miércoles, 30 de noviembre de 2016

Confesiones de un amo de casa frustrado, capítulo 4.

 

Necesito escribir algo. O quizá debería decir que necesito "escupir" algo aquí, sin pensar ni corregir, que la psicóloga me sale muy cara. Bueno, tampoco dramaticemos. Necesito escribir, ya está. Hay cosas peores. Si este blog necesita un hilo conductor, me temo entonces que me he equivocado. No puede haberlo. ¿Qué he de hacer, contar todo lo que me ha pasado desde la última vez que me confesé (cap 1, 2 y 3)? Joder, va a ser que no. Acabé mi trabajo de bibliotecario eventual, comencé otro recogiendo muebles viejos y llevándolos a una planta de reciclaje que casi acaba conmigo (la prótesis de corazón, el aneurisma y mis cuarenta y dos ganaron la partida). El sueldo era ridículamente insultante. Mi compañero de camión era un ser encantador llamado Demetrio; él sí que tenía la vida destrozada: ruina económica, abandonado, intentos de suicidio, depresión, ingresos, medicado hasta las trancas. Cuando le dije que tenía que dejarlo y me miró triste y me dijo que le venía bien trabajar conmigo, como a veces se hablan los hombres rotos, queriendo un abrazo, necesitando una mano en el hombro pero sin poder hacerlo, casi me echo a llorar. Sentirse miserable es incompatible con seguir vivo, y de eso se trata en mi caso. Bajar dos tresillos y un frigorífico de un segundo sin ascensor me pusieron al borde del colapso, y mi pequeño Pavel me necesita entero, o yo necesito estar entero a su lado, que no es exáctamente lo mismo. Esos pocos días cargando y descargando cocinas desmontadas, somieres, armarios, frigoríficos, en definitiva, mierda, por un salario miserable me jodieron el subsidio que me correspondía por lo de los dos seis meses a saltos en dos años de  la biblioteca, pues si lo pido, la cantidad se calcula con la nómina del último contrato. El de la oficina me miró con cara de, "tú verás, pero si lo pides ahora, lo pierdes todo". Así que lo guardo. Tampoco tengo muchas esperanzas de encontrar algo pronto (por eso cogí lo de los muebles). 

Ayer me llamaron de la misma empresa para ofrecerme un puesto en otra planta de reciclaje a una hora en coche de mi casa (dos en total), en Titulcia, con el mismo sueldo de mierda, y la mujer que me llamó se enfadó porque le dije que no, que físicamente no puedo y que en esas condiciones, por ese dinero, como que no. Pues se enfadó, soltándome eso de "pero si es trabajo... no tendrás tantas ganas de trabajar entonces...". Hija de puta. 

La cosa va así. 
Empresas, básicamente ayuntamientos o empresas públicas, se ponen en contacto con otra que tiene un listado de personas con discapacidad para contratarlas, es decir, subcontrata de subcontrata, una empresa de trabajo temporal pero con "cariz" social, que así la cosa de explotar no resulta tan evidente. La empresa primera (el ayuntamiento) cierra un presupuesto con la que tiene a los discapacitados y ésta los pone a trabajar. Por el camino vuelan las ayudas sociales a la contratación de colectivos desfavorecidos (que se las queda la subcontrata) más una parte de cada sueldo. En el papel suena muy bien e incluso puede resultar legal; palabras como inserción suenan de un lado y otro; políticos que sacan pecho por su labor gastando dinero público sin ningún tipo de control y el empresario subcontratante que gana dinero sin hacer prácticamente nada. Sobre el terreno tienes a gente con un arco de discapacidades amplio (desde sordos, cardiópatas o personas sin varias falanges hasta discapacitados intelectuales y personas con serios problemas psíquicos medicados de tal manera que están cognitivamente desactivados) haciendo trabajos de muy distinta índole (barriendo, podando o en cadenas de reciclaje de hierro sin controles de seguridad) por cuatro euros. Sin embargo seis de los diez destinados se han quedado por el camino de forma legal. ¿Que tu discapacidad no te permite desempeñar lo que te ofrecen? No te preocupes, en el contrato te ponemos como conductor para que la Seguridad Social no te diga nada, pero ya verás como luego no es tan complicado y lo haces bien, que al no ser un trabajo cualificado está tirao. Si por algún casual te da un infarto o tienes un accidente resultará que es que, vaya, pobrecito, no estabas bien de salud y tampoco eras muy espabilao. Aún funciona la condescendiente identificación entre discapacitado y "tontito", y utilizo "tontito" porque así nos llamó una amable mujer cuando llamamos a su puerta para llevarnos un frigorífico viejo y nos contestó "ah, qué bien, el ayuntamiento ha vuelto a poner en marcha lo delos tontitos",, así, tal cual... Normalmente todo el mundo se refiere a nosotros como minusválidos y no como discapacitados, y la cosa tiene las connotaciones que tiene. Si como, en mi caso, por fuera no se te nota nada, entonces es que o eres "tontito" o un caradura que exagera lo que tiene. 

Luego pasa que, después de llenar la furgoneta de muebles viejos, sucios y malolientes, la amable anciana dueña de la casa donde has ido a deslomarte quiere darte un par de euros de propina para un café y tu le dices que no aceptas propinas por tu trabajo y te mira con cara de no entender nada sin dejar de sonreír, como si le dieras pena. Eso sí, la vieja aprovechará que tu compañero tiene el umbral del espabilo bastante mermado para meterle las monedas en el bolsillo y repetirte "así os tomáis algo, hombre". Mientras os pasan cosas así, en tres días tú y Demetrio cargaréis y descargaréis (porque cada vez que vais a la planta de reciclaje os pesan el camión a la entrada y a la salida) casi tres toneladas de trastos, a la par que el concejal llamará al jefe de personal de la subcontrata de "tontitos" para felicitarle y decirle que le han llamado vecinos sorprendidos de lo eficiente y amable que es el nuevo  servicio municipal que, por la crisis, llevaba casi un año paralizado. Se felicitan por lo bien que lo han hecho; uno cuenta votos y el otro dinero que se queda por el camino y acaba en su bolsillo. 

Y tú llegas a casa y tu mujer, preocupadísima por tí, te mira un moratón en la rodilla por un golpe que no recuerdas haberte dado y te pide que te tomes una cafinitrina porque dices que te duele el cuello. Y que lo dejes, te repite que lo dejes, que no merece la pena y que lo importante, a pesar de todo, está ahora ahí, delante de tus ojos. Miras al pequeño Pavel y te metes la pastilla debajo de la lengua, te duchas, juegas con él, planchas, recoges, le das de cenar, lo acuestas y te duermes con él sin querer. Finalmente ves lo que ganas y muy educadamente, aún con el dolor de una desecada aorta dilatada por un (esperas) controlado aneurisma, explicas a uno de los gerentes que no puedes seguir. Como parece que no suele estar acostumbrado a empleados que puedan hilar más de tres frases subordinadas seguidas (la puta medicación), la condescendencia se torna amabilidad y comprensión y las palabras bonitas sobrevuelan el despacho y te cuentan lo de la llamada del concejal, los presupuestos cerrados que posiblemente se renueven en enero (debido a esa llamada del concejal tan satisfecho con lo contentos que están los vecinos que le han llamado porque tú resulta que, milagro, haces tu trabajo sin gilipolleces porque, coño, es que no hay más, quiero decir, es físico, es brutal, es uno, dos, tres, es sudar y parar un segundo y levantar el rostro para que el sol de un otoño frío te de algo de calor mientras obvias el olor de los colchones húmedos que estás descargando en la cinta -¿lo deberías hacer tú? ¿necesitas mascarilla? No lo sabes porque allí no hay nadie y tu supervisor te acaba de llamar para saber dónde estáis, que a los "tontitos" hay que vigilarles porque tienden a despistarse y no enterarse-). Y cuando le explicas al gerente que físicamente no puedes seguir, él te dice que no sabe cómo te han ofrecido ese puesto con lo que tienes (¿te "han ofrecido"? Si fue él...) y que no te preocupes que actualizarán tu ficha médica y tu currículo (desde hace meses ya lo tienen, al menos el historial médico actualizado sí) para que no vuelva a pasar. Pero vuelve a pasar, una semana más tarde te vuelven a llamar, para otra planta de reciclaje, de hierro, porque necesitan con urgencia gente para cubrir vacaciones pero que posiblemente te contraten fijo si lo haces bien. Y dices no, claro, que has ido al médico y te ha recordado que tu glorioso, ajado y trotón corazón se está tornando uva pasa de York y que debes cuidarte. Y esa mujer que te ha llamado, que dice ser jefa de personal, se enfada y te dice "tú verás, pero es trabajo"... ¿Y el sueldo?, preguntas. 500 brutos, dice, de dos a diez de la noche a una hora de tu casa, tres días a la semana. Y en tu cabeza te preguntas por qué eres tan educado y no le dices lo que piensas realmente. Pero ella se enfada y tu, que sabes que, aparte de alguna fábrica de queso y navajas, también llevan el personal de varios museos y alguna que otra bolsa de empleo municipal, callas porque si no lo haces no te volverán a llamar. Hasta que cuelgas, o el teléfono deja de emitir sonido alguno, ese sonido de voz femenina estándar, de locutora de radio fórmula o de comercial de telefonía, que comenzó tan amable, luego se volvió algo zalamera y acabó tornándose desagradable. Y te encuentras en casa, con tu mujer durmiendo porque hace un rato ha vuelto de su turno de noche y venía reventada porque en urgencias han tenido "una mala noche", con un par de abuelitos que venían muy malos y no han podido sacar adelante y un hombre de cincuenta con un aneurisma abdominal que se ha muerto por el camino, cuando corriendo lo han estabilizado y mandado en ambulancia a otro hospital a 100 km para un cateterismo, y ella te ha contado eso diciéndote, pero ya está es mi trabajo, sólo necesito dormir y descansar, y tú estás en la cocina, con el teléfono en la mano, con los desayunos a medio recoger, la mayor que se ha dejado olvidado el plátano del almuerzo, las albóndigas que sacaste anoche el congelador para la comida de hoy, y piensas "necesito un café", y también "tengo frío", y también "he de hacer las camas", y "he de terminar el artículo de la revista de historia que me encargó Óscar, que es para febrero pero necesita ya, no seas remolón, que son 30 euros por cada 300 palabras", y también "he de responder a la editorial de Barcelona que ayer me decía que había encargado un informe externo para tomar una decisión final acerca de la novela nueva", y te ríes recordando el episodio de "Juan y Tolola" que has visto con tu hijo en tu regazo mientras se tomaba la leche con cacao y la loncha de mortadela con aceitunas porque la mezcla le gusta, y vas a por el ordenador y te sientas y escribes esta mierda que no vale para nada y que hace que pierdas media mañana y ahora tengas que correr... la vida era esto, que decía el poeta... y no hay más... y tu gato maúlla a tu lado, bajo el sol que entra por la ventana, y piensas que deberías haberle llamado Molotov, y no Milos... 

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