martes, 23 de febrero de 2010

Firmin, la rata de la Pecera

Me apetece recuperar esto, del otro blog... Me gusta recomendar este libro, a pesar de que ni esté de moda ni sea novedad...

Firmin es la historia de Firmin, un autentico bibliófago que encuentra en los libros una ventana a un mundo al que no puede acceder, pudiendo vivir mil vidas a pesar de ser lo que llamaríamos "una rata de biblioteca", y es que Firmin, precisamente, es un rata que, por un azar del destino, nace en el sótano de una librería en el Boston de los años 60, una librería de viejo. Dicha librería, Libros Pembroke, se convertirá en su paraíso y a la vez en su maldición ya que su afán de conocimiento le separará de su especie y le convertirá en un desclasado, en un ser que se sabe diferente y a caballo entre dos mundos sin llegar nunca a sentirse parte de ninguno. Firmin aprende a leer devorando (literalmente) las páginas de los libros. Pero una rata culta es una rata solitaria. Marginada por su familia, busca la amistad de su héroe, el librero, y de un escritor fracasado, pero cuando más cerca está de conseguirlo es cuando más olvida lo que en el fondo es. A medida que Firmin perfecciona su insaciable hambre por los libros, su emoción y sus miedos se vuelven humanos. Firmin derrocha humor y tristeza, encanto y añoranza por un mundo que entiende el poder redentor de la literatura, un mundo que se desvanece dejando atrás una rata con un alma creativa, una amistad excepcional y una librería desordenada y abocada a desaparecer, como un mundo que se perderá para siempre, una forma de ver la vida, una forma de vivir, y es una rata la que es consciente de eso. Como un Woody Allen metido en la piel de Ritso Ratso, el personaje de "Cowboy de medianoche" que interpretó gloriosamente Dustin Hoffman, soñando con ser como Fred Astaire, culto, refinado, despreocupado, romántico.... Así es esta novela, un romántico canto a los libros, a ser, una oda al perdedor, pero al perdedor más romántico y hermoso del mundo, una rata que ama leer. La bildungsroman de una rata, Firmin novela, que crece poco a poco, y que, si te llega, nunca se olvida...

Por eso no resulta raro, después de leer este libro, encontrarte un día, ante cualquier situación "dificil" y pensar: "¿qué diría Firmin ahora?"... Firmin no es un ratoncito humano, sino un ser humano en un cuerpo de rata. Esto lo hace áspero, patético, incómodo, sin la menor concesión al infantilismo y lo convierte en un ser auténticamente poético. Además, hacía mucho que no lloraba con el final de una novela, y encima de la manera más tonta... por una rata...

Su autor es Sam Savage, "nacido en Carolina del Sur y hoy residente en Madison,Wisconsin. Doctorado en Filosofía por la Universidad de Yale, donde también fue profesor. Ha sido mecánico de bicicletas, carpintero, pescador y tipógrafo. Firmin, su primera novela, fue publicada por una pequeña editorial de Minneapolis, fuera de los grandes circuitos editoriales. Sin embargo, ha crecido gracias a la recomendación de lectores y libreros, ha sido Descubrimiento de la selección de Nuevos Grandes Escritores de Barnes & Noble, Finalista del Premio Descubrimiento Barnes & Noble, Libro destacado del Blog de la Cooperativa Literaria «Read This!», el Book Sense dic y el Book Sense Annual Highlight. Ha sido también la novela Top Debut del Library Journal y es nada menos que libro destacado de la Asociación Americana de Libreros". Ala, biografia "copy-paste" de la web de Seix Barral...
FIRMIN. Autor, Sam Savage. Ed. Seix Barral
Firmin dixit:

"Mi devoración, al principio, era tosca, orgiástica, descentrada, cochina -me daba igual emprenderla a mordiscos con Faulkner que con Flaubert-, pero pronto empecé a percibir sutiles diferencias. Me di cuenta, al principio, de que cada libro poseía un sabor distinto -dulce, amargo, agrio, agridulce, rancio, salado, ácido-, y según fue pasando el tiempo y mis sentidos ganaban agudeza, llegué a captar el sabor de cada página, de cada frase y, finalmente, de cada palabra".

"Cuando empecé a comprender mejor a las personas, caí en la cuenta de que ese increíble desorden era una de las cosas que la gente apreciaba en Libros Pembroke. No venían sólo a comprar un libro, soltar la pasta y darse el piro. Se quedaban un buen rato. Ellos lo llamaban mirar, pero más bien parecía que estaban excavando una mina. Me sorprendía que no trajesen palas. Cavaban en busca de tesoros con las manos desnudas, hundiendo a veces los brazos hasta las axilas, y cuando extraían alguna pepita literaria de algún montón de escoria, se sentían muchísimo más felices que si hubieran y hubiesen comprado directamente el libro. En ese sentido, comprar en Pembroke era como leer: nunca sabe uno con qué va a encontrarse en la página siguiente -la estantería, el montón, la caja siguientes-, y eso constituía una parte importante del placer".

"Si hay algo para lo que resulte útil una formación literaria, es para dotarlo a uno de un sentido de la catástrofe".

"A Mickey Mouse y Stuar Little me dan ganas de mearles en la boca".

viernes, 19 de febrero de 2010

Remembering Django Reinhardt...

Jean Cocteau escribió sobre Django Reinhardt: "Django muerto es como una de esas fieras apacibles que se mueren en su jaula. Vivió como uno sueña vivir, en un carromato. Y cuando aquello ya no era un carromato, seguía siendo un carromato. Su alma era itinerante y santa. Y sus ritmos le pertenecían como las rayas le pertenecen al tigre, como la luz que irradiaba y como sus bigotes. Los llevaba en la piel..."

Como buen gitano, se supone que mañana sábado, 20 de febrero, se cumple el centenario del nacimiento de Django, aunque otros dicen que fue el 23 de enero de 1910 cuando nació. Con Louis Armstrong y con muchos otros músicos de jazz que nacieron en esos años, pasa lo mismo, no creo que sus madres guardasen la partida de nacimiento o corriensen al ayuntamiento más cercano a inscribir a sus retoños. Algunos lo celebrarán mañana. Cualquier excusa es calva. Yo llegué a Django por Stephane Grappelli, y no al revés, como suele ser habitual, y por casualidad, como se descubren las cosas cuando se comparte piso en Madrid siendo estudiante con beca y por el piso pasa demasiada gente comopara conocerlos a todos, llevando bebidas, libros y algunos hasta discos. En 1952, Django vivía semi retirado, repartiendo su tiempo entre la pintura y las pesca, en Samois. A principios de enero de 1953, Norman Grantz le ofrece una gira. El ocho de abril entrará, por última vez, en un estudio para grabar en compañía de Martial Solal y Pierre Michelot. El 15 de mayo le da una congestión cerebral, falleciendo esa noche. Así desapareció aquel personaje fuera de serie, tierno y carpichoso, endiabladamente encantador, que se había convertido en el más grande de los guitarristas de jazz. Así lo leí en un bar precioso llamado El Parnaso un día de diario, feliz como una ostra, cuando encontrabas trocitos de cielo en foma de bar donde podías oir encima música "decente".

Jean Baptiste, llamado Django, de la tribu gitana de los "manouches", nació en el carromato familiar, pongamos que un día indeterminado entre enero y febrero de 1910 en Liverchies, Bélgica. Autodidacta, empezará a tocar con trece años en los bailes populares, acompañando a acordeonistas. En 1928 su carromato se incendia y Django, a causa de las quemaduras, pierde dos dedos de la mano izquierda (la mano del mástil). Lo que para cualquier otro hubiese significado el fin, para Django fue empezar de nuevo. Reaprendió a tocar la guitarra inventándose una técnica hecha a la medida de su mano atrofiada. Fue en Toulon donde entablará amistad con el pintor Èmile Savitri, que le descubre a su vez el jazz. Paupérrimo nómada sibarita se ganará la vida actuando en clubes con su hermano Joseph por la Costa Azul.


Regresa a París y empieza a tocar acompañado por violinistas, hasta que en 1934 crea, junto a Grappelli, en quinteto del Hot Club du France, grabando sus primeros discos para Ultraphone. Lo que suena en aquello surcos es increible, algo nuncaantes escuchado. ¿Es jazz o no es jazz? Crean algo tan revolucionario que todo lo que sea utilizar esa fórmula, está abocada a sonar a Django, a ser un epígono de él. Creó un estilo del cual fue su principio y su final. El quinteto estaba únicamente formado por instrumentos de cuerda (un violín, una guitarra solista, dos de acompañamiento y un contrabajo). Es a la vez intimista y exultante, evocadora y vitalista, refinada y rebosante de un swing contagioso y cálido. Django se convertirá en el primer músico europeo que pase a ser una influencia clave para los guitarristas americanos. Toca con todos los grandes solitas americanos que visitan la capital francesa, atreviéndose a ponerle swing a Bach, grabando con Eddie South y Grappelli el Primer Movimiento del Concierto en re menor. Se granjeó a pulso fama de impredecible. Fueron varias las veces en las que no se presentó a dar un concierto con la sala llena bajo la excusa de irse a pasear al parque o a la playa, o sencillamente, de no querer levantarse de la cama.

La II Guerra Mundial les sorprendió en Londres, donde se quedó Grappelli, volviéndose el resto del grupo a Francia. Mientras el resto de sus hermanos de raza sufrió la persecución y los campos de concentración, Django Reinhardt, tuvo la suerte de ser el protegido de uno de los funcionarios de la administración nazi aficionado a su música. Es otra historia tristemente delirante y paradójica de la Segunda Guerra Mundial. Para colmo, Django Reinhardt y su música fue, durante la ocupación nazi de Paris, uno de los símbolos culturales de la Resistencia. Acabada la Segunda Guerra Mundial Stephane Grappelli y Django Reinhardt vuelven a reunirse. En 1946 Django es invitado por el gran Duke Ellington a una gira con su orquesta por los Estados Unidos. Django acepta encantado, convencido de que su fama entre el público estadounidense es mayor de lo que en realidad era. Al regresar a Europa se siente un tanto decepcionado por la tímida acogida que tuvo entre el público. De hecho, sólo existe una grabación de esta gira, gracias a que George Steiner puso un micrófono en un palco del Chicago Civic Center durante una de las actuaciones.
En 1951, a los 41 años, Django Reinhardt decide retirarse de la música y se va a vivir a Samois sur Seine, cerca de Fontainebleau, para dedicarse a dos de sus aficiones favoritas: pescar y pintar.Llámenme lo que quieran, pero la última vez que estuve en París hace cuatro años, lo primero que compré fue un disco de él... Crocojazz se llama la tienda (64, rue de la Montagne Sainte-Geneviève).
En cuanto salga un poquito el sol, pinchar cualquier canción de Django, algo dentro de vosotros os lo agradecerá...

martes, 16 de febrero de 2010

Cuando el diablo se aburre... mata mis moscas con el rabo



1. Esta es una de esas entradas improvisadas, bizarras y sin sentido aparente que a veces no sé por qué hago. Culpa de ello lo tiene el frío que hace en La Pecera. En condiciones normales subiría arriba, cogería mi libreta y escribiría algo en ella, pero por no moverme de la silla y dejar el ligero airecillo templado que sale del asmático aparatillo de aire que malvive a mis pies, acabo haciendo esto.
Supongo que es una mezcla entre terapia soft, confesión pagana y ramplona metanarrativa, y aunque siempre me acabo arrepintiendo, sigo teniendo la máxima de si escrito está, escrito queda, aunque sea en la pantalla tramposa de internet. Claro que así nos va. La vidilla que le doy al blog es poca comparada con la que tendría si asumiera mis tendencias suicidas, pero como soy una incomprensible mezcla de vergonzoso (y vergonzante) sol de invierno, repito, así nos va (soy un solete, como todos, pero siempre salgo tarde y caliento poco).
El 80% de las entradas que pienso subir acaban en los rincones de mi masa encefálica (nunca mejor dicho). Soy mi mayor censor (afortunadamente). Este blog, o más concretamente escribir en internet es como mear contra el viento mientras a la vez uno escupe al mar. No vale para nada pero como llamda de atencióin infantil nos vale, aunque nos empapemos de nuestra propia mierda (en este caso, orín, terrenal valhalla freudiano).
La Pecera es un estado aconfesional, pero aquí a su dueño a veces le entran ganas de escribir sobre lo que le pasa más íntimamente; afortunadamente tengo un grandioso amigo llamado Iván que siempre que puede me ata corto, y con el cual, de un modo no evidente, "reflexiono" sobre este blog, todo para no caer en eso a lo que tiendo, pornografía mental, exhibirme de más, convertirme en personaje, pecar de bocazas (ejemplo, entrada anterior). Lo sé, el origen de este blog se supone que es ser un menudo escaparate de la librería en sí y de mis filias literarias y, por extensión, musicales y de otro tipo de artes, pero como todo en mi vida, la cago al final y acabo meando fuera del tiesto.
El mundo es de los valientes, y yo no lo soy.

2. Una de las respuestas la tiene la palabra "Manzanares", un pueblo que merece un estudio freudiano-malthusiano en toda regla. "Manzanares" es como el juego ese de nuestra infancia, en los que un niño, maza en mano, esperaba atento a que asomase la cabeza desde un agujero un cocodrilo (creo) para atizarle. Ayer quise escribir una entrada sobre mis últimas y amargas experiencias con el director del cortijo-festival de teatro Lazarillo, pero me reprimí por no acabar recibiendo un mazazo (que sí, que al final solamente es de gomaespuma y da risa, pero oye, uno tiene su orgullo). También quise escribir sobre lo que hablé con un amigo que vino ayer solamente a hacer terapia y a quejarse de... "Manzanares", pero poner lo que pienso de los lugareños y sus contumbres es peligroso (en ese sentido son como un paleto "ramoncín"). Hace poco programaron en el Gran Teatro a Victor Manuel, por lo que se me ocurrió escribir algo sobre la vida cultural, sobre qué se programa, cómo, y por qué (cosa que aunque sea tangencialmente, conozco) pero de nuevo sería buscarme "problemas" (una vez, alguien cercano al ayuntamiento me dijo que no comprendía cómo alguien que no vota tiene la desfachatez de quejarse y exigir cosas... y me miró a los ojos... Yo pensé, cómo sabe éste que yo no voto?... Y me reí por ser tan ingenuo)... Y podría seguir... A veces pongo algo en el facebook, lo cual es lo lógico en estos tiempos, pero no sé por qué, en primera instancia, sigo pensando en este estúpido blog...
Supongo que la nefasta experiencia con lo más amargamente profundo de la ranciez humana hace unos meses por culpa de dos impresentables (casi me busco la ruina, no sólo económica sino física...) tiene mucho que ver. Sé que es algo que tengo que digerir de a poco, pero no puedo hacer como mi antiguo profesor Gabriel Albiac, que se autodiagnosticó fobia al edificio de filosofía de la Complutense e íbamos a sus clases a otro edificio (igual es sólo una leyenda urbana pero incluso así, es d emis preferidas) y diagnosticame fobia a Manzanares... En el afán de marcharme de aquí estamos, pero la suerte nunca ha sido mi aliada, y con eso he de contar.
Vivir aquí es asumir que los niveles de rabia contenida estén siempre en rojo, y cada uno ha de aprender a sobrellevarlos lo mejor que pueda. La evasión (que es como la pesa de la olla expres que libera presión) es necesaria y obligatoria, y algunos la llevan mejor que otros. El defecto es que soy incapaz de llegar a la lobotomía consensuada, pero por fortuna tengo a mi peke, Madrid, mis amigos, mi muñeca rusa, Dio, mi vater y mi municipal piscina cubierta.
Estas líneas son como tirar la piedra y esconder la mano, digo que estoy como en "un día de furia" pero no digo por qué; pero pienso que no merece la pena decirlo.



3. Con respecto al blog he llegado al punto de pensar qué hacer realmente con él. De un modo más o menos visible estoy expuesto, o mis opiniones están expuestas, pero como dije antes, yo soy mi peor censor. Es el signo de los tiempos, a la más mínima se esgrime como fundamental la libertad de opinión, pero en el fondo todo se queda en medianía porque somos unos cobardes (ojo, yo el primero), o porque no queremos problemas, o porque pensamos que, qué cojones, qué más da lo que pensemos o lo que piensen que pensamos...

4. Yo no tengo casa, o más concretamente, no tengo hogar. Normalmente como en un sitio, duermo en otro, me aseo en otro y me evado en cualquier parte. Me niego a considerar La Pecera como mi hogar, aunque sea el lugar donde más tiempo paso. Mis cosas o están en cajas o no sé dónde están; sé dónde está mi hogar pero el mundo es como es. Un cuarto propio, como diría Virginia Woolf; yo con un vater propio me conformaría. Por fortuna tengo a Celia, pero soy el peor nómada que pueda haber.

5. Me gustaría ser como Nels Cline...


6. En el fondo, y sin que suene a coña, lo único que quería decir es que estoy hasta los huevos de lluvia, de cielos grises, de sensación de frío, de hibernación forzada y forzosa. Prometo que diré algo de algún libro la próxima vez.

miércoles, 10 de febrero de 2010

De editores, funcionarios y buscadas bofetadas gratuitas


No sé por qué lo hice. ¿Estupidez, ingenuidad supina, torpeza? Seguramente. La discusión telefónica terminó con un expeditivo "espero no volver a ver ningún manuscrito más suyo por esta editorial". Fue en el año 2004. Esa fue la última vez que hablamos. Hasta hace dos días, cuando recibí una carta del servicio de publicaciones de la Diputación de Ciudad Real, en la cual se me agradecía haber enviado un manuscrito pero que no estimaban oportuna su publicación. Aquella discusión surgió cuando, tras una espera de 4 años, salió publicada una novela llamada "Cuando acabe el invierno" y nadie me avisó de ello. Seis meses antes recibí un mail del jefe de publicaciones de la BAM (Bilbioteca de Autores Manchegos), en el cual me enviaba una prueba de la portada del libro. Le contesté y nunca más supe de él. Le llamé varias veces, pero nunca daba con él.
Cuando mi madre, en una escena totalmente almodovariana, me llamó para echarme la bronca por no haberle dicho que había publicado una novela, y que la había visto en el escaparate de la librería del pueblo, le volví a llamar (no diré su nombre, no por nada, sino por si algún día aburrido en su oficina se busca en el google, no se encuentre este blog). Mientras hablábamos y yo le decía que no entendía por qué no me había avisado de la publicación, él le dio la vuelta a la conversación y la convirtió en un asqueroso cruce de reproches. Me dijo que debía haber sido yo el que le hubiera tenido que llamar regularmente para saber de mi novela; me acusó de llamarle absentista cuando le dije por tercera vez que siempre que le llamaba nunca estaba y me amenazó con demandarme poor injurias (¿?¿?¿?¿?¿); me amenazó con poner trabas a su distribución, con no presentar el libro a prensa (algo que sí hizo, es decir, presentaron otros libros pero el mío no, supongo que como no vive de vender los libros que edita, se puede permitir esa clase de lujos...), y, finalmente, cuando le mandé a la mierda después de decirme que quién me había creído que era por suponer que él debía haberme mantenido medianamente informado a mí (en cuatro años, una llamada y un mail me parecía poco, la verdad), me soltó esa frase que cité al principio. "Que esperaba no volver a ver ningún manuscrito mío por allí". Le dije que me parecía una frase muy bonita dicha por boca de un funcionario público y le colgué.
La colección Ojo de Pez forma parte de la convocatoria que anualmente hace la diputación de Ciudad Real para la publicación de libros de poesía, novela (y/o relato) y ensayo. El jefe de publicaciones es un funcionario, un funcionario del que en todos estos años no he oído a nadie decir nada bueno de él (es lo que tiene ser librero, por La Pecera pasan muchos de los autores que han publicado en al BAM, y hablamos...). Uno de esos autores me comentó el año pasado que volvía de tener una reunión con él en la que le había tenido que aguantar un speech en el que se quejaba de que la calidad de lo recibido en la convocatoria del 2008 había sido nefasta y que la habían dejado desierta.

¿Fue oir eso lo que me hizo comerme mi orgullo después de cinco años y enviarle un manuscrito nuevo en el que recopilo varios relatos? No... O sí.
Dos de esos relatos recopilados fueron publicados (uno en la revista Eñe, como finalista de la "Cosecha Ñ 2007" y otro como primer premio en el concurso de Relatos Villa de Torralba).
Realmente ese libro (que tiene el horroroso título de "Cardiopatías") llevaba castigado en el cajón tres años. La última vez que salió fue cuando lo envié a la editorial X (¿se deben decir estas cosas?) en 2006, una editorial seria y mediamente importante que edita libros preciosos de autores que me gustan mucho. Se lo hice llegar a su editor por mediación de Charo, librera maravillosa en Pasajes, y dos días después de que Charo me dijera que le había dado el manuscrito, Y (que así llamaré a ese editor, bastante conocido -este sí...-), me llamó por teléfono para decirme que el libro le había gustado mucho, que siguiese escribiendo, que había muy buenas ideas allí, que ellos no podían editarme pero que quería llamarme para decírmelo porque había al menos tres relatos que le había gustado muchísimo. Cuando le pregunté por qué no podía editarme la respuesta fue tan simple como desoladora. "No te conoce nadie, ni tienes padrino, ni te avala ningún premio y nuestra editorial no puede arriegarse con autores como tu". La conversación terminó instandome a mandarlo a un premio del cual "Y" era secretario, "no te prometo nada", me dijo, "pero envíalo allí por si acaso puedo hacer algo". Cuando colgué me quedé perplejo. De bajón pero contento, de subidón pero jodido, no sé decirlo mejor. Entonces me entró un ataque de kantinitis, de moralidad estúpida, de gilipollez sublime y al día siguiente me negué a enviar el manuscrito a dicho consurso... Al día siguiente me sentí tan gilipollas por haber sido tan gilipollas que me metí en internet para ver la dirección de dicho concurso y enviar el puñetero libro. Increible pero cierto, lo juro por mis vinilos de Thin Lizzy, el plazo había terminado el día anterior. Lejos de hundirme, o hundiéndome del todo, me lo tomé como una señal y lo guardé en un cajón. De ahí sólo asomó la cabeza una vez cuando, de nuevo a instancias de Charo (mi angel literario) lo envié al concurso de EÑE (y solamente por la excusa ridícula de que se podía enviar por correo electrónico... Cogí el que cumplía las bases -me salen cuentos largos para los concursos de este país...- y lo envié). Que me quedase finalista del mismo no hizo que retomase el intento de publicar "Cardiopatías" con más brío, al reves. Ahí se quedó.

Hasta el día en que ese autor me comentó la conversación que tuvo con el funcionario jefe de publicaciones de la BAM. Dicho autor se ha convertido con el tiempo casi en un amigo. Lo apreció de veras, y me parece un escritor bueno y realmente versatil e interesante. Fue él el que me animó a enviar "Cardiopatías" a la BAM. Si el libro era bueno, me dijo candorosamente, dicho funcionario no podría negar su aprobación para ser publicado. Ingenuo de mí le hice caso. Recuerdo que esa misma semana me llamó Andrea para decirme que uno de los cuentos (que habían editado en Colectivo Quiltro para una feria) había gustado mucho. Idioteces embriagadoras...
La semana pasada recibí la carta de rechazo.
Supongo que "Cardiopatías" está gafado, que Richard Lane, el cojo Lucas, Marga Tilman, Úrsula Kuber, están gafados. Ingenuo de mí, qué me habré creído... Lo que más me escuece de todo, independientemente de lo malo o regular que sea el jodido libro de los cojones, son la risas y lo que habrá disfrutado el funcionario jefe del servicio de publicaciones de la BAM al escribirme la puta carta que no sé si quemar, enmarcar o guardar en el mismo cajón donde ha ido a parar de nuevo "Cardiopatías"... porque sí, porque la opción de que sea una mierda siempre está ahí, como mi privado corazón delator, y porque creo que la función de este torpe manuscrito realmente es esa, la de recordarme que sólo soy un estúpido y vulgar Sísifo con una irrenunciable grafomanía, pero nada más...

Are you talking to me?.... Sé que mi bocaza a veces me pierde... Eh? Are you talking to me?
Cada vez que pienso que tras dos años y 200 páginas salvadas de la quema, me queda un solo capítulo para terminar la versión definitiva de "La muñeca rusa" me entran ganas de vomitar...

lunes, 8 de febrero de 2010

El martillo de los dioses y el dirigible de plomo



Hace unas semanas acabé de leer (por fin) “Led Zeppelín. El martillo de los dioses”, de Stephen Davis (Ed. Ma Non Troppo). Más de la mitad de mi vida oyendo hablar y leyendo cosas de este libro y por fín, a mediados del año pasado, se editó en castellano. Se habla de este libro como una de las mejores biografías de los Zep y sobre todo como uno de los libros definitivos de rock. Hay fans a muerte de Led Zep que odian este libro pero son los menos. Para mí es un libro delicioso, prácticamente es una novela, una novela no sólo sobre Led Zeppelín sino sobre lo que fueron los grandes grupos de rock entre finales de los ’60 y principios de los ’80.. Hablar sobre esos años daría para una extensa parrafada (una de ellas, el rock como tal vivió lo mismo que Lester Bangs, de 1948 a 1982; otra, el rock, en todo su esplendor, en toda su expresión artística, vital e incluso de lo que pudo tener de revolucionaria se dio entre 1965 y 1975, es decir, desde la primera British invasión hasta el último vals de The Band. Antes de eso, una efervescente y acnéica rabia que aspiraba a liberarse de las garras de personajes vampirescos (prototipo: Capitán Parker). Después, pura y simple mercancía; y que quede claro que cuando digo "mercancia" no digo algo necesariamente malo, al revés, los libros y el vino también son mercancia y que los dioses me libren de poder vivir sin ellos. Siempre hay y hubo excepciones, y en dos líneas no se puede generalizar más burdamente, pero en mis días más retros así lo veo).

Y entre todo esto está “El martillo de los dioses”. Este libro y “Viajando con los Rolling Stones” de Robert Greenfield (Ed. Anagrama), el cual plasma cómo fue la gira estadounidense de los Stones de 1972, creo que son fundamentales en ese sentido, en el de intentar ver cómo fue aquello, cuando el rock creó músicos que estaban más allá del bien y del mal (en todos lo aspectos, podían hacer lo que quisieran, cuando quisieran, con quien quisieran y, en lo musical, con la creatividad manando sin control).

Leer “El martillo de los dioses” es divertido, es clarificador, es deslumbrante, y no sólo porque se centre en uno de mis grupos preferidos, sino porque, a pesar de sus peros (que los tiene) se puede definir como una muy buena novela sobre un grupo de Rock en los ’70, y a la vez creo que Davis sin querer hizo una especie de ensayo-novela generacional. Y al decir esto me acuerdo del prólogo que del libro “Postales de invierno” de Anne Beattie (Ed. Libros del Asteroide) he leído a cargo de Rogrigo Fresán (otra vez él), y tal vez no sea causal que me acuerde de eso ahora.Davis, como buen periodista, tiene un estilo sencillo y sintético, pero a la vez consigue ser evocador, además creo que escribe bien, incluso a veces muy bien.

He sacado dos fragmentos del libro que están al comienzo del libro y que me hicieron pensar, “eh, esto va estar bien”. No hablan de ninguno de los Zep, sino del manager y el jefe técnico. A veces se puede pensar que ya no hay otros Page, Plant, Jones o Bonham, aunque en el fondo sabes que sí (cuando Dylan se vaya ya no pensaré ni sentiré igual), pero de lo que no se duda cuando se acaba el libro es que lo que ya no hay en el rock es gente como Peter Grant o Richard Cole, para lo bueno y para lo malo (tal vez más para esto último).


Página 37: “Peter Grant fue el alivio perfecto para el descontento de Jimmy Page. Nacido en 1935, había sufrido una vida digna de una novela de Dickens: un hogar roto, evacuaciones durante la guerra y carencia de educación. A los trece años había sido operario en el teatro del Croyden Empire. Creció como recadero en Fleet Street. Un hombre de mirada dura de casi dos metros de alto, había sido matón de un club nocturno, extra en “Los cañones de Navarone”, doble de Robert Morley en las películas y había luchado como profesional con el nombre de Príncipe Mario Alassio. Haberse criado en la calle le había dado un instinto visceral sobre el dinero y sobre cómo este fluía. A finales de los cincuenta era un curtido director de gira de roqueros americanos como Little Richard, Chuck Berry, Gene Vincent y los Everly Brothers. Una famosa leyenda inglesa cuenta cómo le propinó una paliza a un promotor que intentó estafar a Little Richard después de un concierto y cómo siguió la bronca con los seis policías que vinieron después a intentar calmarle. A mediados de los sesenta, Grant había aprendido el oficio como director de gira mientras trabajaba con The Animals y como parte del elenco de Don Arden. Después de varios rifirrafes con los Animals, hizo que se supiera que llevaba un arma. Intimidatorio e indomable, era la antítesis del reservado y andrógino Jimmy Page, quién sólo quería tocar su guitarra para los emporrados chicos americanos, viajar por el mundo, ganar millones de libras y que le dejaran en paz para poder leer a Aleister Crowley y practicar rituales mágicos o lo que fuera que hiciera. Desde el momento en que Page y Grant se conocieron el fin de los Yardbirds estaba sentenciado.”


Página 41: “Richard Cole nació en el este de Londres en 1945. Empezó su carrera como montador de andamios, pero un día de 1965, en un pub, alguien le ofreció un trabajo como pipa para una banda inglesa llamada Unit Tour plus Two. En 1966 ganaba veinte libras a la semana como director de gira de The Who, hasta que le retiraron el carnet de conducir por exceso de velocidad (llegaban tarde a un bolo). Entonces se puso a trabajar para The Searchers y se mudó al sur de Francia. Por las noches dormía en una furgoneta propiedad de un grupo inglés llamado Paramounts, que más tarde cambió su nombre por el de Procol Harum. Merodeaba por allí un tímido pianista llamado Red Dwight. Más tarde ese pianista se haría llamar Elton John. El siguiente trabajo de Cole fue conducir una furgoneta para una banda llamada Ronnie Jones and the Night Timers, con John Paul Jones como bajista y John McLaughlin como guitarra solista. A finales de 1966 aceptó un trabajo con la New Vandeville Band, que alcanzó cierto éxito con “Winchester Catedral”. La banda hizo realidad los fervientes deseos de Cole de visitar América. Tal y como él explica: “El sueño de todo director de gira inglés era ir a América. Solían dejar a los pipas ingleses tirados y contratar a personal nuevo allí. Solían. Arreglé todo aquello de una puta vez de un modo muy inteligente. Yo dije, a la mierda. Llevemos nuestro propio equipo, aquello con lo que estamos acostumbrados a trabajar”. Peter Grant era el manager de New Vandeville Band. Cuando Cole fue a Oxford Street a solicitar trabajo, Grant le ofreció veinticinco libras a la semana. Cole dijo: “Y una mierda. Treinta semanales, lo tomas o lo dejas”. Grant obsevó al alto y musculado Richard Cole, lo consideró una versión suya con mejor aspecto y menos peligrosa y aceptó. Cole trabajó para Grant (y para Led Zeppelin) durante los siguientes trece años”

martes, 2 de febrero de 2010

Underwood revisited...


Mamá, ¿qué es eso?
Eso es una máquina de escribir
¿Y para qué vale?
Pues para escribir
¿Como el ordenador de papá?
Sí, es como un ordenador pero sólo para escribir...
Qué grande...
Venga, vámonos.
¿Y dónde se conecta la impresora?
Te he dicho que nos vamos... deja de tocar ahí que este señor se va a enfadar...


La madre agarró al niño por el brazo y salió a la calle. Fue entonces cuando el dependiente salió del mostrador y volvió a colocar las teclas de la máquina de escribir que habían quedado levantadas al haber pulsado el niños varias de ellas a la vez con la palma de la mano... Ahí de pié, el dependiente se quedó mirando la vieja máquina de escribir. Una Underwood de casi cien años que le había regalado alguien al enterarse de que en la librería tenía varias máquinas de escribir (una Oliveti verde de 1965, una Periquet y Co. portátil de 1944 e incluso una Smith Corona eléctrica de los caóticos ochenta, la única propiamente suya) colocadas en algunos estantes. De las cuatro que poseía aquella Underwood ocupaba el lugar más visible, sobre una de las mesas que utilizaba como expositor, y era francamente grande y pesada. Tuvo el impulso de ponerse a hablar con la Underwood, a disculparse frente a ella por lo que había dicho aquel muchacho posmoderno y a todas luces consentido pero no lo hizo porque pensó que eso le convertía en un viejo prematuro pensando en lo desconectado que anda del mundo, con su bici, sus vinilos, su luna, sus idas y venidas al pueblo donde vive quien ama, con la sensación de tener sus días regalados desde hace seis años y porque en aquel instante también pensó que no está bien hablar con las cosas, aunque trabaje solo en aquella tienda y haya días en los que apenas habla con nadie, no pare de pensar indolencias (peores incluso que las de ese instante frente a la vieja y señorial Underwood), y pase las horas navegando por Internet, de página en página leyendo cualquier cosa, grupos de música imposibles, blogs de supuesta literatura y de no tan supuesta, páginas dedicadas al situacionismo (su última obsesión) o sobre concursos cuyo plazo siempre ha finalizado, y acabando muchas veces visitando páginas de dudosa catadura moral mientras piensa en que estaría mejor leyendo cualquier libro. Miró una a una las estanterías repletas de libros y le dio pereza coger alguno, básicamente porque hubiera tenido que decidir cuál y eso le hubiera llevado a preguntarse tal cantidad de cosas que resolvió no coger ninguno (qué le apetece leer, qué debe leer, qué dejó a medias de leer, qué quiere leer y qué lectura es la más idónea para sus relativamente nuevos hábitos de lectura, es decir lecturas como viajes cortos de metro y no como viajes largos en tren). Cuando volvía hacia el mostrador con ese último pensamiento en la cabeza se acordó de un primo suyo, con el cual hacía casi un año que no hablaba, y pensó en llamarlo pero cuando cogió el teléfono vio que tendría que buscar el número en la agenda y que ésta estaba en la habitación de arriba y se dijo que otro día, aunque siguió pensando en aquel familiar y en lo que le dijo una de las últimas veces que se vieron en Madrid, cuando él (su primo) trabajaba en un sex shop de la calle Atocha (el Mundo Fantástico cree recordar que se llamaba) y le contaba que se pasaba el día leyendo compulsivamente, como si el suicidio fuese una opción o los perros le esperasen rabiosos apostados a la salida del trabajo, sin hacer apenas caso ni a los clientes (hecho que la mayoría de ellos agradecían enormemente) ni a las múltiples películas porno que proyectaba en una monstruosa pared cubierta de pantallas de televisión.

Después el dependiente cerró Internet, cogió varios libros con el firme propósito de decidir aquella misma noche cuál de ellas leería primero (o si leería todas alternativamente a la vez; “Pulp-Rock” "El fondo del cielo", "Un hombre que duerme" "el misterio de Olga Chejova", “Sexografías", “Esta historia”), cogió su cuaderno, aquel que lleva meses deseando acabar para estrenar tras dos años otro y en el cual apunta cosas para seguir alimentando su sueño de escribir por fin esa novelita que lleva meses diciendo a sus amigos íntimos que está a punto de terminar, y escribe la conversación entre una madre y su hijo acerca de una máquina de escribir pensando en que igual consigue hacer algo con eso, aunque sea tomarla de excusa para añadir una entrada nueva a su blog.

Un par de días más tarde, cuando ya hubo colgado algo en su blog al respecto, su amigo Iván le dijo que hiciera el favor de no hablar de él en tercera persona , que ese recurso no le pegaba y el dependiente pensó que tenía razón, tuvo ganas de invitar a su amigo a comer y hablar con él horas y horas, como hacían antes, pero estaban a muchos kilómetros uno del otro, y mientras el dependiente vio que era hora de cerrar y se afanaba en encontrar en su bolsillo las llaves de la tienda pensó que la próxima vez lo haría mejor, todo lo intentaría hacer mejor, siempre y cuando exista la posibilidad de empezar de nuevo todo otra vez, aunque seguro que eso no tiene tanta importancia como le parece a él en ese momento...

viernes, 29 de enero de 2010

No cuenten que Salinger ha muerto...

"Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adonde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura."



A veces creo que Eef Barzelay es uno de los seudónimos de Holden porque sólo él escribiría una cancion así...



Supongo que muchos no seríamos lo que somos sin Holden Caulfield, o sin el lobo estepario, o sin las opiniones de un payaso, o sin haber traspasado el trópico de cáncer, al menos yo no.
Este verano leí por primera vez "Nueve Cuentos", y aún estoy descolocado al recordar "Un día perfecto para el pez plátano", creo que a veces uno tiene la suerte de leer ciertas cosas en el momento más oportuno posible, y con ese cuento me pasó...


Un día perfecto para el pez plátano

"No cuenten nunca nada a nadie. En el momento que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo".

miércoles, 27 de enero de 2010

De lluvia, viajes, silencios y lloronas vacas azules

Conocía la versión de Chavela, grabada en una cinta cochambrosa cuya portada eran los girasoles de Van Gogh, recortados de un libro de arte que andaba por casa, pero hacía años que no la oía. La primera vez que vi a Jairo Zavala tocar "La Llorona" fue en la furgoneta azul de la vaca, hará cinco años, de camino a Sevilla.
En aquel tiempo en Madrid yo me sentía ajeno a todo, cayendo en picado laboralmente, extraño, desubicado y seguramente más perdido de lo que habría estado dispuesto a admitir si me hubiesen preguntado; paseaba como un lunático, leía como un poseso y me dedicaba a evitar darme cuenta que ya era hora de dejar de esperar; entre medias intentaba quedar con amigos y de vez en cuando me iba con la Vacazul de bolo por ahí. Lo dijo Antonio una vez, “te falta el carnet de conducir y saber llevar una mesa de sonido”. Cabo de Gata, León y Sevilla fue la pequeña gira que hice con ellos, siempre amables, acogedores y geniales. Da para un libro fantástico lo que se habla y se vive en una furgoneta de un grupo de Rock, siempre lo he pensado.
El viaje a Sevilla no fue accidentado pero pudo serlo. Salimos tarde de Madrid, y recuerdo que hacía un día asqueroso, frío y resacoso. Todos estábamos cansados y entre que cargamos la furgo, tomamos café y logramos salir, nos dieron cerca del mediodía.

Las primeras dos horas no paramos de hablar, incluso yo hablaba, poníamos música (pusimos el Burn de los purple, que Jairo quitó a la segunda canción diciendo “demasiada batería, demasiada batería”, un directo de los North Mississippi Allstar que Antonio y Jairo no dejaron de alabar, y un cd de de rarezas de Rod Steward sobre el cual nos reímos y teorizamos estudiando las entradas a destiempo, las guitarras desafinadas, y comentando con envidia cómo a pesar de todo aquello seguía sonando a gloria bendita) y nos contábamos batallas surrealistas sobre cualquier cosa. A mitad de camino paramos y Javi dijo de conducir él, sabíamos que no íbamos bien de tiempo pero no imaginábamos cuanto y hacíamos bromas sobre ello. Yo pasé a sentarme detrás, entre Daniel y Jairo. Llegando a Despeñaperros comenzó a llover, y no precisamente cuatro gotas. Daniel se durmió y como si callándonos fuésemos a llegar a tiempo, en la furgo se hizo un silencio extraño. Supongo que cada uno estuvo acordándose de sus cosas, cosa banales como coladas por poner o recados prosaicos como hacer una copia de las llaves de casa y cosas así. Pensé que Jairo también estaba dormido, así que me incorporé en el asiento y agarrándome al reposacabezas del copiloto miraba la carretera. Llovía a mares. De vez en cuando Javi decía algo, Antonio contaba algo, o yo preguntaba cualquier tontería. Definitivamente sabíamos que íbamos fatal de tiempo y el nerviosismo se empezó a notar. El dueño de la sala llamó al móvil de Javi para preguntar cuánto nos quedaba y le dijimos una hora menos de lo que realmente nos quedaba. Recuerdo que Antonio me dijo, “somos unos impresentables, pero en el fondo siempre llegamos a tiempo, no te preocupes”. Cuando más incómodos estábamos, como si cada kilómetro en vez de acercarnos a Sevilla no valiese para nada, Antonio apagó la música y los tres nos concentramos en la carretera, creyendo que Jairo y Daniel descansaban aún ajenos a todo.
Fue entonces cuando Jairo se puso a tocar “La Llorona” con una guitarra pequeña, casi como un tres cubano que se había traído al viaje todo orgulloso. Fue mágico, de esos momentos que te resarcen de todo y te reconcilian de nuevo. Javi, Antonio y yo nos dimos cuenta de eso, nos miramos, sonreímos y nadie se atrevió a decir nada. Jairo la tocaba despacio, con esa voz que a veces saca, buscando acordes. A veces paraba y comenzaba de nuevo, aprovechando para contarnos que la había oído tocar a un mejicano en la selva hacía poco tiempo. La tocó varias veces, no tuvimos que decirle que lo hiciera, era obvio que todos sabíamos que en aquel momento no importaba nada más que esa canción.
Entrábamos en Sevilla cuando Jairo cantaba otra vez “ay de mí, llorona, llorona, llévame al río… tapáme con tu rebozo llorona, porque me muero de frío…”. Si por mí hubiese sido, hubiésemos seguido hasta Cádiz escuchándole cantar...

Llegamos con el tiempo justo, y el concierto fue buenísimo, y la noche dio para muchas cosas, algunas de ellas delirantes (ese hostal y su dueño...) y otras entrañables… pero como batallitas de abuelote, con esta es suficiente…
He visto este video de Jairo volando como Depedro, grabado en junio del año pasado en el World's Fair Warehouse, unas cien veces en las últimas semanas. Viéndolo, todas estas cosas se me han venido de golpe… Magia, magia de la de verdad… como la de aquel día...

martes, 19 de enero de 2010

Sobre libros y editores... de los libreros ni hablamos...


Poco tengo que decir a la entrada de hoy, salvo que corto y pego un artículo que me ha parecido, si no genial, sí certero e interesantísimo. Ha aparecido en el diario El Pais, con fecha 19-01-2010...


TRIBUNA: LUISGÉ MARTÍN
¡Mueran los 'heditores'!
Sufrimos un bombardeo de mensajes que predican, con voz epifánica, que Internet libera a la cultura de la tiranía de los editores y otros empresarios. ¿Estamos seguros de que, de ser así, represente un claro progreso?


Aristóteles distinguió hace ya muchos siglos entre la democracia, que es el gobierno del pueblo, y la oclocracia, que es el gobierno de la plebe o, si se prefiere, de la muchedumbre. En la primera, elegimos a los que creemos mejores y delegamos en ellos -bajo vigilancia crítica- para que nos dirijan. En la oclocracia, en cambio, no elegimos a nadie ni delegamos nada: todos opinamos de todo, todos hacemos todo y todos somos sabios en cualquier materia y profesión.
En estos días se repite hasta la saciedad que Internet democratiza la cultura, pero yo creo que lo que va a hacer, si nadie lo remedia, es oclocratizarla, y eso, lejos de parecerme una virtud o un beneficio social, me parece una amenaza apocalíptica.

En el artículo de Javier Calvo Por un libro universal (EL PAÍS, 24 de diciembre de 2009) se repetían algunas de esas ideas recurrentes en las que se predica, con voz epifánica, el advenimiento de una cultura liberada por fin de las cadenas de los editores. ¿Pero esas cadenas tan esclavizadoras son reales?

A las oficinas de una editorial media llegan al cabo del año casi 1.000 manuscritos. En España deben de circular durante ese tiempo más de 5.000 originales diferentes. La inmensa mayoría de ellos son impublicables, como sabe bien cualquiera que los haya ojeado, y lo primero que hace el editor (gastando dinero para ello) es separar el grano de la paja. Luego, de entre todos los granos elige aquellos que tienen más afinidad con su línea editorial: literatura de autor, best sellers, creación experimental... Mi biblioteca, como la de cualquier lector curtido, está llena de libros de las editoriales que publican el tipo de literatura que me interesa. Es decir, me he aprovechado de la labor y del saber hacer de sellos como Anagrama, Seix Barral, Alfaguara o Tusquets, y lo he hecho porque confiaba en el criterio profesional de sus editores.

Pero los editores, además, editan los libros, si se me permite decirlo de un modo tan tautológico. Es decir, les aportan valor añadido: hacen sugerencias, corrigen deslices o erratas, proponen cambios, pulen el estilo... Los autores estamos absolutamente ensimismados en lo que hemos escrito y aquellos amigos a los que pedimos opinión no son capaces siempre, aunque lo intenten, de examinarnos con distancia, de modo que los editores son los únicos que pueden enfrentarse a la obra con competencia y desapego a la vez.

Lo que se nos propone ahora es la desaparición del editor. La extensión del modelo de edición tradicional al e-book, se nos dice, es "perjudicial para el autor y el lector". ¿Es beneficioso, entonces, que en vez de 150 novedades anuales clasificadas por sellos editoriales definidos haya en la Red 5.000 textos sin depurar? ¿Es beneficioso que José Saramago y mi prima Paqui (que es casi analfabeta pero se divierte contando historias) estén en pie de igualdad? ¿Es beneficioso que los textos tengan faltas de ortografía, incoherencias narrativas y redundancias? Y aún peor: ¿es beneficioso que desaparezcan esos libros de no ficción que impulsan las propias editoriales, encargándoselos a autores? ¿Quién se ocupará de traducir una novela a otro idioma, de adelantar el dinero que supone ese trabajo?

En la mayoría de los comentarios que predican el nuevo Edén digital se huele el incienso de la España católica: ganar dinero es malo, es pecado; el editor, avaro, insaciable, no lee novelas, sino cuentas de resultados.

Yo, en cambio, he conocido a muchos editores preocupados sólo por llegar a final de año, por mantener puestos de trabajo y por poder editar libros arriesgados aunque su rentabilidad fuera dudosa. Claro que se han hecho algunas fortunas con la edición: ¿y qué? Pero lo peor es que los mismos que abominan del editor mercader nos aseguran sin empacho que una de las soluciones para que el autor tenga ingresos es introducir publicidad en el propio libro. "Cuando una mañana Gregorio Samsa se despertó de unos sueños agitados, se encontró en su cama de Ikea convertido en un monstruoso bicho". ¿Es de eso de lo que hablamos? ¿O de que al cambiar de capítulo en Ana Karenina salte en la pantalla del e-book un banner con un anuncio de agencias matrimoniales? No sé si es que me he hecho demasiado viejo para entender los códigos morales de la post-postmodernidad -o lo que sea esto-, pero reconozco que me escandaliza ver el desparpajo con que se mezcla la ética de Fidel Castro con la de Esperanza Aguirre. Por un lado se sataniza al editor empresario y por otro se recomienda poner un anuncio de Coca-Cola en mitad de una novela para defender así la independencia autoral y la libertad del lector. Antes había "visiones del mundo"; ahora, al parecer, sólo hay ángulos ciegos.

El otro asunto que me desconcierta es el del papel que se le asigna al autor en el nuevo mundo e-editorial. Dado que el editor debe desaparecer, se propone que el autor se comporte como un empresario de sí mismo y asuma el desarrollo informático y administrativo, la gestión comercial y la promoción de sus libros.

Es decir, que además de escribir bien, a partir de ahora para ser autor habrá que tener ánimo empresarial, adquirir conocimientos de márketing, elaborar banners y páginas web, dedicar tiempo a infectar viralmente la Red con nuestros productos, preparar performances y poseer algo de dinero para la inversión informática y los viajes promocionales. Los autores, por tanto, no sólo no cobraríamos, poco o mucho, sino que pagaríamos para escribir. Todo ello con la esperanza vaga de que se produjera un retorno de la inversión que nos permitiese al menos comer. Ese retorno no vendría del pago -barato o caro- de los lectores, que se considera impertinente, sino de algún tipo de publicidad como los ya mencionados.

¿Puede alguien imaginar a Kafka, a Dostoievsky o a Scott Fitzgerald en estas lides? Los autores, sin llegar al tópico romántico, suelen ser seres inadaptados, neuróticos y con una cierta incapacidad para las cosas terrenales. Hubo incluso que inventar la figura del agente literario para que se ocupara de sus asuntos. Y ahora pretendemos que compongan la melodía, dirijan la orquesta y toquen todos los instrumentos. A lo peor alguien como Saramago decidía abandonar la literatura, abrumado por esos deberes mundanos (no olvidemos que hay autores que no soportan ni las giras promocionales), pero mi prima Paqui, en cambio, saldría literariamente reforzada, pues es formidable en las relaciones públicas y en la promoción personal.

Saramago y mi prima Paqui pueden convivir en la Red, por supuesto, pero está en juego el tipo de literatura triunfante, el estilo de libro que queremos para el futuro. Con el e-book desaparecerá aproximadamente un 75% del coste actual del libro -papel e impresión, distribución, venta minorista y gastos de financiación de los invendidos-, de modo que el precio podría abaratarse enormemente sin empeorar la calidad y sin poner a la literatura en manos de Repsol o de Nokia. La distribución, por otra parte, sería universal y perpetua: un libro estaría disponible en Lima y en Tokio, hoy y dentro de 20 años, posibilitando así la difusión ilimitada de los autores, simplificando al máximo la logística de las editoriales y permitiendo a cualquier lector tener acceso a títulos hoy inencontrables. Y técnicas de comunicación digital como la de regalar el primer capítulo de una novela, ahora todavía en pañales, podrían suponer una nueva revolución en los costes de publicidad y una indiscutible garantía para el lector indeciso. ¿Nos parece poco paraíso?

No nos engañemos: lo que peligra con un sistema en el que no haya editores ni haya venta no son los beneficios de los accionistas ni los privilegios de unos pocos, sino la dignidad del libro y de la cultura que transmite. Oclocracia o democracia, that is the question.

Luisgé Martín es escritor; su última novela es Las manos cortadas (Alfaguara).


Fuente:

lunes, 4 de enero de 2010

El capote de Gogol

Es extraño pero necesito el capote de Gogol; se amontonan sobre mí una cantidad dificilmente manejable de cosas y necesito refugio. No es un agobio asfixiante, es orden, tesón y esperanza, y necesito un capote. Quiero releer este libro, pero me lo voy a regalar en esta preciosa edición, aunque mi jefe me lo descuente de la paga.

Título: El capote
Autor: Nikolai Gogol
Ilustrador: Noemí Villamuza
Traductor: Víctor Gallego
Tamaño: 19,5 x 22,5 cm.
Encuadernación: Cartoné con sobrecubierta.
PVP: 25 euros
ISBN: 978-84-936695-7-7
Sinopsis de la página de la editorial...

"El capote, escrito por Nikolái Gógol entre los años 1839 y 1841, y publicado en 1842, nos presenta a uno de los más conmovedores personajes de la Literatura: Akaki Akákievich Bashmachkin, un funcionario de la escala más baja de la administración civil, que se ve ultrajado por las injusticias sociales y la indiferencia egoísta de los fuertes y ricos, y cuyo destino es el de ser un «hombre insignificante». Akaki, para protegerse del gélido invierno de San Petersburgo, necesita un capote nuevo, pero cuando por fin lo consigue seguirá notando frío, el frío gélido que habita en los corazones de las personas que le rodean.
Este maravilloso relato y su protagonista tendrán gran influencia en la literatura posterior: Herman Melville y Franz Kafka nos presentarán a Bartleby y a Gregor Samsa, dos personajes descendientes directos de Akaki."


El booktrailer (preciosa palabra)...
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