viernes, 11 de marzo de 2011

Obituario autoflagelatorio volumen 1, o ¡Que le corten la cabeza! (volumen 4)

Aprovecho una mañana de calma para escribir, tal y como dice Iván que debo escribir aquí, sin corregir y lo que salga, como si de un match de improvisación se tratase. Quedan veinte días para "cerrar" la librería, y cerrar significa que yo me voy con lo puesto y entra otra persona. La semana que viene me toca aleccionar al joven padawan en las artes libreras que sí, algo tienen de jedi, tanto por lo rancio del oficio (librero, válgame) como por la cara de apollardao que se te acaba poniendo, como si un mal viaje te hubiese dejado en órbita o como si poseyeses un secreto privado, que por muy secreto privado que sea, como no vale para nada (arte de vender libros, válgame -2-) pues de ahí la cara de giliposhas. Me armaré de paciencia, primero porque amo mi tienda y, vale que no es el "enterprais" pero sí un rocín orgulloso y terco que merece un final mejor del que yo le puedo dar, y segundo porque lo que yo creía que era el trabajo más sencillo del mundo parece que no lo es tanto, así que no haré como el capitán Cousteau ante la pregunta de cómo se dirige el Nautilus y  no responderé "pues manejándolo, alma de cántaro, tomas asiento y navegas, que no es una central nuclear", sino que me tendré que sentar y parar ante los detalles, contradicciones, trucos, obviedades y silogismos varios que entraman el noble y vulgar arte de vender libros (válgame -3-). Gestionar libros se me da de puta madre (voy a tirarme alguna flor, hombre ya), ahora bien, gestionar económicamente no se me da tan bien. El fondo bibliográfico que ha llegado a tener la Pecera ha sido algo a tener muy en cuenta (piropeado, no mucho, pero alguna que otra vez, y curiosamente, en un 90 % gente forastera que ha visitado y comprado libros entre estas paredes), pero poco a poco se me ha ido marchitando entre las baldas. Es como si en este pueblo me hubiese puesto una levita, me hubiese dejado un bigote daliniano resultón y hubiese sacado de mi chistera a la misma Venus de Boticceli en la plaza del mercado; hasta ahí todo bien (y hasta aquí me duraron las flores para tirarme) pero he tardado en darme cuenta de que a nadie le parecía interesar tan magna belleza y la Venus hubiese acabado entrando casi en coma por el frío, la indiferencia y la dejadez. Ahora bien, dos cosas; primero, la belleza de la Venus no es cosa mía, traer ediciones bonitas y/o baratas y/o maravillosas y/o simplemente ediciones de Carver, Flaubert, Bolaño, Dante, Quiroga, Ajmátova, Perutz, Cheever, Zola... tener todo el fondo de Impedimenta, poner bien a la vista a Wagenstein, Pron, Halfon, Olmos, Foster Wallace, Giralt Torrent, Cartarescu, es decir, intentar mantener el equilibrio entre un fondo bibliográfico que no sólo huele a polvo y a viejo sino que aún está vivo y es algo con sentido y compaginarlo con el noble arte de surtirme de best sellers, esto es, gestionar una librería, eso, eso se hace con la punta de la pluma de la gorra; y segundo, que eso tan bonito sea rentable ya es otro cantar y es un tema a discutir a fondo, y yo no sólo lo he discutido sino que he acabado molido por unos palos que me han caído por todos lados. He sobrevivido cuatro años y medio porque he optado por quitarme gran parte del pan de la boca, renunciando (pero sin renunciar, he ahí el problema) a lo que pienso que debe ser una librería, porque he sacado un pie fuera y he intentado otras opciones laborales (con un pie fuera tampoco uno puede esperar mucho resultados), así que el afuera de mi pie izquierdo se va a convertir en el dentro de mi todo y la Librería pasa a otras manos. He acabado agotado de mi propia cabezonería y romanticismo, y aunque sea muy bonito ser romántico, también es muy ingrato.  Puedo echarle la culpa a la situación geográfico espacial donde se asienta la librería, que no es moco de pavo, pero en el fondo, sé que el problema soy yo. Nueva gestión, nueva vida, el rey ha muerto; ¡Larga vida a la Pecera!


No estaría mal que un día de estos yo pudiese decir como Aristóteles ante las noticias de las gestas de Alejandro, o como Alexis Korner frente a una foto del dios dorado de Robert Plant: "A ese, a ese truhán, todo lo que sabe, se lo enseñé yo", aunque el espíritu sea otro, aunque el rey esté desnudo, y aunque yo siga sin tener para un café. El brillo de la Pecera, o lo que yo quería que fuese, duró poco, tal vez el segundo semestre del 2007 y el primero del 2008, pero al menos conseguí que algo que hice yo brillara, algo al menos, quien quiera verlo que lo vea, y el que no, pues no, pero la medalla es mía y me importa un carajo que al ponérmela me la haya clavado y hecho sangre, aún así luce bien en mi pechera, y me va niquelada con mi decimonónico monóculo y mi ráncio abolengo proletario. ¿Después de esos meses de gloria...? Luego... pues... luego... Si me pongo a pensar en el luego en vez de flores empiezo a tirarme tomates y ya me flagelo bastante yo con lo mío todos los días. Es como montar un sexshop en Siberia, igual por eso de la novedad y el frío y la mente pervertida de algún Siberiano te funciona, pero o le das otro aire o empiezas a pensar cómo darle salida a todos esos dildos, consoladores y fustas. En el fondo he optado por lo fácil, y es pensar que yo no sé hacerlo de otra manera. Es lo primero que le diré al nuevo dueño, dale un buen giro a esto, cúrrate los coles, los "instis", organiza actividades, lo que sea, pero cámbiala (en el fondo eso fue lo primero que le dije cuando me preguntó la primera vez); no es un vago huraño como yo, conoce a bastante gente, así que le será fácil.

Librera Siberiana con local equipado de calefacción central, ¿quién dijo que éste no es un oficio sexy?

Ahora la Pecera da cosa verla; medio vacía, algo melancólica, con una "mustiéz" enorme recorriendo las baldas; sé que tiene hambre de libros y de lectores pero ya le he dicho que espere. En el fondo, y no sé si lo he dicho alguna vez, creo que no, así que creo que por fin lo diré de una vez, el problema es, como también me han dicho bastantes veces mis amigos, que yo mismo soy mi mejor cliente. Imaginaos ese sexshop bien surtido en Siberia; imaginaos un día típico siberiano; imaginaos ahora a ese sexshopero mano sobre mano mirando sus estanterías, fijándose en esa reproducción del aparato genitourinario de la gran Vanessa del Río y mirando la colección de películas altamente esteticistas y preciosas de Andrew Blake, preguntándose cómo demonios no tiene la tienda llena; ahora imaginad que dicho sexshopero se llama Donatien Alphonse François de Sade, oui, vualá, tre vian... Ahora se entiende que nadie le augure un buen futuro al pintón negocio siberiano de ese vicioso marqués; igual con unas mesitas, unas velas, un suculento bizcocho casero, una selección de tés, un taller del uso y correcto majeno de las bolas chinas, una presentación pública para los paisanos siberianos del "jes extender" fabricado por un vecino poeta y lo mismo el sexshop le funciona, pero es que estamos hablando del puñetero marqués de Sade y ese lo que quiere es lo que quiere, está claro; normal que no tenga visión comercial, pero ni aquí ni en Siberia ni en Sebastopol. Ahora bien, darle a ese onanista degenerado un buen mecenas y un gestor con maña y lo mismo convierte esa tienducha perdida en la Siberia más dejada, apática y sin fuste de la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviética en un oasis de perversión y libertinaje. Anda que no... Pero la vida es como es, si no se puede no se puede y además es imposible (pleonasmo espetado por Rafael Gómez Ortega "El Gallo" y máxima vital de este librero), y si una etapa se acaba, pues se acaba y punto. Una cosa está clara, voy a echar mucho de menos ser librero, y sobre todo, voy a echar de menos ser mi mejor cliente. A todo esto, ¿de qué estaba hablando? No lo sé, pero mi amigo dice que no debo corregir esto.

jueves, 10 de marzo de 2011

Tengo sueño

Los días que sueño que estoy en un sueño y que, en algún momento del sueño todo se para y me miro a mi mismo en el sueño y me digo “estás soñando y debes acordarte de esto cuando despiertes porque es importante”, al despertar, de lo único que me acuerdo es de que soñé que tenía que acordarme de algo, pero no de qué tenía que acordarme. Esos días son los días más extraños, o al menos esos son los días en los que me preocupo por cuadrar mi vida, por enderezarla, por recomponerla, como si diese por hecho que no lo estuviera, pues eso es algo de lo que pocas veces estoy seguro, y me atormenta el hecho de haber vivido en el sueño algo esencial y que el haberlo olvidado no me fuese a traer nada bueno; en fin, no lo sé, igual no tiene ningún sentido darle tanta importancia a un mísero sueño, pero, ¿qué hacemos en la vigilia cuando sabemos que hemos despertado de un sueño demasiado real pero del que sólo quedan imágenes como fogonazos? Todo parece más famélico, más ridículo, más tonto, más absurdo...

sábado, 5 de marzo de 2011

HUMANITAS

No encontré por ahí mejor resolución...
Entre otras cosas: lampiño, asexuado, mortecino, clonado y, lo mejor, sin cicatrices...

HUMANITAS
Miguel Oriola. 2002

viernes, 4 de marzo de 2011

De Litoral y desastres personales. De Aluros de plata. De Todo y Nada. Alberto García-Alix

Foto: © Alberto García-Alix
 "Siempre he pensado que el retrato exige una gran capacidad de comprensión, lo cual obliga a comprenderse a uno mismo. Al hacer un retrato, estás jugando con la idea de que la otra persona te muestre una parte de sí misma. Las cámaras me dan miedo, porque sé lo que puede verse a través de ellas. Para empezar, creo que cada uno de los habitantes de la tierra somos un ecce homo. Toda experiencia relacionada con la visión, con la creación, conduce a desangrarse. Mi trabajo no va disociado de mi personalidad. Para hacer fotos, es necesario que sea como soy, porque las fotos nacen de la inestabilidad en la que vivo. Viéndolas, intuyo que lo que puedo contar en el futuro es mi ruina... Será divertido."

Alberto García-Alix. Fotógrafo.



Foto: Alberto García-Alix. Un hombre triste. Autorretrato, 2001.


Una vez vi trabajar a García-Alix, fue hace diez años y yo aún no sabía quién era, aunque, como casi todos, había visto obra suya, en discos, revistas, en catálogos que nunca nos parábamos a leer, o si leíamos se nos olvidaba tan rápido como pasábamos de hoja y descubríamos otra foto. Yo estaba contratado en una escuela de fotografía como "chico para todo"; era duro, o más que duro tendría que decir que era agotador, es lo que tiene ser el último mono; lo mismo limpiaba el laboratorio de revelado o positivado que recogía y ordenaba el material de una clase teórica que preparaba un plató, lo mismo colgaba (con Andrés, el gran Andrés, ¿qué será de él?) las fotos de la sala de exposiciones con un nivel medio roto, un metro, clavos, un lápiz y la socorrída plasta azul moldeable que asistía en una sesión práctica sin tener ni idea de la mitad de las cosas. Como siempre, éramos pocos (2) para toda la escuela, en un mundo ideal tampoco era un curre para deslomarse. Por todo eso, el trabajo lo tenía todo para que yo adquiriera de una vez la conciencia de clase (para que no lo olvidara); mal sueldo,  algunos estudiantes que te trataban como si fueses su esclavo, algunas y algunos modelos y fotógrafos ansiosos por denigrarte (esa Bimba y ese Delfín, incomprensibles personajes) y una desidia directiva que suplíamos como podíamos los de abajo capeando el temporal (donde malmanda patrón los marineros mantienen a flote el barco). No todo era así en aquel trabajo, pero lo primero que me sale es eso. Con calma surgen los colores sepia, los blancos sobre los grises, los filtros. Pablo Esgueva y su candorosa amabilidad e  inmenso saber; Miguel Oriola gamberreando, probándote a cada paso y deslumbrando cuando lo tenía a bien; lo que yo racaneaba a mi superdon de la superubicuidad para colarme en clases y tomar notas a escondidas; estar pendiente a las 11:30 del paseo matutino del poeta José Hierro con su bombona de oxígeno, dándo la vuelta a la manzana, saliendo del portal de al lado como un zorro asustado y sonriéndome al pasar con mi escoba en la mano; las fotos que rescataba de la basura del laboratorio de positivado que no valían una mierda pero que me gustaba coleccionar; la sonrisa de algunas alumnas; los guiños de algunos profesores, las cervezas a hurtadillas escuchando los consejos de Andrés mientras hacíamos de informales camareros en las inauguraciones de las exposiciones el primer viernes de cada mes, cambiando nuestras horas extras por sobras de sandwiches y la posibilidad de entrar media hora más tarde el siguiente lunes. Los achaques no me dejaron mantener el trabajo, pero recuerdo esos diez u once meses bastante bien.

Alberto García-Alix. Las hermanas, 1994


Alberto García-Alix. Moda para Manuel Piña, 1987
Un día, en mi planilla vi que teníamos que preparar un plató para un seminario de García-Alix. Normalmente con ciertos profesores no llegaba a cruzar ni una palabra, eran demasiado importantes como para que los jefes no saliesen a rendirles pleitesía y, mientras los encantaban, tu hicieses tu trabajo como una ratilla hacendosa e invisible. Soy fulanito, te decían, y tu llamabas a dirección y empezaba la rueda a girar mientras con Andrés te organizabas sin hablar para hacer lo que tenías que hacer y a la vez estar enteramente disponible. La mañana que conocí a García-Alix fue en esos momentos de silencio extraños de primera hora de la mañana, mientras estudiaba la planilla tras el mostrador de la entrada y me preguntaba si por una vez Shiva iba a hacerme caso y prestarme alguno de sus brazos de sobra. Entró alguien con casco de motorista aún puesto, chupa de cuero y mochila. Yo creí que era un mensajero y seguí a lo mío. Alcé la vista y vi dos manos con las palabras "todo" y "nada" tatuadas en los dedos. Se presentó con esa voz granulosa, me estrechó la mano y preparé en un plató todo lo que me dijo que necesitaba. Un seminario sobre retrato. Su cámara de medio formato, preciosa. Su dura amabilidad y su voz dura de por sí. El primer día me fue imposible quedarme más de diez minutos en su clase, y por veteranía , el que tenía derecho a escabullirse y que el otro cubriese su ausencia era Andrés. En alguna que otra de sus clases sí que me colé, y es un profesor cojonudo (me descubrió a  Dianne Arbus, y verle moverse con la cámara ya era suficiente). Cito a Molina Foix: Como se trata del fotógrafo menos retórico que pueda haber, apetece repasar literariamente sus obras, tan frecuentemente dotadas de la atmósfera de cuento sucio-realista que sólo tiene desenlace en el misterio o la incertidumbre (cita).

Al terminar el seminario nos regaló un catálogo suyo a Andrés y a mí. Antes de marcharme y despedirme cuando decidí que mi cuerpo no daba para más, Andrés me hizo una copia de una de sus fotos y me la dio (lástima no saber el apellido de Andrés). Perdí la foto y el catálogo, no sé si en alguna mudanza o hurtados por un visitante de alguno de los pisos que compartí, cuando era ingenuo y tenía cosas en las habitaciones comunes y compartía pisos fascinantes con habitaciones infames. Por perder, de esa época, he perdido todos los negativos que hice, incluso perdí hasta la cámara, la única que he tenido, rusa, analógica, con un objetivo cojonudo y cuyo disparador, como un revolver viejo, a veces se encasquillaba. De la escuela de fotografía recuerdo muchos chascarrillos, como acabar de modelo en una clase y terminar preguntándote por qué te has dejado convencer y, lo que es peor, cómo has acabado en pelotas (y años después descubrir que eres tú aquel repetido, deformado y con piel de ciencia ficción del cartel que anuncia una muestra teatral sobre el Sida; no se te reconoce, por eso aceptaste, Oriola te dijo que luego retocaría las fotos, pero aún así descoloca) o asistir como ayudante a una sesión de fotos de un alumno a Juan José Millás  y ver la semana siguiente dichas fotos en el suplemento dominical de El País y descubrir que el fotógrafo es su  propio hijo, y pensar "la casualidad no existe y la ambición es cosa de  padres o padrinos bien relacionados..."

García-Alix, 1977 (la foto que perdí)
Como todo, lo dejé sin más; hacer fotos, digo; otras cosas reclamaban mi ánimo. Ayer me quedé prendado de un libro, el número 250 de la revista Litoral, que sí, es una revista, pero yo la trato como un libro, y he visto una foto de García-Alix en él (Un hombre triste. Autorretrato) acompañada por el texto con el que comenzaba, y por fin llego a donde quería llegar, a recomendar dicha revista. (http://www.edicioneslitoral.com/navega250.html). Escribir la luz, fotografía & literatura se llama. Revistas que merecen la pena ser perdidas, manoseadas, cuidadas como animales frágiles, leídas en la bañera o en el Jardín Botánico cuando por fin arranque la primavera o mejor, que merece la pena regalar. Me gustan que sigan existiendo estas publicaciones, aunque luego las acabe perdiendo me gusta verlas y leerlas despacio. Tirado en el sofá anoche, acariciaba el papel satinado y oía la cola  del lomo resquebrajarse al pasar las hojas y, sí, me volvieron a entrar ganas de tirarme al monte a hacer fotos, pero al final me dormí frente a un poema de Jorge Riechmann y una imagen de Gervasio Sánchez (páginas 284-285) cuando apenas pasaban dos minutos de las doce. Pensaré cómo hacerme con una cámara, aunque he de tener los ojos de un oxidado preocupante, sé que ya no sé mirar como se debe hacer. Conozco a alguien que me vendería una ampliadora, me la ofreció hace años y seguro que sigue teniéndola, pero ya no estoy para tantos romanticismos, y eso implicaría además buscarme un sitio donde hacer un cuarto oscuro, comprar revelador, paro y fijador, carretes, papel fotográfico... Aunque nunca está de más dedicar tiempo a placeres inútiles, eso ya sería demasiado, ¿o no?...


Foto: Alberto García-Alix. La hora de la misericordia (2007)

martes, 1 de marzo de 2011

Pierre Michon, el rey del bosque donde peces desmemoriados boquean antes de palmarla.

Me gustaría decir que llevo ausente varios días por haber leído algo epatante (qué palabra, y más para referirse a la lectura de un texto), lo cual sería inobjetable, pero no... o sí. Ausente he estado porque a veces la vida te obliga a dedicarle tiempo, y más cuando se es lumpen (que sea trabajador  por cuenta propia no me eleva de clase), pero también he estado ausente por autocensura. Que alguien a quien no sólo aprecias sino que admiras te escriba para decirte que te lee, allí lejos, y que le gusta lo que lee, abruma a la vez que reconforta, pero en el fondo bloquea. Me gusta sentir este blog como nexo que me comunica con cierta gente; si ciertas palabras no estuviesen tan devaluadas, daría rienda suelta a mi verborrea de gatillo fácil y puntería dudosa para intentar vestir bonito a un argumento que se resume en "no sé qué escribir  porque estoy bloqueado". Tampoco hay que olvidar que uno siempre es su peor enemigo, y sobran las excusas para justificar nuestra indolencia consustancial, pero al próximo "cierre" (y destitución y devolución de mis galones como librero) se juntan el pluriempleo familiar, la pena de dejar algo que has hecho y cuidado como uno cuida su corazón, y el convencimiento de no caer en la tentación de hacer público (de mostrar, en una palabra) los pensamientos que me rondan sobre el traspaso y todo lo que eso conlleva. Autocensura de nuevo. Censurarse dos veces o por dos razones es para merecer la consiguiente patada en el culo. Pero es así. Habré deshechado estos días seis o siete post, por muy diversos motivos pero siempre con la misma rúbrica, "total...". El miedo al vacío, la terquedad inevitable, los sueños turbadores de los últimos días (desdoblarte y asistir a tu propia operación a pecho descubierto descoloca a cualquiera), los atardeceres insumisos alargando las tardes perdidas, los kilómetros engullidos, las celebraciones de bodas que vienen con baúl de los recuerdos incluido en lugares preciosos donde escabullirte y ejercer de gótico decimonónico, las visitas de amigos lejanos que vienen a decir adiós a una tienda de la que se enorgullecían aunque a ti te cueste entender los motivos por lo que de pesado saco de piedras ha acabado teniendo para tí, etc... dan como resultado un barullo de frases inconexas que no casan con el ritmo de "publicaciones" (ya quisiera yo) blogueras. Todo esto tampoco casa con nada, lo sé, pero me vale para cerrar un círculo, el que hizo que casi se me saltaran las lágrimas al leer un texto el otro día, unas páginas en las que me caí dejando que el pulso se me acelerara, el pecho se me hinchara, la sonrisa apareciera. Epatar... Aún me devuelve la vida sentir que se me revuelven las entrañas al leer algo que no esperaba leer. Los años van cayendo encima y uno piensa que el pellejo se hace callo, que rememorar lo que nos emocionaba es otra manera de volver a emocionarnos, otra, o tal vez la única, pero irremediablemente devaluada, aunque no es cierto, el callo no existe, o si existe de verdad, además le hemos puesto un escudo delante, y se nos olvida. ¿El último disco que me emocionó? Tal vez el de Nic Dawson Kelly, hace dos semanas, pero no le di tiempo, y por mucho que uno suba el volumen del reproductor del coche, en el fondo estás conduciendo, y lo escucho de nuevo ahora pero ya es tarde, me lo sé y la sorpresa la tengo anestesiada. ¿El último café que me hizo sentir pleno? No lo sé, tal vez me lo tomé demasiado aprisa. La luz bajo la puerta, el resplandor de una locura amputada en estos tiempos grises e inciertos. Podría decir todo esto en menos líneas, pulsar 
                                                                                                                          la tecla
                                                                                                   de enter
                                                                                             o como se
                                                                                                             llame
                                                        cuando me saliera de las narices
                               y hacer un poema super

                                                               moderno

                                  pero la austeridad de mi vida y mi porte no se corresponden con el follón de la crisis de identidad que martillea mi cabeza como las múltiples pistas de voz de un Bohemian Rapsody grabado en un Casio viejuno al que le fallan las pilas. Mi vida con el tinnitus iba a ser el título de esta entrada. Treinta años de dicha experiencia da para mucho, pero la descarté por ombliguista (y ahora vas y te ríes). Joder, el otro día leí un cuento de Pierre Michon, uno pequeño, de casi treinta páginas, y al acabar me sentí el tío más sólo del mundo porque no tenía al lado a nadie para poder decir "me cago en la puta madre que me parió, no te puedes creer lo que acabo de leer..." y encima era demasiado tarde para llamar a nadie, al menos a nadie que viviera en este meridiano o en uno donde pudiesen contestarme amablemente en un idioma que conociese. No era sólo por haber leído algo que pudo haberme ocurrido, en otro lugar,  de otra manera, pero similar, no era sólo eso, no. Pierre Michon, "El rey del bosque", un cuento clásico, vanguardista, redondo, amputado, da igual, un cuento que te deja desnudo, en patillas, o al menos a mí me ha dejado así, pues ahora es cuando copio un fragmento, y seguro que cuando termine me digo, pues sí que eres tú epatable (y van tres) pero hacía tiempo que no leía algo y mientras lo hacía me repetía una y otra vez, literatura, ninguna palabra es gratuita, sombra, luz, cerdo, blancura... LITERATURA; monsieur Michon, es usted un cabronazo...

PD: Miro en la página web de Alfabia, editorial donde está publicado el libro "El rey del bosque. Abades" y veo extrañado que tienen en catálogo un libro de Michon llamado únicamente Abades, pero juro que también, antes, viene "El rey del bosque", incluso en la edición que yo tengo, en la portada, aparecen los dos títulos, sin embargo en su web sólo aparece Abades, con otro precio...

El rey del bosque (fragmento).

"Pinté para ser príncipe.
Tenía tal vez doce años. Era pleno verano, la hora del atardecer en la que todavía hace calor pero las sombras rondan. Llevaba los cerdos a buscar bellotas en un bosque de robles cerca de mí, más abajo de un gran camino; había descortezado una vara y me había divertido mucho golpeando a esas grandes bestias ineptas que pasaban a mi alcance. Me había cansado y me contentaba con romper al vuelo los helechos, las flores altivas del sotobosque, de las que mi violencia exaltaba los olores; me gustaba servirme de ese azote. Escuché venir a los lejos un carruaje pesado, a ritmo lento; me escondí y permanecí absorto: el sol daba de lleno sobre la ruta y yo estaba allí, en la sombra, mirando esta ruta bajo el sol, casi a la misma altura de la tierra, invisible. A diez pasos de mí y de mis cerdos, en la luz del verano, una carroza se detuvo, pintada, marcada con iniciales, con bandas de azur; de esta caja decorada con escudos de armas surgió una muchacha muy ataviada, que reía, y corrió como si se dirigiera hacia mí; me ofreció sus dientes blancos, la fogosidad de sus ojos; todavía riendo, se detuvo en suspenso en el límite de la sombra, resueltamente me dio la espalda, durante un interminable instante se plantó en ese sol jaspeado de hojas, en el que flamearon su cabello, su falda azur enorme, la blancura de sus manos y el oro de sus muñecas, y cuando, como en un sueño, estas manos se dirigieron a su falda y al levantaron, los muslos y las nalgas prodigiosas me fueron concedidos, como si fuera de día, pero un día más denso; brutalmente, se acuclilló y meó. Yo temblaba. El chorro de oro, bajo el sol, caía sombríamente, haciendo un agujero en el musgo. La muchacha ya no reía, completamente ocupada en mantener levantada su falda y sentir escaparse de ella esa luz brusca; con la cabeza un poco inclinada, inerte, consideraba el agujero que hacía en la hierba. la arrugada ropa de azur se le amontonaba en la nuca, descosiéndose, abultada, extravagantemente ofreciendo la cintura. En la carroza, cuya puerta pintada aún batía un poco -tan alegremente la había empujado la meona-, había un hombre acodado, con un jubón de seda desabrochado, que la miraba. Tenía tantos encajes en su cuello como ella en sus nalgas; sonreía como lo hacemos cuando nadie nos ve sonreír, con desdén y un placer mezclado, a la vez modesto y fatuo, con una ternura feroz. El cochero miraba hacia otro lugar, refinado y bestial. El chorro recio de la beldad se agotaba; el príncipe le dirigió un cumplido, aderezado con una palabra abyecta que se reserva para las más bajas meretrices; sonreía más francamente, más tiernamente. Las manos de la mujer se crisparon en el encaje que remangaban y soltó una risita apagada, tal vez servil, suplicante o alborozada, que me encantó; había levantado la cabeza y lo miraba también. Yo imaginaba esa mirada como sangre. Altas flores blancas florecían contra mi mejilla. Todo rebosaba de violencia indiferente, como los cielos a mediodía, como la copa de los bosques.

De un salto, la mujer se puso de pie, el resplandor ordinario de la falda recubrió el de los muslos; volvió a la carroza, más lenta que antes, con complacencia y afectación en el andar; estaba roja; bajaba la mirada, no sonreía. El príncipe, sí. Ella se sentó frente a él con un crujido de seda. Él le besó la mano, la aferró un instante bajo la falda, luego, ceremonioso, distante, hizo chasquear fuera de la portezuela dos dedos; caballo y cochero, que forman parte de la carroza, obedecieron a este pequeño ruido que conocían y dócilmente se llevaron hacia Roma su delicado cargamento, hecho de otra sustancia que la madera de las carrozas y el cuero de los arneses, de otra carne que la de los cocheros y los caballos, una carne que, no obstante, como la de los caballos, mea y mira, pero que tiene el tiempo y el espíritu de disfrutar de lo uno y lo otro, de mear más bestialmente que un caballo y disfrutarlo, de mirar más intensamente que un cochero buscando su camino en una noche oscura, pero disfrutarlo, una carne que lleva en el vientre encajes para ser más carne, o que los lleva en el cuello para ya no ser carne sino solamente nombre, esplendor, desdén, la carne extrema de los príncipes. Así pues, estas carnes diversas se alejaron y todo esto, al partir, levantó una polvareda como un rebaño de ovejas. No sé si sentí lo que llaman placer aquel día, todavía era pequeño. Fui al lugar donde ella se había levantado la falda, fui al lugar donde la carroza se había detenido, el pequeño espacio consagrado donde calculaba que se había parado el príncipe; miré desde allí la linde, el árbol exacto bajo el que la muchacha había meado para su mirada. Besé lo que imaginaba como una mano blanca, dije en voz alta la palabra que designa a las putas bajas, hice chasquear dos dedos. Los árboles, en la luz, eran inmensos, numerosos, inagotables. Estamos hechos de tal manera que unos muslos desnudos allí debajo nos parecen más vastos. A Dios, que todo lo ve con una mirada igual, no lo envidiamos; la mirada que envidiamos es la que se dirige hacia aquello de lo que se dispone a disfrutar, aunque se acabe el mundo. Sentado allí, en aquel camino sobre el que daba el sol de lleno, donde fugazmente había sonreído un príncipe que quizá sólo era marqués, me puse a llorar, ruidosamente, sollozando, fuertemente. Hubiera querido arder. Un exaltación insensata me dominaba, que era tal vez pena, cólera o esa risa desgarradora de los que de repente encuentran a Dios, en un camino. Era el porvenir sin duda, esa bola de lágrimas. También era Dios, a su curiosa manera.

Había visto la desnudez de muchas otras mujeres. Conocía también el uso inmoderado que le dan, cuando sobre un hombre se mueven, dislocadas pero con todas su fuerzas cerradas, luchando contra esa nada que las colma. Pero por hermosas que fueran a veces, las que yo había visto así seducidas no tenían las piernas blancas ni moños en el cabello, y sus vestidos, debajo de los cuales los vaqueros se divertían, estaban hechos de esas telas imprecisas en las que nosotros envolvemos todo lo que se consume y debe desaparecer, pero no de inmediato, no del todo, tanto nuestros granos como nuestras mujeres, nuestros tres escudos, nuestros muertos, nuestros quesos. Sobre todo, sentían vergüenza y no sabían fingirlo, quizás porque creían que su vergüenza no disimulaba nada; y cómo hubieran podido estremecerse y solazarse en la suciedad clandestina que nos llena y tal vez nos cimienta, ellas, para quienes la suciedad era el elemento y algo así como la piel, el aire que respiraban sobre los rebaños y la tierra podrida que les embarraba los dedos de los pies en los establos, y sobre ellas, permanentemente instalada, la grasa del cuerpo vil que trabaja y que incluso trajinando, dislocado, gritando, parece trabajar todavía; y, como tal, apesta. Hay que tener manos blancas para mear sombríamente. Sí, era otra carne, otra especie. Y se me había aparecido, evidentemente; había tenido mi Visitación; una dama celestial de encaje y azur había descendido de una de esas carrozas en la que las llevan en procesión, con gracia había caminado hacia mí, bajo los árboles, sobre el satén de sus pequeños zapatos, con toda su pompa se había remangado alto y, temblando por saberse profanada por sí misma, había salpicado un poco el satén de sus pequeños zapatos. Habría dado mi vida por volver a verlo. Quería volver a verlo, pero no escondido bajo los árboles. No, del otro lado. No como un cochero exasperado, inerte, que, porque se lo ordenan, mira allí donde su deseo no está y con el rabillo del ojo, por un instante, a pesar de todo, mira lo que no tendrá. No, del otro lado definitivamente, como el día, que mira a la tierra, que sobre ella llueve o la reseca, a su antojo. Quería ser aquel para el que ese milagro acontece cada día, a cualquier hora del día, con tan sólo hacer chasquear dos dedos; quería ser aquel que, a la sacrosanta con gran pompa profanada, mira, espera; ese hombre sombrío que, con un nudo en la garganta, tiene el descaro de sonreír, de dirigir cumplidos, de ornar a una beldad en cuchillas con nombrecitos mordaces reservados para las meretrices. Esto era lo que yo llamaba un príncipe en mi primera juventud."

Pierre Michon. "El rey del bosque. Abades". Ed. Alfabia, 16 €. Traducción Nicolás Valencia.

viernes, 18 de febrero de 2011

Sábanas sucias y libros mojados

A veces me pregunto si he de guardarme material para seguir alimentando mis esperanzas en articular algo que tenga cabida en el mundo Gutenberg, llamémosle, novela, relato, ya sea aliñado con nocilla, con pan y chocolate o de decimonónico esqueleto, da igual, o por el contrario con escribir aquí lo que sea a modo de extractos de un diario torpe y sin futuro, a medio cocinar, me vale, porque, en el fondo, uno tiene que cuidarse.

The White Cosmonaut. Jeremy Geddes. 2009,
 y portada ideal de "La muñeca rusa" si alguien la quisiera
Estos días recojo ropa sucia (sábanas, toallas y edredones) en un club de carretera para la lavandería. A la vuelta de cargar la ropa sucia de un hotel de construcción setentera (ladrillo rojo, líneas rectas, láminas de hierro horizontal en las ventanas, madera como zócalos, olor a polvo perenne entre el parquet oscurecido por los zapatos y el agua con amoniaco) paro en el club (el único que queda de los seis que llegaron a estar abiertos en un trayecto de 25 kms) y recojo los cuatro o cinco sacos de ropa sucia que me dejan en una explanada trasera donde dan las ventanas de las habitaciones privadas de las chicas. Mi padre está de baja, así que, antes de abrir la librería, le hago la ruta, cargando y descargando paquetes de ropa. De niño fantaseaba con la idea de escribir las historias que me inventaba sobre la gente mientras en el taller limpiaba kilos y kilos de ropa. Luego leí a Hrabal ("La pequeña ciudad donde el tiempo se detuvo" y "Personajes en un paisaje de infancia") y se me pasó. Antes, cuando era niño, en el taller había una caldera de carbón que era la fuente y el eje de todos mis terrores nocturnos. También eran los años en los que la gente teñía y cuidaba su ropa (no había obsolescencia programada aún en la España de los setenta y principios de los ochenta). Cuando moría alguien no era raro que al día siguiente la viuda llevara toda su ropa (incluso las bragas) para teñirlas de negro. En las paredes del taller había diez enormes cubetas de cobre de distinto color en las que como un druida (un druida pequeño con corte de pelo a lo Ringo Star y jerseys de lana con renos y copos de nieve) removía la ropa con un palo curvado por el calor y tiznado por el uso. Eso fue hace mucho. También había una lavadora enorme que no centrifugaba y con la que me peleaba, como en esas películas de Ed Wood donde un actor mediocre hace que lucha con un monstruo inerte de trapo moviéndose espasmódicamente, con edredones y vestidos de novia al escurrirlos cuando los sacaba del tambor, antes de meterlos en una centrifugadora sin freno pre-guerra-civil en la que me tenía que sentar encima para poder pararla antes de que la velocidad hiciera que se convirtiera en un monstruo desbocado y rompiese los enormes tornillos que la sujetaban al suelo (y ahí sigue, setenta años después). He limpiado al menos todos los vestidos de novia de un par de generaciones y por cómo estaban los vestidos antes de ponerme con ellos era capaz de saber qué tipo de banquete había sido. En esa época todos mis libros estaban acartonados, porque se me mojaban cuando leía entre colada y colada mientras escuchaba cintas recopilatorias con la música que comenzaba a gustarme y que intercambiábamos en los recreos del colegio o del instituto. En verano, en ese corto espacio de tiempo marcado por el ritmo del tambor de la enorme lavadora, me subía a la terraza desconchada a leer en una hamaca que ponía entre los edredones colgados, como en el principio de "La forja de un rebelde", aunque yo eso no lo sabía y lo hacía simplemente porque se estaba fresquito, pues no fue hasta bastante años más tarde que leí  el libro de Barea.  A veces perdía el sentido del tiempo y cuando me daba cuenta, la lavadora ya hacía rato que había parado. Recuerdo una vez que en invierno me olvidé de cerrar la llave del agua caliente y me quedé dormido sobre la lavadora, al calor de la chapa, y se inundó el taller. Antes de la reforma el taller era un lugar mágico, infame, frío y decadente, pero mágico. Después despareció la caldera de carbón y las cubetas de cobre de teñir y el taller se quedó en vulgar, más cómodo, eso sí, pero un sitio sólo para trabajar. 

The Red Cosmonaut. Jeremy Geddes. 2009
Ahora, varios años después, vuelvo a trabajar allí porque necesitan que eche una mano, pero ya apenas hay vestidos de novia, hay pocos edredones (aún no es la época) y en su mayoría lo que lavo son toallas, sábanas, manteles y servilletas y, entre todo eso,  la ropa de cama de un club de carretera, aunque no por mucho tiempo, este mes es el último. Estos últimos meses hay el doble de sacos de los que era habitual y el "gerente" del club pretende que se le cobre lo mismo que antes. Ante la negativa de mi padre a rebajar a menos de sesenta céntimos el kilo, le han dicho que lo harán las chicas a partir del mes que viene. Parece ser que la crisis le viene bien al negocio del sexo, aunque me pregunto si a las chicas les pagarán lo mismo a pesar de tener más clientes. No me gusta ir a recoger ropa allí, no por el olor o por el aire triste y espeso que flota a esa hora de la mañana, sino por... no sé porqué, pero no me gusta. Nunca me cruzo con nadie. Paro la furgoneta frente a unas portadas rojas, miro a la cámara de seguridad cuando pulso el timbre sordo, me abren, entro, dejo los paquetes con la ropa limpia, recojo los sacos de plástico negro con un olor indescriptible, mezcla de colonia agria, tabaco, alcohol, maquillaje y sudor, doy la vuelta despacio (la furgoneta no tiene dirección asistida y el patio es relativamente pequeño) y salgo del mismo modo que entré. A veces hay alguna chica, con gafas de sol y hombros derrotados, sentada a la entrada de una de las habitaciones, hablando por el móvil, imagino que contando brutales mentiras piadosas a alguien a cientos de kilómetros de ese lugar  triste y mediocre, anclado al lado de la autovía entre dos pueblos llenos de gente triste y mediocre. Una vez alguien me dijo, como si  me contestase a una pregunta que nunca hice, que allí tienen una especie de economato, y una peluquería  y una tienda de ropa, y que incluso tienen una pequeña piscina con césped y que cada una tiene una especie de habitación individual donde viven durante el día. Cuando terminó de decirlo, me miró sonriendo, como si con esa sonrisa rubricara el acta que daría fe de que allí se está francamente bien. Yo alcancé a mascullar, sí, seguro que aquí se vive de puta madre, y la sonrisa con la que me miraba se convirtió en mueca, aún no sé si ofensiva u ofendida.

Adrift. Jeremy Geddes. 2010
No conozco la historia de ninguna de ellas porque nunca he hablado con ninguna de ellas, pero seguro que supera la imaginación de cualquiera. Conozco la historia del "gerente", antiguo guardia civil reconvertido a vendedor de joyas antes de acabar contratado por los dueños del club. Imagino que sabrían de él por sus regulares visitas para venderles joyas a las chicas y vieron en él al candidato perfecto para el puesto. Los lupanares son lugares recurrentes en la literatura porque atesoran la bajeza humana, la confusión, el delirio y la ruindad, la heroicidad impotente ante un porvenir amputado al que todo el mundo se niega a renunciar. Al menos eso me gusta creer. Por otro lado, me avergüenza escribir estas cosas, como si pudiese saber yo cualquier cosa de algo que, por definición, es imposible saber. Estos días soporto menos ir y lo hago lo más rápido que puedo. Hay unos carteles enormes a ambos lados del parkin (elegantemente oculto a la vista del tráfico con chapa verde) que anuncian un 50% de descuento de lunes a jueves (no dice en qué) y una segunda copa gratis los fines de semana. Cada vez que paro no puedo evitar leerlo, y me pregunto si pensar en escribir todo esto vale para algo.

jueves, 17 de febrero de 2011

Ilustrado erotismo autoinfundado a modo de primera carta de despido

Mientras continuo sumido en esta especie de mediocre novela, o diario deslabazado, sobre un librero a un mes de cerrar su librería, la falta de tiempo hace que no escriba lo que se debe, o supongo, o espero, escribir. En estas últimas semanas de epitafios lanzados al vacío, subido a un trampolín roído como un ciego al que no le han asegurado que allá abajo haya agua suficiente, acumulo falta de sueño y añado kilómetros a las ya infladas cantidades de deudas y sacástica ironía para conmigo mismo. Busco algo que leer que me sirva de despedida, es decir, algo que me haga olvidar lo inevitable y que a la vez no me haga sentir tan desprotegido como a veces me siento. En estos días ejerzo de pluriempleado, la familia requiere arrimar el hombro, lo cual no es malo, aunque los motivos sí lo sean, así el cansancio hace acto de presencia y aplaca el estrés. Leer, leer, lo que se dice leer, no es que lea poco, sino que habría de confesar que lo que leo es a todas luces desordenado y sin visos de terminar nada; como ando de acá para allá, en cada lugar donde planto el culo durante esos cinco minutos que intento reservarme entre una cosa y otra tengo un libro empezado; me avergüenza enumerarlos, me crecen como setas y he de organizarme. Sin embargo en la mochila he decidido meter uno, un libro al que he de rendirle pleitesia y honores, escondiéndome y pidiendo al mundo un poco de calma, que me quiero sentar a leerlo como merece, sentado al sol, descalzo y con una taza de café al lado. "Memorias de un librero pornógrafo" de Armand Coppens, ese es el libro con el que me gustaría despedirme del oficio. Ya diré algo si se tercia y me dejan.

 
Por inercia sigo mirando catálogos, páginas web de editoriales, boletines de novedades; y me sigo haciendo mis listas de pedidos como si nada fuese a cambiar. Luego reparo en que todo va a cambiar, y opto por compensar saldos a favor y en contra con distribuidores con cosas que pienso que me pueden interesar a mí o a los dos o tres clientes sin fisuras que irremediablemente siguen viniendo. De todos modos, para no perder la cabeza, hoy he acabado en la página web de Taschen, mirando libros que sé que no puedo pedir para La Pecera, nunca nadie se interesó por ellos aquí y, salvo al principio, nunca más volví a traer. Es innegable que es una editorial exquisita; onanista, esteticista y tan necesaria como el último libro de Paul Auster, como el último disco de AC/DC o como comprar en la charcutería, en vez de la paletilla sosa y llena de nervios que sueles comprar porque no te llega para más, un poquito de jamón de pata negra, quiero decir, que no vale para nada porque puedes pasar sin ello, pero reconforta.

                                                              





Y si uno es de los que piensa que cuál es el sentido de libros así, entonces de estos dos de abajo ni hablamos...

Las editoriales españolas no hacen estas cosas para presentar un libro (y Lunwerg debería tomar nota, por ejemplo): TASCHEN Books: The Big Book of Breast

jueves, 10 de febrero de 2011

Soñando con Glenn Gould

Esta noche he soñado con Glenn Gould, por tanto podría decirse que soy feliz, al menos hoy mientras recuerdo el sueño donde Glenn tocaba para mí. Me reconforta Glenn Gould tocando el piano, me emociona tanto como un chuletón poco hecho a un wookie hambriento (viva la cultura pop)... Me destroza verle sentado en esa raquítica silla vieja tocando el piano como si el mundo se fuera a terminar en cuanto él levante las manos del teclado. Extrapolo mi mitomanía rock a la música "clásica", interesándome por intérpretes y por  compositores como si estuviese hablando de Neil Young o Bon Scott. Glenn Gould, Rachmaninov, Anne Sophie Mutter... Aunque para biografías y filias, la de los músicos de jazz, el gran arte del siglo XX donde más perdedores vieron su genialidad truncada, alcanzando una gloria de alcantarilla sin que a nadie le importara una mierda. Cuando pienso en el concepto de poeta que defiende Bolaño, sobre todo en "Los detectives salvajes", a veces acabo acordándome de Bud Powell, Art Tatum, Bird, Billie y mi favorito, Mingus...  sin contar con que la mayor parte de las veces acabo con mi autoestima por los suelos...
 

Pero hablaba de Glenn Gould. Conozco melómanos imponentes que le ponen pegas a Glenn, el pobre ya no está de moda, su imagen desmesurada y epatante no casa en estos tiempos donde todo es políticamente correcto hasta la naúsea y parece que se le tiende a ver como alguien pistoresco pero sin ese halo de genialidad que sí tenía en vida, pero al leer "El  malogrado" de Bernhard, "Vida y arte de Glenn Gould" de Kevin Mazzana o "Conversaciones con Glenn Gould" de Jonhattan Cott (consideradas las mejores entrevistas nunca hechas a Gould, todas telefónicas y a horas intempestivas) y al ver videos de él, hace que se me caiga el mundo al suelo y anhele tener un familar como él, un tío loco que se bebe la vida a borbotones  y que te enseña lo que es importante sin articular palabra. A veces Gould me recuerda a mi tío abuelo Antonio Iniesta, y a mis tardes sentado en una butaca mirándole pintar (incluso se parecían físicamente). Dos días después de ver la película "Rojo" de Kieslowski, una amiga me dio una cinta de casete con las Variaciones Goldberg de Gould. Hay una escena en la película en la que Irene Jacob está en una tienda de discos escuchando dicha grabación, la escena apenas dura un minuto, pero es suficiente, tanto como para caer rendido ante la Jacob como para saber que tienes la necesidad de conocer mejor a ese pianista. Eso fue en 1994, en el final de "la edad oscura", sin internet ni móviles, donde  interesarse por algo tenía un componente casi de aventura, visto retrospectivamente, la información la encontrabas a cuenta gotas, y sobre todo, preguntando a gente que sabía, y mientras tanto tu desgranabas poco a poco lo que poseías, dilatando un tiempo que hoy por hoy seríamos incapaces de administrar sin crearnos ansiedad. Por eso me gusta tanto rastrear por youtube y encontrar cosas que en la vida hubiese podido ver, aunque en una balanza no sepa con qué edad quedarme... Recuerdo ir con mi walkman por el Madrid de los austrias con Glenn a todo trapo, sonriendo como un bobo cada vez que sobre las notas se adivinaba su incontenible canturreo. Excéntrico y desmesurado, encantador y educado, frío y socarrón, se presentaba a los conciertos con mitones, abrigo y bufanda, hiciera el calor que hiciera; sumergía durante 20 minutos los antebrazos en agua caliente antes de un concierto y siempre utilizó la misma silla desvencijada de madera con respaldo y casi sin asiento, con las patas recortadas, lo que hacía que su cabeza quedara casi a la altura del teclado. Odiaba los formalismos y el academicismo y fanfarroneaba de poder enseñar a tocar el piano sólo por el tacto a cualquiera. Apenas ensayaba, se aprendía la partitura y a lo sumo probaba si sus manos podían hacer algún pasaje en apariencia complicado, o al menos eso decía en anguna de las entrevistas con Cott, pero con Gould uno nunca sabe si estaba en serio o simplemente jugando. Se dice que tenía el síndrome de Asperger (ese cajón desastre para explicar lo inexplicable). Le gustaba disfrazarse o sería mejor decir que le gustaba dar rienda suelta a sus alter-egos, como el musicólogo alemán “Karlheinz Klopweisser”, el director inglés “Sir Nigel Twitt-Thornwaite” o el crítico americano “Theodore Slutz”; en 1964 decidió no volver a dar conciertos. Aún me queda por ver "Glenn Gould Hereafter" documental sobre su persona, pero de momento en La Pecera me conformo con perder la mañana "viéndole" tocar...
Si alguien tiene a bien regalarme esto prometo amistad eterna...

Watch the full episode. See more American Masters.

martes, 8 de febrero de 2011

Olores en la biblioteca...

Hoy estoy rapaz y vago, lector y amuermado, ojeroso y latrocinante, es decir, que robo a caballo famélico con alevosía y premeditación, aunque citando la fuente. "Olores en la biblioteca" es un artículo extraido del diario argentino Página12., escrito por  Javier E. Núñez, hace mucho tiempo, pero da igual, "El agente confidencial"  de Greene también se escribió hace mucho tiempo y no por eso no hay que leerlo. Una delicia de artículo. Será que como estoy rescatando libros de la Pecera que estaban como estatuas de sal escondidos en las estanterías bajo el título privado de "fondo que toda librería tiene que tener" y que ahora, metidos en cajas, responden a "libros que he de tener en casa" me ha gustado releer este artículo. Mi santa me mira a veces, y no dice nada, pero creo que sé lo que piensa, piensa que "espero que un día coloque bien los libros y deje de verlos por el dormitorio, el pasillo, el baño, apilados, como invasores silenciosos... ay, cuando traiga los vinilos que dice que se tiene que traer no sé que será de mí..."; eso creo que piensa, al menos yo lo pensaría, y como le diga que los pienso colocar por olores igual llego un día y me encuentro que ha cambiado la cerradura...

"Hay bibliotecas caóticas: la mía es una de esas. Los libros parecen dispuestos al azar o respetando leyes ilógicas como el orden cronológico de su compra o el momento en que fueron rescatados de esos rincones de la casa donde los suelo abandonar. Existe, sin embargo, un orden secreto que nunca antes confesé. Están acomodados, si me permiten la expresión, odoríficamente.
Es simple. En algún momento de mi vida empecé a percibir olores en los libros. No el olor habitual y uniforme de un libro nuevo sino otros, variados, subjetivos y complejos. Lo noté con Obra completa de José Pedroni, una edición de 1969 de la editorial de la Biblioteca Vigil. Durante el primer embarazo de mi mujer leí una poesía cuyos versos iniciales decían así: "Haz con tus propias manos/ la cuna de tu hijo./ Que tu mujer te vea/ cortar el paraíso."
Un par de días después volví por el mismo libro. Percibí un olor extraño, atípico, que se hacía más fuerte en el estante del volumen de Pedroni. Abrirlo fue asomarme a un bosque insospechado. Olía a madera fresca, recién cortada; el perfume que escapa del tajo que deja un hachazo en un árbol erguido.
Por un instante creí que esta rara cualidad se restringía al libro de Pedroni. Pronto comprobé que estaba equivocado: cada uno tenía su olor, uno que acaso había estado siempre y se había hecho evidente en ese momento o, quizás, uno nuevo que se le había impregnado en ese momento por algún fenómeno inexplicable. Sólo más tarde, con el paso del tiempo y un examen profundo de cada libro, entendí que los olores se vinculaban a un recuerdo o impresión que me había dejado ese libro. Ese prodigio no era intrínseco de los libros, sino producto de mi percepción. Los reordené a todos. Hasta entonces había mantenido una clasificación rigurosa: autores argentinos en los dos estantes de arriba; latinoamericanos en el siguiente; poesía en el primero de la izquierda. Los libros de cuentos ocupaban tres estantes: los dos primeros ordenados alfabéticamente por autor, el último con antologías temáticas. Etcétera. Cada cual tendrá su forma de ordenarlos; muchos, alguna como ésta.
Pero a partir de ese día tuve que inventar una nueva clasificación. Una más arbitraria, confusa, insondable para los amigos o visitas que tratan de llevarse algo prestado: ordené mis libros por olores. Así, un libro de Paul Auster puede acabar junto a uno de Borges porque ambos comparten cierto olor a musgo, tierra húmeda y a piedra, como de interior de laberinto, y otro del mismo autor ocupar el extremo opuesto de la biblioteca. La noche del oráculo, por ejemplo: está en el rincón de abajo, junto a libros con olores a escritorio lustrado, goma, papel y tinta. Como una gran paleta de colores, mi biblioteca tiene familias de aromas, intensidades y gradación. Hay secciones de río, sauce, barro o pescado; de asado y pasto fresco; de pólvora y sangre; de mate y fogón.
Es, ciertamente, una categorización compleja. Hay libros que tienen más de una serie de olores "esto es muy común en los libros de cuentos o de poesía", pero siempre hay un conjunto en particular que es más perceptible que los demás. Hay un libro de Cortázar, por ejemplo, con olor a arroz con leche, ceritas y caracoles pero también a humedad, a telaraña y sudor. Lo ubiqué en la categoría de la última gama, porque era la más fuerte de las dos. Es complejo y a la vez simple. Describirlo, explicarlo, es una empresa inútil. Pero basta con ir a mi biblioteca, cerrar los ojos y dejar que los aromas me guíen para que cada cosa cuadre en su lugar.
No voy a negar que este método presenta algunos inconvenientes. Buscar un libro específico lleva algo más de tiempo. Cuando viene mi hermano, por ejemplo, y me pregunta a los gritos si tengo algo de Bradbury mientras preparo el mate en la cocina: "Hay uno entre los que tienen olor a plástico, hierro y lavanda. Ojo, no te confundas con los que huelen a óxido y tierra seca, nada que ver".
De más está decir que no lo encuentra: tengo que ir yo, acariciar cada lomo con la yema de los dedos mientras distingo los olores, hasta llegar a la sección buscada. Es mucho más fácil, en cambio, buscar libros que abandoné por la mitad -son los que tienen olor rancio, como a yerba de ayer- o los que todavía no leí. Esos están arriba de todo porque "todavía" no poseen ningún olor que los clasifique.
Pero existe una ventaja. Los libros que leo en el momento nunca están en la biblioteca, sino a mano. A la biblioteca me lleva la relectura. Es raro que busque un libro para revisar alguna cita: para eso está San Google. Puede que recuerde un cuento o un libro por un suceso particular y decida releerlo. Pero, en general, la visita a la biblioteca obedece a un estado de ánimo repentino, a la necesidad imperiosa de leer cualquier cosa, al insomnio, al aburrimiento, a las ganas de ir al baño. Y entonces, con esa sensación incierta, nunca sé qué elegir. Ahora, con esta clasificación que puede parecer absurda, el tema es mucho más simple: cierro los ojos y huelo. Siempre hay un aroma que tienta, que seduce. Ese es el indicado.
Por eso mantengo este caos aparente. Sé que no soy el único. A veces, cuando pido un libro prestado, no me sorprende ver a alguien cerrar los ojos frente a su biblioteca para encontrarlo. Nunca pregunto a qué huele: prefiero descubrirlo. Pero, secretamente, nos reconocemos como miembros de una misma legión.
Ahora, ustedes también lo saben. Y puede que la próxima vez que visiten a un amigo no se sorprendan al ver cómo encuentra, en una pila anárquica de libros, la novela que le prestaron. Incluso puede ser que al recibirla la abran, se lleven las hojas a la nariz y los sacuda un olor familiar e inconfundible, como si siempre hubiese estado ahí. Después solo será mirarse el uno al otro, y compartir en silencio esa complicidad.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-24790-2010-08-09.html 

lunes, 7 de febrero de 2011

Milos Meisner sigue enviándome cartas...



Pasa el tiempo y sigo recibiendo cartas de Milos Meisner. Espero que esté donde esté, se encuentre bien...

"Últimamente siento que los fantasmas me envían telegramas sin acuse de recibo que leo y que me sacan del mundo vulgar  para recordarme que soy solamente una historia que contar, una miserable imagen fugaz en la retina de un taxista que cruza la ciudad demasiado rápido y que apenas repara en mí andando hacia ningún sitio, que por mucho que me empeñe en llamarlo hogar, no creo que llegue a encontrar nunca; fantasmas enviando telegramas sordos...
Me desprendo de fotografías viejas de cuando era joven, no me reconozco, me cuesta recordar cuándo, dónde y porqué; te envío una, librero, para que añadas a tu colección de fotografías de lectores... Hasta pronto. M."
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