jueves, 2 de marzo de 2017

Confesiones de un amo de casa frustrado, capítulo 5


Hoy voy a hacer un guiso. Es relativamente rápido y necesito cinco minutos para escribir algo. La lavadora puede esperar un día más, y la ropa acumulada que espera esa última colada para por fin ponerme con la plancha, también. El guiso será libre. Un sofrito lento durante 20 minutos al que añadiré pavo, coliflor, guisantes, zanahoria, judía plana, patata y quizá habas. Rehogar un poco todo y tapar. Olla rápida quince minutos y listo. La mopa y la escoba me esperan en un rincón, les repito que necesito sentarme a teclear un rato. Acabo de montar dos jardineras para la terraza.. Si miro alrededor y veo cómo dejaron ayer el salón el niño y la niña dejaría de teclear y me cagaría en su padre (que soy yo de uno y no de la otra), así que hago como si el desorden hubiera desaparecido por un instante. La casa se está aireando, así que en breve iré a cerrar ventanas y me tomaré el ansiado café. Nos hemos ido pasando los virus de unos a otros y por fin han llegado a mí. Congestión, tos y abortagamiento son mi estado natural para hoy; ayer ya lo fue. El médico me ha dicho que deje las pastillas de la tensión de momento y, que si sigue el dolor punzante entre los ojos, me mandará al oculista. Quería mandarme al neurólogo, pero le dije que no porque la última vez que fui querían hacerme una resonancia magnética y con la válvula del corazón no pueden. 120-88 de tensión y 68 de frecuencia tenía hace diez minutos. En orden, al menos para mí. Anoche, como me dolía la cabeza, tras acostarse todos me puse a releer el último manuscrito. Hacía diez meses que no abría el archivo. Durante todo ese tiempo se han ido sucediendo las cartas de rechazo por parte de distintas editoriales. Bueno, esto habría que puntualizarlo, porque solo han dicho que no 5, el resto guarda silencio, incluso la "mía". La última negativa fue diferente, porque vino acompañada de una larga carta personal, muy distinta a las habituales, modélicas y frías. Esta última negativa ha sido de una editorial que es relativamente importante (para mí es muy importante). Durante meses hemos tenido un intercambio de cartas sobre el manuscrito; cartas que mentiría si dijera que no alimentaban ciertos sueños y fantasías. Pero han dicho que no. Aducen que necesitaría un trabajo de corrección y edición enorme. Aducen que al final naufraga y se desprende de todo ello el problema principal, que para alguien tan anónimo como yo (literariamente hablando en este caso, en lo demás se sobreentiende que también)  sería un suicidio comercial dedicarme ese tiempo, por muy buenas cosas que puedan intuirse del manuscrito (que dicen que algo de eso hay) y no merece la pena el esfuerzo.  Mis lamentos iniciales se volcaron en ese "no es suficiente". Más de seis meses de espera sobre aviso me hicieron creer que quizá esta vez por fin fuese a conseguir algo distinto a lo habitual. Sin embargo al final todo ha sido lo previsible. "No es suficiente". Ese fue mi primer resumen. Es una aseveración extraña, porque realmente sé que NUNCA va a ser suficiente. La escala con la que he encontrado que se miden esos manuscritos que de vez en cuando cometo la arrogante ingenuidad de mandar por ahí son: Silencio administrativo, no encaja en nuestra linea editorial, regular lo sentimos, bien pero no, muy bien pero tenemos cerrada la programación a dos años vista y está muy bien pero no es suficiente. Nunca sí. (Baile del Sol no cuenta, baile del sol es distinta, baile del sol no merece ser medida en esos términos, baile del sol va tan por libre que son guerrilleros de verdad, tan heroicos como menesterosos). Es consolador pensar eso y quedarse ahí. Durante unos día lo fue. Porca miseria, maldita sea mi suerte, per qué, per qué, oh dioses, ¿por qué exigís una excelencia prístina a este vulgar desconocido cuando no dudáis en ofrecer ayuda y levedad a tanta bazofia? No hace falta responder. Lo sé. Por mi huevo de oro nadie da un duro. Para colmo, el artículo de Elena Bulgakova y "El maestro y Margarita" tampoco lo quería nadie, ni La aventura de la Historia, ni Drugstore ni nadie. Hace una semana tenía todos los boletos para sacar la bandera del malditismo y envolverme en ella, arrogante y descarado, y lamerme las heridas creyéndome un maldito Tolstoi. Sin embargo en la carta había más, y la releí despacio. Era personal y amable. Me invitaba a revisarla a fondo, sobre todo la última parte (pero no me invitaban a volverla a mandar si lo hacía, en literatura no hay exámenes de recuperación o de subir nota).


Ayer, como dije, después de un día agotador en casa (si eres de los que piensan que ser proletaria "ama de casa" -denigrante palabra, pero para entendernos me vale- no es un trabajo duro y ninguneado, deja de leer inmediatamente y que te jodan), abrí el manuscrito y me fui directamente a la última parte. Entre las décimas de fiebre, la tos y los mocos, al principio no distinguí el azoramiento, la vergüenza, las ganas de desaparecer. Tenían toda la razón, la novela naufraga al llegar ahí, pero no de manera torpe, sino de manera punitiva. No me consoló el hecho de no tener editor, agente o corrector que me ayude, de batallar a solas y a ciegas con una historia que se fue a las 600 páginas. Esta vez no... ¿Tolstoi yo? A la horca me deberían mandar por penar algo semejante. Había cometido un error garrafal, el error de correr, dar cosas por sentadas, añadir páginas insustanciales por el mero hecho de gustarme el estilo que había adoptado pero que no decían absolutamente nada y saltaba a la vista que la historia que tanto trabajo me había costado armar y mantener a flote, se me había desmenuzado entre los dedos. Casi 200 páginas así...  Como no tengo editor, ni agente ni corrector, tampoco tenía a nadie a quien llamar y pedir perdón entre lágrimas (que las hubo), aunque fuesen las dos de la mañana. De nuevo me encontraba solo en el descampado sin haber sido elegido por ningún equipo para jugar con ellos. Que me dijeran que no jugaba nada mal, no ayudaba, ni antes ni ahora, porque el caso es que no tengo equipo. Para empezar, ayer volaron sin dejar rastro casi 30 páginas. Por suerte, tuve la lucidez necesaria para parar a las 3:30, porque igual de las 610 páginas iniciales hubiesen quedado 200 y ahora no tendría manera de recuperar nada. Años de trabajo que han podido quedar en nada. Años de trabajo que demandan más trabajo, y a los que luego se ha de sumar, de nuevo, la espera, las cartas de presentación, la respuestas de rechazo... Eso si no hay ninguna editorial incauta que diga que sí (estoy pensando en la única que a día de hoy me ha dicho que sí). Me puedo poner en tres años más hasta que se publique (si se publica); me puedo poner en el resto de mi vida si sigo corrigiendo. Y hay una nueva historia emborronándose por ahí. ¿Por qué no me vale con el abrazo de mi hijo al salir del colegio, con su pulgar en alto cuando le pregunta cómo me ha salido la comida y tiene los carrillos llenos, por qué no me vale con lo que tengo, que sin duda es suficiente? Miento, claro que me vale, hoy por hoy me moriría si no tuviera eso, si no me sintiese vivo por dentro viendo a mi hijo correr y jugar. Supongo que mi mujer me quiere por lo que soy, y sin estas palabras yo no sería quien soy, aunque no ayuda a tener la casa tan ordenada como sería deseable ni a dejar de sudar y maldecir cuando viene la factura de la luz ni cuando el médico dice que me cuide. Lo sé, tengo lo que me merezco. Busco un par de fotos que digan algo para insertar y me voy a por la escoba... Mierda, el café se me ha quedado helado.

"Pablo corriendo", foto de Mercedes Fernández. Merferri.

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