viernes, 4 de marzo de 2011

De Litoral y desastres personales. De Aluros de plata. De Todo y Nada. Alberto García-Alix

Foto: © Alberto García-Alix
 "Siempre he pensado que el retrato exige una gran capacidad de comprensión, lo cual obliga a comprenderse a uno mismo. Al hacer un retrato, estás jugando con la idea de que la otra persona te muestre una parte de sí misma. Las cámaras me dan miedo, porque sé lo que puede verse a través de ellas. Para empezar, creo que cada uno de los habitantes de la tierra somos un ecce homo. Toda experiencia relacionada con la visión, con la creación, conduce a desangrarse. Mi trabajo no va disociado de mi personalidad. Para hacer fotos, es necesario que sea como soy, porque las fotos nacen de la inestabilidad en la que vivo. Viéndolas, intuyo que lo que puedo contar en el futuro es mi ruina... Será divertido."

Alberto García-Alix. Fotógrafo.



Foto: Alberto García-Alix. Un hombre triste. Autorretrato, 2001.


Una vez vi trabajar a García-Alix, fue hace diez años y yo aún no sabía quién era, aunque, como casi todos, había visto obra suya, en discos, revistas, en catálogos que nunca nos parábamos a leer, o si leíamos se nos olvidaba tan rápido como pasábamos de hoja y descubríamos otra foto. Yo estaba contratado en una escuela de fotografía como "chico para todo"; era duro, o más que duro tendría que decir que era agotador, es lo que tiene ser el último mono; lo mismo limpiaba el laboratorio de revelado o positivado que recogía y ordenaba el material de una clase teórica que preparaba un plató, lo mismo colgaba (con Andrés, el gran Andrés, ¿qué será de él?) las fotos de la sala de exposiciones con un nivel medio roto, un metro, clavos, un lápiz y la socorrída plasta azul moldeable que asistía en una sesión práctica sin tener ni idea de la mitad de las cosas. Como siempre, éramos pocos (2) para toda la escuela, en un mundo ideal tampoco era un curre para deslomarse. Por todo eso, el trabajo lo tenía todo para que yo adquiriera de una vez la conciencia de clase (para que no lo olvidara); mal sueldo,  algunos estudiantes que te trataban como si fueses su esclavo, algunas y algunos modelos y fotógrafos ansiosos por denigrarte (esa Bimba y ese Delfín, incomprensibles personajes) y una desidia directiva que suplíamos como podíamos los de abajo capeando el temporal (donde malmanda patrón los marineros mantienen a flote el barco). No todo era así en aquel trabajo, pero lo primero que me sale es eso. Con calma surgen los colores sepia, los blancos sobre los grises, los filtros. Pablo Esgueva y su candorosa amabilidad e  inmenso saber; Miguel Oriola gamberreando, probándote a cada paso y deslumbrando cuando lo tenía a bien; lo que yo racaneaba a mi superdon de la superubicuidad para colarme en clases y tomar notas a escondidas; estar pendiente a las 11:30 del paseo matutino del poeta José Hierro con su bombona de oxígeno, dándo la vuelta a la manzana, saliendo del portal de al lado como un zorro asustado y sonriéndome al pasar con mi escoba en la mano; las fotos que rescataba de la basura del laboratorio de positivado que no valían una mierda pero que me gustaba coleccionar; la sonrisa de algunas alumnas; los guiños de algunos profesores, las cervezas a hurtadillas escuchando los consejos de Andrés mientras hacíamos de informales camareros en las inauguraciones de las exposiciones el primer viernes de cada mes, cambiando nuestras horas extras por sobras de sandwiches y la posibilidad de entrar media hora más tarde el siguiente lunes. Los achaques no me dejaron mantener el trabajo, pero recuerdo esos diez u once meses bastante bien.

Alberto García-Alix. Las hermanas, 1994


Alberto García-Alix. Moda para Manuel Piña, 1987
Un día, en mi planilla vi que teníamos que preparar un plató para un seminario de García-Alix. Normalmente con ciertos profesores no llegaba a cruzar ni una palabra, eran demasiado importantes como para que los jefes no saliesen a rendirles pleitesía y, mientras los encantaban, tu hicieses tu trabajo como una ratilla hacendosa e invisible. Soy fulanito, te decían, y tu llamabas a dirección y empezaba la rueda a girar mientras con Andrés te organizabas sin hablar para hacer lo que tenías que hacer y a la vez estar enteramente disponible. La mañana que conocí a García-Alix fue en esos momentos de silencio extraños de primera hora de la mañana, mientras estudiaba la planilla tras el mostrador de la entrada y me preguntaba si por una vez Shiva iba a hacerme caso y prestarme alguno de sus brazos de sobra. Entró alguien con casco de motorista aún puesto, chupa de cuero y mochila. Yo creí que era un mensajero y seguí a lo mío. Alcé la vista y vi dos manos con las palabras "todo" y "nada" tatuadas en los dedos. Se presentó con esa voz granulosa, me estrechó la mano y preparé en un plató todo lo que me dijo que necesitaba. Un seminario sobre retrato. Su cámara de medio formato, preciosa. Su dura amabilidad y su voz dura de por sí. El primer día me fue imposible quedarme más de diez minutos en su clase, y por veteranía , el que tenía derecho a escabullirse y que el otro cubriese su ausencia era Andrés. En alguna que otra de sus clases sí que me colé, y es un profesor cojonudo (me descubrió a  Dianne Arbus, y verle moverse con la cámara ya era suficiente). Cito a Molina Foix: Como se trata del fotógrafo menos retórico que pueda haber, apetece repasar literariamente sus obras, tan frecuentemente dotadas de la atmósfera de cuento sucio-realista que sólo tiene desenlace en el misterio o la incertidumbre (cita).

Al terminar el seminario nos regaló un catálogo suyo a Andrés y a mí. Antes de marcharme y despedirme cuando decidí que mi cuerpo no daba para más, Andrés me hizo una copia de una de sus fotos y me la dio (lástima no saber el apellido de Andrés). Perdí la foto y el catálogo, no sé si en alguna mudanza o hurtados por un visitante de alguno de los pisos que compartí, cuando era ingenuo y tenía cosas en las habitaciones comunes y compartía pisos fascinantes con habitaciones infames. Por perder, de esa época, he perdido todos los negativos que hice, incluso perdí hasta la cámara, la única que he tenido, rusa, analógica, con un objetivo cojonudo y cuyo disparador, como un revolver viejo, a veces se encasquillaba. De la escuela de fotografía recuerdo muchos chascarrillos, como acabar de modelo en una clase y terminar preguntándote por qué te has dejado convencer y, lo que es peor, cómo has acabado en pelotas (y años después descubrir que eres tú aquel repetido, deformado y con piel de ciencia ficción del cartel que anuncia una muestra teatral sobre el Sida; no se te reconoce, por eso aceptaste, Oriola te dijo que luego retocaría las fotos, pero aún así descoloca) o asistir como ayudante a una sesión de fotos de un alumno a Juan José Millás  y ver la semana siguiente dichas fotos en el suplemento dominical de El País y descubrir que el fotógrafo es su  propio hijo, y pensar "la casualidad no existe y la ambición es cosa de  padres o padrinos bien relacionados..."

García-Alix, 1977 (la foto que perdí)
Como todo, lo dejé sin más; hacer fotos, digo; otras cosas reclamaban mi ánimo. Ayer me quedé prendado de un libro, el número 250 de la revista Litoral, que sí, es una revista, pero yo la trato como un libro, y he visto una foto de García-Alix en él (Un hombre triste. Autorretrato) acompañada por el texto con el que comenzaba, y por fin llego a donde quería llegar, a recomendar dicha revista. (http://www.edicioneslitoral.com/navega250.html). Escribir la luz, fotografía & literatura se llama. Revistas que merecen la pena ser perdidas, manoseadas, cuidadas como animales frágiles, leídas en la bañera o en el Jardín Botánico cuando por fin arranque la primavera o mejor, que merece la pena regalar. Me gustan que sigan existiendo estas publicaciones, aunque luego las acabe perdiendo me gusta verlas y leerlas despacio. Tirado en el sofá anoche, acariciaba el papel satinado y oía la cola  del lomo resquebrajarse al pasar las hojas y, sí, me volvieron a entrar ganas de tirarme al monte a hacer fotos, pero al final me dormí frente a un poema de Jorge Riechmann y una imagen de Gervasio Sánchez (páginas 284-285) cuando apenas pasaban dos minutos de las doce. Pensaré cómo hacerme con una cámara, aunque he de tener los ojos de un oxidado preocupante, sé que ya no sé mirar como se debe hacer. Conozco a alguien que me vendería una ampliadora, me la ofreció hace años y seguro que sigue teniéndola, pero ya no estoy para tantos romanticismos, y eso implicaría además buscarme un sitio donde hacer un cuarto oscuro, comprar revelador, paro y fijador, carretes, papel fotográfico... Aunque nunca está de más dedicar tiempo a placeres inútiles, eso ya sería demasiado, ¿o no?...


Foto: Alberto García-Alix. La hora de la misericordia (2007)

martes, 1 de marzo de 2011

Pierre Michon, el rey del bosque donde peces desmemoriados boquean antes de palmarla.

Me gustaría decir que llevo ausente varios días por haber leído algo epatante (qué palabra, y más para referirse a la lectura de un texto), lo cual sería inobjetable, pero no... o sí. Ausente he estado porque a veces la vida te obliga a dedicarle tiempo, y más cuando se es lumpen (que sea trabajador  por cuenta propia no me eleva de clase), pero también he estado ausente por autocensura. Que alguien a quien no sólo aprecias sino que admiras te escriba para decirte que te lee, allí lejos, y que le gusta lo que lee, abruma a la vez que reconforta, pero en el fondo bloquea. Me gusta sentir este blog como nexo que me comunica con cierta gente; si ciertas palabras no estuviesen tan devaluadas, daría rienda suelta a mi verborrea de gatillo fácil y puntería dudosa para intentar vestir bonito a un argumento que se resume en "no sé qué escribir  porque estoy bloqueado". Tampoco hay que olvidar que uno siempre es su peor enemigo, y sobran las excusas para justificar nuestra indolencia consustancial, pero al próximo "cierre" (y destitución y devolución de mis galones como librero) se juntan el pluriempleo familiar, la pena de dejar algo que has hecho y cuidado como uno cuida su corazón, y el convencimiento de no caer en la tentación de hacer público (de mostrar, en una palabra) los pensamientos que me rondan sobre el traspaso y todo lo que eso conlleva. Autocensura de nuevo. Censurarse dos veces o por dos razones es para merecer la consiguiente patada en el culo. Pero es así. Habré deshechado estos días seis o siete post, por muy diversos motivos pero siempre con la misma rúbrica, "total...". El miedo al vacío, la terquedad inevitable, los sueños turbadores de los últimos días (desdoblarte y asistir a tu propia operación a pecho descubierto descoloca a cualquiera), los atardeceres insumisos alargando las tardes perdidas, los kilómetros engullidos, las celebraciones de bodas que vienen con baúl de los recuerdos incluido en lugares preciosos donde escabullirte y ejercer de gótico decimonónico, las visitas de amigos lejanos que vienen a decir adiós a una tienda de la que se enorgullecían aunque a ti te cueste entender los motivos por lo que de pesado saco de piedras ha acabado teniendo para tí, etc... dan como resultado un barullo de frases inconexas que no casan con el ritmo de "publicaciones" (ya quisiera yo) blogueras. Todo esto tampoco casa con nada, lo sé, pero me vale para cerrar un círculo, el que hizo que casi se me saltaran las lágrimas al leer un texto el otro día, unas páginas en las que me caí dejando que el pulso se me acelerara, el pecho se me hinchara, la sonrisa apareciera. Epatar... Aún me devuelve la vida sentir que se me revuelven las entrañas al leer algo que no esperaba leer. Los años van cayendo encima y uno piensa que el pellejo se hace callo, que rememorar lo que nos emocionaba es otra manera de volver a emocionarnos, otra, o tal vez la única, pero irremediablemente devaluada, aunque no es cierto, el callo no existe, o si existe de verdad, además le hemos puesto un escudo delante, y se nos olvida. ¿El último disco que me emocionó? Tal vez el de Nic Dawson Kelly, hace dos semanas, pero no le di tiempo, y por mucho que uno suba el volumen del reproductor del coche, en el fondo estás conduciendo, y lo escucho de nuevo ahora pero ya es tarde, me lo sé y la sorpresa la tengo anestesiada. ¿El último café que me hizo sentir pleno? No lo sé, tal vez me lo tomé demasiado aprisa. La luz bajo la puerta, el resplandor de una locura amputada en estos tiempos grises e inciertos. Podría decir todo esto en menos líneas, pulsar 
                                                                                                                          la tecla
                                                                                                   de enter
                                                                                             o como se
                                                                                                             llame
                                                        cuando me saliera de las narices
                               y hacer un poema super

                                                               moderno

                                  pero la austeridad de mi vida y mi porte no se corresponden con el follón de la crisis de identidad que martillea mi cabeza como las múltiples pistas de voz de un Bohemian Rapsody grabado en un Casio viejuno al que le fallan las pilas. Mi vida con el tinnitus iba a ser el título de esta entrada. Treinta años de dicha experiencia da para mucho, pero la descarté por ombliguista (y ahora vas y te ríes). Joder, el otro día leí un cuento de Pierre Michon, uno pequeño, de casi treinta páginas, y al acabar me sentí el tío más sólo del mundo porque no tenía al lado a nadie para poder decir "me cago en la puta madre que me parió, no te puedes creer lo que acabo de leer..." y encima era demasiado tarde para llamar a nadie, al menos a nadie que viviera en este meridiano o en uno donde pudiesen contestarme amablemente en un idioma que conociese. No era sólo por haber leído algo que pudo haberme ocurrido, en otro lugar,  de otra manera, pero similar, no era sólo eso, no. Pierre Michon, "El rey del bosque", un cuento clásico, vanguardista, redondo, amputado, da igual, un cuento que te deja desnudo, en patillas, o al menos a mí me ha dejado así, pues ahora es cuando copio un fragmento, y seguro que cuando termine me digo, pues sí que eres tú epatable (y van tres) pero hacía tiempo que no leía algo y mientras lo hacía me repetía una y otra vez, literatura, ninguna palabra es gratuita, sombra, luz, cerdo, blancura... LITERATURA; monsieur Michon, es usted un cabronazo...

PD: Miro en la página web de Alfabia, editorial donde está publicado el libro "El rey del bosque. Abades" y veo extrañado que tienen en catálogo un libro de Michon llamado únicamente Abades, pero juro que también, antes, viene "El rey del bosque", incluso en la edición que yo tengo, en la portada, aparecen los dos títulos, sin embargo en su web sólo aparece Abades, con otro precio...

El rey del bosque (fragmento).

"Pinté para ser príncipe.
Tenía tal vez doce años. Era pleno verano, la hora del atardecer en la que todavía hace calor pero las sombras rondan. Llevaba los cerdos a buscar bellotas en un bosque de robles cerca de mí, más abajo de un gran camino; había descortezado una vara y me había divertido mucho golpeando a esas grandes bestias ineptas que pasaban a mi alcance. Me había cansado y me contentaba con romper al vuelo los helechos, las flores altivas del sotobosque, de las que mi violencia exaltaba los olores; me gustaba servirme de ese azote. Escuché venir a los lejos un carruaje pesado, a ritmo lento; me escondí y permanecí absorto: el sol daba de lleno sobre la ruta y yo estaba allí, en la sombra, mirando esta ruta bajo el sol, casi a la misma altura de la tierra, invisible. A diez pasos de mí y de mis cerdos, en la luz del verano, una carroza se detuvo, pintada, marcada con iniciales, con bandas de azur; de esta caja decorada con escudos de armas surgió una muchacha muy ataviada, que reía, y corrió como si se dirigiera hacia mí; me ofreció sus dientes blancos, la fogosidad de sus ojos; todavía riendo, se detuvo en suspenso en el límite de la sombra, resueltamente me dio la espalda, durante un interminable instante se plantó en ese sol jaspeado de hojas, en el que flamearon su cabello, su falda azur enorme, la blancura de sus manos y el oro de sus muñecas, y cuando, como en un sueño, estas manos se dirigieron a su falda y al levantaron, los muslos y las nalgas prodigiosas me fueron concedidos, como si fuera de día, pero un día más denso; brutalmente, se acuclilló y meó. Yo temblaba. El chorro de oro, bajo el sol, caía sombríamente, haciendo un agujero en el musgo. La muchacha ya no reía, completamente ocupada en mantener levantada su falda y sentir escaparse de ella esa luz brusca; con la cabeza un poco inclinada, inerte, consideraba el agujero que hacía en la hierba. la arrugada ropa de azur se le amontonaba en la nuca, descosiéndose, abultada, extravagantemente ofreciendo la cintura. En la carroza, cuya puerta pintada aún batía un poco -tan alegremente la había empujado la meona-, había un hombre acodado, con un jubón de seda desabrochado, que la miraba. Tenía tantos encajes en su cuello como ella en sus nalgas; sonreía como lo hacemos cuando nadie nos ve sonreír, con desdén y un placer mezclado, a la vez modesto y fatuo, con una ternura feroz. El cochero miraba hacia otro lugar, refinado y bestial. El chorro recio de la beldad se agotaba; el príncipe le dirigió un cumplido, aderezado con una palabra abyecta que se reserva para las más bajas meretrices; sonreía más francamente, más tiernamente. Las manos de la mujer se crisparon en el encaje que remangaban y soltó una risita apagada, tal vez servil, suplicante o alborozada, que me encantó; había levantado la cabeza y lo miraba también. Yo imaginaba esa mirada como sangre. Altas flores blancas florecían contra mi mejilla. Todo rebosaba de violencia indiferente, como los cielos a mediodía, como la copa de los bosques.

De un salto, la mujer se puso de pie, el resplandor ordinario de la falda recubrió el de los muslos; volvió a la carroza, más lenta que antes, con complacencia y afectación en el andar; estaba roja; bajaba la mirada, no sonreía. El príncipe, sí. Ella se sentó frente a él con un crujido de seda. Él le besó la mano, la aferró un instante bajo la falda, luego, ceremonioso, distante, hizo chasquear fuera de la portezuela dos dedos; caballo y cochero, que forman parte de la carroza, obedecieron a este pequeño ruido que conocían y dócilmente se llevaron hacia Roma su delicado cargamento, hecho de otra sustancia que la madera de las carrozas y el cuero de los arneses, de otra carne que la de los cocheros y los caballos, una carne que, no obstante, como la de los caballos, mea y mira, pero que tiene el tiempo y el espíritu de disfrutar de lo uno y lo otro, de mear más bestialmente que un caballo y disfrutarlo, de mirar más intensamente que un cochero buscando su camino en una noche oscura, pero disfrutarlo, una carne que lleva en el vientre encajes para ser más carne, o que los lleva en el cuello para ya no ser carne sino solamente nombre, esplendor, desdén, la carne extrema de los príncipes. Así pues, estas carnes diversas se alejaron y todo esto, al partir, levantó una polvareda como un rebaño de ovejas. No sé si sentí lo que llaman placer aquel día, todavía era pequeño. Fui al lugar donde ella se había levantado la falda, fui al lugar donde la carroza se había detenido, el pequeño espacio consagrado donde calculaba que se había parado el príncipe; miré desde allí la linde, el árbol exacto bajo el que la muchacha había meado para su mirada. Besé lo que imaginaba como una mano blanca, dije en voz alta la palabra que designa a las putas bajas, hice chasquear dos dedos. Los árboles, en la luz, eran inmensos, numerosos, inagotables. Estamos hechos de tal manera que unos muslos desnudos allí debajo nos parecen más vastos. A Dios, que todo lo ve con una mirada igual, no lo envidiamos; la mirada que envidiamos es la que se dirige hacia aquello de lo que se dispone a disfrutar, aunque se acabe el mundo. Sentado allí, en aquel camino sobre el que daba el sol de lleno, donde fugazmente había sonreído un príncipe que quizá sólo era marqués, me puse a llorar, ruidosamente, sollozando, fuertemente. Hubiera querido arder. Un exaltación insensata me dominaba, que era tal vez pena, cólera o esa risa desgarradora de los que de repente encuentran a Dios, en un camino. Era el porvenir sin duda, esa bola de lágrimas. También era Dios, a su curiosa manera.

Había visto la desnudez de muchas otras mujeres. Conocía también el uso inmoderado que le dan, cuando sobre un hombre se mueven, dislocadas pero con todas su fuerzas cerradas, luchando contra esa nada que las colma. Pero por hermosas que fueran a veces, las que yo había visto así seducidas no tenían las piernas blancas ni moños en el cabello, y sus vestidos, debajo de los cuales los vaqueros se divertían, estaban hechos de esas telas imprecisas en las que nosotros envolvemos todo lo que se consume y debe desaparecer, pero no de inmediato, no del todo, tanto nuestros granos como nuestras mujeres, nuestros tres escudos, nuestros muertos, nuestros quesos. Sobre todo, sentían vergüenza y no sabían fingirlo, quizás porque creían que su vergüenza no disimulaba nada; y cómo hubieran podido estremecerse y solazarse en la suciedad clandestina que nos llena y tal vez nos cimienta, ellas, para quienes la suciedad era el elemento y algo así como la piel, el aire que respiraban sobre los rebaños y la tierra podrida que les embarraba los dedos de los pies en los establos, y sobre ellas, permanentemente instalada, la grasa del cuerpo vil que trabaja y que incluso trajinando, dislocado, gritando, parece trabajar todavía; y, como tal, apesta. Hay que tener manos blancas para mear sombríamente. Sí, era otra carne, otra especie. Y se me había aparecido, evidentemente; había tenido mi Visitación; una dama celestial de encaje y azur había descendido de una de esas carrozas en la que las llevan en procesión, con gracia había caminado hacia mí, bajo los árboles, sobre el satén de sus pequeños zapatos, con toda su pompa se había remangado alto y, temblando por saberse profanada por sí misma, había salpicado un poco el satén de sus pequeños zapatos. Habría dado mi vida por volver a verlo. Quería volver a verlo, pero no escondido bajo los árboles. No, del otro lado. No como un cochero exasperado, inerte, que, porque se lo ordenan, mira allí donde su deseo no está y con el rabillo del ojo, por un instante, a pesar de todo, mira lo que no tendrá. No, del otro lado definitivamente, como el día, que mira a la tierra, que sobre ella llueve o la reseca, a su antojo. Quería ser aquel para el que ese milagro acontece cada día, a cualquier hora del día, con tan sólo hacer chasquear dos dedos; quería ser aquel que, a la sacrosanta con gran pompa profanada, mira, espera; ese hombre sombrío que, con un nudo en la garganta, tiene el descaro de sonreír, de dirigir cumplidos, de ornar a una beldad en cuchillas con nombrecitos mordaces reservados para las meretrices. Esto era lo que yo llamaba un príncipe en mi primera juventud."

Pierre Michon. "El rey del bosque. Abades". Ed. Alfabia, 16 €. Traducción Nicolás Valencia.

viernes, 18 de febrero de 2011

Sábanas sucias y libros mojados

A veces me pregunto si he de guardarme material para seguir alimentando mis esperanzas en articular algo que tenga cabida en el mundo Gutenberg, llamémosle, novela, relato, ya sea aliñado con nocilla, con pan y chocolate o de decimonónico esqueleto, da igual, o por el contrario con escribir aquí lo que sea a modo de extractos de un diario torpe y sin futuro, a medio cocinar, me vale, porque, en el fondo, uno tiene que cuidarse.

The White Cosmonaut. Jeremy Geddes. 2009,
 y portada ideal de "La muñeca rusa" si alguien la quisiera
Estos días recojo ropa sucia (sábanas, toallas y edredones) en un club de carretera para la lavandería. A la vuelta de cargar la ropa sucia de un hotel de construcción setentera (ladrillo rojo, líneas rectas, láminas de hierro horizontal en las ventanas, madera como zócalos, olor a polvo perenne entre el parquet oscurecido por los zapatos y el agua con amoniaco) paro en el club (el único que queda de los seis que llegaron a estar abiertos en un trayecto de 25 kms) y recojo los cuatro o cinco sacos de ropa sucia que me dejan en una explanada trasera donde dan las ventanas de las habitaciones privadas de las chicas. Mi padre está de baja, así que, antes de abrir la librería, le hago la ruta, cargando y descargando paquetes de ropa. De niño fantaseaba con la idea de escribir las historias que me inventaba sobre la gente mientras en el taller limpiaba kilos y kilos de ropa. Luego leí a Hrabal ("La pequeña ciudad donde el tiempo se detuvo" y "Personajes en un paisaje de infancia") y se me pasó. Antes, cuando era niño, en el taller había una caldera de carbón que era la fuente y el eje de todos mis terrores nocturnos. También eran los años en los que la gente teñía y cuidaba su ropa (no había obsolescencia programada aún en la España de los setenta y principios de los ochenta). Cuando moría alguien no era raro que al día siguiente la viuda llevara toda su ropa (incluso las bragas) para teñirlas de negro. En las paredes del taller había diez enormes cubetas de cobre de distinto color en las que como un druida (un druida pequeño con corte de pelo a lo Ringo Star y jerseys de lana con renos y copos de nieve) removía la ropa con un palo curvado por el calor y tiznado por el uso. Eso fue hace mucho. También había una lavadora enorme que no centrifugaba y con la que me peleaba, como en esas películas de Ed Wood donde un actor mediocre hace que lucha con un monstruo inerte de trapo moviéndose espasmódicamente, con edredones y vestidos de novia al escurrirlos cuando los sacaba del tambor, antes de meterlos en una centrifugadora sin freno pre-guerra-civil en la que me tenía que sentar encima para poder pararla antes de que la velocidad hiciera que se convirtiera en un monstruo desbocado y rompiese los enormes tornillos que la sujetaban al suelo (y ahí sigue, setenta años después). He limpiado al menos todos los vestidos de novia de un par de generaciones y por cómo estaban los vestidos antes de ponerme con ellos era capaz de saber qué tipo de banquete había sido. En esa época todos mis libros estaban acartonados, porque se me mojaban cuando leía entre colada y colada mientras escuchaba cintas recopilatorias con la música que comenzaba a gustarme y que intercambiábamos en los recreos del colegio o del instituto. En verano, en ese corto espacio de tiempo marcado por el ritmo del tambor de la enorme lavadora, me subía a la terraza desconchada a leer en una hamaca que ponía entre los edredones colgados, como en el principio de "La forja de un rebelde", aunque yo eso no lo sabía y lo hacía simplemente porque se estaba fresquito, pues no fue hasta bastante años más tarde que leí  el libro de Barea.  A veces perdía el sentido del tiempo y cuando me daba cuenta, la lavadora ya hacía rato que había parado. Recuerdo una vez que en invierno me olvidé de cerrar la llave del agua caliente y me quedé dormido sobre la lavadora, al calor de la chapa, y se inundó el taller. Antes de la reforma el taller era un lugar mágico, infame, frío y decadente, pero mágico. Después despareció la caldera de carbón y las cubetas de cobre de teñir y el taller se quedó en vulgar, más cómodo, eso sí, pero un sitio sólo para trabajar. 

The Red Cosmonaut. Jeremy Geddes. 2009
Ahora, varios años después, vuelvo a trabajar allí porque necesitan que eche una mano, pero ya apenas hay vestidos de novia, hay pocos edredones (aún no es la época) y en su mayoría lo que lavo son toallas, sábanas, manteles y servilletas y, entre todo eso,  la ropa de cama de un club de carretera, aunque no por mucho tiempo, este mes es el último. Estos últimos meses hay el doble de sacos de los que era habitual y el "gerente" del club pretende que se le cobre lo mismo que antes. Ante la negativa de mi padre a rebajar a menos de sesenta céntimos el kilo, le han dicho que lo harán las chicas a partir del mes que viene. Parece ser que la crisis le viene bien al negocio del sexo, aunque me pregunto si a las chicas les pagarán lo mismo a pesar de tener más clientes. No me gusta ir a recoger ropa allí, no por el olor o por el aire triste y espeso que flota a esa hora de la mañana, sino por... no sé porqué, pero no me gusta. Nunca me cruzo con nadie. Paro la furgoneta frente a unas portadas rojas, miro a la cámara de seguridad cuando pulso el timbre sordo, me abren, entro, dejo los paquetes con la ropa limpia, recojo los sacos de plástico negro con un olor indescriptible, mezcla de colonia agria, tabaco, alcohol, maquillaje y sudor, doy la vuelta despacio (la furgoneta no tiene dirección asistida y el patio es relativamente pequeño) y salgo del mismo modo que entré. A veces hay alguna chica, con gafas de sol y hombros derrotados, sentada a la entrada de una de las habitaciones, hablando por el móvil, imagino que contando brutales mentiras piadosas a alguien a cientos de kilómetros de ese lugar  triste y mediocre, anclado al lado de la autovía entre dos pueblos llenos de gente triste y mediocre. Una vez alguien me dijo, como si  me contestase a una pregunta que nunca hice, que allí tienen una especie de economato, y una peluquería  y una tienda de ropa, y que incluso tienen una pequeña piscina con césped y que cada una tiene una especie de habitación individual donde viven durante el día. Cuando terminó de decirlo, me miró sonriendo, como si con esa sonrisa rubricara el acta que daría fe de que allí se está francamente bien. Yo alcancé a mascullar, sí, seguro que aquí se vive de puta madre, y la sonrisa con la que me miraba se convirtió en mueca, aún no sé si ofensiva u ofendida.

Adrift. Jeremy Geddes. 2010
No conozco la historia de ninguna de ellas porque nunca he hablado con ninguna de ellas, pero seguro que supera la imaginación de cualquiera. Conozco la historia del "gerente", antiguo guardia civil reconvertido a vendedor de joyas antes de acabar contratado por los dueños del club. Imagino que sabrían de él por sus regulares visitas para venderles joyas a las chicas y vieron en él al candidato perfecto para el puesto. Los lupanares son lugares recurrentes en la literatura porque atesoran la bajeza humana, la confusión, el delirio y la ruindad, la heroicidad impotente ante un porvenir amputado al que todo el mundo se niega a renunciar. Al menos eso me gusta creer. Por otro lado, me avergüenza escribir estas cosas, como si pudiese saber yo cualquier cosa de algo que, por definición, es imposible saber. Estos días soporto menos ir y lo hago lo más rápido que puedo. Hay unos carteles enormes a ambos lados del parkin (elegantemente oculto a la vista del tráfico con chapa verde) que anuncian un 50% de descuento de lunes a jueves (no dice en qué) y una segunda copa gratis los fines de semana. Cada vez que paro no puedo evitar leerlo, y me pregunto si pensar en escribir todo esto vale para algo.

jueves, 17 de febrero de 2011

Ilustrado erotismo autoinfundado a modo de primera carta de despido

Mientras continuo sumido en esta especie de mediocre novela, o diario deslabazado, sobre un librero a un mes de cerrar su librería, la falta de tiempo hace que no escriba lo que se debe, o supongo, o espero, escribir. En estas últimas semanas de epitafios lanzados al vacío, subido a un trampolín roído como un ciego al que no le han asegurado que allá abajo haya agua suficiente, acumulo falta de sueño y añado kilómetros a las ya infladas cantidades de deudas y sacástica ironía para conmigo mismo. Busco algo que leer que me sirva de despedida, es decir, algo que me haga olvidar lo inevitable y que a la vez no me haga sentir tan desprotegido como a veces me siento. En estos días ejerzo de pluriempleado, la familia requiere arrimar el hombro, lo cual no es malo, aunque los motivos sí lo sean, así el cansancio hace acto de presencia y aplaca el estrés. Leer, leer, lo que se dice leer, no es que lea poco, sino que habría de confesar que lo que leo es a todas luces desordenado y sin visos de terminar nada; como ando de acá para allá, en cada lugar donde planto el culo durante esos cinco minutos que intento reservarme entre una cosa y otra tengo un libro empezado; me avergüenza enumerarlos, me crecen como setas y he de organizarme. Sin embargo en la mochila he decidido meter uno, un libro al que he de rendirle pleitesia y honores, escondiéndome y pidiendo al mundo un poco de calma, que me quiero sentar a leerlo como merece, sentado al sol, descalzo y con una taza de café al lado. "Memorias de un librero pornógrafo" de Armand Coppens, ese es el libro con el que me gustaría despedirme del oficio. Ya diré algo si se tercia y me dejan.

 
Por inercia sigo mirando catálogos, páginas web de editoriales, boletines de novedades; y me sigo haciendo mis listas de pedidos como si nada fuese a cambiar. Luego reparo en que todo va a cambiar, y opto por compensar saldos a favor y en contra con distribuidores con cosas que pienso que me pueden interesar a mí o a los dos o tres clientes sin fisuras que irremediablemente siguen viniendo. De todos modos, para no perder la cabeza, hoy he acabado en la página web de Taschen, mirando libros que sé que no puedo pedir para La Pecera, nunca nadie se interesó por ellos aquí y, salvo al principio, nunca más volví a traer. Es innegable que es una editorial exquisita; onanista, esteticista y tan necesaria como el último libro de Paul Auster, como el último disco de AC/DC o como comprar en la charcutería, en vez de la paletilla sosa y llena de nervios que sueles comprar porque no te llega para más, un poquito de jamón de pata negra, quiero decir, que no vale para nada porque puedes pasar sin ello, pero reconforta.

                                                              





Y si uno es de los que piensa que cuál es el sentido de libros así, entonces de estos dos de abajo ni hablamos...

Las editoriales españolas no hacen estas cosas para presentar un libro (y Lunwerg debería tomar nota, por ejemplo): TASCHEN Books: The Big Book of Breast

jueves, 10 de febrero de 2011

Soñando con Glenn Gould

Esta noche he soñado con Glenn Gould, por tanto podría decirse que soy feliz, al menos hoy mientras recuerdo el sueño donde Glenn tocaba para mí. Me reconforta Glenn Gould tocando el piano, me emociona tanto como un chuletón poco hecho a un wookie hambriento (viva la cultura pop)... Me destroza verle sentado en esa raquítica silla vieja tocando el piano como si el mundo se fuera a terminar en cuanto él levante las manos del teclado. Extrapolo mi mitomanía rock a la música "clásica", interesándome por intérpretes y por  compositores como si estuviese hablando de Neil Young o Bon Scott. Glenn Gould, Rachmaninov, Anne Sophie Mutter... Aunque para biografías y filias, la de los músicos de jazz, el gran arte del siglo XX donde más perdedores vieron su genialidad truncada, alcanzando una gloria de alcantarilla sin que a nadie le importara una mierda. Cuando pienso en el concepto de poeta que defiende Bolaño, sobre todo en "Los detectives salvajes", a veces acabo acordándome de Bud Powell, Art Tatum, Bird, Billie y mi favorito, Mingus...  sin contar con que la mayor parte de las veces acabo con mi autoestima por los suelos...
 

Pero hablaba de Glenn Gould. Conozco melómanos imponentes que le ponen pegas a Glenn, el pobre ya no está de moda, su imagen desmesurada y epatante no casa en estos tiempos donde todo es políticamente correcto hasta la naúsea y parece que se le tiende a ver como alguien pistoresco pero sin ese halo de genialidad que sí tenía en vida, pero al leer "El  malogrado" de Bernhard, "Vida y arte de Glenn Gould" de Kevin Mazzana o "Conversaciones con Glenn Gould" de Jonhattan Cott (consideradas las mejores entrevistas nunca hechas a Gould, todas telefónicas y a horas intempestivas) y al ver videos de él, hace que se me caiga el mundo al suelo y anhele tener un familar como él, un tío loco que se bebe la vida a borbotones  y que te enseña lo que es importante sin articular palabra. A veces Gould me recuerda a mi tío abuelo Antonio Iniesta, y a mis tardes sentado en una butaca mirándole pintar (incluso se parecían físicamente). Dos días después de ver la película "Rojo" de Kieslowski, una amiga me dio una cinta de casete con las Variaciones Goldberg de Gould. Hay una escena en la película en la que Irene Jacob está en una tienda de discos escuchando dicha grabación, la escena apenas dura un minuto, pero es suficiente, tanto como para caer rendido ante la Jacob como para saber que tienes la necesidad de conocer mejor a ese pianista. Eso fue en 1994, en el final de "la edad oscura", sin internet ni móviles, donde  interesarse por algo tenía un componente casi de aventura, visto retrospectivamente, la información la encontrabas a cuenta gotas, y sobre todo, preguntando a gente que sabía, y mientras tanto tu desgranabas poco a poco lo que poseías, dilatando un tiempo que hoy por hoy seríamos incapaces de administrar sin crearnos ansiedad. Por eso me gusta tanto rastrear por youtube y encontrar cosas que en la vida hubiese podido ver, aunque en una balanza no sepa con qué edad quedarme... Recuerdo ir con mi walkman por el Madrid de los austrias con Glenn a todo trapo, sonriendo como un bobo cada vez que sobre las notas se adivinaba su incontenible canturreo. Excéntrico y desmesurado, encantador y educado, frío y socarrón, se presentaba a los conciertos con mitones, abrigo y bufanda, hiciera el calor que hiciera; sumergía durante 20 minutos los antebrazos en agua caliente antes de un concierto y siempre utilizó la misma silla desvencijada de madera con respaldo y casi sin asiento, con las patas recortadas, lo que hacía que su cabeza quedara casi a la altura del teclado. Odiaba los formalismos y el academicismo y fanfarroneaba de poder enseñar a tocar el piano sólo por el tacto a cualquiera. Apenas ensayaba, se aprendía la partitura y a lo sumo probaba si sus manos podían hacer algún pasaje en apariencia complicado, o al menos eso decía en anguna de las entrevistas con Cott, pero con Gould uno nunca sabe si estaba en serio o simplemente jugando. Se dice que tenía el síndrome de Asperger (ese cajón desastre para explicar lo inexplicable). Le gustaba disfrazarse o sería mejor decir que le gustaba dar rienda suelta a sus alter-egos, como el musicólogo alemán “Karlheinz Klopweisser”, el director inglés “Sir Nigel Twitt-Thornwaite” o el crítico americano “Theodore Slutz”; en 1964 decidió no volver a dar conciertos. Aún me queda por ver "Glenn Gould Hereafter" documental sobre su persona, pero de momento en La Pecera me conformo con perder la mañana "viéndole" tocar...
Si alguien tiene a bien regalarme esto prometo amistad eterna...

Watch the full episode. See more American Masters.

martes, 8 de febrero de 2011

Olores en la biblioteca...

Hoy estoy rapaz y vago, lector y amuermado, ojeroso y latrocinante, es decir, que robo a caballo famélico con alevosía y premeditación, aunque citando la fuente. "Olores en la biblioteca" es un artículo extraido del diario argentino Página12., escrito por  Javier E. Núñez, hace mucho tiempo, pero da igual, "El agente confidencial"  de Greene también se escribió hace mucho tiempo y no por eso no hay que leerlo. Una delicia de artículo. Será que como estoy rescatando libros de la Pecera que estaban como estatuas de sal escondidos en las estanterías bajo el título privado de "fondo que toda librería tiene que tener" y que ahora, metidos en cajas, responden a "libros que he de tener en casa" me ha gustado releer este artículo. Mi santa me mira a veces, y no dice nada, pero creo que sé lo que piensa, piensa que "espero que un día coloque bien los libros y deje de verlos por el dormitorio, el pasillo, el baño, apilados, como invasores silenciosos... ay, cuando traiga los vinilos que dice que se tiene que traer no sé que será de mí..."; eso creo que piensa, al menos yo lo pensaría, y como le diga que los pienso colocar por olores igual llego un día y me encuentro que ha cambiado la cerradura...

"Hay bibliotecas caóticas: la mía es una de esas. Los libros parecen dispuestos al azar o respetando leyes ilógicas como el orden cronológico de su compra o el momento en que fueron rescatados de esos rincones de la casa donde los suelo abandonar. Existe, sin embargo, un orden secreto que nunca antes confesé. Están acomodados, si me permiten la expresión, odoríficamente.
Es simple. En algún momento de mi vida empecé a percibir olores en los libros. No el olor habitual y uniforme de un libro nuevo sino otros, variados, subjetivos y complejos. Lo noté con Obra completa de José Pedroni, una edición de 1969 de la editorial de la Biblioteca Vigil. Durante el primer embarazo de mi mujer leí una poesía cuyos versos iniciales decían así: "Haz con tus propias manos/ la cuna de tu hijo./ Que tu mujer te vea/ cortar el paraíso."
Un par de días después volví por el mismo libro. Percibí un olor extraño, atípico, que se hacía más fuerte en el estante del volumen de Pedroni. Abrirlo fue asomarme a un bosque insospechado. Olía a madera fresca, recién cortada; el perfume que escapa del tajo que deja un hachazo en un árbol erguido.
Por un instante creí que esta rara cualidad se restringía al libro de Pedroni. Pronto comprobé que estaba equivocado: cada uno tenía su olor, uno que acaso había estado siempre y se había hecho evidente en ese momento o, quizás, uno nuevo que se le había impregnado en ese momento por algún fenómeno inexplicable. Sólo más tarde, con el paso del tiempo y un examen profundo de cada libro, entendí que los olores se vinculaban a un recuerdo o impresión que me había dejado ese libro. Ese prodigio no era intrínseco de los libros, sino producto de mi percepción. Los reordené a todos. Hasta entonces había mantenido una clasificación rigurosa: autores argentinos en los dos estantes de arriba; latinoamericanos en el siguiente; poesía en el primero de la izquierda. Los libros de cuentos ocupaban tres estantes: los dos primeros ordenados alfabéticamente por autor, el último con antologías temáticas. Etcétera. Cada cual tendrá su forma de ordenarlos; muchos, alguna como ésta.
Pero a partir de ese día tuve que inventar una nueva clasificación. Una más arbitraria, confusa, insondable para los amigos o visitas que tratan de llevarse algo prestado: ordené mis libros por olores. Así, un libro de Paul Auster puede acabar junto a uno de Borges porque ambos comparten cierto olor a musgo, tierra húmeda y a piedra, como de interior de laberinto, y otro del mismo autor ocupar el extremo opuesto de la biblioteca. La noche del oráculo, por ejemplo: está en el rincón de abajo, junto a libros con olores a escritorio lustrado, goma, papel y tinta. Como una gran paleta de colores, mi biblioteca tiene familias de aromas, intensidades y gradación. Hay secciones de río, sauce, barro o pescado; de asado y pasto fresco; de pólvora y sangre; de mate y fogón.
Es, ciertamente, una categorización compleja. Hay libros que tienen más de una serie de olores "esto es muy común en los libros de cuentos o de poesía", pero siempre hay un conjunto en particular que es más perceptible que los demás. Hay un libro de Cortázar, por ejemplo, con olor a arroz con leche, ceritas y caracoles pero también a humedad, a telaraña y sudor. Lo ubiqué en la categoría de la última gama, porque era la más fuerte de las dos. Es complejo y a la vez simple. Describirlo, explicarlo, es una empresa inútil. Pero basta con ir a mi biblioteca, cerrar los ojos y dejar que los aromas me guíen para que cada cosa cuadre en su lugar.
No voy a negar que este método presenta algunos inconvenientes. Buscar un libro específico lleva algo más de tiempo. Cuando viene mi hermano, por ejemplo, y me pregunta a los gritos si tengo algo de Bradbury mientras preparo el mate en la cocina: "Hay uno entre los que tienen olor a plástico, hierro y lavanda. Ojo, no te confundas con los que huelen a óxido y tierra seca, nada que ver".
De más está decir que no lo encuentra: tengo que ir yo, acariciar cada lomo con la yema de los dedos mientras distingo los olores, hasta llegar a la sección buscada. Es mucho más fácil, en cambio, buscar libros que abandoné por la mitad -son los que tienen olor rancio, como a yerba de ayer- o los que todavía no leí. Esos están arriba de todo porque "todavía" no poseen ningún olor que los clasifique.
Pero existe una ventaja. Los libros que leo en el momento nunca están en la biblioteca, sino a mano. A la biblioteca me lleva la relectura. Es raro que busque un libro para revisar alguna cita: para eso está San Google. Puede que recuerde un cuento o un libro por un suceso particular y decida releerlo. Pero, en general, la visita a la biblioteca obedece a un estado de ánimo repentino, a la necesidad imperiosa de leer cualquier cosa, al insomnio, al aburrimiento, a las ganas de ir al baño. Y entonces, con esa sensación incierta, nunca sé qué elegir. Ahora, con esta clasificación que puede parecer absurda, el tema es mucho más simple: cierro los ojos y huelo. Siempre hay un aroma que tienta, que seduce. Ese es el indicado.
Por eso mantengo este caos aparente. Sé que no soy el único. A veces, cuando pido un libro prestado, no me sorprende ver a alguien cerrar los ojos frente a su biblioteca para encontrarlo. Nunca pregunto a qué huele: prefiero descubrirlo. Pero, secretamente, nos reconocemos como miembros de una misma legión.
Ahora, ustedes también lo saben. Y puede que la próxima vez que visiten a un amigo no se sorprendan al ver cómo encuentra, en una pila anárquica de libros, la novela que le prestaron. Incluso puede ser que al recibirla la abran, se lleven las hojas a la nariz y los sacuda un olor familiar e inconfundible, como si siempre hubiese estado ahí. Después solo será mirarse el uno al otro, y compartir en silencio esa complicidad.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-24790-2010-08-09.html 

lunes, 7 de febrero de 2011

Milos Meisner sigue enviándome cartas...



Pasa el tiempo y sigo recibiendo cartas de Milos Meisner. Espero que esté donde esté, se encuentre bien...

"Últimamente siento que los fantasmas me envían telegramas sin acuse de recibo que leo y que me sacan del mundo vulgar  para recordarme que soy solamente una historia que contar, una miserable imagen fugaz en la retina de un taxista que cruza la ciudad demasiado rápido y que apenas repara en mí andando hacia ningún sitio, que por mucho que me empeñe en llamarlo hogar, no creo que llegue a encontrar nunca; fantasmas enviando telegramas sordos...
Me desprendo de fotografías viejas de cuando era joven, no me reconozco, me cuesta recordar cuándo, dónde y porqué; te envío una, librero, para que añadas a tu colección de fotografías de lectores... Hasta pronto. M."

lunes, 31 de enero de 2011

El suave desfile de las noches en vela rodeado de peces mudos

Abro la tienda, enciendo el ordenador; mientras se cargan los programas, barro, me hago un té, elijo el disco que quiero que suene hoy lunes el primero, abro el blog y sin pensarlo mucho pincho en Nueva entrada. Suenan Wilco con Billy Bragg y, mientras tecleo, pienso que me quedan dos meses exactos de ser librero. En abril ya no seré librero. Hay muchas cosas que arreglar y entre todas ellas a veces se cuela la pregunta de qué haré con este blog. Qué mejor para escribir que voy a dejar de ser librero (y autónomo) que hacerlo mientras escuchas una canción que se llama "California Stars" pero lo malo de escuchar canciones así es que al final hacen que no puedas escribir. Parar de teclear y poner cara de tonto es lo único que se puede hacer escuchando algo así, y soñar, aunque uno odie esta palabra, por hueca, torpe y por ser el comodín de los lugares comunes. I'd like to rest my heavy head tonight, on a bed of California stars... I'd like to lay my weary bones tonight, on a bed of California stars. I'd love to feel your hand touching mine and tell me why I must keep working on. Yes, I'd give my life to lay my head tonight on a bed of California stars... I'd like to dream my troubles all away on a bed of California stars. Jump up from my starbed and make another day underneath my California stars. They hang like grapes on vines that shine. Woody Guthrie... Wilco poniendo música a letras de Woody... Descansar mi pesada cabeza en una cama de estrellas californianas...



Tarjeta de visita de un librero diletante
La librería cambia de dueño. Ser librero es un estado de ánimo (y ser librero en NY debe ser la pera entonces). Tengo dos meses para decidir qué hago con esta página, este blog, este cajón desastre totalmente impúdico que poco a poco ha ido recluyendo en un ostracismo alienante a mi libreta y mis lapiceros, que apenas salen ya de mi mochila. Seguramente recuperaré el arte de escribir a mano cuando deje de estar tanto tiempo frente al ordenador porque ya no venga a abrir la tienda que pinté yo solo, cuyas paredes cubrí de estanterías yo solo, cuyo luminoso ayudé a poner tomando a Herman Munster como santo patrón y a Moby Dick como mascota, cuando deje de venir a diario a esta librería que pronto dejará de ser mía. No me entusiasma la idea de cerrar el blog, no porque tenga como título el mismo que un negocio del cual dejaré de ser dueño, lo cual entiendo hasta cierto punto (hasta el punto de la cifra del traspaso acordado tras el regateo feroz), sino porque siempre he separado muy bien el blog de la librería, tomando como narrador/autor a un librero que es mitad sosias mitad némesis de mí mismo, jugando al despiste y escribiendo tomando como excusa la librería, no haciendo del blog un vehículo de publicidad de la misma. Mi error fue llamarla igual, pero es que al principio pensé que la librería La Pecera era yo, y yo era la Pecera, pero no, y ahora tenemos un problema, meramente nominal, pero problema al fin y al cabo.  Tengo dos meses para decidirlo, no tengo prisa. Me tomé el rescate de mis batallitas por París de hace 5 años como un paréntesis para pensar cómo volver a escribir sabiendo que mi definición como librero tenía fecha de caducidad; ha pasado la semana y no sé qué hacer aún. Una cosa sé, me siento menos atado, menos precavido, más relajado, pero a la vez tengo cierta angustia por ver cómo corto el cordón umbilical que me une a la librería sin mandar a la mierda más de dos años de dietario voluble (y que Vila-Matas me perdone).

 
No me perdono haber olvidado por completo el vídeo que una amiga hizo de la librería cuando la librería no estaba más que en mi cabeza, un día que vino a visitarme desde Madrid y le enseñé el local vacío y lleno de polvo que acababa de alquilar. Días después me envió dicho vídeo que no reparé que hacía mientras yo subía persianas y hablaba sin parar sobre lo que quería hacer y me compraba ropa que me estaba grande, cuando no sabía lo que suponía eso de ser trabajador autónomo y repetía la gracieta de que ésta era la única manera que tenía de ganarme la vida con la literatura, aunque fuese con la de otros, como si fuese una genialidad cuando en el fondo, y siendo benévolo, era hacer una victoria de lo que yo creía que era una derrota. Y de esa victoria o de esa derrota he vivido cuatro años y medio. Ahora he vuelto a ver el video; cuando ayer recordaba cómo era el local antes de que los libros lo inundaran lo recordé; Andrea lo hizo a principios de agosto del 2006. Empiezo a pensar que echaré mucho más de menos de lo que creo eso de ser librero y dueño de tu propia librería, pero sé que es la única salida para seguir...

domingo, 30 de enero de 2011

Aquel lejano viaje a parìs del 2006... VI parte, y última

Madrid, 30 de enero de 2006.
 Bonjur queridísimos parientes:
Ya estoy de vuelta sano y salvo en Carpetovetónia. En mi última misiva finalizaba mi relato de manera un tanto brusca, acto que debéis disculpar debido no sólo a cierto cansancio acumulado sino también al hecho de que Cristina y Gaél me esperaban hambrientos y atentos para cenar y no era cuestión de hacerlos esperar.


 
He de confesar que el viaje ha finalizado de manera muy grata para el que aquí os habla (con dos años sin vacaciones, grato hubiese sido ir hasta mojarme los pinreles en Ruidera) sobre todo porque ayer, después de esa cena a la que mis anfitriones me requerían, salimos a tomar y a ver París (Montmatre) por la nuit. Todo comenzó cuando nos estábamos poniendo un poco mohínos después de tan opíparo banquete que prepararon mientras yo os escribía. Cristina había trabajado a destajo durante toda la semana y apenas la habíamos visto pero decía que por lo mismo necesitaba salir; Gaél, que había vuelto del día anterior ensayando con sus colegas en la campiña, secundó la moción con su habitual amabilidad, y yo pues, ya sabéis, aunque me seguía doliendo el pie (creo que del tropezón del otro día), no estoy todos los días en Paris; así que nos calzamos las chirucas, los gorros, los guantes, las orejeras, los chalecos reflectantes, las ruedas de repuesto y los martillos pilones y cual pandilla de enanitos salimos por ahí (siendo exactos dos enanitos y Blancanieves, elegid vosotros los enanitos que podíamos ser cada uno, yo no me atrevo). 

Para gran solaz del que aquí os habla, me llevaron, pues estaba al lado, al café donde grabaron la peli de Amelíe y que, lejos de estar lleno de turistas y gente cool (o eso me temía yo, a veces me sale una vena prejuiciosa que doy miedo, la verdad), es un sitio muy agradable y merece la pena ir, tiene un punto cutre, de verdad, que me encantó. Pedimos vino caliente, que para el frío que hacía nos sentó de maravilla (se nos fue de golpe todo el amohinamiento) y para quien no lo sepa (yo no lo sabía) el vino caliente es eso precisamente pero con un vino previamente macerado con su poquito azúcar, su canela y unas rodajas de naranja o limón (vamos, casi como nuestra sangría de toda la vida pero un poco más fino y caliente), ideal para cualquier afección respiratoria y del ánima. Una vez perfectamente acoplados allí, con el vino caliente entre las manos y sentados en el mismo sitio de “el loco de la grabadora”, coge Cristina y me suelta que en el barrio vive Audrey Tautou y que la suelen ver mucho; “comorr” dije sacando el Chiquito que todos llevamos dentro, sí, dice ella y también Irene Jacob vive por aquí ("Adiós muchachos, “Rojo”, “La doble vida de Verónica”...) pero es un retaco cabezón (ya le salió la vena prejuiciosa femenina también a ella, pensé) y Emmanuel Beard, dijo también (me estaba mantando) pero está superoperada, y yo para por favor, para, el desfribiliador, en la mochila, cógelo... así que, ala, nerviosito ya para toda la noche; para que luego me meta yo con las fans del Bisbal (bueno, yo soy un poco más comedido, no?, aunque nunca lo sabremos porque no vi a ninguna para comprobar mi reacción) Yo, con la excusa de los nervios, aproveché para ir a los servicios y eran como la película (y vi los dos, pero porque me equivoqué, y eso que había cartelitos, a saber en quién o qué estaría pensando) y no sé cómo ni por qué acabé orinando en ambos (¿estaré ya de la próstata?). En el servicio de mujeres me saqué del bolsillo el último cuaderno que había escrito (un moleskine negro cosido finito y un tanto maltratado) y lo escondí detrás de la cisterna. Adiòs, palabritas de amor inútiles, nunca os sacaré plusvalía ni harán que ninguna dama caiga rendida a mis pies pero aquí estareis mejor, que es donde debeis estar realmente, tras la cisterna de un vater, dije a modo de despedida mientras tocaban a la puerta...

Al salir de allí llovía un poco pero inspirados por el espíritu aventurero del ínclito Miguel de la Cuadra Salcedo (pero lamentablemente más feos que nuestro Indiana Jones patrio) nos pusimos a subir y a bajar cuestas por Montmatre como locos pues Cristina quería ver la tienda del señor Colignon (el frutero de Amelíe) que también está por allí y no recordaba dónde estaba exactamente. La encontramos pronto, es una tienda tipo chinos que no cierra nunca regentada por unos musulmanes y, la verdad, tiene algo de mágica (un diez para el director artístico) allí, en una esquina perdida bajo la ocre luz del dos bombillas baratas, con el cartel “Fruterie Colignon” coronando un toldo verde oscuro que parece recién sacado de una ilustración de cuento infantil, me juré un par de cosas que quedan en secreto entre mi corazón y mi cabeza. Después pateamos las calles adoquinadas cual Dorothy acompañada de el hombre de paja y el de hojalata (el León y Totó se fueron a olisquearse el culo, estaban en celo) y sin saber cómo topamos con la casa de Satie (sin saber cómo yo, que ellos sabían muy bien por dónde íbamos) y le rendimos pleitesía como merece y parece ser que es costumbre, y es escribiendo algo en un papel y dejándolo pegado en la pared. La noche era preciosa y en ese momento lamenté no haber hecho el viaje acompañado (algo que he lamentado todo el viaje pero en ese momento especialemente); en fin, otra vez será.

Dejamos atras los cuentos infantiles y las películas tiernamente ñoñas y nos tomarnos una (yo dos, que me entró mucha sed) cerveza blanca (rápidamente: es como la clara de limón de aquí pero sin tanto gas y de barril) en un bar (Le Rendevouz des Amis o algo así, el encuentro de los amigos, o la quedada de los amigos) que por su estética y su gente me hizo comprender y ver de golpe a Toulouse Lautrec (había una anciana elegante con un sombrero enorme que miraba como coqueteando a todo el mundo a la vez que con su mano izquierda jugueteaba con su dentadura y con la izquierda sujetaba un cigarrillo apagado, había dos amigos hablando acaloradamente frente a una botella casi vacía de vino, había un hombre que era como Punset pero en decadente y sin afeitar intentado ligarse a una veinteañera con pinta de nínfula que estaba sentada frente a él, había...). Finalmente terminamos la noche viendo bajo un reconfortante chaparrón de nuevo la casa de Erik Satie y visitando el busto de Dalida (la que cantaba eso de “Parole, parole, parole”). Yo me asusté cuando vi dicho busto, era de noche, llovía, giré la cabeza y dije, coño, Rocío Jurado, pero no, era Dalida... Gaél, en un extraordinario ataque de inspiración (y eso que habla poco), instauró a partir de esa noche el ritual de pedir un deseo mientras se posan las manos morosamente en las tetas del busto de Dalida. Debido al volumen de dichos pechos no tuvimos más remedio que pedir varios deseos. Cristina fue la que pidió más deseos (yo me conformé con dos, soy así, no porque me entrara un comedimiento candoroso ante el tamaño de tan generoso y maternal busto, sino porque en ese momento sólo se me ocurrieron dos, uno por seno), pero Gaél mientras ya nos marchábamos calle abajo le dijo a Cristina que esperaba que hubiese pedido estar con él toda la vida y la pobre echo a correr cuesta arriba a tocar de nuevo esos magníficos (y espero que magnánimos) pechos mientras Gaél me decía al oído “sabía que se le había olvidado eso”. Un hombre entrañable, sí señor; cuando me dijo eso al oído casi voy  también de vuelta a tocarle las tetas a Dalida y pedirle que yo también... No dudéis en buscar, queridos parientes, el busto de Dalida en Montmatre, ni tampoco dudéis en pedirle un deseo y, sobre todo, no os avergoncéis si al pensar qué pedir os entran unas ganas incontenibles de tocar esos preciosos y brillantes pechos de bronce.
Después llegamos a casa y dormimos como benditos.
Y ya está, ya va siendo hora de terminar esta pesada crónica, aunque al hacerlo ya no esté en París sino en Madrid, con la maleta sin deshacer del todo pero con el Sena aún en la retina. No os olvidéis de este, vuestro devoto y diletante tío-abuelo Jean Michele.


Cuidaros mucho y hasta pronto.

viernes, 28 de enero de 2011

Aquel lejano viaje a París del 2006... V parte

Parìs, 28 de enero de 2006.

Queridìsimos parientes, aquì vuestro tìo-abuelo con su ùltima crònica desde la ciudad de la luz (del amor me temo que para la pròxima vez). Estoy cansado y me duele un pie, el derecho màs concretamente; Por cuà? Cesc que sè? El tropezón de ayer, me temo, monsieur Bonaparte.
 
Ayer fue un dìa movidito, queridos, se me pasò volando; fui al museo Rodin, que està de un decadente preocupante. Parece la casa de la familia Munster,  los suelos chirrian, las paredes se descascarillan y un Balzac de escayola pequegnito que està por ahì en una urna tiene telaragnas; como soy incorregible me dio por pasear por los jardines del museo pues està plagado de estatuas y casi fenezco por congelaciòn, pero le echè un par (pequegnitos y duros por el frìo) y por ahì que estuve. Luego Cristina me djo que habìan dicho en la radio que habìa sido el dìa màs frìo de lo que llevamos de invierno en Parìs y todo me cuadrò. Asì que ya lo sabeis, salvo que vengais con un/una churri que os caliente los pinreles por la noche y se os cuelgue del brazo todo el dìa, venir en otra època (a partir de Abril, como dice la canciòn). Despuès de eso pateè las calles de nuevo inasequible a la rasca por la rivera del Sena y tras un ardiente té en un agradable lugar donde intenté leer un rato, me pasè por el Crocojazz otra vez (a ver si seguìa ahì el vinilo de Underground de Monk) y el gabacho duegno de la tienda se alegrò de verme (bon jour mesiè, me espetò esa mezcla de Garci con bigote y Asterix con gafas al entrar por la puerta); y comenzamos con nuestro inglès vallekano: me dijo que le habìa preguntado a un amigo por bluesman espagnoles (de ahì que el dìa anterior yo le prometiese enviarle a los KO y a los 3000 Hombres, porque no se creìa que se hiciese buen blues en espagna; tambièn le dije "Gnaco Gogni" pero yo creo que se creìa que estaba de cogna porque me mirò con cara de "¿quièn?") y va el tìo y me suelta tan ancho que su amigo le ha hablado de un tal Javier Vargas. Amos anda, no me jodas; le espetè (me saliò del alma, oye) y le hizo muchisima gracia mi expresiòn (yo le dije que era "an usular spanish exprèsion" y dijo ah, como "no se què no se què (lo siento; lo he olvidado) y me dijo que le ensegnase otra expresión de esas y se me ocurriò, no sè por què, "vete a cagarla a parla" y entonces fue la hecatombe, casi se me muere de risa el gabacho (pa mì que iba un poco màs soplao que el otro dìa), expresiòn que para los franceses debe ser como un trabalenguas (dicen que si se les ocurre decir tres tristes tigres mueren fulminados). Al final, a lo que vamos que me lìo, no me comprè el disco (mi pauperrimidad es preocupante y el vinilo de Monk està a todas luces fuera de mis posibilidades, aunque seguro que me arrepentirè el resto de mis dìas de mi estùpida decisiòn).



Ya por la noche, Cristina me sacò a cenar (Gaêl no estaba, para ensayar con su grupo tiene que irse fuera de Paris y no iba a volver a dormir) a un sitio tipical francaise muy bonito bajo Montmatre, con mesitas con velas y garsones sorprendidos por mi nula capacidad de hablar frances, los cuales me ponìan cara de "vaya, acompagnado de tan bella dama y tan inùtil". El restaurante de llamaba Le Kokoliòn y era precioso (y no sòlo porque uno es sumamente impresionable). La cena, suculenta, estuvo bagnada con un vino cojonudo, culminada por una mus de chocolat que pa què (de rica) y aderezada por una discusiòn gorda en la mesa de al lado a la nuestra de una pareja (yo al principio pensè, què detalle, una performance tipical francaise por cuenta de la casa, pero no, iba en serio). El tìo era un chulo indecente de todas todas (muy grande ademàs) y menos mal que ella se levantò. le soltò no se què y, tiràndole la servilleta a la cara, se largò del restaurante, si no me hubiera tocado hacer de Cyrano y defender el honor de tan bella dama (que uno tenga que irse tan lejos para hacer segùn què cosas...). Èl se quedò con dos palmos y cuando reaccionò e intentò salir tras ella (con intenciòn de abofetearla, se le notaba en los ojos) uno de los camareros no le dejò salir (y olè por el garson; ese sì que le echò un par) hasta que considerò que ella ya le llevaba la ventaja suficiente como para no verle màs, y despuès, sin inmutarse y muy elegàntemente, le pasò su abrigo. Yo casi le aplaudo, de verdad.
Por lo demàs poco màs, el Louvre, la Opera, la tumba de Jim, el Sena otra vez, y yo que tengo un suegno que me muero.

Vuestro tìo-abuelo que os quiere se despide pidièndoos paciencia por la ùltima crònica que serà ya a la vuelta.
Besos y arrevoire

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...