miércoles, 30 de junio de 2010

Virgilio quiere "El libro del Voyeur"

Ovidio me ha pedido un libro de cocina y Virgilio uno llamado "El libro del Voyeur", de Pablo Gallo... El mismo día, uno por la mañana y otro por la tarde... Esos han sido los nombres que me han dado y, salvo que me haya convertido en el librero al que si le dices que te llamas Sócrates te hace descuento, pienso que no me han mentido (no es tan descabellado, en el colegio decíamos que éramos del betis para tener dieces... Alguien gritaba, así, sin venir a cuento, "viva el betis", y el profesor soltaba ¿quién ha sido?, y dependiendo de su humor te ganabas un diez o una ostia, algo ridículo y neorrealista, pero el mundo es de los valientes y todos los días había alguien que se atrevía...)

Sólo falta que entre en la Pecera Plutarco en chanclas y camiseta vintage de Bowie y me pida uno de alguno de los revisionistas de intereconomía, y entonces por fin caeré muerto....
Virgilio ha hecho que borre todo el post anterior, que estaba escribiendo aburrido cuando ha entrado; de lo cual me alegro porque era de un decadente y lastimero que asustaba, y es que no llevo bien ir a mis revisiones del cardiólogo, pero en fin... Sólo rescataré una cosa. Sánchez Dragó se puede meter su libro Kokoro por ahí mismo... No sólo por el hecho de no explicarme cómo una experiencia similar es vista de manera tan distinta, sino por no entender cómo se pudo atrever... En fin... No sé cómo mi cabreo hacia mi cardiólogo me ha llevado a ladrar de esta manera sobre Fernando "negro sobre blanco"... Prefiero quedarme con Virgilio y Ovidio... Ovidio es del pueblo de aquí al lado, debe tener 25, su deje al hablar le delata. A Virgilio en cambio, aunque tampoco le había visto nunca, no sé ubicarlo, y tendrá un par de años más que yo (o será como yo pero con más vida) Ovidio es tímido, mucho, y Virgilio me saca dos cabezas; a los dos parece que les da vergüenza decir su nombre en voz alta, pero a mí me ha encantado...
Virgilio quiere "El libro del Voyeur"... Y Ovidio uno de cocina llamado "El cocinero fiel". El jardinero fiel es una película que me encantó, pero dudo que un cocinero cause el mismo efecto que el voyeur (Rachel Weisz desnuda y embarazada es una de las imágenes más bellas que he visto nunca en una pantalla), y porque, sí, creo que me voy a pedir otro ejemplar para mí. He visto el libro en la página web del editor y apunta maneras... Y visto lo visto, no voy a salvarme de la ruina y el fetichista que hay en mí brama por algo que le saque de este marasmo.

Libro II, Eneida: "Enmudecieron todos, conteniendo el habla, ansiosos de escuchar. Eneas empieza entonces desde su alto estrado: "Espantable dolor es el que mandas,oh, reina, renovar con esta historia del ocaso de Ilión, de cómo el reino, que es imposible recordar sin llanto, el Griego derribó: ruina misérrima que vi y que arrostré parte tan grande. ¿Quién, Mirmidón o Dólope o soldado del implacable Ulises, referirla pudiera sin llorar? Y ya en la altura la húmeda noche avanza, y las estrellas declinan convidando al sueño. Mas si tanto interés tu amor te inspira por saber nuestras lástimas, y en suma lo que fue Troya en su hora postrimera, aunque el solo recuerdo me estremece y esquiva el alma su dolor, empiezo..."

Paris era un voyeur, seguro, (y un niñato, un pichabrava, un consentido que siempre tiene lo que quiere, pero también un bon vivant, un esteta, un trágico amante) pero hay mujeres cuya visión no sólo causa placer, sino que pueden hacer que se pierdan ciudades, imperios mundos y hasta una generación de héroes...

martes, 29 de junio de 2010

La niña del pelo raro se pone soviética. Foster Wallace al son de los Traveling Wilburys...

A veces solamente hace falta un click, un interruptor que cambia de posición gracias a cualquier cosa, para que la máquina desdentada de otra vueltecita. Ya daba por sentado una larga sequía del blog cuando la lucecita se ha encendido, como esas rojas de los estudios de grabación... "We're rolling..." ¿El motivo? Me han llamado Roger Moore... ¿Tostada y café, Roger Moore?... Eso ha dicho el camarero mientras abría "La niña del pelo raro" de David Foster Wallace y tomaba asiento en un concurrido patio perfecto para desayunar antes de abrir la librería. Hubiese preferido Steve McQueen, pero en fin... He marcado la página con el dedo índice y me he quedado mirando, con esa sonrisa tonta de las niñas que saben de lo ridículo que es todo y se compadecen de las conductas estúpidas de los niños. Yo era Roger Moore, pero las mujeres que había a mi lado eran las Conchitas Velasco del patio. A todo el que le pedía algo le bautizaba con el nombre de un actor o actriz; no sé el criterio de tal asignación, supongo que sería lo primero que le venía a la cabeza, pero me ha hecho mucha gracia... ¿qué te pongo, Mario Moreno?, le ha soltado a un viejete achacoso que se subía lo mejor que podía al taburete, tosiendo y sin dejar de fumar lo que por el olor debía ser un Celtas o un Bisonte o algo similar (¿siguen existiendo esas marcas?). El abuelete le ha mirado con desprecio, como diciendo, te vas a reír de tu puta madre, cabronazo, pero hoy es el día en que ningún cantamañanas le va a arruinar la jornada. Creo que esos motes, más que monigotes pegados a la espalda de los clientes, son soflamas de ánimo para él mismo, porque tirar de buena manera de ese ingrato trabajo que es atender al lumpen amargado, a las amas de casa tan hacendosas como quisquillosas y a los banqueros graciosetes, tiene su miga. Tras ver cómo ponía dos sol y sombra bien cargados a "Laurel y su amigo" (estos no se han enterado, directamente, pero dos o tres hemos sonreído) he intentado leer.

"Es 1986. El cielo nocturno de California flota silencioso y brillante, como un palacio vacío. Por las calles lejanas transitan lentamente hileras de lentejuelas, muy por debajo del cálido apartamento de Faye.
Faye Goddard y Julie Smith están en la cama de Faye. Se tumban una encima de la otra por turnos. Hacen el amor. Los gemidos de Faye tintinean como monedas contra las paredes de cristal de su apartamento en el ático.
Faye y Julie se refrescan mutuamente con toallas húmedas. Están desnudas junto a la pared de cristal y contemplan Los Ángeles a medida que unas luces tapan a otras.
Faye y Julie están en la cama, como amantes. Se felicitan mutuamente por sus cuerpos. Se quejan de la brevedad de la noche. Una y otra vez examinan, con una especie de entusiasmo infeliz, las pequeñas ignorancias que según Julie perfilan el camino hacia cualquer contacto real entre las personas. Faye dice que Julie ya le gustaba mucho antes de saber que a ella le gustaba Julie.
Consultan juntas el diccionario Oxford y examinan la entrada correspondiente a la palabra "gustar".
Se abrazan. Julie es muy pálida, lleva el pelo muy corto y de punta. La oscuridad de la sala está moteada de pedacitos de Los Ángeles que atraviesan el cristal por las noches. La oscuridad flota alrededor de ellas y se ajusta igual que el guante de un jardinero. Todo es increíblemente romántico" La niña del pelo raro. Debolsillo. David Foster Wallace.

Sé que Foster Wallace murió con el indigno señorío de la soga al cuello hace dos años, no me gusta recordar eso cada ver que cierro un libro suyo, y menos después de leer "todo es increíblemente romántico" sabiendo que no hay sarcasmo alguno en el contexto de esa frase. Me han entrado ganas de pagar, coger la bici e irme a la biblioteca pública, a tirarme la mañana leyendo en esa coqueta terraza que han habilitado con sombrillas, macetas y ruido de pájaros. A la vez me han entrado ganas de escuchar a Junkyard o John Zorn, pero tras un segundo de duda lo que realmente me hubiera apetecido escuchar ha sido a los Traveling Willburys... Pero no en plan me da igual, sino con esa necesidad imperiosa del diabético o el cardiópata; a veces me pasa, así que me he acercado a la barra con la intención de decir "¿te cobras, Errol Flint? pero antes de que pudiera abrir la boca él me ha soltado "¿te cobro, Pink Floyd?".

Hacía siglos que nadie me llamaba de esa manera. Esa frase forma parte de mi mitología popular. Durante muchos años, cuando yo era niño aún, era habitual oír por la calle "¿qué pasa, Pink Floyd? o el no menos mítico "Aaaay, Pink Floyd..." Muchos, aunque digan lo contrario, descubrimos al grupo de Roger Waters así, yo al menos sí, preguntando qué querían decir con eso cuando los macarras del pueblo se saludaban entre ellos de aquella manera, como si fuesen miembros de un club especial, y descubrías que había un grupo con ese nombre, y como tenías querencia por la simpatía en la distancia hacia esos, comúnmente tenidos por "colgaos", pues te acababas comprando un disco de los Pink Floyd. (La otra frase de mi infancia es, creo, más íntima, y me la espetaban mi madre y mi abuela cuando me agarraba uno de esos silenciosos berrinches irracionales y tiraba algo o daba un portazo... "Eh, no te pongas soviético!!" y ahí acababa todo, perplejo y confundido ante qué podía significar eso... Luego me enteré de lo que podía significar, y siempre he tenido ganas de soltárselo a alguien... Con el tiempo he llegado a pensar que era una coletilla familiar que dicha públicamente quería dar a entender que negaban lo que habían sido, sobre todo por parte mi abuelo materno, pero esto ya son paranoias mías). Así que he pagado y me he venido a la tienda, he abierto y me he puesto a escribir... No sé por qué relaciono la lectura de Foster Wallace con John Zorn, no hay ningún motivo, es más, cuando escucho a John Zorn soy incapaz de leer (salvo cuando pongo Issachar y me pregunto si tendré raíces sefarditas, lo cual no me importaría en absoluto; estar emparentado con Benito Espinosa y la rama amarga y descreída del mundo del judaísmo no estaría nada mal...). Al final ni he seguido leyendo a Foster Wallace ni he puesto a John Zorn. Caída libre... Han entrado dos clientes (¿Tienes un libro de Fernando Torres? ¿Me pones el tercero de Crepúsculo?) y después me ha llamado el de la gestoría para decirme que hacienda me devuelve 23 euros (¡¡¡¡23!!!! vivan los autónomos, en mes que viene me toca pagarles, sí o sí, mínimo, 15 veces más... qué harto estoy) ... Afortunadamente, antes de que el interruptor se volviera a apagar o la bombilla se fundiera, me ha dado tiempo a poner a los hermanos Wilburys...



Postdata: Una de mis anécdotas favoritas (real o no me da lo mismo, es una de esas historias que hacen que la vida merezca la pena) es la que cuenta que una noche de 1987, gracias a la casualidad o a la luna llena, Tom Petty y George Harrison estaban dando un paseo en coche (a veces imagino Laurel Caynon, otras las cuestas de San Francisco) y pararon en un semáforo. A su lado paró otro coche, miraron y era Bob Dylan. Saludos, sonrisas, sarcasmo, chistes privados, un descapotable rojo, un Plymounth verde. "Vamos a casa de Jeff Lynne, a tocar un rato con Roy Orbison, ¿te vienes, Bob?" "Humm, claro, si quereis llamo a Jim Keltner..."
Me gusta pensar que fue así... Escuchad "End of the line", ved meciéndose la silla de Roy y sonreid, pink floyds... Pinchad aquí, donde pone: "End of the line"

miércoles, 23 de junio de 2010

De teorías imposibles y camas salvajes.

Me duele la cabeza. Mucho. Duermo mal. La luna no acaba de explotar y mostrarse llena de una vez y, aunque está a punto, a mí no me vale ese casi, ese aún no. La noche de San Juan devora hombres como yo; luego los regurgita, no nuevos, no limpios, no renovados, tan sólo la rueda gira y nos pone donde siempre. Fin de mes. Deudas a domicilio. Dolor de oídos y corazón. Paso condena en una cama digna de un faquir, y eso ya no es una metáfora. Duermo porque mi cuerpo no se permite el insomnio, eso es un lujo para mi corazón, pero esa cama que he heredado es inquisitoria. Si pudiera, llegada la hora en la que mi cuerpo dice basta, sacar lo pies de la cama y dejarme caer al suelo, seguramente dormiría mejor. Era la cama de mi abuelo, de hecho es la cama de mi abuelo. La cogí prestada este invierno cuando decidí que prefería comerme mi orgullo y pedírsela que morir por congelación en el jergón que antes tenía. No, no tenía dinero para una, y él ya no la utiliza. Ahora estoy purgando todo lo que mi genética dice que soy para poder ser lo que intento. Si la infancia es lo que más nos define, entonces yo aún mantengo una lucha contra ese hombre, aunque él ya no me muestre su desprecio, aunque él ya no pueda escupirme, diluyéndose poco a poco en esa residencia que he jurado no volver a pisar. Y ahora duermo en su cama. El inconsciente nos hace hacer las mayores tonterías. Por todos lados sobresalen muelles puntiagudos. Al principio hasta me hacía gracia. Me mantenían despierto mientras leía. Ahora ya no, porque cuando caigo rendido hacen que al despertar desee matar a alguien. Al principio creía que eran la agujetas, por la piscina y la bici. Ahora que no hay de eso, me he dado cuenta de que estoy inmerso en un cuento kafkiano, freudianamente vulgar y económicamente inviable. He tardado semanas en darme cuenta. Lo achacaba al estrés, a la librería, al estudio. Inocente. Se supone que es mi santo, o mañana, con esas cosas nunca me aclaro. Porque yo debería llamarme solamente Juan, pero él dijo que si me ponían el nombre de un abuelo, también debería llevar el del otro. Creo que nunca soportó que el suyo fuese en segundo lugar. Cualquiera sabe, con él todo es posible. A eso me reduzco, a una insufrible contradicción, lo mejor y lo peor, una contradicción heredada hasta onomásticamente. De todos modos, mi contradicción favorita es la que me hace recordar que a pesar de la apostasía, estoy pintado de querubín en la iglesia de mi pueblo sujetando a la Virgen. Ojalá mi niñez fuesen más cosas así, en cambio en el fondo es una lavandería y un colegio tardofalangista. Mi niñez en ese taller oscuro, limpiando edredones y vestidos de novia mientras él esperaba que me convirtiera en un digno sucesor de su estirpe utilizando esa "delicada" psicología inversa que le caracterizaba, daría para muchas páginas, tantas como las barrabasadas a las que fuimos sometidos en el colegio.

Recuerdo que una vez, agotado (por cualquier cosa, tampoco fui Oliver Twist, seguramente ya pasaba de los doce, y seguramente estuviese de resaca, fui precoz en ciertas cosas) me quedé dormido encima de la lavadora. Era invierno, hacía un frío espantoso y me olvidé de cerrar la llave del agua caliente, quedándome dormido encima, con mi mono azul con la tela pasada en el culo (había que pararla sentándose encima cuando centrifugaba) y mis botas de agua. No sé cuánto tiempo me quedé dormido, pero el taller se inundó y aguanté como nunca la cantidad de improperios que pude oír por parte de mi padre y mi abuelo. Yo soñaba con convertirme en una especie de Jim Morrison paleto, y a lo único que llegue fue a pseudoconde de Montecristo, llenando las paredes del taller de dibujos y versos ( a mi padre no le importaba que lo hiciera, también él tenía su sutil manera de joder a mi abuelo). Hoy apenas ha entrado gente a la librería. Dos personas, creo. He ojeado muchos libros y blogs. He hecho muchas cuentas. Le he dado muchas vueltas a las cosas, demasiado. Tal vez debería prenderle fuego esta noche al colchón. Eso estaría bien. o no. Quién sabe. Lo único seguro es que he de deshacerme pronto de esa cama de mierda, que también uno a veces tiene lo que se merece...

En el fondo lo que quería era escribir sobre un libro, "Las Teorías Salvajes" de Pola Oloixarac, pero no sabía qué decir, con postearlo aquí digo ya mucho. Copio un párrafo y remito a un blog, en el cual he leído una crítica realmente buena sobre él. Iba a copiar otra crítica, la que ha hecho Ignacio Juliá en el Ruta66 de Junio, que, paradojas, fue la que me hizo coger este libro del escaparate...

"He temido tantas veces por mi vida y la de los que me rodean. La filosofía es el playground de Satán. No puedo explicar el modo en que ciertas lecturas erizan el vello dorado de mis brazos de niña. Los más leves signos de la noche me parecen oberturas de masacres. A veces, cuando estoy en esos mundo, me parece escuchar el clamor de hordas de forajidos avanzando, sus bocas sedientas de sangre pública. Puedo verlos, acechándome a través de los intersticios de los párrafos. Guerreros en la ciénagas."
ISBN: 978-84-92837-03-8
Páginas
: 280
P.V.P.
: 19 €
Fecha de publicación
: marzo de 2010
Formato
: rústica 20,5 x 12,5 cm

http://latormentaenunvaso.blogspot.com/2010/04/las-teorias-salvajes-pola-oloixarac.html

lunes, 21 de junio de 2010

Fuga sin fin de Joseph Roth

Fuga sin fin es un libro luminoso. Eso, realmente, era lo que creía recordar del libro de Joseph Roth, un libro breve y maravilloso, no como un orgasmo en el servicio de una gasolinera de carretera sino como un polvo hambriento en un hotel de lujo del extinto imperio austrohúngaro. Esta mañana me he dado cuenta de lo equivocado que estaba, es eso y mucho más. Lo leí del tirón hace muchísimo tiempo, tirado indolente en la cama sin aristas de un tercero sin ascensor en la calle Calvario, cuando Lavapiés comenzaba a dejar de ser Lavapiés y cuyos preciosos estertores podían hacerte chocar a la vuelta de una esquina con Penélope Cruz recién levantada paseando al perro mientras tu llegabas tarde a cualquier sitio. Reconozco que la avidez con la que leí a Roth hizo que nunca más lo volviera a leer, como un regalo demasiado caro del que no eres digno. Pero qué equivocado estaba, no sólo soy digno (nadie es indigno de cualquer literatura, acaso lo contrario, es cierta literatura la que no es digna de nosotros) sino que estaba al alcance de mi mano, polvoriento y reluciente, hermoso y admirable, como se conservan los libros de la Editorial Acantilado con los años.


Se me cayó Joseph Roth de la estantería, así, como quien abre una puerta y aparece su pasado. Buscaba un disco y sin darme cuenta lo tiré. Aparecen libros en la estantería de los discos y aparecen discos en la estantería de los libros; soy el hazmerreir de mi signo zoodiacal, en mi interior anida el caos donde debería reinar la pulcritud, soy más un Doc Emmett (Doc para Marty Macfly) que un virgo Blas, pero ahí estaba Come on Feel the lemonheads, con la R de Roth, y al dar por finalizado el escondite y sacarlo se ha caído Fuga sin fin. Posiblemente hace el mismo tiempo que no presto atención a ninguno de los dos, ni a Joseph ni a Evan. Me ha dolido el ruido que ha hecho el libro al caer. Mientras tomaba mi té, me vestía y escuchaba It's about time, he decidido llevarme al médico el pequeño libro. En la sala de espera nadie se ha dado cuenta, pero el libro, al abrirlo y leerlo, brilla, da igual por dónde lo abras, está lleno de frases que duelen y consuelan, de historias demasiado humanas, de sueños demasiado mitológicos para no ser ciertos. En el brevísimo prólogo de Fuga sin fin, Joseph Roth dice: «No he inventado nada, no he compuesto nada. No se trata ya de ‘poetizar’. Lo más importante es lo observado.». Tengo que releer a Roth, tengo que ver al daltónico replicante Rutger Hauer haciendo de Joseph en La leyenda del santo bebebor, no sé cómo explicar mejor lo que se puede sentir al abrir un libro que hemos amado y releemos, "Dormí con una mujer que, después de una hora, me despertó para preguntarme si mi amor interior hacia ella correspondía a mi capacidad de rendimiento corporal. Pues sin ese «factor espiritual» se sentiría «manchada». Tuve que vestirme deprisa y, mientras buscaba debajo de la cama un botón de mi camisa que había salido rodando, le expliqué que mi alma habitaba siempre en aquellas partes del cuerpo que justamente necesito para la práctica de cualquier actividad. Por ejemplo; cuando salgo de paseo, en los pies, etc. -Eres un cínico -me dijo. " Por eso subrayamos los libros, para que al abrirlos los ojos se fijen en lo que fuimos , en lo que nos removió. Cierras el libro, lo vuelves a abrir y señalado con un lapicero azul, dos páginas que no recuerdas haber rayado pero que hiciste seguramente con la misma cara con la que ahora vuelves a leer.

XII, pág 68
¿Por qué había abandonado Rusia? Se podría calificar a Tunda de inmoral y falto de carácter. Los hombres que tienen un camino claro y un fin moral, como las personas que tienen una ambición, son completamente distintos a mi amigo Tunda.
Mi amigo era el prototipo del carácter imprevisible. Era tan imprevisible que ni siquiera se le podía tachar de egoísta.
No se esforzaba por conseguir lo que suele llamarse el interés personal. Las consideraciones egoístas le eran tan extrañas como los escrúpulos morales. Si fuera absolutamente imprescindible caracterizarlo por algún atributo, diría que su propiedad más clara era el deseo de libertad. Era tan capaz de desaprovechar las ventajas como de evitar los inconvenientes. La mayor parte de las cosas las hacía según su humor; y el resto, por convencimiento, es decir: todo lo hacía por necesidad. Tenía más fuerza vital de la que la revolución necesitaba en ese momento. Tenía más independencia de la que puede precisar una teoría que trata de adaptarse a la vida. En el fondo era un europeo, un "individualista", como dice la gente culta. Para vivir plenamente necesitaba situaciones complicadas. Necesitaba la atmósfera de mentiras intrincadas, falsos ideales, salud aparente, firme podredumbre, fantasmas pintados de rojo, las atmósfera de los cementerios que tienen aspecto de salones de baile, o de fábricas o de palacios, o de escuelas, o de salones. Necesitaba la cercanía de los rascacielos cuya desaparición se presiente, pero cuya existencia está asegurada por siglos.
Era un "hombre moderno".
(...)
Reconozco que después de leer la carta de Tunda se me ocurrieron todas estas preguntas, pero no la más inmediata, ¿cómo ayudar a Tunda? Yo sabía que era el tipo de persona para quien la amada seguridad material no significaba nada. No tenía nunca miedo a sucumbir. Nunca tuvo miedo al hambre, que hoy determina casi todas las acciones de los hombres. Posee una especial capacidad para la vida. Conozco un par de personas de este tipo. Viven como peces en el agua: siempre a la caza de su presa, y sin miedo a la caída. Son inmunes a la riqueza y a la miseria. No acusan las privaciones. Por eso están dotados de una dureza de corazón que no les permite sentir los pesares íntimos de los demás. Son los mayores enemigos de la caridad y de la tan cacareada consciencia moral. Son, pues, enemigos natos de la sociedad.
Hasta una semana después no pensé en ayudar a Tunda. Le envié un traje."


Fuga sin fin, Joseph Roth. Ed. Acantilado...
Y por trece euros... http://www.acantilado.es/personas/joseph-roth-516.htm

miércoles, 16 de junio de 2010

Viajando con los Stones en el 72



Robert Greenfield se embarcó como cronista en la gira de los Rolling Stones por Estados Unidos en 1972. Esos años cambiaron de manera radical el modo de entender la música, sobre todo el negocio, y la lectura de un libro como "Viajando con los Rolling Stones" y esa gira en particular del 72 resultan especialmente reveladores. Los 60 quedaron atrás y la música se convirtió en un gran, gran negocio. Los grupos tuvieron que profesionalizarse de una manera no vista anteriormente. Todo se empezó a controlar al detalle... Promoción, imagen, gira.... ¿gira? Hablamos de sus satánicas majestades, por lo que si era imposible que una gira de Cher fuese normal, mucho menos la de la más famosa banda del mundo. ¿Qué importa Chicago si reciben una invitación a pasar unos días en la mansión de Playboy? La máxima implícita frente a la industria era, "exprímeme, sángrame, estáfame, saca toda la plusvalía que puedas de mí, mátame incluso, pero déjame hacer todo lo que me salga de los huevos y sálvame de las consabidas y siempre engorrosas detenciones policiales".


En el libro de Greenfield, y recuerdo de memoria porque mi ejemplar está en otras manos, la música poco importa dado que escasamente hace su aparición en forma de comentario ocasional. Por el contrario, el planteamiento y descripción de los entresijos del grupo humano que rodea a los Rolling es impactante. Y la libreta de Greenfield se llena velozmente. De hecho, esa fue la única vez que Jagger ha permitido a un periodista seguir una gira de los Stones con el pase de "Access all areas". La corte que forma el núcleo duro de la gira vela por los intereses de los Rolling, encargándose de "interpretar" sus deseos, a la hora que sea, donde sea y como sea. Al final todo es tan caótico que peticiones expresas se mezclan con "sugerencias" y simples comentarios al vuelo, provocando escenas de lo más delirante, de manera que, un comentario trivial de Mick Jagger sobre las vistas desde su habitación, provocan el cambio de hotel ante la indiferencia del cantante. Dentro del equipo de la gira (que incluye diferentes facciones de intereses contrapuestos, Richards por un lado, Jagger por otro, un Taylor perdido de un modo totalmente kafkiano entre aquel delirio, un Watts misterioso que juguetea con las damas y la heroina y un asqueado Wyman ávido de Lolitas) los ascensos o las caídas en desgracia se suceden con la misma rapidez que vemos pasar las ciudades, conciertos, altercados y bacanales; si curras con los Rolling seguramente un día acabes prefiriendo a la pasma antes que a unos enfurecidos Keef y Mick, aunque si hay diversión, en ningún otro lugar desearás estar...

La persecución de las grouppies se mezcla con la represión policial en los convulsos primeros setenta. Los Rolling Stones por los Estados Unidos son como unos apátridas aristócratas con patente de corso para hacer lo que les venga en gana. Todo es un frenético carrusel, el cual te sumerge en un torbellino donde se suceden orgías, drogas y sexo a mansalva, depresiones nerviosas, encontronazos con la policía... Truman Capote, enviado en calidad de corresponsal de la revista Rolling Stone, abandona la gira contrariado y asqueado de todo. No es dificil de entender que este libro se convirtiera en un clásico del periodismo contracultural y que a Jagger no le gustase (se cuentan demasiadas cosas que nadie se atrevió a desmentir ni a contrastar, ejemplo, un viaje relámpago a Canadá para comprar mercancia de la buena entre bolo y bolo es sorprendido por un control policial en un aeropuerto, que por las descripciones debía de ser más una pista y una torre de control enana en mitad de la nada. Cuando todo parece indicar que Keith acabará en chirona, Jagger llama a la mujer del primer ministro canadiense, el cual llama a su vez dando precisas instrucciones y todo acaba con el grupo cogiendo el avión y llegando al concierto. No se dice la cantidad de "mierda de la buena" que llevaban ni se afirma que Jagger y la esposa del ministro tuvieran más que palabras, pero todo queda "dicho" de tal manera que a uno le caben pocas dudas sobre su veracidad). En el magnífico prólogo de Diego A. Manrique, se pueden leer cosas como: "La grandeza del libro de Greenfield reside en la nitidez con que retrata el paisaje de fondo -un país polarizado- y la dinámica interna de un Stones Touring Party: los círculos de poder, las caídas en desgracia, las subidas y bajadas de energía general, el sentimiento de formar un clan aparte, la degradación colectiva, la psicosis que ataca a todos al final del trayecto." La sensación de caos viene acompañada por el estilo directo del autor, que no ahorra detalles a la hora de describir este particular descenso a los infiernos.


A la edición de Anagrama, puestos a criticar, habría que echarle en cara que no se haya molestado en revisar el texto, el cual tiene la misma tipografía y maquetación que cuando se editó por primera vez a finales de los setenta, estando salpicado de torpes erratas que cualquier relectura hubiera subsanado facilmente. Ahora que circula esa flamante edición especial del "Exile on Main Street", uno de los grandes clásicos de la música rock (precisamente el disco que presentaban en esa gira) y que además, la reedición coincide con el lanzamiento de un nuevo documental sobre la banda: Stones In Exile, me apetecía rescatar este libro.

Dentro del caótico ritmo de lecturas que llevo (causado principalmente por unos estudios gremiales de inmimente puesta a prueba) últimamente han caído varios libros sobre músicos. Sacar a colación "Viajando con los Rolling Stones" en el post anterior, me ha hecho animarme a verbalizar la opinión de que cualquier libro sobre música moderna, independientemente del estilo, puede ser tanto o más interesante que la muchas de las novelas que se agolpan en las secciones de novedades (aquí en la Pecera, sección...). Me explico. Un libro que narre las andanzas de los Motley Crüe, de David Bowie, de Charlie Parker, o Capricorn Records, o sobre personajes satélite (el maravilloso libro que acaba de salir de Patti Smith sobre Robert Mapplethorpe) o incluso sobre una sóla canción ("Like a Rolling Stone" de Greil Marcus), tiene todas las papeletas para, en principio, ser una novela redonda que los críticos mirarán con condescendencia y apartarán a la sección de biografías, subgénero "musicos" (es decir , lo peor, salvo que sea sobre un reputado músico de jazz, que parece que últimamente queda bien). Y digo que en principio pueden ser novelas redondas, pero lo digo en sentido positivo, porque estos libros suelen estar escritos con un notable pulso narrativo por periodistas musicales (los anglosajones nos dan mil vueltas en eso) y rebasan el género de "ascenso, caída y posterior redención al uso de un músico". Sí, la máxima "Sexo, drogas y rock and roll" está omnipresente en la mayoría de esos libros, pero siempre hay mucho más. Leyéndolos, a veces, tienes la sensación de estar ante buenas novelas donde, despojadas de su cariz "biográfico", reflejo de cierta realidad, lo que se narra con gran pulso son historias que otorgan una sucia y luminosa visión del alma humana, con toda su grandeza y miseria. Lástima que nadie se haya dignado a traducir en este país a Lester Bangs... y luego está "Cocksucker Blues" pero eso ya es algo que se me va...
Viajando con los Rolling Stones, Robert Greenfield, Ed. Anagrama, 2005. 15,00€


Beast of burden. Mick y Bette se lo montan

Hay días que da gusto que tu subconsciente se sacuda el polvo de los hombros (con perdón) y saque a la luz de tu vigilia canciones que hace tiempo que no escuchas, haciendo que al despertar resuenen insistentemente en tu cabeza. Esta noche he soñado que veía a los Stones en directo; da gusto soñar cosas así, dentro de la lógica particular de los sueños, claro está. Se me han colado las imágenes de la película de Scorsese (que todavía no he visto, lo siento), he visto a los rolling desde un lateral del escenario y he acabado tomando una cerveza con Ron Wood hablando de rusas mientras él recordaba su infancia, cuando vivía en un bote en el Támesis. Luego he soñado con otras cosas, y otras cosas y otras cosas y me he levantado con Beast of burden resonando gloriosamente en mi cabeza. Así que me he ido directamente al tocadiscos y he puesto Black and Blue (sí, ya sé que en ese disco no está Beast of burden, no tengo some girls en vinilo.... pero tengo el Black and Blue!!!!!!!!). Esta mini fase Stones que padezco viene porque he comprado por la ridícula cifra de 30 euros el "Let it Bleed", "Black and Blue", "Trought the past darkly" -edición portada exagonal inglesa original del 69- "Goats Head Soup" y dos recopilatorios de la época (es decir, 1971 y 1969 respectivamente)... Joder, para salir corriendo haciendo el Benny Hill. Cosas así pasan.
Un jubilado que se va a vivir a Alicante entró en la librería la semana pasada preguntando si compraba libros de segunda mano. Depende, le dije. Él me explicó que se mudaba y que quería deshacerse de cosas, libros y discos basicamente, porque no le cabían en su casa nueva. "¿Discos?" dije. "Sí", contestó, "discos de los Rolling, Serrat y Lluis Llach, los purple y cosas así..." Vamos, que no me entró la risa nerviosa por poco... Intentando que no se me notara mucho, le pregunté si le importaría enseñármelos...
Me los trajo el otro día para verlos y casi lloro. A los vinilos antes citados (ediciones originales de la época) hay que sumarle el primer disco de Suzie Quatro, un recopilatorio de Soul (fantásssstico), The Animals, un directo de Elvis, el Metal Heart de Accept y alguno más... ¿30 por todos?, le dije. "¿Los vas a cuidar bien?", contestó él. "Joder que si los voy a cuidar bien...". "Trato hecho", zanjó... Y ya está... Y yo más feliz que Humbert Humbert espiando a Lolita mientras baila en su habitación al ritmo de Hey Negrita... Así que estos días pongo los discos en el tocadiscos de arriba (todo un prodigio artesanal de la naturaleza que aún funciona) y yo abajo paso las mañanas contoneandome cuan bastardo lejano (muy muy lejano) de Jagger. De los libros no hablo, porque los buenos no los vendía, y yo soy un fetichista de manual pero todo tiene un límite, y loque no puede ser, no puede ser, y además es imposible.

Así que "Beast of Burden" ha sido el "hit of the day" en la Pecera (la librería rebautizada como Championship Bookshop!!! Echo de menos a Dick y Barry)... En vez de colgar una versión de los Stones de la citada voy a colgar una versión que hizo Bette Milder porque me he reído de lo lindo viendo el video que esta siempre excesiva cantante hizo del mismo, con cameo especial de Jagger incluido. El video es genial, divertido y ochentero a más no poder. Jagger, haciendo de amante flemático con leve y arrebatadora pluma, hace de novio de Midler, y va a verla con flores a un show. "Rosas", dice Midler, "es que se ha muerto alguien". "Yo", dice Jagger burlándose para despúes hacer la típica escena de amantes celosones. Ella quiere juguetear, él está cansado, ¿acaso hay otra?, se molesta ella, no, no dice Mick... "Quédate a escucharme cantar tu canción", le insinua Midler, "nadie la canta mejor que yo". "Bueno..." dice un herido e irónico Jagger (con un careto antológico). Ese intercambio de egos exaltados ya te pone la sonrisa directa y más en estos días previos al solsticio de verano. Un camerino más propio de una fan enferma (flores y fotos de Jagger por todos lados) y una Midler en todo su explendor. Y Mick, que está diabólicamente exhultante en todo el video. Se nota que ambos se lo debieron pasar de vicio (¿acabaría la cosa en revolcón?... demasiado feeling para que no sucediera nada...) Y luego el jeque... (porque aparece un jeque, ya sabeis, los ochenta fueron así)... Como digo, la versión no le hace la más mínima sombra a la de los Stones (donde la de los Stones respira, esta se ahoga, donde la de los Stones fluye sola esta se encorseta (los 80, again...) pero como digo, el video es un despiporre hedonista que da gusto ver.
Beast of burden... Esas canciones donde de la desdicha se sacan fuerzas, donde el patetismo del amante suplicante no oculta el punto de orgullo... Canciones que animan los días... Y aprovecho para recomendar el libro (porque esto va de libros, no?) "Viajando con los Rolling Stones" de Robert Greenfield, editado por Anagrama por unos indecentes 15 €, superlativo libro sobre la gira americana de 1972 repleta de todo lo que se espera de sus satánicas majestades y mucho más.




Nunca seré tu bestia de carga,
mi espalda es amplia pero está herida,
lo único que quiero que hagas, es que me hagas el amor.

Nunca seré tu bestia de carga,
he caminado muchas millas y mis pies están heridos,
lo único que quiero que hagas, es que me hagas el amor.

No soy lo suficientemente duro?
No soy lo suficientemente violento?
No soy lo suficientemente rico?
No estoy tan ciego como para no ver.

Nunca seré tu bestia de carga,
así que vamos a casa y cerremos las cortinas,
pongamos música en la radio…
y vamos nena… hazme el amor dulcemente.

No soy lo suficientemente duro?
No soy lo suficientemente violento?
No soy lo suficientemente rico?
No estoy tan ciego como para no ver.

Oh querida,
hermosa, hermosa, hermosa, hermosa niña,
sos una hermosa, hermosa, hermosa, hermosa niña,
vamos nena por favor, por favor, por favor.

Te voy a decir algo,
puedes echarme y dejarme
descalzo de patitas en la calle…
pero sácame, sácame de esta miseria.

Sí… toda tu enfermedad…
la puedo absorber,
puedes tirármela toda a mí…
que me la puedo sacar de encima.

Pero hay una cosa nena
que no logro comprender…
continúas diciéndome y diciéndome
que no soy tu tipo de hombre.

No soy lo suficientemente violento? oh, nena,
No soy lo suficientemente resistente?
No soy los suficientemente rico?... en amor?
oh, por favor!

Nunca seré tu bestia de carga,
nunca seré tu bestia de carga,
nunca, nunca seré.

Nunca seré tu bestia de carga,
he caminado muchas millas y mis pies están heridos,
lo único que quiero que hagas, es que me hagas el amor.

No necesito una bestia de carga,
no necesito caprichitos,
no necesito que me cuiden,
nunca, nunca seré tu bestia de carga...


viernes, 11 de junio de 2010

Cuando no sabes quién te mira, ni desde dónde, ni el motivo, pero sientes que te están mirando...

Los libros, los cartones de leche, puertas que no se abren.... ¿el anterior post? Tonterías cuando empieza a haber sangre, cristales rotos y tensiones altísimas... Ojalá fuese la primavera que la sangre altera y las cabezas vuelve del revés pero estoy empezando a pensar que alguien me ha echado mal de ojo... Igual necesito vacaciones, que también puede ser pero temo que vaya donde vaya acabaré sembrando el caos. Tengo miedo a seguir escribiendo, seguro que me suelta un calambrazo el teclado, me caigo para atrás y cuan efecto dominó tiro todas las estanterías de la pecera... ¿Que es imposible que un teclado de calambre? Sí, ya... yo a estas alturas no me fio ni del patito de goma de Epi. Por si acaso termino aquí esta entrada y cuando llegue a casa, para saber si es mal de ojo, hago eso de la gota de aceite en el vaso de agua que me hacía mi abuela Juana cuando era pequeñito...
súsdemivida, qué semanita...

Antes de cerrar esta entrada, no puedo resistir hacer un postdata sobre algo que me acaba de pasar y que me ha hecho girar insitentemente mi cabeza hacia atrás... Acababa de escribir "Jesús, qué semanita..." con más miedo que otra cosa (lo del teclado chisporroteante... en cualquier momento empieza, seguro) cuando ha entrado un hombre muy educado y simpático a preguntarme por un libro. Me pide "Manzanares en la guerra civil" de Antonio Bermudez, un libro totalmente descatalogado.

El hombre es más bien bajito, con los ojos azules y varios lunares en la cara, uno de ellos, muy gracioso, en la punta de la mariz. Se nota que viene recién levantado, recién repeinado y recién lavada la cara, y también se nota a la legua que es turista (esas mariconeras que se calzan los jubilados cuando salen de viaje, lo mismo da que sea Leningrado que Manzanares, son inconfundibles... Ah, ¿que Leningrado ya no es Leningrado? Si claro, y Constantinopla tampoco se llama Constantinopla... No? Vaya... Me temo que tendré que resetearme dentro de poco). Me cuenta que hace 50 años que dejó Manzanares y es la primera vez que vuelve en todo ese tiempo. Quiere ese libro porque le han dicho que sale citado su padre, fusilado por los nacionales y, claro, querría leerlo y tenerlo. Le explico la situación del libro y le digo que lo único que puede hacer es ir a la biblioteca, consultarlo allí y que le hagan copias de las páginas pertinentes si quiere. El hombre me lo agradece encarecidamente (coño, es mi trabajo) y de golpe sus ojos se humedecen (yo me asusto un poco, eh, soy amable, tal vez un poco seco a estas horas, pero para nada he sido ofensivo...) y me dice "¿Te puedo contar algo?" "Claro" le respondo.

Resumo porque me da un poco de yuyu. Más o menos esto es lo que me ha contado: "Mi mujer y yo llegamos antes de ayer. Cuando me fui de aquí con 18 años mi mejor amigo era José Galán Carrión. Tenía más amigos pero Galán era mi mejor amigo. Cuando me marché a hacer la mili a Madrid nos escribimos un par de postales y luego cuando volví a recoger mis cosas para marcharme nos despedimos y no nos hemos vuelto a ver en 50 años. Ayer estuve buscándolo, estuve preguntando por ahí y nada, pero hoy antes de venir aquí he ido a tomar un café al Menano (bar al lado de la Pecera -ndr) y allí me han dicho que se murió ayer mismo. He ido a la iglesia y ahí estaba el coche de la funeraria. He estado mirándola un rato sin poder creérmelo y al final no he podido entrar..."

La verdad que me he quedado de piedra, normal. El hombre estaba realmente afectado, luego me ha contado que tenía miedo, que su mujer le decía que era una casualidad y que no significaba nada, pero que él tenía miedo y que creía que significaba algo. Cuando ha salido por la puerta ese hombrecito bajito, simpático y con aire derrotado, el que ha empezado a tener miedo he sido yo. Cuanto antes desayune, mejor, no vaya a ser...



Al abrigo de Sol

Al abrigo de Sol.

"Al entrar vi el abrigo de Sol colgado de una percha en la puerta del aseo; no es agradable ver a las amantes colgadas, ni siquiera simbólicamente; hacerlo produce una tremenda tristeza, verlas, ahorcadas, con es postura desgarbadamente triste del abrigo, comprobando que la gente no cambia tanto de abrigo como parece. Después de eso a uno ya no le quedan ganas de hacer nada más, ni comer, ni deshacer la maleta, nada salvo sentarse al lado de la ventana, pensando en la soledad de los abrigos, preguntándose si tiene derecho a sentirse solo en esta ciudad de solos, deseando vagamente provocar un alud de quejas y mancillar la derrota de los que acaso le odian de veras, levantar el auricular del teléfono y marcar el número de alguien que quizá sí le ame, pero todo se queda en nada por temor a no encontrar a nadie al otro lado, y entonces, sólo entonces descolgué el abrigo de la puerta, me lo puse y salí a la calle, proscenio en el que nadie me da nunca el pie que desearía; Shakespeare no pasó por aquí cuando repartió los papeles. El cartero se cagó en la puta madre del dueño del chucho cuya mierda había pisado, un chico hablaba por su móvil y decía inconexas frases que bien valdrían para un cura y para un moribundo. Por aquí William como mucho mandó postales en las que ponía "soldado segundo", "sirviente tercero", "bruja primera", "Túbal"… Nadie me dijo que no pudiera ser un digno Romeo o un descerebrado Hamlet, aunque puestos a elegir, si me preguntasen me gustaría ser un Mercurio desbocado, pero eso sólo eran anhelos de segundón, que mi estampa me asemejara a un Frankenstein travesti con un abrigo de mujer lleno de colores parece algo totalmente secundario viendo la tormenta de agua que comenzó a caer y que me empapó hasta los huesos... Muy a mi pesar, a las dos manzanas decidí volver al piso a rumiar la tristeza entre las cuatro paredes que tanto odio desde que Sol se fue (momentáneamente, necesito un tiempo, dijo). Me gusta pensar que el agua se ha llevado por fin algo de lastre. Totalmente empapado y sin quitarme el abrigo, me quedé dormido metido en la bañera como un adolescente envejecido por el alzheimer de los pájaros que revolotean sobre mi cabeza."

jueves, 3 de junio de 2010

Frank Zappa y Vaclav Havel.

Preside foto de Frank. Frank Zappa, y también dos huevos duros... Porque últimamente escucho mucho a Frank Zappa, más concretamente Hot Rats, The Grand Wazzo, One sit fits all, Over-Nite sensation y Apostrophe('). El primer disco de Zappa que oí en serio (quiero decir, que escuché voluntariamente y me voló literalmente la cabeza) fue este último, Apostrophe('), en una extrañísima copia rusa pirata en vinilo con la portada de Over-nite sensation y los títulos detrás en inglés y cirílico (y los nombres de los músicos en inglés pero los intrumentos en cirílico, por lo que en esa era preinternet, tardé en enterarme quién tocaba qué) que pululaba por el piso de estudiantes que compartía porque una de las compañeras había estados unos meses en la madre patria y acabó regalándomelo. Es dificil de entender pero a la vez es muy fácil, como Frank. Cuando acabe el invierno se escribió bajo la escucha obsesiva de Billie Holiday, Leonard Cohen y el apostrofe de Frank; errores gramaticales aparte, eso explica muchas cosas, salvo el aburrimiento, claro. Uno de mis sueños es enloquecer literalmente, viejísimo y achacoso, con Zappa, y mandar al carajo al mundo oyendo una de sus composiciones. No es un pensamiento que tenga constantemente, pero a veces, por vacilarme a mí mismo un poco, lo pienso y me lo digo. Hot Rats tiene la virtud de exhaltarme, lo cual me pasa muy pocas veces y, realmente, son muy pocos los discos que tienen ese poder (Forever Changes, Thrick as a brick, Yankee Hotel Foxtrot, así a bote pronto y sin parar a pensar...). Hot Rats, ya desde la portada, avisa. Este disco es especial, no asusta, pero casi, no es serio, pero casi, no es normal pero casi...

Hot Rats, 1969, mientras los americanos "llegaban" a la luna y los Beatles estaban pensando en separarse, Zappa parió esta LOCURA de disco que mezcla de todo, rock, jazz, academicismo moderno, libertad absoluta, armonías locas que se generan con esos increíbles arreglos para la sección de vientos de metal (Brass Section), la batería que es la repanocha en verso libre asonante que te deja con la bocaza abierta, solos de guitarra de Zappa con esa facilidad pasmosa y tan rara que tiene. Es como que no es rock pero lo es, es una movida chunga (revenge) difícil de definir y de describir, pero me pone. No sé por qué. A veces voy por la calle o estoy en casa (¿casa?) o en la librería y me doy cuenta que estoy tarareando algo de Zappa, algún fragmento en plan bucle (Peaches in Regalia especialmente, sonando y sonando en mi cabeza). Y claro, sonrío. Sobre todo cuando estoy nervioso, pero no preocupado, expectante, Zappa se cuela en mi vida. Y más en estos días donde todo se difumina y se atropella, héroe o basura. Y, claro, lo disfruto porque livianiza y a la vez insufla arrojo en los pulmones. Pero como Zappa es como es, inabarcable, siempre tengo esa sensación de neofito diletante con él (más de 80 discos son muchos discos). Tengo lo que tengo y lo exprimo válgame los dioses cosa mala, pero su vastísima obra paraliza un poco, al menos a mí, y sobre todo porque a veces lo oigo y siento la necesidad de perfeccionar mi ingles (ya de por sí bastante confuso) porque si musicalmente alucino, si lo entendiera todo todo todo, sería la ostia. Incluso bucear por los mútiples blogs dedicados al bigotudo genial asusta. Joder, me gusta que me anime Zappa. Desde que descubrí que perdigón tenía cd reproductor de mp3 (mi coche se llama así, lo siento, siento ser tan previsible, pero tengo la manía de ponerle nombre a las cosas que me importan y referirme a ellas con respeto y cariño: Perdigón, Pepino, señorita Bambú, señor Edison...) le miro con otros ojos al pequeño huevo azul con ruedas. A menudo grabo discos a cascoporro en plan madre, para llevarlo en el coche como si me fuese a pasar algo y por si las moscas fuese necesario tirar de música, que no falte. Así que un día del año pasado iba por la estepa manchega en una carretera regional sin arcenes y comenzó a sonar Hot Rats... No recordaba haberlo grabado, pero se iluminó la tierra, subí el volumen y levanté levemente el pie del pedal (no había prisa por llegar a ningún sitio). y eso sólo del disco llamado Hot Rats, así que de los demás mejor me callo. Sólo una cosa más, escuchadlo. Temas destacados: todos.


Vaclav Havel. El rey filófoso, hermoso delirio que sólo los checos podían llevar a cabo. Todo me lleva a Praga ultimamente, todo me lleva menos un avión, claro, pero todo se andará (o volará). Milos Meisner hace mucho que no me escribe, pero me envía cosas por mail para que me imagine cómo está. El otro día yo le hable de Zappa, y él me ha mandado este texto de Havel que escribió cuando Zappa murió. No sabía de su amistad. Tampoco es un texto epatante, pero cualquier excusa es calva si pasa por Praga. Creo que me he creado una sala de estar paralela en mi cabeza donde se han ido levantando calles de Praga sin ton ni son. Y me gusta perderme en ellas. La vida se despliega de manera asombrosa a cada paso, como una canción de Frank, pero sólo hay un camino, el problema es que sólo sabemos cuál es cuando hace rato que lo hemos tomado.

Obituario, por Vaclav Havel, 1993

Frank Zappa era uno de los dioses del underground checo durante los años setenta y ochenta. Era un época de completo aislamiento. Los músicos de rock locales y el público eran perseguidos por la policía. Y para aquellos que se negaban a ser barridos por la represión --que intentaban permanecer fieles a una cultura propia-- el rock occidental era mucho más que sólo una forma de música.

En esa época, Frank Zappa flotaba en algún lugar arriba en los cielos, una estrella inaccesible como tantas otras cuya influencia se sentía en la escena local, como la Velvet Underground y Captain Beefheart.

Yo nunca soñé que pudiera conocerle un día, pero poco después de la Revolución, cuando yo ya era Presidente, Zappa se presentó en Praga. Llegó en un período aún vibrante con energía revolucionaria. Tocó en jam-sessions con músicos locales, y me hizo una visita al Castillo, y salimos a beber juntos. Fue la primera celebridad del rock que conocí, y, para mi deleite, era un ser humano normal, con el que podía llevar una conversación normal.

Él estaba ansioso de aprender todo lo que pudiera sobre los cambios radicales que estaban teniendo lugar en los países del antiguo Bloque Soviético. Tenía curiosidad por lo que este repentino colapso de un mundo bipolar podría traer. Quería saber qué pensábamos sobre la futura posición de la Unión Soviética en la política mundial, y nos sondeó sobre los aspectos negativos y positivos del rumbo "de terciopelo" que nos habíamos dado a nosotros mismos.

Lo que le fascinaba y le excitaba era la idea de que un artista tuviera un papel que desempeñar en la política activa. Habló en serio de ofrecer una ayuda no oficial a nuestro país, tanto en la esfera cultural como económica, y luego me enteré de que había discutido el asunto en detalle con varios ministros. Quizá su enfermedad le impidió desarrollar este tipo de trabajo, pero su interés sincero por nuestro país me produjo una profunda impresión. Tanta como su aparición con Michael Kocab y su banda 'Prague Select' en un concierto en junio de 1991 para celebrar la partida final de las tropas soviéticas de Checoslovaquia después de una ocupación de casi veintitrés años. Estaba seriamente enfermo en esa época, pero tomo parte de todas formas. Fue una de sus últimas apariciones como músico de rock.

Pensaba en Frank Zappa como un amigo. Conocerle fue como entrar en un mundo diferente de aquél en el que vivía como Presidente. En cada momento que siento que me escapo de ese mundo --aunque sólo sea en mi mente-- pienso en él.


Lo de más abajo, el video, es de obligada visión si eres de la pandilla de Frank


¿Quien es Bobby Brown?


miércoles, 2 de junio de 2010

De invitaciones a chinos, lectoras invidentes, libros de caballería y estibadores

Me angustian los años que pasan veloces y me serena confiar en el porvenir. Tal vez esté más reflexivo últimamente por estar más solo, sin esos amigos que tanto añoro tener cerca y la cercanía de quien me ama, aunque incluso en la distancia ella (y su hija) consigan sacar de mí al adolescente que en el instituto se aprendió el código de caballería de Ramón Llull y atemperen lo plomizo y duro de los días y lo que nos han tocado vivir a los tres.

"La novela es la epopeya del mundo abandonado por los dioses" leo en un posit que hay pegado en la pantalla del ordenador. Lucacks; o sea, que el posit tiene al menos diez años, no es broma, lo rescaté de una de esas libretas que van y vienen por las estanterías de mi zulo en la parte de arriba de la Pecera. A lado tengo otro posit con un pedido, me lo hicieron hace muchos meses (no recuerdo bien si fue antes de navidad o después) pero no lo he quitado aunque es un libro que está descatalogado. Recuerdo que el día que me pidieron ese libro (Berkut, de Joseph Heywood; no tiene sentido alargar el misterio pues no es un libro "imprescindible") fue uno de los días en los que me alegró ser librero por lo "insólito" del día. Aquel día por la mañana aparecieron varios chavales a comprar libros; son seis chavales que me alegran el día cada vez que vienen. Están obsesionados con la literatura fantástica y si siguen viniendo intentaré recomendarles alguna vez otro tipo de libros pues creo que están en una especie de callejón del cual saldrán despedidos como satélites excéntricos abofeteados por la luna; seguramente a alguno le dará por el heavy más ramplón (al cual yo tampoco le hago ascos, pero con moderación) siendo carne de frikismo y juegos de rol, a uno o dos el desboque de sus hormonas les hará abandonar el noble arte de leer cuando cambien los dragones y los elfos por los incipientes pechos y las kilométricas piernas de cualquier Lolita y a los restantes intentaré que, si quieren dar el salto, este no sea de Laura Gallego a Dan Brown y paren por Steinbek o Stevenson (o cómo los clásicos pasan a ser tostones por obra de las modas… ¿El Arturo de Steinbeck y Mr. Hyde tostones?)

El mismo día, ya por la tarde, tuve los clientes más fascinantes que he tenido en cuatro años. Días malos tengo muchos (y sobre todo a fin de mes, supongo que trabajar solo en una librería no muy transitada en un pueblucho, calculadora en mano, no es lo mejor para ser Miss Simpatía Manchega 2010) así que hay veces que cuando suena la campana y veo entrar al cliente me sale la vena prejuiciosa enseguida. Pero ese día la realidad superó a cualquier ficción pues entraron dos mujeres ciegas a La Pecera. Una (que veía algo más) hacía de lazarillo de la otra; primero me confundieron muchísimo porque su ceguera no era total y, aparte de pillarme totalmente desprevenido, tras saludarme muy amablemente, se pusieron a coger libros y a pegárselos a la cara y a tocarlos como quien encuentra un superviviente en un naufragio. Al final me preguntaron, venían buscando “Vida y destino” de Vasili Grossman porque una de ellas quería regalárselo a su marido. Cuando lo estaba envolviendo en papel de regalo me sonrió con una sonrisa preciosa y me dijo “realmente lo que quiero es que mi marido me lo lea él a mí, aunque sé que es muy gordo seguro que le convenzo”. Estuve a punto de echarme a llorar (ya dije que tenía el día tonto) y recuerdo que pensé que podía hacerlo porque no se iban a dar cuenta si mis ojos se congestionaban un poco, pero inmediatamente después pensé que igual eran capaces de oír mis lágrimas por pequeñas que fuesen; me entró vergüenza y me corté.

Ver a esas dos mujeres saliendo de la librería (tropezaron un par de veces, la pecera es pequeña) con ese paso indeciso y desamparado que tienen los ciegos cuando no conocen donde pisan me hicieron desear que alguien me diera un abrazo pero me conformé con un poco de agua y una llamada de teléfono.

Por si fuera poco, media hora antes de cerrar, entró a la librería Pancho. ¿Cómo definir a Pancho? Si digo que siempre me ha recordado al cantante de Extremoduro o al primo de Rosendo no estaría muy desencaminado. Pancho debe tener cuarenta y algo. Pancho a veces da miedo, pero no siempre. Pancho sobrio es un tío especial. Pancho borracho puede ser el sobrino del diablo. Pancho a veces es muy imprevisible, inteligentemente imprevisible. Si Pancho te considera su amigo será capaz de partirse la cara con una legión de orcos y tumbarlos a todos sin necesidad de tomar la pócima mágica de Asterix si te hacen algo o se burlan de ti. Hace 15 años Pancho me "propuso" una pelea a ostia limpia en El Porche por mi prima Ana creyendo que yo era su novio. Pancho no recuerda que acabamos emborrachándonos y chocando botellines cantando canciones de la Polla Records mientras mi prima hacía tiempo que ya había huido del bar. Pancho no me recuerda, no sabe quién soy, pero siempre que nos hemos visto ha decidido que le caigo bien (y yo respiro tranquilo), no sé por qué pero todas la veces que hemos hablado, al rato, su mirada cambia y su gesto se relaja. Al menos así había sido hasta ese día, pero si algo se aprende de Pancho es que todo puede cambiar en menos de lo que dura un parpadeo, por eso me puse en tensión cuando después de mucho años, lo vi entrar en la librería con una bolsa de plástico rota y la estampa de alguien que acabara de pelearse con un gato en la piscina sucia de un rico arruinado. Me miró como si estuviese procesando y decidiendo si me consideraba amigo o enemigo y, pudiéndose mascar la tensión en el aire, me tendió la mano y me la apretó fuerte. Quería pedirme un libro, Berkut, de Joseph Heywood. Un libro que llevaba años buscando, prometiéndome (de esa manera en la que las promesas se mezclan con el gesto de poner todas tus fichas sobre el tapete de la mesa de póker) que daría lo que fuese por tenerlo de nuevo. Lo busqué como si el cronómetro de la bomba invisible que sentía bajo mis pies corriera feroz.

El libro estaba agotado y descatalogado, pero le dije que si quería podía buscárselo en alguna librería de segunda mano. No lo dije por nada, de hecho siempre digo eso cuando algún libro que me piden está agotado. Pancho me miró y me dijo "¿harías eso por mí?". Bueno, le dije, un par de llamadas y algún correo electrónico y lo mismo tenemos suerte. Ahí cambio su forma de mirarme. Sonrió y se puso a contarme miles de cosas. El libro se lo dejó el cocinero de un barco donde estuvo trabajando, y por lo que contaba imaginé un petrolero medio oxidado y monstruoso. Ese libro le había cambiado la vida y no recordaba cuántas veces llegó a leerlo porque seguramente era el único libro que había en aquel barco y descubrió que leer era la única manera de no volverse loco. Cuando le pregunté por el petrolero, evadió contestarme y entendí que había tenido problemas con la policía o con alguien y que mejor no insistiese. Siguió hablando y hablando, sin parar, de una cosa saltaba a otra, parando a veces para reírse y rascarse nerviosamente la entrepierna. Es que vengo de tirarme a una, me dijo al rato. Me ha llamado la Pili para invitarme a un chino, y ella sabe que a mi los chinos me dan ganas de follar. No te creas, dijo, yo ya no voy de esa mierda, pero no estoy para ir perdonando polvos. Se rió y yo pensé que me estaba vacilando, probándome, jugando con la realidad y el imaginario colectivo sobre él a ver por dónde salía yo. Después me enseñó lo que llevaba en la bolsa de plástico. Los 50 primeros números originales de los cómics de "La espada salvaje de Conan". Iba a venderlos porque necesitaba dinero, pero realmente no quería venderlos. Había quedado con alguien y estaba haciéndose esperar porque no estaba convencido de querer desprenderse de ellos. Le pregunté por cuánto los vendía y me pareció una miseria. Me dijo, qué, ¿me los quieres comprar tu?. No, le dije, pero si quieres te puedo mirar por cuánto los suelen vender en ebay. No tuve que buscar mucho. Pancho me miraba y sonreía. ¿Te invito a un chino?, dijo, pero decliné amablemente la oferta. Rió. Insistió, unas cervezas y luego la liamos... Se quedó mirándome muy serio cuando le repetí que no podía y me cagué. Cuando él se dio cuenta de que yo estaba vendido, sonrió, me palmeó la espalda y me dijo te debo una, colega, y Pancho no olvida esas cosas. Me recordó a Conan hablando así y sonreí. Sabes qué, me dijo, me voy ahora mismo a buscar a la Pili, y que le den al capullo que quiere timarme mis Conan...


Lo más desconcertante fue que di con la reseña del libro que al final no sabía si me había pedido que le buscara o no, y descubrí que Berkut, de Joseph Heywood, elucubra con la posibilidad de que Hitler no muriera en el búnker y lograse, con la ayuda de un ultraeficiente y letal asesino especialmente adiestrado, eludir el cerco aliado y escapar durante semanas a la persecución de los comandos de élite soviéticos. Al principio no entendí nada, pero me imaginé a Pancho tumbado en el catre de un viejo petrolero, en mitad de cualquier océano, leyendo tras haber burlado a la justicia, a la pasma o algo peor, y cambié de opinión. Me hubiera gustado invitarle a tomar algo y seguir escuchándole contarme delirantes historias mientras hacía acopio de fuerzas y me atrevía a preguntarle por cuánto me vendía los cómics.

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