No encuentro lectura mejor para estos días. Satán escribiéndoles cartas a Miguel y Gabriel de su viaje e impresiones en la Tierra.
Mark Twain. "Las cartas de Satán desde la Tierra" (Los escritos irreverentes. Ed. Impedimenta). Fragmento, pág 34-35.
"5) Cada humano de la Tierra posee algo de inteligencia en mayor o menor grado, pero, tenga el cerebro que tenga, está orgulloso de tenerlo. Y todo humano saca pecho cuando se le nombra a los majestuosos jefes intelectuales de su raza, cuyas espléndidas hazañas adora oír contar. Como tienen la misma sangre, al honrarse a sí mismos le han honrado a él. "¡Mirad de lo que es capaz la mente del humano!", exclama. Entonces recita la lista de los humanos ilustres de todos los tiempos, repasando las literaturas imperecederas que han dado al mundo, los ingenios mecánicos que han inventado, las glorias con las que han ornado la ciencia y el arte. Ante ellos se descubre como ante los mismísimos monarcas, rindiéndoles el más profundo homenaje, el más sincero que puede dar su jubiloso corazón, exaltando así el intelecto sobre todas las cosas del mundo, entronizándolo bajo la bóveda de los cielos en una supremacía inalcanzable. ¡Y entonces se inventa un cielo que no tiene ni un ápice de intelectualidad por ninguna parte!
¿No os parece extraño, curioso, desconcertante? Pues es tal y como os digo, por increíble que parezca. Este humano, un sincero adorador del intelecto pródigo en premiar sus poderosos servicios aquí en la Tierra, ha inventado una Religión y un Cielo que no rinden el menor homenaje al intelecto, desprovisto de toda distinción o grandeza. De hecho, ni siquiera lo mencionan.
A estas alturas habréis notado que el Cielo está pensado y construido con un plan muy concreto, de tal modo que contiene en escrupuloso detalle todas y cada una de las cosas imaginables que le resultan repugnantes al ser humano ¡y ni una sola de las que le gustan!
Pues bien, cuanto más avancemos más aparente será este hecho tan curioso.
Tomad buena nota: en el Cielo humano no se ejercita la inteligencia, ni hay nada en lo que poder emplearla. Allí un intelecto corriente se pudriría en un año. Acabaría podrido y apestoso. Podrido y apestoso, es decir, bendito. Al fin sería un cerebro sagrado, pues sólo lo sagrado puede resistir las alegrías de semejante enajenación."
“Ya no queda verdadero rock’n’roll / Sólo el nauseabundo sonido de la avaricia”
(“Apathy 83”, Ian Hunter)
“Me considero un artista del rock’n’roll. No estoy en esto por las listas de ventas, sino por algo mucho mayor que eso. Vivir una vida completa y ver que la he vivido según mis principios cuando miro atrás. Según yo lo veo, mi vida hasta la fecha ha sido un éxito total. He tenido que luchar mucho para que sea así. Todo lo que quise hacer, lo hice. No voy a estarme sentado diez años escribiendo las mismas canciones y tocando en la misma banda. No lo haré. Esa no es mi idea del éxito. Los norteamericanos tienen problemas con los individuos como yo, porque piensan en términos de éxito aparente y no de éxito real. Se les educa para que crean que el éxito significa tener mucho dinero y una gran casa con todas las comodidades. Esto es para ellos el éxito, y ni siquiera piensan en ellos mismos, se dejan arrastrar como un rebaño de ovejas. A menudo, cuando terminan en la gran casa llena de cosas, se dan cuenta de que no hay nada allí. No se puede escapar de uno mismo.” Ian Hunter. 1994
"Hunter es hijo de un policía y una señorita de ascendencia victoriana venida a menos. Sus máximas aspiraciones cuando crío eran trabajar en la construcción o dedicarse a las chapuzas fuera de la ley, cosa esta última que parece practicó algún tiempo. La sola idea de ser músico estaba prohibida en su casa; el joven Ian, nacido el 3 de junio de 1946, guardaba su primera guitarra en el cobertizo del jardín, donde se escondía a practicar hasta que los dedos le sangraban.”Ignacio Juliá, Pulp-Rock, Ed. Milenio, pág 125.
“Siempre he escrito sobre lo mismo en mis canciones, sobre lo que supone trascender los orígenes y descubrirse a uno mismo, desear el triunfo, o la mera supervivencia, cueste lo que cueste, sobre saber asimilar el fracaso y transformarlo en parte de tu carácter, viviendo tu propia diferencia a fondo, como una identidad que te aliena de la convención social” Ian Hunter, 2004.
“¿Que de qué va “Irene Wilde”? Pues de cómo un chaval de 16 años encuentra a la chica de sus sueños en la estación de autobuses de Baker Street, en Shrewsbury, Inglaterra. Una muchacha de belleza radiante, a la que uno imagina de rasgos evanescentes, pálida piel, mirada brillante, con la que intentará en vano congraciarse. El rechazo es claro, “sólo eres otra cara en la multitud”, empujará al joven a encerrarse en el cobertizo del jardín para componer tonada tras tonada con una única imagen como fuente de inspiración, ella, y una única meta; llegar algún día a ser alguien… En los últimos versos concluye el protagonista que aquella temprana decepción amorosa, tuvo su lado positivo. Le empujó a huir hacia delante, a ver mundo e, inmerso en éste, a vivir triunfos y fracasos siguiendo los altibajos de una vida hasta cierto punto privilegiada. Si ella no le hubiera ignorado, se pregunta Hunter, tal vez aún estaría en aquella estación de autobuses, en aquella pequeña población de provincias, en aquella vida gris y sin alicientes. Como tantos otros chicos de su entorno, se hubiera contentado con ser un eslabón de la cadena, no la cadena misma. Y jamás hubiera llegado a se la estrella de rock que conocimos, el vocalista y líder de Mott the Hoople, una de las más carismáticas bandas británicas de los 70 y, en opinión personal, la que mejor supo asimilar en sus propios fluidos creativos –sospecho que más por instinto que por perspicacia- la exuberancia del rock’n’roll como catalizador de emociones desbordadas y la sugerente épica del fracaso como redentor, oscuro reverso del éxito.” Ignacio Juliá, Pulp-Rock, Ed. Milenio, pág 126.
“Soy la única cosa que conozco con certeza de este planeta”, respondió como un Renato Descartes con gafas de sol y lírica rockera cuando le comentaron que Guy Stevens (manager de Mott The Hoople) había dicho de él que su principal defecto era que se tomaba demasiado en serio a sí mismo. “No conozco a nadie más; quienes me rodean están de paso. Estoy en mi piel como tú estás en la tuya. Tengo un saludable respeto por mí mismo. Hay quien dirá que es ego o egoísmo. Y probablemente sea cierto. Para mí todo es serio, y por ello me rodeo de gente que no lo es, como Mick Jonson, para que eviten que me sobrepase. Me refiero a que la mayor parte del material que he escrito surge de la negatividad. Sigo regresando a cuando era un crío, cuando trabajaba y todo eso. Tuve mucha suerte, era el colgado de mi pueblo. Soy ese puto don nadie que tuvo suerte. Y en el fondo sigo siendo el mismo.”
"Buffin perdió a su hijo, como los sueños / y Mick perdió su guitarra / y Verden aprendió una o dos líneas / y Overend es sólo una estrella de rock and roll / Detrás de estas sombras se desvanecen las visiones / a medida que aprendemos una cosa o dos / Ah, pero si yo tuviera mi oportunidad otra vez / Vosotros sabéis lo que yo haría..." "Ballad of Mott the Hoople"
Si tuviera que mojarme y hacer la lista de los 7 imprescindibles de Ian Hunter y de Mott the Hoople, tal vez diría esto: De Mott the Hoople: “Mott”, “All the young dudes”, "The Hoople" y “Mad Shadows”; firmados en solitario: “All American Alien Boy”, “You’re never alone with an Schizophrenic” y “Ian Hunter”. El imprescindible directo “Welcome to the Club”, el precioso testamento de Ronson con Hunter, “YUI Orta”, y “Live in the BBC” no se me olvidan…
“Sí, es un largo camino el del rock’n’roll / Tu nombre está en boca de todos, pero tu corazón tiene frío / y tienes que conservarte joven, tío, no puedes envejecer” “All the way from Memphis”
¿Alguien sabe qué cosa es exactamente una estrella del rock?
Stanislaw Lem en su casa de Cracovia, 1975. Foto. Reuters
"El arte no puede detenerse en un sitio ni repetirse siempre a sí mismo: por eso no puede sólo gustar. Si has puesto un huevo, has de incubarlo; si te sale de él un mamífero en vez de un reptil, debes darle algo con que alimentarse; si, pues, un paso consecutivo nos lleva a algo que despierta un disgusto general e incluso un estado paravomital, no hay remedio. Hemos elaborado ya aquel Algo Concreto, nos hemos arrastrado y empujado tan lejos ya a nosotros mismos que, obedeciendo una orden superior al placer, tendremos que dar vueltas en el ojo, en el intelecto, a lo Nuevo, categóricamente aplicado, porque fue descubierto en el largo camino del ascenso. Por cierto, nadie ha estado nunca allí, ni quiere ir, ya que no se sabe si se puede aguantar en Aquellas Alturas siquiera un momento; pero, a decir verdad, ¡para el Desarrollo de la Cultura esto no tiene la menor importancia! Este lema nos ordena, con la soltura propia de la genialidad displicente, que cambiemos una esclavitud antigua, espontánea y por tanto inconsciente, por otra, nueva. No nos quita las trabas, sólo alarga nuestro ronzal; y así nos lanza a lo Desconocido, dando el nombre de libertad a una necesidad razonada"
Stanislaw Lem. Un valor imaginario. (pág 8-9) Ed Bruguera de bolsillo (1983)
Llevo días dándole vueltas a esto, sea lo que sea. Si la información que infiero no es errónea, la Editorial Impedimenta reeditó este libro de Lem (y otros, maravilla tras maravilla), con el título de "Magnitud Imaginaria", la traductora es la misma, Jagwiga Maurizio, y es la continuación lógica de "Vacío perfecto". Espero no equivocarme, sólo poseo el de Bruguera.
"Cuando se puede hacer todo, nada vale ya la pena y el impulso hacia adelante se transforma en reptación hacia atrás, porque las Artes quieren volver a las fuentes y no saben hacerlo"
Idem, pág 10.
La ausencia, como bien señaló el siempre amable y sorprendente Juan Almohada en un comentario de la entrada anterior, tiene una explicación muda, no saber qué decir, y a la vez, querer volver a decir cosas. Se puede llamar novela, por qué no. Se puede llamar huevo, y por tanto tuve que incubarlo, y alimentarlo pues me salió híbrido, grifo de sangre fría. Soy libre para escribir lo que quiera, aunque casi nadie lo lea ni lo vaya a leer (¿libre de escribir lo que quiero? Según Lem y Spinoza, no, según la propia lógica de lo escrito en sí, tampoco). Sueño, cansancio, esperanzas, grandes como la vida, independientes de la literatura. Jugar al espejo y en el reflejo olvidar quién soy, y entonces escribir. Y en el camino de vuelta leer estas palabras de Lem. Hace varios días vi Solaris. Me gustó muchísimo, pero de eso me di cuenta al día siguiente, pero no sé si estoy seguro. Tras terminar una novela aún con título provisional (cosa que me es indiferente), y habiéndola dejado en barbecho hasta dentro de un par de semanas en la que la vuelva a leer (la sexta ya; sólo una de ellas publicada; tres destruidas; una rechazada 16 veces (en 7 concursos y por 9 editoriales -4 expresamente, 5 por la técnica del silencio administrativo), encuentro una vida cuesta abajo laboralmente y una vida privada que es a la vez salvavidas y acicate. Entre medias, varias decenas de libros que leer y mil canciones que escuchar.
Respecto a las palabras de Lem citadas al comienzo y que resuenan en mi cabeza como un eco (estado paravomital... nueva perla), me han llevado a pensar en Jeff Beck y su revisión de la canción de The Beatles. Entonces creo que Lem es demasiado pesimista, porque Beck "puede hacer todo", y sí, "nada vale ya la pena y el impulso hacia adelante se transforma en reptación hacia atrás", pero Beck vuelve con paso firme, no repta, es consciente de que "las Artes quieren volver a las fuentes" y parece que él sí sabe hacerlo. Respecto a mí... Ground control to Major Tom..........
Capeando el temporal, haciendo oídos sordos a los agujeros del camino empedrado, ante mí se yergue un panorama preocupante que sé que requiere por mi parte algo de serenidad. Una especie de "escrito" nuevo bulle en mi cabeza y robo tiempo al tiempo para plasmarlo como pueda; afortunadamente mis ansiolíticos siguen siendo los mismos que me he preocupado por administrame a mí mismo a lo largo de los años y, aunque suenen rimbombantes, suelen llevar el apelativo de arte. A pesar el chaparrón que me está cayendo (proyectos que se caen, trabajos que no salen, contratos fantasmas, futuro incierto...) me sorprende (o no) en ansia con el que he afrontado la publicación de la aventura musical en la que se han embarcado Susan Tedeschi y Derek Trucks. Pareja en su vida privada (y hasta ahí la nota rosa de la semana) era inevitable que acabasen publicando algo conjunto viendo las cada vez más numerosas colaboraciones de cada uno en la carrera del otro. La aventura se hizo palpable en la colaboración con Herbie Hancock y en la gira del festival itinerante de Clapton (el Crossroad, que si no me equivoco va por la 5 edición) que el año pasado contó con ellos ya como banda de facto. La Tedeschi Trucks Band tiene el siguiente e inmenso Line up: Susan Tedeschi - Guitar/Vocals, Derek Trucks - Guitar, Kofi Burbridge - Keys/Flute, Oteil Burbridge - Bass, Tyler Greenwell - Drums/Percussion, J.J. Johnson - Drums/Percussion, Mike Mattison - Background Vocals, Mark Rivers - Background Vocals, Ryan Shaw - Background Vocals y David Ryan Harris - Background Vocals. No es malo aceptar los salvavidas que uno se encuentra por el camino, ni tampoco lo es agarrarse a ellos con fruición. La Exposición sobre fotografía obrera del Reina Sofía y el recuerdo de un día entero perdido en dicho museo descubriendo a Yayoi Kusama y a Roberto Jacobi, el visionado de la última temporada de The Wire como quien se abalanza a la lectura de las últimas 200 páginas de Crimen y Castigo, es decir, con el convencimiento de estar asistiendo al final de una obra maestra, y la escucha de ciertos discos, muchos que se decantan como el vino y quedan en pocos, los justos, los que, demonios, te cogen de las pelotas (o de las pelotas del alma, esté donde esté, tal vez en el mismo sitio y no en el hipotálamo cartesiano o en una válvula aórtica artificial). Ayer me hice 200 kms y el último disco de la Tedeschi Trucks Band sonó una y otra vez en el reproductor del coche. Que todo es perfecto en él, que suena orgánico y en movimiento, que suena feliz, que suena a primavera mediada, que suena a todo irá bien, que suena a comunidad, a trampolín, que suena perfecto y a la vez suena a "en directo debe sonar mil veces mejor", que suena a libertad, a luz, a sombra tenue bajo un árbol, que suena a antídoto contra el vértigo mundano o contra la mediocridad imperante, que suena a familia, que suena a todo eso y más es evidente, palmario, notorio y 100% necesario, al menos para alguien como yo. Una nota más, podría tirarme horas y horas hablando de cómo toca Derek...
Algunas cosas a bote pronto sobre “El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia”, de Patricio Pron.
La nueva novela de Pron me ha gustado, y mucho. En ella se nos presenta un narrador, Pron (que no juega al engaño con su persona en cuanto al carácter autobiográfico de lo contado como lo puede hacer Eduardo Halfon en sus últimos escritos), presentando una historia donde un exiliado vuelve a Argentina a causa de la enfermedad de su padre, teniendo que enfrentarse a la reconstrucción de un pasado común, tanto de la propia Argentina (la de los desparecidos por el golpe militar tras la muerte de Perón a partir de un asesinato “común”) como de la familiar. Reseñas más formales se pueden leer por ahí sin rebuscar mucho, por lo que intentaré plasmar cosas que me han pasado durante su lectura. La primera es la brutal cercanía de lo contado, no por ser un relato “autobiográfico”, sino por el carácter de los capítulos, cortos, fugaces y repletos de todo lo que vendrá, como baúles que abrimos y miramos revolviendo un poco antes de cerrarlos y pasar a otro, intuyendo no más, construyendo la historia y a la vez no sabiendo hacia dónde va, como un puzzle. La alusión al puzzle no es gratuita, como tampoco lo es cuándo se hace dicha referencia en la propia novela. Eso es algo que ya me asombró en “El comienzo de la primavera”, que Pron metiera en la narración la propia “explicación” de su estructura, y si en “El comienzo…” esa explicación era el propio concepto de Historia del filósofo alemán, en ésta es la fragmentación, el puzzle que hemos de armar. Si se hubiera quedado ahí, una simple referencia (precioso el pasaje donde el padre fabrica un puzzle imposible a un hijo perplejo que no entiende nada o que tal vez entiende todo), “El espíritu…” no ofrecería nada alabable en ese sentido, sin embargo, desde el comienzo Pron va soltando “pistas”; capítulos que no están o que están descolocados (después de el 1 y el 2, aparece el 4; el 8 tampoco está, tal vez aparezcan luego; en la tercera parte hay 4 capítulos 22), cuatro partes con un epílogo que forman un dibujo fragmentario y fragmentado, íntimo, de una subjetividad llena de razones, que vuela alto y reafirma el oficio. Las imágenes de los sueños, el la tercera parte, todos juntos como un puzzle en el cual has apartado las piezas que crees similares e intentas ordenar antes de colocarlas, es de una potencia abrumadora, cosa que me asombró, siendo yo reacio a las lecturas que tiran de lo onírico para ilustrar rupturas temporales. Sueños que se cruzan con capítulos donde uno sonríe torpemente, viéndose reflejado en esa relación parcial y sobreentendida y a la vez profunda entre los hermanos. Sueños que aparecen entre guiños imperativos, que agrandan la única literatura que se puede hacer tras Bolaño.
Hay en toda la novela una especie de imperativo que la empuja desde la primera página, una obligación que poco a poco irá cobrando forma, desde un principio cuasi enajenado por parte del narrador hasta una toma de conciencia clara, tanto del libro como del propio quehacer literario. Eso también aparecía en “El comienzo de la Primavera”, pero en la que nos ocupa se hace más evidente (de ahí quizá la formalidad de su clausura en contraposición al desmenbramiento de su desarrollo, que algunos han calificado de emotivo y por tanto corriente, pero es que es una novela que no puede terminar más que como termina), y me ha hecho comprender dos cosas, la primera es por qué el concepto de literatura de Pron choca con otros movimientos abanderados de la vanguardia literaria patria, y la segunda es darme cuenta de que este autor va por libre más allá de grupos, grantos o grantas, volando muy alto. “El espíritu…” pasa rápido, pero deja en tu cabeza flechazos que te anclan a él y te hacen volver días después, a por piezas nuevas para ese puzzle que quizá sea tan vasto y cruel como imprescindible.
“Al procurar dejar atrás las fotografía que acababa de ver comprendí por primera vez que todos los hijos de los jóvenes de la década de 1970 íbamos a tener que dilucidar el pasado de nuestros padres como si fuéramos detectives y que lo que averiguaríamos se iba a parecer demasiado a una novela policíaca que no quisiéramos haber comprado nunca, pero también me di cuenta de que no había forma de contar su historia a la manera del género policíaco o, mejor aún, que hacerlo de esa forma sería traicionar sus intenciones y sus luchas, puesto que narrar su historia a la manera de un relato policíaco apenas contribuiría a ratificar la existencia de un sistema de géneros, es decir, de una convención, y que esto sería traicionar sus esfuerzos, que estuvieron dirigidos a poner en cuestión esas convenciones, las sociales y su reflejo pálido en la literatura” (pág 142-143)
Érase una vez una campesina sin tierra, un cazador sin vanidad y un niño que no sabía sonreír. El rey los mandó degollar a los tres en cuanto se enteró de su existencia. Decían que el niño en realidad era hijo de la campesina y el cazador pero ninguno de los dos quiso nunca desmentirlo o afirmarlo, aunque por la forma en que la campesina miró al niño cuando el verdugo alzó el hacha llena de herrumbre con un ruido de quilla de barco seco, bien se podía asegurar que eso era lo que ella hubiese deseado. En cuanto al cazador, poco se puede decir que no se pueda intuir ya, pues nadie lo conocía realmente en esa región y nunca antes se vio en aquel reino rostro más hierático que el de ese hombre de piel cobriza y mirada dura que apenas hablaba y que la vez que más palabras se le oyeron decir juntas fue cuando tuvo un hierro al rojo vivo frente a su cara, y aún así solamente se le oyó decirles a los dos verdugos y al sacerdote que lo interrogaban “si no van a disfrutar haciéndome sufrir me temo que esto va a ser un mal trago para los cuatro, pues no pienso decirles nada que no quieran oir”. Y así murió, al cabo de seis horas de tortura, sin abrir la boca más que para gritar cuando el dolor se le hacía insoportable, sin más pena que la de no morir al aire libre, en el bosque, de cualquier modo, eso le hubiera dado igual, cualquier muerte le hubiera parecido bien si sus ojos hubiesen visto un árbol un segundo antes y no una rata mugrienta en una igualmente mugrienta mazmorra, escuchando rezos que nunca entendió por parte de un sacerdote sudoroso, peludo y enjuto y bufidos obscenos de un par de verdugos enajenados después de tantas horas de tortura.
La campesina fue la única que sobrevivió de los tres; no se sabe cómo escapó en realidad, algunos hablan de que la ayudaron infiltrados anabaptistas en la guardia de palacio; otros dicen que miró al carcelero a los ojos varias horas seguidas, casi sin parpadear, y que éste al final la sacó a escondidas como un hechizado sin futuro; otros dicen que simplemente dijo cuando daban las diez, “me quiero ir”, y la dejaron ir por temor a enfurecer a la bruja que aseguraban era en el fondo... Pero nunca nadie se puso de acuerdo, como tampoco estuvo claro de qué se les acusó realmente; se hablaba de herejía, también de tráfico de armas, otros aseguraban que simplemente estaban ahí... Lo que sí aseguran las personas que la conocieron a ella después de su exilio es que nunca más se la volvió a ver sonreír y que nunca más mostró el más mínimo amor hacia sí misma.
Trabajo en una lavandería. La furgoneta de reparto no tiene dirección asistida. Parece una letanía o una excusa. Tal vez lo sean. Lavar, cargar, descargar, planchar, son verbos que están reñidos con escribir porque extienden su alienación más allá de su actividad, es decir, agotan. Además, apenas leo. "El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia", de Patricio Pron. Eso estoy leyendo robándole horas al sueño, y sí, me sigue pareciendo uno de los mejores escritores actuales y su último libro una obra maravillosa(mente dura, honda, inabarcable, tierna, dulce y brillante). Si soy capaz, cuando lo termine me gustaría poder escribir algo al respecto aquí. "(Mis padres) tuvieron hijos a los que les dieron un legado que es también un mandato, y ese legado y ese mandato, que son los de la transformación social y la voluntad, resultaron inapropiados en los tiempos en que nos tocó crecer, que fueron tiempos de soberbia y de frivolidad y de derrota" (pág 168). Leo cuando mis manos están libres. Leo listas de ingredientes de productos de limpieza, perclorietileno, desengrasantes, ácidos que no recuerdo, cosas que embotan un poco, sobre todo si hace calor. Kilos de mantelería ultrajada pasan por mis manos, que huelen a lejía, cloro y crema barata de manos. Siento entusiasmo por el 15M. Pienso en el nosotros para no pensar en la primera persona del singular. Reconozco que me he llegado a emocionar leyendo y viendo cosas sobre todo lo que han (¿hemos?) comenzado a hacer. Mi participación virtual y mi avidez de información compartida contrarresta con mi hastío político como número 7 de una lista municipal que ha nadie ha importado al final. Al final sólo tengo deudas. Deudas por querer vivir de una ilusión inútil. Vender libros en donde a nadie le importa una mierda leer libros. ¿Compaginar la vida con escribir? No hay eco en lo que escribo, no hay latido, no hay vuelo en picado; y tampoco he conseguido convertirme en un buen vendedor de elixires en ferias ambulantes y decadentes donde el delirio se ha convertido en alucinación colectiva. Mi charlatanería está afónica, mi carromato no tiene quien tire de él, mi levita está repleta de caspa y vulgaridad cotidiana y de mi chistera no salen conocidos bien situados a los que recurrir. De hecho creo que mi literatura es como mi corazón: dubitativo, corrosivo sólo consigo mismo, hipócrita, asustadizo, de caducidad prematura, arrogante a veces y autocompasivo las más, y que con el tiempo tristemente ha llegado a sentir un rencor visceral hacia sí mismo. Intento pensar que no me importa lo que sea de ella, de él si mantenemos la analogía, pero he de aceptar también que me mantiene a flote, aunque cierto es que mi cansancio y fatiga son inversamente proporcionales a mi capacidad narrativa; igual ley vale para buscarse los garbanzos y no querer ir de mal en peor. "Acerca de los caracoles: Mi abuelo y yo pintábamos sus conchas de colores y a veces les escribíamos mensajes. Una vez mi abuelo dejó un saludo en su nombre y puso al caracol en tierra y el caracol se marchó y mucho tiempo después nos lo trajeron: había sido encontrado a unos cuantos kilómetros de allí, a una distancia relativamente grande para mí pero quizá imposible para un caracol; esa proeza suya se me quedó grabada, y también estuve pensando durante un largo tiempo en que todo volvía, que todo regresaba incluso aunque llevase todo lo que tenía consigo y no tuviese ninguna razón para volver." (pág 165). No puedo decir nada más, aunque necesito echarme a dormir, quiero acabar antes el libro de Pron.
Es extraño escribir en hoteles (al menos para mí, que los frecuento tan poco en esta época de mi vida), es extraño encontrar aquí esa llamada paz que se le presupone al acto de garabatear conscientemente en un lugar de paso donde cuerpos, y digamos la palabra errante, descansan, buscan fonda transitaria y fugaz, se aman, se odian, se distancian o se perdonan, se van, se piensan, todo ello con la vista puesta en un hipotético regreso proyectado entre ese trayecto en el que se habita. Uno escribe en os hoteles como un escriba en un monasterio, sabiendo que nada le pertenece, que todo se hace por algo ajeno a nosotros, que sólo somos cajas de resonancia, trozos oxidados de cobre (si es que el cobre se oxida, que ahora que lo pienso creo que no, o sí, me temo que todo se oxida), antenas amorfas retransmitiendo una historia que nos atraviesa sin mirarnos siquiera. Uno escribe en las habitaciones de hotel sabiendo que nada se posee salvo lo que podemos aprehender con la mirada, es decir, nada, y si uno se rinde y doblega al tiempo y se sienta a escribir es porque busca de alguna forma cuantificar sus sentidos, ampliar su torpe radio de acción, queriendo encontrar una posible respuesta al sinsentido brutal de ir de un lugar a otro por placer, por trabajo, por necesidad... Viajamos, nos movemos para buscar reposo y, desde lejos, volver a mirarnos. Curioso. Todo vano espejismo burgués, personaje sobreactuado desenvainando un lápiz (o tecleando un Ipad, un blackberry, una tableta sin personalidad, un portátil plagado de pegatinas en su tapa como si fuese la proyección en el siglo XXI de las rectangulares maletas de correas o los baúles también plagados de pegatinas dando fe de las escalas y los trayectos que veíamos de pequeños en películas en blanco y negro y con las que soñábamos surcar el mundo haciendo la revolución o simplemente tomando té en un hotel colonial vestidos de lino y adornados de sombreros de paja), intentando captar aunque sea las razones que nos han traído a este hotel y no a otro en otro lugar, como si esas razones pudiesen decir algo esencial de nosotros mismos.
Todo esto está escrito en un hotel, en un cuaderno trastabillado que transcribo por las noches en el ordenador por eso de ejercitar la mano y el laberinto de mi cerebro, en mitad del campo, en plena sierra conquense. Afuera llueve. En una de las vigas de madera del porche acristalado donde sentado en una silla que cojea levemente escribo esto, hay un nido de golondrinas. Gorriones nerviosos picotean las migas de pan de mi desayuno, aventurándose entre mis pies como soldados kamikazes; si cierro los ojos puedo imaginar sus pequeños corazones acelerados presos de la adrenalina, la necesidad y la temeridad desconfiada. Intento parar todo a mi alrededor, hago una pausa antes de seguir y no, no encuentro nada diferente.
Joseph Brodsky. Marca de agua. Ed. Siruela, pág 24-25
"Inanimados por naturaleza, los espejos de las habitaciones de hotel están aún más aburridos de haber visto a tantos. Lo que te devuelven no es tu identidad sino tu anonimato, sobre todo en esta ciudad. Porque aquí lo último que importa es verse a uno mismo. En mis primeras estancias, a menudo me sorprendía con la imagen de mi propio esqueleto, vestido o desnudo, en el armario abierto; poco después comencé a preguntarme por los efectos edénicos o ultraterrenos de este lugar en la conciencia personal. En algún momento, desarrollé una teoría de excesiva redundancia sobre un espejo que absorbía una ciudad. Como es obvio, el resultado es la mutua negación. Un reflejo no se puede preocupar por un reflejo. La ciudad es lo suficientemente narcisista como para hacer una amalgama con tu mente, cargándola con el peso de sus profundidades. Con efectos parecidos en tu cartera, el caso de hoteles y pensioni es casi el mismo. Después de una estancia de dos semanas –incluso en temporada baja- terminas tan arruinado y desprendido como un monje budista. A cierta edad y embarcado en cierta línea de trabajo, el desprendimiento es algo positivo, por no decir imperativo.
Hoy, por supuesto, todo esto ya no se puede ni pensar, ya que los muy listos cierran a cal y canto las dos terceras partes del estos pequeños establecimientos durante el invierno; y la tercera parte restante mantiene durante todo el año esas tarifas que te crujen. Si tienes suerte, puede que encuentres un apartamento, aunque, por supuesto, éste se presenta con el gusto personal del propietario en materia de cuadros, sillas, cortinas, y dota a tu rostro, reflejado en el espejo del cuarto de baño, de un aire de ilegalidad; en resumen, de eso de lo que precisamente te querías desembarazar: de tí mismo. Aún así, el invierno es una estación abstracta; sus colores son tenues, incluso en Italia, y sólo con el frío y la breve luz del día son intensos. Estas cosas entrenan a la vista en el exterior con mucha más intensidad de la que te permite una bombilla eléctrica sobre tus propios rasgos durante la noche. Si esta estación no calma tus nervios precisamente, sí los subordina a tus instintos; la belleza a bajas temperatura es belleza."
Hoy me he entretenido viendo a un niño subido en uno de esos aparatos que simulan ser un coche o un caballo, de esos que le echas una moneda y se ponen a balancearse para divertir (o distraer) al niño en cuestión, y que siempre están colocados a la puerta de algún bar o alguna tienda sin que se sepa muy bien la razón. El niño que vi hoy subido en un chisme de esos (una motocicleta) encontró en mí al único cómplice del terrible miedo que le asaltó (a mí también, lo reconozco, pero menos). Mientras estaba apoyado en la acera de enfrente y para distraerme miraba absorto a la gente pasar, reparé en aquel niño pidiéndole a su madre que le dejase subir en aquella moto descolorida, par y tuerta. La madre del niño lo subió, introdujo la moneda y dejó al niño solo mientras entraba a probarse unos zapatos en una zapatería con algo de ballena que mantiene su porte mohicano como orgullosa resistencia frente a la invasión mandarina mientras se llena de polvo y su mercancía ajada vuelve a estar de moda. Cuando la motocicleta comenzó a moverse (a balancearse hacia atrás y hacia delante de manera un tanto brusca) el ruido que acompañaba a ese balanceo no era el ruido de una motocicleta sino el trote de un caballo, lo cual nos dibujó una sonrisa tanto al niño como a mí; sin embargo, cuando aquella moto triste y desbocada comenzó a relinchar como una loca, la sorpresa del niño fue tal que comenzó a llorar, deseando salir corriendo despavorido ante ese despiadado pliegue de la realidad. Cuando salió su madre y le abroncó histéricamente, el niño siguió llorando, pero cambió el tono del llanto, sus ojos brillaron sin vuelta atrás, buscó algo con la mirada y me encontró a mí, apoyado en la esquina, aburrido y temeroso (y esperando la llegada de Popota y de Voland surgiendo como por arte de magia tras un portal), supongo que buscando una respuesta que ni yo, ni nadie, nunca podrá darle.
"Ned Land y Consejo se sentaron en el diván, y el canadiense dijo:
-Señor profesor, principie por hacerme el favor de saber decirme lo que es una perla.
-Querido Ned Land -respondí-, para un poeta la perla es una lágrima del mar; para los orientales, es una gota de rocío solificada; para las damas, es una joya en forma oblonga, de brillo opalino, de materia nacarada que llevan en el dedo, en el cuello o en las orejas; para el químico es una mezcla de fósforo y de carbonato de cal con un poco de gelatina y, por último, para los naturalistas, es una simple secrección enfermiza del órgano que produce el nácar en ciertas conchas."
20.000 leguas de viaje subamarino. Julio Verne.
Para eso sirve subrayar los libros, para, después de estar un rato frente a la estantería, coger uno, abrirlo y pasar sus hojas como los gansters contando un fajo de billetes, reparar el algo que señalaste, sonriendo como un bobo por la grandiosidad del traductor, "principie por hacerme el favor de saber decirme lo que es una perla", cuyo nombre no sé (y la Editorial Antalbe no tenía la costumbre de ponerlo) y ver que lo releiste el 21/09/99 (hay un billete de tren en las últimas páginas que lo atestigua). Y no sólo vuelves a leerlo (mi novela preferida de Verne) sino que rescatas películas del gran Karel Zeman