viernes, 7 de octubre de 2016

Reseña de "La muñeca rusa" en Libros Prohibidos.

La muñeca rusa

Photo by Viktor Franko
Año: 2016
Editorial: Baile del Sol
Género: Novela
Valoración: Está bien
Llevo muchas semanas sin hacer una reseña. Tal vez sea ese el motivo por el que me está costando tanto arrancar con el título del que hablo hoy, La muñeca rusa, o tal vez no; es posible que este libro sea uno de esos especialmente complicados. Voy a inclinarme por la segunda opción.
Unos meses antes de que las fuerzas del Pacto de Varsovia invadiesen Praga (1968), una chica rusa llamada Irina llegó a un hospital psiquiátrico. Contaba la historia de que su padre fue un cosmonauta lanzado al espacio en una misión fallida por alcanzar la luna en 1962. Milos, un funcionario del hospital en esos momentos, cuenta esa historia muchos años después durante su estancia en Almarga, Almería. Una historia que le cambió la vida incluso más que la propia invasión de su país.
La muñeca rusa no es un libro de viajes en sí, pero relata un viaje compuesto de otros viajes. La llegada de Irina a Praga desde distintos sanatorios rusos, la huída de Milos de la represión soviética, el vuelo frustrado hacia la luna de ese cosmonauta perdido. No en vano, el autor se refiere a Ulises y La Odisea en distintas ocasiones, en el mejor símil posible, y todo un homenaje a esta obra fundamental de la literatura. Esto nos deja entrever visos de una novela valiente y ambiciosa que, sin embargo, no termina de cumplir con las expectativas creadas, sobre todo a raíz de los primeros capítulos.
De escritura elegante pero intermitente, que intercala pasajes de gran belleza con otros menos inspirados, La muñeca rusa plantea una historia de gran fuerza e interés en sus 4 primeros capítulos. Ahí queda reflejada la inverosímil (y a la vez totalmente creíble) historia del cosmonauta perdido en el espacio, de la chica rusa esquizofrénica, del celador checo que luego se convierte en un escultor reconocido, y del librero almeriense con problemas de salud. El problema viene cuando, a partir de esa vibrante introducción, el texto comienza a dar vueltas sobre sí mismo, volviendo una y otra vez a las historias planteadas sin profundizar en las mismas, sin avanzar. A mitad del libro, el lector se encuentra con la misma información que tenía al principio. Muy poco más. Por suerte, ya metidos en la segunda mitad, las historias se deciden a avanzar y abandonan este bucle.
Por otro lado, los grandes aciertos de la novela, las historias de los dos rusos, se quedan en un segundo plano para darle mayor relevancia a Milos (el escultor checo) y el librero de Almarga. Ninguno de los dos consigue calar hondo en el lector, ya sea por lo tópico del primero o por la ausencia de carisma (o interés) del segundo. Tal vez esa fuera la intención del autor desde el principio, más interesado en contar una historia cercana que un relato maravilloso más propio de la ciencia ficción. Sin embargo, la posibilidad de conocer más sobre un astronauta ruso perdido en el espacio (cuyo recuerdo es literalmente borrado), y la deriva de su hija por los centros psiquiátricos soviéticos, es demasiado potente y, en mi opinión, engulle al resto. No importa cuánto se torture Milos por lo que hizo, no hizo o dejó de hacer, así como tampoco sirve lo famoso que fuera el padre biológico del librero; siempre quedan empequeñecidos por los acontecimientos que les preceden.
De cualquier forma, La muñeca rusa es una novela llena de texturas, rica en matices, de la que se pueden sacar numerosas lecturas. Invita a leer de forma pausada, incluso a releer con detenimiento esos acertados pasajes que pueblan sus apenas 176 páginas.

martes, 4 de octubre de 2016

Confesiones de un amo de casa frustrado. Capítulo 3.


I DON’T KNOW WHAT TO WRITE YOU
by Bianca Green
I DON’T KNOW WHAT TO WRITE YOU by Bianca Green

Es curioso, o al menos para mí lo es, pero me reconcilio con los libros durante los meses que trabajo como auxiliar en la biblioteca pública de mi (ex) pueblo (si es que de algo así uno se puede separar alguna vez en su vida). Curioseo por el depósito, leo al azar entre las estanterías del sótano encontrando lo que parecen ser con toda seguridad joyas olvidadas y que yo desconocía (Concha Alos, la autobiografía de Canaris, Kolstomero de Tolstoi en una edición de 1910), curioseo entre artículos y me pongo podcast de conferencias que escucho en el móvil con los cascos mientras coloco y ordeno , aprovecho mientras hago los listados que me mandan para descubrir futuros libros y, sobre todo, apunto cosas en el cuaderno, cosas que pienso en el coche entre viajes de ida y vuelta o en los ratos muertos, cuando el zumbido de los ordenadores y el silencio me resultan insoportables. Regreso a casa tarde, pero con la literatura desparramada por los párpados, 98 km en total, con propósitos que no puedo asegurarme a mí mismo que pueda cumplir, y me pongo a hacer lo que debo hacer, lo que llevo haciendo años ya, quizá con algo más de relajo, es cierto, pero lavo, plancho, limpio, recojo porque si no todo entraría en una espiral disoluta y caótico cuyas mayores víctimas serían los niños; también mi mujer y yo, claro, pues ahora que no estoy tanto ella coge las riendas de muchas cosas mientras yo sigo haciendo las que sé que ella no puede o no llega, porque aunque mis periodos de trabajo coinciden con sus vacaciones (un mes al menos y yo, lamentablemente, no conozco la estabilidad en este campo laboral), hay cosas que sigo haciendo yo. Si le sumamos a ello que intentamos que la rutina de afectividad paternofilial no se pare (el pequeño es el que más raro está con las ausencia y los trajines de ir y venir), pues el sueño acumulado va siendo considerable. Por eso me agarro al movimiento mental que me supone reencontrarme con libros, lecturas y ganas de escribir, todas esas cosas que la rutina me quita, paradógicamente cuando no tengo trabajo fuera de casa (y recurro a los artículos que de un tiempo a esta parte me van pagando, escasos aún pero regulares).

Una mañana de lavadoras y plancha, comida y recoger rápido para ir al curre (me han cambiado el horario) me tiene ahora, esta noche, agotado. En el camino de ida a la biblioteca, entre el calor y el cansancio, he dado una cabezada involuntaria conduciendo, con el consiguiente volantazo y susto. Ni la ventanilla abierta ni el Orgasmatron de Motörhead a todo trapo me han evitado el acojone. Luego estar, atender, colocar, hacer, cerrar, volver, las cenas, las duchas, preparar los atos del día siguiente, los dientes, el pis y el cuento de antes de dormir… Casi me duermo yo antes que Pavel. Hacer la lista de la compra, cenar nosotros algo, ducharme rápido y recoger lo que irremediablemente queda tirado por ahí; un zapato, un peluche, una T de imán de la pizarra magnética, los calcetines que dije que llevaran al cesto de la ropa, una revista bajo la mesa del salón. Mi mujer, agotada también, ya duerme en el sofá con la tele prendida. Le digo que se vaya a la cama, que mañana está de noches en el hospital y tiene que estar descansada. Dice que no, que prefiere estar ahí conmigo, aunque sea dormida, mientras yo me siento a leer o a intentar escribir algo (“¿te han encargado algún artículo nuevo ya?” “No, aún no; voy a ver si ordeno la mesa y leo algo”). Tengo la mesa de trabajo en una esquina del salón, de espaldas a la tele, llena de libros por leer o a medias de leer, con cd´s entre ellos (mucho Bowie, Alfa y The Flowers Kings). Si apago la tele, ella se despierta, así que opto por bajar el volumen lo que pueda y ponerme los cascos esperando que ninguno de los que ya duermen se despierten y nos llamen (y yo pueda oírlos). Escribo. Paro y miro los libros que me he traído de la biblioteca. Es un nuevo deporte, pasear libros, leerlos a trozos, y escribo la palabra “trozos” y en mi cabeza aparece la imagen de un gigante arrancando ladrillos de una pirámide en ruinas, y veo esos trozos volar por los aires. Cierro los ojos y borro todo de mi cabeza. Me gusta escribir escuchando “Mistrel in the Gallery” de Jethro Tull. Abro los ojos, tecleo y mi codo izquierdo choca con unos libros. Paro, Marsé, Inma Luna, Alos, Reig, Andrej Blatnik. Los aparto un poquito. A mi derecha, una carta que me hace sonreír. Me la ha dado mi mujer al volver. Estaba en el buzón y hoy no he metido la mano al regresar (perdí la llave del buzón, ella no). Una carta de rechazo de Random House. Era obvio, quiero decir que no sé que más puedo esperar de Random House sino una carta de rechazo. Eso no es significativo, o no lo es lo suficiente como para hacerme sonreír por sí misma. Si lo hago es porque me comunican que rechazan un manuscrito que les mandé hace más de un año, quizá año y medio. Ya ni me acordaba. Sé que resulta estúpido apuntar tan alto, pero a uno ya le da igual todo. Joder, me he vuelto insensible con esas cosas. Antes me tiraba unos días realmente fastidiado, de mal humor y triste; ahora ni me inmuto. Ah, otra, y ya. No espero gran cosa del mundo editorial. Bueno, vale, miento, espero cosas, claro, pero no con la vehemencia de antaño; si vienen bien, y si no, pues nada. Y en esa nada estoy, esa nada que me hace incluso sonreír con los rechazos epistolares. El rechazo de Random era para el libro de cuentos; a buenas horas. A veces creo que “mi editorial”, la de "la muñeca rusa", los va a publicar y otras no estoy tan seguro. No hay nada firmado, aunque hace dos meses me pidieron la última versión para, creo, maquetarla. El manuscrito “nuevo” sigue volando por ahí, recibiendo… sí… eso, rechazos… Y siempre me acuerdo de lo que escribió Juan Almohada al leerlo cuando me ayudó a pulirlo (http://elmundodejuanalmohada.blogspot.com.es/2015/12/9-yankis-y-un-manchego-mis-10-libros-de.html)… Es tan candoroso y tan buena persona (y con tanto talento que se empeña en negar) que es imposible no quererle. En un mes volveré a mi jornada a tiempo completo de amo de casa y poco a poco olvidaré la literatura (o me mimetizaré totalmente con ella, que también puede ser eso), pues la intendencia hogareña me irá comiendo (como decía mi madre, “en casa, si quieres, tienes corte para todo el día” u, otro clásico, esta vez de cuando hablábamos de irnos de vacaciones, “yo, si nos vamos para terminar haciendo lo mismo que hago todo el año y no veros el pelo, me quedo en casa“). Intentaré salvaguardar estos ratos, como ahora mismo; sé que estaré cansado pero no con el agotamiento de ahora. Perderé rodearme de libros y leer y descubrir y dejar inundarme de cosas, tomar apuntes, pensar en actividades, listas, adquisiciones, ordenar, etc, pero en casa estarán mejor, la prisa será menos, el estrés será menor, estaré tiempo con ellos, los ingresos también serán menos, pero estaremos aquí, sin los nervios al límite y pausando el tiempo; podemos tirar así hasta que me vuelva a tocar en la bolsa de trabajo o consiga introducirme en una nueva. Me gusta bañar a Pavel, jugar con él, enseñarle a leer, bailar con Little Richard en el salón, pasear con él, tener la comida hecha, la casa ordenada, poder dar un masaje si me lo piden (y el turno en urgencias ha sido duro) y no escaquearme porque yo también ando agotado, saber qué falta y llevar y recogerlos del colegio y del instituto. Me gustaría elegir con mi mujer quién de los dos puede hacerlo, trabajar o estar en casa, turnarnos, y no que se nos imponga, pero, claro, hablar de esto es ciencia ficción, sobre todo con la que está cayendo.

Astropirate (Watercolors)
by Florent Bodart / Speakerine
Astropirate, by Florient Bodart. https://society6.com/speakerine

Pero no es de esto de lo que quería hablar, o escribir o sobre lo que quería divagar mientras me muero de sueño y me siento de nuevo tras arropar a mi mujer y hacer la ronda por las habitaciones y ver las posturas que adquieren al dormir los niños pequeños (y luego no les duele nada; si fuera yo quien durmiese así, tendría que llamar al fisioterapeuta de urgencias, si es que hay de eso), no era eso, no. Tampoco quería hablar o escribir sobre lo cansado que estoy o lo mucho o poco que trabajo, como si fuese extraordinario. Al revés, si lo escribo es para comprobar y decirme que eso es la norma que me rodea, lo habitual. Gente que se deja la vida en trabajos, las horas, la salud, siempre y cuando se tenga trabajo, y mantienen su casa a flote lo mejor que pueden, con niños si lo hay, sufriendo ellos la ausencia por los turnos infames, sufriendo los nervios por el cansancio que acumulamos, el mal humor que acumulamos, la frustración que nos tumoriza, anquilosando a su paso todo lo demás, las ganas, los sueños, la rutina, sobre todo la rutina. Gastos que nos hacen vender nuestra fuerza de trabajo, alienar nuestras vidas, para acabar malcriando a nuestros hijos mientras la vida se nos va. No hay censura en mis palabras, y mucho menos la hay respecto a la gente que vive así, yo el primero. Simplemente me apena vernos así, engañados por un mundo demente que destroza todo lo antropológico y subyuga las instituciones, convirtiendo la política en una farsa espectacular, economizando todas las esferas de la vida. Debería dormir, mañana lamentaré estas líneas, esta terquedad mía por escribir, lo que sea, a estas alturas de mi vida (42), me da igual, escribir, leer un manojo de hojas con luz, escuchar algún disco con vida real dentro de sus composiciones. Mañana toca pasta; con tomate y bacon para ellos, y en ensalada para nosotros. Falta leche, cebollas, tomates, té verde y rojo, cartulina azul, huevos, calabacines, puerros y patatas. Ha pasado la medianoche, faltan diez minutos para la una, ya es el cumpleaños de mi mujer. Hago la ronda de nuevo (Pavel tiene el sueño inquieto y estamos intentando quitarle el pañal para dormir, ayer tocó cambio de sábanas a las cuatro de la mañana, hoy me gustaría dormir cinco horas seguidas), la despierto, le doy un beso de feliz cumpleaños (mañana le preguntaré si lo recuerda) y la llevo a la cama. Antes de levantarme de la mesa y apagar el ordenador, miro la pila de libros a mi izquierda y elijo uno para abrirlo y ver si puedo llegar al final de la página por la que voy sin dormirme.  
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