domingo, 18 de septiembre de 2016

Reseña de "La muñeca rusa" en el blog "Cuentos pendientes"

La muñeca rusa, de Juan Miguel Contreras

La muñeca rusa, de Juan Miguel Contreras (Ed. Baile del Sol)


Nunca sabremos lo que piensa un astronauta soviético perdido que contempla la Tierra desde el espacio, pero podemos suponer que se verá desbordado por la soledad y la sensación de punto final. La muñeca rusa fue la novedad del catálogo de Baile del Sol que más llamó mi atención durante la fiesta de presentación de las novedades de primavera – verano que la editorial organizó en la librería Vergüenza ajena en junio, a la que acudí a presentar Mil dolores pequeños. Juan Miguel Contreras, en su turno de intervención, nos habló de un astronauta soviético que va a la Luna y nunca vuelve, y de cómo esa figura, y sobre todo la manera de borrarla de la historia, se convierte en la obsesión de su hija, a la que acaban tomando por loca.
Esa trama no es ni mucho menos la única que aparece en La muñeca rusa, pero me hizo querer leer la novela. Esa trama parcial me recordó inevitablemente a mi relatoRescate, incluido en Beber durante el embarazo, en el que un hijo reconstruye la vida de su padre, cosmonauta soviético, que fue el primero en llegar a la Luna pero que no pudo regresar y al que también condenaron al olvido.
Un escritor está buscando muchas veces, como lector, mundos estéticos y de intereses parecidos al suyo. Otras veces no, claro, otras veces quiere leer justo lo contrario a lo que intenta escribir. Pero una novela con esa historia en la trama no podía dejarla pasar, así que la compré y Juan Miguel pudo firmármela. Atrasos y conflictos entre lo que uno quiere hacer y lo que la realidad dicta que haga, una dinámica que a veces se mete hasta en nuestras lecturas, ha hecho que no me haya puesto a leerla hasta agosto. Quizá agosto sea un buen mes, con su calor y sus ciudades desiertas, para leer un libro que rescata el mundo del telón de acero, que nos llena la cabeza de secretos y de cosmonautas. El año pasado, también en agosto, vi esta exposición en La casa encendida de Madrid,http://www.lacasaencendida.es/exposiciones/arstronomy-incursiones-el-cosmos-4512, de la que me he acordado mientras leía esta novela.

La muñeca rusa es, según la solapa del libro, algo así como la segunda novela de Juan Miguel Contreras, que también ha publicado un libro de relatos, además de ser librero, tramoyista y editor. Comparte con el narrador de su novela por tanto el interés por el teatro y la profesión de librero. ¿Qué quiere decir algo así como la segunda novela de un autor? No lo sé exactamente, pero se habla de una primera novela,Cuando acabe el invierno, y se habla también de una primigenia versión de La muñeca rusa. Que el autor permita que se hable de una primigenia versión del libro que vamos a leer creo que indica que considera que aquel era un libro sustancialmente distinto al que vamos a leer, y por eso no sé si hablar de segunda o tercera novela. ¿Qué más da, en realidad?

La muñeca rusa es una novela corta, de unas 170 páginas, cuyo título remite a dos ideas, o así me lo ha parecido. Por un lado a Irina Belokoneva, la hija del astronauta desaparecido, y por otro a la estructura de la historia y su semejanza con las matrioskas, haciendo de la novela una historia en el interior de otra y en el interior de otra.

La muñeca rusa empieza en Praga en 1.968, con la invasión de los tanques soviéticos tras la llamada primavera de Praga. Allí, en Praga, está ingresada en un hospital psiquiátrico, Irina Belokoneva, que apareció contando una disparatada historia de astronautas desaparecidos, y en particular la historia de su padre, Alexei Belokonev. En ese hospital hay un celador, Milos Meisner, que es el personaje central de la novela. Uno de los dos. Diría que el importante, pues el narrador se guarda un discreto papel de observador. Nos habla un poco de su vida, contextualiza (y muy bien) la historia, pero no le quita protagonismo a Milos, que muchos años después será un artista que ha pasado por Londres, por París, por Toulouse, entre otras muchas ciudades, y que ha llegado a un pequeño pueblo de Almería persiguiendo una de esas becas que le permiten a los artistas ponerse a crear sin preocuparse por cómo subsistir.

Allí, en Almería, a través de la mujer que lo aloja como parte del programa, una actriz retirada, llega hasta el narrador, librero en esa pequeña localidad costera. La estructura de historias que encajan en otras me dificulta avanzar en el resumen de la trama, pues me viene a la memoria, hablando del pasado como actriz de Greta, que es su amante, que el librero insinúa en algún momento que es hijo de un famoso actor, a quien no pone nombre pero a quien, desde mi relativa incultura cinéfila, he identificado como Omar Sharif. Esa clase de detalles, en apariencia innecesarios, y que narrativamente es posible que lo sean, dibujan con mucha más profundidad a los personajes y hacen que la novela esté llena de vida, y van completando el juego de apariencias, verdades y mentiras.

El librero ha llegado allí como por casualidad. Parece que se mueve así por el mundo. Heredó la casa de su abuela y decidió poner allí una librería. Vive encima de su negocio y vende, sobre todo, libros en inglés y alemán para extranjeros que pasan allí unos días. Se aburre. Sueña. Habla de una enfermedad renal que le obliga a estar cerca de un hospital donde tienen que tratarlo a menudo. No puede viajar. Por eso le fascina la historia de Milos y las historias que se esconden en Milos. La de Irina, la de los cosmonautas soviéticos, la de Praga, la Praga en la que Milos se juntaba con artistas y aprendía de Bohumil Hrabal, aquella Praga post – 68 en la que le retiraron el carnet del partido a muchos escritores, como Kundera, y fueron tomando el camino de la huida. Hrabal, que intuyo que es un autor que interesa mucho a Juan Miguel Contreras, pues uno de los epígrafes iniciales de la novela es suyo y otro es del recientemente fallecido Peter Esterhazy sobre Hrabal, tiene un peso importante en la novela. Es una especie de referencia que va y viene, como escritor y amigo, en la vida de Milos.

El lector se siente parte de esas conversaciones entre cafés en el mostrador de la librería. La prosa es contenida y dibuja muy bien matices y sensaciones. Hay constantes referencias al olvido y a cómo la historia se va dibujando entre olvidos y recuerdos. La memoria funciona en ese caso como un escultor que del bloque de piedra va quitando lo que le sobra, y uso esa imagen por relacionarla con el trabajo artístico de Milos.

Las misiones soviéticas que fracasaban desaparecían de la historia. Porque los soviéticos eran maestros en el arte de borrar a los colaboradores caídos en desgracia de las fotos. Y por eso nadie hablaba del padre de Irina Belokoneva, y hasta tuvieron suerte, porque a las familias de otros astronautas desaparecidos las borraron directamente del mundo. Me parece fascinante la recreación de una ciudad secreta, en el Asia Central, hacia la que van a preparar aquella misión suicida, Belokonev y su familia, una ciudad que se llama como otra ciudad que no es, para que nadie sepa exactamente dónde están, de modo que así el borrado de las huellas sea más fácil. Es tan fácil borrar el pasado como matar a la gente y dejar de hablar de ella. Tan fácil como usar el mismo nombre para la misma misión, olvidando que la anterior fracasó. Hay un Gagarin que tapa a los Belokonev. Tres misiones Vostok 1 antes de la que realmente funcionó.

El dibujo de algunos proyectos artísticos está muy bien hecho. El narrador nos habla de la reproducción de la Luna que Milos hizo en Toulouse, o el trabajo artístico que emprende sobre la gente que forra los libros, cómo lo hace y por qué lo hace, y las fotografías que trata de tomar de esos lectores ocultos, y ahí hay un nuevo punto de conexión con mi particular mundo de obsesiones y preguntas.

El trabajo del fotógrafo Josef Koudelka sobre la invasión soviética de Praga y las detenciones y huidas de la ciudad. Otra exposición que vi en el otoño pasado en la Fundación Mapfre. Otro punto para apoyar la obsesión.

La muñeca rusa es una novela que se lee en una larga tarde de agosto en la que la luz del sol no se acaba de poner y se piensa y reconstruye durante la semana siguiente. Es una de esas novelas que cogen la historia, la desmontan, y nos llevan a preguntarnos cuánto hay de leyenda. Al lado del libro tienes un cuaderno y un bolígrafo y apuntas nombres de artistas checos, astronautas y misiones soviéticas, y por la noche buscas en Google lo que has apuntado para saber qué es verdad y qué está inventado para hacer la realidad más digerible. Dedico veinte minutos de mi vida a buscar información sobre el libro Gravedad, de Armand Coppens, y parece que no existe. Es el libro que Milos quiere leer, es el libro que le consiguen. Para que se vea que la estructura de muñecas rusas es la descripción adecuada, no sólo a la novela, sino a la realidad, el tal Armand Coppens, según mi breve investigación y algunos textos que leí en ella, parece ser un autor fantasma, que muy probablemente no se llamaba así, que no se sabe quién fue, y que escribió un libro llamado Memorias de un librero pornógrafo. El juego final.

Seguiremos leyendo y disfrutando de buenos libros como éste.

Felices lecturas


Sr. E

jueves, 15 de septiembre de 2016

Confesiones de un amo de casa frustrado. Capítulo 2.


¿HOJA O POLILLA?
No tenía pensado escribir aquí, hoy, hoy no, no esta noche, y tampoco durante un tiempo. Yo tenía un plan; no un plan en mayúsculas, un plan de esos que hace la gente cuando se cree mejor de lo que es, piensas que tiene talento o es presa de una ilusión desmesurada después de una buena racha o una eyaculación gloriosa, sino que mi plan era pequeño: Organizarme y hacer feliz a los pocos que me rodean siendo yo un poco feliz también; conseguir que el trabajo eventual que tengo me permitiera ahorrar algo, que los proyectos literarios que he dejado por ahí diesen algún tipo de fruto (y si no, tampoco pasa nada, estoy acostumbrado a que no pase nada o pase muy poco), escribir los dos artículos que me han encargado, leer varios de la pila de libros que debo leer y escuchar varios discos que quiero escuchar de manera decente. Poco más. No soy un tipo disparatado, al menos en ese sentido, al menos en ese sentido no. Que sueñe con recoger "algo" literariamente algo, aunque sólo sea para no sentir esa vergüenza lacerante que a veces me asola cuando miro hacia atrás, sobre todo ahora, estos días, en los que se acerca mi cumpleaños y serán 42 y me veo ridículamente inmerso en lo que puede ser la crisis de la mediana edad, sea lo que sea eso, si es que es otra cosa además de sentirse algo viejo, repentinamente viejo, como si el tren del que te acabaras de bajar te hubiese dejado donde te ha dejado demasiado pronto y el trayecto te pareciese más corto de lo que siempre te han dicho, aunque a veces tu creas que no, y aunque, sobre todo, quieras pensar serenamente que te queda otro viaje igual de fascinante que el previo (seamos benévolos por un momento), que tu familia te necesita como tu a ella, que peleas lo mismo o con el mismo arrojo (eso no cambia), tanto contra el mundo como contra tí mismo, y piensas si esas cosas que deberían haber cambiado hace tanto tiempo puedes aún cambiarlas, y si el hecho de cambiarlas te reportará algo o por el contrario eso acentuará la leve depresión que transitas de manera tan ridículamente bipolar. Y el corazón te da un respiro a pesar de haberte asustado un par de veces este verano como nunca antes lo había hecho (motivo real de tu sensación de tránsito entre trenes), y te miras de nuevo, como tantas veces antes, y te ves distinto, esta vez sí, y te preguntas "y ahora, ¿qué?" Has recibido un par de noticias que te han hecho soñar, pero no quieres, porque los sueños siempre los has armado muy mal y siempre les sigue una vigilia plomiza y torpe, donde nunca cambia nada porque para qué va a cambiar si no hay nada que tú puedas ofrecer que consiga otorgarte la carta de recomendación que te saque del marasmo. 

Supongo que el horario de mi trabajo eventual no ayuda a la hora de sentirme tranquilo. Demasiadas horas fuera, demasiados kilómetros y demasiada bruma en las horas que pasan sin sobresaltos pero igualmente atroces. Esa aparente serenidad que creía haber conseguido, en realidad, como otras tantas veces, ha saltado finalmente por los aires.

Olvido los libros que necesito leer (algunas cartas esperan ser escritas a raíz de ello) o me había propuesto leer, ocultos en los montones de desorden que pueblan mi rincón de casa, sepultados por papeles y lecturas nuevas que no me llevan a ningún lado. Comienzo y comienzo libros hasta que me olvido de cuáles estaba leyendo y empiezo otros, como si la huida hacia delante fuese la única solución. La culpa no la tienen los libros, porque había algunos que me estaban gustando, sino yo mismo. La sobredosis de oferta o la abundancia de oferta me paraliza. Tengo el encargo en firme de dos artículos; en apariencia no son complicados pero mi naturaleza obsesiva hace que no pare de "documentarme" para ahuyentar la copia, la repetición, la abulia y la mediocridad. No paro tampoco de leer cosas sobre futuros artículos que me gustaría que me encargasen si hago estos bien. También me han encargado un prólogo para una novela.  Bueno, no es un encargo, es un petición, que no es lo mismo. Pero no me veo capaz. Declinaré la oferta; no así la otra petición que el autor de dicha novela me ha hecho, que es la de presentársela en acto público. No tiene nada que ver, dicha novela quiero decir, pero absolutamente nada que ver, ni con lo que yo suelo leer como con lo que yo intento escribir cuando me pongo (si es que me pongo), y por eso me apetece mucho presentarla, pero no me veo capaz de hacerle un prólogo decente, no sé nada de novela gótica, de terror y/o de ciencia ficción, que es donde se podría englobar (y de manera muy digna, añado). Escribir es algo muy serio, mucho, no vale cualquier cosa, no es como decir aparentemente cuatro chorradas (que es lo que haré, pero porque quiero decir cuatro chorradas, aparentemente, porque en el fondo merece leerse el libro que presentaré), cuatro chorradas dichas de modo distendido no importan, o no importan tanto como cuatro chorradas escritas, las chorradas escritas pueden perseguirte por toda tu vida, son como ese tatuaje torpe que te haces una tarde (una rosa de Borneo, por ejemplo) para que alguien que conoces y que está empezando practique y te hace una mierda de tatuaje, horroroso y tu piensas en borrarlo con otro mayor pero hecho por un profesional pero en esto que te operan del corazón y tienes que tomar anticoagulantes de por vida y el hematólogo te prohíbe terminantemente hacerte ningún tipo de tatuaje y menos de las dimensiones que tu quieres, así que te toca verte y que te vean esa mierda negra que llevas en el hombro de por vida. Pues eso es dejar por escrito cuatro chorradas y que estas aparezcan publicadas en algún lado, algo de lo que te puedes avergonzar de por vida y con lo que te puedes fustigar si eres del género mortificador. De los libros que me hubiese gustado comentar aquí, y que sí acabé, de los discos sobre los que quiero escribir o de las películas que puedo haber visto, mejor hablamos otro dia...

El tiempo pasa y nada cambia, eso ya lo dije antes. No quieres ilusionarte, pero a veces lo haces, sobre todo cuando rayando la hora previa a la medianoche regresas a casa por una carretera infame (de baches) y tu cabeza se mueve libre impulsada por un disco de... no sé... ¿hoy que toca? Etta James o The Flower Kings... Hay tantas cosas que escribir en esos momentos que por un instante te sientes invencible en tu gramaticidad, en el estilo que crees tocar con los dedos de una mano después de tanto tiempo creyendo que te estabas acercando.

Pero ahora no tengo plan, ni tampoco nada que se le parezca. Me encomiendo a los días y me pido firmeza para dejar de disolverme y no fallar a quien espera algo de mí, sobre todo en casa. A la novela que crece y crece en mi cabeza desde hace varios meses le toca esperar, entumeciendo la parte de mi cabeza que le he asignado, hasta que pueda sostener el bisturí para extirparla y resolver el puzzle que en sí misma ya es, y le toca esperar porque no se puede encarar la topografía de una novela con la vista puesta en las esperanzas que ya has ido dejando por ahí y en el resentimiento que surge de las llamadas que nunca se reciben ni en las cartas que nunca llegan. Es momento de parar, cuidar lo que tengo cerca, lo que físicamente puedo tocar, y darme un poco de tiempo (que no de esperar un poco más). Ahora que caigo, lo paradójico de todo esto es que creo que, lo único que necesitaba, era sentarme un rato a escribir...

"LIBRO ACANTILADO" Un libro intervenido por TEO SERNA.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Reseña de "La muñeca rusa" en el blog "La mar de letras"


"La muñeca rusa" es una lectura deliciosa, una novela corta que añade un éxito más al catálogo lleno de brillos de la editorial Baile del Sol. Como nos adelanta su título, se trata de una historia en la que las vidas de unos personajes influyen en otros y así sucesivamente, de modo que con el paso de los años siga de alguna forma latente aquello que vivieron otros.

También es una historia sobre locura y pasiones. Un agradable hallazgo escrito por Juan Miguel Contreras (Madrid, 1974), que ya ha publicado la novela “Cuando acabe el invierno” (homónima de la de Mary Ann Clark Bremer) en 2004 y también ha participado con éxito en algunos concursos de relatos.

Una sola decisión, y muchas vidas
El origen de la trama de esta novela se encuentra  en 1968, cuando las fuerzas del Pacto de Varsovia invaden Checoslovaquia. En ese momento, el protagonista, celador de un hospital, se preocupa por el bienestar de Irina, una de las pacientes del hospital psiquiátrico donde trabaja, de la que se ha enamorado.

A partir de este inicio tempestuoso, conocemos más a fondo a la frágil y misteriosa Irina y accederemos a los desagradables sucesos que le hicieron perder la cordura. Sufre manía persecutoria y teme que los agentes secretos que destrozaron su mundo vuelvan a por ella para seguir infligiéndole daño.

Todos desapareceremos sin dejar rastro, me dijo, todos desapareceremos y nada quedará de nosotros, pues así lo quiere ella. ¿Quién?, le pregunté. Irina se dio la vuelta y se desabrochó el pijama, dejando al descubierto su espalda. Tenía tatuada de manera un tanto torpe una Luna enorme y redonda, sonriente y llena de arañazos y cicatrices cubriéndole la totalidad de la espalda.

Esta novela explora la importancia que puede tener cualquier gesto nimio, cualquier pequeña decisión que tomemos sin darle importancia, para el devenir de nuestra vida y las implicaciones que puede tener en las vidas ajenas. Asistimos al paso de los años en unas pocas páginas y al modo en que aquello por lo que uno fue casi capaz de desvivirse ya es sólo una frágil colección de recuerdos que cabe en una caja de galletas deslucida.

La vida en una caja de galletas
Sin duda, la trama está muy bien construida y aunque de entrada parece ser un tanto compleja por la rareza de los acontecimientos y la prolongación en el tiempo durante generaciones, sin embargo es una lectura muy cómoda, con una prosa honesta y que mantiene el ritmo desde el principio.

Estoy haciendo bocetos para decidir cómo será la primera escultura que se llevará a la Luna.

Se aprecia un gusto especial por construir un libro a la altura del género, que quizá no sea una novela inolvidable pero que está repleta de frases que piden a gritos ser subrayadas, y fragmentos hermosos y delicados que transmiten el placer por un trabajo bien hecho.

Si uno se sitúa en el pellejo del protagonista principal, una vez que ha pasado el tiempo y recuerda su historia y cómo influyó una breve temporada de su juventud en el resto de su vida, es fácil que el lector se detenga a meditar al menos por un instante en su propia circunstancia, en las vidas ajenas que han marcado la suya y en los actos propios que han modificado el devenir de las personas de su entorno.

Es así como la literatura nos convierte en mejores personas, y creo sin duda que Juan Miguel Contreras transmite en “La muñeca rusa” un mensaje vitalista muy válido para los lectores afortunados que se atrevan a realizar un viaje espacial entre sus páginas.

http://elmardeletras.blogspot.com.es/2016/07/la-muneca-rusa-juan-miguel-contreras.html
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