jueves, 30 de junio de 2016

Confesiones de un amo de casa frustrado, capítulo 1.




Hace tanto que no me siento a escribir que temo haber perdido la frescura, si es que alguna vez la tuve. Me he limitado este tiempo a poner cosas sobre la novela que ha publicado Baile del Sol y a copiar y pegar los pocos artículos que he conseguido colocar en un par de revistas (una gratis, la otra por ver); el resto del tiempo lo he dedicado a cuidar de mi hijo y de la hija de mi esposa, a mantener la casa limpia, tener la comida sabrosa, el frigorífico sin eco, la ropa planchada, el gato con la arena limpia, a aguantar y a pensar. Tener un némesis que escribe su propio blog, un iluminado soldado de la gestapo vigilándome en la lejanía, amenazante y amenazando, me hizo darme cuenta de que el estilo confesional, de diario engañoso (engañoso porque busca el aplauso, la palmada, la aprobación simple), que él practica insistentemente, se parecía mucho al que yo alguna vez mostraba aquí, también engañoso, ansioso de aprobación, patético en el fondo, así que lo he ido dejando. En su lugar, me volqué en la novela nueva, intentando despojarme de esos vicios y obligándome a una sinceridad que, al menos yo, no estaba acostumbrado. Me salio una novela extensa, creo que decente (AQUI). La dejé reposar, la corregí, la di a leer, la volví a corregir, la dejé reposar de nuevo, la corregí otra vez más; a parte de las anteriores y otras que no digo por no aburrir, pero escribir es mitad teclear, mitad corregir, corregir y corregir, hasta que uno dice basta y lo deja, no porque ya esté como uno quiere, sino porque si no paras, puedes seguir eternamente, y eso es totalmente cierto (mi amigo Juan lo sabe mejor que yo)... Ahora la envío a alguna editorial que acepta manuscritos, a algún concurso, a mis editores de Baile... Y espero... eso es lo que hago con la literatura... espero... y vivo, y me sumerjo en mi vida de amo de casa, me desdoblo y sufro como un doctor Jekyll con mandil la llegada de mister Hyde enarbolando una plancha incandescente y terrorífica. Lloro, corro, cuido, baño y río con mi hijo. Me culpo si dejo que la paciencia se me acabe, lo beso, me dejo querer por él y me vuelco en mi amor hacia él. Busco huecos para amar a mi mujer. Doy lo que puedo a su hija casi adolescente, esperando que no sea despreciado. Ella no tiene la culpa. No soy su padre y no puedo serlo, pero duele estar a su lado y ver que ella no quiere, no se deja querer, no le dejan querer, se siente culpable si quiere lo que puedo ofrecerle. Ya ni le pongo música, ni le hablo de cine, y ni mucho menos de libros. De vez en cuando sí le regalo alguno, pero me estoy empezando a cansar de verlos tirados en su habitación, como apestados manojos de hojas secas. Es poco lo que tengo y me costó horrores conseguirlo. Pero es la vida, y no me queda otra. Este invierno me puse un tanto paranoico con esto. Veía en el desprecio y la lucha algo orquestado y promovido. Es difícil se padrastro y padre a la vez. Das un beso a una cosa preciosa que lo recibe con cariño y, cuando vas a dar otro a otra persona, el mismo beso es tomado con asco. Si te enfadas y castigas a un niño, es parte de la rutina y la educación, pero si lo haces con la otra persona, eres un ser horrible, trasunto de la madrastra de Cenicienta, y se amplifica acabando con mi autoestima. 
Mi psiquiatra me sonríe cuando le cuento esto (para quitarle hierro) y dice que sufro estrés doméstico. Él y yo sabemos que es algo más, pero también sabemos que es lo que hay, y que ahora que entramos en la adolescencia, me toca andar con pies de plomo, como un camarada vigilado por sus vecinos en la Rusia del KGB o la Norteamérica de MacCarthy. Cuidado con lo que hago o digo.
Así que me vuelco en mi hijo, lo reconozco. Podría volcarme en la escritura, pero prefiero no hacerlo, Básicamente porque no quiero escribir de eso, de mi experiencia como padrastro, ni tengo ganas ni fuerzas, ni tampoco considero decente descargar mi frustración en ese tema porque en el fondo creo que estaría traicionando a la propia literatura que tanto trabajo me ha costado embridar después de tantos años. Podrá escribir sobre otra cosa, pero ahora mismo, después de la novela, estoy vacío. De momento. No me desespera esperar. Ya llegará. Lo sé. Pero escribir buscando la salida terapéutica no quiero. Es lo mismo que escribir sobre mi enfermedad. Me niego a hablar abiertamente de ella en las cosas que escribo y he escrito. De vez en cuando sale algún personaje con alguna enfermedad crónica, difícil de llevar pero no tanto, pero no insisto, supongo que es inevitable que salga, pero yo le pongo límites. No me sentiría cómodo escribiendo abiertamente sobre ello. Además tampoco sabría por dónde empezar. La dureza de la enfermedad estriba, en mi caso, en el tiempo que llevo batallando con ellas, con las dos, no con los síntomas en sí. En otro mundo ya habría muerto hace mucho, pero en este sobrevivo y se han convertido en una molestia que he de mantener a ralla y cuidar para que no se vuelva peligrosa, poco más. Si me decidiese a contar el camino, yo sería el primero en aburrirme. Pues a la hora de contar mi lucha con mi padrastría, igual.
Con todo, mi rol de amo de casa, es lo que más me divierte y a la vez más me hace sufrir. Herencia de mi madre, supongo. Yo mismo minusvaloro lo que hago, y a veces me doy cuenta de que es muchísimo, lo que lo minusvaloro y lo que, a la vez, hago. Me gustaría trabajar fuera de casa, por supuesto, sentirme realizado vendiendo mi fuerza de trabajo, o sin sentirme realizado, no están los tiempos para exquisiteces, pero me perdería tantas cosas en casa. Ver crecer a mi hijo y cuidar de mi mujer, lo primero. Llevamos cuatro años siguiendo las sugerencias del pediatra Carlos González, y no podemos estar más contentos, a pesar de la extrañeza del mundo, o de que el mundo entiende por normal. La contrapartida es no tener horarios, no tener contraprestaciones, descansar poco, no cotizar, no quejarte, olvidarte poco a poco de tí. Hoy, por ejemplo, ahora mismo, mientras escribo esto. Me acaba de llamar mi mujer, que viene para casa. Después de casi dos semanas (desde antes de que acabara el colegio) en donde no me he separado del pequeño sin dejar de hacer de lo que ejerzo (ropa, comida, escoba, etc), estaba, como diría mi madre, para que me diera algo. Así que mi mujer esta tarde se ha llevado a Pavel dos horas (la niña está de vacaciones con su padre hasta el lunes que viene). Como dije antes, me acaba de llamar, mientras escribo todo esto casi frenéticamente, sin saber qué coño estoy diciendo, ni queriendo decir, ni buscando decir, y lo único que he pensado cuando he colgado era que tengo la última lavadora sin colgar y que no sé qué voy a hacer de cena. Y son las nueve y media. Y mi cuerpo ha respondido acalorándose y sudando... Pero aquí sigo, tecleando... Después de tanto tiempo no debería sentirme culpable, pero así me siento. Y eso si no hablo de leer, porque evidentemente, apenas leo. Y lo poco que leo no me lleva a querer escribir sobre ello. Y siempre está la disyuntiva, ¿leer o escribir? Gana leer, como se comprueba tímidamente en el flujo de entradas de este blog. La rutina se come de tal manera lo que soy, que se convierte en excepcional; ver una peli entre cabezadas a deshoras, ir un concierto (he ido a uno), escuchar un viejo disco mientras plancho... Oh, suena la puerta... Es en serio.... ya corregiré las faltas otro día...

2 comentarios:

Juan Almohada dijo...

Casi de acuerdo contigo, JuanMi, exceptuando los porcentajes que asignas y alguna variable que creo que también debería figurar en la ecuación: Sí, la literatura es escribir. Y corregir... Y también vivir.

Puede que la situación sea jodida de un tiempo a esta parte, y conseguir media hora frente al ordenador sea una empresa casi imposible, pero es de esa vida de pañales, coladas y desencuentros de la que se alimenta tu literatura, y es esa vida la que propiciará el día menos pensado una nueva explosión de la que surgirá algo nuevo y jodidamente bueno.

En fin... No sé si te animo. Ni siquiera sé si acabo de escribir lo que quería escribirte. Pero mejor lo dejo tal cual, no sea que me ponga a revisarlo y te lo envíe en 2020, jejeje.

BEATLE ZU dijo...

"Te he visto ondulando bajo las cucardas, penosamente, trabajosamente,
pero sé que mañana serás del aire.
Hace mucho supe que no eras un animal terminado
y como entonces
arrodillado y trémulo
te pregunto:
¿sabes que mañana serás del aire?
¿te han advertido que esas dos molestias aún invisibles
serán tus alas?
¿te han dicho cuánto duelen al abrirse
o sólo sentirás de pronto una levedad, una turbación
y un infinito escalofrío subiéndote desde el culo?

Tú ignoras el gran prestigio que tienen los seres del aire
y tal vez mirándote las alas no te reconozcas
y quieras renunciar,
pero ya no: debes ir al aire y no con nosotros.

Mañana miraré sobre las cucardas, o más arriba.
Haz que te vea,
quiero saber si es muy doloroso el aligerarse para volar.
Hazme saber
si acaso es mejor no despejar nunca la barriga de la tierra." José Watanabe

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