lunes, 19 de julio de 2010

No puedo más. La Pecera, sin reservas

Anulo la mayoría de los sevicios de novedades, ajusto las compras al máximo a pesar de los pedidos mínimos y los encargos, reduzco los gastos a la mínima potencia (todo para la librería, nada para mí) y aún así la inundación es incontrolable. Hablar de tener el agua al cuello cuando tu negocio se llama La Pecera, parece un chiste malo, y lo es, pero que no diga nada habitualmente en el blog no significa que no suceda. Más allá del sentimiento de pena o frustación o que me reviente las pelotas cerrar, lo que más me preocupa en estos momentos son las repercusiones económicas que puede traerme haber peleado por tener la librería abierta año y medio más de lo que las primeras señales evidentes presagiaban. La putada se puede convertir en hecatombe. Quizá me falte ese curso que nunca di de administración de empresas y me sobre la terquedad orgullosa que me ha llevado a esta situación, pero yo no doy más de sí. Esta tarde voy a la gestoría a ver qué puedo hacer para traspasar la librería y a ver si el gestor le da un poco de color a este gris tan cenizo que veo por todos lados. Hace años un amigo me dijo, cuando le comenté el sueño de abrir una librería, que si uno no se arruina con 30 que cuándo lo iba a hacer; en ese momento yo sonreí, sé que hoy no lo haría. Ayer, cruzando Despeñaperros, mientras hablaba por teléfono con otro amigo, éste me decía que hemos hecho lo que debíamos demasiado tarde, alucinados por sueños burgueses de bohemia y aventuras, y ahora que nos hemos dado la ostia descubrimos que no teníamos ni la clase para salir indemnes ni la libertad para que nos la suden las consecuencias. ¿Que nos quiten lo bailao? Es posible, pero años despúes la cicatriz a mí me sigue doliendo; maldito pogo...
Milos Meisner sigue en órbita, es como mi R2D2 buscando a Obi Wan, mi última esperanza, al menos como argumento ad hominen, pero sé que Milos está a punto de perderse por el cosmos sin haber dado señales en meses, y no puedo esperarle más, al menos no en el mismo lugar; en unos meses habré de reinventarme, otra vez, he de abandonar Sierra Madre y decirle adiós a Humphrey sin haber encontrado aún la mina (porque en mi caso no la hay). Tarde o no, no puedo más.
Desde luego hoy no es el mejor día, ni para escribir en el blog ni para hacer publicidad de la librería. Hacer pública estas vicisitudes es posible que sea obsceno e imprudente, pero me siento frente al ordenador y no encuentro nada. Un día de estos hablaré del maravilloso libro que me recomendó Ariel y que sigue llenándose de polvo en la Pecera, ignorado por los escasos clientes a pesar de mis esfuerzos porque me lo quiten de las manos, "La ciudad de los libros soñadores" de Walter Moers.


3 comentarios:

evelio guzman dijo...

Animo amigo , no te puedo decir que las cosas mejoraran porque no lo se ,lo que se es que sientire mucho si al final cierras La Pecera.Saludos

almorro dijo...

Desgraciadamente podríamos fundar un club. Casi puedo suscribir tus palabras entre desesperados "glups, glups, glups".

La putada es que hoy no podría iniciar otra aventura más que la de reinventarme, pero extraigo conclusiones positivas de entre la mierda. Por un lado, pocas escuelas nos habrán enseñado lo que hemos aprendido con la ostia y sus consecuencias; por el otro, tras un proceso regenerativo del todo necesario, creo que volvería a aventurarme con "algo". Supongo que la terquedad de la que hemos hecho gala se ha nutrido de un espíritu inquieto que no se mata así como así, además de querer demostrar que alguna cosa, por pequeña que haya sido, hemos aprendido.

Un saludo y dos cojones.

La Pecera dijo...

Gracias a los dos... ya iré "contando" qué pasa... Almorro, últimamente le doy muchas vueltas a lo que comentas, demasiadas tal vez...

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