jueves, 15 de septiembre de 2016

Confesiones de un amo de casa frustrado. Capítulo 2.


¿HOJA O POLILLA?
No tenía pensado escribir aquí, hoy, hoy no, no esta noche, y tampoco durante un tiempo. Yo tenía un plan; no un plan en mayúsculas, un plan de esos que hace la gente cuando se cree mejor de lo que es, piensas que tiene talento o es presa de una ilusión desmesurada después de una buena racha o una eyaculación gloriosa, sino que mi plan era pequeño: Organizarme y hacer feliz a los pocos que me rodean siendo yo un poco feliz también; conseguir que el trabajo eventual que tengo me permitiera ahorrar algo, que los proyectos literarios que he dejado por ahí diesen algún tipo de fruto (y si no, tampoco pasa nada, estoy acostumbrado a que no pase nada o pase muy poco), escribir los dos artículos que me han encargado, leer varios de la pila de libros que debo leer y escuchar varios discos que quiero escuchar de manera decente. Poco más. No soy un tipo disparatado, al menos en ese sentido, al menos en ese sentido no. Que sueñe con recoger "algo" literariamente algo, aunque sólo sea para no sentir esa vergüenza lacerante que a veces me asola cuando miro hacia atrás, sobre todo ahora, estos días, en los que se acerca mi cumpleaños y serán 42 y me veo ridículamente inmerso en lo que puede ser la crisis de la mediana edad, sea lo que sea eso, si es que es otra cosa además de sentirse algo viejo, repentinamente viejo, como si el tren del que te acabaras de bajar te hubiese dejado donde te ha dejado demasiado pronto y el trayecto te pareciese más corto de lo que siempre te han dicho, aunque a veces tu creas que no, y aunque, sobre todo, quieras pensar serenamente que te queda otro viaje igual de fascinante que el previo (seamos benévolos por un momento), que tu familia te necesita como tu a ella, que peleas lo mismo o con el mismo arrojo (eso no cambia), tanto contra el mundo como contra tí mismo, y piensas si esas cosas que deberían haber cambiado hace tanto tiempo puedes aún cambiarlas, y si el hecho de cambiarlas te reportará algo o por el contrario eso acentuará la leve depresión que transitas de manera tan ridículamente bipolar. Y el corazón te da un respiro a pesar de haberte asustado un par de veces este verano como nunca antes lo había hecho (motivo real de tu sensación de tránsito entre trenes), y te miras de nuevo, como tantas veces antes, y te ves distinto, esta vez sí, y te preguntas "y ahora, ¿qué?" Has recibido un par de noticias que te han hecho soñar, pero no quieres, porque los sueños siempre los has armado muy mal y siempre les sigue una vigilia plomiza y torpe, donde nunca cambia nada porque para qué va a cambiar si no hay nada que tú puedas ofrecer que consiga otorgarte la carta de recomendación que te saque del marasmo. 

Supongo que el horario de mi trabajo eventual no ayuda a la hora de sentirme tranquilo. Demasiadas horas fuera, demasiados kilómetros y demasiada bruma en las horas que pasan sin sobresaltos pero igualmente atroces. Esa aparente serenidad que creía haber conseguido, en realidad, como otras tantas veces, ha saltado finalmente por los aires.

Olvido los libros que necesito leer (algunas cartas esperan ser escritas a raíz de ello) o me había propuesto leer, ocultos en los montones de desorden que pueblan mi rincón de casa, sepultados por papeles y lecturas nuevas que no me llevan a ningún lado. Comienzo y comienzo libros hasta que me olvido de cuáles estaba leyendo y empiezo otros, como si la huida hacia delante fuese la única solución. La culpa no la tienen los libros, porque había algunos que me estaban gustando, sino yo mismo. La sobredosis de oferta o la abundancia de oferta me paraliza. Tengo el encargo en firme de dos artículos; en apariencia no son complicados pero mi naturaleza obsesiva hace que no pare de "documentarme" para ahuyentar la copia, la repetición, la abulia y la mediocridad. No paro tampoco de leer cosas sobre futuros artículos que me gustaría que me encargasen si hago estos bien. También me han encargado un prólogo para una novela.  Bueno, no es un encargo, es un petición, que no es lo mismo. Pero no me veo capaz. Declinaré la oferta; no así la otra petición que el autor de dicha novela me ha hecho, que es la de presentársela en acto público. No tiene nada que ver, dicha novela quiero decir, pero absolutamente nada que ver, ni con lo que yo suelo leer como con lo que yo intento escribir cuando me pongo (si es que me pongo), y por eso me apetece mucho presentarla, pero no me veo capaz de hacerle un prólogo decente, no sé nada de novela gótica, de terror y/o de ciencia ficción, que es donde se podría englobar (y de manera muy digna, añado). Escribir es algo muy serio, mucho, no vale cualquier cosa, no es como decir aparentemente cuatro chorradas (que es lo que haré, pero porque quiero decir cuatro chorradas, aparentemente, porque en el fondo merece leerse el libro que presentaré), cuatro chorradas dichas de modo distendido no importan, o no importan tanto como cuatro chorradas escritas, las chorradas escritas pueden perseguirte por toda tu vida, son como ese tatuaje torpe que te haces una tarde (una rosa de Borneo, por ejemplo) para que alguien que conoces y que está empezando practique y te hace una mierda de tatuaje, horroroso y tu piensas en borrarlo con otro mayor pero hecho por un profesional pero en esto que te operan del corazón y tienes que tomar anticoagulantes de por vida y el hematólogo te prohíbe terminantemente hacerte ningún tipo de tatuaje y menos de las dimensiones que tu quieres, así que te toca verte y que te vean esa mierda negra que llevas en el hombro de por vida. Pues eso es dejar por escrito cuatro chorradas y que estas aparezcan publicadas en algún lado, algo de lo que te puedes avergonzar de por vida y con lo que te puedes fustigar si eres del género mortificador. De los libros que me hubiese gustado comentar aquí, y que sí acabé, de los discos sobre los que quiero escribir o de las películas que puedo haber visto, mejor hablamos otro dia...

El tiempo pasa y nada cambia, eso ya lo dije antes. No quieres ilusionarte, pero a veces lo haces, sobre todo cuando rayando la hora previa a la medianoche regresas a casa por una carretera infame (de baches) y tu cabeza se mueve libre impulsada por un disco de... no sé... ¿hoy que toca? Etta James o The Flower Kings... Hay tantas cosas que escribir en esos momentos que por un instante te sientes invencible en tu gramaticidad, en el estilo que crees tocar con los dedos de una mano después de tanto tiempo creyendo que te estabas acercando.

Pero ahora no tengo plan, ni tampoco nada que se le parezca. Me encomiendo a los días y me pido firmeza para dejar de disolverme y no fallar a quien espera algo de mí, sobre todo en casa. A la novela que crece y crece en mi cabeza desde hace varios meses le toca esperar, entumeciendo la parte de mi cabeza que le he asignado, hasta que pueda sostener el bisturí para extirparla y resolver el puzzle que en sí misma ya es, y le toca esperar porque no se puede encarar la topografía de una novela con la vista puesta en las esperanzas que ya has ido dejando por ahí y en el resentimiento que surge de las llamadas que nunca se reciben ni en las cartas que nunca llegan. Es momento de parar, cuidar lo que tengo cerca, lo que físicamente puedo tocar, y darme un poco de tiempo (que no de esperar un poco más). Ahora que caigo, lo paradójico de todo esto es que creo que, lo único que necesitaba, era sentarme un rato a escribir...

"LIBRO ACANTILADO" Un libro intervenido por TEO SERNA.

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