jueves, 21 de abril de 2011

El ladrón que leía a Spinoza. Sobre Lawrence Block y no saber quién soy

Al dejar de ser librero perdí la voz, quiero decir que perdí al “personaje” desde el que, cual ventrílocuo, me escudaba y enfrentaba a las cosas que quería contar aquí, como un sombrerero loco adicto a los ansiolíticos y a los libros que con la excusa de estar tras un mostrador despachando palabras, contaba cosas. Una vez dejado el atrezzo de dicho personaje no he sabido encarar este diario digital sin preguntarme quién soy yo ahora. “El caimán sincopado” fue el nombre de un programa semanal que en la radio local tuve durante varios años. Lo saqué de un texto de Boris Vian, creo recordar que del “Manual de Saint Germain des Pres” o algún artículo de prensa, pero a la hora de documentarme no lo he encontrado entre mis papeles, en el cual diferenciaba entre trogloditas y caimanes al hablar de chalados que poblaban los clubes de tan mitológico barrio parisino que iban allí atraídos por la música jazz. Trogloditas eran los que bailaban poseídos frente al grupo y los caimanes eran los que se quedaban embobados escuchando, bebiendo cócteles extraños y comiendo cruasanes hasta el amanecer. El adjetivo sincopado vino solo. En su momento me pareció un título cojonudo para un programa de música; pensando cómo titular el nuevo blog, me acordé y lo rescaté viendo la sequía imaginativa en la que ando sumido pero, como dije antes, al no ser ya librero me encontré sin red a la hora de escribir. Supongo que una vez perdido el personaje de librero sólo me quedaba calzarme el de caimán, pero aún no sé quién es ni cómo es dicho caimán. El locutor de aquel programa de radio se hacía llamar el profesor Moriarty, verborréica mezcla entre el malvado archienemigo de Sherlock Holmes y el prota del libro de Keouac que lo mismo pinchaba a Ben Webster tras leer algo de Roberto Arlt que hacía un monográfico sobre Black Sabbath leyendo fragmentos de Safo. Ahora entiendo que no escuchase casi nadie el programa. Si he tardado en escribir una nueva entrada ha sido por eso, básicamente. Contar barrabasadas pensando que eres otro, o casi otro, es cómodo, lo sé, y es la excusa perfecta para no responsabilizarme de afirmaciones aduciendo la patente de corso de la literatura, aunque esta excusa sea tan endeble como la coartada de Phil Spector en el juicio por asesinato que terminó dando con sus huesos en la cárcel. Escribir como si fuese el librero que me hubiera gustado ser me permitía mantener el blog sin muchos quebraderos de cabeza pero ¿y ahora? 



En esas he estado, dándole vueltas a la cabeza mientras dejaba en barbecho el blog un tiempo relativamente corto pero a la vez muy largo para mis humos. Hasta que apareció la casualidad. No sé nada de la casualidad, sólo recuerdo fragmentos de cosas que me pasan y los junto esperando algo, un sentido, un empujón o una puerta que abrir. En uno de esos espacios temporales que le robo a las obligaciones diarias apareció Lawrence Block. ¿Que quién es Lawrence Block? Un escritor, claro. Un escritor que no está de moda, un escritor olvidado por el mundo editorial español, un escritor de novela negra que hoy por hoy sólo descubren aquellos que miran los viejos libros de las estanterías de sus padres si estos alguna vez compraron novela negra, los que se alimentan de ediciones baratas en casetas de segunda mano o los que pasean por los pasillos de las bibliotecas públicas como adictos en plena desintoxicación que por hacerse los valientes se van al barrio de los dealers y cuando se quieren dar cuenta están aspirando un chino en una esquina. ¿Qué dónde estaba yo? Pues teniendo en cuenta que la colección bibliográfica de mis padres siempre ha sido tan escasa como aburrida, y que en Manzanares no hay casetas de libros usados, pues estaba en la biblioteca pública.



Siempre que subo las escaleras miro sin ver las estanterías camino de la sala de lectura, dispuesto a estudiar enconadamente para convertirme de una vez en un hombre de provecho aunque hace tiempo que tengo asumido que soy el hombre desaprovechado que hoy por hoy no me queda más remedio que aceptar que, al igual que yo, somos casi todos los de mi generación. Mi cabeza reparó en que mis ojos habían leído un título, “El ladrón que leía a Spinoza”, de pasada… Eh, me dije… Espera… Volví sobre mis pasos y lo vi, una edición de bolsillo amarillenta y ajada escrita por un tal Lawrence Block. Un libro que comprobé había sido prestado 6 veces en 16 años (es una manía que tengo, mirar las veces que han sido prestados los libros que me gustan; 18-11-97, 27-11-97, 12-12-97, 25-12-97 (supongo que las cuatro de un lector muy muy perezoso), 3-2-98, 25-2-98 y después la nada...). Leí la sinopsis trasera: Un ladrón de guante blanco, Bernie Rhodenbarr, librero de profesión y ladrón  a sueldo como “segundo trabajo” con el que redondear sus paupérrimos ingresos, se ve envuelto en un turbio asunto de coleccionismo numismático mientras le suceden todo tipo de perrerías y lee a Spinoza… Joder… Librero, ladrón, Spinoza… Pavlov hubiera sonreído si hubiese visto cómo se ponían a segregar mis glándulas salivales… Irresistible…Lo abro al azar y leo: (pág 30) “Dios sabe que no me enorgullezco de robar. Tendría un concepto más elevado de mí mismo si me ganara la vida en Barnegat Books. Nunca cubro los gastos con la librería, pero tal vez pudiera conseguirlo si me tomase la molestia de aprender a ser mejor empresario. El señor Litzauer pudo mantenerse durante años gracias a la librería antes de jubilarse, vendérmela a mí y trasladarse a San Petersburgo. Yo también debería mantenerme gracias a ella. Al fin y al cabo no vivo a cuerpo de rey. No me chuto caballo ni esnifo coca ni ando por ahí con la gente guapa. Tampoco me asocio con delincuentes conocidos como tiene el buen gusto de decirlo la junta que decide la concesión de la libertad condicional. No me gustan los delincuentes. No me gusta serlo yo. Pero me encanta robar.” Escalofríos, como rayos recorriendo mi espalda, uno tras otro… Priapismo cerebral seguido de un bombeo tímido directo a mi entrepierna… Me aguanté la risa como pude, esa carcajada trágica típica de los personajes de Aristófanes cuando se descubren a manos de los caprichos de los dioses. Miré a un lado y a otro buscando la sombra esquiva de ese dios de segunda B que se empeña en putearme. Saqué mi carné y me acerqué al mostrador como un autómata dispuesto a llevarme prestado ese libro. Leticia, la superbibliotecaria, me dijo que acababa de poner esa pequeña selección de novela negra ahí para ver si se movía algún que otro librito. Casi me arrodillo ante ella, lo juro. Antes de ponerme a estudiar para optar a un puesto en la bolsa de auxiliar de biblioteca en un pueblo cercano donde nos presentamos muchos, quizá demasiados, me conecté a Internet para buscar información sobre Lawrence Block. Comprobé que soy un ignorante, me avergoncé de mi abandonado oficio y leí que Block es un prolífico escritor de novela negra, que sus libros se dividen en bloques dependiendo del personaje principal, carismáticos perdedores todos ellos, gloriosos sosías herederos de la época dorada del género, y que Hollywood incluso ha adaptado alguna de sus obras (link wikipedia). Cuando por deformación miré lo que hay editado de él se me quedó cara de bobo. Nada… O casi nada, porque un libro disponible en RBA es como la nada más absoluta. ¿Señales para que pierda el miedo a leer en inglés de una vez y haga un pedido a Amazon junto con varios discos que quiero tener físicamente? ¿Señales de un modo de vida que se acaba, el del escritor de novela negra que teclea frenéticamente su Olivetti mientras entorna los ojos por las volutas de humo de un eterno pitillo aferrado a sus resecos labios e ignora las cartas de apremio del banco que el cartero le mete por debajo de la puerta, del escritor del que pasan todos los editores del mundo? ¿Nuevas señales para arruinarme otra vez convirtiéndome en editor de novelas pulp? 

No sé quién soy, no sé quién seré, no sé qué personaje me adoptará como narrador en este miserable blog, pero espero que la tragicomedia en la que vivo no me siga dejando que me acomode y me confíe. Al menos el libro es una delicia, tampoco voy a decir que es una maravilla, pero te hace pasar un muy buen rato, es chisposo, frenético, resabiado, comienza y se desarrolla como una película filmada por Lumet con guión de Woody Allen con NY como telón de fondo, y, aunque la penúltima escena es típica, es decir, el ladrón detective Chadleriano junta a todos y desvela quién, cómo, porqué y dónde ocurrieron los delitos, acaba con un par de guiños magníficos, cínicos y complacientes, abiertos a la manera de Simenon, que te hacen cerrar el libro con una sonrisa a lo Cagney y unas ganas de afrontar lo que queda del día a lo Bogart. Releo el principio de nuevo, me miro el dedo gordo del pie y sonrío:
     
      1.      A las cinco y media dejé el libro que estaba leyendo y empecé a echar a los clientes de la tienda. El libro era de Robert B. Parker, y su héroe era un detective privado llamado Spencer que compensaba el hecho de no tener nombre de pila comportándose con un insensato despliegue de actividad física. Cada dos capítulos te enterabas de que estaba haciendo footing por Boston, levantando pesas o buscando algún modo de sufrir un infarto o una hernia. Por el mero hecho de leer su historia ya empezaba a sentirme agotado.
Mis clientes no tardaron en marcharse; uno de ellos se detuvo a comprar un libro de poesía que yo había estado hojeando, pero el resto se evaporó como una delgada capa de escarcha en una mañana soleada. Metí en la tienda el mostrador de ofertas (“Todos los libros a cuarenta centavos. Tres por un dólar”), apagué las luces, salí, cerré la puerta, eché la llave, corrí las rejas plegables que protegían la entrada y las ventanas, les eche el cerrojo y dejé Barnegat Books preparada para la noche.
Mi librería estaba cerrada. Había llegado la hora de poner manos a la obra.”
Lawrence Block. “El ladrón que leía a Spinoza”

lunes, 4 de abril de 2011

Roberto Bolaño. Los sinsabores del verdadero policía

No recuerdo haber leído nunca nada preguntándome tantas cosas a la vez, difrutando tanto y siendo a la vez tan indulgente como con "Los sinsabores del verdadero policía". No recuerdo haber leído nunca nada con un sentimiento tan culposo, tan obsceno, tan de lector rapiña, tan voyeur como con el último libro que de Bolaño ha publicado Anagrama. ¿Es una novela? Por supuesto, a pesar de estar incabada y a pesar de lo que se empeñen en decir algunos críticos ¿Es buena? Para mí sí, es decir, si alguien me hiciese semejante pregunta y yo me sintiese con el arrojo suficiente para contestar algo, diría que sí, luego me entraría el pudor infinito y soltaría, es buena, pero primero dime comparada con qué o cuál, esto es, escurriría el bulto y me escondería para seguir leyéndola. ¿Está justificada su publicación? Para los saqueadores de tumbas, para los níveos seres kafkianos que quieren saberlo todo, sí, pero no dejo de pensar que Bolaño en su puñetera vida hubiese aceptado editarla. ¿Es buena? Comparada con el 90% de lo que se edita como novela hoy en día, sin duda. Con "El Tercer Reich" aún no me he atrevido (el pudor y el sentimiento de culpa, de hacer algo inmoral incluso, me puede, pero supongo que tarde o temprano la leeré), pero una conversación con mi lector preferido me empujó a ello. ¿Me arrepiento? En absoluto, y eso que voy por la página 146, pero de lo que sí me arrepiento es de las 15 o dieciséis líneas que llevo escritas, justificación paupérrima para copiar lo que me ha hecho, de nuevo, pintarrajear el libro, señalarlo, subrayarlo, releerlo y sentirme culpablemente dichoso otra vez...

Roberto Bolaño. Los sinsabores del verdadero policía. Ed. Anagrama, 2011. pág 146.



"¿Y qué fue lo que aprendieron los alumnos de Amalfitano? Aprendieron a recitar en voz alta. Memorizaron los dos o tres poemas que más amaban para recordarlos y recitarlos en los momentos oportunos: funerales, bodas, soledades. Comprendieron que un libro era un laberinto y un desierto. Que lo más importante del mundo era leer y viajar, tal vez la misma cosa, sin detenerse nunca. Que al cabo de las lecturas los escritores salían del alma de las piedras, que era donde vivían después de muertos, y se instalaban en el alma de los lectores como en una prisión mullida, pero que después esa prisión se ensanchaba o explotaba. Que todo sistema de escritura es una traición. Que la poesía verdadera vive en el abismo y la desdicha y que cerca de su casa pasa el camino real de los actos gratuitos, de la elegancia de los ojos y de la suerte de Marcabrú. Que la principal enseñanza de la literatura era la valentía, una valentía rara, como un pozo de piedra en medio de un paisaje lacustre, una valentía semejante a un torbellino y un espejo. Que no era más cómodo leer que escribir. Que leyendo se aprendía a dudar y a recordar. Que la memoria era el amor."


Y acabar recomendando un blog soberbio: http://joseangelgonzalez.net/bolano_dodge_murakami/

miércoles, 30 de marzo de 2011

Se acabó La Pecera

Se acabó. Es tarde mientras escribo esto. Nunca se debe escribir “se acabó” demasiado tarde. Nuevos hábitos, nuevas rutinas, nuevos flamantes minutos donde acaparar toda la rabia y toda la esperanza. Se acabó, y es algo que no está mal. Se acabó la aventura; por lo menos hubo aventura; se acabó el sueño cuando estaba a punto de convertirse en pesadilla, aunque tampoco fuese siempre un sueño plácido. No estoy haciendo balance. Aún es pronto. 

Sólo quería escribir esto, se acabó. No escribo conectado, es decir, estoy tecleando sabiendo que esto lo colgaré en otro momento. Dí de baja el teléfono de la tienda y ya no ha habido, ni habrá, más mañanas perdidas escribiendo por escribir en el blog, de momento. La casualidad, y la mudanza, han hecho que pase esta noche en la pecera, arriba, en una habitación casi vacía, despojada de las cosas que creo que necesito cerca, guardadas ahora en bolsas y cajas; se ven las grietas como crueles cicatrices bajando por las cuatro paredes; una cama (la cama fakir), un flexo roto, unos zapatos viejos, alguna bolsa con cosas de última hora, de esas que uno no sabe dónde guardar, ni por qué, ni para qué las guarda. Le debo estas líneas a la tienda. El zumbido de un asmático calefactor de aire marca el ritmo, hace fresco, o al menos yo tengo frío, debe ser el vacío y las noches traicioneras de la primavera. No hay nada que decir de la tienda, ya está todo dicho, y ahí está para curiosos y masoquistas las pocas entradas que he salvado de la quema, las pocas que no me he llevado a otro lugar, y que se quedarán aquí testimonialmente. Que la librería siga en marcha aplaca los dolores de cabeza que sufrí, las cuentas que salieron mal; como si el coche que con tanto ahínco trataste de personalizar lo vendieses de segunda mano por problemas de solvencia,  por un cambio de residencia, por un peso que necesitas quitarte, por un ansia de salir y seguir hacia delante, o por todo ello y por nada de eso a la vez, por alguien a quien seguir y por ti a quien salvar, porque la vida se reinventa y uno necesita seguir creyendo que tenemos algo que ver en nuestras decisiones y que ni el guión está del todo escrito ni aún tiene un final previsible y aburrido. Una de las visitas más reconfortantes que he tenido antes de cerrar fue el viernes pasado; alguien a quien ya no esperaba, una clienta habitual, una amiga fugaz, una conocida íntima, vino tarde y quiso comprar por última vez en La Pecera. Es joven, preciosa y se le adivina un talento que debe dejar salir. Me dijo que de algún modo me veía como la muestra de que las cosas cambian, que cambiamos, que no pasa nada por reinventarse las veces que haga falta, que no hay vocaciones inamovibles que acaban por esclavizarnos si nosotros no queremos. Algo así dijo, no sé si la lírica barata me deja decirlo bien.

Ahora toca cambiar otra vez. Estos días han estado llenos de papeleo, bajas de autónomo, altas en el paro, peticiones de vida laboral, trabajadoras del servicio de empleo intentando comprender cómo rellenar mi demanda de empleo, cómo poner las cosas que digo haber hecho y saber, o estar dispuesto a hacer; días de inútiles instancias escritas como cartas a los reyes magos, días de sentir la librería lejana, pequeña, sin importancia, días de seguir yendo a la piscina a nadar porque cada brazada me marca hasta donde sigue llegando mi cuerpo, principio y fin de todas y cada una de mis reconversiones. Pinté la pecera, monté sus estanterías, la llené de libros, la dejé empolvarse, coqueta y soberbia, la barrí, la malcrié y la descuidé, la mantuve a flote cuando el agua me llegaba al cuello, pero ya está, se acabó, la vendí. La malvendí por cuatro duros, con lo que al menos podré pagar alguna de las deudas que he ido acumulando, aunque intento que eso no me obsesione demasiado. He hecho muchas cosas aquí dentro, incluso escribí una novela en ella y, en parte, sobre ella; de nada sirvió, acabó en una carpeta en el escritorio de este ordenador portátil e impresa en una carpeta en un cajón. Pero eso ya lo sabía, si me molestó algo fue mi ingenuidad al creer que con eso podía cambiar mi suerte, que soy algo más que mis ingresos y mis gastos y mis impuestos y mis achaques, pero la verdad es que, realmente, suerte, en el fondo, he tenido mucha; que quiera estabilidad no significa que quiera más, sólo quiero tiempo para mí y mis lecturas, mi melomanía, mi indignación y mis ganas de querer a quien me quiere, no quiero más; por tener, tengo libros sin leer al menos para un par de años, y tres o cuatro ideas para creerme capacitado para volver a intentar contar algo por escrito. Me despido de la tienda con un brindis al sol, con una carrera por el bosque con los grilletes rotos por un cortafríos oxidado, tirando mi traje a rayas entre la maleza, marchándome lejos de algo que quizá debería haber sido mi oasis pero que se acabó convirtiendo casi en mi prisión. Se acabó. Ahí se queda la librería. Me importa tanto que no me afecta qué pueda ser de ella; o quizá me importa tan poco que no creo que vuelva a desear querer entrar en ella. Si aún alguien sigue ahí, recuerde el rancio consejo que puede dar alguien que tuvo un oficio también claramente rancio y en recesión: no dejen de leer, libros; no dejen de perderse por cualquier lugar con un libro de papel en los bolsillos o en la maleta...
Visto lo visto, creo que sólo puedo terminar escuchando y viendo esto...

martes, 29 de marzo de 2011

Mircea Cărtărescu. Por qué nos gustan las mujeres.

Una última recomendación antes de que caiga el telón... Mircea Cartarescu... De ce iubim femeile. Precioso, brutal, verdadero, desde hoy imprescindible... Así empieza...

"Ruego a las distinguidas lectoras de este libro que no me tachen ya de entrada de pedante si empiezo con una cita. Durante la adolescencia tenía la estúpida costumbre de hablar en citas, lo que me granjeaba una fama bastante triste en el Liceo Cantemir. Mis colegas iban a la escuela con un magnetófono de diez kilos, ponían música y bailaban en la clase de francés...; “el Garzonelo”, nuestro maniático profesor, reunía  a las chicas a su alrededor y les contaba cómo se dicen todas las porquerías en francés… Un par de alumnos hojeaban revistas porno suecas al fondo de la clase… Sólo yo, que vivía únicamente en el mundo de los libros, subía a la pizarra y la emborronaba con alguna cita de Camus o de T.S. Eliot, que cantaba como una almeja en el ambiente de desmadre de nuestra aula polvorienta y desconchada… Al verla, las chicas que estaban con las piernas cruzadas sobre el pupitre enseñando los muslos por debajo de la falda arremangada de sus uniformes, ni siquiera se molestaban en hacer una mueca o en echarse a reír con desprecio. Se habían acostumbrado. Me miraban como si yo no hubiera existido nunca. Y así fue como pasé los años del liceo: un tipo raro con el uniforme deshilachado que escribe textos ininteligibles en la pizarra o habla con los castaños plantados a lo largo de las pistas de salto de longitud. Hablaba en citas, no por esnobismo, ni para darme importancia (no te podías dar importancia si no era con la música rock o con la lista de tus conquistas, el resto eran bobadas), sino porque llegaba a querer a un autor hasta la locura, y a identificarme con él y a creer que sólo las palabras que había pronunciado alguna vez expresaban la verdad fundamental del mundo, mientras que todo lo demás era mera palabrería.

Con el tiempo he seguido siendo el mismo jerk al que le da lo mismo lo que uno se pone, come o dice delante de una cerveza o en un coloquio, pero he aprendido a ser más prudente en dos cosas, por lo menos. La primera: al relatar los sueños, y la segunda: al citar a mis autores preferidos. Ambas cosas aburren mortalmente, tanto por escrito como en una conversación, y hacen que te cuelguen la etiqueta de tipo impresentable…"

Mircea Cartarescu. Por qué nos gustan las mujeres. Editorial Funambulista



Tras ese comienzo, se desarrollan una serie de lo que podrían llamarse relatos, visiones de mujeres que han pasado por la vida del narrador (posíblemente el propio Mircea, pero con la literatura nunca se sabe, ¿no?), mujeres que sirven de excusa para apuntar un discurso vital, o quizá sea al revés, quizá sea la vida la que se sostiene y desarrolla para encontrar a esas mujeres que nos dignifican, moldean, crean y dan sentido. Uno cuenta cosas, momentos duros, por ejemplo, o momentos importantes, y si quitas todo lo superfluo, ¿qué queda? Pues eso. Si además escribes como Cartarescu, poco más se puede decir salvo volver y releer cuando haga falta, es decir, cuando admitamos sin posibilidad de retorno, que somos lo que somos por las personas (en este caso, mujeres) con las que nos cruzamos a lo largo de los años...
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lunes, 21 de marzo de 2011

El sillón para morirse

Todas las librerías tienen un sillón para morirse, todas; viene con la licencia de apertura. Un transportista con bigote y levita aparece el mismo día que vuelves tú del ayuntamiento con tu flamante licencia, pensando si ir directamente a plastificarla o a enmarcarla, y a medio día, puntuales como un reloj de arena, resulta que te dejan un paquete enorme donde hay un nota adjunta en la que se te comunica que el gremio de libreros de Canciones Tristes te obsequia con un auténtico sillón para morirse. El problema no es ya el sillón en sí, que es un arma en toda regla, y no precisamente cargada de futuro, sino dónde lo pones y, claro, hay que buscarle un sitio, y uno ya empieza su primer día como librero con estrés. Casi todos en el oficio esconden el sillón, lo meten en el almacén o lo ponen en un rinconcito de la oficina y ahí se queda. Un día, todo librero que se precie, acaba dejándose caer en él, algunos por despiste, otros por curiosidad, los más por accidente, pero casi ninguno se muere esa primera vez, porque resulta que el sillón nunca viene con hojita de instrucciones y resulta que sí, es un sillón para morirse, qué duda cabe, pero como los fabrican en Rusia, a veces funciona y a veces no, así que poco a poco el librero le va pillando cariño a leer en su sillón para morirse, y termina por no saber si ese libro con el que se esconde para leer en su sillón serán el último que lea. 

A fuerza de echarse siestas en él, la mayoría de los libreros creen que están inmunizados de por vida, aunque a veces les llegan cartas donde les comunican que tal librero ha fallecido sentado en un sillón de su librería, pero como no pueden dejar de sentarse a leer en él, el oficio de librero con el paso de los años se ha convertido en una profesión de alto riesgo, aunque no lo parezca. Por norma, cuando una librería va a cerrar, se suele sacar y poner el sillón a la vista porque saben que el mismo transportista con bigote y levita vendrá a llevarse el sillón para morirse pero nadie sabe cuándo, sólo que vendrán a por él, así que el librero, que con el paso de los años suele convertirse en un ser atormentado, prefiere sentarse él mismo en el sillón y pasar esos últimos días ahí, disimulando, haciendo como que lee, quedando como un maleducado cuando la gente le pide libros y él ni siquiera se levanta del sillón,  dando permiso para cojan lo que quieran (o quede en las estanterías en esos últimos días), respondiendo cuando la gente se cansa de esperar a que le cobren, "me levantaría, pero preferiría no hacerlo...", sin que nadie nunca llegue a saber que realmente les está salvando la vida... Melville lo sabía, y Cortázar también, pero nunca contaron toda la verdad del asunto.



Propiedades de un sillón (fragmento), Julio Cortázar, en Historias de Cronopios y de Famas (1962)  
"En casa del Jacinto hay un sillón para morirse. Cuando la gente se pone vieja, un día la invitan a sentarse en el sillón que es un sillón como todos pero con una estrellita plateada en el centro del respaldo. La persona invitada suspira, mueve un poco las manos como si quisiera alejar la invitación y después va a sentarse en el sillón y se muere. Los chicos, siempre traviesos, se divierten en engañar a las visitas en ausencia de la madre, y las invitan a sentarse en el sillón. Como las visitas están enteradas pero saben que de eso no se debe hablar, miran a los chicos con gran confusión y se excusan con palabras que nunca se emplean cuando se habla con los chicos, cosa que a éstos los regocija extraordinariamente.
Al final las visitas se valen de cualquier pretexto para no sentarse, pero más tarde la madre se da cuenta de lo sucedido y a la hora de acostarse hay palizas terribles. No por eso escarmientan, de cuando en cuando consiguen engañar a alguna visita cándida y la hacen sentarse en el sillón. En esos casos los padres disimulan, pues temen que los vecinos lleguen a enterarse de las propiedades del sillón y vengan a pedirlo prestado para hacer sentar a una u otra persona de su familia o amistad. Entretanto los chicos van creciendo y llega un día en que sin saber por qué dejan de interesarse por el sillón y las visitas. Más bien evitan entrar en la sala, hacen un rodeo por el patio, y los padres, que ya están muy viejos, cierran con llave la puerta de la sala y miran atentamente a sus hijos como queriendo leer su pensamiento. Los hijos desvían la mirada y dicen que ya es hora de comer o de acostarse.
Por las mañanas el padre se levanta el primero y va siempre a mirar si la puerta de la sala sigue cerrada con llave, o si alguno de los hijos no ha abierto la puerta para que se vea el sillón desde el comedor, porque la estrellita de plata brilla hasta en la oscuridad y se la ve perfectamente desde cualquier parte del comedor. "

miércoles, 16 de marzo de 2011

Cosas. Teo Serna.

Me envía Teo Serna un poema, escrito tras leer cosas de este blog y enviado a mí "porque le da la gana", así que yo hago lo propio, lleno de sorpresa y agradecimiento... Gran tipo, sí señor... Yo por mi parte sigo guardando cosas mientras me despeino decimonónicamente, arrugo mi levita, dejo caer con una mano "clinex" salados entre aullidos por los rincones mientras con la otra cojo libros y leo en voz alta fragmentos contodo lo engolada que mi voz puede sonar, lo típico en estas situaciones, Melville, Homero, Celine, Shakespeare... y de paso este poema, claro...


COSAS

Amamos las cosas:
los libros,
los lapiceros,
los discos de vinilo,
los cuadernos viejos…
Cosas.
Solo cosas que palpamos, que sentimos,
que creemos únicas, necesarias.
Acariciamos cosas
como acariciamos la piel de una mujer
o el lomo de un gato torpe.
Cosas que están ahí
porque nosotros las cogimos,
o quizá  las encontramos como el tesoro ése
de algún pirata.
En cualquier caso,
cosas que hicimos nuestras porque, a veces,
necesitamos sentirnos algo menos pobres.
Cosas tontas:
canicas, cucharas, una afeitadora,
un soldadito de plástico,
un sello de hace 20 años.
Ellas seguirán, de alguna manera
(ya lo dijo Borges).
Nosotros no.
Pero nosotros pasaremos a ser cosas también:
una camisa, unos huesos, una foto,
una carta apenas empezada,
un cerco seco en la boca de un vaso,
una tarjeta de crédito caducada.
Una huella en la habitación aquella.
Cosas.
Solo cosas.

domingo, 13 de marzo de 2011

Trece imágenes. (The Acuarium LP Compilation. Vol I)

Imágenes, o tal vez escenas; de casi la mitad no hay documento visual, sólo palabras, la mía y con las que lo cuento.

Mi lugar y aparejo favoritos para leer

DOS. Un chico de unos once o doce años, habitual (somos pocos y aquí con un par de veces te conviertes en habitual), con pinta de tener los pulgares fuertes por la Nintendo y gustos indefinidos (vamos, que lo mismo puede escuchar a Mago de Oz que a DJ Truhán), de primera impresión altivo pero inequívocamente tímido, seguramente enamorado de alguna compañera de clase, amigo de pocos amigos pero de pandilla grande. Hace dos semanas entra a la librería y se planta frente a la sección de literatura extranjera (es decir, entras y giras el cuerpo el plan chotis, sin moverte de la baldosa, a la derecha). Nunca ha mirado ahí, siempre se va a literatura juvenil fantástica (seis pasos de frente). Yo sigo escribiendo en el blog; me gusta cuando vienen simplemente a mirar, y eso no pasa casi nunca. A los cinco minutos alzo la cabeza y me lo encuentro frente a mí. Me sonríe y me dice: "sólo venía a oler, me encanta cómo huele la librería, os voy a echar de menos". Antes de que me seque las lágrimas, cargue el desfribilador, le haga la ola y me suba la camiseta tapándome la cara y corra en círculos en plan loco suicida por la tienda, el cabrón desaparece.

Phil Lynott enseñándonos que nunca hay camino demasiado difícil ni lugar del que no se pueda regresar
CUATRO: Ayer. Uno de los cinco yonkis habituales entra en la tienda. ¿Me conoces? me pregunta. Claro, le digo (y pienso, vamos hombre, no me jodas). Regularmente se pasan por la tienda a darme pequeños sablazos. Me cuentan histórias ridículas de juntas de culatas rotas de coches que no poseen, de potitos o de pañales para niños que no tienen o de bocadillos que necesitan comprar pero no que yo les haga. Con los cinco he acabado discutiendo y los cinco me han sableado alguna vez. El de ayer, tras preguntarme si le conocía, se me quedó mirando fijamente pero sin verme; me balanceé un poco pero sus ojos siguieron fijos en un punto indeterminado detrás de mí. ¿Sabes lo que me ha pasado? arranca. Mi madre me ha dado seis euros para comprar pan y atún, pero iba para el mercadona y he visto dos campanas; con una moneda las luces han hecho fiuuu y dos camapanas y un plátano. He echado otra moneda y casi la tenía. Cuando me he dado cuenta me he gastado los seis euros. La puta máquina tragaperras me ha dejado sin nada. Déjame seis euros, hazlo por mi madre... Si hubiese sabido que estoy enganchado a la primera temporada de The Wire con la puta y asquerosa verdad igual hubiese ablandado mi corazón. En cuatro años y medio consideré que ya me han puteado bastante.

"First we take Manhattan, then we take Berlin. I'm guided by a signal in the heavens. I'm guided by this birthmark on my skin..."
SEIS: Navidad. Mientras envuelvo unos libros a una mujer. No hay nadie más en la tienda y su hija de cuatro años mira y desordena una mesita baja donde tengo algunos libros de ensayo y filosofía. La mujer regaña a su hija y le dice que no toque, que sea obediente, que deje de portarse mal y que lea los títulos pero que no toque los libros. Han pasado por aquí auténticos niños tiranos más salvajes que esa niña, pero opto por no contradecir a su madre dándole permiso para que toque los libros. Mientras envuelvo el último libro acaba el disco que estaba sonando y se hace el silencio. La niña dice: Mamá.... La madre contesta: Quéééé.... quieres.... La niña dice: ¿Qué es el marxismo? mientras señala un libro de la mesa con una foto imitando la portada de Sgt. Peppers de los Beatles pero con toda la intelligentsia comunista...Librero rompe a reir y la mujer mira a la niña y enrojece, hasta que el librero enmudece y a su vez empieza a enrojecer , justo cuando la mirada de la mujer se vuelve totalmente inquisitiva hacia el pobre librero, que lo único que desea hacer es regalarle a la niña ese libro titulado "Marxismo para principiantes" (Ed. Longseller).

Rótulo luminoso que en el patio de la casa
del librero quedaría fetén pero no puede ser...

OCHO: Antes de ayer. La imagen de la inmensa y radiante sonrisa que acompaña a la cara de sorpresa de una mujer al contestarle el librero que por supuesto que sabe qué son los mandalas y que sí existen libros para colorear mandalas y que en cuatro días tiene un libro así. "Por fin encuentro a alguien que no me toma por loca", dice, "no sabes en la de sitios que he preguntado, hasta mi marido me decía que esas cosas no existen, que eran fantasías mías. En cuanto pinte el que me consigas vendré a por más". Por no cortarle el rollo el librero no se atrevió a decirle que el més que viene no estará. Le ha pedido dos  ejemplares distintos.

Poema de Rodolfo Quintero-Noguera

DIEZ. Librero friega la tienda. Librero deja el mocho a su lado y gruñe al ver el cubo en la otra punta, al lado de la puerta, pues ha ido fregando de espaldas. Librero deja un pasillito de baldosas sin fregar hasta el expositor del centro para poder pasar y colocar unos libros que le acaban de llegar. Librero tropieza. Libros salen volando, uno de ellos vuela más de lo lógico, rebota con el lomo en la estantería, entra en barrena y cae en el cubo tan limpiamente como un tripe de Larry Bird en el último segundo. Librero va hacia el cubo, se escurre con el piso aún húmedo y mientras da con la rodilla en el suelo piensa, "la rodilla no, la rodilla no...que soy autónomo, joder". Mete la mano en el cubo y saca el libro "La sociedad del esptectáculo", Ed. Pre-Textos, 13 €, totalmente empapado. El librero pasa a modo Mr Bean meets Hulk y espeta "me cago en Guy Debord, el los situacionistas y en la puta madre de la vaca que ríe" mientras una monja anciana con hábito blanco de la residencia de ancianos que está a dos manzanas de la librería le mira desde la calle. El librero le mira asu vez y piensa, "como se santigüe meto mi cabeza en el cubo". En vez de eso la monja pregunta como si nada "¿te quedan evangelios del 2011?". Si, claro. "Pues quiero tres". Aunque el librero cojea visiblemente la monja apuntilla, "Si no te importa mejor no entro y me los sacas aquí, no vaya a ser que me escurra yo también..."

DOCE: La semana pasada. Adolescente levemente alolitada entra y se dirige a la sección infantil. Mira (al final los jóvenes son los únicos que vienen y miran un rato antes de elegir). En la pecera suena "Nubes de Papel", el último Depedro y el librero ve que mueve la cabeza y canturrea alguna letra. Pone sobre el mostrador "Memorias de Idhun. La Resistencia", de Laura Gallego (20,95€) y le pregunta a librero cómo está ese libro, que se lo han recomendado sus amigas de clase. Depende de lo que quieras leer, responde el librero. Algo, dice ella, ¿éste es muy fantástico? El librero piensa qué puede significar que un libro sea poco o muy fantástico. Opta por decir de nuevo, depende. ¿Y algo más....? dice ella. El librero le da "El guardián entre el centeno" y "El vaso de plata" de Antoni Marí (precioso). Tras ojearlos (y hojearlos) ella dice, ¿cuál es mejor? Y el librero dice, elige tú. Ella elige "El vaso de plata", pero el librero cree que lo hace más por que no hay tanta diferencia de precio entre ese (13,95) y el de Laura Gallego que quería llevarse que con el de Salinger (7,95). Por el precio no lo hagas, dice. No, no, me apetece éste, dice ella. Al salir de la tienda al librero le da por pensar en eso que llaman efecto mariposa y en la cantidad de veces que ha hecho algo parecido a lo largo de los años.

El descanso del librero

viernes, 11 de marzo de 2011

Obituario autoflagelatorio volumen 1, o ¡Que le corten la cabeza! (volumen 4)

Aprovecho una mañana de calma para escribir, tal y como dice Iván que debo escribir aquí, sin corregir y lo que salga, como si de un match de improvisación se tratase. Quedan veinte días para "cerrar" la librería, y cerrar significa que yo me voy con lo puesto y entra otra persona. La semana que viene me toca aleccionar al joven padawan en las artes libreras que sí, algo tienen de jedi, tanto por lo rancio del oficio (librero, válgame) como por la cara de apollardao que se te acaba poniendo, como si un mal viaje te hubiese dejado en órbita o como si poseyeses un secreto privado, que por muy secreto privado que sea, como no vale para nada (arte de vender libros, válgame -2-) pues de ahí la cara de giliposhas. Me armaré de paciencia, primero porque amo mi tienda y, vale que no es el "enterprais" pero sí un rocín orgulloso y terco que merece un final mejor del que yo le puedo dar, y segundo porque lo que yo creía que era el trabajo más sencillo del mundo parece que no lo es tanto, así que no haré como el capitán Cousteau ante la pregunta de cómo se dirige el Nautilus y  no responderé "pues manejándolo, alma de cántaro, tomas asiento y navegas, que no es una central nuclear", sino que me tendré que sentar y parar ante los detalles, contradicciones, trucos, obviedades y silogismos varios que entraman el noble y vulgar arte de vender libros (válgame -3-). Gestionar libros se me da de puta madre (voy a tirarme alguna flor, hombre ya), ahora bien, gestionar económicamente no se me da tan bien. El fondo bibliográfico que ha llegado a tener la Pecera ha sido algo a tener muy en cuenta (piropeado, no mucho, pero alguna que otra vez, y curiosamente, en un 90 % gente forastera que ha visitado y comprado libros entre estas paredes), pero poco a poco se me ha ido marchitando entre las baldas. Es como si en este pueblo me hubiese puesto una levita, me hubiese dejado un bigote daliniano resultón y hubiese sacado de mi chistera a la misma Venus de Boticceli en la plaza del mercado; hasta ahí todo bien (y hasta aquí me duraron las flores para tirarme) pero he tardado en darme cuenta de que a nadie le parecía interesar tan magna belleza y la Venus hubiese acabado entrando casi en coma por el frío, la indiferencia y la dejadez. Ahora bien, dos cosas; primero, la belleza de la Venus no es cosa mía, traer ediciones bonitas y/o baratas y/o maravillosas y/o simplemente ediciones de Carver, Flaubert, Bolaño, Dante, Quiroga, Ajmátova, Perutz, Cheever, Zola... tener todo el fondo de Impedimenta, poner bien a la vista a Wagenstein, Pron, Halfon, Olmos, Foster Wallace, Giralt Torrent, Cartarescu, es decir, intentar mantener el equilibrio entre un fondo bibliográfico que no sólo huele a polvo y a viejo sino que aún está vivo y es algo con sentido y compaginarlo con el noble arte de surtirme de best sellers, esto es, gestionar una librería, eso, eso se hace con la punta de la pluma de la gorra; y segundo, que eso tan bonito sea rentable ya es otro cantar y es un tema a discutir a fondo, y yo no sólo lo he discutido sino que he acabado molido por unos palos que me han caído por todos lados. He sobrevivido cuatro años y medio porque he optado por quitarme gran parte del pan de la boca, renunciando (pero sin renunciar, he ahí el problema) a lo que pienso que debe ser una librería, porque he sacado un pie fuera y he intentado otras opciones laborales (con un pie fuera tampoco uno puede esperar mucho resultados), así que el afuera de mi pie izquierdo se va a convertir en el dentro de mi todo y la Librería pasa a otras manos. He acabado agotado de mi propia cabezonería y romanticismo, y aunque sea muy bonito ser romántico, también es muy ingrato.  Puedo echarle la culpa a la situación geográfico espacial donde se asienta la librería, que no es moco de pavo, pero en el fondo, sé que el problema soy yo. Nueva gestión, nueva vida, el rey ha muerto; ¡Larga vida a la Pecera!


No estaría mal que un día de estos yo pudiese decir como Aristóteles ante las noticias de las gestas de Alejandro, o como Alexis Korner frente a una foto del dios dorado de Robert Plant: "A ese, a ese truhán, todo lo que sabe, se lo enseñé yo", aunque el espíritu sea otro, aunque el rey esté desnudo, y aunque yo siga sin tener para un café. El brillo de la Pecera, o lo que yo quería que fuese, duró poco, tal vez el segundo semestre del 2007 y el primero del 2008, pero al menos conseguí que algo que hice yo brillara, algo al menos, quien quiera verlo que lo vea, y el que no, pues no, pero la medalla es mía y me importa un carajo que al ponérmela me la haya clavado y hecho sangre, aún así luce bien en mi pechera, y me va niquelada con mi decimonónico monóculo y mi ráncio abolengo proletario. ¿Después de esos meses de gloria...? Luego... pues... luego... Si me pongo a pensar en el luego en vez de flores empiezo a tirarme tomates y ya me flagelo bastante yo con lo mío todos los días. Es como montar un sexshop en Siberia, igual por eso de la novedad y el frío y la mente pervertida de algún Siberiano te funciona, pero o le das otro aire o empiezas a pensar cómo darle salida a todos esos dildos, consoladores y fustas. En el fondo he optado por lo fácil, y es pensar que yo no sé hacerlo de otra manera. Es lo primero que le diré al nuevo dueño, dale un buen giro a esto, cúrrate los coles, los "instis", organiza actividades, lo que sea, pero cámbiala (en el fondo eso fue lo primero que le dije cuando me preguntó la primera vez); no es un vago huraño como yo, conoce a bastante gente, así que le será fácil.

Librera Siberiana con local equipado de calefacción central, ¿quién dijo que éste no es un oficio sexy?

Ahora la Pecera da cosa verla; medio vacía, algo melancólica, con una "mustiéz" enorme recorriendo las baldas; sé que tiene hambre de libros y de lectores pero ya le he dicho que espere. En el fondo, y no sé si lo he dicho alguna vez, creo que no, así que creo que por fin lo diré de una vez, el problema es, como también me han dicho bastantes veces mis amigos, que yo mismo soy mi mejor cliente. Imaginaos ese sexshop bien surtido en Siberia; imaginaos un día típico siberiano; imaginaos ahora a ese sexshopero mano sobre mano mirando sus estanterías, fijándose en esa reproducción del aparato genitourinario de la gran Vanessa del Río y mirando la colección de películas altamente esteticistas y preciosas de Andrew Blake, preguntándose cómo demonios no tiene la tienda llena; ahora imaginad que dicho sexshopero se llama Donatien Alphonse François de Sade, oui, vualá, tre vian... Ahora se entiende que nadie le augure un buen futuro al pintón negocio siberiano de ese vicioso marqués; igual con unas mesitas, unas velas, un suculento bizcocho casero, una selección de tés, un taller del uso y correcto majeno de las bolas chinas, una presentación pública para los paisanos siberianos del "jes extender" fabricado por un vecino poeta y lo mismo el sexshop le funciona, pero es que estamos hablando del puñetero marqués de Sade y ese lo que quiere es lo que quiere, está claro; normal que no tenga visión comercial, pero ni aquí ni en Siberia ni en Sebastopol. Ahora bien, darle a ese onanista degenerado un buen mecenas y un gestor con maña y lo mismo convierte esa tienducha perdida en la Siberia más dejada, apática y sin fuste de la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviética en un oasis de perversión y libertinaje. Anda que no... Pero la vida es como es, si no se puede no se puede y además es imposible (pleonasmo espetado por Rafael Gómez Ortega "El Gallo" y máxima vital de este librero), y si una etapa se acaba, pues se acaba y punto. Una cosa está clara, voy a echar mucho de menos ser librero, y sobre todo, voy a echar de menos ser mi mejor cliente. A todo esto, ¿de qué estaba hablando? No lo sé, pero mi amigo dice que no debo corregir esto.

jueves, 10 de marzo de 2011

Tengo sueño

Los días que sueño que estoy en un sueño y que, en algún momento del sueño todo se para y me miro a mi mismo en el sueño y me digo “estás soñando y debes acordarte de esto cuando despiertes porque es importante”, al despertar, de lo único que me acuerdo es de que soñé que tenía que acordarme de algo, pero no de qué tenía que acordarme. Esos días son los días más extraños, o al menos esos son los días en los que me preocupo por cuadrar mi vida, por enderezarla, por recomponerla, como si diese por hecho que no lo estuviera, pues eso es algo de lo que pocas veces estoy seguro, y me atormenta el hecho de haber vivido en el sueño algo esencial y que el haberlo olvidado no me fuese a traer nada bueno; en fin, no lo sé, igual no tiene ningún sentido darle tanta importancia a un mísero sueño, pero, ¿qué hacemos en la vigilia cuando sabemos que hemos despertado de un sueño demasiado real pero del que sólo quedan imágenes como fogonazos? Todo parece más famélico, más ridículo, más tonto, más absurdo...

sábado, 5 de marzo de 2011

HUMANITAS

No encontré por ahí mejor resolución...
Entre otras cosas: lampiño, asexuado, mortecino, clonado y, lo mejor, sin cicatrices...

HUMANITAS
Miguel Oriola. 2002
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