guitarra), Kacho Casal (Batería) y Pablo Salinas (Guitarra, teclados). Esa formación grabará en 1986 "Ciudad de Músicos", editado a través del sello SNIF, compañía auto gestionada por los propios músicos donde también editan los igualmente tenaces Asfalto en su nueva reencarnación junto a Miguel Oñate. “Ciudad de músicos” es totalmente un producto de la época, delicioso y culposo a la vez. Muy influido por el rock metalizado de guitarristas corre mástiles gracias al ímpetu y talento de Cruz y Casal (hoy en Burning), el bajo y voz de Jiménez pivota sabiamente e intenta atar en corto a sus nuevos compañeros con unas composiciones que, tras los arreglos “hard-metálicos”, se vuelven a mostrar clásicas y preciosistas. A pesar del satisfactorio trabajo, éste vuelve a pasar totalmente desapercibido, lo cual, añadido a que José Luís Jiménez busca sonoridades más clásicas, precipita el fin del primer acto de Topo.
Como telón del mismo, en 1988 aparece "Mis amigos están vivos". Doble LP en directo editado por la  tenaz voluntad de José Luís Jiménez. Vista hoy en día es la muestra más evidente de la historia de Topo, es decir, un lujo perdido en el olvido de los medios (nunca se ha editado en CD, y sólo se encuentra ripeado en algunos blogs). Un disco doble en directo que tenía que haber puesto las cosas en su sitio, un disco que en cualquier otro lugar sería una pieza indiscutible pero que aquí se quedó en nada (salvo en el testamento del grupo hasta su vuelta en el 2000). El concierto se graba el 30 de octubre de 1987 en la sala Canciller, y en él Jiménez reúne a todos los músicos que habían pasado por la banda más numerosos invitados ligados a la historia de la misma. Sonaron todos sus “himnos”, plasmando el momento actual de Topo en ese momento y su historia. Quizá el baile de invitados diluya el resultado, pero es el mejor testamento posible (aunque no ratificado por su vuelta doce años después) de una banda que hubiera merecido mejor trato y proyección.

TOPO. Foto. Adán Cabello
A partir de ahí comienza un periodo caótico y silencioso. Reuniones de Asfalto, primero con Terry Barrios a la batería (“Sólo por dinero”, 1990, irregular trabajo, quizá demasiado autocomplaciente pero aún así con una joya como “Lo que el viento no se llevó”), cuyo concierto homenaje tras su fallecimiento provoca la reunión de los cuatro miembros originales de Asfalto, dando como resultado un más que reseñable álbum, “El planeta de los locos” (1994). Proyectos alimenticios y grupos de versiones (Rockorquesta, Black Dog) hacen que finalmente pase una década donde Topo desaparece completamente y se le da por finiquitado. Sin embargo, la aparición en el año 2000 de "La jaula del silencio" en el sello Pies, les vuelve a poner en marcha. Continúan Lele Laina y José Luís, no así Víctor Ruiz; lo sustituye Sergio Cisneros y en la batería se sienta Roger Castro. A pesar de ser un gran disco, pasó totalmente desapercibido (más incluso que obras anteriores). Lejos de ser un álbum anecdótico, “La jaula del silencio” se presenta orgulloso y lleno de canciones notables. Composiciones como “La vida” (emocionante), “Cruce de caminos” (brutal), “El bar”(emotiva) o “Soy una montaña” (preciosa), por citar sólo unas pocas, les muestran inspiradísimos y tan seguros como siempre. De nuevo el profundo bagaje de la pareja compositora y las raíces de las que siempre se han nutrido salen a la luz. Una brillante relectura de “I´m tired” de Savoy Brown pone la guinda a un loable trabajo de cuya existencia lamentablemente nadie se enteró.

Foto. Chema Pérez
De nuevo otro parón habida cuenta del silencio (profético título para un trabajo cuyos logros resultan inversamente proporcionales a su eco en los medios), los deja en barbecho, de vuelta a sus cuarteles de invierno, hastiados y con la sensación de estar perpetuamente comenzando y no siendo capaces de trascender el saco donde se les ha metido. Lele Laina entra a formar parte de una reencarnación de Los Brincos mientras no dejan de ensayar y componer,  hasta que el productor Ángel Romero les propone recuperar parte de su cancionero (de Topo y Asfalto) en formato acústico, publicando “Canciones básicas” en 2004 bajo sus propios nombres en formato trío (con Miguel Bullido a la batería) en una compañía integrada en el todopoderoso Grupo Prisa llamada El Diablo. El disco se vende bien (al menos para lo que están acostumbrados sus autores) pero no piensa así su compañía, que les da carta de libertad. Compaginan trabajos y bandas con esporádicas actuaciones (de gran nivel) hasta que casualmente se les une Luis Cruz en un ensayo y deciden recuperar Topo discográficamente, aunque para ello abandonen el teclado por una formación con dos guitarras (primando más la sintonía personal y musical que su original alineación). De todo ello surge “Prohibido mirar atrás” (2010), publicado por The Fish Factory, compañía que les da estabilidad y apoyo incondicional. Una más que asumida madurez compositiva da luz a unas canciones con su sello característico, las cuales, al carecer del personal sonido orgánico del teclado, les empareja más a la primigenia formación y espíritu de Asfalto. Una producción cristalina y cuidada de la mano de Jiménez y Laina es un aspecto también destacable de un álbum donde el continuismo de su guadianesca carrera se convierte una vez más en una orgullosa recopilación de canciones que van de lo auto afirmativo (“Cambios” o la que da título al disco) a lo amoroso (una joya como “Empezar”, que muestra que se pueden contar aún cosas sobre tan recurrente tema desde una visión propia y acorde con su evolución vital). También están presentes las típicas canciones suyas donde se narran historias cotidianas (“La guitarra del inglés”) y emociones tan mundanas como empáticas (la preciosa “Santo Grial”). En perspectiva resulta obvio que no es un trabajo redondo completamente, situándose un paso por detrás del reivindicable “La jaula del silencio”. Es como si la nueva formación se encontrara dubitativa en su conjunción, mostrándoles menos sutiles en algunos pasajes ante la ausencia del teclado, aunque bien es cierto que la producción es magnífica y los arreglos de las guitarras les hacen sonar primorosos pero no del todo ensamblados. Esto se constatará en directo, donde poco a poco se ve que Laina y Cruz cada vez están más seguros, doblándose con gusto (evocan muchísimas veces el espíritu de Thin Lizzy, sobre todo en la citada “Empezar”) tanto en los nuevos arreglos de su cancionero clásico como en las nuevas composiciones que pasan a formar parte del mismo. Aprovechan la presentación madrileña para grabar dicho concierto, el 14 de enero de 2011, y publicar un nuevo doble en directo. Vuelven a aparecer invitados ligados a su historia (destacando sobre todos ellos un Kacho Casal pletórico en “Todos a Bordo”). Editan “Cierta noche en Madrid” en doble cd y doble dvd. Mezcla y edita el audio el propio Lele Laina, aunque si bien eso siempre ha sido una garantía para el grupo, esta vez palidece en ciertos momentos, quizá por la ausencia total de overdubs y enmascaramientos posteriores, sonando a veces muy crudo y mate. Lo que se oye (y ve) es lo que son, para lo bueno y lo malo. El problema aparece en los extras, donde José Luís y Lele cuentan durante una hora lo que ha sido su historia musical y la de Topo. Siendo ésta como es una historia no sólo atractiva y disfrutable sino, sobre todo, paradigmática y fundamental, se echa en falta un trabajo de edición visual que dote de brillo al peso histórico que ambos tienen. Ese síndrome de haber empezado una y mil veces desde cero a base de perseverancia y lucidez quizá les hace descuidar esa ansiada entrevista. De todos modos, pecata minuta de cara a los fieles seguidores que durante años esperaban algo así.




Viendo que la nueva formación da y puede dar buenos resultados, esta vez no dejan que Topo languidezca como otras veces, y ante el abandono de Miguel Bullido, se hacen con un batería tan respetado como José Martos. En 2014 entran a grabar su noveno disco, perfectamente a gusto en su formación de dos guitarras, bajo y batería. En febrero de 2015 aparece “El ritmo de la calle”, flamante nuevo capítulo de una historia que se ha visto obligada a comenzar tantas veces ante la desidia de medios que sería una pena que terminara ahora. Como si el círculo se hubiese cerrado para Lele y José Luís dentro de ese uróboros particular en el que parecen estar inmersos, “El ritmo de la calle” constata la rabia por demostrar que su historia sigue vigente y también por evidenciar la importancia que tuvieron. De nuevo ofrecen un trabajo redondo, quizá uno de los mejores de su carrera. La tónica lírica es ya un marchamo personal: denuncia, historias, emociones, sentimientos. No sorprenden pero siguen siendo letras certeras y arrobadas. Musicalmente tampoco esperan sobresaltar a ninguno pero es tan alto el nivel que poco importa. Puede sonar a lugar común, pero reseñar un tema en detrimento de otro se torna difícil habida cuenta del nivel ofrecido. De igual modo, resulta sorprendente escuchar este disco a la luz de lo que ha sido su carrera. Desde la inicial y afilada “El ritmo de la calle” al rabioso final de tremebundo riff con “Policías y ladrones”, se reúnen 14 canciones que rallan lo notable, cuando no lo sobresaliente en algunos casos. El sonido de dos guitarras les hace incluso regresar al espíritu de aquel lejano y germinal primer disco de Asfalto (sobre todo en las preciosas “La dama y el juglar” y “La cosecha”, las cuales desprenden psicodelia beat por todos lados). Suenan contundentes gracias a la labor de José Martos tras la batería, el cual parece haberle inyectado un plus de energía a la ya trasmitida por la incorporación de Luís Cruz, pero también gracias a una sabiduría compositiva que, ayudada por unos arreglos distinguidos, elevan las canciones. Ejemplos como “Blues de cristal”, donde parecen darse cita unos Whishbone Ash secundados por Warren Haynes y sir Paul McCartney, o “El guitarrista de Hamelín”, que trae a la memoria un supervitaminado “(I´m not your) Steppin´Stone” de The Monkees, dan buena prueba de que la pareja compositiva Laina/Jiménez merece un respeto cuando no un altar. ¿Suena exagerado? Va a ser que no. La producción vuelve a recaer sobre la pareja fundadora, endureciendo el sonido donde es necesario y dejando respirar a las canciones cuando hace falta, en un resultado final meritorio y valiente, el cual debería romper no ya sólo el corsé público que les ignora sino las estúpidas etiquetas que hacen que no haya otros focos siguiendo sus pasos (Azkenza, Cazorla, Ruta66 o Efe Eme, por ejemplo). Sea o no el capítulo final de una historia tan heroica como reivindicable, habrá merecido la pena si finaliza así. Conociendo el camino que han recorrido y cómo lo han hecho, me temo que, afortunadamente, no lo será. 








viernes, 20 de febrero de 2015

Puede ser mejor, pero no más cierto. Siete fragmentos de arena

"El sufrimiento es uno. Se habla del sufrimiento como se habla del placer, pero se habla de ellos cuando ya nos dominan. Cada vez que entran en nosotros, nos sorprenden como una sensación nueva y tenemos que reconocer que los habíamos olvidado. Son diferentes porque nosotros también lo somos; les entregamos cada vez un alma y un cuerpo modificado por la vida. Y sin embargo, el sufrimiento no es más que uno. No conoceremos de él, como no conoceremos del placer, más que algunas formas, siempre las mismas, de las que estamos presos. Habría que explicar esto: nuestra alma, supongo, no tiene más que un teclado restringido y aunque la vida se empeñe en hacerlo sonar, sólo podrá obtener dos o tres pobres notas." Margerite Yourcenar. Alexis o el tratado del inútil combate. Ed Alfaguara, 1977, pág 56. Robado en 2012

"Las nubes suben hasta la azotea del cielo para dejar pasar el viento templado de octubre. El bosque se prepara para el viaje a sus raíces, que durará lo mismo que el invierno, y secará lentamente sus hojas. Los árboles se agitan sobre sus robustos troncos, golpeándose los unos contra los otros. las hojas muertas producen al caer un tenue arrullo melancólico que inunda los valles y arrecia a intervalos, a merced de la fuerza del viento. En su viaje a la putrefacción, las hojas se amontonan en las veredas y los vanos, en realidad en casi cualquier parte, y en ocasiones recorren los senderos colgadas del aire hasta que la lluvia las frena y les adjudica el lugar donde han de volver a fundirse con la tierra." Alfredo F. García (Alfa). La cumbia cimarrona. Desacorde ediciones, 2013 pág187. Autorregalo en el año nuevo de 2014

Atlanterra, perdido en un mundo inalcanzable, 13 de febrero 2015


"Teseo rezó a la diosa Afrodita. Y ella lo escuchó y le ordenó su hijo Eros hacer que Ariadna, la hija de Minos, se enamorara de Teseo. Aquella misma noche, Ariadna fue a la prisión donde esaba Teseo, drogó a los guardias, abrió la puerta de su celda con una llave robada del cinturón de Minos y le preguntó a Teseo: - Si te ayudo a matar a Minotauro, ¿te casarás conmigo?"
Robert Graves. Dioses y héroes de la antigua Grecia. Ed. Unidad Editorial, 1999. (libros baratos que se podían comprar con el periódico El Mundo), pág, 60. Julio del 99, Playa de San Juan, en helénica compañía...


" No hay amor desgraciado: no se posee sino lo que no se posee. No hay amor feliz: lo que se posee, ya no se posee. No hay nada que temer. He tocado fondo. No puedo caer más bajo que tu corazón."
Margerite Yourcenar. Fuegos. Ed Alfaguara, 1982. pág 32. Rescatado del derrumbe de mi librería para rescatarme yo, 2011.




"Vas a ser mi único amor / mientras que la luz me bañe / hasta que llegue el día / y la parca me reclame / para llevarme. 
Y yo haré mi nido en tu regazo / y en cada tempestad / me dejaré arrastrar / iré detrás de tí / y volveré por más"
Alfa. Eutepe.

martes, 3 de febrero de 2015

Poder Freak, volumen 1, de Jaime Gonzalo, brutal crónica de un mundo que no volverá

PODER FREAK, UNA CRÓNICA DE LA CONTRACULTURA. VOL.1. Por Jaime Gonzalo
Editorial Libros Crudos, www.libroscrudos.com, 12€


Entusiasmado por la lectura de este libro, escribí una pequeña reseña para una revista con la cual a menudo colaboro (Filosofía Hoy), sabiendo que no me la iban a publicar, no por ser de quien es, sino porque se supone que es una sección e novedades y este libro no lo es; sin embargo, quería hacerlo, quizá para llamar su atención (de la revista) y ver si podía escribirles algo con los tres volúmenes de los que se compone. Aún no tengo respuesta, intuyo que más por falta de liquidez que por falta de interés. Yo, de todos modos, ya estoy dándole vueltas, porque los libros (3) de Jaime Gonzalo me han dejado (o están dejando, pues aún tengo que acabar el tercer volumen) como a veces nos dejan ciertas obras, a un palmo del suelo, felices y frustrados, lo primero por la maravilla y lo segundo por ver que a nadie le importa lo libros sin ruido pero con furia. Jaime Gonzalo es un reconocido crítico musical, al menos reconocido en círculos roquistas, pues es el fundador, junto con Ignacio Julia, de una de las revistas de referencia, Ruta 66, baluarte de una manera de entender la música y vivirla que va más allá de modas y modos. Yo ya he manifestado en esta guarida mi admiración, tanto por Gonzalo como por Juliá, para mí referentes totales de la crítica cultural y de una manera de escribir que me fascina, y por eso no me importa escribirlo de nuevo. Es un placer leerlos siempre, y de vez en cuando me gusta procastrinar viendo videos suyos por youtube, de conferencias y presentaciones de libros, y leyendo entrevistas (uq eles hacen a ellos o que ellos hacen en números antiguos del Ruta) que siempre son jugosas y algunas casi obligatorias de memorizar. 




El lector que se interese por este libro (centrémonos en el primer volumen), se encontrará con un jugosísimo estudio acerca de los orígenes de diversos movimientos sociales, culturales y vitales surgidos en la segunda mitad del s. XX, los cuales tienden a verse englobados popularmente bajo el término “contracultura”. En este primer volumen, el más breve de los tres, Gonzalo muestra las costuras y las raíces tanto de la Generación Beat de Kerouac, Gingberg y Burroughs, como de los hipsters y el be-bop; de los Hell´s Angels y los situacionistas de Guy Debord; de los mods y los rockers, de los quinquis españoles y los blouson noirs franceses; del origen e influencia de esa serie de dramaturgos y novelistas que la prensa británica calificó con The Angry Young Men (Kingley Amis, John Wain y Harold Pinter entre otros) y de las connotaciones sociopolíticas que tuvo en la sociedad americana y europea el consumo de drogas vistas desde las primeras guerras del opio hasta los años ochenta. Al calificar este libro como atípico, quería hacer hincapié en el hecho de que tal vez uno no espera (aunque algunos sí, vista la trayectoria de la prosa y la capacidad argumental de su autor) encontrarse con un estudio tan rico, elaborado y poliédrico de un autor tan atractivamente ácrata y ajeno a la élite como Jaime Gonzalo. La visión y análisis de todas esas manifestaciones contraculturales se muestra brillante y vasta, sobrevolando en todas ellas la descarnada desmitificación. Productos del capital y de la socialdemocracia, todos esos intentos de crear un nuevo hombre, de subvertir la realidad, de desbordar la sociedad como mero objeto de consumo, muestra Gonzalo cómo se fueron tornando en frustrantes hijos de un Saturno insaciable, deus-economicus que todo lo fagocita para que la máquina siga funcionando.

“Fruto del fin del racionamiento, de la nueva economía post-bélica, y de la sustitución del vasallaje medieval por el esclavismo post-industrial enmascarado tras el estado de bienestar y consumo, el desarrollo social británico no escapa al modelo estadounidense. No ya sólo en la cultura popular, sino en la definición de un nuevo paisaje, el de las autopistas y el hábitat suburbano que en sus cunetas se origina en los años 50. Los hijos de la clase obrera pueden aspirar a usufructuarlo por dos razones: la motocicleta, popularizada por el cine y rock & roll, es un símbolo de libertad e independencia; el sistema financiero se adapta al mercado, facilitando a los jóvenes crédito a bajo interés para que puedan consumir sus fetiches”, señala al hablar del origen de mods y rockers. Anteriormente ya había apuntado: “Subyace, en el trecho final de la escaramuza adolescente pre-contracultural, el desencadenante de la fragmentación de ésta en distintas modalidades de materialismo tribalista, vinculadas por el denominador común del culto a la némesis. Mods y rockers, o rockers y mods, son el espejo de la dualidad segregada que reflejará a la cultura juvenil contemporánea, ese juego de contrapoderes, báscula no ya sólo de la democracia moderna sino de la moda también. (…) Ese antagonismo entre conservadores y progresistas, tradicionalistas y renovadores, es el mismo que desde entonces viene bipolarizando a skindeads y hippies, punks y heavies, modernos y auténticos, electrónicos y eléctricos” pág 118

Las ramificaciones de todos esos movimientos sociales en otras manifestaciones como el cine, la música, el cómic, la moda o la literatura, torna la lectura de este libro en un deleite casi liberador, holístico en su origen y primoroso en su redacción, tirando por tierra la ficticia frontera entre alta y baja cultura, entre sociología de primer y segundo orden.

Un libro (tres realmente) que no debería haber pasado desapercibido; un libro certero, clarificador, profundo, de lectura tremendamente placentera y, sobre todo, poderoso y soberbio.

En la web de Libros crudos aparece como agotado el segundo volumen, pero a poco que uno busque por la red, lo encuentra, y a un precio razonable, aunque no estaría de más una reedición. Poder Freak se antoja como el flamante resultado de un proyecto imprescindible para entender no sólo los arrabales de la historia de la cultura occidental del siglo XX, sino para comprenderla en su totalidad, encontrando a cada paso (a cada página) referentes, ideas, claves para comprender y tomar vías alternativas con las que radiografiar un mundo que se ha perdido quizá para siempre y que sin duda ninguna deberíamos recuperar...


sábado, 3 de enero de 2015

Sin matices. Fragmentos de "Un hombre enamorado" de Karl Ove Knausgard.




Conversación entre Karl Ove y Geir. Habla Geir:

"... Hablas del deseo de soltarte y dejarte caer. Si yo me soltara, me quedaría en el mismo sitio. Yo estoy atrapado en el fondo. Nadie se interesa por lo que escribo. A nadie le interesa lo que pienso. Nadie me invita a ninguna parte. Tengo que meterme a la fuerza, ¿sabes? Cada vez que entro en una habitación donde hay gente, tengo que hacer algo para que se me vea. No existo de antemano, como es tu caso, no tengo un nombre , todo tengo que crearlo desde el fondo cada vez. Estoy sentado al fondo de un agujero en el suelo gritando por un megáfono. No importa lo que diga, nadie me oye. Y, ¿sabes?, cuando digo fuera, hay en ello una crítica de lo que hay dentro. Y entonces ya eres por definición un dogmático. Un tipo amargado y pendenciero. Y mientras tanto, va pasando la vida. Tengo casi cuarenta años, y no he conseguido nada de lo que quería. Tú dices que es algo brillante y único, tal vez lo sea, ¿pero de qué sirve? Tú sí que has conseguido todo lo que querías y entonces puedes renunciar a ello, dejarlo estar, no usarlo. Pero yo no puedo hacer eso. Yo tengo que entrar. Ya llevo veinte años en esto. Tardaré al menos otros tres en terminar el libro que estoy escribiendo ahora. Noto cómo mi entorno está perdiendo la fe en el libro y con ello el interés. Me estoy convirtiendo cada vez más en un trastornado que se niega a abandonar su proyecto de loco. Todo lo que digo ahora es evaluado conforme a eso. Cuando decía algo justo después de la tesis doctoral, era evaluado conforme a ella, entonces aún estaba vivo académica e intelectualmente, ahora estoy muerto. Y cuanto más tiempo pase, mejor tendrá que salir el libro. No será suficiente con que sea bastante bueno, bien, contiene cosas buenas, porque el tiempo que empleo es tanto y mi edad es ya tan relativamente alta que tiene que ser único. Bajo esa perspectiva no soy libre."

Karl Ove Knausgard. Un hombre enamorado. Editorial Anagrama, pág 526-527

Geir Angel Oygarden Foto: Christina Ottoson

"Podría decirse mucho sobre la imagen que uno tiene de sí mismo, pero lo que sí es seguro es que no se ha forjado en las templadas salas de la razón. Los pensamientos podrían entenderla, pero carecían de poder para dirigirla. La imagen de uno mismo no trataba de quién era uno, sino también de quién quería ser, podría ser, había sido. Para las imágenes de uno mismo no había diferencias entre lo real y lo hipotético. En ellas se mezclaban todas las edades, todos los sentimientos, todos los instintos. Lo de andar por la ciudad con carro y niña, dedicando mis días al cuidado de mi hija, no aportaba nada a mi vida, no la enriquecía, al contrario, en esa vida se perdía algo, un parte de mi yo, la que tenía que ver con mi masculinidad. Esto no me quedó claro gracias a los pensamientos, porque los pensamientos sabían que lo hacía por una buena razón, es decir, que Linda y yo fuéramos iguales en la relación con nuestros hijos, sino con los sentimientos, que me llenaban de desesperación cuando de esa manera me metía a presión en un molde tan pequeño y tan cercano que ya no podía moverme. La cuestión era qué parámetros debía regir. Si éstos eran la igualdad y la justicia, entonces no era de extrañar que en todas partes hubiera hombres que se refugiaran en lo tierno y lo cercano. Tampoco lo eran los aplausos con lo que esto era recibido, porque si la igualdad y la justicia eran los parámetros, el cambio constituía sin duda una mejora y un progreso. Pero había otros parámetros.La felicidad era uno, la intensidad vital era otro. Y era posible que las mujeres que se dedicaban a su carrera hasta cerca de los cuarenta y entonces, en el último momento, tenían hijos, de los que se ocuparía el marido después de los primeros meses, antes de meterlos en la guardería para que ambos pudieran continuar su carrera profesional, fueran más felices que las mujeres de las generaciones anteriores. Es posible que los hombres que se quedaban en casa ocupándose de los hijos pequeños durante medio año viesen aumentada su intensidad vital. Y es posible que las mujeres realmente desearan a esos hombres de brazos delgados y caderas anchas, cabezas rapadas y gafas de diseño, que lo mismo hablaban de las ventajas y los inconvenientes de bandoleras o fulares para transportar al bebé, que de las ventajas de hacerle la comida en casa o de comprar la ecológica enlatada. Es posible que las mujeres quisieran y desearan esos hombres con todo su corazón y toda su alma. Pero si no eran así, tampoco sería decisivo, porque la igualdad y la justicia eran los parámetros más importantes de todo lo demás en que consiste una vida y una relación de pareja. Fue una elección, y así se había hecho. También en mi caso."

págs 99-100



"Cuando pienso en mis tres hijos, no sólo me aparecen sus caras tan características, también me transmiten un determinado sentimiento. Ese sentimiento, que es inalterable, es lo que ellos "son" para mí. Y lo que "son" ha estado presente en ellos desde el primer día que los vi. No sabían hacer nada, y lo poco que sabían hacer, como mamar, levantar los brazos como acto reflejo, mirar a su alrededor, copiar, lo sabían hacer todos, de manera que lo que "son" no tiene nada que ver con cualidades, no tiene nada que ver con lo que saben hacer o lo que no saben hacer, es más bien una especie de luz que arde dentro de ellos."

pág 26



"¿Qué es una obra de arte sino la mirada de otro ser humano? No por encima de nosotros, ni tampoco por debajo de nosotros, sino justo a la altura de nuestra propia mirada. El arte no se puede vivir colectivamente, el arte es eso con lo que uno se encuentra a solas. Uno se encuentra a solas con esa mirada.
Hasta ahí llegaba el pensamiento, ahí se daba contra la pared. Si la ficción carecía de valor, también carecía de valor el mundo, porque lo veíamos a través de la ficción."

pág. 598

La mirada del mundo, y no su visión; sin engañosos matices.
La mirada, a solas, en el mismo plano, una frente a otra. 

jueves, 2 de octubre de 2014

Mil lunas para "mi"...




Por algún motivo me siento a escribir. No encuentro nada que decir, ni tampoco mi vida se ha visto sacudida por un suceso revelador o importante. Simplemente hacía demasiado tiempo que no me sentaba ante el ordenador a teclear, teclear, teclear... Ayer recibí noticias de Aitor (tal y como hoy en día se reciben noticias, en un móvil donde aparecen un par de frases que anuncian la promesa de una historia que ansiamos que llegue). Ya no encontramos mensajes en botellas, simplemente llevamos botellas vacías en las manos donde, de vez en cuando, aparecen mensajes que nos hacen creer que abandonamos por un instante nuestra isla desierta. Hace poco, un amigo, durante una de esas conversaciones telefónicas que me atan al mundo, me declaraba su veneración por Orwell y su 1984, que había acertado en todo salvo en lo de las pantallas de televisión que nos vigilan en casa. Me decía que el culmen (y que Orwell no había alcanzado a imaginar, o quizá sí lo había imaginado pero no había querido creer) había sido que "alguien", quien sea, había conseguido que fuésemos nosotros mismos quienes llevásemos nuestra pantallita a cuestas, y que voluntariamente éramos nosotros los que nos dejábamos vigilar "conectándonos" constantemente. "Qué mal te sienta el inicio del otoño", pensé, pero no se lo dije; necesito esas conversaciones como el aire, y en ese momento no me apetecía iniciar una discusión o que pensase que no le tomaba en serio.

A mí tampoco me sienta bien el otoño, de alguna manera yo también pierdo algo, y muchas veces no sé si esa pérdida será reparable, por lo que lo vivo con cierta angustia. Además, estoy leyendo unas cosas que me están costando tomarlas con perspectiva; un manuscrito que me está encantando de un bloguero amigo que se ha convertido en amigo sin más, aún en proceso (el manuscrito) pero luminoso y doloroso. A poco que pula ciertas cosas dará con la radiografía generacional que todo el mundo busca y que pocos libros están ofreciendo (recuerdo el libro de Gonzalo Aróstegui, y me sorprende que no haya parado de crecer en mi memoria después de tanto tiempo). Yo estoy en las mismas, intentando llevar a buen puerto lo que considero que es una historia que merece ser contada, al menos que merece que yo me tome la molestia de intentar contarla, pero por un lado está la falta de tiempo y por otro que lo que yo creía que era un bonsai, está resultando un jardín descontrolado. Echo de menos recibir cartas, como antes, pero más echo de menos escribirlas. Se me acumulan en las intenciones cartas a Araceli, Aitor, Gonzalo, a esas dos personas que por facebook han querido decirme cosas y que no contesto, a mi editor colombiano (¿habrá vendido alguna muñeca rusa o la vostok se habrá estrellado sin dejar rastro?), a Pax, a Andrea, a Iván, a Nerea... incluso a mi mujer... a Pavel hace mucho que tampoco le escribo, y eso que últimamente es evidente que nos echamos de menos de una manera extraña. 

Me resulta paradógico y en gran medida patético por mi parte, descubrir que he dejado de escribir con el ritmo con el que escribía antes no sólo por la falta de tiempo, sino como reacción a la manera en la que veo que escribe y obscenamente se muestra alguien cercano (que no queridamente cercano). Es como decir, joder, si me da asco lo que leo y me ruborizo por las similitudes que encuentro con cierto estilo "confesional" abordado por ambos, ¿no debería dejar yo de hacerlo? Y eso he hecho. De un tiempo a esta parte me esfuerzo en escorar lo que escribo a cierta indeterminación, a cierta profesionalidad si puedo usar esa palabra. Mihailov, Ordine, Townshend, Iniesta... desde marzo de 2014 todo cambió... 

Escuchar discos sin pensar en los otros que quiero escuchar, ir y venir de kilómetros... Lo sé, estoy perdiendo el ritmo de estas frase y sobre todo estoy perdiendo el sentido de las mismas y todo esto está resultando un tanto aburrido... Escribir las biografía, o el intento de nota biográfica de mi tío abuelo, ha hecho que me vacíe más de lo que hubiera sido deseable, y eso que a primera vista no lo parecería, pero me ha obligado a pensar muchas cosas y a recordar muchas otras, y no he sabido gestionarlo bien. Intenté mover el texto por alguna revista especializada, por algo cercano a la justicia poética para con él, un pintor extraño, pero no ha habido suerte; supongo que era esperable... Con el paso de los días se ha despertado en mí cierto resentimiento hacia él, hacia como hizo las cosas y hacia la obligación que parece haberme dejado a cargo. ¿Si él malogró el recuerdo de su obra, por qué he de ser yo el que la intente restituir más allá de esas líneas? Dejarlo todo como está, diluyéndose poco a poco, es hacer lo que hizo él, y meterme en sus entrañas, discutir con gente, pelearme con montones de papeles es de algún modo revelarme contra él, y no sé si se merece tal cosa. Ni yo tampoco.
Stop.
Recordar ahora la exaltación momentánea que me ha supuesto ver de nuevo Un soplo en el corazón de Louis Malle, Creo que ninguna película me ha provocado tal respuesta, con sus últimos diez minutos, como esta película de Malle.
Sumirme en la lectura de "Un hombre enamorado" de Karl Ove Knausgard también ayuda. Me gusta verme leyendo un libro así, me gusta ser capaz de verle las costuras a un autor sabiendo que al libro no se le ven dichas costuras, saber a qué quiere jugar o qué quiere obligarme a hacer. Me despierta los mismos sentimientos que Emmanuel Carrérè, pero de otra forma, porque de algún modo a Knausgard le veo las intenciones, y eso me gusta. Y comenzar Anna Karenina, por supuesto que sí, comenzar Anna Karenina y parar en la página 23 porque de algún modo me siento cegado, como cuando vuelvo a casa de trabajar y en la carretera un puto camión no quita las luces largas y me ciega. Tolstoi como un camión en la noche en una carretera secundaria, cegando a quien se cruza con él. Duele. No es que sea grande, es que es un puto dios, un dios que estorba en este mundo donde la sobreabundancia crea raquíticas obras a su lado. ¿1002 páginas (en la edición de Alba)? ¿Cómo se gestionan 1002 páginas de tal potencia en un día a día de links y lecturas a vuela pluma, en un día a día al que parecen faltarle minutos, o al que parece que uno no está a la altura del ritmo que se te exige? Puto Tolstoi, le amo, su figura, su vida, sus libros, sus diarios, De mayor no quiero ser Tolstoi, me conformaría con ser la mota de polvo que se posa en su mierda antes de que él tire de la cadena. ¿Esto cuela como carta, Aitor? No creo...
Querído diario, ¿debería dejarlo aquí? Como desahogo creo que por hoy ha valido... Al menos me ha acompañado todo este rato Meschiya Lake...




martes, 9 de septiembre de 2014

Confesiones de un joven novelista.

 
@elcaimansincopado

"Cuando un texto es lanzado al mundo como un mensaje en una botella, es decir, cuando un texto se produce no para un solo destinatario, sino para una comunidad de lectores, el autor sabe que no será interpretado de acuerdo con sus intenciones, sino de acuerdo con una compleja estrategia de interacciones que implica también a los lectores, junto con su competencia en su lenguaje como antología social. Con "antología social" no quiero decir solamente una lengua dada compuesta por una serie de reglas gramaticales, sino también toda la enciclopedia que han generado las ejecuciones de la lengua: las convenciones culturales que esta lengua ha producido y la historia de las interpretaciones previas de muchos de los textos, incluido el texto que el lector está leyendo.
El acto de leer tiene que tomar en consideración todos los elementos, incluso siendo improbable que un solo lector los domine todos. Así que cada acto de lectura es una transacción compleja entre la competencia del lector (el conocimiento del mundo que posee el lector) y el tipo de competencia que un texto determinado requiere para ser leído de una manera "económica", o sea, de una manera que aumentará comprensión y el disfrute del texto, y viene apoyado por el contexto.
La literatura, creo, no está pensada solamente para entretener y consolar a la gente. Pretende también provocar e inspirar a leer el mismo texto dos veces, quizá incluso varias veces, para poder entenderlo mejor."
Confesiones de un joven novelistaUmberto Eco.Lumen

sábado, 6 de septiembre de 2014

Antonio Iniesta (1913-1999). Pintor. Un intento de relatar su biografía.

Orgullo y deuda. Antonio Iniesta Jiménez.
Tragedia de un pintor pobre.
  
Antonio Iniesta con su madre, 1936
La vida de Antonio Iniesta Jiménez siempre estuvo marcada por la austeridad, primero brutalmente impuesta como pobreza y penuria, y después, poco a poco, convertida en sencillez y sobriedad. Nació un 3 de agosto de 1913 a las afueras de Manzanares, en un terreno que sus padres tenían en la llamada era de Remolinos, en mitad de un campo (literalmente) tan desolado como inspirador, mientras sus padres segaban. De familia de campesinos, María e Ignacio, también eran caseros de una finca al norte del término municipal, propiedad de una adinerada familia local. Su padre murió cuando él era muy niño, aplastado por un carro que una mula terca no se dejaba guiar, y su madre, una mujer aparentemente pequeña y frágil, tuvo el valor y la fuerza suficiente para sacar a su familia adelante. Al ser el menor de cuatro hermanos, Iniesta siempre recordó como definitorios de su carácter, la periferia, el campo esquilmado por la siega, la presencia demasiado cercana de los muros del cementerio y el sonido de los trenes pasando por la estación cercana. Su personalidad algo tímida y retraída se vio sellada definitivamente cuando se quedó cojo con cinco años (se cayó de un árbol, se rompió la rótula y su madre se la intentó curar como pudo). “El pitido del tren, la niebla de invierno, la soledad, el cementerio cercano… aquellos años me dejaron secuelas, me hicieron ser un hombre tímido”, le confesó en una de sus últimas entrevistas para la revista Siembra a Manuel Rodríguez.

Estudia en el colegio de los Hermanos Maristas, sobresaliendo por su tenacidad y buenas notas, pero el hambre manda y tiene que trabajar el campo junto a los suyos. El problema es su cojera; sufre mucho y es de poca ayuda. Busca otros quehaceres, y cuando puede, coge tizones de la lumbre de la cocina y con ellos pinta por las paredes todo lo que ve. Es evidente que tiene una destreza fuera de lo común. Por mediación de una hermana de su madre, que trabajaba como sirvienta en casa de una importante familia de Manzanares, es acogido bajo el mecenazgo de Tomás Corchado, el cual se hace cargo de los gastos de su educación. Él sólo piensa que quiere ser pintor. Imagina y sueña con otro destino diferente al que hasta ese día ha sido el de su familia. Absorbe todo lo que ve, los cuadros colgados en las paredes de esas casas tan diferentes a la suya donde sus tías sirven, las deficientes reproducciones de los libros que caen en sus manos y que devora irremediablemente sentado mientras los demás niños corren y dan patadas a pelotas hechas con trapos viejos. Estudia y descubre que aprende rápido. Calla y espera. Alguien ha decidido darle una oportunidad. Fiel al lugar donde crece y a la época que pertenece, ve a Dios detrás de todo ello.

En 1934, con veintiún años, aprueba con nota el concurso oposición para poder estudiar en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Al llegar a Madrid, no se puede creer que eso le esté pasando a él, sin embargo, por muy bien que se le dé dibujar, pronto verá que eso es sólo el principio, pues nadie más en su aula viste con alpargatas ni lleva una cuerda como cinturón. Su carácter tímido se recubre para siempre de una orgullosa mesura. El golpe militar de julio de 1936 provoca que huya con su madre y su hermana Juana a Valencia, ejerciendo de escriba y contable en una colectividad agraria. Debido a que sus dos hermanos mayores están aún en Manzanares, consigue volver con su madre y pasan allí el resto de la guerra, ejerciendo también como escriba y contable de la Comunidad de Campesinos. Inmerso en un profundo conflicto interior, pocas veces hablará de esos años más allá de las inevitables generalidades de “hambre, dolor y miseria”, a excepción de un hecho que él consideró absolutamente definitorio de lo que posteriormente fue toda su vida. Durante uno de sus viajes a Alcázar de San Juan para vender una tinaja de diez litros de aceite, es sorprendido en la estación de tren por un ataque de la aviación nacional. Varios cazas pasan ametrallando los andenes, y él, debido a su cojera, no puede correr a esconderse. Siente las ráfagas silbando alrededor suyo, alcanzando a la tinaja. Cuando los aviones desaparecen, está ileso. Una mujer corre hacia él y le ayuda a recoger parte del aceite que se derrama y a cambio le da un pequeño saco de harina y otro de garbanzos. A partir de aquel hecho, en el que él quiso ver una mano providencial, decide dedicar su vida a devolver la deuda que cree haber contraído con Dios, para lo cual sólo cree tener un modo, la pintura.

Al término de la guerra regresa a Madrid y consigue finalizar la carrera con las mejores notas posibles; de nuevo, su madre y su hermana Juana (y la primera hija de ésta con Juan Camarena, Ruperta) van con él. Alquila una pequeña vivienda en un edificio de la calle Castelló y en 1943 saca la plaza de profesor titular de dibujo. Al ser el segundo de su promoción (“el primero se quedó el hijo de un ministro, no recuerdo cuál”), puede elegir centro, decantándose por uno que queda a cinco minutos de su casa y al cual puede ir andando. Durante cuarenta años ejerce de profesor de dibujo en la hoy desaparecida escuela oficial de Artes y Oficios que había en la calle Ayala esquina príncipe de Vergara. Desde entonces, se le podrá ver caminando cargado de papeles y lienzos enrollados por ese barrio en el que, a pesar de los constantes cambios, siempre seguirá teniendo cierto aire de brillante polilla decimonónica. Su mundo discurrirá entre las calles Castelló, Ayala y Goya, donde están su casa, su escuela y un estudio que, de nuevo, Tomás Corchado le cede: un pequeño y luminoso ático en un edificio propiedad de su familia. El refugio para tanta deuda y gratitud lo encontrará en la cercana iglesia de la Concepción, que visita diariamente. A mediados de los años 50, Iniesta traslada su estudio a otro ático, esta vez en el mismo edificio donde reside, en la calle Castelló, el cual mantendrá hasta su regreso definitivo a Manzanares al jubilarse.

A. Iniesta, 1942

En 1943 tiene treinta años y Antonio Iniesta siente que quizá ahora empiece todo para él. Cuida de su madre, a la cual por fin ve descansar, sus hermanos mayores, María y Celedonio, trabajan en Manzanares, su hermana Juana sirve en casa de un importante dentista, y su cuñado, aunque está preso desde el final de la guerra, ha sido trasladado a Cuelgamuros gracias a la intercesión de uno de los clientes del reputado dentista (a cuya primera mujer, Iniesta realiza un retrato de gran formato, una francesa llamada Dana, y que resultó ser espía aliada, hecho que provocó, entre otros sucesos incómodos, la desaparición del retrato). Respecto al traslado de su cuñado, piensan que algo ha tenido que ver un ministro, su hermana cree que el de vivienda, Antonio que el de Asuntos Exteriores. Seguramente tuvo más que ver el fin de la Segunda Guerra Mundial y los gestos que el dictador tuvo que hacer para conseguir partidarios entre los países aliados, pero ellos tienen la impresión de que han sido ayudados por alguien importante y es posible que muchos de sus actos, a partir de ese momento, se rijan por ese sentimiento de deuda. El 1 de agosto de ese mismo año, dos días antes de cumplir treinta, realiza su primera exposición individual. A partir de entonces compagina los encargos que empieza a tener con sus clases, explorará a conciencia los fondos del Museo del Prado (donde lleva años estudiando no sólo a Velázquez, Murillo, Zurbarán y a toda la escuela flamenca, sino también a Carlos de Haes y a paisanos como Ángel Andrade, de quien le habla Antonio López Torres y cuya pintura deslumbra al tener acceso a los fondos de la Diputación de Ciudad Real, en ese momento olvidados sin exponer), viaja y se refugia en unos pocos amigos que aprecia y le aprecian. Pedro Guijarro, José Díaz, el periodista José López Caba (Jolopca), el actor Luis González (Luisillo), José Fernández Arroyo, César López, Jacinto Pintado y Emiliano García Roldán, serán los más queridos por él. Animado por lo que la vida le ha deparado, se siente con fuerzas para tomarse en serio la vertiente literaria que siempre ha sentido. Escribe teatro y poesía, y en 1957 termina el libreto para una Zarzuela titulada “Sotomayor y los franceses” inspirada en la historia de su pueblo. Ésta última será la única que se llevará a los escenarios. Después de su estreno, solamente escribirá sonetos y artículos periodísticos que verá publicados esporádicamente. 

"Megua niña",óleo sobre tela, 1942
Desde 1944, bajo una creciente demanda por parte de particulares, y hasta 1958, expondrá en casi toda España, siempre entre constantes alabanzas a su obra por parte de críticos como José Prados López. El 27 de enero de 1946, sucede un hecho del que nunca hablará y que salvo su familia y allegados nadie sabe, toma los hábitos en la Orden Franciscana y es ordenado fraile seglar, asumiendo todos los votos y obligaciones de la misma. En 1947, la Diputación de Ciudad Real le otorga un pensionado para ampliar estudios; viaja y visita temporalmente otras ciudades en la península, momento en el cual se debate entre el paisaje o profundizar en el retrato y la figura humana, iniciando un serie de cuadros religiosos centrados en el tema de la Pasión; dicha serie será expuesta ese mismo año pero, lamentablemente, hoy no quedan rastros de su localización, a pesar de que uno de ellos, un lienzo titulado “San Francisco”, fue considerado una de sus mejores obras hasta ese momento y con la cual ganó el Primer premio del certamen de Pintura Religiosa de Ciudad Real. A pesar de ello, en 1949 vuelve al paisaje. Es posible que ese paréntesis tenga sus raíces en varios sucesos familiares relacionados con la guerra. Siempre evitó a toda costa dar explicaciones sobre ese abandono, recurriendo a una frase que dijo en múltiples ocasiones: “Fueron los encargos los que me hicieron paisajista”. En 1949, más seguro de sus capacidades, comienza a abordar varias de sus obras más ambiciosas; no abandona del todo la figura humana, pero comienza a sentir que en su proyecto pictórico ésta no tiene cabida. Es el periodo de “La Era”, “Desde Cuelgamuros” y “Desnudo en la playa” (atípico lienzo en su carrera, no sólo por su título, pero inencontrable a día de hoy). Colores vivos, pincelada firme y algo rugosa en lo definitorio, liviana y sutil en la atmósfera y la luz. Quizá el debate no fuese Velázquez o Sorolla (cuyo museo visitaba regularmente), sino el autoconvencimiento y posesión de un estilo propio.

A. Iniesta pintando en las calles de Piedralaves, 1947

El 1 de julio de 1949, sabiendo ya que su proyecto vital será distinto al de los pintores que le rodean, afirma en una entrevista: “Un cuadro interesa mientras se está pintando, luego se desprende de uno. Algunos cuadros nos cansan antes de acabarlos cuando lo que se intentó ya está hecho. Acaso lo que más me gusta pintar es la era con sus mieses a la siesta, cuando no hay nadie…”. Descubre que sus cuadros pueden ser ricos dentro de su básica paleta cromática, que sus motivos académicos no impiden que pueda ser capaz de mostrar su fuerte personalidad y sobre todo, descubre que con su pincelada segura puede evocar todos sus anhelos y toda su espiritualidad dentro de esa suerte de paisajes ideales (que no idílicos) que pinta, donde a pesar de la paz que en primera instancia parecen emanar, aparece siempre una honda melancolía que con el paso de los años dará forma a una serena religiosidad y también a una profunda amargura. En marzo de 1953 es incluido en la exposición colectiva celebrada en el Círculo de Bellas Artes de Madrid dedicada a África, donde gana el primer premio con una de sus obras más expresivas y atípicas, “Cerca de la cábila”. Ese lienzo, a pesar del marcado academicismo, sobresale por su potente expresividad y señala un nuevo punto importante en su carrera. Es en ese momento cuando tiene que hacer frente a uno de los hechos más duros de su vida. En plena trayectoria ascendente de su carrera, donde los cada vez más numerosos encargos se mezclan con ofrecimientos para viajar a Europa, en mitad de un camino donde se intuye una vida nunca imaginada, su madre enferma. Decide pintarla antes de que fallezca.

"Mi madre", óleo sobre tela, 1954
Parte con ella hacia Manzanares y allí morirá unos meses después, ya en 1954, mientras Iniesta aún está trabajando en su retrato. Presa de una infinita tristeza, le duele pintar; por ella él es lo que es, pero por primera vez duda y se plantea cómo ha de ser realmente su pintura. El estudio de Madrid está lleno de lienzos; está orgulloso de ellos y sabe que el camino que hasta ahora ha transitado es el que él quería. Aún así quiere dar un paso más allá. Sueña con idealizar la naturaleza en una suerte de ascesis cromática, para ello, ha de prescindir de la figura humana y, prácticamente, de todo rastro suyo (las casas, los pozos, los puentes… todo aquello creado por el hombre, abandonará cualquier residuo de mundanidad). El retrato de su madre no es sólo un homenaje, sino también una despedida. Dedicará casi un año a terminarlo, poco en comparación con lo que le costará pintar lo que está a punto de adivinar que debe pintar. Un día, a salir de su estudio, pasa por una fragua que hay cerca y se detiene, entra y se da cuenta de que no hay nadie. Se sienta y, mientras anochece y la estancia va quedando en penumbra, descubre que la pregunta no es Velázquez o Sorolla, de Haes o Murillo, sino que la pregunta es hasta dónde podrá llegar de la mano de Velázquez, hasta dónde podrá llegar siendo sólo él amando a Velázquez, hasta dónde podrá llegar pintando sin dejar de ser ese niño pobre que nació en mitad de un campo y que ha llegado a ser un pintor reconocido y con lo que se intuye será un brillante futuro. De momento ha llegado hasta ahí, pero, ¿y si va un poco más allá? ¿Y si saca a Velázquez y a todos los demás que habitan “Las Meninas” y pinta la puerta o las granadas que hay en el suelo detrás de Nicolasito Pertusato? ¿Y si espera a que Apolo y Vulcano abandonen la fragua para ver qué sucede? ¿Y si coge lo esencial de la “Vista del jardín de la Villa Médici” y lo lleva al campo manchego que tanto ama?

"Sandías", óleo sobre tela, 1985
A partir de entonces su pintura se vuelve adulta, serena. Vuelve a pintar al ritmo de antes. Expone en Valladolid, Albacete, Zaragoza, Jaén, Granada, Madrid, Vigo... El problema es que, el 10 de julio 1958, tras exponer en Ciudad Real, se da cuenta de que no tiene cuadros. Ha expuesto en Albacete y Zaragoza, donde ha vendido todo. Para la de Ciudad Real hace veintinueve más, y de nuevo vende todos menos uno, el que hacía el número treinta y que se ha animado a llevar a la capital, “La fragua de Magdaleno”. Por un lado, no quiere desprenderse de él, al igual que tampoco quiere desprenderse del retrato de su madre, pero desea verlo en un museo. Incomprensiblemente, ninguna institución se ha ofrecido. Incluso piensa en otros de sus lienzos (un paisaje de Despeñaperros), donde él cree haber alcanzado la “espiritualidad” que busca, pero que han acabado en manos privadas. Su estudio de Madrid, por primera vez en años, está vacío. Han terminado las clases y regresa a Manzanares; entra en su estudio de la calle de la Cárcel y allí sólo le espera la fragua. La siempre jovialidad de su amigo Luisillo no logra animarlo del todo. Visita Ruidera, donde toma apuntes para una obra de grandes dimensiones que le ha encargado un médico de Ciudad Real, prepara el curso de verano que da a varios chicos del pueblo; desde hace varios años, enseña con especial interés a un joven pintor de Villanueva de los Infantes llamado Juan Antonio Giraldo, a quien anima a exponer.

A. Iniesta pintando en su estudio de Manzanares, 1954

De regreso a Madrid entabla amistad con Faustino Sanz Herranz; pintor y escultor se entienden perfectamente, se intercambian obras y comparten muchas horas de conversación. A Iniesta le llegan ofertas para ir a París y exponer allí, también le ofrecen una beca para residir una temporada en Roma, del Banco Hispano Americano le encargan un gran lote de obras para todos los despachos de dirección de las sucursales de Madrid, toma alumnos de fuera de la escuela; uno de ellos, un agregado militar de la embajada de Venezuela, le encarga treinta cuadros para una galería de su país y le pide treinta más; acepta el primer encargo pero no el segundo. “Mucho jaleo”, dice. José Utrera Molina, un por entonces joven y ambicioso gobernador civil de Ciudad Real, le alaba y encarga obra. Se siente abrumado. Sanz Herranz le aconseja que se haga con un representante pero dice que no. Declina ir a París. Rechaza la beca de Roma. Piensa que todo eso es demasiado. Sólo es un niño pobre que le gusta pintar. De 1959 a 1962, aunque no deje de pintar, no expondrá en ninguna parte, vende pero no expone. Paradójicamente, a la par que esto sucede, o quizá un poco antes, nunca se sabrá, la crítica ha cambiado. A principios de los sesenta, aunque la crítica oficial sigue manteniendo una concepción del arte eminentemente conservadora, asentada en las llamadas propiedades transcendentales de belleza-verdad, una nueva generación de críticos comienzan a abrirse a las manifestaciones de vanguardia. José Hierro, Figuerola-Ferretti, Carlos Antonio Areán y otros, comienzan a hablar de “nueva crítica”. Son los años del grupo “El Paso”, del éxito de Tàpies en la Bienal de Venecia, de las crucifixiones de Antonio Saura. De repente, él, representa lo viejo.

Es entonces cuando Antonio Iniesta escribe una carta que no llega a enviar; aunque no está fechada ni tiene destinatario, posiblemente estuviera dirigida al antiguo alcalde de Manzanares, José Calero Rabadán. En ella aparece el Iniesta más frágil, más humilde, más asustado, pero también el más orgulloso, el más sereno y el más consecuente con todo lo que vendrá después. En esa carta se muestra como es, como siempre ha sido y como inevitablemente, siempre será; alguien con una férrea espiritualidad y con una idea inquebrantable sobre su oficio, alguien que se siente en perenne deuda con quien siente que es responsable de lo que es, pues no hay que olvidar que él está ordenado fraile franciscano e hizo voto de pobreza. Iniesta sitúa la vanguardia en un plano que no tiene ningún sentido para él. Ve las vanguardias como “el camino fácil”. Del mismo modo, sabe y comprende el arte como evasión, pero evasión “hacia un mundo donde la poesía y la ternura tienen su asiento”, no como mera distracción. Decide mantenerse fiel a lo que hasta ese momento ha sido y no sucumbe a lo que él considera “cantos de sirena”, los cuales corromperían su pintura. En el fondo tiene miedo; con los años se ha hecho a una dinámica sencilla (él pinta, alguien compra; nunca pide mucho, el comprador siempre tiene rostro o, como mucho, sólo hay un intermediario y los precios son razonables), ir más allá supone renunciar a muchas cosas, a su visión de la pintura, y a sus votos también. Con esa decisión (y esa carta) simplifica su oficio, lo dignifica, como si de algún modo volviera a esa era donde nació, extramuros, fuera de los límites urbanos, en este caso históricos, donde se baten sus colegas y entran en juego otras cosas más allá de la propia pintura. Él sólo quiere pintar y dar clase. Pedidos y encargos no le faltan. A partir de ese momento, su carrera cambia radicalmente; aunque siga pintando como siempre lo ha hecho hasta ese momento, sus aspiraciones son otras, tan sencillas y banales como pintar, hasta donde le lleve su amor por Velázquez.

"Río Cigüela", óleo sobre tela, 1962

En 1962 (del 24 de marzo al 6 de abril, con 35 lienzos) vuelve a exponer en la que será su galería de referencia a partir de ese momento, la Sala Eureka de Madrid, sita en la calle Caballero de Gracia número 21. Desaparece por completo la figura humana, la atmósfera de sus cuadros se vuelve más gris, la luz más pálida, el final de un verano amable y el inicio de un otoño perpetuo se asientan en su paleta. Críticos como Ramón Lope Villodre aún lo aprecian y defienden, pero también le exigen algo más, algún tipo de riesgo. A él, esas exhortaciones apenas le importan.

Todos los viernes, invariablemente, al terminar sus clases, vuelve a Manzanares, al igual que también hace cuando llega el verano. La vida pasa. En 1974 expone en Valladolid, y en 1978 en su pueblo, donde hace más de veinte años que no exponía.

En 1983, con setenta años, se jubila e instala definitivamente en Manzanares, en la que ha sido su ocasional casa durante cuarenta años, en la calle Clérigos Camarena. Su estudio, el de siempre, en la calle de la Cárcel, sin calefacción, con un aseo comunitario en un patio de vecinos pero con un ventanal soberbio por donde entra una luz maravillosa por las mañanas y que da al callejón de la Hoz (hoy con su nombre).

En 1985, ese Dios con el que él por fin se sentía en paz, le vuelve a poner a prueba cuando menos lo esperaba: el cura de la iglesia de la Asunción le pide la elaboración de un gran retablo para el altar mayor. Una virgen y los cuatro evangelistas. Hace veinte años que no pinta una figura humana (salvo un “Jesucristo portando la cruz”, una “Cabeza de Jesús” que a mediados de los setenta pintó por placer para su propia habitación y otro Jesucristo, con túnica blanca, que regaló a las monjas de clausura de Manzanares). No rechaza el encargo, pero tampoco lo cobrará. El entusiasmo inicial dará paso al recelo, ya no es el mismo técnicamente. En 1986 termina el encargo, le ha costado muchísimo esfuerzo, pero él está satisfecho. Aún así, paralelamente, ha ido preparando una serie de cuadros para la que será la última exposición que hará en vida. Será el mes de noviembre de 1986, en la sala de exposiciones que la desaparecida Caja de Madrid tenía en la calle Virgen de la Paz de Manzanares. Treinta cuadros de los que él está plenamente feliz y en los que se siente realizado plenamente. A varios de ellos les pone el cartel de “vendidos” porque no quiere desprenderse de ellos. Su vida discurre entre su estudio, la iglesia y la compañía de los dos únicos amigos que aún mantiene, Alfonso Márquez y el médico Emiliano García Roldán, tan diferentes y opuestos como necesarios para él.

A. Iniesta en su estudio, 1997
 En 1991 tendrá lugar el que él consideró el único encargo al que debería haber renunciado realmente. La vehemencia con la que le insisten hace que se deje querer y termine aceptando. En el momento en que estuvo ante el lienzo y comenzó a plantearlo, supo que se había equivocado. Su mano no era la misma, esa mano que con tanta pasión aún era capaz de pintar una granada, ya no era la misma para pintar un hecho histórico ocurrido en la guerra de la Independencia española de 1808. Tiene setenta y ocho años y por primera vez en su vida se siente esclavo de su propio estilo, pero no hay vuelta atrás. “El artista debe todo lo que es a lo que es capaz de hacer”, dijo en 1968 en una de las pocas entrevistas que le hicieron en la segunda mitad de su vida; ahora se enfrentaba a sí mismo renunciando a lo que siempre había sido su orgullo, su honestidad. A regañadientes terminó “Sotomayor y los franceses”. Esta vez no hubo una exposición posterior en la que pudiera cobijarse. Le dolieron más de lo que esperaba las críticas que oyó y le llegaron, por lo que decidió refugiarse en la escritura. En 1993 toma a su último alumno, del cual descubre pronto que no tiene el talento suficiente (o quizá ya lo intuía y necesitaba a alguien así para sentirse seguro y a la vez ofrecer seguridad), pero disfruta de su compañía y puede pasar horas hablado con él, recordando su vida o discutiendo de libros, de pintura o de cualquier cosa mientras le ve tomar notas. De la pintura pasan a la máquina de escribir. Sabe que la diferencia de edad es demasiado grande, pero se animan mutuamente a escribir aunque a ninguno de los dos le guste lo que escribe y lee el otro. En 1994 Antonio Iniesta publica su primer libro de poemas, “La rama de olivo”, edición sufragada por él, con poesía en su mayoría de corte religioso. En 1997 ve la luz el libro “Algo más que una lágrima”, con una poesía más diversa a pesar de ser casi todos sonetos, más íntima y más consciente de todo lo que él ha sido. El alumno no aprende a pintar, pero él nunca dejó de hacerlo. El predicado se va difuminando de su definición: Él ya no pinta cuadros, él simplemente pinta.

Antonio Iniesta se fue convirtiendo en su propia obra de arte, él, paseando, despacio, saliendo de su casa, negándose a llevar bastón, en compañía o solo, siempre sonriente, feliz, santiguándose al pasar por la ermita de Jesús del Perdón, canturreando coplas antiguas, recordando a amigos, pensando en su madre, metiendo la llave de esa puerta casi escondida que daba paso a su estudio, vistiéndose con un guardapolvos acartonado y magnífico, eligiendo y poniendo un disco en un tocadiscos barato y tan longevo como él, abriendo los ventanales que dan al pequeño callejón que ilumina la estancia que tantas cosas ha visto, cogiendo su paleta y volviendo a iniciar, de nuevo, una vez más, ese acto precioso y sencillo que consiste en posar el pincel en un lienzo para dar forma a todas esas cosas sencillas, un membrillo, una sandía, una flor, una montaña, un peral, un río, pequeño, silencioso.

A. Iniesta, 1957
Murió un frío martes de invierno, el calendario marcaba el día 27 de enero de 1999. Eran las cuatro de la tarde. Tenía ochenta y cinco años. Dormía y el día anterior había rendido cuentas conquien siempre creyó que fue su Dios. En su tumba siempre quiso que pusiera: “Fue un hombre bueno”. No lo pone, pero yo lo pienso todos los días.


A lo largo de su vida hizo cerca de 5.000 cuadros, publicó dos libros de poesía, escribió nueve obras de teatro y el libreto de una zarzuela. Utilizó dos paletas y tres guardapolvos azules que acabaron asemejándose a armaduras multicolores. Descuidó su legado como posiblemente ningún otro pintor de su generación ha descuidado y todavía hoy dudo si acaso eso realmente le importó, siquiera en sus últimos días. Niño pobre, su religiosidad íntima no le hacía atractivo para la clase política, su humildad y orgullo tampoco ayudaban. Se dejó ignorar antes que ser él el que hiciese valer su propia obra; le bastaba con poder pintar. Decenas de sonetos y escritos suyos aún siguen inéditos. Siempre se abrigó en su fe de viejo castellano, elegante y consoladora, más íntima que pública. Su obra tal vez haya sido olvidada por la crítica y permanezca casi en su totalidad en colecciones privadas, esperando a ser revisada y revindicada como merece.
  
Juan M. Contreras


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